domingo, 15 de marzo de 2026

El octavo pasajero

 

El Perú, desde el punto de vista político, es un pésimo circo de quinta categoría, una republiqueta ínfima y risible, un caso de Ripley. En diez años, donde normalmente habría tenido dos presidentes elegidos democráticamente, ahora tiene ocho, cuatro por cada período presidencial, lo cual convierte al país en un caso único en el mundo, un verdadero récord guiness, una anomalía que, en vez de enorgullecer al ciudadano promedio, lo debe hacer avergonzar.

Hay múltiples factores que se deben tener en cuenta para explicarnos esta situación inédita e insólita. Uno de ellos es la pérdida gradual del sistema de partidos que viene de fines del siglo pasado, lo que ha dado paso a la presencia de pequeños caudillos con membretes caprichosos que fungen como partidos políticos, pero que apenas son agrupamientos de amigos o socios en busca de satisfacer intereses particulares, pandillas de facinerosos en un afán evidente de aprovecharse de los recursos públicos, bandas de bribones y pillos que sólo quieren medrar de las arcas del Estado. Otro factor está en la desafección y repulsa creciente de la ciudadanía por la política, quizá mucho más que antes, ocasionadas sin duda por el comportamiento de estos mismos políticos sin la formación ética adecuada para ocupar puestos de representación popular.

El hecho de que se hayan presentado 36 listas de candidatos a la presidencia y al Congreso bicameral, ya revela una grave disfunción de nuestro sistema democrático, su total precariedad y ausencia de madurez política. En ningún país del mundo, que se sepa, se había visto tamaña caricatura. Esta carencia de condiciones mínimas para establecer consensos necesarios que deriven en la formación de cuatro o cinco alianzas que representen el espectro ideológico nacional, nos ha llevado a presenciar este aluvión de ambiciones personalistas, de caudillismos decimonónicos, de avidez desmedida y pocos o nulos escrúpulos.

Otra de las trampas perversas de que disponen esos llamados partidos políticos es la de ofrecernos cada cinco años a una lista de impresentables para elegir entre ellos a los futuros congresistas, como si esa gente hubiera pasado algún grado de tamiz o control de parte de la agrupación por la que postula, y no ser aceptada sin más por el sólo hecho de poner una cantidad de soles para la campaña. En una democracia que se precie de ese nombre, los partidos políticos se esfuerzan por presentar a sus mejores prospectos para ejercer el delicado encargo de legislar. Pues aquí sucede al revés. El efecto es que una población distante de la política, ajena a la tarea de verificación de quienes pretenden ser sus representantes, termina optando por sujetos desconocidos que esconden un amplio prontuario delictivo. El menú es tan pobre que no hay más remedio que ver un resultado lastimoso cada vez que comprobamos sus comportamientos una vez investidos para el cargo parlamentario.

La democracia así termina siendo una farsa, una astracanada de la que somos parte cada cinco años porque el diseño del sistema es tan perverso que la misma gente, o parecida, sigue siendo protagonista de las más importantes decisiones que nos conciernen como sociedad. De ahí los elocuentes resultados de las encuestas que hemos visto en los últimos tiempos, porcentajes altísimos de desaprobación tanto para quienes forman parte del Poder Ejecutivo como para aquellos que desde el Legislativo velan exclusivamente por sus intereses, de espaldas a los reclamos urgentes de un pueblo harto de su clase política.

Así pues, en medio de una inmunda repartija, han terminado eligiendo al octavo ocupante de Palacio de Gobierno, un sujeto con un prontuario muy parecido al de tantos congresistas que suscitan en nosotros, los electores y ciudadanos comunes y corrientes, las reacciones imprecisas de pena, o risa, o rabia o vergüenza ajena, o todo ello mezclado en un amasijo increíble de sensaciones desagradables. Hay honrosas excepciones, por supuesto, pero que lastimosamente se pueden contar con los dedos de una mano.

El próximo 12 de abril se nos abre una posibilidad, sin embargo, de revertir este panorama sombrío sobre el porvenir de nuestra patria. La única recomendación que me permito hacer a los peruanos es no votar por aquellos que han sido parte de estos cinco años de poder abusivo del Congreso, ligados a los sectores con mayoría en las bancadas que han destruido todo vestigio de institucionalidad que se empezaba a construir. Esas fuerzas nefastas que, según las encuestas, increíblemente, siguen encabezando la intención de voto, aunque con cifras ridículas. Una auténtica conciencia ciudadana debe impedir que esas mafias, coludidas para acabar con lo poco de democracia que aún queda, vuelvan a hacer de las suyas otros cinco años de barbarie. En nosotros está el cerrarles el paso.

 


Lima, 1 de marzo de 2026.

sábado, 14 de marzo de 2026

La casa de Vargas Llosa

 

En el boulevard Parra, signado con el número 101, se yergue la modesta casa de estilo republicano donde nació, el 28 de marzo de 1936, Mario Vargas Llosa, tal vez el arequipeño de mayor renombre en el mundo, el hijo que prestigió esa tierra, y la del país entero, con el Premio Nobel de Literatura obtenido el año 2010. Propiedad original de la familia Vinelli, quienes eran los dueños, los Llosa alquilaban el segundo piso. Ahora es una casa museo. Estar en Arequipa y no visitar este histórico inmueble tal vez sería apenas un descuido para cualquier visitante, pero sería imperdonable para quien habiendo leído casi toda su obra, admirado su trayectoria como escritor y tomado como modelo para el propio ejercicio de la literatura, tiene la gran oportunidad de ingresar a ese espacio original e íntimo de la vida del novelista.

Para ingresar debemos pagar una cifra módica. La visita está organizada por turnos y a cargo de un guía. La nuestra empieza a las 2 de la tarde. Nos reciben con calidez y pasamos a una salita en al primer piso, donde están las oficinas. La encargada nos explica en qué consiste la visita, el tiempo de duración y qué no está permitido hacer en ella, como grabar, por ejemplo. Las fotos deben ser las necesarias y nos presenta al guía. Nos dice su nombre, Rubén, y nos invita a seguirlo. Subimos al segundo piso, donde debe comenzar el recorrido. El primer ambiente es oscuro, nos sentamos en unas sillas, al costado de una escalera que comunica con los altos. Rubén nos dice que esperemos, de pronto rechina una cerradura y unos pasos resuenan taconeando el entarimado, como si alguien descendiera por la escalera. Se enciende una luz a nuestra izquierda y aparece Mario Vargas Llosa en un holograma, se presenta y nos da la bienvenida, explica el significado que tiene para él la casa que vamos a conocer y nos invita a recorrerla.

Enseguida, Rubén comenta que conoceremos la habitación donde nació el escribidor. Caminamos por un pasillo e ingresamos a otro ambiente, decorado con objetos de época, como un camastro de madera, un velador con lamparita, una mesa pequeña con jofaina y lavabo, una bacinica y otros más. Nuevamente se enciende una luz y aparecen tres mujeres, una recostada en la cama, y las otras dos a su costado. Es el momento del parto de Dorita, la madre del novelista. La escenificación es convincente, el recién nacido demora unos segundos en manifestar su flamante presencia en este mundo y la alegría es compartida.

En la siguiente estancia estamos en una sala que exhibe diversos objetos e imágenes que nos llevan a los inicios de la carrera de escritor de Vargas Llosa, como su máquina de escribir, fotografías de su época de periodista en el diario La Crónica a los quince años, una victrola, discos de vinilo de la época, estantes con libros, un escritorio y un aparato de radio. Toda una atmósfera que recrea el ambiente propicio para la tarea del creador.

Luego nos toca ingresar a un espacio ambientado como si fuera un vagón de tren, nos sentamos y en el lugar que corresponde a las ventanas se encienden unas pantallas que nos presentan un recorrido en el tiempo de la biografía del escritor. Las imágenes se suceden como los paisajes de una vida, las estaciones vitales de la trayectoria excepcional de un artista tras la consecución de sus sueños. Desfilan ciudades y momentos, Arequipa, Cochabamba, Piura, París, Barcelona, escenarios y circunstancias que fueron marcando un derrotero excepcional que terminaría en el reconocimiento literario más deslumbrante: el Premio Nobel de Literatura y, sobre todo, su incorporación a la Academia Francesa, un privilegio reservado sólo a los más grandes.

El siguiente espacio es llamado la “sala del boom”, donde reposan una serie de objetos e imágenes relacionados a aquel acontecimiento literario de mediados de los años 60. Un conjunto de mesitas con sus sillas frente a una barra bien surtida de licores, así como fotografías y libros de los autores más destacados de ese fenómeno editorial que dio a conocer a un puñado de escritores latinoamericanos al mundo. El ambiente es cálido e invita a quedarse y pedir alguna bebida para seguir charlando de literatura, libros, autores y lecturas.

Luego pasamos a una calle de Barcelona, aquella donde vivió un joven Vargas Llosa cuando escribía su primera novela La ciudad y los perros. La sala está diseñada para que el visitante sienta que está frente a la casa que ocupó el novelista, con el piso empedrado de la ciudad catalana y las vistosas fachadas de las edificaciones vecinas. Se ha sumado un grupo de señoras a nuestro recorrido y el guía nos invita a sacarnos algunas fotos en determinados ángulos de la supuesta calle, incluso una en la que hacemos ademán de ingresar a la casa poniéndonos frente a la puerta.

Finalmente ingresamos a la última estación de la visita, dedicada enteramente a la faceta política del Nobel, cuando fue protagonista de una campaña presidencial en el año 1990. Enormes reproducciones fotográficas de los mítines que encabezó en diversas ciudades del Perú, en medio de encendidos discursos políticos. Y también unos años antes cuando lideró un movimiento que se opuso a la estatización de la banca decretada por el primer gobierno aprista de Alan García en 1987.

Resultó ser una experiencia fenomenal conocer de esta manera la casa natal de Mario Vargas Llosa, con el soporte tecnológico de pantallas, hologramas y simulación virtual de situaciones reales, además de los comentarios y datos aportados por el diligente guía, que en todo momento se mostró muy asequible y dispuesto a brindarnos todos los cuidados para hacer de esta visita una agradable forma de acercarnos al conocimiento de la vida y la obra de quien sin duda es el  hijo predilecto de Arequipa.

 





Lima, 1 de marzo de 2026.