domingo, 15 de abril de 2018

Sobre álbumes y figuritas


     Se ha desatado todo un furor, previo al Mundial de fútbol, con el lanzamiento al mercado del famoso álbum Panini, fenómeno que ha convocado la nostalgia y la pasión de miles, tal vez millones, de hinchas en todo el mundo. El día mismo de su puesta en circulación, los quioscos de periódicos se vieron invadidos por una verdadera multitud de coleccionistas que agotaron inmediatamente los ejemplares. En otros, las colas seguían creciendo en espera de nuevas remesas y, por supuesto, de las primeras figuritas que comenzarían a llenar esta galería de selecciones de los países que participarán en el campeonato de Rusia 2018.
     Para mí ha sido una auténtica sorpresa este fenómeno de ver a numerosos hombres y mujeres acudiendo a los puestos de periódicos para solicitar su preciado álbum, como si fueran los niños curiosos y ávidos de otros tiempos que invadíamos ansiosos los lugares de venta para hacernos con un ejemplar y lanzarnos durante semanas enteras a la apasionante labor de coleccionar, figurita tras figurita, el álbum de nuestros sueños. No sé si será porque el seleccionado peruano ha conquistado su derecho a competir en la justa mundialista o porque una retardada ola de revivir lejanas aficiones infantiles ha llegado por estas orillas para instalarse por un tiempo.
     Aunque parezca increíble, yo no sabía de la existencia de este afamado álbum Panini. Dicen que es el más requerido y que ya tiene buenos años de vigencia. En mi infancia jaujina, jamás escuché ni supe de su nombradía; los únicos álbumes que llegaban por nuestras tierras eran las que tenían el sello de la capitalina editorial Navarrete, muy conocida también en nuestros medios. Con la diferencia de que nosotros juntábamos figuritas de los más variados temas, circunstancia que me permitió, paralelamente a la afanosa búsqueda de los cromos más difíciles, el conocimiento de diversos aspectos de la realidad. Recuerdo, por ejemplo, un álbum de la naturaleza con los tres reinos conocidos hasta entonces, donde pude conocer extrañas piedras preciosas como la amatista, el lapislázuli y el jade; flores exóticas de las regiones más dispares del planeta, y animales nuevos que se incorporaron a mi zoología personal.
     También me viene a la memoria un álbum de historia del Perú, desde la época precolombina, con las primeras manifestaciones culturales, hasta la etapa republicana con la proclamación de la independencia y los sucesivos gobiernos y presidentes que hemos tenido, pasando por la historia de los reyes Incas y la conquista por los españoles, y el inmediato establecimiento del Virreinato durante el periodo colonial. Tengo todavía las imágenes de las figuritas de Manco Cápac, Francisco Pizarro, el Virrey Toledo y don José de San Martín en la retina de mis recuerdos.
     Sin embargo, el álbum que más recuerdo, tal vez por el empeño puesto en su llenado, y por el desafío que implicó encontrar una figurita que hasta el final nos era esquiva, fue el de geografía del Perú, dividido por departamentos, que en aquella época aún eran 23, con sus respectivas provincias. Un cromo más grande estaba dedicado al mapa de cada  departamento, seguido por otros más pequeños con el delineado preciso de cada provincia y sus distritos. ¡Cuánto aprendí en esa ocasión sobre el territorio peruano y su división política! La figurita que se nos resistió hasta el último pertenecía a una provincia del departamento de Puno que nunca más olvidé: Lampa. Creo que esto inoculó para siempre en mi espíritu la pasión por la historia y la geografía, entre otros saberes.
     Desde muy temprano, los días que no estábamos en el colegio, y en las tardes durante el resto de la semana, nos apostábamos en el quiosco de don Pánfilo Cáceres, para intercambiar las figuritas que teníamos repetidas por las que nos faltaban. Decenas de chicos y chicas llegados de todos los puntos de la ciudad se arremolinaban en la esquina de los jirones Junín y Bolognesi, en plena Plaza de Armas, donde estaba situado el renombrado puesto de venta de periódicos y revistas de Jauja. Durante horas y horas todos estábamos a la pesquisa del número deseado, llegando a veces a disputarse dos o más coleccionistas la figurita hallada.
     En ciertas ocasiones, pocas por lo demás, podía darme el lujo de comprar un paquetón, cientos de sobrecitos con una cantidad impresionante de figuritas, que por varios días me ahorraba de acudir al puesto de periódicos. Con mis hermanos nos pasábamos pegando los cromos con engrudo, una goma casera que preparábamos con harina y agua. Una vez colocados en sus recuadros respectivos, volvíamos al centro de reunión con los números duplicados para intentar canjearlos por aquellos que eran los más difíciles, pues parece que eso obedecía a una treta comercial de la editorial, ocultando algunos de ellos o retirándolos parcialmente de la circulación, o sencillamente soltando una cantidad reducida para hacer más interesante la caza.
     Esa fue una etapa de mi niñez, apasionante sin duda, pero irrepetible. Ya no me veo en el plan de coleccionar figuritas y llenar álbumes; otros afanes y búsquedas ocupan mis días, aunque puedo mirar con un relente de ternura a los muchachos de estos tiempos que me dejan como un reflejo de ese remoto pasado en que yo viví esa aventura. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de aquellos que habiendo dejado hace mucho esa edad, vuelven, a sus años, a este ritual propio de una etapa infantil; algo de desfasado, de fuera de lugar, de estar viviendo a destiempo, puedo notar en sus actitudes y posturas.

Lima, 14 de abril de 2018.     
          

viernes, 30 de marzo de 2018

Mientras agonizo


    Acorralado por sus propios errores, por sus mentiras patológicas, por su debilidad política congénita, por sus enjuagues financieros con empresas corruptas, más que por el avasallamiento de una oposición cancerbera en el parlamento, como fue y es la fujimorista, ha caído sin pena ni gloria el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, protagonista de esta novela negra de resonancias faulknerianas que ha vivido el régimen casi desde sus inicios, agudizado en los últimos meses del año pasado con las primeras revelaciones y el primer intento de vacancia, y que hoy llega a su fin.
    La cerril mayoría se la tenía jurada desde antes de la misma instalación de su gobierno el 28 de julio del 2016, al cual jamás quiso reconocer ni saludar democráticamente, instalándose para siempre en una infantil pataleta de no saber aceptar la derrota. Con esta amenaza que pendía permanentemente sobre su cabeza, era previsible que el menor exabrupto, el menor incidente sería aprovechado por las mesnadas naranjas para colarse a borbotones y asestarle con saña y gran regocijo la estocada final. Y fue el mismo PPK  quien les abrió la rendija de la oportunidad para que los vengadores y justicieros de FP pudieran consumar su siniestro designio. Sus tratos oscuros con Odebrecht mientras era ministro del gobierno de Toledo, recibiendo sumas considerables por supuestas asesorías desde sus empresas Westfield Capital y First Capital, hundieron definitivamente el ya cuestionado prestigio de este banquero que siempre fue sirviente leal del gran capital.
    Una estrategia que parecería armada por el mismo Maquiavelo, con los hermanos Fujimori enzarzados en una feroz lucha fratricida por el poder, utilizando para ello las mismas armas que en su momento usó con gran diligencia su mentor y padrino Montesinos –grabaciones secretas, jugosos ofrecimientos y pagos para torcer la voluntad de congresistas, audios y vídeos soltados en el tiempo preciso–, ha terminado empujando al ex presidente a presentar su renuncia antes de verse sometido al vergonzoso expediente de la vacancia al día siguiente en el pleno del Congreso.
    Los analistas se preguntan, y no cesan de romperse la cabeza, tratando de entender qué tuvimos que hacer mal los electores, los supuestos ciudadanos adultos de este país, para colocar en la Casa de Pizarro desde hace 18 años a los personajes equivocados. Cuando todo hacía suponer que salíamos de la crisis terminal del régimen putrefacto de la dupla Fujimori-Montesinos, con el decentísimo gobierno de transición que encabezó Valentín Paniagua, nadie imaginó que los sucesivos gobiernos que se instalarían en palacio de gobierno estarían inficionados por el virus nefando de la podre que dejábamos atrás. Qué tal decepción, llena de rabia e impotencia, nos asalta a los peruanos al comprobar que cada uno de esos sujetos a quienes les brindamos nuestra serena confianza, terminarían defeccionando de la peor manera sirviendo a intereses totalmente ajenos al de los hombres y las mujeres de este país.
    El ex presidente nunca dejó de mentir, y hasta el discurso final de su dimisión jamás reconoció sus culpas ni ensayó siquiera un atisbo de acto de contrición. La ilusión del renacer democrático de la que habló Paniagua en su discurso de toma de posesión de la presidencia el año 2000 fue minándose gradualmente con cada gobierno, hasta acabar desplomándose con los últimos y bochornosos actos de este precario y errático remedo de gobierno que lideró un lobista de toda la vida.
    Tenemos ahora el imperativo kantiano de la esperanza con la asunción del vicepresidente Martín Vizcarra al máximo cargo de la nación. No podemos hundirnos más de lo que ya estamos, aun cuando todo se puede esperar de una realidad que en muchos aspectos supera ampliamente a las más disparatadas fantasías. Una fe platónica es la única respuesta que nos queda a los atribulados peruanos que hemos contemplado con gran perplejidad y espanto, si no con asco, los sucesos que han precipitado estos hechos.
    Humildad, inteligencia, visión de futuro, fortaleza para enfrentar la adversidad, temple y coraje para asumir la tarea del presente, es lo que necesita el nuevo gobierno que deberá llevarnos a buen puerto del bicentenario. Estaremos expectantes.

Lima, 25 de marzo de 2018.   


miércoles, 14 de marzo de 2018

En el nombre del padre

    Rastrear los orígenes de la familia, hundir la curiosidad indagatoria en el árbol genealógico de nuestra tribu es una labor que lo han intentado, con resultados descollantes,  muchos autores que pueblan la historia de la literatura, así como también sencillos seres humanos, llevados quizás por el afán no sólo de adquirir las certezas respecto a su propia ascendencia, sino también como una manera de configurar la arquitectura total de aquellas pulsiones, tendencias, hábitos, vicios y secretas determinaciones que corren por la sangre de sus venas. En una palabra, para tratar de saber quiénes son.
    Es lo que ha hecho el escritor peruano Renato Cisneros en su novela La distancia que nos separa (Planeta, 2015), historia cautivante en la que me he sumergido las últimas dos semanas para que el goce de su lectura se espacie en el tiempo, la memoria y la imaginación. En esta llamada novela de autoficción el autor hurga en el pasado de su padre –el General del Ejército Peruano Luis Cisneros Vizquerra, más conocido como el Gaucho– con una prolijidad de minero, excavando esas capas superpuestas que conforman el suelo vital de toda persona.
    Las palabras acuden al narrador al conjuro de los vestigios de ese pasado que va descubriendo, junto con el lector, con creciente asombro y perplejidad. Cada uno de nosotros podría también emprender esa búsqueda y los resultados serían, estoy seguro, sorprendentes. Ya me imagino internándome en ese dédalo de revelaciones, sorpresas, datos ocultos, paisajes desagradables, recintos sellados, sótanos oscuros, túneles interminables que constituyen el historial de mi familia, de toda familia en verdad, pero que los más prefieren dejar intacto, a salvo de esa pesquisa que nos llevaría al conocimiento de nosotros mismos.
    El autor se embarca en una serie de viajes que lo llevan a reunirse con personas claves en la vida del Gaucho; por ejemplo, su primera novia en Argentina, Beatriz Abdulá –que lastimosamente acababa de fallecer– y la hija de ésta, Gabriela, con quien tendría un encuentro altamente gratificante y revelador en un café de Buenos Aires. En su diálogo emotivo con ella arriba a la certeza de que ambos son lo que son porque los otros, es decir sus padres, no fueron lo que tenían que ser. Algo así como los hijos muertos de un matrimonio que nunca existió.
    También acude a entrevistarse con sus hermanos mayores, los hijos del primer matrimonio del Gaucho con la piurana Lucila Mendiola: Melania, Estrella y Fermín, cada quien mostrando las secuelas y las huellas que en ellos dejó el abandono que sufrieron del padre cuando este se fue de la casa de Chorrillos para formar una nueva familia con Cecilia Zaldívar, la madre del narrador. Son vidas marcadas por el resentimiento, la carencia de algo que juzgaron valioso hasta que un día ya no estuvo más.
    Confiesa el autor lo arduo que le resulta el saber, decir o escribir que su padre admiró a sujetos como Kissinger o Pinochet. Que fue amigo de ellos y de otros militares argentinos que más adelante serían protagonistas de la dictadura de ese país y que luego serían acusados de torturas, desapariciones, asesinatos y delitos de lesa humanidad por tribunales civiles que juzgaron los crímenes de aquél régimen. Verdaderos crápulas conformaban el entorno amical y moral de su padre. El asco que debió sentir al saber que su padre pudo pertenecer, si se quedaba en Argentina, a esa cáfila de torturadores y asesinos que hicieron de las suyas en los años nefastos del Plan Cóndor: Videla, Viola, Galtieri, Suárez Mason, Bussi, Bignone, entre otros. Y no sólo fue amigo, sino admirador y defensor de sus atrocidades. Qué diferente panorama observa en la biblioteca de su tío Juvenal –que no es otro que el distinguido lingüista Luis Jaime Cisneros– donde se exhiben fotografías suyas junto a notables exponentes de la cultura latinoamericana, como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Carlos Fuentes. Lo más natural, imagina el autor, es que él haya sido su hijo, y no hijo del Gaucho. En fin, ironías del destino. 
    El Gaucho Cisneros fue ministro del Interior durante el gobierno de Morales Bermúdez, y siendo ministro de Guerra sería artífice, durante el segundo gobierno de Fernando Belaúnde, para la intervención de las Fuerzas Armadas en la lucha antisubversiva, con los resultados que todos conocemos ahora gracias a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), que investigó en profundidad todo lo acontecido en los años del terror. Ya en el retiro, sus ansias de poder se manifiestan en numerosas declaraciones a los medios, donde reafirma su vocación autoritaria, caracterizado por su rudeza y su instinto represor.
    Una de las más impactantes revelaciones que descubre el hijo es que el Plan Verde para derrocar a García tuvo como asesor al Gaucho. El General Monsante le confiesa al autor que su padre había contratado a dos sicarios en EE.UU. para asesinar al presidente, propósito que finalmente abortó. Es acuciante la duda que carcome al narrador sobre la hipótesis de que su padre haya matado; incertidumbre que no es ni corroborada ni desmentida en la conversación que sostiene con este General que conoció a su padre.
    La historia discurre detallando pormenores de la vida familiar que se ven esclarecidas a la luz de su investigación de 8 años, entre digresiones reflexivas, metáforas iluminadoras, símbolos esclarecedores, alegorías y alusiones analógicas que en varios momentos me hicieron recordar a las que solía emplear Ernesto Sábato, el notable escritor argentino que más ha sondeado en las honduras del alma humana con su narrativa audaz y estremecedora.
    “Mi odio hacia Dios fue el único efecto que tuvo esa canción. El último día que canté Cómo no creer en Dios fue el primero en que dejé de creer en Dios para siempre”, dice el protagonista recordando el instante en que el hombre que tantas cosas había significado en su vida trasponía el umbral de la muerte. Ahora él es su padre literario, nacido de la convicción  de que “quizá escribir sea eso: invitar a los muertos a que hablen a través de uno.”
    Una novela fascinante, escrito con la pasión y la sangre de que están hechas las grandes  obras, con una prosa que brilla en cada párrafo y un estilo que refulge en cada frase. Ágil, ameno, en la línea del mejor periodismo de investigación, logra un perfecto engranaje entre ficción y realidad.  

Lima, 10 de marzo de 2018.   

sábado, 3 de marzo de 2018

El cine y la canchita


    A raíz del reciente fallo de Indecopi, obligando a retirar la prohibición que dos de las cadenas de cine más importantes de la capital habían impuesto a los consumidores impidiéndoles llevar sus propios productos a las salas –disposición que ahora ha quedado en suspenso–, se ha propiciado un interesante debate que, según mi primera impresión, soslaya un aspecto esencial del asunto. Yo lo resumí hace unos días en un comentario que hice público en la versión digital de un medio limeño. Afirmaba, de lo más inocente, en plan de voluntaria candidez, que no entendía por qué iba la gente al cine a comer. Vamos a explicarnos.
    Es verdad que existe el lado económico de la cuestión, que es al parecer el único que interesa a los defensores a ultranza del libre mercado, que por cierto no es tan libre como lo pregonan. Pues sino por qué tendrían que imponerte determinado producto si quieres ingresar con él para ver una película. Mejor dicho, la canchita que tú llevas está prohibida, porque sólo puedes ingresar con la canchita que ellos te venden. Ellos arguyen que eso es parte del negocio, pues un 40% de sus ingresos provienen de la venta de esa clase de productos. Entonces, que se decidan, o son salas de cine o son puestos de golosinas.
    Pero aquí viene lo verdaderamente importante. Cuando uno va al cine, evidentemente es porque quiere ver una película; no obstante, muchas personas no pueden disociar este hecho de la necesidad de tener algo que llevarse a la boca. No sé en qué momento se impuso esta huachafa costumbre de ingresar a las salas de cine con sus inmensas bandejas de plástico conteniendo baldes repletos de pop corn y vasos llenos de bebidas gaseosas. A lo sumo, en los años 70 y 80, 90 inclusive, quienes acudíamos a los viejos cines de barrio de la provincia, solíamos llevar chocolates, caramelos, bolsitas de maní o habitas, canchita también, cigarrillos –cuando estaba permitido fumar en lugares públicos– o cualquier otra golosina parecida, pero todo ello de un modo muy discreto– en la cartera las damas y en los bolsillos del saco los caballeros–, nada ostentoso y ridículo como ahora puede verse en casi todos los cines.
    Por lo demás, todos deberíamos saber que en un espectáculo artístico, lo mínimo que se le pide al espectador es respeto, tanto por las demás personas, por la obra de arte, como por sí mismo, es decir que en última instancia se trata de un asunto de educación, barómetro a su vez de la cultura del ser humano. Cuando uno va a un concierto de música de cámara, o al teatro, o a la presentación de un libro, o a una charla, es tácito el acuerdo de que no puede uno estar comiendo. Es elemental. No hay nada más desagradable que sentarse en una butaca de cine, disponerse a disfrutar de un film y tener que soportar la grosera intromisión de ruidos molestos producidos por la actividad alimenticia de impertinentes vecinos que creen que la sala es un vulgar comedero. En ese plan uno ya no puede gozar como debiera de la función, en medio de ese zafarrancho de sonidos que jamás debería permitirse en una sala cinematográfica. Y si a esto agregamos el penoso paisaje que se observa al terminar la función, con el ambiente convertido en un auténtico chiquero, el malestar ya es mayúsculo.
    Coman lo que quieran antes o después, pero no durante la proyección; el arte lo merece, y aunque sean los bodrios yanquis que ahora monopolizan las salas, no por eso tienen patente de corso para agredir con su apetito desbocado a quienes sólo deseamos sumergirnos por un par de horas en la ficción, en la fantasía y en la magia que nos procuran las bellas obras del séptimo arte.

Lima, 3 de marzo de 2018.

sábado, 24 de febrero de 2018

La cruz de San Valentín

    Mientras millones de jóvenes se aprestaban a celebrar el Día de San Valentín, al promediar las dos y treinta de la tarde del 14 de febrero último, se producía el enésimo episodio de sangre en el historial de la muerte de los Estados Unidos, cuando un joven de 19 años, premunido de un rifle de asalto AR-15 irrumpía en el Instituto Marjorie Stoneman Douglas de Parkland, en Florida, desatando una carnicería que dejó como triste corolario el saldo de 17 muertos, entre ellos 14 adolescentes y 3 adultos, y decenas de heridos que se recuperan en los hospitales cercanos.
    El atacante, Nikolas Cruz, llegó ese día al centro escolar con el único fin de matar, su objetivo acariciado desde hacía tiempo, dado a conocer a través de las redes sociales, y que fue detectado por un casual usuario que hizo la denuncia correspondiente al mismo FBI, quienes por razones incomprensibles no pudieron hacer nada para detener a tiempo la horrenda masacre. Posteriormente, se han excusado alegando que era muy difícil detectar al autor del comentario, sin embargo un diario norteamericano ha demostrado que el nombre del joven se puede leer fácilmente en la publicación virtual. Un caso más de imperdonable negligencia de quienes deben velar por la seguridad de sus ciudadanos.
    Nikolas Cruz ha sido descrito como un joven extraño por la comunidad que conoció de sus andanzas. Había sido expulsado por actos de indisciplina del centro de estudios donde cometió su crimen; estaba prohibido su ingreso al local con mochila, pues ya una vez se le había encontrado armas blancas entre sus pertenencias. Desde muy jovencito gustaba bromear haciendo sonar las alarmas del colegio para crear zozobra en vano; además, muchos ex compañeros recuerdan que fueron amenazados alguna vez por el problemático adolescente. Se sabe que era huérfano y que vivía con sus padres adoptivos. Pero el padre había fallecido hace unos años y la madre en noviembre pasado. Era miembro, probablemente, de una agrupación supremacista blanca, hecho que se puede colegir de sus comentarios racistas y xenófobos en contra de los negros y los inmigrantes. No sé si todo esto pueda explicar, en parte, la actitud que lo ha llevado a protagonizar estos crímenes que han sacudido a la sociedad estadounidense. Seguía tratamiento siquiátrico por la muerte de su madre, que al parecer abandonó voluntariamente.    
    Lo cierto es que nos enfrentamos a otro hecho de armas que nuevamente pone sobre el tapete la vieja discusión sobre la segunda enmienda de la Constitución de ese país que permite el uso legal de armas como un derecho consagrado. Pero es verdad también que la cantidad de armas per cápita que posee EE.UU. no tiene parangón con ninguna otra realidad mundial, pues las estadísticas hablan claramente de casi un arma por persona, lo que evidentemente constituye un factor de gran fuerza para esta deriva mortal. Y si a  esto le sumamos el poderoso lobby que ejercen los integrantes de la Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés), que por boca de sus voceros han llegado a decir que quienes se oponen a esta barbaridad odian la NRA, la segunda enmienda y la libertad individual –cuando es perfectamente al revés, pues son ellos los que en verdad odian la vida, odian la vida civilizada de las personas y se solazan cada vez con estos crímenes salvajes que enlutan a decenas de hogares de familias inocentes y pacíficas–, el cóctel resulta altamente explosivo.
    Es evidente que los EE.UU. es una sociedad enferma, pues no se puede concebir que quienes se proclaman los abanderados de la civilización y los derechos humanos en el mundo, el país más poderoso de la Tierra, la democracia modelo y ejemplo para los demás pueblos del orbe, posea este residuo atávico de las formas de vida más primitivas, algo que se podría entender en los tiempos en que se formaba como nación, en medio de la hostilidad de los pobladores originarios que luchaban por impedir que estos invasores europeos les arrebataran sus tierras y finalmente los exterminaran de su territorio. Algo que hemos visto con bastante profusión a través de los famosos western que el cine yanqui puso en boga a mediados del siglo pasado. Tal pareciera que tal época no se ha acabado, que seguimos inmersos en la guerra de tribus, colonos y pioneers de los primeros años de la conquista. Será tal vez la muestra de su declive como superpotencia, el síntoma más clarísimo de su descomposición y decadencia, cuyo otro signo es la elección del presidente más estúpido y ramplón que haya tenido en toda su historia el país de Washington y Lincoln, de Emerson y Whitman.
    Los sobrevivientes de la matanza y los familiares de las víctimas están promoviendo ahora una campaña definitiva contra las armas, pues entienden que no puede ser que cada vez que sucede un hecho así, todo vuelva a la normalidad después de unos días de conmoción y dolor. Porque esta ha sido una constante desde hace más de medio siglo, y mientras tanto sigue creciendo la cantidad de muertos por el uso de armas civiles cada año, sobrepasando incluso al número de víctimas que las fuerzas armadas reportan de sus numerosas incursiones en las guerras que promueven por distintos puntos del globo siguiendo los dictados de la ambición imperial del país de las barras y las estrellas.
    Ojalá que esta cruzada rinda sus frutos, pues ya es tiempo de erradicar el salvajismo y  la barbarie de esta época que se precia de sus logros científicos y tecnológicos, pero que desde el punto de vista de la ética y la axiología, parece que aún vive en la Edad de Piedra.


Lima, 24 de febrero de 2018.    

sábado, 20 de enero de 2018

El Papa, la Iglesia y la impunidad

I

    Al primer Papa de la Iglesia Católica que vi en persona fue a Juan Pablo II, cuando en 1985 realizó su primer viaje al Perú y creó, como es lógico suponer, un fervor inusitado en una colectividad que mayoritariamente, como hasta ahora, adscribía a la fe de Roma. Lo paradójico del hecho era que por esos años mi alejamiento del catolicismo había experimentado un franco proceso de no retorno, atravesando una etapa de fuerte cuestionamiento en los últimos años del colegio, acentuándose en los primeros años universitarios y recalando en un ateísmo militante y doctrinario bastante acusado cuando se abatió sobre mí la desgracia mayor de ver partir a la persona más importante de mi vida.
    Una compañera de estudios de la Facultad de Derecho de San Marcos, notando mi profunda desolación por la dolorosa pérdida de mi madre, acaecida a mediados de enero de ese año, tuvo el gesto solidario de conseguirme un par de pases para el encuentro de la juventud con el Sumo Pontífice que se realizaría en el Hipódromo de Monterrico. Ella pertenecía a una parroquia de Breña y le fue relativamente fácil encontrar los salvoconductos. Mis amigos, percatándose de la indiferencia con que recibí la invitación, me animaron al unísono para que asista al que sería el acto más multitudinario de la presencia del Primado de Roma por estas tierras.
    Luego de las sentidas exequias de mi madre en el cementerio de Jauja, emprendí al día siguiente el retorno a la capital, acompañado de mi hermano menor, con la idea de continuar mis estudios. Fue en vano, me fue imposible de toda imposibilidad concentrarme un segundo en algo que no fuera el trance que acababa de sufrir. Y así en ese estado, transido del dolor más agudo que he tenido jamás, donde lo único que hacía era pensar y llorar, pensar y llorar, acepté ir a dicho encuentro con la idea, equivocada por cierto, de que mi pena pudiera diluirse entre la muchedumbre. Pura ilusión. Estar ahí, en medio de miles de jóvenes, bajo el sol despiadado del verano, oyendo sin oír  la prédica, sin duda valiosa, del Vicario de Cristo, fue sólo un espejismo. El sufrimiento estaba como contenido, acumulándose como una nube que se cargara antes de precipitarse en furiosa borrasca. Los chorros de agua que nos soltaban para combatir el intenso calor tenían su correlato en las palabras de esperanza que predicaba el sacerdote intentando aplacar esa honda desesperanza que se había instalado en mi alma.

II

    Nos visita ahora el Papa Francisco, el primero de origen latinoamericano que tiene la Iglesia Católica y el primero también de la orden de los jesuitas. La primera parte de su viaje lo ha llevado a Chile, el país que registra la menor cantidad de católicos en el continente. El recibimiento que se le ha tributado a Jorge Mario Bergoglio ha sido el más frío y el menos masivo, según los reportes de la prensa; presencia, además, envuelta en el escándalo suscitado por las denuncias de abusos sexuales perpetradas por miembros de la Iglesia en ese país. Los colectivos que sostienen las denuncias, y las víctimas directamente, han hecho sentir su voz de protesta por lo que consideran una reacción bastante tibia y hasta cierto punto concesiva de parte de la jerarquía eclesial ante los actos cometidos por Fernando Karadima y sus secuaces contra cientos de niños y jóvenes durante las últimas dos o tres décadas.
    Lo mismo puede decirse en el caso del Perú, estando de por medio la investigación abierta por los abusos denunciados en el Sodalicio de Vida Cristiana, la congregación fundada por Luis Fernando Figari, que no han logrado hasta el momento tener la repercusión debida en las instancias judiciales ni menos en las alturas de la curia romana. La política del Vaticano en ese sentido ha sido la misma desde la época del papado de Karol Wojtila, es decir, silenciamiento, encubrimiento y complicidad. Pues así como no se hizo nada cuando se destaparon los crímenes de Marcial Maciel y sus Legionarios de Cristo en México, ocultándose bajo el manto de la más artera connivencia durante el periodo de Juan Pablo II, quien brindó su incomprensible protección al depravado, igualmente se procede hoy con los delitos de Karadima en Chile y de Figari en el Perú. Se llega al extremo de la felonía de que uno de los encubridores del religioso chileno, el obispo de Osorno Juan Barros, haya estado presente cuando Francisco habló de vergüenza y dolor ante el daño ocasionado a los niños por los curas, durante la misa celebrada en la plaza de Santiago. Soberana hipocresía.
    A pesar de las evidencias incontrastables que existen tanto en el vecino país del sur, con el testimonio lacerante de las víctimas, recogidos en parte en el libro Karadima, el Señor de los Infiernos de la periodista María Olivia Mönckeberg, como en el nuestro, con el documentado libro Mitad monjes, mitad soldados (Planeta, 2016), de los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz, poco o nada se ha logrado en cuanto a justicia y castigo para los culpables. Da que pensar la respuesta que ha dado el Papa ante las preguntas de los reporteros sobre los cargos que pesan sobre Barros, diciendo que se trata de calumnias, acusaciones sin pruebas, cuando ahí el testimonio del periodista y víctima de Karadima Juan Carlos Cruz, activista de la agrupación Ending Clerical Abuse (ECA), es de lo más elocuente.

III

    Si la Iglesia no quiere seguir llevando la oprobiosa cruz de la impunidad sobre sus hombros, debe emprender inmediatamente una labor de limpieza total, solidarizándose con las víctimas, escuchándolos de verdad y colaborando para que la justicia cumpla con su deber, pues de lo contrario tendremos sólo palabras vacías –como han dicho las víctimas en Chile–, y gestos para la tribuna. Purgar de elementos nocivos para la sociedad y para la misma Iglesia es lo más racional que cabe imaginar, separando a quienes, habiendo traicionado los principios y fundamentos del cristianismo, se volcaron a saciar sus ímpetus demoniacos escudados en su condición de sacerdotes y al amparo del hábito que los distingue como predicadores de la palabra de Cristo. O expulsándolos directamente para hacer que paguen sus delitos con la cárcel. De lo contrario, seguirá perdiendo adeptos a pasos agigantados, cautivados por el avance silencioso pero eficaz de las iglesias evangélicas, cada vez más fortalecidas en nuestros países. La religión no debe ser más la perfecta coartada para el accionar de pederastas y depredadores sexuales. Esa es la tarea concreta y urgente que les queda.
    Es el modesto consejo de un agnóstico.


Lima, 20 de enero de 2018.

domingo, 14 de enero de 2018

Conversación con Vargas Llosa

    Durante un semestre académico el escritor peruano Mario Vargas Llosa sostuvo un diálogo con el profesor de la Universidad de Princeton Rubén Gallo, con la participación de los estudiantes en un curso sobre literatura y política, abordando diversos temas que han sido las constantes de la obra literaria del Premio Nobel 2010. El libro que recoge esa maravillosa experiencia, Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017), posee la virtud de hacer viajar al lector por algunos hitos de la producción bibliográfica de quien es considerado, sin duda alguna, el escritor en lengua hispana más influyente de la actualidad.
    En la primera parte, que trata sobre las teorías de la novela, se discute en relación a las formas de narrar que se pusieron en boga en las primeras décadas del siglo XX, destacando entre ellas el realismo socialista, el existencialismo de Sartre y la propuesta del nouveau roman de Robbe-Grillet. Confiesa el novelista peruano su primera fascinación por la figura del escritor comprometido que encarnaba el filósofo francés, decantándose en esa primera etapa por el compromiso político en la literatura, así como por seguir las huellas de los experimentadores del teórico francés que impuso una nueva manera de asumir el arte de narrar.
    La relación entre literatura y periodismo, dos actividades que el escritor ha sabido conjugar magníficamente, es materia de la segunda parte. Desde que a los 15 años hiciera sus primeras incursiones en las redacciones de los periódicos, publicando notas de variada índole, artículos donde ya ejercitaba su innegable talento para la escritura, hasta su consagración internacional como colaborador estrella de los principales diarios del mundo. A través de su columna Piedra de toque, cuya membresía posee el diario El País de España, sus puntos de vista y opiniones sobre libros, arte y política pueden leerse en todo el ámbito de la lengua.
    El cuarto capítulo está dedicado al análisis de Historia de Mayta (1984), novela que recrea el levantamiento guerrillero fugaz de Jauja en 1962. En ese verano, un puñado de ilusos y románticos estudiantes del Colegio San José, comandados por el joven oficial de la policía Francisco Vallejo, y bajo la guía ideológica del líder trotskista Mayta, con el ejemplo reciente de la revolución cubana, deciden crear un foco sedicioso en las alturas de la provincia, que es aplastado sin misericordia cuando un contingente del ejército proveniente de Huancayo los alcanza y se traba un desigual combate.
    El quinto capítulo aborda la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), una historia de corte policial basada también en un hecho real. De la misma manera que en la anterior ficción la influencia de Faulkner se deja sentir en el uso de la voz narrativa, en ésta se nota la presencia de otro grande de las letras norteamericanas, Hemingway, a través del manejo sagaz de los silencios, de aquello que el narrador elude para que sea el propio lector quien termine el juego tácito de la construcción de las ficciones.
    El sexto capítulo está dedicado a El pez en el agua (1993), la crónica de los años de su inmersión en la campaña política para la presidencia de la República en 1990, alternada con el testimonio de los inicios de su vocación literaria. La cruda experiencia en una actividad que, como muchas lo ha dicho el propio novelista, recoge tanto lo mejor como lo peor del ser humano, marcaría para siempre su vieja estirpe sartreana del artista como oráculo y referente moral de la sociedad.
    La séptima parte desmenuza la otra gran novela de dictador que escribió Vargas Llosa: La fiesta del Chivo (2000). Una de las pocas narraciones ambientadas fuera del Perú, y a donde el autor se trasladó para documentarse, como hace siempre que va a escribir una ficción, transcurre esta vez en la República Dominicana, ese país del Caribe que comparte con Haití la isla que los conquistadores llamaron La Española. Cuenta, con una intensidad pocas veces lograda en la literatura de este género, las hazañas descomunales del horror y las miserias más escabrosas y sórdidas del régimen de Rafael Leónidas Trujillo, el tirano que asoló ese país por más de tres décadas, hasta acabar asesinado por una conspiración en las calles de Santo Domingo.
    El libro se cierra con un diálogo sobre la amenaza del terrorismo en el siglo XXI, contando para la ocasión con la participación de Philippe Lançon, el periodista que resultó herido en el ataque a la revista satírica francesa Charlie Hebdó en enero de 2015 por un par de fanáticos terroristas islámicos, y que dejó el trágico saldo de doce periodistas –entre dibujantes, caricaturistas y diseñadores–, asesinados en esa fatídica mañana. Unas palabras de reflexión sobre un tema delicado de nuestro tiempo que merece tomarse en cuenta para afrontar el incierto futuro que nos espera.


Lima, 11 de enero de 2018.