sábado, 16 de julio de 2011

Facundo Cabral: el filósofo del canto

Ha causado honda consternación en toda Latinoamérica, el pérfido asesinato de uno de los personajes más queridos del mundo de la música: Facundo Cabral, ese trovador argentino que ha recorrido casi todo el mundo con su voz inconfundible y su prédica singular. En azarosas y aciagas circunstancias, ha sido acribillado inmisericordemente en las calles de Guatemala cuando se dirigía del hotel al aeropuerto acompañado por quien era, al parecer, el objetivo verdadero de ese ataque criminal.


Facundo Cabral, “el más pagano de los predicadores”, “el vagabundo de primera clase” -como gustaba decir de sí mismo-, el ser humano maravilloso, el tipo extraordinario, el hombre que con su guitarra a cuestas era todo un símbolo del canto de más raigambre testimonial por estas comarcas, ha sido violentamente expulsado de este mundo por las balas asesinas de una banda de forajidos sin nombre que le han ocasionado la muerte.


El exponente más alto de lo que se conoce como música de autor, con sus eternas gafas de sol y sus uniformes trajes vaqueros, sencillo como el que más, con la modestia infinita de los grandes y el talento certero de los auténticos creadores, ha acabado su vida de la forma más inicua, a manos de esos cuatreros de la mafia que han convertido el territorio centroamericano en la versión grotesca de uno de los círculos dantescos.


Parece mentira, como si viviera una cruel y larga pesadilla, que una gavilla de delincuentes nos haya privado para siempre de tenerlo entre nosotros, deleitándonos con sus canciones y enriqueciéndonos con sus largos monólogos, llenos de anécdotas sabrosas y de chisporroteante buen humor. Mas, al recordarlo en cada momento de sus presentaciones y conciertos, al escucharlo en sus decenas de grabaciones, al imaginarlo en ese espacio encantado que ahora es su morada, podemos repetir con el memorable verso de Alejandro Romualdo: ¡Y no podrán matarlo!


No podrán matar a quien nació para la inmortalidad, a quien se ha labrado con su arte el camino seguro de la posteridad, a quien seguirán escuchando y adorando generaciones sucesivas de hombres y mujeres movidos por esa fina sensibilidad que el trovador sabía despertar. No podrán matar al cantautor genial, al poeta esencial, al filósofo itinerante, al pensador agudo y al predicador libre que ya ha ingresado al panteón sagrado de los inmortales.


Nunca hubo mejor matrimonio entre el pensamiento y la música, entre la reflexión filosófica y la intensa melodía, entre el testimonio vital y la prédica de un cristianismo primitivo, entre el hombre y la guitarra, que en los versos de las cientos de composiciones de este artista fidedignamente original y único.


El hombre que tuvo, desde antes de nacer, una vida señalada por el hado oscuro de la tragedia, logró transmutar una existencia plagada de sinsabores y desgracias, en una luminosa estela de creaciones y bellezas artísticas, gracias a esa fe incontrastable que supo inocular en él aquel sabio menesteroso que le reveló un día el Sermón de la Montaña.


Pero gracias también a ese regalo celestial que recibió cuando a los catorce años aprendió a leer, y le fue descubierto el fascinante y deslumbrador mundo de los libros, de cuyos autores se volvió en ese instante compañero inseparable, ávido discípulo y complacido lector. Con todos ellos fue elaborando su propio mensaje vitalista hasta la médula, sus palabras cargadas de esperanza y optimismo, una prédica que solía siempre empezar con una buena noticia: la de la vida.


“Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la Tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo”, decía este maestro consumado en el arduo y delicado arte de vivir, este artista cabal que sólo transmitió paz y belleza, sabiduría y emoción, calor humano y ganas de seguir viviendo, o sea, de seguir gozando, que es una manera de entrar en contacto con la divinidad.


Nadando a contracorriente, lejos de los lugares comunes, libre de las convenciones anodinas, ajeno a los mandatos sacrosantos del mercado, enemigo de la estupidez y del fanatismo, Facundo Cabral fue y es el símbolo del hombre auténtico, del artista insobornable, que nos deja una obra valiosísima, una obra donde aletea la magia de la poesía y la rotundidad del pensamiento, el misterio de la palabra y la gracia bienhechora de la música, todo en una feliz comunión de hermandad universal, dicho con la voz providencial de este admirador de Jesucristo y Buda, de Whitman y Borges, de Krihsnamurti y Juan el Bautista, de Confucio y Lao Tsé.


Larga vida para este exponente magistral de las verdades fundamentales, para este increíble, insuperable filósofo del canto.



Lima, 15 de julio de 2011.

sábado, 9 de julio de 2011

La montaña mágica

Las celebraciones por el centenario de la revelación al mundo de Machu Picchu, uno de los iconos más significativos de nuestra cultura, han estado salpicadas de una serie de hechos, declaraciones, homenajes, recuerdos y testimonios sobre la indudable trascendencia de su sitial en la historia tanto del país, como de América y el mundo. No en vano, hace unos años, por estas fechas, era elegida como una de las siete maravillas del mundo moderno, en una votación en la que compitió con otros monumentos arquitectónicos de gran valor arqueológico.


Cuando hace cien años, la visita que realizara al Perú el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham, se convirtiera providencialmente en motivo del hallazgo de lo que los historiadores y arqueólogos llaman una llajta inca, -es decir, en una imprudente traducción contemporánea, lo que sería una ciudad, no una ciudadela- enclavada en una de las estribaciones de la ceja de selva del departamento del Cuzco, oculta por la maleza y ajena a la avidez histórica y turística que ahora la rodea, nadie podría haber vaticinado la enorme importancia que cobraría con los años, el relieve que adquiriría con el tiempo esta construcción presumiblemente edificada por Pachacútec y que es todo un prodigio de la urbanística y una colosal demostración de lo que puede hacer la voluntad y la mano del hombre.


Cuando el poeta chileno Pablo Neruda estuvo en el Perú y visitó el Cuzco, quedó tan deslumbrado de Machu Picchu, que de ese encuentro nació su extenso poema Alturas de Machu Picchu, segunda parte de su fresco histórico-poético llamado Canto General, tan descomunal como la vasta arquitectura inca que mandara construir el Inca. En esas “altas soledades…en la puerta del cielo”, el poeta tuvo un encuentro mágico, una epifanía se diría en términos místicos, una revelación en el sentido que lo entienden los poetas y sabios de Oriente, o simplemente una inspiración, tal como llama el común de los mortales a ese inefable acto de recibir un mensaje de lo conocido-desconocido, y luego transmitirlo en versos.


Igualmente, el poeta peruano Martín Adán nos ha dejado su libro La mano desasida, un intenso y extenso poema existencial y metafísico, testimonio de la experiencia personal del poeta ante la afamada ciudad pétrea. “Yo me llegué a ti / Con la mirada exhausta y repleta / Del que vio el astro / Que yo mismo ya era.”, dice Martín Adán identificando su espíritu infinito con esos laberintos solares. “¡Eres Yo Mismo, Machu Picchu!”, exclama nuestro poeta, y se consiente aconsejarle: “Procura ser siempre eucaristía, / Una hostia tremenda del humano / Para gozar de Dios en esta vida.”


Y cuando Jorge Luis Borges, el enorme poeta argentino, estuvo en el “ombligo del mundo”, sintió el magnetismo de la montaña encantada y fue tocado por esas piedras ancestrales, su espíritu sensible se conmovió, pronunciando algunas frases que han quedado para la memoria, así, cuando se refirió a la construcción inca, labró una de las suyas, al describir a aquellas ruinas circulares como “una vasta arquitectura de piedra en la montaña”.


A fines de los años setenta, el legendario grupo musical chileno Los Jaivas, que hacía música folclórica latinoamericana, pero que contaba entre sus instrumentos con guitarras eléctricas y sintetizadores, fueron invitados por un promotor artístico peruano para grabar el vídeo de su disco Alturas de Machu Picchu, basado en los poemas de Neruda, en las mismas ruinas incas. El resultado es un imponente concierto con la presentación de nuestro insigne novelista Mario Vargas Llosa, la música de varios de sus integrantes, y con la letra insólita del renombrado poeta chileno, en un deslumbrante escenario andino.


Alguna vez, charlando sobre las visitas escolares que se suelen hacer a Machu Picchu oí, de boca de una alumna y de una profesora, un comentario común, algo así como que las ruinas incas eran sólo piedra, “pura piedra”, sugiriendo entre líneas que en ellas no había nada grandioso que admirar, lo cual, evidentemente, revelaba la candidez de la primera, su comprensible ignorancia, y la visión obtusa de la historia, y de la cultura en general, de la segunda.


Así, entre encuentros poéticos y visitas anodinas se ha tejido la leyenda y la fama de la ahora homenajeada maravilla que el mundo festeja. Pero no podemos olvidar en este recuento de Machu Picchu, el hecho de que su descubridor oficial, el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham, se llevara en esa ocasión un conjunto valioso de piezas arqueológicas, durante muchos años en posesión de la Universidad de Yale, y que ante el reclamo formal del gobierno peruano, se ha devuelto hace poco no sin cierta resistencia de principio.


Otro asunto final que debe preocuparnos, es el previsible incremento del flujo turístico al Santuario Inca, y que incidirá inevitablemente en su conservación y su cuidado como tesoro histórico y patrimonio cultural de la humanidad, y que Martín Adán ya lo había avizorado en muchos de sus irónicos y precisos versos.



Lima, 9 de julio de 2011.

sábado, 2 de julio de 2011

Los siete pelos del diablo

La obra de quien es considerado, con justicia, el padre del teatro peruano, se ha consolidado con el tiempo como una de las más importantes expresiones de la dramaturgia nacional. Pero de todas ellas, aquella que destaca por su simplicidad y gracejo, por su peculiar manera de asumir el habla de la época, salpicada de un ácido humor popular, es, sin duda, Ña Catita, estrenada en 1845 en el teatro Variedades de Lima, cuando la obra contaba con tres actos, y reestrenada una década después en la versión completa. Es ésta la que le ha dado a Manuel Ascensio Segura el sitial que ocupa en la historia de nuestra literatura.


Adscrita académicamente al costumbrismo, corriente que sirve de nexo entre la literatura independentista y el romanticismo, Ña Catita es una comedia emblemática dentro de la evolución de las tablas nacionales. Ambientada en la Lima de mediados del siglo XIX, en el seno de un hogar de clase media, con el ingrediente mordaz de una presencia femenina de inconfundible raigambre neoclásica, la obra presenta un conflicto muy común entre las familias de entonces, cuando las cosas del matrimonio la dirigían los padres, quienes se erigían en los amos y señores del porvenir, la dicha o la desdicha, de su hijas. Sobre todo de ellas, pues el machismo estaba en su máximo apogeo, y las condiciones para pensar en un movimiento que pretendiera la reivindicación de los derechos de la mujer aún estaban muy lejos.


La trama es más o menos previsible: Jesús y Rufina conforman una pareja prototípica, con sus clásicos problemas conyugales y sus desavenencias, que los años de convivencia han agravado; ambos tienen una hija casadera, Juliana, para quien su madre ya ha encontrado el candidato perfecto para futuro marido, don Alejo, un hombre maduro que aparenta una caballerosa reputación y una posición económica de solvencia garantizada. Situación esta última que es la razón fundamental para la elección que hace la madre, decisión con la que discrepa abiertamente el padre.


Pero he aquí que entra en escena el personaje que da movilidad e interés a la historia: Ña Catita, una viejecilla chismosa e intrigante, amiga de Rufina y enredadora con mil historias, avezada en las dudosas artes de la maledicencia y el comentario atrevido. De su boca emanan los cuentos y habladurías más picantes del barrio, las aventuras y desventuras que en las lides del amor matizan las grises existencias de unas criaturas condenadas a una vida mediocre y sin horizontes. Es ella la que sirve para atizar los conflictos domésticos o para avivar las distancias personales entre los miembros de una familia, la que apoya una causa determinada en esas luchas intestinas o la que inmediatamente se presta de soporte para la causa contraria.


Manuel es el pretendiente enamorado de Juliana, a quien ésta corresponde contra los dictados y los designios de la madre. Frente a los oropeles de don Alejo, a sus atractivos materiales evidentes, Manuel es un simple jovenzuelo que no le garantiza nada a Rufina para el futuro de su hija, un pelagato cualquiera que puede ser ninguneado en esa carrera febril en pos de la mano de Juliana.


Los hechos se precipitan a bordes inimaginables: la madre trama una mudanza con la complicidad de Ña Catita, para evitar el desenlace que tanto teme; mientras que Juliana ha fraguado el suyo para protagonizar una fuga con Manuel. Además, los altercados entre Rufina y Jesús se hacen tan ásperos que cada quien prácticamente ha decidido una separación de conveniencia. Mas en estas circunstancias llega el elemento disolvente que da un golpe de timón a los acontecimientos. Juan, un amigo de la familia, llega del Cuzco y pasa por la casa para dejar algunos encargos. Su presencia se produce en las escenas más dramáticas de la obra, aclarando con las revelaciones involuntarias que hace un paisaje que se encrespaba y se teñía de color de hormiga.


El dato más decisivo lo suelta en medio de una discusión llena de tormentas: la esposa de Alejo le envía por su intermedio un encargo desde el Cuzco. La sorpresa es general y todos quedan estupefactos. Inmediatamente comprenden el embuste, el engaño mayúsculo que don Alejo pretendía consumar con Juliana y con la familia de la muchacha, especialmente Rufina, la madre, que de sopetón ve desbaratado el plan non santo de ese viejo indecente que con mil argucias y zalamerías ya había convencido a Rufina.


El final es de rosas: desenmascarado el farsante, las aguas vuelven a su nivel y todos se reconcilian entre lágrimas y abrazos de felicidad. Mientras Ña Catita, expulsada en un momento por la furia de don Jesús, rumia su desastrada condición en la soledad de un ostracismo de expiación, pues su figura no inspira la confianza de nadie, excepto de la Rufina embaucada de los inicios, deslizándose por en medio de los sucesos como la diligente emisaria del mal, como los siete pelos del diablo, según la precisa calificación que hace de ella uno de los personajes.


Escrita en verso y en cuatro actos, con un dominio diestro de las leyes de la métrica y la rima, Ña Catita es una obra que bien vale la pena verla representada, pues su sola lectura deja en la imaginación del lector un conjunto de promesas halagüeñas de lo que puede ser el buen teatro.



Lima, 2 de julio de 2011.

sábado, 25 de junio de 2011

Obama y Afganistán

El anuncio hecho por el presidente de los Estados Unidos, sobre el retiro gradual de las tropas norteamericanos del país asiático, no es sino el cumplimiento de una de las promesas de la campaña que lo llevó a la Casa Blanca, y que por diversas circunstancias no había podido aún realizarla.


No era fácil, al iniciar su gobierno en enero de 2009, poner en práctica un punto crucial de su plan de gobierno referido a temas internacionales, como tampoco lo eran una serie de asuntos que conciernen a la política interna de la unión. Poderosos intereses, enquistados durante largo tiempo en los entramados del poder, lo impedían; es por ello que también en este caso surgen voces discrepantes sobre la conveniencia del plan dado a conocer por Barak Obama.


Se sabe, por ejemplo, que desde el inicio de la guerra de Afganistán en el año 2001, cuando el movimiento talibán fue despojado del poder, al empuje de la intervención de las fuerzas occidentales encabezadas por los Estados Unidos, la industria militar no ha cesado de crecer y de alimentar artificialmente un conflicto a todas luces insensato y absurdo.


Cuando la empresa fue acometida por la administración del expresidente George Bush, con el claro propósito de escarmentar a quienes habían sido los autores de los atentados del 11 de septiembre, se pensó que bastaba una incursión militar de este tipo, para acabar con el peligro que entrañaba la presencia de las agrupaciones terroristas en las inhóspitas montañas que son su refugio, en la frontera entre Pakistán y Afganistán.


Diez años después, los resultados son más que decepcionantes, pues más allá de la muerte de Osama Bin Laden, perpetrada a comienzos de mayo pasado, el movimiento yihadista internacional sigue operando a sus anchas, ahora bajo el mando del médico egipcio Ayman Al Zawahiri, sucesor de Bin Laden e ideólogo primigenio de Al Qaeda. Lo mismo sucede con el movimiento talibán, cuyo accionar se mantiene en parecidos estándares a los que encontró el ejército invasor cuando su incursión de hace una década.


Los costos de tamaño despropósito son altísimos en todos los términos. Un billón de dólares le cuesta al erario nacional este jueguito de la guerra, amén de los 10 000 millones al mes para mantener a las tropas de ocupación; 1600 norteamericanos muertos y una cantidad incalculable de víctimas civiles y militares, a la par que la destrucción material y moral de una nación al borde mismo del colapso.


Es que los intereses económicos de los mercaderes de la muerte son invencibles, sus jugosas ganancias en la venta de armas no pueden perjudicarse por la sencilla razón de que una secta de locos pacifistas quiera edificar un mundo mejor para todos. Sus objetivos son otros, están al margen de las preocupaciones humanitarias de quienes se imaginan la existencia como una posibilidad de pensar y vivir los valores esenciales del hombre, y no como una mera ambición de lucrar con medios funestos.


Obama ha dicho que de aquí al otoño del 2012, cerca de 33 000 soldados regresarán a casa, y que el programa total del retiro norteamericano está fijado para 2014. Mientras tanto, quedarán en esas lejanas tierras alrededor de 70 000 efectivos, una cantidad todavía significativa de una presencia que ya se parece mucho a la que tuvo el país en Vietnam en el pasado reciente. Una analogía válida, pues así como les sucediera en aquella ocasión, ahora tendrán también que marcharse con tan magros resultados entre las manos. Además, si se tiene en cuenta que al llegar a la Casa Blanca, ya había en la zona un número igual de soldados, y que una de las primeras medidas de su mandato fue decretar el incremento de las tropas en 30 000, prácticamente lo que va hacer de primera intención es volver al statu quo de 2009, para después recién iniciar el verdadero retiro según lo prometido como candidato demócrata.


Otro aspecto dramático de esa presencia indebida de un ejército invasor, es la secuela terrible de auténticos asesinatos cometidos contra la población civil. Se han reportado numerosos casos en que los soldados norteamericanos han equivocado flagrantemente su objetivo, acabando con la vida de una cantidad desconocida de hombres, mujeres y niños absolutamente inocentes; víctimas a las que se califica utilizando un eufemismo -“daños colaterales”- tan criminal como su accionar. Como si las personas importaran menos que sus fines macabros.


Sin haber acabado, pues, con el terror, como pretendía, sin haber logrado neutralizar siquiera a la fuerzas extremistas que buscan su destrucción, el gobierno de Washington experimenta una derrota más frente a una realidad infinitamente más compleja de como la imaginan los hombres -diré más bien los halcones- del Pentágono. Pero lo cierto, igualmente, es que Afganistán, sin la tutela colonial de nadie, debe asumir soberanamente su propio destino, reconstruirse como país, independientemente de los propósitos y las metas de las potencias imperiales, que siempre han buscado inmiscuirse en su camino para satisfacer sus propios intereses y objetivos, que casi nunca coinciden, ni son los mismos, que los que mueven a esa desarticulada y precaria nación.



Lima, 25 de junio de 2011.

viernes, 17 de junio de 2011

Jorge Semprún

El fallecimiento del escritor y político franco-español Jorge Semprún, hace unos días atrás en París, ha servido para recordar la intensa trayectoria vital de una figura axial en el devenir histórico del siglo XX. Nacido en Madrid, pero afincado casi toda su vida en la ciudad Luz, adonde llegó tras el triunfo del franquismo en España en 1939, Semprún es un caso atípico en el mundo de la cultura contemporánea.


Le tocó vivir, a temprana edad, dos hechos que prefigurarían el rumbo posterior de sus pasos durante la segunda guerra mundial: la muerte de su madre cuando él era apenas un niño y el comienzo de la guerra civil en su país. El primero, sin duda, lo marcaría de una forma personal, que sólo él ha sabido sobrellevar a través de los años en esa peripecia espeluznante que el azar se encargó de asignarle. El segundo significó su pronta incursión en el mundo de la lucha política de la manera más encarnizada.


Su incipiente militancia en el lado republicano, aun cuando fuera de modo larval, le señaló el obligado camino del exilio. Se trasladaría con su padre -un importante funcionario diplomático del gobierno español- y sus hermanos a Francia, país que a su vez se aprestaba a vivir uno de los capítulos más negros de su historia. Así como en España se identificaría con la resistencia antifranquista, en Francia el reloj de la historia le marcaría la hora de la resistencia antinazi, despertando, muy joven aún, a la conciencia de los totalitarismos y los extremismos ideológicos que tanto daño implicaron para la humanidad en el siglo pasado.


Pero el destino le tendría reservado un capítulo especial, una verdadera prueba de fuego, a este “rojo español” -como le gustaba calificarse-, conduciéndolo, cual diligente Virgilio, a una de las experiencias límite más inauditas que ser humano pueda haber vivido: el descenso, por los dantescos círculos infernales de la barbarie nazi, al campo de concentración de Buchenwald; fidedigno asiento del hades en la tierra, tanto como lo fueron Auchswitz, Treblinka, y tantos otros nombres pavorosos que son el perfecto sinónimo de todo el horror desatado en Europa, a mediados del siglo XX, por un incurable psicópata como Hitler.


Tenía apenas veinte años cuando fue capturado por las tropas alemanas y enviado a ese reducto bestial de la demencia nazi, iniciando así una travesía horrísona que dejaría su impronta de fuego y ceniza, en el alma y la memoria de este joven naturalizado francés que arrastraría para siempre el estigma indeleble de haber padecido en carne propia lo que millones de seres humanos, especialmente judíos, padecieron en el llamado holocausto.


Cerca de dos años vivió en medio del horror, del cual recuerda sobre todo -según él mismo ha declarado- un olor que no se parece a ningún otro, pero que no todos están acostumbrados a sentir: el olor de la carne quemada. Ese olor lo ha acompañado toda su vida como un sello imborrable de su paso por ese infierno. Y cuando fue liberado por las tropas aliadas en 1945, junto con miles de cautivos, de los trabajos forzados que realizaban para sus verdugos, la memoria trae a su mente la imagen y el nombre de esos dos soldados que lo ayudaron en sus primeros pasos hacia la libertad. Curiosidad histórica: aquellos combatientes eran ambos judíos germanos pertenecientes al ejército de los Estados Unidos. Todo un simbolismo.


Su militancia comunista también le acarreó no pocos entredichos con la ortodoxia dominante. Esa fue la razón de su expulsión del Partido Comunista Español de Santiago Carrillo, con quien protagonizó una polémica muy esclarecedora, pues Semprún ya abominaba de todo aquello que tuviera un cierto atisbo de autoritarismo, de sectarismo obtuso y cerril; y así como antes se erigió en acérrimo enemigo del franquismo en su patria natal, ahora era el stalinismo el blanco predilecto de su posición crítica en medio de una época nublada por los extremismos más intransigentes.


De todo este maremágnum existencial surge una obra ejemplar y valiosa en muchos sentidos, especialmente el literario, el político y el ético; una obra escrita en su mayor parte en francés, que tiene en El largo viaje (1963) y en La escritura o la vida (1994), quizás los títulos más significativos. Pero no debemos olvidar también al Semprún guionista, aquellos textos que sirvieron para que cineastas de la talla de Costa-Gavras o de Alain Resnais, fraguaran unos filmes inolvidables en la segunda mitad del siglo que se fue.


Por último, su papel como ministro de Cultura en el gobierno del socialista Felipe González en España, estuvo envuelto por un espeso velo de odios gratuitos y resentimientos estériles. Como siempre, el espíritu provinciano de muchos que le achacaron que no viviera en España, que fuera francés o que simplemente fuera comunista, tuvo su cuota de participación. Pero más allá de esas pequeñas miserias, Federico Sánchez -el disfraz onomástico que siempre utilizó Jorge Semprún- quedará como la figura ejemplar del intelectual y el político que no sólo fue testigo de su tiempo, sino protagonista central. Un tiempo que él encarnó mejor que ninguno con la pasión y el fervor de su entrega.



Lima, 17 de junio de 2011.


sábado, 11 de junio de 2011

Alivio y esperanza

Luego del triunfo neto del candidato nacionalista Ollanta Humala en las elecciones del pasado 5 de junio y, por consiguiente, de la derrota convincente de la candidata del fujimorismo, así como de los gestos, actitudes y declaraciones del presidente electo, son dos los sentimientos que resumen mejor que ninguno la reacción de millones ante lo sucedido en nuestro país: alivio y esperanza.


El haber impedido por la vía democrática, con la fuerza moral de las urnas y la decisión consciente de millones de peruanos, el retorno de un grupo político con serios antecedentes antidemocráticos y con muchos de sus miembros en las cárceles o siendo buscados por la justicia, constituye por sí mismo un gran triunfo de los valores inmanentes del ser humano y de toda sociedad civilizada.


Si el solo hecho de haber pretendido regresar al poder, después de las tropelías y atrocidades perpetradas en el régimen del señor Alberto Fujimori y de su estrechísimo aliado Vladimiro Montesinos, era ya una osadía descabellada y una insolencia descomunal, el rechazo que ha expresado una mayoría de peruanos a tamaña desvergüenza no nos puede dejar sino reconfortados con ese fondo de reserva ética que ha obrado de manera contundente en la conducta de nuestros compatriotas.


Alivio porque no podía caber en nuestra cabeza la sola idea de que la hija de un expresidente condenado por delitos de corrupción y de violación de derechos humanos, la heredera moral y política de un gobierno nefasto y repudiable, se erigiera, en pocos años de transcurridos dichos crímenes y fechorías, en la presidenta de la República, como si nada hubiera pasado y pasando por encima de la memoria de miles de peruanos que sufrieron en carne propia las villanías de ese régimen, y de millones de ciudadanos que observamos con asco, indignación e impotencia cómo avasallaban la democracia con su prepotencia autoritaria y su indecencia bestial.


Mas luego de anunciarse los primeros resultados de la contienda, y de verse confirmados después conforme pasaban las horas, la calma y la serenidad aquietaron nuevamente el espíritu de quienes batallamos todos estos meses con las solas armas de la memoria, la ética, la razón y el más estricto sentido de justicia. Era el merecido premio para tantas horas y días de ansiedad y preocupación, de aguardar, premunidos de una secreta esperanza platónica, el veredicto del pueblo, que con su honda sabiduría nos ha evitado la vergüenza universal de la legitimación de una de las dictaduras más horrendas y putrefactas de nuestra historia.


Contra la horda de carroñeros de la prensa hipotecada a intereses subalternos, triunfó limpiamente la decencia y la honestidad, encarnadas en este joven líder de nombre inca y raíces andinas, lo cual compromete aún más su mensaje de inclusión social y de lucha contra la pobreza en la que viven por lo menos diez millones de peruanos. No puede subsistir más la cruel paradoja de un país que, según las cifras macroeconómicas, es el que más crece en la región, mientras un importante sector de su población malvive en condiciones de estrechez, abandono y olvido secular.


Y esperanza, pues lo que ahora se nos abre para todos los peruanos es la posibilidad, históricamente tan postergada, de que un gobierno auténticamente popular administre las riendas del Estado en provecho de esas inmensas mayorías que jamás sintieron que eran tomadas siquiera en cuenta, que nunca se beneficiaron ni gozaron de lo que una privilegiada minoría usufructuó durante cerca de doscientos años, si solamente nos referimos al periodo republicano de nuestra historia.


Ese porvenir, entrevisto con las ansias de lo desconocido pero con la firmeza de la fe, no puede ser desaprovechado ahora que legítimamente se ha alcanzado el derecho y el deber de ejercerlo en nombre del pueblo, con el pueblo y para el pueblo, según la vieja y sabia sentencia del gran Abraham Lincoln.


Mientras Europa se derechiza, América Latina avanza en la senda del progresismo, de la mano de gobiernos de izquierda a los que se suma ahora el de Ollanta Humala a partir del 28 de julio. El rumbo que tome, signado por una política de integración con los hermanos latinoamericanos, debe significar además asumir un rol protagónico en el desarrollo de una posición independiente frente a los grandes centros de poder, privilegiando los lazos fraternos que nos vinculan a quienes comparten con nosotros esta travesía histórica.



Lima 11 de junio de 2011.


sábado, 4 de junio de 2011

Críticos cítricos

La labor de la crítica es, indudablemente, fundamental en todos los niveles de la creación, sea esta artística, científica o humanística; pero ello trae aparejado también una carga de responsabilidades que el que la ejerce debe asumir con la seriedad y el sentido de la ética que conlleva -o debe conllevar- toda actividad humana.
Este es el tema de una obra de teatro escrita por Mario Vargas Llosa y publicada en 1996, que lleva por título Ojos bonitos, cuadros feos, y que aborda de forma ágil y con una buena dosis de tensión contenida, la historia de una joven pintora que acaba en el suicidio al no poder tolerar la frustración de verse descalificada para la pintura por el hombre que más admira: el crítico y profesor de arte Eduardo Zanelli, reputado columnista de un prestigioso diario de la ciudad, cuyas enteradas opiniones y agudas observaciones sobre el panorama artístico del medio son tomados como verdaderos apotegmas por muchos aficionados al arte y por una legión de lectores.
Zanelli es un crítico que en sus artículos periodísticos puede elevar y consagrar una obra artística y, por lo tanto, encumbrar a su autor; como sepultar para siempre vocaciones incipientes de expositores optimistas e ingenuos. Es lo que el gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante llamaría -con ese especial talento para los juegos paronomásticos- un “crítico cítrico”, un ser dotado para el punzante dardo que hiere de muerte -en el caso de Alicia Zúñiga la expresión llega a ser literal- a la infeliz víctima.
Es aquí donde aparece Rubén Zevallos, teniente de la Marina, el vengador, el hombre que pretenderá hacer justicia con sus propias manos a la novia reticente y enajenada que un día desapareció de su vida dejándole una dolorosa y dolorida carta de despedida. Decide entonces buscar a quien, está seguro, es el directo culpable de la muerte de la mujer que amó y, probablemente, todavía ama. Conoce el lugar donde podría hallarlo y no se equivoca; acude a un vernissage, de los pocos o muchos que acontecen en la ciudad, y que es la ocasión propicia para encontrarse con toda aquella gente ligada al mundillo del arte: artistas, críticos, curadores, coleccionistas y los infaltables esnobs.
Lo aguarda entre los asistentes y le tiende la trampa infalible: un gesto, un simple mohín que es el santo y seña del envite al encuentro que él sabe deseable para el profesor. No ignora los gustos e inclinaciones del susodicho por el amor uranista; finge interesarse por un lance nocturno, una aventura furtiva y fugaz que hará las delicias del veterano crítico. Éste cede y cae limpiamente en la celada, se acerca, intercambian impresiones y luego lo invita a su departamento. Salen discretamente de la galería y se encaminan al escenario de los hechos centrales del drama.
En el diálogo que sostienen en los prolegómenos, se alterna la conversación entre Rubén y Alicia en clave de recuerdo, como un telón de fondo que tiende la memoria para echar luces, desde el pasado reciente, a un presente a punto de precipitarse en un desenlace truculento. Paralelamente a los hechos, aquella trae al instante real los pormenores de una relación tortuosa e interrumpida, que desencadena la voluntad homicida del joven militar, que ve en el hombre de arte al odiado verdugo de su compañera.
Pero en el momento que Eduardo cree que ha llegado la hora de su dicha, salta la liebre: Rubén le espeta a bocajarro el verdadero motivo de su presencia en el departamento. Luego de un diálogo crispado, irisado de ironías y frases ambiguas, donde ambos descubren facetas ocultas de su personalidad, éste le revela su real intención: vengar la muerte de Alicia. Ha ido preparado para ello, sin dejarle a Zanelli el menor resquicio de escapatoria. Es la escena de máxima tensión de la trama; ante el intento de defensa que esgrime el crítico, el teniente lo encañona con un revólver sin silenciador. En medio de libros, cuadros, discos, un cartel de una exposición de Mondrián y la música de Mahler, se está a punto de asistir a un asesinato, al crimen o al ajusticiamiento de una persona que, muerta de miedo, implora clemencia a su atacante.
Pero el fin no puede ser administrado de modo tan expeditivo, que le ahorre al condenado el suplicio que debe ser acorde a su culpa, así como al tamaño del dolor y daño inferidos. Es por eso que Rubén lo mantiene en vilo, retrasando la ejecución mientras el otro se desvive en promesas de cambio, de expiación y de regeneración a cambio de su vida. Rubén dispara, pero el tiro no se produce; es el modo de castigo que ha ideado para ese ser al que desprecia por sobre todo. Entonces Eduardo, que había esperado ese momento lleno de pavor, se recompone lentamente mientras el joven teniente se despide no sin antes exhortarle a que nunca más proceda así con los jóvenes artistas. Le dice al salir: “Si por casualidad nos encontramos, no me saludes.”
Es el final de una magnífica pieza teatral que rompe los moldes formales del género, pero que la refresca de la mejor manera para entregarnos una obra de arte de gran calidad.

Lima, 4 de junio de 2011.