sábado, 2 de octubre de 2010

Gustave Flaubert: el mandarín anarquista

Uno de los mayores ensayos que se haya publicado sobre el escritor francés Gustave Flaubert (1821-1880), es aquel que por el año de 1975 escribiera el novelista peruano Mario Vargas Llosa, con el título de La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary. A la par que sondea la intensa biografía del novelista que más admira, escruta los entresijos de su más emblemática novela, aquella que según el autor –coincidiendo en este juicio con el de muchos otros entendidos-, es la fundadora de la novela moderna.

El libro se articula en torno a una reflexión central sobre el porqué de la escritura de ficciones, logrando desentrañar, desde su perspectiva, ese misterio que ha dado que pensar a generaciones enteras de críticos y estudiosos de la literatura, así como a los teóricos del arte en general. Comenzando por el principio, Vargas Llosa sitúa el origen de la vocación literaria en las “decepciones radicales de la vida, experiencias que, al enemistarlo con la realidad, le despertaron esa vocación de crear realidades imaginarias”. Es el inicio de su posteriormente famosa tesis de los demonios interiores, fuerzas inconscientes y oscuras que desatan todo el proceso creativo al tratar de ser exorcizadas por el artista.

Hay una cita medular en relación a cómo brotan las historias: “Una novela no resulta de un tema sustraído de la vida, sino, siempre, de un conglomerado de experiencias, importantes, secundarias e ínfimas, que, ocurridas en distintas épocas y circunstancias, empozadas al fondo del subconsciente o frescas en la memoria, algunas personalmente vividas, otras simplemente oídas, otras más bien leídas, van de manera paulatina confluyendo hacia la imaginación del escritor, la que, como una poderosa mezcladora, las deshará y rehará en una sustancia nueva a la que las palabras y el orden dan otra existencia. De las ruinas y disolución de la realidad real surgirá entonces algo muy distinto, una respuesta y no una copia: la realidad ficticia”.

Luego, en lo que puede llamarse una operación esquizofrénica del creador, Vargas Llosa puntualiza el fenómeno del desdoblamiento del escritor, demostrando que “en el escritor hay un desdoblamiento constante, que en él coexisten dos hombres: el que vive y el que mira al otro vivir, el que padece y el que observa ese padecimiento para usarlo”. El escritor como un pequeño demiurgo que canibaliza su propio derrotero vital, tomando distancia de lo que experimenta para transmutarlo en materia de su creación.

En el caso de Flaubert, Vargas Llosa ve confirmadas sus ideas sobre el arte de la novela, o es dicho caso el que lo lleva a formular su teoría. “Flaubert… repitió toda su vida que escribía para vengarse de la realidad”, es una afirmación que ratifica el motor de la creación artística a partir de ese radical entredicho entre el hombre y el mundo, entre el artista y el medio que lo rodea. La única manera que tiene el escritor de resarcirse de una realidad que siempre le será adversa, será a través de la escritura de obras de ficción, pues inventando un mundo a su imagen y semejanza, se habrá erigido en un pequeño dios que gobierna omnisciente su creación.

En cuanto a su labor de autor de obras de ficción que fue Flaubert, Vargas Llosa reconoce el desmesurado e ímprobo esfuerzo del novelista francés para ganarse la posteridad a fuerza de empuje y tenacidad, pues “su genio está hecho de paciencia, su talento es obra sólo del trabajo”. Ya lo había dicho un autor clásico cuando afirmaba que el genio es uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración.

Enseguida se interna en los laberintos argumentales de Madame Bovary, la novela materia del conjuro entre el autor de La educación sentimental, Salambó, La tentación de San Antonio y otras obras maestras, y el escritor peruano que nunca escatimó su admiración y su devoción literaria por quien es probablemente su novelista ante el altísimo. Simultáneamente, zanja el enigma de la creación novelesca a partir de un ingrediente que está completamente en manos del escritor, pues “es el elemento añadido, el reordenamiento de lo real, lo que da autonomía a un mundo novelesco y le permite competir críticamente con el mundo real”.

El primer problema al que se enfrenta un novelista es la elección del narrador, pues “el narrador es siempre alguien distinto del autor, una creación más de éste, al igual que los personajes, y, sin duda, el más importante, aun en los casos en que se trata de un relator invisible, porque todos los otros dependen de este personaje secreto”. En este sentido, Vargas Llosa destaca lo que él no duda en llamar “el gran aporte técnico de Flaubert”, que “consiste en acercar tanto el narrador omnisciente al personaje que las fronteras entre ambos se evaporan, en crear una ambivalencia en la que el lector no sabe si aquello que el narrador dice proviene del relator invisible o del propio personaje que está monologando mentalmente”.

Por último, pone en primer plano otro de los logros estilísticos del novelista francés, la máxima exigencia a la que avocó todo su talento, que es “dar a la prosa narrativa la categoría artística que hasta entonces sólo ha alcanzado la poesía”, elevando a la novela de su modesta condición de género plebeyo, para conquistar el sitial de que hoy goza en el mundo literario, conseguido sobre todo con el advenimiento de grandes cultivadores del mismo a lo largo del siglo XX.

Justo tributo a uno de los grandes de la literatura, a quien ejerció en su tiempo una irradiación soberana merced a sus innegables dotes creativas, un verdadero mandarín literario; así como a su libérrima manera de concebir el arte y la vida, haciendo de él un perfecto anarquista, un ácrata insobornable a cualquier halago o fascinación del poder.

Lima, 2 de octubre de 2010.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Xenofobia

Las aguas del mar político europeo han estado sumamente agitadas esta semana por el asunto de las deportaciones de gitanos decretado por el gobierno francés, situación que ha llegado a nivel de las altas instancias de la Unión Europea, donde a media semana se ha reunido el Consejo para ver las implicancias del mismo y, eventualmente, tomar medidas en contra del gobierno del Elíseo para salvaguardar el derecho a la libre circulación de todas las personas en territorio comunitario.

Los comentarios y las declaraciones cruzadas entre los miembros del gobierno de Nicolás Sarkozy y los directivos de la Unión no han hecho sino revelar la gravedad de una decisión que es a todas luces polémica, pues pone en tela de juicio el carácter democrático de un país que históricamente ha sido el paradigma de las libertades y de los derechos humanos. A las palabras de la Comisaria de Justicia, Viviane Reding, poniendo en su justo lugar la naturaleza de los hechos, le ha sucedido la respuesta destemplada y ciertamente grosera de un Sarkozy ensoberbecido y autosuficiente.

Reding había dicho que nunca había pensado que podrían repetirse casos de expulsiones o deportaciones después de la Segunda Guerra Mundial, en alusión clarísima a las sufridas por los judíos a manos del régimen nazi de Adolph Hitler. Inmediatamente le ha respondido el ministro francés de inmigración, pidiéndole una rectificación por lo que consideraba una exageración. Pero ha sido el propio presidente galo quien le ha propinado la réplica más furibunda en términos personales, afirmando que seguiría su política de expulsiones y que bien haría Luxemburgo en recibir a los gitanos rumanos.

La reunión en Bruselas ha servido para medir las fuerzas de los bandos en conflicto. Mientras la mayoría de gobiernos mantenían un sintomático silencio, evitando condenar las expulsiones perpetradas por Francia, el Presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, se ha enfrascado en un duro duelo verbal con el presidente Sarkozy, que según algunos testigos ha rozado la violencia del tono alzado. Muchos de ellos lo hacían en precaución de lo que quizá sea su propio futuro, pero hay uno de esos líderes que ha declarado su abierto apoyo al gobierno francés, y no precisamente el más recomendable: el primer ministro italiano Silvio Berlusconi.

Me causa sorpresa y admiración que a ese sordo coro de respaldo más o menos embozado, se haya sumado el presidente del gobierno español, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero. No me imaginaba a alguien que decía adscribir las posiciones más avanzadas en materia social, solidarizándose con una medida francamente discriminatoria, racista y xenófoba. Es decir, la vuelta al pasado, el retroceso de siglos de evolución en cuanto a las ideas de inclusión, tolerancia, igualdad y convivencia democrática. Mas, me congratula saber que las juventudes socialistas españolas no avalan la conducta de aquél.

Pues el problema de fondo que se desprende de este malhadado suceso, es saber cuánto están dispuestos los países del Viejo Mundo a vivir y actuar de acuerdo con las doctrinas que ellos mismos fraguaron y desarrollaron a lo largo de la historia. De qué manera la Francia de Voltaire, Montesquieu y Rousseau se puede corresponder éticamente con los desvaríos de un presidente anodino que más que vivir en el siglo XXI, pareciera que lo hiciera en el XVIII, como representante de las fuerzas más retrógradas y oscuras de la sociedad que alumbró las ideas triunfantes de igualdad, libertad y fraternidad.

La Revolución no puede tener este triste colofón, en que el mismo país que fecundara casi todos los movimientos independentistas en el mundo occidental, se erija ahora en uno que persigue, expulsa y discrimina al otro, al diferente, sea quien sea, gitano o árabe, latino o africano. Amparado en una ideología que preconiza la globalización y el mercado libre - que paradójicamente permite la libre circulación de las mercancías pero no de las personas-, el gobierno de Sarkozy, felizmente esporádico y pasajero, se está colocando en las antípodas de la gran tradición francesa como defensora de los derechos humanos. Así están las cosas.

Lima, 18 de septiembre de 2010.

sábado, 11 de septiembre de 2010

El ministerio del miedo

Ante la proximidad de las elecciones municipales en todo el territorio de la República, se ha desatado, en vil campaña difamatoria, una serie de fuerzas que pretenden infundir un sentimiento de temor en el electorado, como un mecanismo de aquello que los psicoanalistas llaman transferencia. Pues es el propio miedo de sectores vinculados a los grupos más retardatarios de nuestro espectro político, el que busca reproducirse en la mente de la gente para impedir el acceso al poder municipal de un partido político que no se aviene obviamente con sus intereses ni objetivos políticos.

En la ciudad más importante del país, que indudablemente es la capital, se ha venido orquestando una muy sibilina y aviesa maquinaria de demolición frente a una candidata, desde que el JNE anulara la participación de quien a todas luces era el candidato de la mafia y de la corrupción. Cuando la intención de voto de Susana Villarán, y de su agrupación Fuerza Social (FS), comenzó a repuntar vertiginosamente en las diversas encuestas del medio, estos sectores cavernícolas soltaron a sus mastines, parapetados en numerosos rincones de los medios de comunicación, para el trabajo sucio de tumbársela.

Desde un bien nutrido grupete de diarios capitalinos, cuya orientación política no deja lugar a dudas, estos perros de caza han venido deslizando una sarta de mentiras, un tropel de infamias e infundios, al peor estilo que campeara en los gloriosos años del inefable Vladimiro Montesinos y sus inolvidables secuaces, con el claro objetivo de cerrarle el paso a la opción más decente de los últimos tiempos en la política peruana.

Pero el más conspicuo abanderado de esa caterva de marras, es nada menos que el impresentable director del diario de los Agois, el mismísimo Aldo Mariátegui, conocido en el ambiente periodístico simplemente como Aldo M. por curiosas razones que se pierden en el terreno de la moral. Me sigue llamando poderosamente la atención, aun cuando sé perfectamente que las ideas y el pensamiento no se transmiten por los genes, que el nieto del Amauta, el heredero biológico del gran José Carlos Mariátegui -el más lúcido pensador e ideólogo socialista peruano del siglo XX-, haya recalado en puertos doctrinarios tan a contrapelo de los que su ilustre abuelo solía frecuentar. No me puedo explicar que con esos antecedentes y con ese apellido, se haya convertido en nuestros tiempos en el pequeño timonel de todos los papanatas, cacasenos y mentecatos del periodismo nacional.

Sólo desde la malevolencia se puede explicar el que haya querido vincular a Susana Villarán con el terrorismo de Sendero Luminoso, publicando una foto donde se aprecia a la candidata con el puño en alto, como lo puede hacer cualquier militante de la izquierda en el mundo, sin estar asociado por ello a ningún movimiento que preconice la violencia armada como método de lucha. Es evidente la mala intención, el sesgo grosero de dicha publicación, su venenosa consigna de enlodar a quien se perfila como una opción válida y democrática para ocupar el sillón de Nicolás de Ribera el Viejo.

Pues sólo un papanatas puede establecer una relación lógica entre el puño levantado y el accionar terrorista, sólo un cacaseno puede asociar ese gesto con una actividad a todas luces criminal. A menos que se haga el tonto de capirote, no veo cómo puede haber utilizado esa maligna ecuación para persuadir o tratar de inducir a la población hacia conclusiones perversas. Se trata, sin duda, del miedo y sólo del miedo el que se destila en todos sus comentarios ante el avance arrollador de una candidatura que no encuadra con los intereses que defiende desde ese pasquín neoliberal.

La maledicencia, el ataque artero y la vil infamia no pueden erigirse en armas leales de la confrontación política, mucho menos tratando de llenar de injurias y mentiras a una dama que participa democráticamente en una justa electoral. La parafernalia fascistoide de que se valen sus autores revela fidedignamente su catadura de personas y su estatura moral, desautorizándolos éticamente para el debate limpio y de alto nivel que debe prevalecer en toda sociedad que aspire a ser auténticamente civilizada.

Lima, 11 de septiembre de 2010.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Muerte sin fin

Todas las religiones y todas las filosofías se han ocupado del grave asunto de la muerte, explicándola o tratando de explicarla, para entenderla y comprenderla; pero siempre sus argumentos y sus ideas se quedaban merodeando la periferia y sus arrabales, ajenos quizás al insondable misterio de su presencia, e incapaces de penetrar el sentido profundo de su significado.

En Las intermitencias de la muerte (Alfaguara, 2005), novela del Premio Nobel portugués José Saramago, se presenta en plan de alegoría el hipotético caso de que la muerte dejara de obrar su tarea cotidiana, asistida como siempre por su fiel compañera la guadaña. Con la sorprendente frase: “Al día siguiente nadie murió”, el novelista da inicio a la increíble historia de un país al que la muerte no acude como es normal desde que el mundo es mundo, presentando situaciones límite que nos sirven para meditar sobre algo aparentemente simple y sencillo, pero que siempre nos revela su carácter inabarcable.

Lo que en un principio la gente se imagina como una condición ideal, el mismo paraíso hecho realidad, luego esta ilusión se trueca en pesadumbre insoportable, en carga ominosa que convierte la vida de los ciudadanos en un infierno interminable, teniendo que verse con la cruda realidad de enfermos terminales que no terminan de morir, con heridos graves y agonizantes que no pueden cruzar el umbral que les presenta la parca, con hospitales que se atestan de pacientes languideciendo de impaciencia, con asilos de ancianos que rebasan su capacidad de asistencia y con compañías de seguros sumidas en la más honda de las preocupaciones por faltarles el insumo básico de su negocio, la materia prima de su razón de ser.

Se van encontrando ingeniosas formas de evasión a la encrucijada sobrevenida, como el caso de una familia que decide trasladar a la frontera a dos de sus integrantes en trance de muerte, pues era sabido que en el país vecino la muerte seguía cumpliendo su trabajo normalmente. Pero esto también es motivo para el surgimiento de mafias que trafican con las nuevas esperanzas de la gente, y todo ello con la secreta complicidad de las autoridades que no encuentran mejor salida que hacerse de la vista gorda.

Descripción: http://artedelapalabra.files.wordpress.com/2010/06/jose-saramago.jpg Todo lo cual aumenta el desasosiego de la población, pues la maphia –así escrita para diferenciarse de las otras-, se yergue en una amenaza colosal para la sana convivencia social, tanto como para los magros presupuestos de muchísimas familias enfrentadas al abismo de la desesperación.

La gravedad de la flamante realidad obliga al gobierno a asumir la responsabilidad que le toca. Es muy elocuente al respecto el diálogo que sostiene el ministro del interior y uno de los máximos jerarcas de la Iglesia Católica. Pero lo que conmueve hasta el suspenso es el caso de un músico –violonchelista para más datos- que debiendo morir a los 49 años de edad, cumple los 50 y desencadena en la muerte unos quebraderos de cabeza ante el insólito hecho, trazando a partir de ese momento una serie de tácticas y estrategias para hacerle llegar el sobre color violeta anunciándole su fin. Mas el sobre es devuelto tantas veces como la muerte lo envía, ocasionando así el desenlace sorprendente de la novela.

Al final la muerte decide súbitamente regresar para seguir cumpliendo su viejo papel de normalización de la existencia. Gradualmente el país va recobrando su rutina habitual, pero ya ha dejado en las mentalidades entumecidas de la gente un pensamiento nuevo y una mirada distinta ante un fenómeno cotidiano pero no por ello menos inesperado.

El hombre enfrentado a sus miedos ancestrales gracias a la irrupción de una realidad novedosa, que lo salva momentáneamente de su temido fin, pero que esconde tras su apariencia prometedora una verdad terrible que lo sobrecoge y lo enfrenta a un espanto tal vez peor. Un libro esencial en tiempos en que la muerte ha cobrado una presencia devastadora en nuestro mundo cibernético y plastificado, insensibilizado hasta el paroxismo por una cultura que niega los valores de la vida y exalta la industria letal de la violencia y la muerte como los demonios hegemónicos de la vida.

Lima, 4 de septiembre de 2010.

sábado, 21 de agosto de 2010

Nietzsche: el eterno retorno de la vida

En su libro El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa con el martillo (Leipzig, 1889), el inagotable maestro de Rocken vuelve a los viejos temas que han sido la constante de su pensamiento filosófico. Se sabe, por ejemplo, que toda su filosofía la ha construido sobre estos cuatro pilares fundamentales: la idea del superhombre, la muerte de Dios, el sentido de la tierra y el eterno retorno de lo mismo. No de un modo sistemático, sino espontánea y libremente, se van agrupando en su obra las ideas matrices que han alimentado todo el pensamiento contemporáneo. Pensar por ejemplo que sin Nietzsche, no se explicarían cabalmente ni Freud, ni Heidegger ni buena parte del arte y la literatura del siglo XX.
Contra quien primero arremete en las primeras páginas es contra Sócrates, el filósofo por antonomasia, el para muchos incuestionable maestro oral de Atenas. Nietzsche afirma que aquel padecía de una enfermedad: la vida. La escena y los diálogos de la muerte de Sócrates le sirven al filósofo alemán para abonar su tesis. Además, critica en él la dialéctica como “recurso de la plebe, de la pobreza de medios, de los desvalidos, de los sin derecho.”
Otro de los temas recurrentes en su filosofar es el asunto aquel de la moral, a la que cataloga como una de las formas de la contranaturaleza, reclamándose el líder de los inmoralistas y desnudando el trasfondo donde se esconde el verdadero significado de lo que se llama moral. Para nuestro filósofo, la moral y la religión constituyen el más funesto de los errores, pues confunden causa y efecto. Así, dice: “todo medio de que estos ‘mejoradores’ –Manú, Confucio, Platón- se han servido para moralizar a la humanidad, ha sido inmoral.”
Habla también de la exigencia que se le hace al filósofo: que esté más allá del bien y del mal –algo que Jorge Luis Borges juzgaba canallesco. Y en materia de aprendizaje, una auténtica educación había de lograr cuatro cosas: aprender a ver, a pensar, a hablar y a escribir. La danza de los pies, de los conceptos, de las palabras y de la pluma. Con profundo sentido autocrítico decía sobre los alemanes: “La serenidad, la brillantez de espíritu, no parecen compatibles con nosotros.”
Con respecto a la relación entre el saber y el poder he aquí una frase luminosa: “Engáñase quien equipara estado y cultura; antes estos son antagonistas… Las épocas sobresalientes de la cultura han sido épocas de decadencia política; lo grande, lo sublime, culturalmente, es apolítico o antipolítico”. Algo más: “La política envilece las cosas espirituales.” Nietzsche ya prefiguraba el derrotero que habría de seguir la forma política del estado frente a la actividad de la cultura.
En relación al asunto estético, siempre pregonó su admiración por el dios griego de la embriaguez: Dioniso; y por ello sentenciaba que ésta, es decir la embriaguez, era la condición fisiológica para el fenómeno artístico o para una mirada estética. “En el arte el hombre asoma a la perfección”, era la conclusión de este vitalista amante de la belleza y del arte del buen vivir.
Otras citas al respecto: “El hombre cree el mundo pletórico de belleza, y no considera que él la crea… En lo esencial, el hombre se refleja en las cosas, y cree bello lo que le devuelve su imagen: el juicio ‘bello’ como vanidad de su especie”. Y luego: “La lucha contra la finalidad en el arte es la lucha frontal contra el afán moralizador, contra el poner el arte al servicio de la moral. L’art pour l’art no significa más que arrojar la moral al tacho de basura”. De este jaez es el pensamiento nietzscheano cuando la moral intenta meter sus narices en todo lo que incumbe a la libertad humana; pareciera que ella sólo estuviera en el mundo para enturbiar la vida, para ensombrecer los momentos de más sana vitalidad y robustez de espíritu.
El afán iconoclasta y la demolición que emprende del pensamiento occidental, se sustentan en la manera cómo los hombres del pasado han negado los valores sacrosantos de la vida en nombre de la razón, encumbrando a Apolo como símbolo del saber claro y racional, en desmedro de Dioniso, emblema del saber trágico y oscuro, pero ligado a las fibras concretas del entramado real del hombre.
Relativiza y revalora el significado y la dimensión del egoísmo, así como el juicio que debe merecer. Dice que “ha de juzgarse según que se refiera a la línea ascendente o descendente de la vida”. Un enigma para espíritus afines. Sobre el suicidio señala: “No está en nosotros impedir nuestro nacimiento, pero sí reparar en el error (algunas veces lo es). Cuando un hombre se elimina, ejecuta el acto humano supremo: sólo por esto ya merece seguir viviendo…”. Palabras que podrían iluminar el debate de nuestros días.
Cuando habla del genio, recuerdo una frase suya lapidaria (cito de memoria): “El pueblo es un rodeo que da la naturaleza para producir un genio”. Mi noción de genio, dice el filósofo del martillo, es que son material explosivo, energía sobrehumana acumulada. Él mismo decía de sí que era pura dinamita, capaz de partir en dos la historia de la humanidad. Jactancias de genio.
Finalmente, y luego de hacer un justo elogio de Goethe, “un ascenso a la naturaleza del Renacimiento”, Nietzsche reconoce su deuda con los antiguos, de los cuales sólo destaca a tres: Salustio (“Mi sentido del estilo… despertó súbitamente cuando conocí a Salustio”); Horacio (“Ningún poeta hasta hoy ha despertado el gozo estético que despertó una oda de Horacio”) y Tucídides (“Tucídides, a quien prefiero, me curó y salvó del platonismo”).
El libro tiene, pues, mucha sustancia nutricia y mucho fruto de provecho. Que esta azarosa recensión mía sirva apara espolear el interés y la curiosidad de otros lectores que el eminente profesor de Basilea siempre espera.

Lima, 21 de agosto de 2010.

sábado, 14 de agosto de 2010

Armando Robles Godoy in memoriam

La desaparición física del cineasta peruano Armando Robles Godoy ha enlutado al país entero. El cine, el arte y la cultura nacionales están de duelo por el adiós postrero de este artista singular en muchos sentidos.
Robles Godoy era, indudablemente, el hombre que más sabía de cine en el Perú, maestro reconocido por numerosas generaciones de aficionados y profesionales del llamado séptimo arte. Este mismo hecho hacía que la envidia y la mezquindad crecieran en torno a su figura como mala yerba alrededor de un árbol de buena ley.
Además de cineasta, Armando era también poeta, escritor y periodista, un hombre de gran versación intelectual, que podía discurrir con magnífica solvencia sobre temas tan diversos con el mismo rigor y profundidad. Recuerdo a propósito esos intensos y entretenidos diálogos que sostuvo en varias ocasiones con el polígrafo Marco Aurelio Denegri en la televisión nacional, sobre un tema que era caro para ambos: el erotismo. Nunca oí hablar con más desenfado y conocimiento, con más libertad y desprejuicio sobre el sexo, la sexualidad, la pornografía y temas aledaños que las veces en que los dos se entregaban a desafiantes coloquios sobre asuntos tan interesantes pero también tan espinosos.
Por varios años, Robles Godoy tuvo a su cargo una página completa en el suplemento dominical del diario El Comercio de Lima, una columna titulada El lenguaje misterioso, donde comentaba con buen tino y mejor prosa todo aquello que tuviera que ver con esa gran pasión de su vida: el cine. Las películas, los autores, el lenguaje cinematográfico, las realizaciones originales, y de las otras; todo era motivo para que Armando se explayara con gran sapiencia a través de reflexiones, ideas y pensamientos sugestivos sobre los detalles y pormenores de ese arte novedoso del siglo XX.
Una constante dominaba esas elucubraciones semanales: que el cine era un lenguaje único al que no se parecía ni asemejaba ninguno de los que conocíamos hasta entonces, y que por lo tanto conocerlo y apreciarlo era siempre una tarea ardua y retadora. Consecuencia natural de esta comprobación era una afirmación que Robles Godoy repetía con cierta regularidad para malograr nuestras ingenuas complacencias: que la inmensa mayoría de la gente no sabía ver cine, pues ignoraba la semántica y la sintaxis del nuevo arte. Y por eso él trataba de adiestrar al público en el aprendizaje y el dominio de aquello que para el cineasta resumía el significado del arte cinematográfico: el de ser un lenguaje misterioso.
Alguna vez divisé a Armando Robles Godoy en una calle céntrica de Lima, en las inmediaciones del jirón Miró Quesada, cerca del añejo e histórico local del diario decano de la prensa nacional. Estuve tentado de acercarme a saludarlo, pero un inexplicable pudor aunado a otras urgencias apuraron mi camino, quedando en mi retina su alta y magra figura, con el cabello recogido que terminaba en una colita de caballo, imagen perfecta del tipo iconoclasta y contracultural que siempre fue.
Hijo del gran compositor y musicólogo Daniel Alomía Robles, autor de seis largometrajes y de muchos más cortos y documentales, así como de libros de poesía y de narrativa, Armando fue una presencia polémica y controversial en el panorama cultural de un medio muchas veces tan pacato y hostil como el nuestro. Nacido en los Estados Unidos en 1923, de padre peruano y madre cubana, Robles Godoy es un referente imprescindible en la cinematografía nacional, el creador con el que la producción fílmica peruana alcanzó la madurez artística, merced al fecundo aprendizaje que aquel realizó en el conocimiento del cine europeo, principalmente.
Su muerte a los 87 años de edad debe ser el punto de partida de una auténtica valoración de su obra y del justo reconocimiento que ella merece por su valioso aporte al desarrollo del cine latinoamericano y al arte y la cultura en general.

Lima, 14 de agosto de 2010.

sábado, 7 de agosto de 2010

Un Cristo del desierto

Es una mala cosa que a veces sólo los premios literarios nos revelen la existencia de valiosos escritores que de otra manera permanecerían en la sombra del olvido o tras el muro de la indiferencia. Este es el caso del chileno Hernán Rivera Letelier (Talca 1950), catapultado al justo reconocimiento público gracias a la concesión del Premio Alfaguara que este año ha merecido por su novela El arte de la resurrección.
La obra narra la vida y milagros de Domingo Zárate Vega, más conocido como El Cristo de Elqui, un personaje recogido de la tradición del país sureño, que vivió allá por las primeras décadas del siglo XX, desatando a su paso y presencia toda una batahola de prejuicios, burlas, suspicacias e inquinas provincianas en todos los lugares por donde se dedicó a predicar su doctrina, al mismo estilo que lo hiciera su remoto antecesor cuando anunciaba sus buenas nuevas por las tierras de la Palestina.
Endiabladamente bien escrita, la novela nos seduce desde el lenguaje, pues el escritor chileno rehúye de los lugares comunes en un estilo desenfadado y fresco, manteniendo a la vez su tono coloquial enhebrado de adjetivaciones originales y frases chisporroteantes que deslumbran por lo insólitas y novedosas. Rivera Letelier cree que el arte de la literatura está en la forma, porque lo que hace que una historia tenga la gracia y el atractivo que todo exigente lector demanda, no está tanto en lo que se cuenta, sino en la manera cómo se cuenta. Y en esto el novelista se exhibe como un diestro consumado en el uso de la pluma.
Su dominio en los recursos narrativos le sirve para capturarnos desde el inicio, cuando relata el primer milagro fallido del Cristo de Elqui en el capítulo de entrada. Se trata de la versión moderna de la resurrección de un tal Lázaro, un beodo irredento que solía emborracharse hasta morir, y que es utilizado para hacerle una jugarreta al predicador desastrado por parte de la insolente irreverencia de los patizorros del desierto.
Luego nos enteramos de la forma en que llega a la oficina Providencia, conocida como simplemente La Piojo, en busca de una discípula de quien había oído hablar en otras circunscripciones vecinas. Se trataba de Magalena Mercado (no Magdalena, como se explica en la novela), la ramera beata de la pampa -“la más puta de las santas, o la más santa de las putas”-, una hembra bíblica que había llegado a la oficina en los tiempos de la migración de orates, cuando fueron traídos desde el sur por un enganchador llamado Pancho Carroza.
El revuelo que causa entre la población la llegada de este Cristo de mala facha, con su barba entierrada y su túnica o sayal sucio de arena, sólo servirá para que las autoridades y algunos pobladores lo tomen como el objeto predilecto de sus venenosas burlas y de sus sádicas inclinaciones al castigo físico. Su figura y sus propósitos despiertan la fe adormecida de una escuálida muchedumbre, así como el desprecio y la mala fe de un puñado de maledicentes personajes de la comunidad.
Este es un Cristo humano, demasiado humano, como tantos otros que ha dado la literatura y el arte contemporáneos, al punto de encontrarse en situaciones de lo más comunes que todo mortal promedio vive y padece. Su vida sexual, por ejemplo, bien puede ser motivo de escándalo para la clerecía oficial, como que lo es en la novela para el padre Sigfrido, hipócritamente desde luego, pues este ensotanado suele ser voceado como el presunto padre biológico de la mismísima Magalena.
La delirante escena de una prostituta instalada con sus aparejos en medio del desierto -tras ser expulsada de la comarca por interesadas razones del gringo Mr. Johnson, administrador de la salitrera-, acompañada de don Anónimo, un orate que sale todas las mañanas, armado de escoba y azadón, a barrer la inmensa llanura, debe figurar entre las imágenes más surrealistas de la literatura.
El contenido social tampoco está ausente de la novela, a través de la denuncia de las inicuas condiciones en que laboran los obreros en esta parte del mundo, y que se hace patente a través de la huelga, reclamando derechos básicos, que recorre buena parte del relato. Para matar el tiempo vacío, los tiznados y los patizorros concurren a recibir las prestaciones caritativas de Magalena, devota de la Virgen del Carmen, que tiene la feliz ocurrencia de brindarles sus caricias a crédito, mientras dure el conflicto.
El narrador es un obrero de las salitreras del desierto: “Los obreros llevábamos once días de huelga declarada” –declara, o: “para no bostezar de aburrimiento nos entreteníamos contando sus grotescas morisquetas faciales”; pero en el curso de la historia se intercalan otras voces que le dan vivacidad y soltura a la vibrante aventura de este Cristo de Elqui y de los otros personajes que destacan por estar coloreados de humor, crítica social e imaginación desaforada.
Un nuevo gran novelista insurge en Latinoamérica con Hernán Rivera Letelier, criado en el desierto más largo del mundo y cuya geografía lo tiene plasmado en el rostro –como él mismo lo ha dicho-, y que a través de esta premiada novela debe significar una presencia renovadora en la inagotable vena creativa de la literatura escrita en este lado del mundo.

Lima, 7 de agosto de 2010.