lunes, 18 de febrero de 2013

Una insólita renuncia


     El anuncio de la dimisión del Papa Benedicto XVI al pontificado, ha remecido al mundo cristiano en general y a las altas esferas de la curia romana en particular. Nadie esperaba un desenlace de esta magnitud, a pesar de que ya desde el año pasado algunas personas muy cercanas al Obispo de Roma podían predecir este final, cuando Joseph Ratzinger descubrió –nos imaginamos entre indignado y lleno de espanto-, el robo de un volumen importante de documentos secretos del Vaticano, un hecho que la prensa europea bautizó como los Vatileaks.
     El quinto caso de renuncia de un Papa en toda la historia de la Iglesia Católica, nos ha sido dado presenciar a los hombres de este tiempo, pues hacía cerca de 600 años que no ocurría algo parecido, lo cual puede darnos un indicio de la crisis insuperable que vive una de las instituciones más importantes de Occidente. Al parecer, dos serían los factores determinantes para que el teólogo alemán haya tomado una decisión de este calibre.
     Para nadie es un secreto que desde hace un buen tiempo la Iglesia Católica enfrenta un serio problema ante los miles de casos de acusaciones de pederastia que recaen sobre muchos sacerdotes en diversos países del mundo, muchos de ellos contra altos representantes de la jerarquía eclesiástica. La política de encubrimiento que ejerció oficialmente la Iglesia, especialmente durante el pontificado de Juan Pablo II; el sistemático silenciamiento de delitos nefandos cometidos por integrantes del clero contra niños, mujeres y hombres en distintas regiones del orbe, han dado paso a una bochornosa impunidad que el Papa renunciante ha querido corregir sin resultados.
     El caso escabroso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, un vasto criminal cuyo prontuario ha sido profusamente documentado por la periodista Carmen Aristegui en su libro Marcial Maciel. Historia de un criminal, nos da una idea de los límites de depravación a los que es capaz de llegar un miembro del clero, aupado por la Santa Sede durante mucho tiempo y muerto en la total impunidad. La complicidad de la Iglesia ante estos delitos y trapacerías de sus miembros no puede ser más evidente.
     Cuando en marzo del año pasado se denunció la desaparición de valiosos documentos secretos de la mismísima oficina papal, prosiguiéndose con la detención y acusación de Paolo Gabriele -su secretario privado- como autor del delito, terminándose con la condena y posterior perdón del Papa, éste ya habría decidido el camino a seguir, según lo ha confesado su propio hermano, el también sacerdote Georg Ratzinger, en una entrevista a un medio de prensa español.
     A esto habría que añadir la presencia inquietante en los pasillos del poder vaticano de influyentes congregaciones ultramontanas que se han disputado espacios de poder como las hienas se disputan trozos de carroña; grupos ortodoxos y conservadores que han tomado las riendas de la Iglesia a través de sus poderosas injerencias, trabándose en sorda lucha ante la mirada impávida de un intelectual y hombre de pensamiento como Ratzinger, incapaz de poder enfrentar esos tira y aflojes de una institución en franca decadencia.
     No deja de ser curioso que una institución que naciera con humildes pero sólidos principios morales, proponiendo rigurosos valores éticos a sus seguidores, se haya trocado a la vuelta de los siglos en poco menos que una olla de grillos, padeciendo en su seno abiertas luchas intestinas, intrigas mal disimuladas y una atmósfera enrarecida de donde mana el pútrido olor de la corrupción. El sendero transitado en dos mil años de vigencia no puede ser más decepcionante. La religión que nació literalmente en un pesebre, termina convertida en un suntuoso templo recubierto por el oro rancio de la ambición y la podre.
     No debe olvidarse tampoco el inicuo papel que le cupo realizar a Joseph Ratzinger cuando desempeñaba el cargo de Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el pomposo y barroco nombre que pretendió hacer olvidar a la nefasta Santa Inquisición o Santo Oficio, la antesala del infierno en los siglos precedentes. Concretamente, la condena al silencio de un grupo de sacerdotes creadores de la teología de la liberación –una corriente progresista al interior de la Iglesia-, entre los que se contaban los nombres de notables teólogos como el brasileño Leonardo Boff, el peruano Gustavo Gutiérrez y el español Juan José Tamayo. Una lamentable puesta en escena de la intolerancia, la intransigencia y el dogmatismo más vertical.
     Se retirará, pues, Joseph Ratzinger a un convento cerca del Vaticano, a pasar el resto de los años que le quedan, probablemente dedicado a la oración, al estudio y a la escritura. Su abdicación del trono de Pedro marcará sin duda un hito fundamental en el sinuoso historial de la Iglesia Católica, signada por una crisis profunda que sólo podrá revertir si vuelve por la senda señalada por su fundador, algo verdaderamente prometeico a estas alturas de las cosas. En fin, la renovación o la reforma de sus viejas estructuras debe pasar por un aggiornamiento -como se dice- de muchas de sus posturas ante los problemas de nuestro tiempo, cuestiones que realmente la están dejando en el pasado, en ese oscurantismo donde parece resignada a vivir.

Lima, 18 de febrero de 2013.
     

martes, 12 de febrero de 2013

Cuentos del dragón amarillo


     El prodigioso azar puso en mis manos un maravilloso libro de Guillermo Dañino: 20 cuentos chinos y un dragón  amarillo (Alfaguara, 2004), texto breve que he disfrutado en sucesivos e intensos días de pleno gozo y sabiduría. Su autor es un reconocido sinólogo peruano que ha vivido durante muchos años en la China, donde ha realizado diversas actividades que han nutrido su conocimiento y su experiencia de esa milenaria cultura.
     Los relatos que integran la colección están escritos a manera de parábolas o fábulas, con un fin eminentemente aleccionador, mas ello no impide que se puedan leer también como sabrosas historias de gran contenido literario y poético que enriquecen el espíritu. Los cuentos más logrados, según mi parecer  -y por supuesto los que más han sido de mi gusto-, son “El hombre superior”, “El tonel mágico” y “Afanti”. Todos ellos resuman esa vieja y ancestral sabiduría de una de las civilizaciones más singulares de la humanidad.  
     Conocí a Guillermo Dañino en ocasión de que brindaba una conferencia sobre la cultura china en la sede del Instituto José de la Riva Agüero de la PUCP, en el año 2008 aproximadamente, cita a la que acudí ansioso por escuchar de viva voz al gran difusor de los poemas, los proverbios y la inmensa cultura del país amarillo. Como era previsible, fue una extraordinaria jornada en la que nuestro autor compartió con sus impávidos oyentes toda su experiencia en esas lejanas tierras.
     Contó anécdotas divertidísimas, como aquella de cuando actuó de embajador norteamericano en una película china, así como incidentes cotidianos que vivió durante su larga estadía en el oriente. Pero hacían ya varios años que sabía de la existencia de Guillermo Dañino por un programa radial en el que disertaba sobre su tema preferido, donde, entre otras cosas, mencionaba su precioso libro de proverbios chinos de reciente publicación, titulado La abeja diligente.
     Explicaba al auditorio la trascendencia moral del pensamiento filosófico de Confucio, cuyas enseñanzas y principios poseen todavía una plena vigencia en la China de estos tiempos. Y justamente es el gran filósofo y pensador chino el que aparece como personaje de numerosos cuentos del libro que comento, en una demostración cabal del gran influjo religioso y ético que ha ejercido el sabio chino en su sociedad a lo largo del tiempo.
     El ingenio, la agudeza y la gracia están presentes en este manojo de cuentos que según el autor le fueron revelados por un dragón amarillo, situación ya de por sí fantástica que nos desvela la naturaleza lúdica y mágica de las historias. Sucesos que ocurren en algún rincón del extenso territorio del Imperio, descubren ocasiones propicias para la enseñanza y el aprendizaje de la vida.
     Como muestra mencionaré el cuento “Afanti”, una serie de relatos cortos que tienen como protagonista a un viejito de turbante y larga barba blanca, que montado en su asno recorre la región de Xing Giang y es muy conocido por los uigures. En uno de esos relatos Afanti se encuentra con un mendigo que le pide ayuda, pues un rico abusivo le quiere cobrar simplemente por oler el aroma de los platillos que vende en su restaurante. Afanti le dice que no se preocupe, que él va a pagar esa deuda. El día que el mendigo es citado por el juez acude con Afanti, quien se presenta como su hermano y reitera ante el juez que asumirá la deuda que aquel supuestamente ha contraído con el rico. Enseguida saca una bolsa con monedas y se acerca donde el rico, la agita en el oído de éste y le dice que la deuda ha sido cancelada. Antes de que el rico reclame, Afanti razona que así como él pretende cobrarle a su hermano por el aroma de la comida de su restaurante, por qué no puede aceptar que éste le pague con el sonido de las monedas de la bolsa. “Estamos a mano”, concluye Afanti. Brillante conclusión de un razonamiento perfecto.
     De este jaez son los demás cuentos del volumen, fascinantes, sorprendentes, luminosos. Es una suerte encontrarse cada tanto con un dragón amarillo para oír hermosos y sabios relatos sobre la vida de los hombres, sobre los arduos laberintos que entre ellos se entretejen, y la manera tan ingeniosa y contundente de encontrarles una solución.

Lima, 10 de febrero de 2013.   

lunes, 4 de febrero de 2013

El antiprofesor


Siempre me ha tocado nadar contra la corriente, no por el simple hecho de dar la contra, como se suele decir comúnmente, sino porque mi propia naturaleza, la contextura total de mi ser, está hecha de una materia extraña y misteriosa que me hace ser muchas veces no como se espera que sea, sino como nunca se ha visto que alguien proceda en las más diversas circunstancias de la vida.
     Por ello, cuando decidí ejercer la labor docente, en primer lugar por una razón de necesidad estrictamente material, convocado por algún familiar generoso que quiso amparar las urgencias económicas del joven universitario que por entonces yo era; y en segundo lugar por una evidente inclinación espiritual que quizá ya venía inscrito en mis genes, sabía igualmente que no podría ser de otra manera que la que llevara la contraria a lo convencionalmente establecido. Mis padres habían sido maestros, muchos tíos de varias generaciones también habían abrazado esta noble y vapuleada profesión, por lo tanto era perfectamente posible que yo sintiera natural el ejercicio de la enseñanza.
     Si bien es cierto nunca cursé estudios formales de pedagogía, pues mis pasos universitarios estuvieron encaminados más bien al derecho y las ciencias políticas, sentía que la enseñanza no me era ajena, pues sabía que a mis juveniles veinticuatro años, había adquirido una frondosa e inusual cantidad de conocimientos, poco comunes entre los jóvenes de mi generación, y que tenía una particular predisposición a querer transmitirlos.
Ahora, la cuestión era también saber transmitirlos, y en ello parece que tuve como guía único e insuperable ese fervor intelectual del cual siempre me he sentido poseído.
     He cometido muchos errores, e incurrido en numerosas equivocaciones, sin duda, pero creo tener el temple y el temperamento de alguien dotado para la transmisión de los saberes. Sin embargo, ese don o cualidad  no ha podido nunca ser sometido a los rígidos y cuadriculados parámetros en los que se mueve la educación formal. Es por ello que recién ahora convengo en la precisión y el rigor de calificar mis acciones en esta área como las propias de un insólito y auténtico antiprofesor.
     Detesto las ceremonias oficiales, sobre todo aquellas que tienen por inicio la interpretación de himnos, la repetición de oraciones u otro ritual de parecido jaez; por tanto es fácilmente previsible que no pueda encajar en lo que exige el desenvolvimiento lógico de una labor docente. Abomino igualmente de las formaciones escolares, esos insufribles trasiegos con los alumnos para que se ordenen como si fueran una tropa, y mucho más aún me llenan de espanto las voces de mando de cada profesor fungiendo de comandante de regimiento o de sargento de pelotón.
     Y en el aula, no puedo evitar una sonrisa de conmiseración cuando escucho la dicción engolada y el acento marcadamente pedagógico del maestro frente a sus alumnos. Me escarapela el alma la arenga llena de moralina y el didactismo involuntariamente inocentón con que los profesores y profesoras, especialmente cuando ejercen algún cargo directivo, cargan sus discursos de sentencias efectistas y sus intervenciones de ribetes prosaicos.
     De igual manera, me resultan insoportables las llamadas reuniones de coordinación, las muy publicitadas jornadas de capacitación y demás menjunjes académico-pedagógicos que se han inventado para la distracción del tedio y para dejar de hacer, en mi caso, cosas mucho más importantes, como son leer, pensar y escribir.
     Huyo como de la peste de las formas y las maneras, que los maestros han aprendido en las aulas de la educación superior, sobre cómo dirigirse a sus alumnos y, lo que es peor, sobre cómo iniciar una clase y cómo acabarla. Hay una larga serie de palabras y frases que pertenecen a la jerga pedagógica que me resultan sencillamente impronunciables, verbi gratia: “dinámica”, “saberes previos” y “aprendizaje significativo”.
     No me resigno a perpetuar los cánones de la educación establecida, a prolongar sus falencias y a consagrar sus desatinos. Reconozco que algunas veces me he excedido en enfrentar a un alumno canijo o a una alumna algo más que insolente. Y a pesar de que tengo fama de ser paciente, en ciertas circunstancias ha rebasado mi tolerancia la vulgaridad y la estupidez, aun sea a escala juvenil. Y así, entre bromas y veras, les he dicho a cada quien su merecido.
     Un comentario unánime en los centros donde he enseñado me ha dejado entre agradecido y perplejo: dicen alumnos y profesores con quienes he frecuentado, que soy “el más culto”, frase que como verán me puede enorgullecer, pero también me puede desafiar hasta límites inconcebibles. Lo cierto es que, dejando la modestia de lado, muy pocas veces me ha sido dado trabar conversación con algún profesor que, además de bien informado, tenga un nivel cultural más o menos acorde con lo que exigen los estándares mínimos de la educación para un profesional de este tipo.
     Esto hace, pues, que mi presencia en el aula sea una mezcla de encuentro fortuito y charla espontánea, sesión de un buen sentido del humor bien dosificado y despliegue de un saber multidisciplinario que tira por los aires los compartimentos estancos que los demás imaginan que son las materias escolares. Una especie de reflexión en voz alta sobre los temas que acucian mi curiosidad intelectual, y un parloteo entretenido sobre aspectos personales que bien puede derivar en algún escarceo de humor negro mezclado a una áspera autocrítica nada indulgente ni concesiva.
     En una palabra, una excéntrica manera de abordar un ejercicio que puede ir, según sea el caso, del aburrimiento más letal, a la más lúcida y divertida forma de acceder al conocimiento y la sabiduría.

Lima, 3 de febrero de 2013.

domingo, 27 de enero de 2013

Una calavera en Mali


     La publicación de una fotografía en la que un soldado francés aparece posando frente a la cámara con una máscara que representa una calavera, ha disparado una serie de reflexiones y críticas en la prensa europea. Si tenemos en cuenta el contexto del hecho, cuando las tropas francesas se encuentran en el país africano a solicitud del gobierno de Bamako, para hacer frente a los rebeldes de tres organizaciones islámicas que prácticamente han tomado el norte de Mali, podemos entender mejor la involuntaria simbología del mismo.
     El conflicto en aquella zona del continente negro conocida como el Sahel está próximo a cumplir un año, desde el momento en que los tuareg, poblaciones trashumantes  tradicionales de la región, decidieron levantarse en contra de la opresión y la segregación que padecen desde épocas inmemoriales. A poco de iniciada la rebelión, grupos importantes de guerrilleros de procedencia musulmana se erigieron en líderes de la revuelta, tomando la iniciativa en el avance estratégico que les ha permitido controlar hasta ahora las provincias del norte de Mali, especialmente la enigmática y singular Tombuctú, ciudad símbolo del foco civilizador islámico del norte de África, declarada por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad.
     Cuando la situación se hacía insostenible para el régimen de Bamako, pues los rebeldes avanzaban incontenibles hacia el sur, es que lanza su voz de auxilio a Francia, país del que fue colonia hasta mediados del siglo pasado, quien inmediatamente oye la solicitud de ayuda y envía el primer contingente de soldados para hacer frente a la amenaza yihadista. El problema de los radicales islamistas que aspiran a constituir una nación Azawad en la región, se ve acentuada por el hecho de que pretenden aplicar la sharia o ley islámica, caracterizada por su verticalidad, dureza y fuerte contenido religioso, lo que la acerca muchas veces a una versión talionesca contemporánea.
     A pesar de que todos reconocen la trascendencia del peligro que entraña la presencia de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), del Movimiento para la Unicidad y la Yihad en África (MUYAO), y de Ansar al Din en el norte de Mali, sobre todo para la estabilidad política de la región, pero también para la propia tranquilidad europea, ningún país occidental, excepto Francia desde luego, ha decidido involucrarse directamente en el conflicto, mostrándose más bien tibios y algo distantes para acometer la solicitud maliense.
     Quizá busquen evitar que las organizaciones terroristas los mencionen constantemente de forma hostil, como hacen con Francia y España, en razón de que son estos países los que han brindado, especialmente el primero, un apoyo concreto al país africano. Es así que mientras Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania, principalmente, miran casi a un costado, la región se convierte en un polvorín que amenaza propagarse por buena parte del Sahel, dejando un reguero de destrucción, penuria y desolación en los territorios concernidos.
     Nadie piensa al parecer en la dramática secuela de los refugiados y los desplazados, poblaciones enteras afectadas por la ola de violencia que tienen que migrar a los países vecinos o que deben retirarse dolorosamente de los centros neurálgicos del conflicto. Esto que se conoce como desastre humanitario según los estándares que maneja Naciones Unidas, es una realidad en la que los hombres y las mujeres, los niños y los ancianos de las zonas en disputa, se vuelven simples objetos azotados por los vientos caprichosos del destino, convertidos en blancos inocentes de lo peor que el ser humano puede extraer de sí.
     Lo que esa calavera representa pues, en medio de la guerra, no es sino la muerte, que cual heraldo negro se anuncia siempre que los hombres buscan afanosos destruirse unos a otros para asegurarse el mejor dominio de lo que pretenden. Y a pesar de que las propias autoridades francesas han censurado la imagen y lo que representa, que está lejos del real objetivo de su presencia en Mali, el mensaje ha quedado muy bien grabado en todos quienes ven con preocupación lo que en las próximas semanas puede suceder en este nuevo cráter de la violencia en el planeta.
                                                         
Lima, 26 de enero de 2013.

sábado, 19 de enero de 2013

Lima, la horrible


La ciudad de Lima, la Ciudad de los Reyes, la descomunal capital del Perú, se apresta a celebrar sus 478 años de fundación española. Lo hace en medio de una campaña política que tiene cono objetivo la revocatoria de su alcaldesa, promovida por un grupo de sinuosos y oscuros sujetos que actúan movidos por subalternos intereses personales.
     Lo paradójico es que dicha campaña haya cundido de tal manera que todo hace presagiar que lograrán sus torvos fines el 17 de marzo próximo. A pesar de que un colectivo heterogéneo de ciudadanos honestos y decentes ha salido a defender, a pesar de todo, la gestión de la burgomaestre, las mentiras y las infamias de aquellos turbios personajillos han tenido fuerte impacto en cierta prensa que se ha prestado al juego de algunos sectores políticos y de sus impresentables voceros.
     Sin ánimo de ser aguafiestas, tampoco hay mucho que celebrar, pues la ciudad, esta inmensa urbe babilónica que crece día a día, se encamina más rápido de lo que parece a una terrible encrucijada. El desarrollo de un sinfín de conjuntos arquitectónicos, la boyante industria de la construcción en su punto más alto, no hace pronosticar precisamente un porvenir halagador, pues fácil es prever lo que ello significará en el mediano plazo en materia de servicios, convivencia y calidad de vida.
     Son múltiples los problemas que afronta esta megalópolis en su aniversario, desde el transporte, caótico, ineficiente y peligroso, hasta el de la inseguridad ciudadana, con una delincuencia que campea a sus anchas, incluso con la complicidad de la propia policía, algunos de cuyos miembros son los que integran curiosamente muchas de las bandas de asaltantes y criminales.
     La firme decisión de enfrentar el problema del comercio informal en La Parada, le ha costado justamente a la alcaldesa una tenaz oposición de sectores enquistados en el desorden y la ilegalidad, atmósfera precisa para amparar la corrupción y las actitudes mafiosas. Por ello se entiende que todos estos segmentos de la sociedad, que pretenden seguir viviendo en la mugre y en el vicio, hayan sido captados por los benditos revocadores.
     En las filas de éstos, previsiblemente, se alinea una variopinta gama de partidos políticos que, coincidentemente, poseen antecedentes de amarres, contubernios y arreglos hasta con sus propios enemigos. No es sorprendente que, además del partido del ex alcalde Castañeda -promotor directo de la campaña-, se junten en este aquelarre electoral el aprismo y el fujimorismo, dos de las fuerzas más amorales y antiéticas de los últimos tiempos en nuestro país.
     No sé cómo el electorado -por lo que se puede saber a través de las encuestas- puede ignorar estas movidas tenebrosas, y prestarse a darle su apoyo a una manga de siniestros personajes que simplemente buscan tumbarse a Susana Villarán por caprichos e inconfesables deseos subjetivos. Nada hay en la gestión de la alcaldesa que pueda justificar una medida como la que persiguen los revocadores, pues la transparencia y la honestidad han sido hasta ahora su sello.
     Están en su derecho, por supuesto, de plantear este recurso, por más que también lo hayan conseguido con ciertas triquiñuelas jurídicas; pero ello no puede significar para la ciudad paralización de obras en marcha, incertidumbre con respecto a su futuro inmediato y, sobre todo, un inútil derroche de fondos públicos, sólo por el prurito de un grupúsculo de señorones venidos a menos y sus rabietas de antipatía frente a la autoridad municipal.
     Es una pena que los revocadores, respaldados por la ignorancia y el simple instinto de rebaño de miles de ciudadanos, vayan a cumplir sus propósitos nefandos de pretender enquistarse otra vez al poder municipal para seguir haciendo de las suyas.

Lima, 17 de enero de 2013.

domingo, 13 de enero de 2013

Discusiones bizantinas


Los periodistas peruanos se han enfrascado en una verdadera discusión inútil y estéril porque el Congreso ha autorizado el viaje del Presidente Humala a Cuba, justo en los días en que el mandatario venezolano Hugo Chávez tenía que juramentar su tercer periodo de gobierno, hecho que no se ha producido, por encontrarse convaleciente de la cuarta operación a que se ha sometido en La Habana, siendo este otro motivo de polémica tanto en Venezuela como en el resto de Latinoamérica.
     Un panel radial con vistosos invitados, políticos ellos de las más diversas bancadas, y los propios periodistas de la casa, se han largado a especular las razones o sinrazones para que el Presidente Humala tenga que viajar a la isla caribeña. Cuestionan, por ejemplo, el por qué tiene que ser ahora y no, por decir, en dos semanas más o en febrero. Otro dice que en realidad va a visitar al líder llanero en su recuperación habanera, mientras que oficialmente se aducen razones de acuerdos bilaterales; un tercero habla del aval implícito que ello representa con relación a lo sucedido en Caracas a propósito de la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de postergar la juramentación del Presidente.
     Los más aventurados hablan incluso de la posibilidad de que Chávez esté muerto, ocultándose la noticia por estrictas razones políticas. Todos al unísono ponen en tela de juicio la manera cómo la justicia venezolana ha resuelto el aparente entripado jurídico de la ausencia de Chávez para jurar el cargo el 10 de enero. La interpretación que hacen de la norma constitucional es curiosamente unánime.
     Por qué no dejan de desgañitarse ante el hecho sencillo de que Humala quiere tal vez hacer coincidir el tal trámite oficial con una visita a su colega y amigo en problemas de salud. Lo digo así porque quizá el motivo de Estado no sea sino un mero pretexto, y si así fuera, por qué se rasgan las vestiduras cual fariseos aguafiestas este grupo de periodistas y políticos debatiendo de lo más serios y preocupados un asunto personal, por más que involucre razones de Estado.
     Dirán que viaja con dinero del pueblo, de nosotros los contribuyentes, y toda esa retahíla de frases demagógicas que pretende justificar su pataleta mediática, pero si siempre los presidentes han realizados viajes en su calidad de jefes de Estado por las más diversas razones. Y si en esta ocasión lo hace para acompañar a la familia de Chávez conjuntamente con otros dignatarios del continente, y si las motivaciones poseen evidentes raíces políticas, por la cercanía ideológica entre ambos o por lo que sea, por qué levantan tanta polvareda y agitan tanto el gallinero nuestros líderes de opinión, habiendo tantos temas más importantes a los que dedicarles atención en la agenda pública.
     Allí está el caso de los congresistas, por ejemplo, y su fracasado intento de incrementarse obscenamente sus ingresos. Han retrocedido avergonzados luego que la población y los líderes de opinión les han endilgado todos los calificativos que dicho acto merecía: sinvergüenzas, caraduras, comechados, abusivos, conchudos, ladronzuelos, pillos, etc. Ante tal descarga de indignación y malestar ciudadana, no les ha quedado más alternativa, con el dolor más grande de sus bolsillos, de dejar sin efecto el llamado bono de representación.
     Pensar en un mecanismo legal que impida en el futuro que los mismos congresistas puedan decidir tan campantemente sus propios emolumentos, debería ser la tarea tanto de los políticos aquellos como de los periodistas, abocados a convertirse en voceros informados de una ciudadanía casi siempre inerme ante las artimañas y jugarretas de su desprestigiada clase política.
     Esa debiera ser la principal preocupación de estos señores y señoras, y no andarse fijando en decisiones presidenciales que si bien es cierto conciernen al país en tanto actos de un jefe de Estado, dejan un margen de privacidad con respecto a las motivaciones personales y afectivas que ellas también entrañan.
                            
Lima, 12 de enero de 2013.

lunes, 7 de enero de 2013

La mancha humana


La llegada del fin de año trae aparejado todo un trastoque de rutinas y costumbres que terminan rompiendo algunas paciencias y no pocos hábitos saludables, asentados dentro de la medida de lo posible en el discurrir de la vida cotidiana. Ello sobre todo por la monopolización de la execrable cultura del consumo en la sociedad actual, como por la presencia aplastante de la masa en cada recodo y rincón de las grandes ciudades. Una verdadera avalancha de multitudes se posesiona de los espacios citadinos convirtiendo literalmente las calles y plazas de la urbe en versiones contemporáneas de los círculos dantescos del infierno.
     Es lo que me tocó experimentar en los últimos días del año que se fue a propósito de ciertos encargos que tuve que cumplir obligatoriamente. Sólo uno, sin embargo, me dio la pauta real de lo que significa en los tiempos presentes la llamada Navidad y el Año Nuevo para el mundo Occidental. Una fiesta desaforada del comercio, el ruido y los extremos en muchos aspectos de la realidad.
     Había ido a depositar una encomienda para un familiar de provincia, cuando me vi atrapado en medio de una mancha humana que ese día desbordaba de todos los poros de la ciudad, a una hora en que el calor llegaba a sus máximas cotas, y en momentos en que el gentío llegaba a sus picos más intensos de movilidad. Se desplazaba la marea humana con una pereza y lentitud de animal prehistórico, arrastrando a cada individuo por un cauce aparentemente prefijado.
     Ya no éramos libres para movernos por los lugares y los sitios del espacio público, pues desde las colas que se tenían que formar para cualquier trámite, hasta los desplazamientos para alcanzar un objetivo determinado, estaban secuestrados por la omnipresencia de ese monstruo contemporáneo que nos cerraba por todos lados el paso, que se imponía como una muralla invulnerable ante nuestros objetivos más inmediatos.
     Una vez que salí con Sebastián de la agencia de transportes, quisimos encontrar un lugar donde almorzar, pero la mancha humana nos fue dirigiendo hacia lugares inesperados; tuvimos que sortear vueltas enteras de cuadras y cuadras para acercarnos siquiera a donde hubiera algún restaurante, mas cuando lográbamos divisar alguno, no podíamos ya sorprendernos de encontrarlo tan atestado de gente que sencillamente no cabía un alfiler.
     Buscamos otro y otro, pero todos rebalsaban de gente que prácticamente tuvimos que desistir por esos lares. Propuse encaminarnos hacia zonas más despejadas, pero el camino nos salió al encuentro con más multitudes compactas que se erguían como imbatibles obstáculos a nuestra marcha. Cobijados en medio de la masa, avanzábamos como en una procesión, lenta y morosamente, llevados casi por la corriente como si fuéramos dos hojas indefensas encima de un denso oleaje.
     Librados por un momento de la opresiva marea, apretamos el paso en pos del restaurante buscado, la mancha se iba disipando en algunas calles más amplias, y en la avenida pudimos avanzar mejor. Encontramos en un mercado el último puestecito de comida disponible, cuando ya la masa humana se había retirado haciendo una tregua en su indetenible asedio.
     Recuperadas algunas fuerzas para continuar el regreso a casa, enrumbamos al paradero de ómnibus para tomar el nuestro; otra mancha humana inundaba los paraderos y abarrotaba los vehículos de transporte público. Todos pasaban atestados de pasajeros, el público subía como podía a los mínimos espacios que restaban en sus angostos pasadizos. Esperamos un largo rato para poder trepar a uno que ofrecía ciertas posibilidades de acomodo en medio del alboroto y el desorden generalizados. Pronto estuvimos entre el pelotón de pasajeros que colmaba el carro, y al cabo de largos minutos en que sufrimos su atosigante presencia, pudimos estar sanos y salvos en casa.

Lima, 6 de enero de 2013.