El Perú, desde el
punto de vista político, es un pésimo circo de quinta categoría, una
republiqueta ínfima y risible, un caso de Ripley. En diez años, donde
normalmente habría tenido dos presidentes elegidos democráticamente, ahora
tiene ocho, cuatro por cada período presidencial, lo cual convierte al país en
un caso único en el mundo, un verdadero récord guiness, una anomalía que,
en vez de enorgullecer al ciudadano promedio, lo debe hacer avergonzar.
Hay múltiples factores
que se deben tener en cuenta para explicarnos esta situación inédita e
insólita. Uno de ellos es la pérdida gradual del sistema de partidos que viene
de fines del siglo pasado, lo que ha dado paso a la presencia de pequeños
caudillos con membretes caprichosos que fungen como partidos políticos, pero
que apenas son agrupamientos de amigos o socios en busca de satisfacer
intereses particulares, pandillas de facinerosos en un afán evidente de
aprovecharse de los recursos públicos, bandas de bribones y pillos que sólo
quieren medrar de las arcas del Estado. Otro factor está en la desafección y
repulsa creciente de la ciudadanía por la política, quizá mucho más que antes,
ocasionadas sin duda por el comportamiento de estos mismos políticos sin la
formación ética adecuada para ocupar puestos de representación popular.
El hecho de que
se hayan presentado 36 listas de candidatos a la presidencia y al Congreso
bicameral, ya revela una grave disfunción de nuestro sistema democrático, su
total precariedad y ausencia de madurez política. En ningún país del mundo, que
se sepa, se había visto tamaña caricatura. Esta carencia de condiciones mínimas
para establecer consensos necesarios que deriven en la formación de cuatro o
cinco alianzas que representen el espectro ideológico nacional, nos ha llevado
a presenciar este aluvión de ambiciones personalistas, de caudillismos
decimonónicos, de avidez desmedida y pocos o nulos escrúpulos.
Otra de las
trampas perversas de que disponen esos llamados partidos políticos es la de
ofrecernos cada cinco años a una lista de impresentables para elegir entre
ellos a los futuros congresistas, como si esa gente hubiera pasado algún grado
de tamiz o control de parte de la agrupación por la que postula, y no ser
aceptada sin más por el sólo hecho de poner una cantidad de soles para la
campaña. En una democracia que se precie de ese nombre, los partidos políticos
se esfuerzan por presentar a sus mejores prospectos para ejercer el delicado
encargo de legislar. Pues aquí sucede al revés. El efecto es que una población
distante de la política, ajena a la tarea de verificación de quienes pretenden
ser sus representantes, termina optando por sujetos desconocidos que esconden
un amplio prontuario delictivo. El menú es tan pobre que no hay más remedio que
ver un resultado lastimoso cada vez que comprobamos sus comportamientos una vez
investidos para el cargo parlamentario.
La democracia así
termina siendo una farsa, una astracanada de la que somos parte cada cinco años
porque el diseño del sistema es tan perverso que la misma gente, o parecida,
sigue siendo protagonista de las más importantes decisiones que nos conciernen como
sociedad. De ahí los elocuentes resultados de las encuestas que hemos visto en
los últimos tiempos, porcentajes altísimos de desaprobación tanto para quienes
forman parte del Poder Ejecutivo como para aquellos que desde el Legislativo
velan exclusivamente por sus intereses, de espaldas a los reclamos urgentes de
un pueblo harto de su clase política.
Así pues, en
medio de una inmunda repartija, han terminado eligiendo al octavo ocupante de
Palacio de Gobierno, un sujeto con un prontuario muy parecido al de tantos
congresistas que suscitan en nosotros, los electores y ciudadanos comunes y
corrientes, las reacciones imprecisas de pena, o risa, o rabia o vergüenza
ajena, o todo ello mezclado en un amasijo increíble de sensaciones
desagradables. Hay honrosas excepciones, por supuesto, pero que lastimosamente
se pueden contar con los dedos de una mano.
El próximo 12 de
abril se nos abre una posibilidad, sin embargo, de revertir este panorama
sombrío sobre el porvenir de nuestra patria. La única recomendación que me
permito hacer a los peruanos es no votar por aquellos que han sido parte de
estos cinco años de poder abusivo del Congreso, ligados a los sectores con
mayoría en las bancadas que han destruido todo vestigio de institucionalidad
que se empezaba a construir. Esas fuerzas nefastas que, según las encuestas,
increíblemente, siguen encabezando la intención de voto, aunque con cifras
ridículas. Una auténtica conciencia ciudadana debe impedir que esas mafias,
coludidas para acabar con lo poco de democracia que aún queda, vuelvan a hacer
de las suyas otros cinco años de barbarie. En nosotros está el cerrarles el
paso.
Lima, 1 de marzo de 2026.
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