sábado, 7 de mayo de 2011

Ernesto Sábato: el último trágico

Los romanos clasificaban los días, según los dioses designaran para su provecho o castigo, entre fastos y nefastos. En la última semana de abril, las letras de América Latina han experimentado una de aquellas jornadas nefastas, pues en apenas unos días dejaban este mundo el poeta chileno Gonzalo Rojas, el narrador peruano Carlos Eduardo Zavaleta y el escritor y ensayista argentino Ernesto Sábato. Pero es la figura y la dimensión de este último, sin duda, quien tiene ribetes especiales.


Con la muerte de Sábato, desaparece el último de los iconos de la gran literatura argentina del siglo XX. Su concepción de la literatura como un ejercicio serio -en el mejor sentido de la palabra-, para explorar esos insondables misterios de la condición humana, alejada de ese banal juego de artificios que es para muchos la vocación literaria, lo han colocado entre aquellos escritores que asumen el oficio de escribir, tanto como una vocación, como un compromiso moral.


Frente a esa legión de escritores que privilegian -al momento de plantearse el proceso creativo, en la clásica disyuntiva del qué y el cómo- el cómo decir, antes que el qué decir, mejor dicho el simple regodeo de la forma, Sábato diría que un artista fidedigno nunca debe dudar en preferir el primero al segundo. Que uno no debería escribir sino cuando tiene algo que decir, cuando una idea, un pensamiento, una obsesión nos acorralan hasta el límite y no nos dejan otra escapatoria.


Premunido de una lucidez implacable, Sábato ha consagrado su quehacer literario -a contrapelo incluso de su propia voluntad racional-, a develar los arcanos y los enigmas que se esconden en el mismo corazón de la existencia humana, así como a revelar aquellas verdades terribles a la que todos nos enfrentamos en algún momento de nuestras vidas. Sus inicios en el mundo de la ciencia, le proveyeron de ese rigor y esa concisión que caracterizan su prosa.


“No soy un filósofo, y Dios me libre de ser un literato”, ha repetido más de una vez este ser humano singular que ha mostrado siempre su compromiso con el destino del hombre; pues a la vez que dudaba de sus propias condiciones para el ejercicio académico de la filosofía, más por parecerle una actividad abstrusa y abstracta que por lo que impone la tarea del pensar, también mostraba su fastidio por aquello que implica el mero hecho de escribir, despojado de esa necesidad ontológica que impulsa al auténtico artista.


Su famosa dicotomía entre lo diurno y lo nocturno sirve también para explicar su propia evolución intelectual, pues habiendo tenido un comienzo prometedor en los terrenos de la física, donde llegó a doctorarse y a trabajar en el centro más importante de dicha ciencia de su época, como lo fue el Laboratorio Curie de París, pronto derivó en los campos menos exactos y simétricos de la literatura, al compás de su cercanía con el movimiento surrealista y de sus acuciosas lecturas de los más importantes autores del existencialismo, filosofía en boga a mediados del siglo pasado y que tuvo una repercusión decisiva en su obra.


Su ejemplar actitud de no transigir ante la ignominia, el abuso y la opresión, le valieron el reconocimiento afectivo y ético de sus millones de lectores, así como el haberse convertido, sin buscarlo él deliberadamente, en el referente intelectual y espiritual de toda una época que ya concluye. Su legado literario, quizás escaso cuantitativamente hablando, pero inmenso y valioso desde la calidad y el significado, seguirá alimentando a las sucesivas generaciones de los hombres que se detengan ante ella para abrevar y saciar esas ansias metafísicas de consuelo, esa necesidad última de una voz que comparta con nosotros su propio desgarro, para a su vez enfrentarnos con el nuestro, y así juntos, desde las soledades compartidas de dos seres que se conduelen mutuamente de su destino, surjan unos destellos de sabiduría, la conciencia final del sentido de nuestra presencia en este mundo.


Se ha ido el último de los escritores trágicos de nuestro tiempo; pero nos deja su obra, esa voz que perdurará en el tiempo iluminando los numerosos túneles de la existencia humana, para que estos héroes cotidianos que transitan por el planeta, puedan llegar al final dignamente a esas tumbas que los esperan de manera inexorable, sin sentir que su peripecia ha sido un estéril apocalipsis anunciado por ningún Abbadón, el exterminador.



Lima, 7 de mayo de 2011.

sábado, 30 de abril de 2011

Encrucijada

El momento político que vive el Perú ha situado a millones de ciudadanos en una verdadera encrucijada, no precisamente un jardín de senderos que se bifurcan, como en el famoso cuento de Borges, sino una enmarañada selva donde acechan innúmeros peligros y temibles riesgos. El mundo intelectual no ha sido ajeno, indudablemente, a esta preocupación, y ya sus más conspicuos representantes han empezado a manifestarse públicamente a través de sus comentarios y opiniones en los diversos medios de comunicación.


El más importante de ellos, nuestro flamante Premio Nobel, lo ha hecho desde su tribuna quincenal del diario El País de España, en donde rechaza categóricamente el retorno a la dictadura que implicaría el triunfo de la candidata Fujimori en la segunda vuelta del 5 de junio. Con argumentos razonables, con los que coincido en su gran mayoría, trata de demostrar al elector el inmenso peligro que significaría el regreso al poder de los directos herederos de uno de los gobiernos más nefastos y desastrosos de nuestra historia.


Inmediatamente le ha salido al frente un escribidor farandulero, que desde su cómodo departamento miamense, se permite afirmar que va a votar por la señora Fujimori y que en los próximos cinco años piensa quedarse a vivir en el país del norte porque cree que el próximo Presidente podría ser el señor Humala. El señor Bayly se contradice cuando por un lado afirma que no existe ninguna lógica para afirmar que “votar por la señora Keiko Fujimori implica necesaria e inexorablemente que el Perú sea gobernado los próximos cinco años por una dictadura presidida por el señor Alberto Fujimori”, y por otro lado reconozca que la señora Fujimori haya dicho que “su padre será su asesor de lujo en caso de ella gane las elecciones.”


Si bien es cierto que la señora Fujimori, evidentemente, es una persona distinta de su padre, en lo esencial ella piensa como el reo de la Diroes, pues en ningún momento ha asumido auténticamente una posición crítica con respecto a las tropelías y desafueros que caracterizaron a su gobierno, es más, ella los avaló de una manera cómplice desde su honorífico cargo de Primera Dama, al cual accedió, bueno es recordarlo, luego del comportamiento canallesco del señor Fujimori para con su esposa, y que la hija apoyó con su silencio y luego directamente asumiendo el cargo que aquella detentara.


Y aunque ella jure por Dios que no indultará a su padre si gana la próxima elección, y que gobernará democráticamente y con honradez, cómo le podemos creer si entre la gente que llegaría al poder con ella está la misma que ya lo estuvo en el gobierno de su padre, y que ya desde ahora empieza a manifestarse de modo autoritario con actitudes como la de Martha Chávez, que ha amenazado al juez César San Martín por la condena que éste impuso al expresidente. ¿Es muy cándido o muy tonto el señor Bayly para creer en estos juramentos interesados? ¿Cómo puede pensar que sería un gobierno decente, si con sólo mirar al entorno fujimorista puede uno percatarse de la amenaza terrible que se cierne sobre la moral del pueblo peruano?


Comete una ligereza histórica el señor Bayly al comparar las dictaduras de Fujimori y Velasco, pues está probado –por la dimensión de la misma, por su carácter, por su naturaleza- que la dictadura de Fujimori fue infinitamente más espantosa y cruel, especialmente en lo que se refiere a corrupción, robos, crímenes, violación de los derechos humanos y a la forma embozada como actuaron miembros de ese régimen detrás del falso barniz de su llamada democracia. El que nos haya salvado del terrorismo y de la hiperinflación, como dice el señor Bayly, no puede justificar los execrables crímenes que cometió.


Ante el candidato Humala pueden existir dudas o resquemores, pero ante Fujimori lo que existen son certezas, pruebas fehacientes de lo que hizo el que ella alegre y desvergonzadamente llama “el mejor gobierno de la historia del Perú.” El haber reivindicado el golpe del 5 de abril de 1992 ya la convierte en golpista, por más que el señor Bayly diga ahora que en ese año la señorita Fujimori tenía 16 años y era menor de edad. ¿Por qué sino ha celebrado impúdicamente ese día, en plena campaña, llamando a sus seguidores a corear el nombre del “chino” desde las calles, para que él los escuche desde la celda dorada que lo cobija?


Se necesita ser muy ciego -o miope por lo menos-, para afirmar categóricamente que el modelo económico implementado desde el gobierno de Fujimori es el mejor, pues nos conduciría al éxito y a la bonanza. ¿A quiénes ha llevado al éxito y a la bonanza? ¿A los millones de pobres que siguen subsistiendo en nuestra patria? ¿A los campesinos que son pasados por alto cuando se trata de entregar en concesión sus tierras, sólo pensando en el lucro de las grandes empresas coludidas con ciertos personajillos del gobierno de turno? ¿A la clase social a la que pertenece el señor Bayly, que puede vivir, dichosos ellos, sin sobresaltos y premuras? Pregúntese realmente señor novelista, si se trata de elegir el mal menor, ¿el mal menor para quién? ¿Para ustedes, los que pueden viajar cuando quieren a Miami, a Bogotá o a cualquier ciudad del mundo? No me diga que para el campesino de Bagua, el poblador de Moquegua o el habitante de Andahuaylas.


Creo que se trata de plantear crudamente las cosas y no andarnos con miramientos y miriñaques. La mayoría del pueblo peruano anhela un cambio real, un giro de 180 grados en su forma, estilo y calidad de vida, y eso es la democracia, imperfecta pero democracia al fin. Que la mayoría decida lo que cree que es mejor para todos. Por lo pronto, yo tampoco votaré por Fujimori; ya lo dije desde antes de la primera vuelta y casi en son de broma: si Fujimori pasara a la segunda vuelta, jamás votaría por ella, preferiría votar por el diablo antes que por la hija del dictador y criminal.


Un humorista gráfico del medio ha descrito de la manera más certera esta encrucijada electoral: en su viñeta diaria hace decir a uno de sus personajes que el votante peruano deberá elegir entre el salto al vacío o el salto a la podredumbre.


Además, ya empiezan a despertar los fantasmas del miedo, azuzados por todos aquellos que quieren asustarnos con los cucos remanidos: que Hugo Chávez, que el estatismo, que peligra el crecimiento económico, que los inversionistas extranjeros huirán espantados, y otros parecidos; pero ya sabemos que la orquestación de esta sucia campaña proviene de quienes están interesados en volver al poder para obrar su inmunda tarea de venganza, nada más.


No se trata de votar, pues, porque te hizo una escuelita, una posta médica o un caminito, mientras que en las altas esferas de ese régimen imperaba la mafia que se zurraba en los derechos humanos, en la democracia y en el respeto por la decencia y la civilidad. No podemos elegir solo por recuerdos aislados o nostalgias personales, sino pensando en valores y principios esenciales a toda convivencia civilizada, más allá de las urgencias de la coyuntura, en una perspectiva mayor que abarque tanto la condición material de la existencia humana, como su dimensión espiritual.



Lima, 30 de abril de 2011.


sábado, 9 de abril de 2011

Todos los hijos son poesía

En una carretera del estado de Morelos, no lejos de la capital Cuernavaca, son encontrados los cuerpos torturados y asesinados de cuatro muchachos veinteañeros y de tres adultos, víctimas, según todas las evidencias, de la guerra del narco, del fuego cruzado entre las fuerzas del orden y las bandas criminales de los carteles de la droga que campean a sus anchas en el país de Benito Juárez y de Pancho Villa, de Diego Rivera y Octavio Paz, de Agustín Lara y Carlos Fuentes.


Son también las víctimas que pasan a engrosar la larga lista de los muertos en esta guerra sin cuartel que desangra México. Serían unos cuerpos y unos rostros más de las miles de personas anónimas que sucumben diariamente en la fratricida batalla campal en que han convertido a México estos delincuentes comunes, sino fuera porque uno de ellos es el hijo del poeta Javier Sicilia, Juan Francisco -Juanelo, como le llamaban familiarmente-, que con un grupo de amigos se desplazaban por aquellos parajes donde los ha sorprendido la muerte.


La reacción del poeta ante aquella aciaga noticia era la previsible, naturalmente, así como el de toda una colectividad harta de este estúpido baño de sangre que nadie se explica ni comprende. Javier Sicilia, que en el momento del crimen se hallaba en Filipinas, pronto ha acudido ante el zarpazo del dolor que ha desgarrado su alma sensible de hombre y poeta. Ha dicho, como primera reacción ante el hecho luctuoso, que el mundo se ha vaciado de palabras y que él ya no tiene nada que decir, que renuncia a la poesía y que su carrera como poeta ha terminado. Luego, en una rotunda y hermosa carta abierta, se ha dirigido a los políticos y a los criminales, a quienes les ha dicho, con la meridiana claridad del hombre acogotado por el más cruel de los sufrimientos, que estamos hasta la madre -característico giro coloquial del habla mexicana-, él y todos quienes han padecido y padecen el mismo infierno que ahora vive en carne propia.


Ese inmenso e inaudito dolor, sin consuelo, sin palabras, sin orillas, es consecuencia, igualmente, de las gélidas estadísticas del horror, desde que en el año 2006 el presidente Felipe Calderón declarara una guerra frontal contra el crimen organizado: 40 000 muertos, de los cuales 9 000 faltan identificar y 5 000 siguen desaparecidos.


La convocatoria a manifestaciones de rechazo a este ola de violencia ciega y demente, ha levantado a todo un pueblo; miles de voces y puños en alto han recorrido las principales calles, plazas y vías de muchos estados mexicanos, expresando su repudio y su indignación, tanto ante las propias autoridades -a quienes les han dicho que si ya no pueden, que renuncien-, como ante los mismos asesinos, que han perdido todo el sentido del honor, a quienes Sicilia ha repetido que “estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal -los animales no hacen lo que ustedes hacen-, sino subhumana, demoníaca, imbécil.”


Ha conmovido a toda la sociedad mexicana este hecho que ha sobrepasado todos los límites de soportabilidad, la gota que ha rebasado el vaso de agua de la paciencia y de la resignación, de ese contemplar enmudecido la barbarie que los inunda. Me ha emocionado especialmente leer en uno de los cientos de cartelones que han desfilado por las calles de las ciudades mexicanas, uno que, por su lucidez y agudeza, describe mejor que nada una situación que nos llena de espanto, pero a la que enfrenta con infinita ternura: “Algunos padres son poetas. Todos los hijos son poesía.”



Lima, 9 de abril de 2011.

sábado, 2 de abril de 2011

Un voto anarquista

En la recta final de esta campaña singular por la presidencia de la República, cinco candidatos han acaparado las preferencias del electorado, según los sondeos de las encuestadoras que, en las últimas semanas, nos han presentado el cambiante panorama de esta carrera de caballos que bien puede terminar en una nada graciosa parada de borricos.


Un fenómeno que se presenta por primera vez en nuestra historia, el que cinco pretendientes al sillón de Pizarro se pisen los talones para alcanzar Palacio de gobierno. Pero así como es único este hecho, también lo es que ninguno de ellos me parece realmente idóneo para el cargo al que postulan. Aunque más que idóneo, la palabra es digno. Veamos por qué.


El primero que convoca mis mayores repulsas morales es en verdad ella, pues se trata de la joven candidata de la Alianza Fuerza 2011 -remozada agrupación política que nuclea a los herederos del fujimorismo-, y que según mi perspectiva es la opción más nefasta para el Perú, no solo porque representa la peor cara del gobierno de Alberto Fujimori, sino porque no ha hecho nada por desmarcarse de esa imagen autocrática y corrupta, achacándole tímida e ingenuamente toda esa responsabilidad al colaborador más cercano de su padre, el ahora preso Vladimiro Montesinos, sino porque pretende volver al poder seguida de esa impresentable caterva de rostros y figuras que en los años noventa hicieron de las suyas desde todas las instancias, especialmente desde el Congreso, avasallando a cuanta institución democrática quedaba en pie y aniquilando lo poco de decencia y civilidad que resistía a sus innobles propósitos. Sería largo enumerar los casos específicos, mas la historia no los ha olvidado, felizmente. Aparte de ello, por ningún lado le veo talante de estadista a esta señora que lo único que busca es liberar a su padre una vez instalada en el poder.


El segundo en provocar mis reticencias de elector es un veterano personaje de nuestra escena política de las últimas décadas, que por más que pretenda presentarse solo como un eficiente tecnócrata, o un aséptico economista experto en finanzas internacionales, ajeno a los avatares de la llamada política tradicional, lo cierto es que él representa mejor que ninguno a la clase dominante, con su aspecto de gringo viejo y su acento de turista norteamericano. Es la imagen más acabada de lo que tanto daño ha hecho a nuestros pueblos desde tiempos lejanos: la del entreguismo más descarado y ruin, y la del servilismo rampante a los intereses del gran capital. Él sería el auténtico virrey de las grandes corporaciones internacionales, además de tenaz continuador de los sacrosantos dictados de la teología del mercado que predica el más ortodoxo neoliberalismo.


Enseguida viene un hombre que ha tenido, aparentemente, una exitosa performance en la burocracia estatal, desempeñando diversos puestos claves de la administración pública durante sucesivos gobiernos desde hace algunos decenios. El más reciente de ellos lo ha tenido hasta el año pasado cuando desempeñó el cargo de Alcalde de Lima, gestión que ha estado empañada por serias acusaciones en relación a la forma cómo se administraron los fondos para la construcción del proyecto de transporte conocido como el Metropolitano. El caso aún se está ventilando en las instancias judiciales, así como la actual alcaldesa ha emitido un informe que podría dejar muy mal parado al candidato del color amarillo y las escaleras en los cerros.


En cuarto lugar está quien ya fuera presidente durante un periodo de gobierno, y que si bien es cierto no lo hizo mal, también es verdad que teniendo como ministro de economía a aquel otro candidato, pusieron todas sus energías en el manejo eficiente de una política económica que no siempre ha estado al servicio de las mayorías, por cuya razón constantemente se insistía en esos años que el desarrollo y el crecimiento que ellos tanto celebraban no beneficiaba al hombre del pueblo, el famoso “chorreo” que nunca llegó. Además, muchos miembros de la familia del presidente, empezando por sus hermanos y terminando en algunos sobrinos, dejaron una imagen patética de un clan en cuyo seno se gestó el hombre que accedió desde abajo a la más alta magistratura de la nación.


Por último, el comandante que protagonizara una asonada militar durante el régimen dictatorial de Fujimori, que fue benignamente castigado con una agregaduría en Francia y que en el 2006 estuvo a punto de convertirse en el nuevo presidente del Perú, para escarnio de la derecha intocable y para amplios sectores de la sociedad, que prefirieron en segunda vuelta al candidato aprista, por quien votaron casi con las narices cerradas. En mi opinión, no termina de cuajar como político, siendo quien debiera encarnar al verdadero candidato del cambio real; no lo veo muy convincente cuando asume posiciones democráticas o cuando promete defender lo que la mayoría le reclama. A pesar de llevar valiosas figuras en su lista parlamentaria, hay como un lastre de su pasado castrense que no le permite erigirse en el adalid de esa gesta largamente esperada. Tal vez me equivoque, y aunque no me resulta antipático como otros, hay una arista decisiva en su configuración personal que falta definirse adecuadamente.



Lima, 2 de abril de 2011.



sábado, 26 de marzo de 2011

Los cuatro jinetes

Hay varios personajes públicos por los que experimento un rechazo visceral, una especie de repelencia casi física a su sola vista. Cada vez que escucho o leo algún comentario o declaración de cualquiera de ellos, me provocan arcadas morales, se me revuelven las tripas y siento que me irritan hasta la médula. Los evito a toda costa con todos los medios a mi alcance, pero a veces el encuentro es insoslayable, en una emisión de radio, en una referencia periodística o en una presentación televisiva.

Son principalmente cuatro estos malhadados jinetes de mi apocalipsis privado, cuyos solos nombres evocan en mí pensamientos funestos, ideas crispadas y deseos innombrables. Son las perfectas contrafiguras del panteón personal de mis querencias, donde figura una galería exquisita de personalidades de los talentos más diversos y dispares.

El primero es un personajillo de tonsura y sotana, erigido por los vaivenes eclesiásticos en figura de primera línea de la clerecía nacional, mandamás de una religión tradicional por estos pagos del señor. Sus atributos cardenalicios no se compadecen con los signos de los tiempos, como gustan de decir los teólogos. Su afán protagónico, en una sociedad que debería tender hacia el laicismo, cada vez resulta más anacrónico. En toda ocasión que interviene para sermonear a su rebaño, siento que hablara un monje del Medioevo, un ser absolutamente desfasado de la época que le ha tocado vivir.

El otro es un político camaleónico, cuyas virtudes para el acomodo y la transacción oportunista han hecho que transitara por casi todas las tiendas políticas del país en las últimas décadas. Si al comienzo se perfilaba como conspicuo miembro de las fuerzas que apoyaron a Vargas Llosa en su candidatura presidencial, luego lo veíamos engrosando las filas de ciertos grupos que apoyaban a la grosera caterva fujimorista en el periodo siguiente; e inmediatamente ya era nombrado ministro del nuevo gobierno aprista. Y para confirmar su veleidosa carrera, ahora conforma la plancha presidencial de los herederos de la cleptocracia de los noventa.

El tercero y el cuarto son dos periodistas que convocan mis rabias siderales. Cobijados en esa madriguera reaccionaria llamada Correo, desde donde destilan el líquido purulento de la inquina y la materia tóxica de la maledicencia en cada palabra y en cada frase que dicen. Son dos crápulas de mala entraña, epígonos del pensamiento más retrógrado y cavernícola de nuestros tiempos. Uno de ellos, cada vez que puede, que de hecho es casi siempre pues es el director del mismo, se permite la desvergüenza de enfilar sus injurias contra la alcaldesa de Lima, a quien no le perdona el haber derrotado en las urnas a la candidatura que él favorecía. Y el otro, cuya manía predilecta es excretar bazofia escrita, ha llegado al colmo de la majadería de referirse a nuestro entrañable artista Fernando de Szyszlo en términos no solo irrespetuosos, sino francamente en clave de albañal.

Para expresar su punto de vista en relación a la supuesta incompatibilidad entre el cargo que aquel tenía en el Jurado Electoral -al cual desde luego ya renunció-, y su opinión manifestada públicamente sobre la candidatura de la señora Fujimori, no necesitaba descender a esos niveles de sentina para referirse al pintor. Pero no podía dejar de hacerlo -ahora lo comprendo-, pues ese es su elemento preferido, donde se mueve a sus anchas, como todo un experto en los dudosos y viles artes del agravio y del artero ataque personal. Su racismo y homofobia militantes, completan el precioso paisaje espiritual de su alma infecta y retorcida. Alguien debería enseñarle, por más viejo que sea, a respetar a los demás, por más que sus opiniones no concuerden con sus exabruptos ideológicos.

No necesitan ser nombrados, pues el puro instinto profiláctico adivina su caletre.

Lima, 26 de marzo de 2011.

sábado, 19 de marzo de 2011

Temor y temblor

El reciente fenómeno sísmico del Japón nos ha recordado, de forma cruel y dramática que, indefectiblemente, la condición humana está signada por la finitud. La conciencia de su acabamiento hace de la existencia del hombre un precario y maravilloso tránsito sometido a los inexorables vaivenes de la naturaleza y del azar.

El terremoto que ha remecido mortalmente el archipiélago nipón ha dejado una de las secuelas más trágicas de los últimos tiempos, pues además de la cantidad de víctimas que sigue creciendo conforme pasan los días, el peligro de explosión que se cierne sobre varios de los reactores de la central nuclear de Fukushima, tiene en vilo no sólo al país del sol naciente sino a toda la humanidad. En Europa ya se habla de que el siniestro fantasma de la amenaza nuclear recorre el continente.

Son momentos cruciales los que vive la especie humana, sometida a esta prueba de fuego que le plantea la naturaleza, como si el hombre necesitara enfrentarse a estos momentos límites, para darse cuenta que lo que ha hecho hasta entonces no ha sido sino pensar y actuar en su propio beneficio, explotando hasta niveles extremos lo que su capacidad tecnológica y científica le ha permitido, sin reparar racionalmente en la presencia de un medio natural que era violentado por ese afán insensato de explotarlo y saquearlo hasta no más.

Indudablemente que el movimiento telúrico de gran magnitud y el subsiguiente tsunami que se ha ensañado con la tierra de Basho y de Mishima, de Kawabata y de Kenzaburo Oé, era imprevisible; pero lo que sí pudo preverse en todas sus formas y dimensiones era el peligro que entrañaba la construcción de una planta de energía nuclear casi en la misma línea que dibuja el llamado círculo de fuego del Pacífico, ese infernal cruce de caminos que traza la confluencia de las cuatro placas continentales que hace de la zona una de las más vulnerables del planeta.

Todos quienes empujaban optimistas el carro prometedor de la energía nuclear en distintos países del globo, deberán ahora retroceder espantados ante el espectro que han contribuido a despertar. Era absolutamente demencial, después de la horrorosa tragedia de Chernóbil de 1986, seguir esperanzados en este tipo de energía como alternativa a la crisis de los combustibles fósiles que viven los países industrializados. Los expertos sostienen que la energía nuclear no es sostenible, ni económica, ni social ni medioambientalmente; es por ello que no comprenden lo irracional de muchas acciones del ser humano cuando se deja guiar solo por motivaciones materiales.

El polvo radiactivo que se desplaza lenta pero implacablemente, hace temer una verdadera catástrofe, como sin duda ocurrirá si llega a explosionar sólo uno de los reactores de Fukushima. Son altísimos los riesgos que representa la energía nuclear para todos, por lo que seguir alentando su uso no es sino una de las formar del crimen organizado de nuestro tiempo.

El país que ha vivido los horrores de Hiroshima y Nagasaki, así como la radiación de la prueba de la bomba de hidrógeno en el atolón de Bikini, debería ya haber aprendido la lección hace mucho tiempo, como muy bien lo ha recordado el Premio Nobel japonés y conciencia moral y humanista de su país, el escritor Kenzaburo Oé. Pero impostergables compromisos políticos, la visión estrecha del pragmatismo dominante y una rutilante ceguera frente al destino de la humanidad, hace que reputados hombres de ciencia y políticos de toda laya sucumban a un presentismo suicida.

Es posible que al mismo borde del abismo, el hombre no aprenda la dolorosa lección de la naturaleza y siga empeñado en esa absurda carrera hacia su propia autoaniquilación.

Lima, 19 de marzo de 2011.

viernes, 4 de marzo de 2011

El coronel no tiene quien le escriba

Los acontecimientos que vienen suscitándose en el Medio Oriente son, indudablemente, una prueba de fuego para los analistas, que se aproximan a los hechos tratando de desentrañar su naturaleza para explicarse el curso de los mismos. No resulta sencillo prever el rumbo que tomará el mundo árabe luego de la convulsión que ha significado esta auténtica revolución -más que revuelta-, que ha desatado el aletargado sopor en que vivían dichos pueblos por décadas.

El simbólico hecho inicial de un joven tunecino inmolándose en una plaza pública, y que ha seguido con el levantamiento de una ola de protestas que se han transformado en revueltas ciudadanas, y luego en verdaderas revoluciones populares que han desbancado del poder al líder Zine al-Abidine Ben Ali de Túnez, seguido por Hosni Mubarak de Egipto, se encamina ahora al momento crucial que decidirá la suerte del coronel libio Muammar el Gadafi, prácticamente cercado en Trípoli por una fuerza opositora que marcha incontenible por todo el país para precipitar su caída.

La ola levantisca también se ha sentido en Yemén, Bahréin, Argelia y otros territorios del Magreb y del norte de África, sacudiendo la conciencia internacional sobre una región del globo que aparentaba una calma egipcia, propia del hieratismo de las momias faraónicas. Mas esas aguas mansas de pronto se han agitado, descubriendo ante los ojos adormilados y legañosos de la comunidad mundial una realidad que estaba ahí, a la vista de todos, pero que de tanto mirarla como que no existía.

Se ha mostrado la pavorosa verdad de países pobres gobernados por élites enquistadas en el poder por decenios, con el beneplácito o la complicidad de las potencias occidentales, encabezados por Estados Unidos y los principales países europeos; quienes, ante la ingente riqueza petrolera que poseían aquellos y ante el papel que muy bien podrían cumplir frente a la supuesta amenaza islámica, no tuvieron ningún empacho en sostenerlos sin importarles los principios y los valores que pregonan hacia afuera, pero de los que hacen poco caso cuando se trata de defender sus más caros intereses.

Cuando dichos gobiernos ya no sirven a sus intereses, pues sencillamente se los abandona a su suerte, como ocurrió con Sadam Hussein en Irak el 2003. Parece que ahora le ha tocado el turno a Gadafi, un personaje que en su momento gozó de los favores y las lisonjas de encumbrados líderes europeos como Blair, Berlusconi, Rodriguez Zapatero y del propio rey Juan Carlos I, para no mencionar el afecto especial que le prodigaban los Bush y José María Aznar, su diligente amigo de la falange española.

Pero más allá de estas constataciones, lo que ocurre en Libia en verdaderamente dramático, con cerca de 2000 muertos en dos semanas de protestas, una población al borde de lo que Naciones Unidas llama desastre humanitario, y con un futuro incierto en medio del fuego cruzado entre las fuerzas que todavía defienden al régimen y una cada vez más numerosa masa de indignados libios que ya controlan algunas ciudades del país, comandados por un Consejo Revolucionario que desde Bengasi -la segunda ciudad libia-.

Las acusaciones de Gadafi a Al Qaeda y al terrorismo internacional de estar detrás de las manifestaciones, no resisten la menor comprobación, pues es el pueblo libio, harto de la asfixia, el hambre y la opresión, que se levanta exigiendo mínimas condiciones para una vida decorosa en democracia y libertad.

Recién ahora los países occidentales se dan cuenta de la naturaleza criminal de la dictadura de Gadafi, decidiendo su expulsión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y la apertura de una investigación sobre los presuntos crímenes de guerra o contra la humanidad cometidos en Libia; así como decretando el embargo de armas y el impedimento de ingreso para todos los miembros de la familia de Gadafi a los países europeos. Algo de cinismo y de hipocresía se huele en la actitud de occidente frente a la tragedia que enfrenta el país magrebí.

Lima, 4 de marzo de 2011.