domingo, 26 de agosto de 2018

Pañuelos verdes


    La campaña emprendida por las mujeres en la Argentina a favor de la aprobación de la ley que despenaliza el aborto, es un capítulo más de esa larga lucha que libran los seres humanos en pos de la realización de sus plenos derechos. Tras quedar aparcada, transitoriamente, luego de sufrir el rechazo en el Senado de ese país el pasado 11 de agosto, el destino de la norma es irremisiblemente positivo, pues tarde o temprano tendrá que ser aprobada en consonancia con la marcha indetenible de los derechos humanos en el mundo.
    Desde antes de que fuera aprobada la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en la Cámara de Diputados el 14 de junio, los diversos colectivos civiles que agrupan a las mujeres han venido realizando marchas, plantones, manifestaciones que exigían el reconocimiento legal de una práctica que nadie aprueba per se, pero que en el marco de una realidad punitiva, que empuja a muchas mujeres a someterse a operaciones  clandestinas con los consiguientes riesgos para su salud, se torna perentoria para detener las cifras escalofriantes que todos los años ensangrientan las estadísticas de mortalidad en el país sudamericano.
    Porque la verdadera discusión debemos situarla en el dilema entre aborto legal, seguro y gratuito por parte del Estado, o aborto ilegal, clandestino, altamente inseguro y en condiciones insalubres en manos de parteras o comadronas que terminan en la mayoría de los casos en muerte. Y no como lo plantean los sectores conservadores, encabezados por la Iglesia Católica y otras iglesias evangélicas, entre estar a favor del aborto o en contra de él, en campañas que denominan pro vida, pero que paradójicamente favorecen políticas que la niegan en la práctica. Porque lo cierto también es que, con ley o sin ella, las mujeres seguirán practicándose el aborto, en detrimento de las de menos recursos, que jamás podrán acceder a clínicas costosas, mientras que las pudientes gozarán de mejores condiciones.  
    Por 38 votos contra 31, la derrota provisional de esta batalla ha devuelto al país hasta 1921, en un verdadero salto hacia el pasado, una medida a todas luces retrógrada, a la ley que penaliza todos los casos de aborto, con excepciones de los casos de violación y de peligro para la vida de la madre. Miles de pañuelos verdes, símbolo de esta gesta, agitaban las activistas a las puertas del Senado, ese día crucial que se discutía en el recinto legislativo  por largas horas hasta mucho después de la medianoche. El resultado no pudo ser más desolador, pero ellas saben, así como muchos de los que apoyamos su causa, que vendrán otras batallas que terminarán consagrando sus legítimos derechos.
    Pues lo mismo sucedió con la ley del divorcio de 1987, aprobada finalmente en contra de las posiciones sectarias y reaccionarias de siempre. Otro tanto fue con la ley del matrimonio igualitario de 2010, que significó un serio revés para la Iglesia Católica y otros sectores conservadores y homofóbicos de la sociedad argentina. En ambas campañas, la polarización dividió al país, como ahora, y luego de una ardua lucha se consiguió aprobarlas reconociendo legalmente derechos inalienables del ser humano.
    En América Latina sólo Uruguay, Guyana, Cuba y Ciudad de México han aprobado leyes de plazos que minimizan las muertes por abortos clandestinos. Es emblemático al respecto el caso de Uruguay, donde entre 2001 y 2012 se produjeron 38 muertes por prácticas ilegales. Desde este último año, cuando se aprobó la ley, la mortalidad es casi cero, lo cual demuestra su efectividad y contradice los argumentos de quienes creyendo apostar a favor de la vida, no hacen sino negarla criminalizando a la madre y negando a las mujeres su derecho a una libre maternidad, a decidir de una manera libérrima cuándo y cómo ser madres.
    Otro caso ejemplar es el de Irlanda, probablemente el país más católico de Europa, donde el 66% de los irlandeses votó a favor de permitir la interrupción del embarazo en el referéndum de mayo de este año. Un resultado histórico para la causa feminista internacional, que acabó también con la injerencia de la iglesia en asuntos que competen al ámbito público de una nación que es una república, donde rige el laicismo y se legisla en favor de mayores derechos para los ciudadanos.
    La lucha continúa, pues como dice el Rig Veda, uno de los textos sagrados de la milenaria sabiduría de la India, citado por el filósofo Nietzsche como epígrafe de uno de sus libros capitales: “¡Hay tantas auroras que aún no han despuntado!” 

Lima, 25 de agosto de 2018.

sábado, 18 de agosto de 2018

Siete ensayos filosóficos


    En la mejor tradición ensayística, género del cual es uno de sus mejores exponentes, se ha publicado La llamada de la tribu (Alfaguara, 2018), libro en el que Mario Vargas Llosa traza magistralmente la cartografía ideológica de su derrotero intelectual, a través del análisis y la crítica de siete pensadores que han influido notablemente en su gradual acercamiento y abrazo a la fe liberal.
    To the Finland Station, de Edmund Wilson, sería el origen y la semilla instigadora de esta inusual obra que pasa a engrosar la ya vasta producción del escritor peruano. Especie de autobiografía intelectual, al decir de los críticos, repasa las vidas, anécdotas, vicisitudes, libros e ideas de un puñado de autores -representantes conspicuos del liberalismo- que han ido configurando a lo largo de los últimos cincuenta años el viraje ideológico del Premio Nobel desde sus iniciales simpatías comunistas hacia el credo que hoy tiene en él a su mejor valedor en el mundo contemporáneo.
    Desfilan por sus páginas, y en orden cronológico, el filósofo y moralista escocés Adam Smith, curiosamente encumbrado para la posteridad como el padre de la Economía Política, autor de un libro capital en la historia del pensamiento: Investigación sobre la causa de la riqueza de las naciones (1776); el filósofo español José Ortega y Gasset, figura descollante de la primera mitad del siglo XX y autor de ese libro pionero que fue  La rebelión de las masas (1930); el economista austriaco Friedrich August von Hayek, crítico implacable de la planificación y pope indiscutible de la economía liberal; el filósofo de origen judío Karl Popper, nacido en Viena y autor de esa monumental obra maestra que es La sociedad abierta y sus enemigos (1945).   
    Le siguen Raymond Aron, pensador francés de origen judío, firme defensor de la independencia de Argelia y desmitificador del marxismo; Isaiah Berlin, filósofo letón educado en Inglaterra, autor de sugestivas teorías sobre la verdad y la libertad; y Jean-Francois Revel, periodista y ensayista político francés, defensor de la socialdemocracia como sistema que garantiza el desarrollo simultáneo de la justicia social y económica y la democracia política.
    Entre los aportes más significativos de cada personaje, que el autor destaca en su recorrido, podemos mencionar los siguientes: el descubrimiento del mercado libre como motor del progreso hecho por Adam Smith, influido por sus lecturas de Francis Hutcheson y David Hume, este último nombrado como su albacea. Dicha teoría, qué duda cabe, es una de las más polémicas entre aquellas que tratan de explicar el funcionamiento de las sociedades capitalistas, y que en los tiempos que corren han mostrado sus costuras en diversos países en los que se ha implantado como artículo de fe, apuntalando muchas veces las injustificables desigualdades que prevalecen en su seno.
    De Ortega y Gasset subraya su idea de nación “como un proyecto de vida en común”, complementaria de aquella de Renán: “Una nación es un plebiscito cotidiano”. Envuelto entre los dos fuegos de los bandos contrarios durante la Guerra Civil, su distancia tanto del franquismo como de los republicanos en un momento dramático para España, le valió ser confinado, por algunos sectores intelectuales de la península, tal vez injustamente, en el bando cómplice con los excesos y las tropelías de la dictadura.
    La tesis central del pensamiento de Hayek, la de que la planificación en la economía socava la democracia, instalando el totalitarismo, ya sea fascista o comunista, es también ciertamente discutible, a juzgar por los hechos históricos del último medio siglo. El autor señala, con muy buenas razones, algunos reparos a su pensamiento, como aquel donde afirma que es preferible una dictadura que practica una economía liberal a una democracia que no lo hace, o cuando dijo que con Pinochet había más libertad que con Allende. Sin duda, dos despropósitos enormes y temerarios. Otro reproche que habría que hacerle es cuando afirma que la ambición es el motor del progreso, mas si tenemos en cuenta que el apetito de lucro nace de la ambición -como dice más adelante- y relaja la moral pública, permitiendo entre otras cosas el surgimiento de la corrupción, he ahí una evidente contradicción en el pensamiento de Hayek, a ratos desprolijo y falto de claridad.
    El siguiente autor en someterse a la criba conceptual del ensayista es Karl Popper, tal vez el más importante de todos, tanto por el calado de su original pensamiento, como por el peso que sus convicciones adquiridas le deben al autor de La sociedad abierta y sus enemigos. Exiliado en Nueva Zelanda cuando se produce el ascenso del nazismo al poder en Alemania, vivió hasta entonces en su natal Viena, la ciudad más culta y cosmopolita de su tiempo. Execró del nacionalismo, la bestia negra enemiga de la cultura de la libertad que él profesó con genuina pasión. Señaló al sionismo como un peligro, por encarnar una forma de racismo, pues hablar de “el pueblo elegido” -como después se haría con “la clase elegida” o “la raza elegida”- le parece una terrible expresión que presagia el advenimiento del totalitarismo y la entronización de la sociedad cerrada, a la que combatió con denuedo en  su libro capital.
    Refutó el historicismo de Marx, especialmente; pero es a Hegel a quien califica con dureza, remontándose hasta Platón y Aristóteles para rastrear los orígenes de esa nefasta teoría que creía ver leyes que gobernaban la sociedad de los hombres, líneas implacables que sometían la evolución de la historia a una especie de corsé inevitable. Popper niega que haya leyes históricas; a lo sumo, decía, lo que habría son tendencias en la evolución humana, pues finalmente la historia no tiene sentido. Vargas Llosa reprocha a su maestro el menospreciar o subestimar la naturaleza de las palabras, cuyas consecuencias están en las poco felices denominaciones y fórmulas que utiliza a lo largo de su obra, situándose en las antípodas de otro pensador contemporáneo, como Roland Barthes, que llevó al extremo la idolatría de las mismas.
    Otro pensador francés de origen judío es Raymond Aron, dedicado a la sociología y la filosofía; abogó ardientemente, como decía antes, por la independencia de Argelia, en contra de la opinión dominante en Francia, tanto en la derecha -que lo consideraba su vocero- como en la izquierda. Llamó al marxismo “religión secular”, calificándola además como opio de los intelectuales. Se abocó a desmitificar lo que él llamaba los dogmas ideológicos del marxismo: el proletariado, la revolución, el Partido Comunista y su Comité Central, el Secretario General, creados estos últimos por Lenin y usados por Stalin.
    Crítico feroz de la revuelta estudiantil de mayo del 68, a la que no adjudicó ningún viso de trascendencia histórica, sus posiciones muchas veces se situaron a contracorriente de lo políticamente correcto. Vargas Llosa le achaca, sin embargo -lo mismo que a Camus-, su desinterés por América Latina, África y Asia. Coteja en este ensayo la vigencia del pensamiento de Sartre y Aron, inclinándose por este último.
    Pero es Isaiah Berlin quizá el más original y polémico de todos. Nacido en Letonia y formado en Inglaterra, su obra se encontraba enterrada en publicaciones académicas, hasta que su discípulo Henry Hardy la puso al alcance del público. Para Berlin, son las ideas las que deben someterse si entran en contradicción con la realidad humana, y no al revés. Judío, sionista, ateo y practicante no creyente, fue un buen ejemplo de su famosa teoría de las verdades contradictorias. La primera de las cuales consistía, por ejemplo, en que los mecanismos del poder entraban en colisión con los valores de la vida cristiana, lo que podría dar para una larga discusión en los terrenos de la filosofía política y de la ética.
    Otra de sus teorías, sugerentes y sugestivas, es aquella de las dos verdades. Las clasifica en libertad “negativa”, que nace de las limitaciones del medio y es más individual que social; y libertad “positiva”, la de quien busca adueñarse de ella para el despliegue de todas sus capacidades y es más social que individual. Todas las utopías sociales se fundan en esta última, mientras que las teorías democráticas se basan en la primera. Vienen a ser la misma, en verdad, según decía el filósofo, como las dos caras de una misma moneda, separadas apenas por sutiles marcos de observación conceptual.
    Su vida sentimental da -al decir del autor- “para una deliciosa comedia de enredos”. Ejemplo de esto es, y no el menos relevante, su encuentro en Leningrado, en 1945, con las gran poeta rusa Anna Ajmátova, del cual diría Berlin que había sido el más importante de su vida, pues a pesar de que luego se casó y tuvo una familia más bien convencional, el impacto que le causó este episodio quedaría marcado para él hasta el final de sus días.
    Su fábula del zorro y el erizo, que le permite clasificar a los seres humanos, proviene de un texto del poeta griego Arquíloco: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa”. El zorro es centrífugo; el erizo, centrípeta. En el zorro predomina lo particular; en el erizo, lo general. Hay excepciones en que se puede ser ambas cosas simultáneamente, como el caso único de Tolstói, zorro y erizo a la vez.
    Sus héroes poseían dos virtudes: una intelectual y otra moral. Sabio, modesto y escritor profundo, dominaba una docena de lenguas y se movía con gran versatilidad por disciplinas y ciencias disímiles. El autor destaca su calidad de gran prosista, junto con Ortega y Gasset; sin embargo, hay una dimensión de lo humano que no aparece en su obra: el del inconsciente, explorada denodadamente tanto por Sigmund Freud como por Georges Bataille con resultados altamente lúcidos como discutibles.
    Por último, está el periodista y ensayista político francés Jean-Francois Revel, defensor, como ya lo decía líneas arriba, de la socialdemocracia, la corriente de pensamiento que mejor podía conjugar esos dos aspectos sociales, como son la justicia y la democracia, a través del armonioso equilibrio entre la economía y la política en un régimen determinado. Sostenía que la mentira es la fuerza que mueve a la sociedad de estos tiempos. Observador agudo de los acontecimientos contemporáneos, sus escritos incendiaron las discusiones políticas de la época colocándolo en un sitial singular del combate de las ideas del siglo XX. Fogoso polemista, infatigable luchador por sus ideales, el autor reconoce en él a uno de los últimos combatientes y aguerridos intelectuales, en la estela de los grandes inconformistas franceses, tras cuya muerte ha dejado un vacío difícil de llenar en el panorama de la cultura liberal.
    Notable libro, escrito con la fruición y el talento de un consumado crítico, del agradecido lector que reconoce a quienes infundieron a su alma esa pasión por la cultura de la libertad, a quienes dotaron a su espíritu de esa magia inmarcesible de las ideas.

Lima, 18 de agosto de 2018.

Días de infancia

    Conozco a Chalo Rodríguez desde hace más de veinte años, cuando ingresé a enseñar en el colegio en donde él ya lo venía haciendo hacía unos años atrás, razón que lo convirtió en un compañero de trabajo, que no colega -palabra por la que no guardo simpatía precisamente y que espero explicar en otra ocasión-, y un amigo a quien he visto desempeñarse siempre como un eficiente y abnegado profesor, colaborador puntual  y bromista inteligente. Hace unos años atravesó un momento delicado de su existencia, cuando tuvo que someterse a una intervención quirúrgica para tratar de insuflarle nueva vida a su generoso corazón. Todos estuvimos en vilo cuando esa circunstancia, y nos alegró grandemente el que pudiera regresar, ya recuperado, a los ámbitos que hemos compartido por cerca de cinco lustros.   
    Leer El silbido de las sombras, relato novelado de Chalo Rodríguez, su tercera obra publicada, constituye una cálida inmersión en las aguas profundas de un pasado que está presente en las vidas de todos los seres humanos, aun en las de aquellos que, voluntariamente o no, desean abandonar ese territorio que muchas veces se ha descrito como el paraíso perdido de todo ser humano, pero que también puede poseer los perturbadores elementos de un pequeño infierno florido. No es éste el caso de la historia de Chalín, en verdad, pues sus aventuras y desventuras están narradas en un tono de blanca y aséptica nostalgia, incluso cuando incursiona en episodios que son ciertamente desagradables para el protagonista.
    El relato se inicia con la llegada de Chalín y su familia a Cocachacra, distrito de la provincia de Islay, en Arequipa, para establecerse por un tiempo indeterminado. Nuestro pequeño héroe frisa los diez años, tiene a sus padres y a sus cuatro hermanos para acompañarlo en esa nueva vida que va a iniciarse para él con todos los atractivos y sinsabores que para cualquier mortal ella nos tiene reservados. Su nuevo barrio, los amigos, los juegos, las lecturas, la escuela, los profesores, los primeros escarceos sentimentales, van a constituir experiencias novedosas que vive con la intensidad y la curiosidad de esa etapa de la infancia.
    Hay un elemento que va a erigirse en el hilo conductor de la historia, reflejado ya en el título, que es el silbido, ese singular medio de comunicación que establecen los amigos cercanos como un código tribal de reconocimiento, un santo y seña de la íntima amistad que traban los personajes en el relato, una señal de inocente complicidad en esos años en que sólo podemos hacer travesuras, inquietantes excursiones a la realidad para tratar de arrancarle sus mejores frutos y, de paso, sus imborrables enseñanzas. Una auténtica educación sentimental, como dirían los críticos, para referirse a aquellas novelas que describen los primeros pasos de una persona por este mundo inescrutable. Un silbido que se queda en la memoria, como símbolo de la persistencia de algo que ya no nos abandonará por el resto de la existencia, una voz que las sombras nos alcanzan cuando el tiempo y la distancia nos han llevado por otros caminos.
    Es el silbido de los amigos cuando desde la calle lo llaman para la hora de los juegos o para alguna incursión aventurera por los espacios libérrimos del pueblo, como aquella en que van a recoger higos en una chacra cercana; o esa otra en que acuerdan trepar a los carros en movimiento para desafiar sus posibilidades de resistencia. Es el silbido de Juan Carlos, su mejor amigo, que escucha Chalín en una esquina cuando la familia sale rumbo a otra ciudad al final de la historia; el sonido que mágicamente revive todos aquellos momentos y anécdotas que compartieron durante esos instantes que los unió para marcar sus vidas y darle un significado que los años y las vicisitudes trocarán en memoria, en dulce recuerdo, en nostálgica remembranza.
    La ingenua y esperanzada ilusión de un niño como Chalín por una niña de cabellos castaños llamada Drisel, es una tierna y hermosa demostración del platónico idilio con que la vida nos regala para encantar nuestras emociones con ese bello sentimiento que denominamos amor, primera manifestación de una vivencia que con los años nos traerá, a la par, instantes de pleno gozo así como largas horas de hondo sufrimiento.
    En un lenguaje coloquial, con una prosa sencilla y transparente, a ratos iluminada con reverberaciones poéticas -amén de algunos descuidos de forma y estilo, que el autor deberá corregir para una próxima edición-, discurre esta singular historia que nos cautiva desde las primeras líneas, haciendo gozar al lector de placenteros instantes de ameno entretenimiento.

Lima, 4 de agosto de 2018.  

viernes, 27 de julio de 2018

Marco Aurelio Denegri

    Se ha apagado la vida, en la madrugada de este viernes 27, a los 80 años de su edad, del polígrafo Marco Aurelio Denegri,  una de las más señeras figuras de la cultura nacional, cuya presencia en la última mitad del siglo XX, y en los años que corren del XXI, estuvo signada por su incansable brega al servicio de la difusión del arte y las humanidades en el país, a través de su recordado programa La función de la palabra en TV-Perú y de su columna semanal El ojo de Lima en el diario El Comercio, además de otros espacios y páginas de diferentes medios de comunicación nacional, pues colaboró también en la prensa escrita con artículos y columnas que eran todo un modelo de uso impecable del idioma.
    Recuerdo haber visto temporadas enteras su programa televisivo con un fervor casi religioso, como un feligrés que asiste a misa, cada miércoles a las diez de la noche durante varios años. Últimamente, gracias a Internet y su plataforma YouTube, frecuentaba regularmente diversas emisiones subidas a la famosa red digital, y en Radio Nacional lo seguía cada sábado a las ocho de la noche, en versiones evidentemente grabadas. Presente, pues, en la televisión nacional desde la década del 70, su labor como periodista y difusor cultural le granjeó un lugar privilegiado en los medios, inundados ahora por algo que él siempre combatió con tenacidad: la chabacanería, el mal gusto y la indigencia intelectual.
    Podía entrevistar a un invitado, disertar sobre un tema determinado o comentar un libro, y siempre lo hacía con propiedad, solvencia y conocimiento, abonando la plática con una profusión pertinente de datos, citas y anécdotas que enriquecían notablemente cualquiera de estos encuentros. Experto en materias tan disímiles como la sexología, la lingüística, la cajonística y la gallística -estos últimos perfectos neologismos de su creación-, sus aportes como acucioso investigador son igualmente valiosos, recogidos en los numerosos libros que alguna editorial tuvo a bien publicar.
    Era asimismo un consumado y exquisito audiófilo, llegando a coleccionar equipos de reproducción musical para poder comparar sus bondades y entregarse al placentero y balsámico poder de la música. Amaba especialmente la música criolla, entrevistó a muchos de sus exponentes, comentó álbumes y discos con una fruición inigualable. Prefería los discos de vinilo, sin dejar de admirar los grandes avances de la tecnología que permiten ahora una audición inmaculada.
    Feroz crítico literario, solía desmenuzar con una paciencia de relojero las publicaciones más diversas, hallando los errores y gazapos, ya sean de tipo formal -como el diseño y la ortografía-, o de contenido -como la coherencia y la consistencia argumental-, para que en una siguiente edición el autor, pero sobre todo el editor, se cuiden de incurrir en los mismos yerros.
    Militante destacado de la contracultura, sacó a la luz los temas vedados por lo políticamente correcto; iconoclasta de vocación, rompió todos los mitos y tabúes que la pacata sociedad limeña mantenía encerrados en la censura, en el silencio o en la cómoda grisura del statu quo.
    Crítico implacable de la llamada televisión basura, hegemónica en estos tiempos de baja cultura, fue el exponente más elevado de ese medio, demostrando que también se podía alcanzar cotas insuperables de la alta cultura de una manera entretenida y lúdica. Su lucidez y agudeza para abordar asuntos concernientes al ser humano, desde los aparentemente más triviales hasta los más profundos, convertía la visión y audición de sus presentaciones en una experiencia altamente gratificante, una auténtica inmersión en los mares insondables del saber y una ascensión a los picos más escarpados de la sabiduría.
    Lector insaciable y voraz, acostumbraba llevar al set de televisión los libros que leía, que había leído y que luego comentaba o citaba. Era una verdadera delicia  escucharlo en esa faceta. Recomendaba leer como mínimo cuatro horas diarias, consejo que he tratado de seguir, tanto como un homenaje a su figura como atendiendo a una íntima necesidad vital. Las pocas veces que, por alguna circunstancia, no he podido cumplir esa meta cotidiana, una indescriptible sensación de desasosiego y empobrecimiento se ha apoderado de mí, dejándome en una especie de páramo lunar.  
    En vísperas de celebrar un aniversario más de la Independencia del Perú,  la noticia de la partida de Marco Aurelio nos llena de pesar y desolación, pues su muerte significa, sin duda alguna, un descenso en los niveles de la inteligencia y la cultura nacionales; su condición de polígrafo es sencillamente irreemplazable, una pérdida de la que el país difícilmente podrá repararse. Un abrazo eterno para el maestro.

Lima, 27 de julio de 2018.   

domingo, 22 de julio de 2018

Pinceladas mundialistas


    El Campeonato Mundial de Fútbol 2018, realizado en esta ocasión en Rusia, ha tenido en vilo al mundo entero durante un mes completo, sobre todo a los hinchas de los países de los 32 seleccionados que han sido los protagonistas de esta competencia que, cada cuatro años, convoca la mirada y la atención de todos los rincones del orbe. Aún la de quienes como el que esto escribe, son más bien renuentes a rendirse a un deporte hegemónico que termina sepultando otras prácticas, igualmente merecedoras del fervor que acapara el  balompié.
    Por diversas razones, he tenido ocasión de observar sólo un puñado de encuentros que se pueden contar con apenas los dedos de las manos, motivo por el que esta mirada, que rescata algunos instantes de los numerosos partidos disputados intensamente en ese tiempo, no pretende ser abarcadora ni completa, sino como reza el título, solamente parcial, subjetiva, heterodoxa, solipsista casi, pinceladas que retratan momentos destacados y curiosamente significativos. Más o menos en el sentido de una película que vi, hace muchísimos años, en la Filmoteca de Lima, sobre el boxeo, que en vez de enfocar las cámaras en el ring donde acontecen normalmente los hechos en una pelea de box, ellas enrumban sus miradas hacia el público, allí donde los azorados concurrentes viven su propia pelea, desnudando en sus rostros todas las facetas de las pasiones humanas, espoleadas por el espectáculo que tienen ante sus ojos.
    Por ejemplo, esa imagen de Messi, considerado el mejor futbolista del planeta, solo en medio del campo, como si estuviera perdido en un inmenso desierto verde –perdóneseme el oxímoron–, pinta  de cuerpo entero la realidad de un seleccionado que nunca estuvo a la altura de lo que sus viejos lauros dictaban. El equipo argentino, sencillamente, fue arrasado por el cuadro galo, donde la figura emergente de un Kylian Mbappé, que con sus arranques intempestivos, sus trancadas inverosímiles y su carrera endemoniada, resultó inalcanzable para los cansinos defensores de la albiceleste.
    O la de España, una selección desangelada, conduciendo su compromiso ante el anfitrión en su partido más soso, aburrido y monótono tal vez de todo el mundial; desbrujulada hasta la médula, hundida en la grisura de una pobre y previsible performance, como ajena a todo lo que estaba en juego. Totalmente irreconocible de aquella que conquistó brillantemente la presea dorada en Sudáfrica 2010.
    El llanto de James Rodríguez en el banco colombiano, luego de la derrota ante Inglaterra, es la imagen misma de la frustración, de la caída a sólo un paso de la gloria. Imposibilitado de salir al césped por una lesión, exhibía toda su impotencia con ese rostro anegado en lágrimas. Confieso que fue una de las imágenes que más me conmovió. Ahora me doy cuenta de que una justa como ésta también puede convertirse en un repertorio inagotable de las emociones humanas.
    La decente participación peruana, eliminada increíblemente en la primera fase a pesar de su buen juego y de sus ganas inmensas de desquitarse de más de siete lustros ausente de los campos mundialistas. Perdió su pase a la segunda ronda, pero se ganó el afecto de la crítica y de la hinchada global. Además de que sus propios seguidores, una fanaticada esperanzada y vehemente, tiñeron de rojo y blanco las calles y plazas de las ciudades rusas donde jugó el once de sus amores. Inútil ya imaginarse qué hubiera pasado si Cueva convertía ese penal; quizás avanzaba hasta luchar los mismos cuartos de final, pero el azar, los dioses o los demonios del fútbol dictaminaron otra cosa.
    Las lágrimas en las tribunas de los uruguayos, y en el gramado del central Giménez, ante la inminente eliminación de su equipo ante Francia, el coloso imbatible, quedó también grabado en las retinas de todos los espectadores globales. Es una pena que los cuadros sudamericanos, incluido el Brasil de Neymar, hayan perdido competitividad frente al afianzamiento cada vez más acentuado de las selecciones del primer mundo. Y ante el repliegue de los africanos, esta ha sido la primera final exclusivamente europea.
    Otro aspecto relevante ha sido el eclipse de las grandes estrellas del firmamento futbolístico, como el propio Messi, Ronaldo y Neymar; y el surgimiento de otras figuras que fulguraron en Rusia-2018, como los belgas Lukaku y Hazard, el inglés Kane, el mismo francés Mbappé y el croata Modric, quien precisamente se hizo merecedor al Balón de Oro, distinción que premia al mejor jugador del torneo. Es importante aquí destacar la presencia entre ellos de varios hijos de emigrantes africanos, integrados en sus selecciones como una demostración palmaria de lo que el deporte puede hacer en medio del fantasma xenófobo y populista que recorre el Viejo continente.  
    Justamente el binomio Modric-Rakitic, con su juego inteligente y preciosista, ha sido sin duda un factor determinante para que ese pequeño y joven país de cuatro millones de habitantes, a quien he calificado como el Uruguay de Europa, haya accedido a la final mundialista. Luego de extenuantes partidos, prolongados en tiempos suplementarios hasta la agonía de los disparos de los doce pasos, el menudo genio croata y su acompañante fueron los baluartes y héroes de la participación balcánica en la competición rusa.
    Por último, el episodio anecdótico que protagonizó el fotógrafo salvadoreño de la Agencia France Press, Yuri Cortez, arrasado con todo su equipo de trabajo por la ola celebratoria del equipo croata celebrando el gol de Mandzukic ante Inglaterra, camino que le franqueaba su pase a la final, donde perdió épicamente ante la, finalmente, campeona Francia. El fotógrafo, desde el suelo, siguió disparando su cámara, obteniendo las imágenes más extrañas de este Mundial.
    Nos volveremos a ver en Qatar-2022.

Lima, 22 de julio de 2018.

sábado, 21 de julio de 2018

Los huevos de la serpiente


    El descomunal destape, que han realizado dos periodistas y sus respectivos equipos de investigación, de los nauseabundos audios en que magistrados del Poder Judicial y miembros del Consejo Nacional de la Magistratura negocian prebendas, enjuagues y pactos infames con empresarios, políticos y otros personajes facinerosos de la fauna nacional, es la prueba cantada que todos esperábamos desde siempre para tener las evidencias incontestables de la podredumbre que ya adivinábamos en ese poder del Estado.
    Todos los comentarios indignados de ciudadanos de a pie apuntan a que todo eso ya se sabía, y es cierto, las sospechas y los reparos hacia la actuación de ciertos jueces, fiscales y abogados han sido una constante entre los sufridos litigantes desde hace muchísimo tiempo en nuestro país; pero nunca como ahora habíamos tenido la certeza de los niveles de corrupción y miseria moral a que podían descender individuos encaramados en las altas esferas de la judicatura en el Perú.
    La valiente iniciativa de una jueza, el subsiguiente respaldo de un fiscal y la corajuda participación de un valiente periodista como Gustavo Gorritti, de IDL-Reporteros, han hecho posible este hediondo develamiento de las sentinas mismas de un organismo público que infelizmente ha sido copado paulatinamente por el lumpen seudo profesional de una burocracia mediocre y delincuencial que ha administrado la justicia de este país por décadas. Como me decía hace un tiempo un amigo poeta, en son de broma esa vez, pero con cuánta verdad ante este espectáculo de asco: “Este no es el Poder Judicial, sino el Poder Perjudicial”.   
    El hartazgo de la ciudadanía se ha expresado en la multitudinaria e indignada marcha del pasado jueves 19. Miles de personas, agrupadas en asociaciones de la sociedad civil, sindicatos, universitarios, enfermeras, periodistas, y sobre todo jóvenes, se han manifestado por las calles de diferentes ciudades del país, elevando al aire sus voces de rabia y desengaño ante tanta exhibición impúdica de putrefacción y bajeza. Si una esperanza todavía nos es permitida tener, es aquella que está depositada en esa juventud que perfectamente puede erigirse en la reserva moral de la sociedad. Ellos hacen política en su sentido más prístino, es decir, su preocupación por la polis es auténtica; y no la política partidaria de algunos sectores que sólo velan por sus mezquinos intereses de facción.   
    Estoy seguro de que existen, a pesar de todo, personas decentes en el Poder Judicial, el Ministerio Público y demás instancias de la administración de justicia; sin embargo, también es evidente que una gran mayoría de sus integrantes muy bien podría ser descubierta en parecidos o iguales comportamientos de los que hemos sido testigos en las últimas semanas. A través de un léxico propio de pandilleros de barriada, usando frases y coloquialismos que ya están en conocimiento de todos (“Oye, hermanito”, “estoy pensando en diez verdecitos”, etc.), sus comunicaciones, interceptadas lícitamente, revelan también el estándar de educación que han tenido, una pobrísima formación axiológica y una indigencia ética que realmente nos apabullan. Sus patéticas explicaciones y justificaciones son el ejemplo más rampante del cinismo y la sinvergüencería de que hacen gala con la mayor desfachatez.
    Las preguntas que surgen de rigor son, entonces: ¿Habrán aprobado, si es que llevaron alguna vez, el curso de Deontología Forense en la universidad?, ¿en qué Facultad de Derecho realizaron su formación académica para terminar desbarrando como cerdos en el mundo profesional?, ¿o es que nada de lo que supuestamente aprendieron les sirvió para el ejercicio decente de su carrera? Son algunas de las numerosas interrogantes que podemos seguir apiñando para tratar de explicarnos el estupor en que hemos caído. Porque el problema parecer ser mayor, pues involucra el sistema mismo en el que estamos inmersos, con una educación por los suelos y una práctica política encanallada desde los mismos centros de poder, llámese Poder Legislativo o Poder Ejecutivo. No es suficiente, por ello, la caída del ministro de Justicia ni la renuncia del presidente del Poder Judicial. 
    Hemos hallado, pues, los huevos de la serpiente, diseminados en diversas instancias de ese poder que tantos dolores de cabeza causa a millones de compatriotas que viven día a día sus causas y litigios en los pasillos de los juzgados y las cortes, esperanzados en obtener justicia, sin saber a veces que toda esa maquinaria está infestada por los trapicheos más inmundos, una diabólica parafernalia que medra del abuso, la estafa, el engaño, la coima, la dilación y tantísimos otros mecanismos que han convertido al Poder Judicial en un antro de alimañas y sabandijas de la peor especie.
    “Decirle a una persona que es embustera constituye la más mortal de las afrentas […]. El hombre que padeciera la desgracia de pensar que nadie iba a creer ni una sola palabra que dijera, se sentiría el paria de la sociedad humana, se espantaría ante la sola idea de integrarse en ella o de presentarse ante ella, y pienso que casi con certeza moriría de desesperación”. Es impensable que en estos tiempos se pueda presentar una situación como la que describe Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales, pero cómo nos gustaría que tantos embusteros como los Hinostroza, los Ríos, los Noguera y otros impresentables, terminen sus días en medio del escarnio público.  
    ¿Qué hacer ante tanta inmundicia? Hace poco, y a propósito de los bochornosos sucesos del escándalo de Odebrecht que desembocaron en la salida presidencial y el cambio de mando, propuse como alternativa radical refundar la República, que ahora escucho en boca de un congresista. Me parece la única salida válida. Reformar la Constitución, nombrar comisiones de reforma, convocar una Asamblea Constituyente, volver a la Constitución de 1979 (superior a este mamotreto fujimorista de 1993), pueden ser algunas posibles salidas, pero siempre serán soluciones parciales o epidérmicas. Lo que acá necesitamos es empezar de cero. ¿Cómo lo hacemos? He ahí la cuestión, como dice Shakespeare. Esa es la tarea de expertos, juristas, hombres honestos y valiosos que sin duda tenemos todavía, para que nos alcancen en el tiempo más breve un proyecto de edificar desde los cimientos esta República que se cae a pedazos sin haber cumplido siquiera los dos siglos de vida.

Lima, 21 de julio de 2018.      
   

domingo, 24 de junio de 2018

Las flores del mal

    Caer tumbado a la cama, producto de una de esas enfermedades virales y pasajeras, puede no significar necesariamente la experiencia más desoladora que uno puede vivir. Pues como dice el famoso refrán, no hay bien que por mal no venga, todas las cosas tienden a encerrar en su corazón su opuesto, todas encarnan lo que ellas son en sí mismas y su contrario. Los filósofos le pusieron nombre a esta fuerza cósmica universal y la llamaron dialéctica, intuida por el viejo Heráclito hace tantísimos siglos en la época dorada de Grecia, y redondeada por el sedicioso Marx en el siglo XIX a partir de los aportes del impertérrito Hegel.
    Es lo que me está pasando estos días excepcionales en que al borde de inaugurarse el invierno, una estación que por cierto adoro –para asombro de propios y extraños– me he visto de buenas a primeras arrojado a las sábanas en busca de abrigo y remedio por la culpa, que para mi desgracia siempre quedará impune, de un virus que se solaza con sus jugarretas y sus bromas macabras, haciéndonos sentir a veces, a través de sus monerías, la presencia siempre al acecho de la parca, aunque sea a escala infantil.
    Llegué a casa el fin de semana ya con algunos vestigios del mal: un persistente dolorcillo de cabeza, un escalofrío incipiente, cierta molestia en la garganta, algún mareo todavía no declarado y mucho sueño. Al día siguiente, todos estos síntomas se acentuaron, como si el virus fuera dirigiendo sus tropas implacables por todos los rincones de mi cuerpo y los fuera abatiendo como un verdadero ejército de ocupación. El dolor de cabeza se hizo mayor, el escalofrío pasó a ser abiertamente un frío inusual –cosa curiosa para alguien que jamás sintió algo semejante en este clima malsano–, la molestia en la garganta se volvió una tos pedregosa y los mareos se confabularon con el sueño para ya no poder abandonar la cama.
    Para combatir el ataque aleve de este monstruito invisible eché mano de algunas pastillas que me trajo mi hija, de las bebidas calientes que preparó mi esposa y que me sirvió, con su proverbial bonhomía, mi hijo. Es decir, todos en casa a su vez mancomunados para hacer frente al enemigo que hacía estragos en mi endeble naturaleza, apagando de la noche a la mañana una energía alerta y perspicaz para todas las tareas urgentes de cada día. Me tuve que resignar a quedarme en el lugar más cálido de este mundo, cobijado entre sus linos y algodones para evitar un ataque feroz del verdugo.
    Pero como no todo tiene que ser desgracia, este deprimente espectáculo también tuvo sus rayos de sol, su otra cara de luz y esperanza, su contraparte de radiante espiritualidad en medio de esta pequeña debacle de la carne. Y todo ello gracias a que –a  diferencia de un Juan Carlos Onetti, que en su lecho de enfermo sólo contaba con sus eternos cigarrillos y sus copas de whiskey– yo podía contar con mis libros, mis diarios, mis cuadernos de apuntes y mi música. Aparte de, y nunca está demás decirlo, esa ansiada soledad que es la amante de los poetas, de ese insondable silencio no contaminado por la voz humana que he tenido ocasión de gozar después de muchísimo tiempo.
    A la vez que leía La mala hora –para hacer juego con mi situación–, de mi entrañable autor Gabriel García Márquez, tuve el regalo maravilloso de escuchar el Concierto para piano y orquesta N°1, en mí menor, opus 11, del no menos adorable Frederic Chopin, cumbre de la excelsitud y la sublimidad convertida en sonidos. Mi emoción fue tan intensa, producto quizás de mi estado febril, que prorrumpí en un sollozo que sólo pudo ser sofocado cuando Sebastián se acercó para darme un abrazo y decirme de paso que la música era también parte de la terapia. No lo dudo. Pero recordaba a la vez las tantas ocasiones en que el genial pianista polaco había obrado el mismo efecto en mi sensibilidad con sus acabadas composiciones.
    Estas serían, parafraseando a otro grande de la poesía universal, algunas de las flores que he podido espigar en este corto pasaje por los corredores sombríos de los reinos del mal. Sé muy bien que no era precisamente al que se refería el torturado Baudelaire, para quien esa categoría poseía más bien resonancias metafísicas que, sin embargo, podían encarnar en realidades humanas.
    No debo olvidar, para concluir, la flor más hermosa de todas: la cercanía de los seres a quienes más amo en este mundo, el saberlos próximos en el espacio por un tiempo que en otras condiciones es escaso. Su atenta solicitud para cualquier necesidad, su diligencia para sobrellevar el mal, su paciencia para encarar mi adversidad han sido realmente invalorables. Gracias a ellos, he vencido otra vez.

Lima, 18 de junio de 2018.