viernes, 14 de agosto de 2015

Macbeth o la obsesión por el poder


Entre los dramas de Shakespeare, quien ha sondeado casi todas las profundidades del alma humana, es Macbeth aquel que mejor describe y retrata, en su más cruda naturaleza, esa propensión del ser humano para hacerse con la capacidad de disponer de un modo omnímodo con los destinos y las vidas de todos a quienes considera que están por debajo de su pretendido derecho a ejercer ese ansiado poder.

     Ambientado en el reino de Escocia, nos va presentando el proceso de gradual demencia que acarrea el apetito desmesurado por poseer los hilos de la vida y de la muerte, que padece un general del rey Duncan, desencadenando una serie de crímenes al más alto nivel. En las primeras escenas las brujas convocan a Macbeth y Banquo para anunciarles sus profecías. Le anuncian al primero que será señor de Cawdor, mientras que dos nobles escoceses, Roos y Angus, llegan para confirmarles el vaticinio.

     Macbeth precipita los acontecimientos cuando en el segundo acto ordena el asesinato de Duncan. Aún con las manos manchadas de sangre, trata de ser consolado por Lady Macbeth, pero Macduff ya ha descubierto el crimen. Los hijos del rey, Malcolm y Donalbain, deciden partir, uno para Inglaterra y el otro para Irlanda. Entretanto, al mejor estilo de los homicidios en serie, se produce la muerte de Banquo, logrando salvarse su hijo Fleance, quien huye.

     Durante el banquete que celebra Macbeth con sus invitados, el espectro de Banquo aparece para interpelarlo desde el otro mundo. Macbeth delira. Lady Macbeth explica a los presentes el mal que padece su marido. Pero más que un problema de orden psiquiátrico, lo que perturba la conciencia del criminal es la culpa que sobrelleva como un fardo pesado, a la manera que siglos después llevaría otro personaje de la literatura, brotado de la imaginación de un torturado creador como Dostoievski.

     Lady Macduff dice: “Pero ahora recuerdo que estoy en este mundo terreno donde hacer el mal es loable a menudo, y hacer el bien quizá se considera como locura peligrosa”. Curiosa declaración sobre cómo se trastocan todos los valores en medio de la vorágine de la consecución del poder, y tenebrosa constatación de un lado siniestro de la condición humana. Será el prolegómeno de su propia muerte, así como la de su hijo, a manos de los esbirros enviados por Macbeth.

     Desde el exilio, Malcolm y Macduff preparan la venganza, que llegará como un vendaval para arrasar con una situación inicua que ansiaba perpetuar el rey usurpador. Con la ayuda del conde Seyward y las fuerzas a su mando, consiguen derrotar las ambiciones de la tiranía. Es en estas circunstancias que encuentra la muerte Lady Macbeth, hecho que motiva la reflexión más citada de la obra: “La vida es una sombra tan solo, que transcurre; un pobre actor que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído. Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”. En otras versiones, traducen como que la vida es una historia contada por un idiota, con mucho ruido y furia, y que no tiene sentido. Es la famosa frase que serviría para que el gran escritor estadounidense William Faulkner titule una de sus más renombradas novelas.

     Cuando en la última escena del acto final entra Macduff con la cabeza de Macbeth, respiramos tranquilos al saber que todo ha terminado, se ha restablecido en el trono a Malcolm y las cosas vuelven a la normalidad. Es el punto final de un drama que nos conmueve por la fuerza de los hechos, que nos interroga sobre los límites de la ambición humana, y que también nos reconforta porque sabemos que después de todo, la justicia se impone por sobre la barbarie humana, aunque para ello hayamos tenido que pasar por el sacrificio de vidas inocentes.

 

Lima, 27 de junio de 2015.     

Un corazón en cuarentena


Un chequeo médico me llevó nuevamente a la cola de espera de una clínica local. Una cita largamente esperada para conocer la opinión del cardiólogo sobre la marcha de este corazón asendereado, me acercó a una realidad que los mortales comunes y silvestres pasan de soslayo en sus vertiginosas existencias. Llegué minutos antes de lo que señalaba la probable hora de atención, y una nutrida concurrencia aguardaba su turno en las sillas acondicionadas en el pequeño espacio de la sala de espera.

     Lo primero que me sorprendió, aunque pensándolo bien no tenía por qué sorprenderme especialmente, fue la edad de todos los pacientes: señores y señoras que pasaban largamente los sesenta o setenta años. Yo, con mi medio siglo aún a cuestas, me sentí casi un intruso en ese selecto grupo de veteranos que acudían a preservar sus ya cansados corazones. Reculé hacia la puerta cuando comprobé que todas las butacas estaban ocupadas, quedándome de pie en el rellano dispuesto a hacer lo mismo que todos mis nuevos vecinos: esperar.

     Mas he aquí que una nueva sorpresa, más grata quizás que la anterior, despertó mi aletargado optimismo sobre la condición humana: casi todos tenían en la mano una revista o un periódico que leían con avidez, paisaje que me hizo sentir en familia, pues yo también me disponía a dedicarle los minutos o las horas que fueran a la lectura de mi semanario favorito. Pero como no todo podía ser idílico y perfecto en esta vida, una jovencita se acercó a la sala y se dispuso a quedarse, extrayendo inmediatamente de su cartera ese invariable compañero de todo joven de nuestros tiempos: su teléfono celular. Se enfrascó en su pequeña pantalla, devolviéndome al pesimismo crónico que me hace considerar esos artilugios meros apéndices banales de la vida moderna.

     Se me acerca la enfermera para preguntarme la razón por la que estoy en la lista de espera. Al decirle que he sido derivado por el médico principal que me trata, como parte de un análisis completo que ha decidido practicarme, me alcanza un papel con una orden para el departamento respectivo con el fin de que puedan sacarme un electrocardiograma. Me dirijo al consultorio señalado, toco la puerta y nadie responde. Creo que estoy en vano esperando ante una sala vacía, entonces pregunto a la mujer de la limpieza que acierta a pasar por allí si están atendiendo. Me dice que sí y vuelvo a la carga. Al rato se asoma una joven enfermera por la puerta contigua y me interpela con su mirada. Le digo a lo que voy y me dice que espere. Después de atender a una señora que iba por un inyectable, me hace pasar a su oficina y me dice que me saque el saco y la camisa. Le pregunto si me tengo que sacar también la prenda interior y me dice que no es necesario; me ordena que me eche en la camilla.

     Mientras habla por su teléfono móvil con algún familiar, a quien le pregunta si ya le han dado de desayunar a su hijo, va alistando el material pertinente para la toma requerida. Ordena que me levante el bividí para la prueba, mientras unta mi pecho, mis muñecas y tobillos con un gel verde esmeralda. Al hacerlo comenta maravillada sobre la profusión de vellos que alfombran mis esmirriados pectorales, recomendándome que para la próxima vez los afeite, pues, me explica, a veces dificultan la labor de colocar los chupones en la zona referida. Pienso para mis adentros que eso no sucederá nunca, pues espero no tener que regresar otra vez para esta prueba, o por lo menos no tan pronto. En cuestión de segundos, procede a retirarme los chupones del pecho, de las muñecas y de los tobillos, indicándome que ha terminado. Me sorprende la rapidez de la operación, me pongo en pie y me visto. Al momento de salir, me entrega el resultado en un papel atravesado por líneas paralelas que marcan el zigzagueo regular de este músculo que es un tambor, un péndulo, una campana y un reloj despertador a la vez.

 

Lima, 30 de mayo de 2015.

Enigma en los Alpes


Ha conmocionado al mundo entero la horrorosa tragedia del avión alemán de Germanwings, estrellado contra las montañas rocosas de los Alpes franceses el pasado 24 de marzo, con el saldo desolador de 150 muertos. No se trata de un accidente de aviación, como se podría suponer en estos casos, sino de un acto deliberado de buscar la muerte, perpetrado por nada menos que el copiloto de la nave, un joven de 27 años con serios problemas psicológicos y recurrentes ataques de depresión.

     El vuelo de Barcelona a Düsseldorf se realizaba aparentemente con toda normalidad, cuando el piloto decidió ir al baño, dejando el mando a cargo de Andreas Lubitz, quien en esos cruciales instantes habría decidido precipitar a la aeronave contra los macizos alpinos que tenía a la vista. Fue cuestión de minutos. Cuando el avión empezó a perder altura, producto de la decisión voluntaria de Lubitz, el piloto regresó de inmediato para retomar el mando, pero le fue imposible ingresar a la cabina. Los fuertes golpes en la puerta y los intentos de forzarla con una herramienta metálica, no inmutaron al suicida en su viaje inexorable.

     Terminar despedazado, producto de una colisión a la velocidad de crucero de un viaje en avión, debe ser sin duda una de las muertes más atroces. En los dramáticos segundos que preceden al choque, la desesperación debe cundir a niveles inauditos, como lo revelan todas las cajas negras que se han analizado de aviones siniestrados. Enseguida es el silencio, la macabra escena de los cuerpos –o lo que queda de ellos– regados en medio de los restos de la máquina.

     Pero el enigma mayor en este caso será la mente de Andreas Lubitz, pues aunque nos perdamos en las más desaforadas especulaciones sobre los motivos de su acto, nunca podremos penetrar los sinuosos laberintos de una decisión que seguirá interrogándonos hasta los límites de la perplejidad. Dicen que era un chico normal, sus familiares y sus vecinos lo describen como una persona común y silvestre, dominado por la pasión de volar. Su carrera ascendente peligraba por la enfermedad que amenazaba con inhabilitarlo para cumplir sus ansiados sueños. Tal vez en este nicho su puede escarbar un poco más para hallar las razones profundas de su determinación.

     Los 16 estudiantes -14 chicas y 2 muchachos de entre 14 y 16 años- de un instituto alemán, que regresaban de Barcelona luego de pasar una semana en un viaje de intercambio, y las dos profesoras que los acompañaban, desaparecidos ese luctuoso martes, constituyen solo alguno de los casos que le ponen rostros concretos a la tragedia. Conmueve la suerte que corrieron después de enterarnos de los pormenores de su partida del aeropuerto El Prat de la capital catalana. Dos de sus compañeros decidieron quedarse hasta la noche para conocer ese día el Camp Nou, el moderno estadio del club más famoso de la ciudad y uno de los mayores del mundo. Curiosamente, ese simple y pequeño capricho los salvó.

     Las decenas de vidas segadas abruptamente, las familias devastadas por el dolor, las investigaciones que establecerán las reales causales del hecho, serán parte de un proceso irreversible en la marcha natural de las cosas. Todos los controles y las precauciones que pongamos para anteponernos a lo imprevisible, se estrellarán también contra las duras rocas del misterio inabarcable que es el hombre, este ser insondable que siempre nos sorprenderá y dejará estupefactos.

 

Lima, 6 de abril de 2015.           

Uchuraccay: Yuyanapaq


     Frisaba yo los dieciocho años de edad –flamante estudiante de Derecho de la UNMSM– cuando ocurrieron los aciagos acontecimientos que acabaron con la vida de ocho periodistas y un guía, asesinados cruelmente, en controvertidas circunstancias, por los comuneros iquichanos de Uchuraccay, el 26 de enero de 1983. Disfrutaba mis vacaciones de fin de semestre, en la cálida compañía de mi familia en mi ciudad natal, cuando la noticia conmocionó a la opinión pública nacional y mundial; los medios de comunicación desplegaron sus páginas principales para dar a conocer los hechos, y el gobierno se vio abruptamente interpelado por una realidad que de pronto le saltaba a la cara.

     ¡Increíble! Después de 32 años de transcurridos los acontecimientos, recién puedo leer completo el informe de la Comisión Investigadora que el gobierno del presidente Belaunde nombró para la ocasión, integrada por el novelista Mario Vargas Llosa, el jurista Abraham Guzmán Figueroa y el periodista Mario Castro Arenas. La creación de este grupo de trabajo se debió al pedido del parlamentario aprista Luis Alberto Sánchez, quien propuso su conformación para esclarecer los luctuosos sucesos que enlutaron a la familia periodística, especialmente, y al Perú entero.

     Esa terrible tragedia desnudó, más que cualquier otro hecho contemporáneo, la realidad dual de nuestro país, la coexistencia en un mismo territorio, separados apenas por algunos cientos de kilómetros, de un Perú oficial, representado por las autoridades políticas, una población más o menos informada de los sectores urbanos, y un Perú real, profundo según la denominación de Basadre, anquilosado en el tiempo y viviendo generalmente de espaldas a esta realidad costeña y occidental que muchos siguen creyendo que es el único Perú.

     La tesis central que se desprende del informe es que los periodistas fueron ultimados –con palos, hondas y machetes–, por una turba enfurecida de campesinos, confundidos en medio del fragor de la vorágine demencial de una guerra que asoló al Perú en las últimas dos décadas del siglo XX. La Comisión sostiene que los comuneros confundieron a los periodistas con terroristas, a quienes esperaban de un momento a otro, pues creían que irían a tomar venganza por los ajusticiamientos que el pueblo había perpetrado con siete de ellos en días pasados. Por ello, en cuanto divisaron a los forasteros hacer su aparición por las heladas alturas de la provincia de Huanta, al instante intuyeron que eran miembros de la guerrilla de Sendero Luminoso, quienes venían a escarmentarlos por dichas muertes.

     Los treinta días que pasaron los miembros de la Comisión investigando en el lugar de los hechos, con el asesoramiento de un elenco de expertos, entre los que se contaban antropólogos, juristas, lingüistas y psicoanalistas, fueron de los más intensos y angustiosos de sus vidas, pues eran conscientes que cargaban sobre sus hombros una enorme responsabilidad, observados con expectación y detenimiento por millones de peruanos que ansiaban saber por fin qué había pasado aquel funesto día en que este puñado de hombres de prensa fueron martirizados en una confusa emboscada en el corazón mismo de los Andes centrales, cuna de la insurgencia senderista.

     El informe fue materia de una intensa controversia que fue ventilada en los principales órganos de prensa del país y del extranjero, suscitando un enconado enfrentamiento entre el escritor Vargas Llosa, principal figura y redactor del texto, y un abigarrado grupo de críticos, situados en las más diversas trincheras ideológicas, quienes dejaron correr la especie de que aquél se había mostrado muy condescendiente con el poder al haberlo eximido de culpa en la violenta muerte de los ocho periodistas.

     Describe el documento los prolegómenos del hecho, las razones, las circunstancias  y las causas que precipitaron el atroz descuartizamiento de estos valerosos hombres que arriesgando sus vidas se aventuraron optimistas por conocer la verdad, sin imaginar que en apenas unos minutos serían ajusticiados cruelmente, siendo enterrados en un ritual mágico-religioso como si fueran “diablos”, según la creencia dominante en el mundo andino: en parejas y boca abajo, destruidos los ojos y la boca (para que no reconozcan a sus victimarios y no los delaten), y quebrados los tobillos (para que no regresen a vengarse de sus verdugos).

     La matanza de los ocho periodistas fue, sin duda, uno de los acontecimientos más nefastos de la era del terror que vivió nuestro país a partir del retorno de la democracia en 1980, constituyéndose en el símbolo de aquello que nunca más debe volver a suceder en nuestra historia, la tragedia para recordar lo que los peruanos jamás debemos permitir que regrese en este presente que lo construimos a duras penas, y menos en el futuro, que debería aguardar para todos, por lo menos, un resquicio de esperanza.

 

Lima, 22 de marzo de 2015.  

jueves, 12 de marzo de 2015

Retrógrados


     Ese es el calificativo que les ha endilgado el congresista Carlos Bruce, principal promotor de la ley de unión civil, a los miembros de la Comisión de Justicia del Congreso, que por votación mayoritaria han decidido archivar el proyecto respectivo, después de un intenso debate en la sede del poder legislativo. Y para ello le asiste perfectamente toda la razón, pues no otra cosa puede ser una mentalidad cerrada de una manera obtusa a todo lo que signifique el progreso de la civilización en cuanto al reconocimiento de derechos iguales para todos los ciudadanos.

     Arcaicos, primitivos, anti históricos, antediluvianos, serían también calificaciones válidas para quienes asumen posturas tan dogmáticas y ortodoxas en materia de derechos humanos, pues ese es el terreno donde debe situarse la discusión sobre si las personas del mismo sexo tienen derecho o no a unirse libremente como la ley les reconoce a los heterosexuales. Efectivamente, son retrógrados quienes haciéndose eco de prejuicios, creencias y supersticiones, así como sacando a relucir sus posturas claramente homofóbicas e inquisitoriales, pretenden detener la marcha de la historia, erigirse en baluartes de la moral y condenar a un sector importante de la sociedad a ser ciudadanos de segunda categoría.

     Pero no nos quedemos en los adjetivos, vayamos ahora a lo sustantivo, es decir, a los argumentos que esgrimen estos aprendices de Torquemada, a las ideas que ponen en juego para, supuestamente, demostrar que tienen la razón. Lo primero a que apelan para validar sus puntos de vista es al asunto religioso, con todo ese rollo aquel de que dios creo varón y mujer y que eso es lo normal y patatín y patatán. Por muy respetables que sean las creencias religiosas, ellas deberían quedar relegadas al ámbito estrictamente  personal y privado de cada quien, y no convertirse en parámetros que luego pretenden imponerse a toda la sociedad. Una cosa son las creencias y otra son las ideas, no se deben confundir al momento de pensar la realidad. Cuando uno antepone sus creencias al juzgar los hechos, irremisiblemente caerá en el prejuicio, en la idea preconcebida, que a como dé lugar tratará de calzar con la realidad. Eso se llama racionalización.

     En segundo lugar, se presentan con el sambenito aquel de que los hijos se confundirán, que no podrán entender por qué tienen dos padres o dos madres, y que ello les acarreará problemas de índole psicológica o moral. Pamplinas; las personas, incluidos los niños por supuesto, puede muy bien entender la realidad si ella les es explicada adecuadamente, no son minusválidos mentales que se mueven por el mundo con inmensas anteojeras ideológicas o de cualquier otro tipo. Por lo demás, el proyecto en cuestión no contempla el caso de adopciones, debate que llegará en su momento, y el verdadero daño psicológico se produce cuando las personas son obligadas a vivir en la hipocresía y el temor, perseguidas y señaladas por ser diferentes. Ser homosexual no debe ser un estigma, pero posiciones como esa acentúan la exclusión y la marginalidad de una porción significativa de la población. Si por datos estadísticos sabemos que aproximadamente el 10% de la población posee una orientación sexual distinta a la heterosexual, estamos hablando, en el caso del Perú, de cerca de 3 millones de personas.

     Aducen también que para poblar la especie se necesitan del hombre y de la mujer, y por lo tanto es contranatura la unión de dos personas del mismo sexo. Este argumento no resiste el menor análisis, pues en primer término si un hombre decide juntarse con otro hombre no está pensando necesariamente en tener hijos, o procurárselos del modo que sea, sino vivir de acuerdo a sus necesidades biológicas, teniendo como único objetivo lícito aquello que todos buscamos en este mundo: ser felices. La procreación es una de las facetas de la vida sexual humana y animal, sin embargo hay una dimensión estética de la sexualidad que es el erotismo, privativo de los seres humanos y rasgo diferenciador de su condición. Un pensamiento reduccionista termina empobreciendo la vida del hombre y confinándolo a ser un mero agente de la propagación de la especie.

     Tampoco atenta contra la institución familiar, como repiten hasta el hartazgo los llamados defensores de la familia. Al contrario, la unión civil consagra un nuevo tipo de familia que enriquece la institución jurídica. Siendo su objetivo central el garantizar la transmisión de los bienes patrimoniales de las personas, no le hace ninguna mella a la familia tradicional que todos conocemos. No veo de qué manera el que dos seres decidan libremente unirse para compartir sus vidas y sus bienes, pueda afectar el tipo de familia heterosexual que la mayoría practica. Es sencillamente una falacia achacar a aquella forma de unión del deterioro de ésta.

     Por último, esgrimen la peregrina tesis de que son un mal ejemplo para los niños y para la sociedad en su conjunto. El afecto que se prodigan dos seres humanos nunca puede considerarse un mal ejemplo, como sí lo son la intolerancia, los prejuicios, la hipocresía, la pacatería, la pudibundez, la estupidez que pretenden hacernos tragar con una dosis apropiada de moralina. Y hablando de esto último justamente, apenas si es necesario mencionar las declaraciones de un congresista, que votó a favor del archivamiento, citando nada menos que a Hitler para avalar sus puntos de vista. Es decir, que se puede apelar a cualquier cosa, hasta a razonamientos absurdos, con el fin de apuntalar argumentos deleznables y anacrónicos. Bien decía Einstein que existen dos infinitos: el del universo y el de la estupidez humana, aunque del primero no estaba tan seguro.

 

Lima, 12 de marzo de 2015.      

sábado, 7 de marzo de 2015

Sor Juana Inés de la Cruz: Señora de los signos


     En 1982, Octavio Paz publicó Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (FCE), su monumental ensayo dedicado a la poetisa mexicana del siglo XVII, considerada por unanimidad como la mayor exponente de la poesía castellana del barroco hispanoamericano, y como una de las cumbres de la historia de la literatura española y universal. Un querido amigo, lastimosamente fallecido en circunstancias trágicas, me comentó algunos años después que su hermana le había conseguido el libro. Ella laboraba, probablemente lo siga haciendo todavía, en la biblioteca del Convento de San Francisco, de donde el libro pasó a manos de este amigo que, muy entusiasmado, me relataba sus primeras impresiones del formidable ensayo del escritor mexicano.

     Yo hervía de curiosidad, prometiéndome que en mi próxima incursión por las librerías, cosa que hacía con relativa frecuencia, me haría con un ejemplar. Tuvieron que pasar otros años para que mi sueño fuera cumplido. Es así que a fines de diciembre de 1997, cuando ya el poeta había obtenido el Premio Nobel de Literatura, y coincidiendo con la fecha de mi cumpleaños, tuve la dicha de obsequiarme el valioso texto, cuya tercera edición de 1983 he vuelto a leer con la misma fruición y el mismo apasionamiento con que lo hice por primera vez hace ya 17 años.

     La vida y la obra de Juana Asbaje Ramírez se engarzan admirablemente en el enjundioso estudio que Octavio Paz ha escrito con una paciencia y una consagración únicas, como si acometiera la empresa mayor de su vasta producción ensayística. Su origen modesto en una familia provinciana, su condición de hija natural –como eufemísticamente se decía de la bastardía–, su traslado a la capital en busca de mejores oportunidades y su posterior ingreso a la Congregación de San Jerónimo, como monja de clausura, están relatados en paralelo a la aparición de sus primeros tanteos literarios, el descubrimiento de su vocación por el saber y su consagración final a las letras.

     El autor nos recuerda que las opciones de vida para una mujer en la sociedad colonial eran bastante estrechas: el matrimonio o el convento. Ante esta tajante disyuntiva, y en vista de su rechazo temprano por la vida conyugal y su natural inclinación por el estudio y los libros, la elección no le ofrecía mayores alternativas. Su ingreso a la vida monacal podía servirle mejor a sus propósitos, pues como dice Octavio Paz, “se encerró en un convento no para rezar y cantar con sus hermanas sino para vivir a solas con ella misma.” La decisión de tomar los hábitos sería el primer cambio fundamental en la vida de esta admirable mujer que daría luego tanto que hablar a los siglos venideros.

     Protegida por los virreyes de la Nueva España, teniendo una relación particularmente intensa con la virreina, amparada espiritualmente por prelados amigos que al principio le sirvieron de guía, Sor Juana pudo dedicarse libremente a sus quehaceres literarios en el sosiego que le permitía la vida en el convento. Los ruidos y los vaivenes de sus hermanas, ella lograba aplacarlas en el retiro silencioso de su celda, donde comenzaría a dar forma a sus primeras creaciones de envergadura, aquellas que le darían fama y prestigio, así como el reconocimiento admirado de sus lectores en diferentes rincones del continente y España.

     Fuertemente influida por el hermetismo neoplatónico del notable jesuita alemán Atanasio Kircher, y “la coloración ‘egipcia’ de sus lecturas y aficiones intelectuales”, Sor Juana desplegaría su vocación intelectual en las ciencias de la astronomía y la física, tanto como lo hacía magistralmente en la versificación, a través de una variada gama de formas poéticas, como fueron los romances, las silvas, las redondillas y los villancicos que compuso para diversas ocasiones. Estaba dotada por el cielo tanto para el saber como para el arte, pues reunía los dos requisitos esenciales, a decir de Octavio Paz, que debe poseer el intelectual: el amor por las ideas y la pasión por el conocimiento. Y en cuanto a la poesía, su gran destreza y versatilidad para la composición de versos, la admirable maestría en el dominio del idioma, hacen que su figura se pueda situar tranquilamente entre la de los grandes creadores del siglo de oro español, junto a un Góngora, un Lope y un Quevedo. Para confirmarlo están allí sus libros, especialmente el auto sacramental Divino Narciso y el poema filosófico Primero sueño, quizás lo más logrado de su producción. En palabras de Octavio Paz, Primero sueño es “uno de los textos más complejos, rigurosos e, intelectualmente, más ricos de la poesía de lengua española”. Su tema, el ascenso y caída del espíritu en sus ansias de conocimiento, es único en la poesía universal, hasta la aparición, dos siglos después, del poema más emblemático de Guillaume Apollinaire. Es decir, la monja mexicana cumplía a cabalidad las tres condiciones que señalaba Eliot para ser un gran poeta: excelencia, abundancia y diversidad.    

     Su suerte variaría de signo luego de algunos acontecimientos políticos y sociales que vivió la sociedad novohispana a finales del siglo XVII. Su estrella empezaría a declinar a partir de ciertos sucesos, como la partida de sus amigos los virreyes y la asonada popular que sacudió la ciudad de México a raíz de malos manejos en la administración colonial. Pero sobre todo, lo que terminaría precipitando su caída, fue la carta que escribió a su amigo y protector, el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz, donde se atrevía a discutir y poner en tela de juicio ciertas cuestiones teológicas sostenidas por el padre Vieyra, un reputado teólogo portugués que gozaba de gran ascendencia entre la jerarquía oficial. En dicho texto, y mucho más todavía en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, artificio literario de que se vale para dirigirse al mismo clérigo, Sor Juana hace una descarnada defensa de su vocación literaria y de los derechos de la mujer al estudio, hecho éste que la convierte en una especie de adelantada, o precursora si se quiere, del feminismo, movimiento impensable en su época. El autor explica la índole de la inquina eclesiástica contra Sor Juana: “La monja encarnaba una excepción doble e inoportuna: la de su sexo y la de su superioridad intelectual.”

     El escándalo que rodea este incidente, hace que su confesor, Antonio Núñez de Miranda, le retire sus auxilios y la palabra, pues entiende que el destinatario directo del provocador texto era nada menos que el todopoderoso Francisco de Aguiar y Seijas,  Arzobispo de México, conocido por su severidad y su misoginia. Sor Juana, perdidos el apoyo y la seguridad que le brindaban desde Palacio, es obligada a abjurar de las letras, en uno de los procesos más tristes y devastadores de la historia de las persecuciones de las ortodoxias hacia las voces siempre disidentes del arte y el pensamiento. Estamos en 1693, luego de lo cual sobrevendrá sobre la ciudad una peste que terminará diezmando a la población de la colonia; la madre Juana, reducida a las penitencias y las disciplinas del convento, sucumbirá a la plaga en medio de sus labores de asistencia y solidaridad con sus hermanas, falleciendo en 1695 a los 46 años de edad.

     En 1990, la cineasta argentina María Luisa Bemberg, llevó a la pantalla grande un guion basado en el libro del poeta mexicano, con el título de Yo, la peor de todas –así acostumbraba firmar sus cartas Sor Juana en los últimos años–, donde destaca la actuación de la actriz catalana Assumpta Serna, quien encarna de un modo convincente y conmovedor a Sor Juana. Pero más allá de esto, es imposible reflejar en el cine toda la riqueza conceptual, las discusiones filosóficas y teológicas, el cotejo de las ideas puestas en juego por el autor y toda una gama de cuestiones teóricas, doctrinarias e ideológicas que sólo el libro puede contener adecuadamente.   

     Por todo ello, resulta ejemplar la peripecia vital de una mujer que en muchos sentidos es un símbolo, una singularidad en el panorama de la cultura del siglo XVII novohispano, una figura que resume su significado en la imagen mitológica de Isis, la diosa egipcia de la sabiduría, la señora de los signos.

 

Lima, 6 de marzo de 2015.  

 

El caso Nisman


     El 18 de enero de este año apareció muerto, en el baño de su departamento en un exclusivo barrio de Buenos Aires, el cuerpo del fiscal Alberto Nisman, quien estaba a cargo de las investigaciones del horroroso atentado terrorista contra el local de la Asociación Mutualista Israelita Argentina (AMIA), perpetrado el 18 de julio de 1994 y que costó la vida de 85 personas, además de decenas de heridos y múltiples daños materiales de gran consideración.

     Había regresado intempestivamente de España, donde se encontraba de vacaciones con su hija y su ex esposa, para presentar una denuncia formal ante la justicia de su país contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Relaciones Exteriores Héctor Timerman, entre otros, por el supuesto delito de encubrimiento de los autores, la mayoría de ellos de nacionalidad iraní, que habrían cometido el reprobable crimen. Lo curioso es que lo hizo en plena temporada de feria judicial, que es como en aquel país llaman al receso de fin de año. Al día siguiente, es decir el lunes 19, debía presentarse ante el Congreso de los diputados para sustentar los puntos esenciales de su alegato.

     Es misteriosa la circunstancia de la muerte de Nisman, que algunos atribuyen a un caso típico de suicidio, pues se encontró el arma que habría usado a pocos centímetros del cuerpo, así como el orificio de entrada de bala en la sien disparada desde una distancia de menos de un centímetro, según los resultados de los peritos forenses; y, lo más importante, la ausencia de otras huellas en el escenario del crimen. El arma, una vieja pistola de poca envergadura, le fue facilitada días antes, y a instancias del propio Nisman, por Diego Lagomarsino, un técnico informático que laboraba a órdenes del fiscal.

     Según la acusación de 2006, Nisman señalaba como autor intelectual a Irán y al grupo extremista libanés Hezbolá como el ejecutor material. Al respecto, el poeta y periodista argentino Juan Gelman, siempre agudo y lúcido, señalaba -en un artículo publicado en el diario Página 12, el 20 de julio de 1994, a escasos días del atentado-, lo siguiente: “No creo en la teoría de la conspiración extranjera. En las entrañas del país, también inextricablemente unido a él, pasea el monstruoso animal de la supresión del otro.” No debemos olvidar que Gelman tenía origen judío y que lo decía alguien que padeció, tal vez como ninguno, la vesania del régimen militar de 1976.

     Pero en fin, las investigaciones siguieron otro camino y a pesar de las evidencias en contrario, el fiscal Nisman perseveró en su intento de involucrar a la mandataria argentina y a su ministro más importante. Basado en el Memorándum de Entendimiento que suscribieron los gobiernos de Argentina e Irán en el año 2013, abonó su tesis de que lo que buscaba la Casa Rosada era cubrir con el manto de la impunidad el hecho execrable, con el propósito de obtener beneficios económicos de índole comercial en relación con el país árabe.

     Apenas si es necesario señalar que los supuestos beneficios jamás se presentaron, pues nunca hubo evidencia de que los hipotéticos acuerdos entre Buenos Aires y Teherán se hayan convertido en palpable realidad. Esa es la razón por la que el juez Daniel Rafecas haya desestimado las imputaciones del fiscal asesinado y las que ha proseguido luego Gerardo Pollicita, su substituto en el cargo, quien por cierto tampoco ha querido presentarse ante el Congreso para sustentar los cargos que debió presentar en su momento el fiscal Nisman. Para el juez de la causa no hay ningún indicio probatorio de las acusaciones de éste. Tampoco se ha podido probar que Timerman se haya reunido con Noble, el Secretario General de la Interpol, para presionar que se den de baja las notificaciones rojas para detener a los implicados. El mismo Noble ha desmentido el hecho.

     Pero más allá de la polémica y la incertidumbre que reina en el ámbito estrictamente judicial, la muerte de Nisman tiene claras implicancias políticas, tanto por la labor que desempeñaba desde que el desaparecido presidente Néstor Kirchner lo nombró para el cargo, como por haber involucrado en el caso a nada menos que la primera mandataria de la nación en un momento particularmente álgido, estando a la vista las próximas elecciones generales de este año y ante el embate de sectores de la oposición que podrían aprovecharse de esta situación para debilitar aún más al gobierno que ingresa a la recta final de su periodo.

     Han aparecido en estos días una grabación de la cámara de seguridad del aeropuerto, siguiendo los pasos de Nisman a su regreso a Buenos Aires; una supuesta novia del fiscal, de apenas 25 años y que hasta ahora nadie conocía, excepto la empleada que laboraba para aquél; así como los resultados del equipo forense que la exesposa de Nisman contrató para el caso, que concluirían, según sus propias declaraciones, en que se trató de un homicidio. Son elementos, sin duda, que la justicia tendrá que aquilatar en las próximas semanas.

     Si fue un suicidio, un suicidio asistido o un asesinato, sólo podremos saberlo si la justicia hace su papel como es debido; no obstante, si tenemos en cuenta que después de dos décadas del atentado de la AMIA no hay un solo acusado ni menos condenado, poco aliciente quedará para el optimismo en un caso como éste que ha remecido a la sociedad argentina, y que lo único que pide –como si fuera poco– es justicia y acabar para siempre con la impunidad.

 

Lima, 2 de marzo de 2015.