viernes, 3 de junio de 2016

Cinco esquinas: una parábola del poder

     Coincidiendo con su cumpleaños número ochenta, el Nobel peruano nos estrega su flamante novela Cinco esquinas (Alfaguara, 2016), que tiene como escenario la Lima de los años finales del siglo XX, concretamente los Barrios Altos –ese  barrio venido a menos del centro histórico– , cuando imperaba en el país la dictadura disfrazada de democracia del primer presidente japonés que hemos tenido, servido desde las sombras por un siniestro personaje que fungía de asesor pero que en realidad manejaba todos los hilos del gran entramado del poder.
     La historia comienza cuando dos amigas, Chabela y Marisa, pertenecientes a la clase acomodada limeña –una vive en La Rinconada, y la otra en El Golf– tienen un inusitado encuentro erótico en casa de una de ellas, por culpa del toque de queda que regía en la ciudad, debido a las constantes amenazas de los grupos alzados en armas que practicaban métodos terroristas para sus fines políticos, manteniendo en zozobra a una población presa del miedo y la incertidumbre.
     Hay en sus páginas una galería de personajes pintorescos y bien definidos: Rolando Garro, un tipo inescrupuloso que ejerce el periodismo en su versión amarillista; Juan Peineta, un setentón recitador y solitario que vive con su gato en un cuartito de los Barrios Altos; Julieta Leguizamón, alias la Retaquita, fiel discípula y colaboradora de Garro en su semanario Destapes; Enrique Cárdenas, exitoso empresario y próspero minero, marido de Marisa; Luciano Casasbellas, abogado y amigo personal de Enrique, además de marido de Chabela.
     Enrique es víctima de un burdo chantaje por parte de Rolando Garro, quien le lleva un paquete con fotografías comprometedoras en las que aquél aparece participando en una orgía. Luciano se hace cargo del caso y le recomienda tomar algunas medidas, a la par que recurren a entrevistas de alto nivel con el asesor del presidente, en las que participan también miembros de la CONFIEP. Pero el asunto se complica cuando el periodista propone al empresario un negocio: que éste se asocie a la revista con el fin de aumentar su cobertura y otros beneficios para ambos, propuesta que Cárdenas rechaza de plano. A los pocos días, los personajes ven con asombro y estupefacción la nueva edición de Destapes en los quioscos de periódicos, exhibiendo en la portada las escabrosas imágenes materia de las temidas fotografías: Enrique desnudo en una orgía con mujeres de alquiler en Chosica.
     Un día Rolando no aparece en la redacción de la revista, dejando preocupados a todos sus colaboradores, que lo buscan estérilmente por diversos lugares de la ciudad. A los pocos días, la policía llega a la casa de Julieta para llevarla a hacer un reconocimiento: se trata del cadáver de su maestro y guía, asesinado con saña y cuyos restos yacían en la morgue. Pronto, todos se van enterando de la terrible noticia, especulando sobre las razones y los presuntos autores del cruel homicidio.
     Celestino Arguello, el fotógrafo del semanario, poseía los originales de aquellas imágenes de la orgía de Chosica, porque un extranjero le había contratado para la ocasión. Éste desapareció y aquél lo tenía guardado hasta que una premura económica lo obligó a buscarles un fin. Se las lleva a la Retaquita, quien a su vez le sugiere consultarlo con Rolando Garro, el que inmediatamente decide usarlas para chantajear al minero Enrique Cárdenas. Pero este paso lo había dado contraviniendo las órdenes del Doctor, el tenebroso jefe de los servicios de inteligencia del régimen de Fujimori, para quien trabajaba. Esto decidiría su suerte, precipitando su muerte, atribuida oficialmente al recitador Juan Peineta, quien publicaba cartas en todos los medios a su alcance lanzando invectivas y denuestos en contra del periodista por alguna jugarreta que le había hecho en el pasado. El crimen fue ejecutado  por los agentes de la policía secreta que controlaba el Doctor, según testimonio de Willy Rodrigo, un viejo amigo de Ceferino, a quien llama una mañana para hacerle la confesión.
     Al final, una edición extraordinaria de Destapes, del que ahora es directora Julieta Leguizamón –gracias a su reflotamiento por el Doctor, con el fin de convertirla en arma mediática contra los opositores al gobierno de Fujimori–, revela los entresijos del asesinato de Rolando Garro, quedando al descubierto la participación directa del temible Doctor y su banda de sicarios. La duda moral en que se debatía Julieta la hace optar finalmente por el lado más ético y valioso del periodismo, desvelando las ruinas y miserias del poder, prolegómenos de su propio fin.
     Simultáneamente Quique –ya libre de la acusación de la muerte de Garro–, Marisa y Chabela, planean un nuevo viaje reparador a Miami, donde antes habían disfrutado de un singular y sensacional ménage à trois. Pero ahora decide sumarse Luciano, causando el estupor de todos, pues los objetivos de aquellos eran muy especiales, renaciendo a su vez la sospecha de si el abogado sabía de todo ello. Todo termina entre carcajadas de éste y las fingidas palabras de bienvenida de Marisa a pasar unas vacaciones juntos.
     Una entretenida novela que, sin embargo, no está a la altura de las grandes ficciones que Vargas Llosa nos ha regalado a lo largo de su ya larga trayectoria literaria. Hay una sensación de algo impostado, como en una novela de tesis, que el autor quiere hacer calzar con sus postulados sobre la realidad de una época de nuestra historia reciente. Si bien el manejo del lenguaje y la estructura de la novela son impecables, su entramado hecho de sucesos previsibles le resta algo de verosimilitud y espontaneidad a la historia. En fin, podemos perdonarle por esta boutade al insigne escribidor hispano-peruano.

Lima, 18 de abril de 2016.

El sueño kafkiano de América

     Karl Rossmann, un mozalbete de 16 años, llega a Nueva York enviado por sus padres desde Alemania, por haber sido seducido por la criada, Johanna Brummer, una mujer de unos treinta y cinco años. Es el comienzo de América, la primera novela del gran escritor checo Franz Kafka, iniciada en 1912 y publicada fragmentariamente en alguna revista con el título de La condena, pero que luego desarrollaría con más amplitud hasta dejarla trunca, destinándola a la destrucción, como el resto de su obra, de la que fue salvada por su amigo Max Brod, para solaz de los lectores contemporáneos.
    Al llegar al puerto, Karl pierde su baúl, y al bajar a recuperar su paraguas, se encuentra con el fogonero, quien le expone algunas de las injusticias que se cometían contra él. Animado por Karl, los dos se presentan ante los superiores del barco, donde el joven ejerce la defensa del trabajador. Uno de los circunstantes, el “hombre del bastoncillo de bambú”, se revela como Jakob, el tío de Karl. Antes, se ha presentado ante todos Schubal, el jefe del fogonero, en quien recaen las principales quejas de éste. Enseguida, el capitán le informa al inmigrante que su tío es nada menos que el senador Edward Jakob.
     Se va finalmente con el tío, quien ofrece ayudarlo en su  nueva vida en el país de las oportunidades, lo que ahora podría muy bien denominarse como el sueño americano, que para muchos más bien se parece a una pesadilla. Ya en el ámbito del senador, empieza sus clases de inglés y es presentado a ciertos personajes del mundo social que frecuenta su pariente en la sociedad neoyorquina. Uno de éstos lo lleva a practicar equitación, que Karl contempla al principio con agrado pero del que pierde rápidamente el entusiasmo.
     En los capítulos III y IV, hay sendas escenas que describen esa atmósfera, que todos reconocemos ahora como típicamente kafkiana: opresiva, absurda y pesadillesca, propias del mundo de ficción del autor de La metamorfosis. La primera, cuando Karl sale de su habitación en la finca de Pollunder, un amigo de su tío que le había invitado a pasar unos días fuera de la ciudad y de paso conocer a su hija Klara. Después del incidente que tuvo con la joven, totalmente extraño, se encuentra recorriendo pasillos y galerías del inmenso recinto –reminiscencia del castillo de su obra homónima– donde se pierde irremisiblemente, hasta que un criado logra rescatarlo provisto de una linterna.
     La segunda escena discurre al ofrecerse Karl a traer comida para sus dos compañeros de fonda con quienes decide marcharse de Nueva York, luego de recibir la carta donde su tío se desentiende de él. Llega a un restaurante donde hay un ajetreo abigarrado de una muchedumbre en pos de conseguir comida y bebida. La cocinera mayor logrará rescatarlo esta vez. Pronto, se convertirá en ascensorista del Hotel Occidental gracias a los buenos oficios de aquella, una mujer de cincuenta años natural de Viena. También conocerá a Therese, la joven secretaria de la cocinera, con quien entablará amistad.
     Un percance desagradable, la presencia de Robinson –uno de sus compañeros de fonda– al hotel, y el descuido de Karl en el servicio del ascensor por deshacerse del inoportuno visitante, lo enfrentan a un inapelable tribunal conformado por el camarero mayor y el portero mayor, que terminan despidiéndolo sin remilgos. Vagabundea por la ciudad, con persecución de policía y todo, hasta que llega con Robinson a un edificio donde vive Delamarche –el otro compañero de fonda– con Brunelda.
     Los episodios en la obra de Kafka se suceden como en un sueño, están tejidos con la materia con que se construyen esas aventuras oníricas del alma que nos dejan siempre perplejos y alucinados. Hechos absurdos, caprichosos, sorprendentes, dominan la narración de una historia de la conquista de América que termina como el mismo sueño, abrupta y brutalmente, para encararnos decepcionados con una realidad anodina y gris.
     El último capítulo, que es como el colofón de la historia, pues hay una cesura espacio temporal con respecto al capítulo precedente, nos presenta a Karl tratando de encontrar una colocación en una compañía de teatro, para el que tiene que sortear, nuevamente, una serie de situaciones entre disparatadas y cómicas. El sueño de América, señuelo y esperanza de las siguientes generaciones, vislumbrado sombríamente por la mirada escéptica del genio de Praga.

Lima, 02 de abril de 2016.    

     

Una madre espera la muerte

     Al internarse en el mundo de William Faulkner, se siente esa atmósfera típica del misterio y oscuridad que rodean los comienzos de sus historias. Las voces múltiples surgen nuevamente para narrarnos, desde sus diversos puntos de vista, la misma trama. Es lo que sucede en Mientras agonizo (1930), donde Darl, Cora, Jewell y Cash, van alternando sus registros orales en torno al trabajo de este último, que batalla con afán en la confección de un ataúd. Después se irán sumando otras voces, otros ámbitos, que nos darán diferentes perspectivas del único suceso de la novela: la agonía de Addie Bundren, y su deseo inaplazable de ser enterrada en Jefferson, su tierra natal.
     Una madre espera la muerte observando cómo su hijo mayor, Cash, sierra los tableros y clava los clavos de su caja definitiva. Mistress Bundren, la moribunda, a quien los suyos apenas soportaban, según la indiscreta confesión de Cora, contempla su próximo fin mientras sus hijos y Anse, el marido, están en lo suyo. El padre masticando su tabaco en el porche, Dewey Dell abanicándola, y Vardaman, el hijo menor, ha cogido un pez grande que trae a casa ensangrentado y cubierto de polvo.
     Anse llama al médico, Peabody, como nunca lo había hecho, quien sube hasta lo alto de la montaña donde viven los Bundren, asido a una soga que sostiene Anse. Addie muere ante la atónita mirada de Anse y Dewey Dell, mientras Cash sigue serrando en la noche y Vardaman ha corrido a llorar al establo, junto a los caballos y la vaca, a la par que acusa al médico de haber matado a su madre. Es la visión del niño que, en medio de su esquematismo, reduce las cosas a una interpretación binaria del mundo.
     En un ambiente imantado de sombras, los Bundren asumen, cada quien a su manera, la muerte de Addie, así como también lo hace Tull, el esposo de Cora. Mientras Addie agoniza, transcurre la monótona vida campestre, y cuando exhala el último suspiro, todos los afanes se trasladan al cuidado de su entierro y sepultura, sobre todo para cumplir su último deseo de ser llevada a Jefferson. El padre y los hijos sacan la caja y la llevan cuesta abajo. Esta se desliza debido a la desesperación de Jewell.
     La travesía de la familia hacia Jefferson, llevando el ataúd con la difunta, está salpicada de anécdotas e incidentes. En el camino se detienen en lo de Samson, quien les brinda posada, pero ellos prefieren arreglárselas solos, pues son muy orgullosos. “Con las mujeres, nunca se sabe por dónde van a salir”, reflexiona Samson ante la actitud que observa en el grupo de parte de una de ellas. Varios puentes habían sido llevados por la riada, por lo que llegar a Jefferson será para los Bundren una auténtica odisea.
     Al cruzar el río se hunde el ataúd de la madre, y hay un estrépito de gritos, carros volcados y patas de caballos y mulas al aire, tironeados por la desesperación de no perderla. Al fin la recuperan, no sin un despliegue de ímpetus denodados por lograrlo. Asimismo, Jewel y Vernon rescatan las herramientas de Cash, quien a su vez queda malherido.
     El monólogo del reverendo Whitfield es conmovedor, confesando el engaño que perpetraron con Addie en contra de Anse. Los zopilotes sobrevuelan el ataúd. Después de ocho días de camino, el cadáver hedía y espantaba a la gente del pueblo. Las mulas se habían ahogado; el granero se incendia y Jewel salva el ataúd de en medio de las llamas. El pie y la pierna de Cash se iban ennegreciendo; Darl ha enloquecido y se ha marchado en tren a Jackson; el padre se ha puesto la dentadura que tanto ansiaba, y ha presentado a sus hijos a la nueva señora Bundren. Esta vertiginosa sucesión de acontecimientos desembocan en el epílogo de una historia que está saturada de interrogantes y certezas crudas, de escenas enrarecidas por el enigma de los hechos y por sucesos impregnados de una apabullante realidad. Una genuina joya literaria.

Lima, 9 de febrero de 2016.

     

sábado, 12 de marzo de 2016

Gabo periodista

Con apenas veinte años de edad, Gabriel García Márquez inicia sus colaboraciones en dos importante diarios colombianos, escritos que han sido recogidos en libro, en dos volúmenes, con el título de Textos costeños I y II (Ed. Sudamericana, Bs. As., 2015), con prólogo de Jacques Gilard. Los inicios periodísticos de quien sería el extraordinario novelista de la literatura en lengua española, fueron publicados en El Universal de Cartagena, entre los años 1948 y 1949, y en El Heraldo de Barranquilla, entre 1950 y 1952. Los primeros bajo el rótulo de Punto y aparte y firmado por Gabriel García Márquez, y los segundos con el gracioso título de La Jirafa, y utilizando el pseudónimo de Septimus.
     Las 790 páginas de los artículos, crónicas y columnas del afamado Premio Nobel, se leen con el mismo deleite con que pueden disfrutarse sus obras de madurez, especialmente sus novelas, pues se puede fácilmente detectar el germen del poderoso y original estilo del hijo dilecto de Aracataca. Con una prosa plástica, empedrada de greguerías y metáforas sorprendentes, se desliza la imaginación libérrima del escritor en ciernes, sorteando con ingeniosa solvencia narrativa todos los escollos de la gramática, para entregarnos textos espléndidos donde fulgura, entre el verbo encendido de fogatas, la magia inacabable del idioma. Ningún asunto es insignificante para el autor de las “jirafas” –como llama a sus columnas en el diario El Heraldo de Barranquilla–, todo tema es materia de ser procesado y cribado a  través del portentoso laboratorio verbal de su afilado ingenio. Es así como ha ido aguzando el maravilloso lápiz de su inconfundible estilo, que ya se preparaba para acometer empresas mayores, cual quedaría demostrado en su fantástica narrativa.
     Un fino sentido del humor recorre todas las páginas de esta vasta publicación, así se trate de comentarios o reseñas de libros –sean éstos poemarios o novelas–, críticas de cine y teatro, incidentes curiosos de la política internacional, o hechos menudos y domésticos. Las camisas del presidente Truman o la tristeza de las acacias, pueden ser el motivo perfecto para este despliegue delicioso del salero y la gracia del joven periodista que nunca abandonaría su tono jocoso y zumbón, aun cuando describe sucesos de evidente contenido dramático. “La marquesa y la silla maravillosa”, por ejemplo, es una hermosa paráfrasis del famoso cuento oriental de Las mil y una noches. Pero sería difícil hacer el recuento de todos los asuntos, temas y personajes que se erigen en el preciso pretexto para dar rienda suelta a ese espíritu endiablado que poseía el escritor para pasearse por todos los recovecos y laberintos intrincados de la lengua, que lo pondrían en el camino de convertirse en un verdadero artífice del idioma, en el más formidable escritor de nuestro tiempo.
     Es cierto que, como han señalado los críticos, en muchos pasajes se nota algo recargada la prosa periodística del autor, con ligeros guiños a un barroquismo con pretensiones literarias, concesión que sin duda iría puliendo en su avance vertiginoso a la conquista de una obra que con gran acierto ha sido bautizada como real maravillosa, pues ha sabido situarse en el justo punto en que la fantasía más desbordada ha sido milagrosamente equilibrada por la sobria narrativa de la realidad. Es decir, aquello mismo que alcanzara Kafka en la lengua alemana, lo hacía por estas tierras tropicales la pluma deslumbrante de un hijo de la costa caribe en la lengua de Cervantes.


Lima, 1 de marzo de 2016.   

El verso azul de Rubén Darío

     El 6 de febrero pasado se ha recordado el centenario de la muerte de Félix Rubén García Sarmiento, el poeta nicaragüense que alcanzara la gloria literaria con el nombre eufónico y cristalino de Rubén Darío, nombres tomados del suyo propio y el de un abuelo significativo para la familia del vate. Cientos de textos, quizás miles, se han escrito sobre el autor de Azul y Prosas profanas, que agregar uno más puede parecer un acto de indecorosa redundancia o de indiscreto atrevimiento.
     Lo cierto es que, llevado un poco por el aniversario, y otro poco por la curiosidad, acabo de leer precisamente Azul, el primero de sus libros publicados, cuando apenas frisaba los veintiún años de edad. La sorpresa ha sido grata, yo diría gratísima, pues en un puñado de días, la prosa y el verso del poeta abanderado del modernismo, me ha tenido encandilado viviendo la magia y la belleza de quien sería una de las figuras señeras de la poesía en lengua castellana de los dos últimos siglos.
     Todo aquello que se ha dicho del maestro de Metapa, y más, yacían convenientemente acurrucados en ese ramillete de relatos y poemas que conforman el libro que ha sido el motivo de mi regocijo. Mi lectura de Rubén Darío siempre había sido a picotazos y cuentagotas, pescando sus poemas sobre todo en diversas publicaciones, como antologías o investigaciones desperdigadas y sueltas; pero nunca como ahora: comprometida, sistemática, exclusiva y exaltante.
     Era consciente de que me enfrentaba a uno de los monstruos de la literatura en nuestro idioma, por lo que además de la experiencia enriquecedora que su obra nos pueda proveer, supe asimismo que transitaba por un terreno único y casi sagrado. “No te toco Rubén, pero te sé aquí mismo, / Aquí mismo, Rubén, horizonte de abismo. / La luz es otro abismo, Rubén, más ciego acaso…”, podría decirle con Martín Adán, con esos versos extraídos de uno de sus magníficos sonetos de Mi Darío (1967), el poemario que el peruano consagró al padre de la poesía moderna en Hispanoamérica.
     Misteriosos relatos, ahítos de exotismo, con ese sabor a viejos cuentos orientales, sorprendentes, tiernos y terribles a la vez, como “El pájaro azul” por ejemplo; y poemas donde ya se puede paladear la incipiente textura de la revolución poética en ciernes, el modernismo en su manantial fecundo que pronto habría de expandirse a ambas orillas del Atlántico, inyectando su afrancesada sangre azul a los poetas de nuestra América como a los españoles del 98, aquella de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Azorín y muchos más.
     Ha sido pregonada hasta el hartazgo su labor de pionero en abrir nuevas sendas a la gastada y tradicional poesía en español, que se anquilosaba luego del estallido sentimental del romanticismo. La benéfica influencia de la poesía francesa, de la música verbal de la poesía de un Baudelaire o un Verlaine, aclimatada o trasplantada al idioma que en tiempos de Góngora y Quevedo había alcanzado sus cotas cimeras, le hizo dar el gran salto. Renovar el verso castellano, insuflarle otros aires y dotarlo de una música novedosa, fue la labor que emprendió Rubén Darío y que fue seguida por otros tanto en la América hispana como en la tierra de Cervantes.
     Leyendo los comentarios y los homenajes tributados a Rubén Darío, me deja estupefacto una coincidencia que, me imagino, bien podría ser un consenso general. En sendos artículos, escritos con una distancia de más de medio siglo, Gabriel García Márquez y Alonso Cueto señalan su preferencia irremisible por un poema que, según el colombiano, es el más grande que se ha escrito en nuestra lengua, y según el peruano, es el que mejor resume la vida humana. Se trata de “Lo fatal”, de Cantos de vida y esperanza, que efectivamente, y coincido con ambos, es el poema más acabado y memorable de cuantos se han escrito en español. Pero el comentario y análisis respectivo merece, en verdad, otro artículo.
     Embebido aún por los mágicos efluvios de la prosa modernista de Rubén Darío, emerjo de esa inmersión profunda en los mares azules de su poesía, para contarles la maravilla y la magnificencia de una escritura que cambió para siempre la forma de escribir, y probablemente de sentir, en español.

Lima, 21 de febrero de 2016.

     

La poesía de Edgardo Rivera Martínez

     Se ha publicado Del amor y la alegría y otros poemas (Hipocampo Editores, Lima, 2015), libro que reúne la producción poética del insigne escritor jaujino Edgardo Rivera Martínez. El libro recoge dos textos anteriores, “Casa de Jauja” y “Elementos”, vistos a la luz en forma autónoma en 1980 y 2009, respectivamente, más uno inédito, que da título al volumen, de los años recientes de la producción del creador.
     Precisamente, el libro se ha estructurado teniendo en cuenta ese orden. Un intenso lirismo, teñido de hondas nostalgias, recorre la primera parte –“Casa de Jauja”– donde Rivera Martínez, narrador consumado –en  cuyos cuentos y novelas se puede sentir, sin embargo, esa soterrada vena poética que aletea entre las escenas de sus historias, insuflando de una atmósfera de misteriosa poesía su prosa bien cincelada –se  revela como un fino versificador y delicado demiurgo de imágenes y figuras literarias.
     La casa abandonada de Jauja es el personaje central de esta primera parte: “No te habitan hoy / la luz y la alegría”, dice el poeta, mientras clama “exhausto y salmodiando / nombres y nombres, / como Job en el desierto…”. El recuerdo de los seres que transitaron por sus entrañas, acentúa la desolación y el abandono. La casa se erige en una especie de paraíso perdido, donde el poeta va “… deambulando, / caviloso, / como Adán entre las sombras…”; ya no sabe si es real, o tal vez se ha impregnado de la materia evanescente de los ausentes, de los muertos. Cree ver a los seres que alguna vez lo habitaron, refundido en la soledad de sus aposentos donde el señor es el silencio.
     La extrañeza de la segunda parte, titulada “Elementos”, nace de su consagración a mundos y rincones interestelares, donde también se cifran las claves de la condición humana. Cuerpos celestes, estrellas, meteoros, metales, sierpes, están dotados de ese anhelo tan caro a los hombres: la idea de la eternidad, ese espejo donde quisiéramos mirarnos para vencer a la muerte, pero que no son sino metáforas de los sueños trascendentes de simples mortales que somos. Símbolos de lo inerte y de lo permanente, de aquello que es sin remilgos. Seres míticos que presiden nuestra ronda efímera alrededor de ese abismo ineludible que es la muerte.
     Por último, en la tercera parte, dedicado a Betty, su compañera, el poeta se abre al canto alborozado y agradecido del amor y la alegría que trae aparejado; no sus penurias y tribulaciones, solo la diáfana celebración de la dicha, a través incluso del baile: “Bailábamos / al compás de nuestros sueños”; y la gratitud constante al ser amado, así como a la naturaleza, por donde el hombre viaje junto con el agua, el pájaro y la luz. Es la consciencia de pertenecer al todo, relacionando los mundos divididos por acción de la mezquindad humana, en una superior unidad de vida, donde se haga posible ofrendar una sullahuayta al mar y subir una caracola al nevado Lasontay, en un abrazo simbólico de aquello que representan las dos vertientes culturales que han forjado nuestras múltiples identidades. Este es igualmente el tema de fondo de la obra narrativa de Edgardo, ahora vertido en versos hilvanados como esa azucena de colores del penúltimo poema del libro. Magnífica entrega del maestro; un gozo perpetuo para el espíritu.


Lima, 1 de febrero de 2016. 

sábado, 30 de enero de 2016

El viajero y su sombra

     Una nueva expedición viajera nos llevó esta vez a una ciudad que conocí en mi niñez, pero que prácticamente ya me era desconocida. Emprendimos la aventura desde Jauja, la histórica ciudad que con orgullo siempre he reclamado como mi tierra natal, y que constituye en esta ocasión el punto de partida para otra expedición fascinante por los caminos del Perú.
     Numerosas veces la había visitado cuando tenía menos de diez años de edad, preferentemente en el mes de mayo, cuando se celebra la muy afamada fiesta en honor al Señor de Muruhuay, probablemente la mayor festividad religiosa de los católicos de la región. En el Datsun verde agua de mi tío Ramón, hacíamos el recorrido por la carretera que aquella vez sólo era una trocha muy irregular que constituía todo un desafío para cualquier conductor experimentado. Muy temprano salíamos de Jauja un grupo familiar muy cercano, conformado por la abuela Julia, mi mamá, la tía Antu, esposa del tío Ramón, y mis hermanos. Provistos de termos de café y sándwiches de jamón, que tomábamos a medio camino, realizábamos el trayecto de 55 kilómetros en aproximadamente dos horas.
    Pero esta vez, con una carretera pavimentada en su totalidad, en óptimas condiciones, el viaje me pareció espléndido y muy confortable. Rumbo hacia Tarma, conocida también como La Perla de los Andes, una pequeña urbe enclavada en una de las estribaciones de la ladera oriental de los Andes Centrales, la mañana despejada nos permitió contemplar el maravilloso paisaje, que es un perfecto regalo para los ojos y el espíritu de todo viajero. El auto emprende el ascenso por el abigarrado valle de Yanamarca, cruzando vistosos pueblitos diseminados a lo largo de la ruta, como Pachascucho, Tingo Paccha y Acolla. El cielo zafiro de la clara mañana contrasta armoniosamente con las nubes algodonosas que parecen al alcance de la mano, y con todos los tonos del verde que a uno y otro lado de la cinta de asfalto matizan el campo desmedido.
     Extensos sembríos de papa, maíz y otros productos de panllevar, visten de intensos colores  el inmenso tapiz de verdura. Los hombres del campo ya han iniciado la dura labor del día, mientras graciosos animalitos pacen despreocupados por la hermosa comarca que los cobija. Los cerros imponentes sirven de telón de fondo para este magnífico cuadro que la madre natura obsequia a sus hijos.
     El carro continúa su ascenso por el camino culebrero, y ya estamos atravesando el tramo conocido como Lomo Largo, unos cuantos kilómetros de la ruta situados en la parte más alta del recorrido, otrora temido sobre todo por los novatos visitantes, debido a los  estragos de la altura para quien no está acostumbrado a ella. Sin embargo, ahora el efecto se ha atenuado considerablemente por la velocidad con que se logra atravesar el tramo. El vehículo sigue sorteando las peligrosas curvas que se suceden de tanto en tanto, mientras llega lentamente el descenso rumbo hacia la cálida hondonada donde se esconde juguetonamente la ciudad de las flores, cuna de tan disímiles personajes como el General Manuel A. Odría, expresidente de la República, y de Adolfo Vienrich, el poeta casi olvidado.
      El chofer nos deja en la plaza principal de Tarma, pequeña y acogedora, donde al instante un guía nos sale al encuentro para ofrecernos una lista variada de rutas para visitar diversos lugares turísticos de la provincia. Lo despachamos sin más, agradeciéndole por supuesto por sus servicios ofrecidos, pues nunca me parecieron los más adecuados estos benditos tours, no sólo por el coste, que siempre suele ser exagerado, sino porque no dejan en libertad al visitante para disfrutar ampliamente de su propio tiempo y sus propias necesidades.
     La plaza está flanqueada por la iglesia catedral, el Centro Cívico y el local municipal. Decidimos ingresar a la primera, para contemplar el recinto religioso y apreciar sus atractivos, así como para conocer la tumba del hijo ilustre de la ciudad, el Gral. Odría, quien siendo presidente favoreció grandemente al desarrollo y mejoramiento de su tierra. No deja de ser una curiosa paradoja que el gobernante del tristemente célebre Ochenio, el controvertido mandatario que dejara una estela negativa en la vida política de este país,  sea casi idolatrado por estos pagos, hasta el punto de colocar su catafalco, con sus restos embalsamados, al lado mismo del atrio principal.
     Luego de tomar un suculento desayuno en el Mercado Modelo de la ciudad, nuestro siguiente objetivo es el Santuario del Señor de Muruhuay, en el distrito de Acobamba,  emblemático lugar de peregrinación –como ya lo afirmé– del mundo católico de la región. En veinte minutos el taxista hace el recorrido por un sendero sembrado de alfalfares y calabazas. Al bajar del auto, una lugareña nos ofrece velas y fósforos para la adoración respectiva. Subimos las escalinatas que conducen al afamado templo, revestido de cuadros alusivos a la vida de Jesús, y nos dirigimos a la imagen que por muchísimo tiempo ha sido objeto de culto por miles de creyentes venidos de los lugares más apartados de la región y del país.
     El obligado ritual nos coloca frente a la imagen, donde un grupo de personas aguardan para acercársele y poner sus manos en la tela en señal de unción, así como sacarse fotografías para el recuerdo de su encuentro con la venerada efigie. Enseguida llevamos las velas a un pequeño recinto donde cada uno debe colocar su luminosa ofrenda, precedida de un deseo, según la creencia. Al salir del templo decidimos enrumbar por un empinado collado con una prometedora arboleda de fondo. A cierta altura, el aire fresco y puro, y el contacto inigualable con la naturaleza, me devuelven el sentido pleno de la existencia, arrebatado muchas veces por el tráfago demencial de la vida citadina.
     Nuestra siguiente parada, la gruta de Guagapo, una imponente conformación pétrea, que abre su fauce en medio de un paisaje idílico de cascadas cantarinas y césped reluciente. A la mitad del recorrido nos detenemos para observar el rostro de Cristo en la colina, atractivo turístico también de la zona. El sol vespertino dora los objetos, los animales y los hombres, infundiendo al ambiente su alegre transparencia. Nos lleva unos minutos escalar una vía sinuosa que conduce a la gran boca terrestre. Dice la guía que el boquerón no tiene fin conocido, especulándose que podría prolongarse hasta el Cusco. Una expedición alemana que quiso sondear sus profundidades se había extraviado alguna vez. Penetramos sólo 150 metros, provistos de sendas linternas que nos facilita la guía, por el borde de un pequeño torrente de aguas cristalinas, apreciando las estalactitas que penden sobre nuestras cabezas, y las estalagmitas que se yerguen sobre la superficie, describiendo caprichosas figuras de animales, vírgenes y seres humanos en las más diversas posturas. Una escalera de mano conduce a un pequeño anfiteatro donde se observan más figuras y formas. Allí concluye lo nuestro, pues hay otros que se arriesgan otros 150 metros más, pero en condiciones cada vez más arduas. Y desde allí, el trayecto ya se hace sobre el agua, con el cuerpo encorvado por los techos bajos de la roca.
     Emprendemos el retorno al caer la tarde, primero a Tarma, para decirle hasta pronto, y luego raudamente a Jauja, cuando el sol desciende lentamente por entre las lomas azuladas del poniente, dejando en las cosas nostálgicas iridiscencias que son el preludio del ocaso.

Jauja, 23 de enero de 2016.