sábado, 18 de agosto de 2012

La educación sentimental


     Felicia de los Ríos Salcedo es una adolescente que quiere dejar el testimonio de su último año de estudios en un colegio secundario, contando con detalle y buena prosa sus vivencias de esa época al lado de un grupo de estudiantes en un colegio internado de monjas en la ciudad andina de Soray, en los andes centrales. Muchos años después, su sobrino nieto Claudio Errázuriz Salcedo encuentra los manuscritos y decide publicarlos, con la previa autorización de las herederas de su tía. Así, con este artificio literario, muy común por lo demás en la historia de la literatura, surge la tercera novela del escritor jaujino Edgardo Rivera Martínez, Diario de Santa María (Alfaguara, 2008).
     En las primeras páginas del diario, la autora no deja de manifestar su agrado de estar otra vez en Jauja, pues su familia había tenido que mudarse a Cerro de Pasco y luego a Huarón, por razones de trabajo del padre. Pero el súbito fallecimiento de éste, determina a madre e hija a regresar a su tierra, para prolongar el negocio familiar y establecerse definitivamente en ella. Se detiene a contar la vida de su tío Teodoro, hermano de su madre, quien vive en Concepción, pero que las visita frecuentemente. Él es viudo, tiene un hijo en el extranjero y está secretamente enamorado de Maruja Linares, una paisana a quien la madre de Felicia no ve con buenos ojos, motivo de la viva curiosidad de Felicia.
     Debido a que no encuentran una vacante en el colegio de la ciudad, pues ese año la institución no brindaba la enseñanza del quinto de secundaria, Felicia es matriculada en un colegio regentado por religiosas isabelinas y que lleva el ostentoso nombre de Colegio de Educandas de Nuestra Señora de Santa María, situado en Soray, un pueblito cercano a Concepción, en el Valle del Mantaro. Debemos tener presente que para el año en que se escriben los diarios, 1935, la actual provincia de Concepción estaba adscrita políticamente a la provincia de Jauja, adquiriendo su presente categoría recién en el año 1951.
     Al ingresar el primer día de clases, Felicia se entera que tendrá como compañera de cuarto a una chica francesa que debe llegar en unos días. Mientras tanto, traba amistad con varias de sus condiscípulas, entre ellas Matilde, una joven ayacuchana, e Isabel, apurimeña. Igualmente va reconociendo al personal de religiosas que son las encargadas de impartir las enseñanzas de las diversas materias.
     A los pocos días llega Solange, la francesita, con quien Felicia establecerá una amistad singular y altamente fecunda. Se entabla entre ellas una corriente de simpatía poderosa y única, pues comparten gustos similares y una formación rica en antecedentes familiares y culturales. Una amistad que llega a rozar, en numerosos momentos, un suave y delicado erotismo -una amistad sáfica-, que sirve de experiencia y aprendizaje para esa educación sentimental que viven estas dos jóvenes, recluidas en un recinto escolar en medio de la frondosidad del valle, entre alisos, eucaliptos y quinuales.
     Comparten aficiones artísticas muy similares, sobre todo la música y la poesía, además de la pintura, pues la “gringuita” -como la llaman en el colegio- es creadora de bellas acuarelas. El padre de Solange, un ingeniero francés que labora en una Compañía francesa en las minas de Huarón, se encarga de llevarle a su hija, cada vez que la visita, libros de poesía y discos de música clásica. Regalos que serán un auténtico deleite para estas jovencitas, ávidas de vivencias estéticas y goces espirituales. Un día comentan, por ejemplo, la ópera Armide de Lully, otro emprenden lecturas de Safo y José María Eguren. Luego leen a Federico García Lorca; circunstancia en que Felicia, entre el asombro y la culpa, asiste a los primeros raptos eróticos de su amiga.
     La presencia de la música es esencial en el mundo narrativo de Rivera Martínez, como cuando las alumnas se ponen a cantar huainos y canciones de la tierra. Felicia es amante de los yaravíes, a la par que Solange estrena una victrola, obsequio del señor Aubert, donde escuchan a los grandes compositores. Puede resultar ciertamente inverosímil el que un par de adolescentes, aun en esa época, gusten de la ópera, las arias y las melodías de la música culta. Pero es el sello de la obra narrativa del novelista jaujino, el abrazo fraterno de dos civilizaciones, el encuentro, en feliz comunión, de las expresiones culturales de Occidente y del mundo andino.
     También abundan las referencias a la literatura, empezando por la temprana vocación poética de Felicia, su preferencia por Vallejo, o cuando revisan la biblioteca del abuelo materno en Jauja, en ocasión de una de las pocas visitas que hace Solange a su amiga en un día de salida del colegio. Asimismo cuando Solange recibe un nuevo presente de su padre, una antología de poesía femenina francesa contemporánea, que ambas señoritas leen extasiadas, conociendo de paso a las nuevas exponentes de la poesía gala.
    Es muy perceptiva la narradora con relación al paisaje de Jauja: los campos de quinua, los cerros entre el ocre, el azul y el violado; así como de lo fantástico, cuando cree escuchar a María Felicia, su bisabuela muerta por un rayo. Dice muy poéticamente: “…y seguirá siendo solo una sombra en la sombra sin fin de la muerte”.
     Las relaciones con las monjas es motivo también de muchos pasajes de la novela, pues así como hay religiosas rígidas y antipáticas, como sor Adela, hay otras más bien dulces y generosas, como sor Lucía. Es precisamente sor Adela quien sorprende un día a Felicia leyendo poesía, libros paganos para la estrecha concepción literaria de la hermana, y que de esta manera ejerce su particular censura a las inquietudes de nuestra protagonista.
     Pero el hecho que precipitará el fin de los diarios, y simultáneamente el fin de la novela, es el incidente entre Solange y sor Adela, una previsible fricción entre la educación liberal de la francesa y la ortodoxia dogmática de la religiosa. Cuando sucede el bochornoso enfrentamiento, y Solange ve próxima su expulsión del colegio, Felicia y su amiga comparten sus creaciones: ella sus poesías, ésta sus acuarelas. Es diciembre, los últimos exámenes están a la vista y ambas compañeras deben despedirse, haciéndose múltiples promesas de visitas, llamadas y cartas. No todas se cumplen, es verdad, por la fuerza de la realidad, pero quedará en las dos el imborrable recuerdo de un momento intenso y hermoso de sus vidas.
     Una tierna y encantadora novela, que he leído con fruición y nostalgia, tal vez por los recuerdos de ese mágico rincón, que comparto con Felicia y su fina sensibilidad.

Lima, 18 de agosto de 2012.
       
     

sábado, 11 de agosto de 2012

Un gurú de Occidente


     Dentro de los cincuentenarios conmemorativos de este año, hay uno especialmente entrañable para mí: el de la muerte del escritor alemán Hermann Hesse, acaecida el 9 de agosto de 1962 en Suiza, país que eligió para vivir cuando el suyo era inminente que cayera bajo las zarpas del nazismo.
     Abundan las referencias a la vida y a la obra de este auténtico lobo estepario, un creador del cual Vargas Llosa ha dicho que ha gozado del mayor privilegio que puede disfrutar un escritor, el que una juventud rebelde e iconoclasta del mundo entero lo haya convertido en su maestro y su principal valedor moral y ético.
     Fue en los años ochenta, en esos fervorosos días de la vida universitaria, que conocí a Hermann Hesse y que se erigió en uno de mis referentes filosófico-literarios más duraderos y profundos. Fueron tiempos de esa primera juventud que, ansiosa de búsquedas, se encuentra en un camino con múltiples direcciones, en ese dilema terrible de la elección vital de un sentido a la existencia.
     Es allí que la irrupción del Premio Nobel 1946 sería capital para muchos que, como yo, nos hallábamos en un periodo de tránsito y desasosiego. Las primeras vivencias del amor, el asalto intempestivo de la muerte, las preguntas sobre el ser y su destino, nos acuciaban de tal manera, que solo la palabra de este gurú de Occidente podría servirnos de brújula y norte. El primero de sus libros que pude leer con ese fervor único de joven desbrujulado fue precisamente El lobo estepario, al cual seguiría, uno tras otro, Siddhartha, Demian, Narciso y Goldmundo y El juego de los abalorios, obras que considero esenciales en mi formación espiritual.
     El gran aprendizaje que obtuvo de su estancia en Oriente, impregnó su obra de ese misticismo peculiar que la caracteriza, teñida por su fecunda inmersión en las filosofías de la India y en las enseñanzas y hallazgos de los grandes maestros de la espiritualidad más acendrada. Esa cosmovisión, cuyos trazos se asientan en la milenaria sabiduría de ese lado del mundo, era lo que nos subyugaba poderosamente. Todo hallaba su explicación y entendimiento en las luminosas páginas de esos libros bellísimos que escribió, aun cuando muchas veces también nos dejaba suspendidos de la incertidumbre y el cuestionamiento, estados ante los que deberíamos seguir sin dudar las huellas de sus propias reflexiones y apelar por último a la voz despierta de nuestro propio interior.
     Compartí con varios amigos de juventud, que aún lo siguen siendo, la pasión por Hesse, de quien hablábamos y discutíamos a toda hora: en los pasillos de la ciudad universitaria, en las calles de la ciudad, en la banca de un parque, en el café literario, en el comedor de estudiantes. A él habría que dirigirle estos versos que escribió, dedicados a Hölderlin: “Amigo de mi juventud, a ti regreso agradecido / ciertos atardeceres, cuando entre los saucos / en el jardín que duerme suena sólo / la fuente susurrante”. Pues eso fue para nosotros Hesse, un querido amigo de juventud, una fuente inagotable de la más escanciada sabiduría, una voz balsámica en medio de las tormentas que amenazan toda vida.
     Todavía suenan en mis oídos las canciones de su arpa divina, a las cuales regreso cada vez que siento esas nostalgias que jamás terminan. Estoy parafraseando al gurú más cercano de mi derrotero, aquel hombre que desde su propia rebeldía y desafío, se convirtió en el padre espiritual de generaciones enteras de seres humanos, ávidos de encontrar las respuestas certeras a sus interrogantes más cruciales.

Lima, 11 de agosto de 2012.

sábado, 4 de agosto de 2012

Una obra maestra


     La experiencia inaudita de entrar en contacto con una creación en la que el autor ha dejado todo su talento, la munificencia de su arte, es la que he tenido al leer Ligh in august (1932), novela del eximio narrador estadounidense William Faulkner, y traducida al español como Luz de agosto. He visto confirmada por propia vivencia lo que la crítica asume como una de sus verdades esenciales con respecto a la obra del Premio Nobel.
     La historia de Lena Grove, que viaja tortuosamente desde Alabama hasta Jefferson, territorios situados en el mítico mundo de Yoknapatawpha, con el único fin de encontrar al padre de su hijo, es el eje temático que nuclea la trama novelesca. Lena, al perder a sus padres, va con su hermano McKinley al aserradero de Doane; allí queda en cinta y se marcha, camina varios días y le sale al encuentro, en la carretera por donde avanza descalza, Armstid. Va en pos de Lucas Burch, así se llama el hombre que busca, pero nadie le conoce. Alguien le ha dicho que está en Jefferson, empleado en un aserradero. Un lugareño se ofrece a llevarla; arriban a la ciudad y ella se sorprende del recorrido que ha hecho.
     Ha comenzado el despliegue de la magia narrativa de Faulkner. Llegan a Jefferson dos forasteros para trabajar en el aserradero de Simms. El primero es Christmas, pensativo y hosco; el otro es Brown, gesticulador y alocado. Byron Bunch, un antiguo obrero del taller, los observa e intercambia opiniones con Mooney, el capataz. Un día, Lena Grove aparece en el aserradero cuando Byron cargaba pilas de tablas, inquiere por un tal Lucas Burch, pero quien le responde es Byron Bunch, entonces ella cree que se trata solo de una pequeña confusión de letras al pronunciar el apellido, pues hasta ese momento no había podido observar bien el rostro del muchacho. Al final del breve diálogo que sostienen, se desliza la posibilidad de que Joe Brown pueda ser Lucas Burch. Byron siente que ha hablado demasiado.
     Hightower es un reverendo que vivía con la obsesión del día en que su abuelo murió sobre su caballo al galope. Tiene una mujer cuya conducta extraña es motivo de comentarios en el pueblo. Ella muere en Menphis, en azarosas circunstancias en las que no se logra establecer si fue asesinada o se suicidó. Es hallada en una situación escabrosa y el pastor es obligado a dimitir de su iglesia. Él se niega al principio, pero luego tiene que rendirse ante la fuerza de la realidad. Byron relata a Hightower el episodio del incendio de la casa de la señorita Burden, quien es hallada con la cabeza casi seccionada en el segundo piso, por un campesino que acertaba a pasar por allí. Los sospechosos, dos hombres que vivían en la cabaña contigua a la casa, desaparecen. Se trata de dos conocidos nuestros: Christmas y Brown. Éste reaparece al cabo de un tiempo y ofrece colaborar con el sheriff. Al perecer, Christmas mantenía una relación de tres años con Joanna Burden, y ahora le ha prendido fuego a la casa, huyendo en seguida y manteniéndose en la clandestinidad.
     El narrador nos presenta a Christmas y sus extraños movimientos en la casa, instantes previos a la gran conmoción. Luego, en un salto temporal, asistimos a un episodio entre un niño de 5 años y la encargada del refectorio de 25. Es un hecho banal, pero revelador. El portero secuestra al niño, que no es otro que Christmas, porque es negro. Se sabe, además, que fue dado en adopción, a esa edad, a un tal McEachern, un tipo rudo, vigoroso y cruel, un “hombre inflexible, que ignoraba la piedad y la duda”.
     Sigue abriéndose el abanico de los espacios narrativos. Joe Christmas conoce a Bobbie, una camarera que encuentra en la taberna de la ciudad adonde McEachern lo lleva para una diligencia con su abogado. Comienza a salir con ella y la hace su mujer. Para salir de la casa de McEachern debe descolgarse de una cuerda por la que baja y sale al encuentro de Bobbie. Un día, McEachern descubre que Joe ha salido y va en su búsqueda. Lo encuentra, casi por instinto, en el local de una escuela donde había una fiesta; se abre paso por entre las parejas que bailan y, cuando llega al centro del salón, encuentra a Joe bailando con Bobbie. La emprende contra ella, llamándola ramera y ordenándole que se largue. Joe sale en defensa de su novia y con una silla asesta un golpe en la cabeza a McEachern, que cae inconsciente al suelo.
     Bobbie sube a un coche y se va. Joe va a casa de Bobbie y se encuentra con Max, Mame y un hombre desconocido. Se suscita un entredicho y Joe es golpeado y dejado inerte en la casa abandonada. Lentamente vuelve en sí y sale de ella para recorrer una calle de 15 años, larga e interminable, que los llevará a la mansión de la señorita Burden, adonde llega hambriento en busca de alimento. Ha encajado otra pieza del puzle narrativo del maestro.
     La señorita Burden le cuenta a Christmas la historia de su familia. Su hermano y su abuelo, ambos llamados Calvin, fueron asesinados por un tal coronel Sartoris. Ella comienza a ejercer una poderosa atracción fatal sobre Christmas, quien piensa varias veces que debería irse. Una corriente de furor físico los arrastraba por las noches para recalar en mañanas apacibles y azoradas. La relación es enigmática y absurda a la vez, y sólo podría concluir en el alevoso crimen que comete Christmas. La noche de los hechos, éste huye con el arma, que lleva sin darse cuenta.
     El incendio en la casa de Joanna Burden es el foco de atracción de todo el pueblo. Llegan el sheriff, un ayudante y numerosos curiosos al escuchar el testimonio de un campesino que pasaba por allí y se encontró con una macabra escena al interior de la mansión. El cuerpo ensangrentado de la víctima en medio de lenguas de fuego que devoraban todo lo que hallaban a su paso.
     Mientras tanto, Byron Bunch, en contra del parecer de Hightower, lleva a Lena Grove a vivir a la cabaña que fue de Christmas y Brown. El sheriff comprueba que una muchacha vive en la cabaña que antes ocuparon los dos inculpados del crimen de la señorita Burden. Por su parte, Christmas sigue su huída sin noción alguna de tiempo y lugar, hasta que llega a Mottstown, en la carreta de un negro que lo recoge de la carretera. En este pueblo, donde Christmas se pasea campante y sin problemas, es capturado. Simultáneamente, el narrador, nos presenta a los Hines, un matrimonio de ancianos, abuelos de Christmas. Mottstown se conmociona ante el negro blanco que mató a la señora de Jefferson. El tío Doc, cuyo nombre real es Eupheus, golpea a Christmas, luego aparece su mujer en la puerta de su casa, adonde llevan a Hines por su comportamiento violento en la plaza del pueblo.
     Byron revela a Hightower que Eupheus y su mujer son los abuelos de Christmas, quien es hijo de Milly, la hija de ambos. Doc Hines mata al padre del hijo de Milly por estar señalado con la negra maldición de Dios, a pesar de que ella le dice que es mexicano. Milly muere al dar a luz a Christmas. La mujer de Doc le dice a Hightower: “Pero usted tiene suerte. Un soltero. Un hombre solo que ha podido envejecer sin llegar a conocer la desesperación de amar”. Una bella frase, sin duda. En este encuentro es que la mujer pide la ayuda del reverendo para ver a su nieto, a quien no ha visto en más de treinta años. Byron traduce que lo que verdaderamente quieren es que Hightower testimonie a favor de Christmas, diciendo que la noche del crimen, y muchas otras en que Brown decía que Christmas iba a la casa grande, éste se encontraba en la casa del reverendo. Hightower se niega y los expulsa de su casa.
     Nace el hijo de Lena. Byron llama a Hightower y va en busca de un médico. Reflexiona el reverendo ante un gesto dudoso de Byron: “Esto no es digno de Byron. Pero ocurre a menudo que nuestras acciones no parecen ser dignas de nosotros. Ni nosotros dignos de nuestras acciones.” Byron le ha pedido a Lena que se case con él, y ella le ha dicho que no. El reverendo visita a Lena, ella le cuenta que Byron ha prometido llevarle a Lucas Burch; pero luego se enteran de que Byron se ha marchado, dejando el aserradero donde trabajaba.
     Byron llega a Jefferson, donde el gran jurado juzga a Christmas. Luego va a su pensión y encuentra que la señora Beard ha guardado todas sus pertenencias en una maleta. Busca al sheriff para pedirle que envíe a Brown o Burch con un agente a la cabaña donde está Lena. Escondido entre unos arbustos, ve a Brown entrar a la cabaña, sube a su mula y se va sin mirar atrás. Llega a la colina y vuelve la mirada, ve la cabaña y un hombre que corre por detrás de ella, mientras el agente espera en la puerta principal. Brown salta por la ventana luego de hablar con Lena y huye, corre varias millas y se encuentra en medio de cabañas de negros. Pide un favor a una negra, que alguien le lleve un recado al sheriff. Aparece un negrito, a quien le pide llevar un papel para Watt Kennedy, el sheriff. El negrito parte y a seiscientos metros se encuentra con Byron, a quien da detalles del paradero de Brown. Lo encuentra entre unos matorrales y traban pelea; Byron queda sangrante y Brown desaparece. Un tren pita a la distancia, y cuando pasa delante de Byron, éste ve que Brown trepa a un vagón. Luego pasa una carreta y el hombre que va en ella le comunica que en la ciudad han ejecutado a Christmas.
     Christmas huye en el momento en que es llevado para su ejecución. Corre a refugiarse en casa del pastor Hightower. Un capitán de la Guardia Nacional, Percy Grimm, de 25 años, forma un pelotón con miembros de la Legión. Él es el que persigue al fugitivo hasta divisarlo ingresando a la casa del reverendo. Aparta al viejo en el vestíbulo, llega a la cocina donde se esconde Christmas detrás de una mesa a modo de parapeto. Le dispara los cinco tiros de su automática y lo remata con un cuchillo de carnicero profiriendo una lapidaria racista: “Ahora dejarás a las mujeres blancas en paz, incluso en el infierno.”
     Hay una maravillosa descripción plástica del atardecer: “La luz cobriza acaba de extinguirse; el mundo flota en una espera verde, semejante, en color y en textura, a la luz filtrada por un cristal polícromo.” Es una de esas pinceladas poéticas que son frecuentes en la novela. A continuación, Hightower rememora sus fantasmas: su padre, su madre y su criada negra. Es una larga disquisición que hace el pastor de su pasado.
     En el capítulo final, un hombre cuenta a su mujer cómo recogió en su camión a Lena Grove y Byron Bunch, con el niño de ella en brazos, en una carretera que los llevaría a Tennessee. De esta manera se ha colocado la última pieza del complejo y asombroso rompecabezas que es esta espléndida novela.
     A la luz del atardecer de este frío invierno, con los destellos de agosto parafraseando el título de la novela de Faulkner, concluyo esta singular lectura que será, estoy seguro, una de las más importantes de este año y una de las más memorables de mi vida. Una auténtica obra maestra, labrada por el genio insuperable del profundo sur.

Lima, 4 de agosto de 2012.
      

sábado, 28 de julio de 2012

Edgardo Rivera Martínez: el jaujino universal


En el marco de la 17° Feria Internacional del Libro que se desarrolla en Lima, la Cámara Peruana del Libro ha tomado la justísima decisión de homenajear a uno de los escritores vivos más importantes del Perú contemporáneo. Se trata de un merecido reconocimiento a la figura y la obra de Edgardo Rivera Martínez, poeta y narrador nacido en Jauja, tierra aureolada por un nombre de claras resonancias legendarias y utópicas.
     Una mesa conformada por reconocidos investigadores y estudiosos de nuestra literatura, donde destacaba la presencia del poeta Marco Martos, presidente actual de la Academia Peruana de la Lengua, se ha expresado en términos elogiosos y afectivos de la trayectoria y el significado de la obra narrativa, signada por intensos trazos líricos, del novelista jaujino.
Un Edgardo al borde de los ochenta años, ha leído un texto de agradecimiento ante un público respetuoso y ávido por escuchar la voz y los silencios del entrañable maestro.
     Luego han seguido los abrazos y las palabras de saludo y felicitación de parte del numeroso público que asistió al Auditorio César Vallejo la noche del miércoles 26. Algunos de los representantes de las generaciones literarias más recientes han estado presentes en el homenaje, tributando su discreto y cálido fervor a una de las voces más notables de nuestras letras nacionales.
     La primera vez que supe de la existencia de Rivera Martínez se remonta al año 1978, cuando cursaba el segundo año de secundaria, en el mismo colegio en que estudió Edgardo: el centenario y glorioso “San José” de Jauja. La maestra de literatura nos mandó a leer uno de los libros del escritor; se trataba de Azurita, un enigmático volumen de cuentos que nos sorprendió por su temática y por su prosa. Sin embargo, era muy poco lo que se decía y hablaba de él en el medio académico de la provincia, aun en los pasillos escolares su nombre todavía no convocaba esa admiración que con los años ha ido adquiriendo.
     Yo lo veía caminar, en algunas ocasiones, por las calles de la ciudad con su paso raudo, su espesa barba de artista, su gorra característica y su multicolor bolsita artesanal. Casi pasaba desapercibido entre sus propios paisanos, pero a mí me dejaba intrigado el personaje heterogéneo y excepcional que ya era, preguntándome quién era ese señor tan distinto y extraño que se deslizaba entre la gente como obedeciendo al dictado de su propio mundo interior, con la mirada fija en un horizonte predeterminado de antemano. Tiempo después sabría que se trataba del escritor no sólo más importante de mi provincia, sino de la región y del país.
     Sería en los años 90 que tuve la portentosa ocasión de leer sus novelas emblemáticas, donde destaca nítidamente País de Jauja, obra sobre la cual se ha dicho mucho pero que quizás se ha leído menos, sobre todo entre sus coterráneos, quienes nos sentimos indudablemente orgullosos de tenerlo como paisano, mas deberíamos hacer justicia a ese sentimiento conociendo primero la obra de quien representa lo mejor del espíritu y el alma de una histórica ciudad como Jauja.
     Su contacto con la cultura universal, acentuada a través de sus diversos viajes por el Viejo Mundo, ha asentado en su obra ese diálogo fecundo que mantiene Occidente con el mundo andino, como cuando los mitos griegos establecen un contrapunto con los mitos del ande, o cuando la llamada música clásica alterna maravillosamente con los sones tiernos de nuestra música popular, un encuentro que se resuelve en un juego de espejos enriquecedor, de dos culturas que se miran y logran armonizarse en la prosa feliz de Rivera Martínez.
     Me ha conmovido saludar nuevamente a Edgardo después de algunos años, testimoniarle la rendida admiración y agradecimiento que experimentamos quienes apreciamos el auténtico valor de su legado, esa suma de elementos culturales que han hecho del nombre de Jauja un valor único en el concierto de las tierras míticas que los grandes creadores han forjado a lo largo del tiempo. El espacio novelesco que sirve de escenario a sus ficciones, es el querido terruño que los jaujinos compartimos en un destino que nos hermana y nos trasciende.

Lima, 28 de julio de 2012.
     

domingo, 22 de julio de 2012

El caballero oscuro de la muerte


     Otro caso de comportamiento sociopático estremece a la sociedad estadounidense. Un estudiante de neurociencias, disfrazado de antihéroe de cómic, irrumpe violentamente en una sala de cine y ataca con armas de fuego a una masa aterrorizada de espectadores que primero creían que se trataba de un espectáculo a propósito del estreno de la última película de la serie de superhéroes Batman, pero cuando vieron que las balas eran reales y que no se trataba de ningún juego inocente, muchos trataron de protegerse debajo de sus asientos, otros huían despavoridos, cuando han sido alcanzados por los proyectiles, dejando un reguero de 12 muertos y cerca de medio centenar de heridos, más una multitud presa del pánico y sorprendida por esa conducta intempestiva.
     Su nombre es James Holmes y ya ha sido identificado por la policía como el responsable de esta matanza en Denver (Colorado), que no es el primero por cierto, pues según las estadísticas, en veinte años se han cometido 24 actos similares a éste en el país más desarrollado del planeta. Todos los testimonios coinciden que se trata de un estudiante sobresaliente y solitario, que hacía un doctorado en la Universidad de California, que demostraba ser tímido y algo extraño. Había dejado los cursos del doctorado recientemente, y aprovechando la ocasión de la primera exhibición de un filme que le prestaba la oportunidad de actuar como un personaje de ficción, ha perpetrado este horrendo crimen y luego ha salido tranquilamente a la zona de aparcamiento donde ha sido arrestado por los agentes del orden.
     Tal pareciera que, con una regularidad cíclica, alguna ciudad de los Estados Unidos tiene que ser el escenario de un baño de sangre de estas características, cometida por algún joven desquiciado que, espoleado por  múltiples factores que desconocemos, se lanza al acto criminal de atacar sin causa aparente, disparando a diestra y siniestra sus modernas armas que ha podido adquirir legalmente en el único país que lo permite laxamente, y que posee una anacrónica y perversamente ridícula institución denominada Asociación Nacional del Rifle (NRA), una especie de club de cretinos y granujas voluntarios que tienen la delicada ocurrencia de recomendar a sus adeptos fines de semana fabulosos donde salir a disparar.
     También es el país que vende hasta el hartazgo la estúpida creencia en el poder de la fuerza, basado en el inmejorable ejemplo de sus fuerzas armadas que andan cometiendo tropelía y media en diversos rincones del orbe. Una sociedad enferma, que enaltece los valores dudosos del consumo y de la imposición del más fuerte, que alberga una de las industrias bélicas más lucrativas de este mundo, que ha hecho de la conquista y del sometimiento verdaderas políticas de estado, no puede producir sino especímenes traspasados por dosis peligrosas de instintos tanáticos.
     Infelizmente, no será quizás el último incidente de este tipo. Una nación es a veces un cuerpo social que engendra en su propio seno las semillas de su propia destrucción; es un organismo que cría los gérmenes de su lenta y gradual descomposición. Cuanto mayor es la riqueza material, muchas veces se descuida la salud espiritual de un pueblo, sus valores éticos y morales; pues curiosamente es en las sociedades opulentas, donde se ve con más asiduidad  la ocurrencia de fenómenos como el de Denver.
     Solo una labor de cura social a largo plazo, donde se reviertan los falsos valores vigentes en los países llamados desarrollados, con políticas pacientes y efectivas de tratamiento directo al tejido humano de su colectividad, hará posible tal vez que se eviten en el futuro sucesos como el presente, o que por lo menos se reduzcan al mínimo.

Lima, 22 de julio de 2012.       

domingo, 15 de julio de 2012

El ogro filantrópico


     Todo hace presumir que el paquidérmico Partido Revolucionario Institucional (PRI), que ya estuvo en el poder por el larguísimo periodo de 71 años, vuelve a tomar las riendas oficiales del estado mexicano, de la mano de su joven candidato Enrique Peña Nieto, mezcla de bon vivant y de yuppie latinoamericano, en un país sumido en el clima de violencia más feroz de los últimos tiempos.
     Las elecciones del domingo 1 de julio le han franqueado formalmente las puertas del Palacio de los Pinos, la sede del gobierno federal, en un triunfo que aún está envuelto en medio de una espesa niebla de acusaciones y denuncias, de lo que aparentemente se trataría del mayor fraude en la historia de los comicios electorales del país de Benito Juárez y Sor Juana Inés de la Cruz, de Agustín Lara y Diego Rivera, de Octavio Paz y Silvestre Revueltas.
     El candidato perdedor, el ya legendario Andrés Manuel López Obrador, más conocido simplemente como AMLO, ha decidido esperar los resultados oficiales, pero también está dispuesto a recurrir a todas las instancias jurisdiccionales para impedir que una vez más un hecho a todas luces ilícito y tramposo termine en calidad de hecho consumado.
     Según todas las denuncias que obran en poder del Instituto Federal Electoral (IFE), se habría comprado alrededor de 5 millones de votos, así como orquestado una perfecta maquinaria de propaganda e inducción al voto bajo presión, con la anuencia en algunos casos y la abierta complicidad en otros de muchas autoridades políticas que sobreviven del largo reinado priísta y de los medios de comunicación al servicio del sistema.
     El asunto es grave, tal vez en un grado mayor al que se presentó en las pasadas elecciones del año 2006, cuando el actual presidente y líder del centrista Partido de Avanzada Nacional (PAN), Felipe Calderón, obtuvo la victoria por una ínfima diferencia de sufragios, y en medio también de serios cuestionamientos de los partidos de la oposición, especialmente de aquellas que planteó AMLO, candidato derrotado, y su Partido de la Revolución Democrática (PRD), pero que nunca fueron evaluadas justa y adecuadamente y terminó imponiéndose al candidato del PAN como flamante presidente.
     Hay quienes han señalado con cierta mala fe y algo de ironía que AMLO es en realidad un mal perdedor, como lo ha afirmado sin tapujos, en reciente editorial, un prestigioso diario español. La verdad es que no sé cómo alguien puede allanarse a aceptar un resultado de lo que sea, cuando las evidencias arrojan sobre el mismo dudosas sombras, por decir lo menos. Nadie con un mínimo sentido de la ética y de la justicia, puede resignarse a que el embauque y la mentira, la estafa y el robo se instalen como conductas cívicas normales en cualquier país civilizado.
     Estamos pues ante la inminente vuelta del ogro filantrópico, como calificara Octavio Paz al poder en manos del PRI, con su negra secuela de corruptela y clientelaje, de arribismo y cerrada partidocracia. Pues a pesar de que todos sus miembros, empezando por el mismo Peña Nieto, han prometido que el nuevo régimen no será una vuelta al pasado, y que el casi centenario partido de la Revolución Mexicana se ha modernizado a la altura de los nuevos tiempos, existe el fundado temor en buena parte de la sociedad mexicana de que las viejas prácticas institucionales vuelvan a regir en el país.
     México vive probablemente su hora más crucial, cercado por la guerra del narco y con una carga ominosa de 50 000 muertos,  producto de ese absurdo y fratricida derramamiento de sangre que ha llevado al gobierno de Felipe Calderón a la derrota más estrepitosa. Ante ello, la propuesta de legalizar el comercio de la droga, lanzada por un grupo de voces lúcidas del continente, se abre paso a contrapelo de las medrosas posturas de algunos y del escándalo fingido de otros. Lo demuestra el reciente caso del Uruguay, cuyo gobierno acaba de aprobar un proyecto de ley en ese sentido.
     Es, por tanto, el momento de las definiciones. México tiene que salir de este atolladero político y social con inteligencia y firmeza, honestamente y libre de prejuicios, virtudes que han caracterizado a sus hijos más preclaros. Resolver con justicia un caso de flagrante delito y enfrentar un problema de enormes dimensiones; esa es la tarea pendiente en el corto y mediano plazo.

Lima, 15 de julio de 2012.   

sábado, 7 de julio de 2012

William Faulkner: el granjero que escribe


     A medio siglo de la muerte de uno de los más grandes escritores del siglo XX, su vida y su obra siguen siendo materia de estudios y discusiones, de análisis e investigaciones, lo cual no hace sino demostrar la fuerza de su presencia literaria y la influencia de su mundo narrativo en la literatura contemporánea. Cuando el 6 de julio de 1962 expiraba la apacible existencia del formidable demiurgo del Mississippi, su leyenda empezaba a crecer como el interés y la importancia de su legado.
     Se puede rastrear el influjo faulkneriano en las sagas novelescas de varios escritores latinoamericanos, como Gabriel García Márquez y Juan Carlos Onetti, así como en la capacidad fabuladora de otros como Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo y Carlos Fuentes. Pero sobre esto ya han abundado los críticos, y han corrido ríos de tinta en las reseñas, comentarios y conmemoraciones a propósito de estos cincuenta años sin William Faulkner.
     También se han recordado las anécdotas y curiosidades literarias a que dio lugar el hecho paradójico de que un hombre nacido en algún villorrio del sur de los Estados Unidos, que amaba el campo y sus caballos, se haya convertido en el máximo creador de las letras norteamericanas del siglo XX y en uno de los más geniales novelistas de todos los tiempos.
     Si Jorge Luis Borges se permitió ironizar alguna vez sobre el talento y el talante literarios de Faulkner, señalando su extrañeza por lo mucho que sabía este granjero sureño, no menos cierto es que tras sus declaraciones de que lo único que necesitaba en esta vida era un lápiz, papel, tabaco y un poco de whisky, se escondía la clave de esa energía arrolladora que produjo en relativo corto tiempo una cantidad de novelas, relatos y cuentos de una calidad y solidez sorprendentes.
      Sus copiosas lecturas de los clásicos, entre los cuales se pueden mencionar a Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Flaubert, la Biblia y un largo etcétera, suplieron con creces la casi carencia de formación escolar que padeció en sus años juveniles. Y a pesar de que muchos de sus críticos han señalado la oscuridad y complejidad de su prosa, ésta se yergue límpida como una de las más logradas y revolucionarias de nuestro tiempo, modelo indiscutible de sus aprovechados discípulos en todos los rincones del continente.
     Otro hecho notable es que este hombre, que alcanzara las cimas de la gloria cuando en 1949 la Academia Sueca le concediera el Premio Nobel de Literatura, se haya declarado siempre como un simple vagabundo. Dijo en alguna entrevista: “Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo”. Por lo demás, su discurso de recepción del premio es uno de los más bellos y concisos en la historia del galardón.
     Con mucho esfuerzo y algo de desafío, yo había leído en mis años universitarios algunas obras de Faulkner, como El sonido y la furia y Sartoris, y durante más de veinte años, algunas de sus novelas me han aguardado en los anaqueles de mi biblioteca, silenciosas, pacientes e incitadoras; hasta que sin pensar mucho en lo que ahora se recuerda, me decidí a retomar al viejo maestro para cumplir una deuda largamente postergada. Es así que he empezado a leer Luz de agosto, según los críticos una de sus cinco mejores novelas. Y ahora, estoy encantado y emocionado al reencontrarme con Faulkner después de tanto tiempo. Siento que algo asombroso y maravilloso ha irrumpido en mi rupestre cotidianidad, y he sido tocado por la magia y el hechizo del hacedor de Yoknapatawpha.
     Cuando termine, habrá un comentario en estas mismas páginas, y a la par me lanzaré a la caza de dos de sus novelas -de las cinco mencionadas- que no poseo: ¡Absalón, Absalón! y Las Palmeras salvajes. Sé que la traducción de esta última la hizo Borges, nada menos, y quizás, como Vargas Llosa, me decida finalmente a aprender inglés para leer al maestro en el original.

Lima, 7 de julio de 2012.