domingo, 15 de febrero de 2026

Un Calígula moderno

 

Se ha escrito mucho sobre el tercer emperador romano, cuya figura está circundada de mucha especulación, de mitos y leyendas que se han tejido sobre su vida y sobre la manera en que gobernó lo que fue el mayor imperio de su tiempo. Cayo Julio César Augusto, su verdadero nombre, fue un personaje indudablemente polémico y controvertido, colocado como prototipo del monstruo en la imaginería popular. A pesar de ello, existen algunos testimonios de valiosos historiadores, filósofos y pensadores de la época, como Suetonio, Tácito y Séneca, que lo pintan como depravado, libertino, extravagante y monstruoso, un tirano demente y malvado. Se dice también que nombró cónsul a su caballo Incitatus y colocó una estatua de sí mismo en el Templo de Jerusalén, que luego mandó retirar. Todo ello me ha llevado a trazar un parangón entre este personaje singular, especialmente aquello referido a su significado y el simbolismo que encierra, y otro de nuestros tiempos, que ahora ocupa un puesto privilegiado desde el punto de vista del poder en el mundo y cuyo comportamiento posee claras correspondencias con la de aquel emperador de hace más de dos mil años.

Como ya se habrán dado cuenta, estoy hablando de Donald Trump, el cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos de América, que ocupa por segunda vez la Casa Blanca y blanco en la actualidad del foco de atención de la prensa mundial por su papel en el escandaloso caso Epstein, a partir de haberse desclasificado una parte de los miles de documentos que delatan el accionar del fallecido magnate Jeffrey Epstein y sus amigos, entre ellos nada menos que el actual mandatario estadounidense. Se trata de la red más grande de tráfico sexual de menores de edad, perpetrado en la isla del susodicho y que le valió finalmente un juicio y prisión. Pero no estaba solo por supuesto, están saliendo a la luz los nombres de conocidas personalidades del mundo de la política y del espectáculo, que si bien es verdad no se les puede inculpar sólo por ello, las investigaciones determinarán su grado de participación o no. Entre esos documentos hay cientos de vídeos donde pueden reconocerse las caras de estos testigos, por lo menos eso son, de las atrocidades que se cometían con cientos de jovencitas reclutadas por la novia de Epstein, Ghislaine Maxwell, quien purga justa condena.

Sin embargo, ello es una mínima parte de lo que ampliamente el mundo entero ya está viendo con respecto a la conducta de este personajillo. Sus amenazas grandilocuentes hacia quienes osan contravenir sus caprichos, sus respuestas agraviantes a reporteras que le preguntan cosas que lo incomodan, sus deslices infelices sobre sus opositores políticos, amén de su crasa ignorancia en geografía e historia, todo ello pinta a una persona desprovista totalmente de sensatez y buen juicio, alguien que deja funcionar su cerebro reptiliano con total prescindencia de los valores que el ser humano ha ido adquiriendo con siglos de civilización y cultura. En suma, un ser en bruto, un menor de edad con el ego desatado, un demente que ha perdido, o nunca lo tuvo, la razón y las buenas maneras, las normas básicas de la convivencia.

No puedo olvidar, por ejemplo, sus terribles frases sobre las mujeres, palabras que jamás imaginé escuchar a una persona pública, comentarios que tal vez podrían ser motivo de una plática casual entre dos o más jovenzuelos deslenguados, procacidades que se sueltan sin pensarlo mucho ante la mesa de una cantina en medio de una sarta de beodos que ya han perdido toda la compostura, pero jamás de la boca de un hombre que aspiraba convertirse en la figura pública más relevante de su país, y tal vez del mundo. Pero luego, cuando seguí la deriva de ese proceder lanzando, desde el cargo más alto de los EEUU, amenazas sobre apropiarse de territorios ajenos, como Groenlandia; avalando genocidios y alabando al verdugo, como en Gaza; bombardeando un país porque sencillamente le da la gana, como Irán; o invadiendo otro para secuestrar a su presidente con el sambenito de su combate a las drogas; o agrediendo a las periodistas en las ruedas de prensa, evadiendo sus preguntas a través del sucio subterfugio de referirse a sus apariencias, fui confirmando esa impresión inicial, nacida no sólo del instinto, sino de una cuidadosa observación de este espécimen catapultado peligrosamente al primer plano del poder mundial por una masa fanática, ignorante e inculta que se creyó aquello de MAGA, las siglas de una supuesta restitución de una grandeza que aquél ha trocado en bajeza, en estulticia, en estupidez.

Y para cerrar el colofón de sus tropelías, hasta el momento, se dedica a esparcir el temor y el terror en una población del mismo EEUU, como es Minneapolis, a través de una especie de policía nazi, denominada ICE, que se dedica a la caza de inmigrantes, perseguidos con métodos brutales por las calles de esta ciudad, sembrando el miedo y el desconcierto, hasta terminar con el asesinato de nada menos que dos ciudadanos estadounidenses, como Renee Nicole Good y Alex Pretti, ambos de 37 años, que lo único que hacían era oponerse a las arremetidas de esa soldadesca, mostrando solidaridad con las víctimas de la política criminal del tirano.

Por tanto, vuelvo a la referencia inicial de un personaje de la historia, Calígula, para establecer una analogía entre lo que los historiadores han recogido del significado de su presencia en un tiempo en que el Imperio Romano ya marchaba hacia su decadencia, y la de éste de la actualidad que ya es visto también como una señal de lo que le espera al imperio norteamericano en manos de personalidades que hacen visible para todo el mundo cuál será el destino, cercano por supuesto, de un país que se encumbró a primera potencia mundial hace poco más de cien años, y que los signos de los tiempos, como dicen los teólogos, indican que se aproxima a su tramonto final. En fin, veremos si llevan razón o si todo no pasa de ser una falsa alarma. Yo me inclino a pensar que la interpretación que hacen los expertos tiene bastante fundamento y que el destino está prácticamente trazado.

 


Lima, 8 de febrero de 2026.

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