sábado, 24 de julio de 2010

Sakineh M. Ashtiani: ¿Quién lanza la primera piedra?

El caso de Sakineh Mohammadi Ashtiani, mujer iraní de 43 años, acusada de adulterio y condenada a ser lapidada por un tribunal de justicia en el país de los Ayathollas, ha soliviantado a la comunidad internacional por tratarse de un asunto que compete directamente a los derechos humanos y a su vigencia en el mundo globalizado.
Ashtiani está presa desde el año 2005. Las pruebas que se exhiben contra ella se basan en la “relación extramatrimonial” que sostiene con un hombre después de haber quedado viuda de su primer compromiso. En 2006 fue condenada a recibir 99 latigazos y luego condenada a morir por lapidación, una pena vigente en algunas legislaciones de los países musulmanes y que en Occidente es considerada como una prueba de barbarie supérstite en pleno siglo XXI.
Pero lo que resulta ridículo y absurdo a la vez es saber que ella no ha cometido ningún delito, pues ha hecho lo que muchas mujeres podrían hacer en Occidente al quedar viudas, es decir, volverse a juntar con otra persona, rehacer su vida como dicen por aquí; y de ello dan fe sus propios hijos, quienes abogan por su inocencia desde el instante mismo en que se produjo su detención y encarcelamiento.
Esta forma de castigo figura en antiguas literaturas sagradas, como es el caso de la Biblia, libro que ha permeado la formación espiritual y moral de buena parte del mundo llamado civilizado. En el Antiguo Testamento, colección de diversidad de textos de los géneros más variados, se describen numerosos casos de ejecuciones por estos medios, especialmente si se trataba de mujeres que cometían adulterio.
En el mundo andino también existió un castigo similar para las mujeres de vida licenciosa. Los cronistas recogen testimonios de la manera cómo se procedía en situaciones así, habiendo descripciones muy puntuales sobre la muerte por apedreamiento. Y por supuesto, en el mundo árabe, donde la ascendencia espiritual y cultural del Corán es indiscutible, igualmente es una práctica que, por lo visto, se extiende a nuestros tiempos.
Aun cuando el abogado de Ashtiani, Mohamad Mostafaeí, haya basado sus argumentos de defensa en el principio de que la pena en mención no aparece mencionada en el libro sagrado, lo cierto es que después de la Revolución Islámica que llevó al poder en Teherán al régimen teocrático del Ayatholla Jomeini, la pena ha sido reimplantada en el país, endureciéndose notablemente el Código Penal de 1983 al señalarse la lapidación para adúlteros como uno de los castigos previstos.
El debate que ha suscitado este hecho ha situado la discusión en el plano de la universalidad de los derechos humanos. Preguntarse hasta qué punto una declaración de aspiraciones planetarias puede involucrar consideraciones y particularismos culturales de cada una de las naciones signatarias de sus postulados, es un planteamiento que revive viejas polémicas. Las autoridades judiciales y políticas iraníes señalan que los principios de la familia y de la nación están por encima de las normas que consagran las Naciones Unidas.
Se trata, pues, de un espinoso asunto que organizaciones de derechos humanos en el mundo, como Amnesty International (AI), han convertido en la piedra de toque de su defensa de los derechos básicos que toda persona debe tener, sin importar la nacionalidad que tenga o la situación económica o social que posea. Una verdadera cruzada internacional es la que ha lanzado dicha organización por la causa de esta mujer que necesita ser salvada de una ejecución a todas luces bestial y bárbara.
La imagen de la futura víctima comienza a recorrer todos los medios de comunicación del planeta, y uno no puede siquiera imaginarse la truculenta escena que seguiría a su enterramiento, dejando libre sólo la cabeza, para que los verdugos se ensañen arrojándole piedras medianas, pues las pequeñas no le harían mucho daño y las grandes acabarían rápidamente con su vida. Escribo esto último con un horror incalificable, como sentimiento de mi perplejidad ante los actos de vesania más espantosos de que el ser humano es capaz.
La presión internacional es la única vía que queda para salvar a Ashtiani, por el camino de la sensibilización de las autoridades respectivas, y que más allá de los dos indultos denegados y de la conmutación de la pena que solicitaban sus abogados, se logre finalmente la abolición para siempre de una práctica punitiva inicua e inaudita en los tiempos que corren.

Lima, 24 de julio de 2010.

sábado, 17 de julio de 2010

Srebrenica, quince años después

Uno de los acontecimientos más aciagos de los últimos tiempos es, indudablemente, el que tuvo lugar en el territorio de la ex Yugoslavia, que en la última década del siglo XX asistió a su dramática atomización, acicateada por tres sangrientas guerras civiles que hicieron estallar en añicos el otrora país edificado por el legendario Josep Broz Tito.
El hecho tuvo como escenario la localidad bosnia de Srebrenica, el 11 de julio de 1995, cuando las tropas serbias de Ratko Mladic, arrasaron a sangre y fuego el campo de refugiados bosnios que formalmente era protegida por la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas (Unprofor) --conformada por soldados holandeses de los Cascos Azules--, y exterminaron alrededor de 8000 varones de origen musulmán en uno de los peores genocidios que se tenga memoria desde la Segunda Guerra Mundial.
La acción se inscribe en aquello que los especialistas califican como una operación de limpieza étnica, emprendida por los serbobosnios ortodoxos y los bosniocroatas católicos en contra de quienes consideraban herederos de los turcos otomanos que en el pasado oprimieron a sus pueblos. Esto en razón de la lucha por el control del territorio surgido de la desintegración del país yugoslavo en los primeros años de la década del 90’.
Radovan Karadzic era a la sazón presidente de la República Sprska (VRS), y bajo su gobierno es que se cometieron los crímenes de lesa humanidad que posteriormente serían llevados al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY), instancia expresamente creada por las Naciones Unidas para juzgar a los culpables de estas acciones execrables.
Otro de los responsables directos del hecho punible fue Slobodan Milosevic, presidente serbio y también yugoslavo entre 1989 y 2000, y que fuera hallado muerto en su celda en el año 2006 cuando era juzgado por el TPIY, luego de ser capturado por orden de los tribunales de La Haya. Su muerte estuvo rodeada por un aura de misterio, pues se sospechaba que pendía sobre él una amenaza de asesinato que denunció en su momento la propia víctima.
El caso de la matanza de Srebrenica pone en discusión el tema de los totalitarismos identitarios, asunto que a lo largo de la historia ha significado no pocos dolores de cabeza para los organismos internacionales y para los países democráticos que veían en su irrupción una real amenaza para la paz mundial, pues bajo la máscara de las luchas nacionalistas y amparados en las banderas de conceptos de patria y nación ya trasnochados, esconde su fiero hocico el fascismo más atroz y terrorífico.
Ya no se puede ser obtuso o ingenuo cuando asoman cada tanto esos líderes imbuidos de mesianismos históricos que arrastran a colectividades enteras a los abismos nefastos de la violencia y la muerte. Después de las espantosas experiencias de un Hitler, un Mussolini o un Franco, la humanidad debería estar curada para siempre de todo tipo de liderazgo demente que la conduzca al despeñadero de las luchas fratricidas y de la eliminación del otro por razones étnicas o raciales.
Queda también como motivo de preocupación y suspicacia el papel que les toca cumplir a los organismos internacionales y a las potencias mundiales en la preservación de los valores de la convivencia democrática en el planeta, pues en dicha ocasión su actuación pasiva y casi indiferente sirvió de escenario propicio para que las fuerzas retrógradas de una nación centroeuropea se arrogara el derecho de asesinar impunemente a miles de ciudadanos de otra nacionalidad por el simple hecho de su no pertenencia a lo que ellos consideraban como su destino histórico de constituir una Gran Serbia.
Han pasado quince largos años de los luctuosos sucesos de Srebrenica, y es poco lo que se ha hecho para hacer justicia a las víctimas, hallándose aun prófugo el principal ejecutor de la masacre, así como pendientes de resolución judicial otros tantos casos de violaciones a los derechos humanos que fueron el pan de cada día en esos años tremendos de la locura homicida.

Lima, 17 de julio de 2010.

viernes, 2 de julio de 2010

Sudáfrica, el mundial y la realidad

Como cada cuatro años, el mundo queda hechizado ante un espectáculo que ya se ha convertido en el más importante del planeta. Un deporte que nació en tierras inglesas, se ha impuesto de manera avasallante en todos los rincones del globo con el magnetismo de su espectacularidad y, fuerza es decirlo, con las sumas millonarias de dinero que se invierten en su organización, sus participantes y su despliegue publicitario.
Este año tiene como sede a un país singular, por cierto el primero de ese continente que asume tamaña responsabilidad, y que hace apenas un par de décadas constituía un auténtico anacronismo en materia política. Me refiero al régimen que imperaba en ese entonces, aquel que la historia ya conoce como el apartheid, y que significó para la inmensa mayoría negra de esa nación, una oprobiosa manera de vivir o, peor aún, de sobrevivir.
Sudáfrica ha pasado desde ese momento por una serie de transformaciones que la han colocado en una posición expectante entre los numerosos y variopintos países africanos. Gracias a la irrupción de un legendario líder, en la línea de los grandes del siglo XX y de éste, que al salir de una injusta carcelería de largos años se convertía en el primer presidente negro de esta ex colonia británica, el país pudo encontrar el camino de la modernidad por el cual ha transitado todos estos años de una manera tortuosa, pues el fardo pesado de una historia de ignominia reciente hace penosa toda marcha hacia el progreso.
Es por ello que las desigualdades sociales y económicas todavía son patentes en el país de Nelson Mandela; los problemas de diversa índole constituyen serios retos para quien asuma la conducción de los destinos de una nación que hace muy poco vivía esquizofrénicamente escindida en dos, y cuyos lastres aún se dejan sentir en la cotidiana existencia de sus cerca de 50 millones de habitantes.
Y es por ello también que ante la llegada del mundial de fútbol, el gobierno de Pretoria, en consonancia con los dirigentes de la FIFA, ha tratado de maquillar de tal manera el rostro de la nación, para que los visitantes extranjeros de los restantes 31 países en competición, más los miles de turistas que acudirían a la cita mundialista, pudieron sólo observar los aspectos más presentables de un territorio que alberga, como muchos del denominado Tercer Mundo, flagrantes contradicciones en las condiciones de vida de su población.
Piénsese por ejemplo en la abismal distancia que separa a este selecto grupo de millonarios que llegan representando a distintos países de los cinco continentes, con los millones de niños que padecen hambre y desnutrición crónica en las regiones menos visibles del territorio, lo cual no hace sino agudizar una realidad tremendamente paradójica del mundo que habitamos.
Con alguna razón alguien ha hablado del fútbol como del opio de pueblo de nuestros tiempos, espacio que alguna vez ocupara la religión según el viejo Marx. Algo de fundamento debe haber en esa afirmación, si comprobamos cómo viven y padecen masas enteras de hombres en todos lados de este planeta, casi narcotizados por las luces y los fastos de un deporte que se ha mezclado tanto con el capital y el sentido del lucro.
Además de Mandela, un verdadero patriarca de la política y Premio Nobel de la Paz, Sudáfrica ha visto igualmente nacer en su suelo a dos escritores que han obtenido el preciado galardón que concede la Academia Sueca: Nadine Gordimer y J.M. Coetzee. Asimismo, el obispo Desmond Tutu es otro referente del pacifismo sudafricano, líder religioso y Premio Nobel de la Paz, al igual que el venerable Madiba.
Este acontecimiento deportivo ha colocado pues en la vitrina de la mirada planetaria, a una nación diversa y compleja, que afronta inmensos desafíos para salir del laberinto histórico en que ha vivido durante estos cien años de independencia que acaba de celebrar el 31 de mayo pasado. Pero mientras millones de personas siguen por las pantallas de sus televisores a una mágica pelota de cuero que rueda por los verdes campos de juego de vistosos estadios en varias ciudades sudafricanas, hay otra realidad que rueda en los márgenes del espectáculo futbolístico, y que seguirá rodando cuando las luces del negocio festivo mundial ya se hayan apagado tras el último pitazo del partido final que consagra al campeón de esta versión competitiva.

Lima, 2 de julio de 2010.

sábado, 26 de junio de 2010

Luchas interétnicas

Los enfrentamientos entre colectividades humanas por razones políticas, económicas, raciales o culturales han sido una constante a lo largo de la historia universal, es por ello que ya no llama la atención cuando un hecho de estas características se desata en alguna región del planeta, acarreando a su paso muerte y destrucción. Es lo que sucede en la actualidad en dos países radicalmente diferentes y situados en zonas geográficamente distantes: Bélgica y Kirguizistán.
En el caso de Bélgica, se ha puesto en el ojo de la tormenta el secular entredicho entre flamencos y valones, dos de las principales comunidades que conviven en este país europeo que nació a la vida independiente en 1830 a expensas de Holanda. La reciente victoria de la Nueva Alianza Flamenca (NVA) de Bart De Wever en Flandes, ha despertado las aspiraciones independentistas de esta comunidad que habla neerlandés, que constituye el 60% de la población y que vive mayoritariamente en el norte del país, caracterizada por ser rica y populosa.
Los valones, por su parte, ocupantes del empobrecido sur, hablan francés y representan el restante 40% de los habitantes belgas. Aspiran a mantener cohesionado un país que ha vivido en estos permanentes trasiegos pero que ha sabido siempre salir airoso de las ventoleras autonomistas de sus vecinos del norte. Pero ahora parece que se enfrentan a una encrucijada mayor, pues el nudo del conflicto --la situación del distrito electoral de Bruselas-Halle-Vilvoorde (BHV)-- se presenta como el escollo principal en esta larga querella que hace peligrar la misma existencia de Bélgica.
Así vistas las cosas, es curioso que este pequeño país europeo de 11 millones de habitantes, con un singular sistema de elecciones políticas y de representación parlamentaria, se encuentre tironeado entre neerlandófonos y francófonos, encarnando la cruel paradoja de que Bruselas, símbolo y sede de la Unión Europea, se enfrente al abismo de su propia escisión.
Un verdadero apartheid lingüístico que debe ser encarado con cautela e inteligencia por el rey Alberto II y por el próximo Primer Ministro, sucesor del renunciante Yves Leterme. Los partidos políticos de mayor arraigo --democristianos, liberales y socialistas-- también tienen la palabra.
El otro caso es el de la ex república soviética de Kirguizistán, escenario de los últimos episodios de violencia entre uzbekos y kirguizes, que ha cobrado el saldo trágico de más de un centenar de muertos y la desoladora realidad de alrededor de 80 mil desplazados.
Kirguizistán es un país de 5,5 millones de habitantes, repartidos étnicamente entre un 70% de kirguizes y un 15% de uzbekos, además de otras etnias menores, que nació a la vida independiente cuando la otrora poderosa URSS se disolvió en 1990. Pero ya desde la era soviética se había dividido artificialmente el ubérrimo valle de Ferganá entre Uzbekistán, Kirguizistán y Tayikistán, situación ahora agravada por el hecho de que constituyen países diferentes, cada quien con su gobierno respectivo.
Los kirguizes constituyen mayoritariamente la población rural, mientras que los uzbekos lo son de la urbana, localizada principalmente en las ciudades de Osh --la segunda del país después de Bishkek, la capital-- y de Jalalabad. La revuelta se desató en abril de este año con la caída del presidente Kurmambek Bakíev, en medio de acusaciones de corrupción, narcotráfico y crimen organizado. La presidenta interina, Rosa Otúmbayeva, llegó a pedir incluso la intervención de Rusia, pero el Kremlin se ha mantenido al margen, observando el curso de los acontecimientos con interés y esperando una situación límite que los obligue a ello.
Aun cuando ambas etnias hablen el mismo idioma, el turco, y tengan la misma religión, el islam, las luchas encarnizadas en el sur del país han provocado una feroz realidad de muertos, heridos y desplazados. Éstos últimos reflejan todo el drama de una población sometida a una especie de limpieza étnica, como la que se vivió en la ex Yugoslavia en la década pasada, con toda la espantosa secuela de niños, mujeres y ancianos aventados de sus hogares y deambulando en una frontera que se abrió para unos cuantos, pero que se ha cerrado para la gran mayoría.
Para nadie es un secreto que la región representa una zona estratégica para los Estados Unidos y para Rusia en su lucha en Afganistán. Los norteamericanos poseen una base militar en el aeropuerto de Manás, clave para sus operaciones contrainsurgentes en una de las zonas más explosivas del planeta, mientras que los rusos no olvidan sus viejos lazos con las repúblicas que en su momento formaron parte de la Unión Soviética.
Naciones Unidas, sumando los esfuerzos de los protagonistas implicados, debería asumir la tarea de pacificar esta región que vive en estas horas una auténtica tragedia humanitaria.
Ambos casos ponen sobre el tapete de la discusión política el problema de las fronteras, creaciones artificiales de los hombres para separar en Estados o unir en países lo que histórica y culturalmente posee otra naturaleza. Un inmenso desafío a nuestra capacidad de convivencia y a nuestro propósito de edificar una civilización.

Lima, 26 de junio de 2010.

sábado, 19 de junio de 2010

José Saramago: el aprendiz y el maestro

Una mala costumbre instaurada en el mundo de los hombres ha hecho que sólo nos ocupemos al unísono de la figura de un muerto. En esta penosa ocasión, la fuerza de los hechos nos obliga a no contradecir ese fenómeno. La inesperada llegada de algo que sin embargo es lo más esperado de la certidumbre humana, ha causado un dolor singular en el mundo de la cultura: el adiós de José Saramago, el primer Premio Nobel portugués de Literatura, a la expectante edad de 87 años, cuando apenas amanecía en Lanzarote, esa isla del Atlántico que era su residencia desde 1993.
La entrañable imagen del gran escritor lusitano viene entonces a nuestra memoria, a través del recorrido maravilloso de esa obra brillante que supo engastar en los últimos treinta años de su vida. Hijo y nieto de campesinos, no tuvo empacho al iniciar su discurso de recepción del Premio Nobel 1998 diciendo que el hombre más sabio que había conocido era un analfabeto. Ese hombre era su abuelo Jerónimo, quien con la abuela criaron al pequeño José en la aldea de Azinhaga, cerca de Lisboa, cuando el futuro creador ni siquiera pensaba en dedicarse a la literatura.
Pero viene también a nuestra querencia más profunda, la imagen del hombre comprometido con las causas sociales más acuciantes de nuestro tiempo, la del ser humano noble y generoso que dispensó su tiempo y sus mejores energías a la defensa de la causa de los desposeídos, a favor de los excluidos del festín de la historia, prestándoles su voz a los que carecen injustamente de ella, para gritar a los cuatro vientos esas verdades incómodas que hacen estremecer la precaria quietud de los poderosos.
Considerado el mayor novelista que ha dado al mundo la lengua de Camoens, el escritor portugués más importante del siglo XX deja tras su partida una estela luminosa de entrega y sabiduría, de pasión y compromiso, de paciencia y valentía. Autor de una decena de novelas espléndidas, así como de crónicas y artículos periodísticos --verdaderos ensayos de lucidez--, José Saramago se ha instalado de pleno derecho en el corazón de una legión de lectores que se entregaban con fervor cada vez que se anunciaba una nueva publicación suya.
Desde posiciones heterodoxas en materia religiosa y política, siempre estuvo inmerso en el candelero de cuantas discusiones teológicas o ideológicas se suscitaban a raíz de sus obras controversiales, que tocaban fibras muy sensibles de la clerecía establecida. Nunca se mostró complaciente con ningún tipo de poder, pues ejerció el oficio de escribir con la más libérrima de las posturas.
Militó desde muy joven en el Partido Comunista, lo cual le valió la sospecha y la inquina de cierto sector de la sociedad portuguesa y de la europea en general. Ironizando sobre la evolución de su vida en la perspectiva de la gente, decía que si al comienzo afirmaban: “es bueno, pero es comunista”, después el comentario era: “es comunista, pero es bueno”. Pero esa adherencia partidaria tampoco fue incondicional, pues Saramago demostró su independencia de criterio y su libertad de juicio cada vez que descubría flagrantes contradicciones entre quienes defendían posiciones de izquierda.
Propulsor entusiasta de un iberismo integrador y fraterno, fue criticado por quienes se atrincheran en mentalidades estrechas y en miradores de corto alcance, seres que abundan en todos lados. Sus ficciones literarias, especies de parábolas modernas, han sondeado este y otros temas contemporáneos, dejando en todos ellos la marca inconfundible de su talento y de su talante, valores incomparables que han hecho de este aprendiz --como dijo modestamente en su discurso ante los académicos suecos-- un auténtico maestro de las letras y las artes, pero sobre todo de humanismo y de humanidad.
Saramago entrega la posta, más allá de su pesimismo --porque el mundo es pésimo, decía-- a quienes deben asumir ese legado de combate y de quijotismo, que en su caso lo hizo sin mengua alguna en la calidad de su obra, una prosa novedosa y original que llevaba al lector por los vericuetos más sorprendentes de la condición humana.

Lima, 18 de junio de 2010.

viernes, 11 de junio de 2010

La dialéctica del diablo

Durante casi tres semanas --veinte días, para ser exactos--, enfrascado en la delirante historia de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana, he disfrutado otra vez de una envolvente y cautivadora novela de Mario Vargas Llosa: La fiesta del chivo (Alfaguara, 2000).
El destripamiento físico y moral que hace el novelista de uno de los regímenes más truculentos y despiadados de la historia política de Latinoamérica, me ha dejado muchas veces con los pelos de punta, y en otras con el alma escarapelada de horror, cuando no con las entrañas revueltas y el ánimo crispado de espanto, al recorrer sus páginas que describen con crudeza los acontecimientos y hechos, en clave de ficción, que cifraron la vida, pasión y muerte de ese país del Caribe que soportó por 31 años el oprobio férreo y sangriento de la tiranía bestial de quien era llamado pomposamente el Gran Benefactor, el Padre de la Patria Nueva, el Jefe, y otros sobrenombres igualmente ridículos.
La narración discurre en tres momentos históricos bien marcados, el primero durante el apogeo del gobierno del sátrapa, algo que la historia conoce también como la Era Trujillo; el segundo, en los momentos finales del mismo, cuando una bien concertada conjura logra acabar con la vida del tirano; y el tercero, cuando Urania Cabral, protagonista axial de la ficción, está de regreso en el país después de 35 años de ausencia, años en los que quiso abolir todo aquello que se refiriera a los años que tuvo que vivir en la República Dominicana. Hija de Agustín Cabral --un político muy influyente del cogollo trujillista, que finalmente cae en desgracia, y que como último recurso se juega una de las cartas más repelentes que persona alguna pueda utilizar--, Urania sintetiza, porque encarna sus efectos más nocivos, todo el lastre moral y humano que puede dejar un sistema organizado para la perpetuación del poder, valiéndose para ello, y sin escrúpulos, del crimen, la delación, la venganza, la tortura y otras formas de la insania proto humana.
El relato es subyugante, pues de algún modo es la historia de todos los países de América Latina, que casi ha sido la misma: un desfile de déspotas sanguinarios y crueles que han detentado el poder para halagar su megalomanía rastrera y vil. Esta novela desnuda los perversos entresijos del alma retorcida de siniestros personajes allegados al régimen. Meticulosa descripción de las tiranías criollas que han imperado en nuestras tierras, amparados en la impunidad y, muchas veces, con la secreta o abierta complicidad de los poderes de afuera.
El ya mencionado senador Agustín Cabral, Cerebrito; Henry Chirinos, el Constitucionalista Beodo o la Inmundicia Viviente --personaje que evoca en los lectores peruanos una figura connotada de su historia política reciente, hoy eclipsado y sumido en un ostracismo voluntario invulnerable--; Ramfis y Radhamés, los disolutos hijos del Dictador; el siniestro Johnny Abbes, el “malvado inteligente”, jefe del temido Servicio de Inteligencia Militar (SIM); son sólo algunos nombres de esa vasta fauna teratológica que pulula por la novela, demostrándonos a cada paso, los niveles espeluznantes a que puede descender el espécimen llamado hombre, cuando es poseído por ese fluido demoniaco de la venganza al servicio de una aviesa lealtad perruna.
Cuando Urania destapa, ante los oídos absortos e incrédulos de su tía Adelina, de sus primas Lucindita y Manolita, y de su sobrina Marianita, el peor secreto guardado de su existencia, el que la impulsó a abandonar el país por todos estos años, y que vivió en el último tramo de la Era Trujillo, se abre también el cráter más hediondo de la novela, aquella que nos revela la estirpe espiritual --si es que la tenían-- y moral de los hombres (mejor sería decir homínidos) que hicieron de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina una de las más horrendas del siglo XX.
El grupo de los justicieros, ese puñado de hombres civiles y militares que formaron parte de la conspiración para acabar con el chivo, tendría un final trágico, perseguidos con saña y sometidos a torturas inimaginables, con la excepción de dos de ellos, que pudieron atravesar sanos y salvos ese proceso de conversión que los hizo mudar de asesinos a ajusticiadores, y luego a héroes, siendo reconocidos y cubiertos de gloria por el siguiente gobierno de Joaquín Balaguer, un personaje también del entorno de Trujillo, pero que siempre trató de guardar las maneras democráticas, aun dentro de la entraña autoritaria del régimen.
En suma, una de las obras totalizadoras del gran novelista peruano, que se sitúa sin lugar a dudas entre las más logradas de su tipo, así como entre las más acabadas de su ya copiosa bibliografía.

Lima, 11 de junio de 2010.

sábado, 5 de junio de 2010

Impunidad israelí

De París a Estambul, de Atenas a Rabat, de Amsterdam a Barcelona, una ola de indignación recorre el mundo por el asalto de las fuerzas militares israelíes a una flotilla de ayuda humanitaria que se desplazaba a la franja de Gaza. La acción ha rebasado los límites de consideración y paciencia hacia un gobierno que comete despropósito tras despropósito, con el tácito consentimiento de su aliado mayor, los EE.UU., que nada puede ya hacer para frenar este desbocado afán de actuar en la más absoluta impunidad.
La llamada Flotilla de la Libertad, compuesto por seis embarcaciones en las que viajaban alrededor de 750 personas, se dirigía por aguas internacionales con un valioso cargamento con destino al territorio palestino de Gaza, sometido a un férreo bloqueo económico por parte de Israel. Las fuerzas navales hebreas, en una inusual demostración de piratería internacional, han asaltado el principal barco, el Mavi Mármara, de bandera turca, y, luego de un combate desigual en cubierta con parte de la tripulación, han matado a 9 de ellos. Enseguida toda la flota ha sido conducida al puerto de Ashdod, al sur de Israel, donde han quedado detenidos todos los activistas. Gradualmente han sido deportados, gracias a la presión internacional, no sin antes haberlos acusado de “inmigrantes ilegales”, situación totalmente absurda, pues fueron llevados allí a punta de pistola.
Es injustificable este proceder que ha violentado las normas mínimas del derecho internacional, aun cuando se puede explicar desde la comprensión del nerviosismo del gobierno de Tel Aviv ante las crecientes manifestaciones contrarias a su existencia como Estado, por parte de algunos líderes connotados del mundo árabe, así como desde la desesperación de verse acorralado en medio de vecinos hostiles a los que en algún momento agredió, y la obsesión defensiva ante lo que ellos llaman el movimiento terrorista islámico que pretende acabar con su existencia como país y nación.
Se han resentido particularmente sus relaciones con Turquía, país con el que, luego de mucho tiempo, volvía a tender puentes de cooperación en varios terrenos. Los nueve ciudadanos turcos asesinados en esta nueva tropelía del gobierno de Netanyahu, pueden significar un grave retroceso en esa vía, que comprende desde el suministro de petróleo, construcción de un gasoducto desde Anatolia, hasta la asistencia en materia de agua.
Inmediatamente se han reunido los principales líderes políticos mundiales, en instancias como la ONU, la OTAN, la UE y la propia Liga Árabe. El Secretario General de la organización mundial, Ban Kee Moon, ha condenado abiertamente este asalto armado en aguas internacionales a embarcaciones pacíficas, reclamando una prolija e imparcial investigación para deslindar los hechos e imponer las sanciones correspondientes. Todos los gobiernos democráticos de occidente han repudiado a su turno este exabrupto de una nación cuyos líderes más connotados parecen no haber aprendido de las terribles lecciones de su historia.
Pero lo que causa irritación en todo este asunto es la tibieza de la reacción estadounidense, los miramientos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y los silencios individuales de otros tantos jerarcas de la política mundial. No sorprende la conducta de la Casa Blanca, a pesar de la presencia en ella de un presidente como Barack Obama, pues es archisabido el papel de socio y protector que cumple el gran imperio del norte con respecto al país hebreo. De allí a explicar el comunicado elíptico del Consejo no hay más que un breve paso.
Se pone en entredicho además el inicuo bloqueo impuesto por Israel a la franja de Gaza, cuyo fin reclama al unísono la comunidad internacional, pues como ha dicho Navi Pillay, la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, “la ley humanitaria internacional prohíbe hacer pasar hambre a los civiles como método de guerra y también está prohibidos los castigos colectivos”.
¿Hasta cuándo el mundo civilizado tolerará este ilegal e inhumano trato al que es sometido el pueblo de Gaza? ¿Hasta cuándo Israel se conducirá en el Medio Oriente como si gozara de un derecho especial, una especie de carta blanca, para perpetrar todo tipo de agresiones en medio de la mayor impunidad? ¿O será que ellos creen que los sufrimientos del pasado les franquean una suerte de inmunidad sui generis?

Lima, 05 de junio de 2010.