Se ha escrito
mucho sobre el tercer emperador romano, cuya figura está circundada de mucha
especulación, de mitos y leyendas que se han tejido sobre su vida y sobre la
manera en que gobernó lo que fue el mayor imperio de su tiempo. Cayo Julio
César Augusto, su verdadero nombre, fue un personaje indudablemente polémico y
controvertido, colocado como prototipo del monstruo en la imaginería popular. A
pesar de ello, existen algunos testimonios de valiosos historiadores, filósofos
y pensadores de la época, como Suetonio, Tácito y Séneca, que lo pintan como
depravado, libertino, extravagante y monstruoso, un tirano demente y malvado.
Se dice también que nombró cónsul a su caballo Incitatus y colocó una estatua
de sí mismo en el Templo de Jerusalén, que luego mandó retirar. Todo ello me ha
llevado a trazar un parangón entre este personaje singular, especialmente
aquello referido a su significado y el simbolismo que encierra, y otro de
nuestros tiempos, que ahora ocupa un puesto privilegiado desde el punto de
vista del poder en el mundo y cuyo comportamiento posee claras correspondencias
con la de aquel emperador de hace más de dos mil años.
Como ya se habrán
dado cuenta, estoy hablando de Donald Trump, el cuadragésimo séptimo presidente
de los Estados Unidos de América, que ocupa por segunda vez la Casa Blanca y
blanco en la actualidad del foco de atención de la prensa mundial por su papel en
el escandaloso caso Epstein, a partir de haberse desclasificado una parte de
los miles de documentos que delatan el accionar del fallecido magnate Jeffrey
Epstein y sus amigos, entre ellos nada menos que el actual mandatario
estadounidense. Se trata de la red más grande de tráfico sexual de menores de
edad, perpetrado en la isla del susodicho y que le valió finalmente un juicio y
prisión. Pero no estaba solo por supuesto, están saliendo a la luz los nombres
de conocidas personalidades del mundo de la política y del espectáculo, que si
bien es verdad no se les puede inculpar sólo por ello, las investigaciones
determinarán su grado de participación o no. Entre esos documentos hay cientos
de vídeos donde pueden reconocerse las caras de estos testigos, por lo menos
eso son, de las atrocidades que se cometían con cientos de jovencitas
reclutadas por la novia de Epstein, Ghislaine Maxwell, quien purga justa condena.
Sin embargo, ello
es una mínima parte de lo que ampliamente el mundo entero ya está viendo con
respecto a la conducta de este personajillo. Sus amenazas grandilocuentes hacia
quienes osan contravenir sus caprichos, sus respuestas agraviantes a reporteras
que le preguntan cosas que lo incomodan, sus deslices infelices sobre sus
opositores políticos, amén de su crasa ignorancia en geografía e historia, todo
ello pinta a una persona desprovista totalmente de sensatez y buen juicio,
alguien que deja funcionar su cerebro reptiliano con total prescindencia de los
valores que el ser humano ha ido adquiriendo con siglos de civilización y
cultura. En suma, un ser en bruto, un menor de edad con el ego desatado, un
demente que ha perdido, o nunca lo tuvo, la razón y las buenas maneras, las
normas básicas de la convivencia.
No puedo olvidar,
por ejemplo, sus terribles frases sobre las mujeres, palabras que jamás imaginé
escuchar a una persona pública, comentarios que tal vez podrían ser motivo de
una plática casual entre dos o más jovenzuelos deslenguados, procacidades que
se sueltan sin pensarlo mucho ante la mesa de una cantina en medio de una sarta
de beodos que ya han perdido toda la compostura, pero jamás de la boca de un
hombre que aspiraba convertirse en la figura pública más relevante de su país,
y tal vez del mundo. Pero luego, cuando seguí la deriva de ese proceder
lanzando, desde el cargo más alto de los EEUU, amenazas sobre apropiarse de
territorios ajenos, como Groenlandia; avalando genocidios y alabando al
verdugo, como en Gaza; bombardeando un país porque sencillamente le da la gana,
como Irán; o invadiendo otro para secuestrar a su presidente con el sambenito
de su combate a las drogas; o agrediendo a las periodistas en las ruedas de
prensa, evadiendo sus preguntas a través del sucio subterfugio de referirse a
sus apariencias, fui confirmando esa impresión inicial, nacida no sólo del
instinto, sino de una cuidadosa observación de este espécimen catapultado
peligrosamente al primer plano del poder mundial por una masa fanática,
ignorante e inculta que se creyó aquello de MAGA, las siglas de una supuesta
restitución de una grandeza que aquél ha trocado en bajeza, en estulticia, en
estupidez.
Y para cerrar el
colofón de sus tropelías, hasta el momento, se dedica a esparcir el temor y el
terror en una población del mismo EEUU, como es Minneapolis, a través de una
especie de policía nazi, denominada ICE, que se dedica a la caza de inmigrantes,
perseguidos con métodos brutales por las calles de esta ciudad, sembrando el
miedo y el desconcierto, hasta terminar con el asesinato de nada menos que dos
ciudadanos estadounidenses, como Renee Nicole Good y Alex Pretti, ambos de 37
años, que lo único que hacían era oponerse a las arremetidas de esa soldadesca,
mostrando solidaridad con las víctimas de la política criminal del tirano.
Por tanto, vuelvo
a la referencia inicial de un personaje de la historia, Calígula, para
establecer una analogía entre lo que los historiadores han recogido del
significado de su presencia en un tiempo en que el Imperio Romano ya marchaba
hacia su decadencia, y la de éste de la actualidad que ya es visto también como
una señal de lo que le espera al imperio norteamericano en manos de
personalidades que hacen visible para todo el mundo cuál será el destino,
cercano por supuesto, de un país que se encumbró a primera potencia mundial
hace poco más de cien años, y que los signos de los tiempos, como dicen los
teólogos, indican que se aproxima a su tramonto final. En fin, veremos si
llevan razón o si todo no pasa de ser una falsa alarma. Yo me inclino a pensar que
la interpretación que hacen los expertos tiene bastante fundamento y que el
destino está prácticamente trazado.
Lima, 8 de febrero de 2026.
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