domingo, 22 de julio de 2018

Pinceladas mundialistas


    El Campeonato Mundial de Fútbol 2018, realizado en esta ocasión en Rusia, ha tenido en vilo al mundo entero durante un mes completo, sobre todo a los hinchas de los países de los 32 seleccionados que han sido los protagonistas de esta competencia que, cada cuatro años, convoca la mirada y la atención de todos los rincones del orbe. Aún la de quienes como el que esto escribe, son más bien renuentes a rendirse a un deporte hegemónico que termina sepultando otras prácticas, igualmente merecedoras del fervor que acapara el  balompié.
    Por diversas razones, he tenido ocasión de observar sólo un puñado de encuentros que se pueden contar con apenas los dedos de las manos, motivo por el que esta mirada, que rescata algunos instantes de los numerosos partidos disputados intensamente en ese tiempo, no pretende ser abarcadora ni completa, sino como reza el título, solamente parcial, subjetiva, heterodoxa, solipsista casi, pinceladas que retratan momentos destacados y curiosamente significativos. Más o menos en el sentido de una película que vi, hace muchísimos años, en la Filmoteca de Lima, sobre el boxeo, que en vez de enfocar las cámaras en el ring donde acontecen normalmente los hechos en una pelea de box, ellas enrumban sus miradas hacia el público, allí donde los azorados concurrentes viven su propia pelea, desnudando en sus rostros todas las facetas de las pasiones humanas, espoleadas por el espectáculo que tienen ante sus ojos.
    Por ejemplo, esa imagen de Messi, considerado el mejor futbolista del planeta, solo en medio del campo, como si estuviera perdido en un inmenso desierto verde –perdóneseme el oxímoron–, pinta  de cuerpo entero la realidad de un seleccionado que nunca estuvo a la altura de lo que sus viejos lauros dictaban. El equipo argentino, sencillamente, fue arrasado por el cuadro galo, donde la figura emergente de un Kylian Mbappé, que con sus arranques intempestivos, sus trancadas inverosímiles y su carrera endemoniada, resultó inalcanzable para los cansinos defensores de la albiceleste.
    O la de España, una selección desangelada, conduciendo su compromiso ante el anfitrión en su partido más soso, aburrido y monótono tal vez de todo el mundial; desbrujulada hasta la médula, hundida en la grisura de una pobre y previsible performance, como ajena a todo lo que estaba en juego. Totalmente irreconocible de aquella que conquistó brillantemente la presea dorada en Sudáfrica 2010.
    El llanto de James Rodríguez en el banco colombiano, luego de la derrota ante Inglaterra, es la imagen misma de la frustración, de la caída a sólo un paso de la gloria. Imposibilitado de salir al césped por una lesión, exhibía toda su impotencia con ese rostro anegado en lágrimas. Confieso que fue una de las imágenes que más me conmovió. Ahora me doy cuenta de que una justa como ésta también puede convertirse en un repertorio inagotable de las emociones humanas.
    La decente participación peruana, eliminada increíblemente en la primera fase a pesar de su buen juego y de sus ganas inmensas de desquitarse de más de siete lustros ausente de los campos mundialistas. Perdió su pase a la segunda ronda, pero se ganó el afecto de la crítica y de la hinchada global. Además de que sus propios seguidores, una fanaticada esperanzada y vehemente, tiñeron de rojo y blanco las calles y plazas de las ciudades rusas donde jugó el once de sus amores. Inútil ya imaginarse qué hubiera pasado si Cueva convertía ese penal; quizás avanzaba hasta luchar los mismos cuartos de final, pero el azar, los dioses o los demonios del fútbol dictaminaron otra cosa.
    Las lágrimas en las tribunas de los uruguayos, y en el gramado del central Giménez, ante la inminente eliminación de su equipo ante Francia, el coloso imbatible, quedó también grabado en las retinas de todos los espectadores globales. Es una pena que los cuadros sudamericanos, incluido el Brasil de Neymar, hayan perdido competitividad frente al afianzamiento cada vez más acentuado de las selecciones del primer mundo. Y ante el repliegue de los africanos, esta ha sido la primera final exclusivamente europea.
    Otro aspecto relevante ha sido el eclipse de las grandes estrellas del firmamento futbolístico, como el propio Messi, Ronaldo y Neymar; y el surgimiento de otras figuras que fulguraron en Rusia-2018, como los belgas Lukaku y Hazard, el inglés Kane, el mismo francés Mbappé y el croata Modric, quien precisamente se hizo merecedor al Balón de Oro, distinción que premia al mejor jugador del torneo. Es importante aquí destacar la presencia entre ellos de varios hijos de emigrantes africanos, integrados en sus selecciones como una demostración palmaria de lo que el deporte puede hacer en medio del fantasma xenófobo y populista que recorre el Viejo continente.  
    Justamente el binomio Modric-Rakitic, con su juego inteligente y preciosista, ha sido sin duda un factor determinante para que ese pequeño y joven país de cuatro millones de habitantes, a quien he calificado como el Uruguay de Europa, haya accedido a la final mundialista. Luego de extenuantes partidos, prolongados en tiempos suplementarios hasta la agonía de los disparos de los doce pasos, el menudo genio croata y su acompañante fueron los baluartes y héroes de la participación balcánica en la competición rusa.
    Por último, el episodio anecdótico que protagonizó el fotógrafo salvadoreño de la Agencia France Press, Yuri Cortez, arrasado con todo su equipo de trabajo por la ola celebratoria del equipo croata celebrando el gol de Mandzukic ante Inglaterra, camino que le franqueaba su pase a la final, donde perdió épicamente ante la, finalmente, campeona Francia. El fotógrafo, desde el suelo, siguió disparando su cámara, obteniendo las imágenes más extrañas de este Mundial.
    Nos volveremos a ver en Qatar-2022.

Lima, 22 de julio de 2018.

sábado, 21 de julio de 2018

Los huevos de la serpiente


    El descomunal destape, que han realizado dos periodistas y sus respectivos equipos de investigación, de los nauseabundos audios en que magistrados del Poder Judicial y miembros del Consejo Nacional de la Magistratura negocian prebendas, enjuagues y pactos infames con empresarios, políticos y otros personajes facinerosos de la fauna nacional, es la prueba cantada que todos esperábamos desde siempre para tener las evidencias incontestables de la podredumbre que ya adivinábamos en ese poder del Estado.
    Todos los comentarios indignados de ciudadanos de a pie apuntan a que todo eso ya se sabía, y es cierto, las sospechas y los reparos hacia la actuación de ciertos jueces, fiscales y abogados han sido una constante entre los sufridos litigantes desde hace muchísimo tiempo en nuestro país; pero nunca como ahora habíamos tenido la certeza de los niveles de corrupción y miseria moral a que podían descender individuos encaramados en las altas esferas de la judicatura en el Perú.
    La valiente iniciativa de una jueza, el subsiguiente respaldo de un fiscal y la corajuda participación de un valiente periodista como Gustavo Gorritti, de IDL-Reporteros, han hecho posible este hediondo develamiento de las sentinas mismas de un organismo público que infelizmente ha sido copado paulatinamente por el lumpen seudo profesional de una burocracia mediocre y delincuencial que ha administrado la justicia de este país por décadas. Como me decía hace un tiempo un amigo poeta, en son de broma esa vez, pero con cuánta verdad ante este espectáculo de asco: “Este no es el Poder Judicial, sino el Poder Perjudicial”.   
    El hartazgo de la ciudadanía se ha expresado en la multitudinaria e indignada marcha del pasado jueves 19. Miles de personas, agrupadas en asociaciones de la sociedad civil, sindicatos, universitarios, enfermeras, periodistas, y sobre todo jóvenes, se han manifestado por las calles de diferentes ciudades del país, elevando al aire sus voces de rabia y desengaño ante tanta exhibición impúdica de putrefacción y bajeza. Si una esperanza todavía nos es permitida tener, es aquella que está depositada en esa juventud que perfectamente puede erigirse en la reserva moral de la sociedad. Ellos hacen política en su sentido más prístino, es decir, su preocupación por la polis es auténtica; y no la política partidaria de algunos sectores que sólo velan por sus mezquinos intereses de facción.   
    Estoy seguro de que existen, a pesar de todo, personas decentes en el Poder Judicial, el Ministerio Público y demás instancias de la administración de justicia; sin embargo, también es evidente que una gran mayoría de sus integrantes muy bien podría ser descubierta en parecidos o iguales comportamientos de los que hemos sido testigos en las últimas semanas. A través de un léxico propio de pandilleros de barriada, usando frases y coloquialismos que ya están en conocimiento de todos (“Oye, hermanito”, “estoy pensando en diez verdecitos”, etc.), sus comunicaciones, interceptadas lícitamente, revelan también el estándar de educación que han tenido, una pobrísima formación axiológica y una indigencia ética que realmente nos apabullan. Sus patéticas explicaciones y justificaciones son el ejemplo más rampante del cinismo y la sinvergüencería de que hacen gala con la mayor desfachatez.
    Las preguntas que surgen de rigor son, entonces: ¿Habrán aprobado, si es que llevaron alguna vez, el curso de Deontología Forense en la universidad?, ¿en qué Facultad de Derecho realizaron su formación académica para terminar desbarrando como cerdos en el mundo profesional?, ¿o es que nada de lo que supuestamente aprendieron les sirvió para el ejercicio decente de su carrera? Son algunas de las numerosas interrogantes que podemos seguir apiñando para tratar de explicarnos el estupor en que hemos caído. Porque el problema parecer ser mayor, pues involucra el sistema mismo en el que estamos inmersos, con una educación por los suelos y una práctica política encanallada desde los mismos centros de poder, llámese Poder Legislativo o Poder Ejecutivo. No es suficiente, por ello, la caída del ministro de Justicia ni la renuncia del presidente del Poder Judicial. 
    Hemos hallado, pues, los huevos de la serpiente, diseminados en diversas instancias de ese poder que tantos dolores de cabeza causa a millones de compatriotas que viven día a día sus causas y litigios en los pasillos de los juzgados y las cortes, esperanzados en obtener justicia, sin saber a veces que toda esa maquinaria está infestada por los trapicheos más inmundos, una diabólica parafernalia que medra del abuso, la estafa, el engaño, la coima, la dilación y tantísimos otros mecanismos que han convertido al Poder Judicial en un antro de alimañas y sabandijas de la peor especie.
    “Decirle a una persona que es embustera constituye la más mortal de las afrentas […]. El hombre que padeciera la desgracia de pensar que nadie iba a creer ni una sola palabra que dijera, se sentiría el paria de la sociedad humana, se espantaría ante la sola idea de integrarse en ella o de presentarse ante ella, y pienso que casi con certeza moriría de desesperación”. Es impensable que en estos tiempos se pueda presentar una situación como la que describe Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales, pero cómo nos gustaría que tantos embusteros como los Hinostroza, los Ríos, los Noguera y otros impresentables, terminen sus días en medio del escarnio público.  
    ¿Qué hacer ante tanta inmundicia? Hace poco, y a propósito de los bochornosos sucesos del escándalo de Odebrecht que desembocaron en la salida presidencial y el cambio de mando, propuse como alternativa radical refundar la República, que ahora escucho en boca de un congresista. Me parece la única salida válida. Reformar la Constitución, nombrar comisiones de reforma, convocar una Asamblea Constituyente, volver a la Constitución de 1979 (superior a este mamotreto fujimorista de 1993), pueden ser algunas posibles salidas, pero siempre serán soluciones parciales o epidérmicas. Lo que acá necesitamos es empezar de cero. ¿Cómo lo hacemos? He ahí la cuestión, como dice Shakespeare. Esa es la tarea de expertos, juristas, hombres honestos y valiosos que sin duda tenemos todavía, para que nos alcancen en el tiempo más breve un proyecto de edificar desde los cimientos esta República que se cae a pedazos sin haber cumplido siquiera los dos siglos de vida.

Lima, 21 de julio de 2018.      
   

domingo, 24 de junio de 2018

Las flores del mal

    Caer tumbado a la cama, producto de una de esas enfermedades virales y pasajeras, puede no significar necesariamente la experiencia más desoladora que uno puede vivir. Pues como dice el famoso refrán, no hay bien que por mal no venga, todas las cosas tienden a encerrar en su corazón su opuesto, todas encarnan lo que ellas son en sí mismas y su contrario. Los filósofos le pusieron nombre a esta fuerza cósmica universal y la llamaron dialéctica, intuida por el viejo Heráclito hace tantísimos siglos en la época dorada de Grecia, y redondeada por el sedicioso Marx en el siglo XIX a partir de los aportes del impertérrito Hegel.
    Es lo que me está pasando estos días excepcionales en que al borde de inaugurarse el invierno, una estación que por cierto adoro –para asombro de propios y extraños– me he visto de buenas a primeras arrojado a las sábanas en busca de abrigo y remedio por la culpa, que para mi desgracia siempre quedará impune, de un virus que se solaza con sus jugarretas y sus bromas macabras, haciéndonos sentir a veces, a través de sus monerías, la presencia siempre al acecho de la parca, aunque sea a escala infantil.
    Llegué a casa el fin de semana ya con algunos vestigios del mal: un persistente dolorcillo de cabeza, un escalofrío incipiente, cierta molestia en la garganta, algún mareo todavía no declarado y mucho sueño. Al día siguiente, todos estos síntomas se acentuaron, como si el virus fuera dirigiendo sus tropas implacables por todos los rincones de mi cuerpo y los fuera abatiendo como un verdadero ejército de ocupación. El dolor de cabeza se hizo mayor, el escalofrío pasó a ser abiertamente un frío inusual –cosa curiosa para alguien que jamás sintió algo semejante en este clima malsano–, la molestia en la garganta se volvió una tos pedregosa y los mareos se confabularon con el sueño para ya no poder abandonar la cama.
    Para combatir el ataque aleve de este monstruito invisible eché mano de algunas pastillas que me trajo mi hija, de las bebidas calientes que preparó mi esposa y que me sirvió, con su proverbial bonhomía, mi hijo. Es decir, todos en casa a su vez mancomunados para hacer frente al enemigo que hacía estragos en mi endeble naturaleza, apagando de la noche a la mañana una energía alerta y perspicaz para todas las tareas urgentes de cada día. Me tuve que resignar a quedarme en el lugar más cálido de este mundo, cobijado entre sus linos y algodones para evitar un ataque feroz del verdugo.
    Pero como no todo tiene que ser desgracia, este deprimente espectáculo también tuvo sus rayos de sol, su otra cara de luz y esperanza, su contraparte de radiante espiritualidad en medio de esta pequeña debacle de la carne. Y todo ello gracias a que –a  diferencia de un Juan Carlos Onetti, que en su lecho de enfermo sólo contaba con sus eternos cigarrillos y sus copas de whiskey– yo podía contar con mis libros, mis diarios, mis cuadernos de apuntes y mi música. Aparte de, y nunca está demás decirlo, esa ansiada soledad que es la amante de los poetas, de ese insondable silencio no contaminado por la voz humana que he tenido ocasión de gozar después de muchísimo tiempo.
    A la vez que leía La mala hora –para hacer juego con mi situación–, de mi entrañable autor Gabriel García Márquez, tuve el regalo maravilloso de escuchar el Concierto para piano y orquesta N°1, en mí menor, opus 11, del no menos adorable Frederic Chopin, cumbre de la excelsitud y la sublimidad convertida en sonidos. Mi emoción fue tan intensa, producto quizás de mi estado febril, que prorrumpí en un sollozo que sólo pudo ser sofocado cuando Sebastián se acercó para darme un abrazo y decirme de paso que la música era también parte de la terapia. No lo dudo. Pero recordaba a la vez las tantas ocasiones en que el genial pianista polaco había obrado el mismo efecto en mi sensibilidad con sus acabadas composiciones.
    Estas serían, parafraseando a otro grande de la poesía universal, algunas de las flores que he podido espigar en este corto pasaje por los corredores sombríos de los reinos del mal. Sé muy bien que no era precisamente al que se refería el torturado Baudelaire, para quien esa categoría poseía más bien resonancias metafísicas que, sin embargo, podían encarnar en realidades humanas.
    No debo olvidar, para concluir, la flor más hermosa de todas: la cercanía de los seres a quienes más amo en este mundo, el saberlos próximos en el espacio por un tiempo que en otras condiciones es escaso. Su atenta solicitud para cualquier necesidad, su diligencia para sobrellevar el mal, su paciencia para encarar mi adversidad han sido realmente invalorables. Gracias a ellos, he vencido otra vez.

Lima, 18 de junio de 2018. 

sábado, 19 de mayo de 2018

De regreso a las cavernas

    El hombre viajaba en un bus de transporte público que lo llevaba desde la parte sur de la ciudad hasta la zona norte, donde vivía. Ocupaba un asiento delantero hacia la ventana, vestía ropa sencilla, una camisa manga corta, pantaloneta y zapatillas. Portaba, además, una bolsa de rafia que lo tenía colocado entre los pies.
    A medio camino sube al vehículo un vendedor ambulante para ofrecer sus productos, visiblemente es venezolano, de los muchos que han emigrado a estas tierras por la situación dramática que vive su país. Empieza saludando, usa correctos y educados modales, relata brevemente su historia para tratar de persuadir al público de que colabore con él. Menciona que en Venezuela trabajó por varios años como profesor de educación física en un liceo y que la realidad económica terminó expulsándolo de su tierra natal para buscar mejores alternativas tanto para él como para su familia. Aún es joven y habla de la importancia de la educación, de cómo es fundamental que la gente entienda que el cuidado de la ciudad es una demostración palpable de nuestra cultura, que arrojar basura por las ventanas de los carros o caminando por la calle constituye un agravio inaceptable para el medio en que todos vivimos. Luego pasa a ofrecer sus golosinas, con mucha cortesía y amabilidad; algún pasajero le compra una bolsita de caramelos, otros desisten con un ligero movimiento de cabeza. Cuando pasa frente al asiento del hombre que viene del sur, éste lo felicita por aludir en su plática a la educación y al tratamiento de la basura, le da una moneda y el joven vendedor le agradece.
    En el siguiente paradero sube un vendedor de bebidas, el hombre que viene del sur le pide una botella de agua. Mientras espera su vuelto, observa que el vendedor maniobra indebidamente por encima de mi hombro rozándome con su caja de mercadería. Entonces el hombre interviene para decirle que tenga cuidado retirándose a un costado. Es en ese momento que me dirige la palabra para hablarme de los terribles niveles de educación que padece nuestro país, hasta el punto de que la gente no tiene ningún respeto por nada ni por nadie, que se conduce por el mundo premunida de un individualismo salvaje que sólo la hace pensar en sí misma, en sus propios problemas y en la manera cómo solucionarlos, no importándole los medios a su alcance para conseguirlos.
    Entrando más en confianza, confiesa que está de vuelta en el Perú después de más de veinte años, todo el tiempo que reside en Italia, donde tiene una esposa y unos hijos, a quienes ha tenido que dejar por sus errores cometidos con la ley. Pero, agrega, él no es un delincuente, no ha robado ni matado a nadie; la razón de su expulsión son motivaciones estrictamente jurídicas en las que no entra en detalles. Sólo le queda esperar, armado de una paciencia digna de Job, hasta agosto de 2020 para poder regresar al país donde ha vivido buena parte de su existencia.
    El contraste entre ese modo de vida en un país europeo con el nuestro es para él deprimente, desolador. Siente que ha regresado en el tiempo por lo menos cincuenta años, ya no reconoce la ciudad que dejó a fines del siglo XX y que se ha convertido en este caos palpitante, en esta Lima desorganizada, anárquica, sucia, más horrible tal vez de la que alguna vez la describiera Sebastián Salazar Bondy. Demorarse más de dos horas para llegar de un punto a otro de la ciudad, en medio de un tráfico endemoniado, es sencillamente devastador para él. Las vías concebidas para ser rápidas, como aquella por donde ahora vamos, llamada precisamente Vía de Evitamiento, que deberían servir para hacer más fluido el tránsito de los vehículos, lucen a ciertas horas del día totalmente repletas de todo tipo de transporte, deslizándose autos, camiones y buses con una lentitud que desespera y abruma. Justamente estamos atrapados en el laberinto, en esta soleada tarde otoñal, en medio de un atasco que cada vez es más habitual. El público como que se va acostumbrando a esta normalidad monstruosa de la que ya no es consciente, o quizás la acepte con cristiana resignación para poder sobrevivir sin mayores sobresaltos. Pero para el hombre que viene del sur esto es apabullante, insoportable, lisamente infernal.
     Comparto su punto de vista y confirmo todas sus aprehensiones, lamentando su condición de repatriado temporal. Cuando ya tengo que bajar, al despedirme estrechándole la mano, le deseo suerte y me quedo imaginando cómo habrá de poblar sus días en este auténtico regreso a las cavernas que es su experiencia entre nosotros, estos trogloditas del tercer mundo que feliz o infelizmente ignoran que habitan en algún estadio del paleolítico en pleno siglo XXI, perdidos y deslumbrados por los fuegos fatuos del avance tecnológico que no hace sino enmascarar esa verdad esencial de nuestra condición de homo sapiens en entredicho.

Lima, 16 de mayo de 2018. 

lunes, 14 de mayo de 2018

Visibilidad del feminicidio


    Cada vez más casos de acoso, maltrato, agresión y violencia en contra de las mujeres salen a la luz y se ponen de actualidad en la prensa de todo el mundo, desnudando una situación de indefensión, extrema vulnerabilidad y sometimiento al que se encuentran expuestos miles de seres humanos que sufren dichos agravios por su sola condición de género.
    En el Perú, por ejemplo, y para comenzar por casa, ha conmocionado a la opinión pública el cruel atentado contra la vida de una joven a manos de un individuo que, planificando pacientemente su crimen, le roció de gasolina y le prendió fuego en un bus atestado de pasajeros en una calle céntrica del distrito de Miraflores. Aduce el victimario que lo hizo porque se sintió utilizado, como si el haber sido rechazado en sus pretensiones de conquista le confiriera el derecho de reaccionar de esa manera.
    La víctima, una chica de 22 años, tiene más del 60% de su cuerpo quemado, debiendo someterse a numerosas operaciones para tratar de reconstruirle la piel que ha sido dañada. Está inducida al sueño para que pueda soportar el doloroso trance que vive. De hecho, su vida ha sido arruinada de forma irremisible, pues nadie podrá devolverle jamás las posibilidades, las ilusiones y los sueños que albergaba antes del trágico suceso.
    En España, se discute aún el polémico fallo de un tribunal de Navarra que ha condenado a cinco energúmenos, que significativamente se hacen llamar La Manada, a nueve años de prisión por el delito de agresión sexual en contra de una muchacha de 18 años que durante la fiesta de los sanfermines en Pamplona en el año 2016 sufrió el vejamen inicuo de una violación en grupo. Fue llevada a un portal por este quinteto de bestias donde abusaron de ella por cerca de media hora, jactándose de su fechoría a través de grabaciones en sus teléfonos móviles y dejándola luego abandonada, golpeada y robada en las inmediaciones del lugar de los hechos. Lo que la opinión pública discute es que la sentencia diga agresión sexual, y no violación, como efectivamente sucedió, amparándose en enredadas lucubraciones jurídicas que pretenden explicar lo inexplicable.   
    Podría seguir enumerando otros casos de los que los periódicos se hacen eco a nivel mundial, como el infame crimen de una niña india de apenas 8 años, Ashifa Bano, víctima de una violación con tintes de enfrentamiento religioso en la localidad de Kathua, del estado de Jammu y Cachemira, al norte de la India. Su origen musulmán la convirtió en chivo expiatorio de una comunidad hindú rival que cebó en ella su cerril venganza por razones territoriales, pues consideran que aquellos invaden sus tierras en una región donde el 90% de las tierras es propiedad de custodia. O el reciente ataque con cuchillo a una joven trabajadora por parte de un compañero que la pretendía, aquí otra vez en el Perú y para cerrar este círculo espantoso del feminicidio galopante.
    Es necesario replantearse el futuro escenario de la lucha contra el feminicidio, una conducta que ha estado instalada, sibilinamente, en la cultura patriarcal del machismo más cerril, aquel que no contentándose con pisotear toda posibilidad de reconocimiento de la igualdad de derechos de la mujer en las sociedades democráticas, dejaba además un resquicio para asumir posiciones violentas que sencillamente buscaban eliminar al objeto de sus odios y sus resentimientos.
    Se trata de asumir una visión libre de prejuicios desde la educación más temprana para forjar una genuina cultura de la igualdad, que destierre para siempre estos bolsones de conservadurismo todavía significativos enquistados en determinados sectores ultramontanos de las sociedades modernas. También se trata de no dejarse atolondrar por campañas insidiosas de facciones ortodoxas y dogmáticas de las iglesias que buscan a toda costa preservar el statu quo en materia de educación sexual, enfoque de género y otras asignaturas pendientes para avanzar en pro de una civilización que verdaderamente merezca ese nombre.
    Nada frena tanto el combate por una sociedad igualitaria como posiciones retrógradas que victimizan a la mujeres presentándolas poco menos que culpables de las agresiones que padecen, desde las suspicaces preguntas de un agente policial en los puestos de comisaría adonde acuden a veces a denunciar una agresión, hasta las denigratorias alusiones a la forma cómo van vestidas por parte de esos embajadores del medioevo que muchas veces son los curas de todas las jerarquías en nuestros países del tercer mundo. Ni un párroco ni un cardenal tienen el derecho de culpabilizar sin fundamento a las víctimas de un delito a todas luces execrable.

Lima, 13 de mayo de 2018.    

domingo, 29 de abril de 2018

El intrincado ajedrez sirio

    El absurdo ataque perpetrado por las fuerzas aliadas de Estados Unidos, Reino Unido y Francia en contra de instalaciones científicas y militares sirias ha hecho pensar a muchos que era el comienzo de una escalada que bien podría desencadenar en una guerra de devastadoras consecuencias, si pensamos en la respuesta que presumiblemente tendría en mente Rusia, aliado natural del régimen de Bashar Al-Assad. Han pasado unos días y, aparentemente, todo no ha pasado de protestas diplomáticas y condenas internacionales, sin que el incidente haya pasado a mayores. Sin embargo, no sabemos qué se cocina por detrás de ello en los gabinetes de las grandes potencias que deciden el destino del mundo.
    Si en un primer momento, antes de las incursiones del viernes 13, el gobierno de Vladimir Putin había sido particularmente duro al amenazar con usar su escudo antimisiles instalado en territorio sirio, y eventualmente destruir la nave desde donde fueran lanzados los mortíferos misiles, al día siguiente de conocidos los hechos la reacción del Kremlin ha sido más bien tibia, limitándose a declaraciones oficiales por parte de sus voceros, señalándose la grave deriva que de ello pudiera resultar.
    Bajo el pretexto de que el gobierno de Damasco habría usado armas químicas en contra de la población civil de Duma, el 7 de abril en las afueras de la capital, la Casa Blanca, bajo la conducción del inverosímil Donald Trump, decidió lanzarse a esta aventura bélica saltándose los marcos jurídicos que establece el derecho internacional y los propios mecanismos que prevén las Naciones Unidas para este tipo de situaciones. Precisamente, un equipo de expertos de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), debía empezar a realizar su trabajo de verificación de los supuestos usos de dichas armas el mismo viernes 13, cuando el triunvirato de la muerte desató su furor.
    Lo cual quiere decir, en primer lugar, que ellos actúan al margen de los procedimientos establecidos, lo que evidentemente no es ninguna novedad; y, en segundo lugar, lo hacen violando la soberanía de un Estado que es parte de la comunidad internacional al que todos ellos suscriben. Es cierto que Siria está en guerra desde hace siete años, ante la mirada impávida de un mundo roído por la indolencia, y donde son protagonistas todos los actores inimaginables, en una intrincada red donde las alianzas parciales se tejen de acuerdo a los intereses en juego, que pueden variar según el asunto de que se trate, dándose la paradoja de que mientras en uno pueden ser involuntarios aliados, en otro son perfectos y encarnizados enemigos. Por ejemplo, cuando se trata de combatir al Estado Islámico, uno de los actores en escena, los Estados Unidos y Rusia coinciden en objetivos, pero si son las fuerzas armadas del gobierno de Al-Assad, uno funge de rival y el otro de colaborador.
    Pero lo más increíble es que se trataría de otro montaje más al que nos tiene acostumbrados la potencia imperial del norte. Así como en el año 2003, durante la administración del inefable George Bush hijo, se inventó la patraña aquella de las armas nucleares que estarían produciendo los iraquíes –con el fin de tener la coartada perfecta para invadir y someter al país árabe–, y acabar con el régimen incómodo de Saddam Hussein, quien terminó colgado del patíbulo; ahora se trata de armar otro sainete, una comedia bufa a cargo de un díscolo mandatario y sus secuaces europeos, en plan de castigo según ellos a un presidente que mandó exterminar a un sector de la población con armas prohibidas. También está lo sucedido en Libia y Afganistán, y una larga lista que se extiende por casi todo el siglo XX.
     Volviendo al motivo del ataque, no está demostrado fehacientemente el uso de armas químicas por parte del gobierno sirio, curiosa circunstancia ante la que han callado todos los voceros de los demás países de la Unión Europea, avalando con su silencio el exabrupto del trío letal. Sin embargo, existen posturas disidentes, como el del gobierno chino y otros países americanos que en esos momentos participaban de la Cumbre de las Américas en Lima, verbi gratia la clarísima posición expresada por el presidente boliviano Evo Morales, rechazando el uso de la fuerza por parte del matón número uno de este barrio global. Posición secundada por el canciller cubano Bruno Rodríguez, cuya respuesta, ante las palabras incriminatorias del vicepresidente estadounidense Mike Pence, es sencillamente de antología. Le recuerda todas las tropelías cometidas por Washington en el pasado, apoyando a dictaduras y regímenes genocidas, lo que no convierte a nadie precisamente en un referente moral para erigirse en el árbitro supremo de las pendencias de este mundo.

Lima, 22 de abril de 2018.   

domingo, 15 de abril de 2018

Sobre álbumes y figuritas


     Se ha desatado todo un furor, previo al Mundial de fútbol, con el lanzamiento al mercado del famoso álbum Panini, fenómeno que ha convocado la nostalgia y la pasión de miles, tal vez millones, de hinchas en todo el mundo. El día mismo de su puesta en circulación, los quioscos de periódicos se vieron invadidos por una verdadera multitud de coleccionistas que agotaron inmediatamente los ejemplares. En otros, las colas seguían creciendo en espera de nuevas remesas y, por supuesto, de las primeras figuritas que comenzarían a llenar esta galería de selecciones de los países que participarán en el campeonato de Rusia 2018.
     Para mí ha sido una auténtica sorpresa este fenómeno de ver a numerosos hombres y mujeres acudiendo a los puestos de periódicos para solicitar su preciado álbum, como si fueran los niños curiosos y ávidos de otros tiempos que invadíamos ansiosos los lugares de venta para hacernos con un ejemplar y lanzarnos durante semanas enteras a la apasionante labor de coleccionar, figurita tras figurita, el álbum de nuestros sueños. No sé si será porque el seleccionado peruano ha conquistado su derecho a competir en la justa mundialista o porque una retardada ola de revivir lejanas aficiones infantiles ha llegado por estas orillas para instalarse por un tiempo.
     Aunque parezca increíble, yo no sabía de la existencia de este afamado álbum Panini. Dicen que es el más requerido y que ya tiene buenos años de vigencia. En mi infancia jaujina, jamás escuché ni supe de su nombradía; los únicos álbumes que llegaban por nuestras tierras eran las que tenían el sello de la capitalina editorial Navarrete, muy conocida también en nuestros medios. Con la diferencia de que nosotros juntábamos figuritas de los más variados temas, circunstancia que me permitió, paralelamente a la afanosa búsqueda de los cromos más difíciles, el conocimiento de diversos aspectos de la realidad. Recuerdo, por ejemplo, un álbum de la naturaleza con los tres reinos conocidos hasta entonces, donde pude conocer extrañas piedras preciosas como la amatista, el lapislázuli y el jade; flores exóticas de las regiones más dispares del planeta, y animales nuevos que se incorporaron a mi zoología personal.
     También me viene a la memoria un álbum de historia del Perú, desde la época precolombina, con las primeras manifestaciones culturales, hasta la etapa republicana con la proclamación de la independencia y los sucesivos gobiernos y presidentes que hemos tenido, pasando por la historia de los reyes Incas y la conquista por los españoles, y el inmediato establecimiento del Virreinato durante el periodo colonial. Tengo todavía las imágenes de las figuritas de Manco Cápac, Francisco Pizarro, el Virrey Toledo y don José de San Martín en la retina de mis recuerdos.
     Sin embargo, el álbum que más recuerdo, tal vez por el empeño puesto en su llenado, y por el desafío que implicó encontrar una figurita que hasta el final nos era esquiva, fue el de geografía del Perú, dividido por departamentos, que en aquella época aún eran 23, con sus respectivas provincias. Un cromo más grande estaba dedicado al mapa de cada  departamento, seguido por otros más pequeños con el delineado preciso de cada provincia y sus distritos. ¡Cuánto aprendí en esa ocasión sobre el territorio peruano y su división política! La figurita que se nos resistió hasta el último pertenecía a una provincia del departamento de Puno que nunca más olvidé: Lampa. Creo que esto inoculó para siempre en mi espíritu la pasión por la historia y la geografía, entre otros saberes.
     Desde muy temprano, los días que no estábamos en el colegio, y en las tardes durante el resto de la semana, nos apostábamos en el quiosco de don Pánfilo Cáceres, para intercambiar las figuritas que teníamos repetidas por las que nos faltaban. Decenas de chicos y chicas llegados de todos los puntos de la ciudad se arremolinaban en la esquina de los jirones Junín y Bolognesi, en plena Plaza de Armas, donde estaba situado el renombrado puesto de venta de periódicos y revistas de Jauja. Durante horas y horas todos estábamos a la pesquisa del número deseado, llegando a veces a disputarse dos o más coleccionistas la figurita hallada.
     En ciertas ocasiones, pocas por lo demás, podía darme el lujo de comprar un paquetón, cientos de sobrecitos con una cantidad impresionante de figuritas, que por varios días me ahorraba de acudir al puesto de periódicos. Con mis hermanos nos pasábamos pegando los cromos con engrudo, una goma casera que preparábamos con harina y agua. Una vez colocados en sus recuadros respectivos, volvíamos al centro de reunión con los números duplicados para intentar canjearlos por aquellos que eran los más difíciles, pues parece que eso obedecía a una treta comercial de la editorial, ocultando algunos de ellos o retirándolos parcialmente de la circulación, o sencillamente soltando una cantidad reducida para hacer más interesante la caza.
     Esa fue una etapa de mi niñez, apasionante sin duda, pero irrepetible. Ya no me veo en el plan de coleccionar figuritas y llenar álbumes; otros afanes y búsquedas ocupan mis días, aunque puedo mirar con un relente de ternura a los muchachos de estos tiempos que me dejan como un reflejo de ese remoto pasado en que yo viví esa aventura. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de aquellos que habiendo dejado hace mucho esa edad, vuelven, a sus años, a este ritual propio de una etapa infantil; algo de desfasado, de fuera de lugar, de estar viviendo a destiempo, puedo notar en sus actitudes y posturas.

Lima, 14 de abril de 2018.