sábado, 23 de marzo de 2019

Islamofobia


    El mundo está todavía conmocionado por los arteros ataques a dos mezquitas en Nueva Zelanda, perpetrados por un  supremacista blanco que ha ocasionado la espantosa cifra de 50 muertos y decenas de heridos que se recuperan en los hospitales de ese pacífico y admirable país de 5 millones de habitantes, que ostenta, a pesar de todo, los más altos índices de democracia y calidad de vida del planeta.
    El viernes fatal, el australiano Brenton Tarrant, de 28 años, irrumpió con armas modernas en la mezquita Al Noor de Christchurch, principal ciudad de la Isla Sur del país, cuando el imán comenzaba el sermón, provocando una verdadera carnicería donde han muerto 42 personas que se encontraban orando, para luego dirigirse a la siguiente mezquita de Linwood, distante a apenas cinco kilómetros, donde ha ultimado a las 8 restantes víctimas, cifra menor debido a que un ciudadano afgano se le enfrentó, lo distrajo y finalmente lo obligó a huir. Pero lo más asombroso es que todas estas escenas el atacante ha tenido el desparpajo de transmitirlas en tiempo real por las redes sociales, ante la impotencia de las autoridades que no han podido impedir la matanza que se había anunciado minutos previos a su puesta en acción.
    Se sabe que el asesino era un conocido entrenador deportivo que tenía simpatías por los movimientos islamófobos en el resto del mundo, que había recorrido buena cantidad de países recogiendo información sobre el accionar de numerosos personajes de extrema derecha, ligados a la causa antiinmigracionista, cuyos nombres figuraban en las armas y las cacerinas que la policía ha encontrado entre las pertenencias del terrorista. Tampoco deja de llamar la atención un documento de más de 70 páginas, titulado El gran reemplazo, que el criminal distribuyó entre los correos electrónicos de algunas importantes autoridades del país, donde sustenta y trata de justificar su demencial acto, aduciendo que los inmigrantes buscan reemplazar a las poblaciones originarias de Europa y propiciar lo que él llama un “genocidio blanco”, es decir, un auténtico disparate.
    Este hecho viene a ser uno más, el más cruento tal vez, de los muchos que se suceden en diferentes rincones del mundo con una característica común: el que sus víctimas pertenezcan a las comunidades musulmanas diseminadas en numerosos países europeos, principalmente, así como en otros donde son visibles por su número e importancia. Este era justamente el caso de Nueva Zelanda, el país escogido por el criminal por ser precisamente el que menos temor despertaría entre su población hacia un ataque como este, y para provocar directamente un mayor impacto en cuanto a que ya ninguna nación podía estar a salvo de su salvaje accionar.
    En paralelo a los rebrotes de actos antisemitas en algunos países europeos, se extiende una ola de islamofobia en buena parte de Occidente, alentada por ciertas políticas restrictivas hacia la inmigración, que ponen su principal foco de atención en los países de población musulmana, especialmente medidas tomadas por el gobierno de Donald Trump en los Estados Unidos, seguido por una fila de mandatarios de corte neofascista que han impulsado una campaña de descalificación, discriminación, victimización y exclusión hacia grupos de personas provenientes de las zonas más candentes del Medio Oriente, allí donde el islam es la fe mayoritaria.
    Por eso no llama la atención de que exaltados militantes de esta deforme ideología de la muerte surjan en los lugares y en los momentos menos pensados, desatando el terror y la masacre como formas primitivas de lucha, amparándose en supuestos derechos de defensa de “su gente”, como reza en algunos pasajes de sus textos difundidos por este oligofrénico extremista de derecha.
    Debemos estar prevenidos para hacer frente a esta salvaje racha de amenazas a la convivencia global, donde irónicamente pululan individuos que pretenden construir muros, separar poblaciones, establecer guetos, evitar las migraciones en una época que debe estar signada precisamente por una apertura al cosmopolitismo y al encuentro fraterno de las comunidades y los hombres de todas las latitudes, y donde una misma aspiración debe hermanar a todas las culturas y a todas las tradiciones, el ideal de la libertad y la paz para toda la humanidad, sin las puertas al campo que ciertas mentes anacrónicas desean erigir entre nosotros.

Lima, 23 de marzo de 2019.

sábado, 16 de marzo de 2019

El gato y el ratón


    Leyendo un artículo del escritor y periodista español Antonio Muñoz Molina, donde explicaba la relación entre la literatura y el cine, a propósito de una invitación que había recibido para ocuparse de una película, dirigida por nada menos que Alfred Hitchcock y  basada en una novela negra, se disparó mi curiosidad, primero por ver la película –deseo que no se pudo cumplir a cabalidad–, y segundo por leer el libro, que no contaba entre los que figuran en mi modesta biblioteca. Pensé en la posibilidad de que estuviera disponible en forma virtual, para descargarla y leerla de ese modo. Y así fue como durante un par de semanas, estuve cautivo, placenteramente cautivo, de la fascinante historia que Patricia Highsmith nos relata en Extraños en un tren (1950), su primera novela.
    Dos hombres, Bruno y Guy, se conocen en un viaje en tren, entablan conversación y poco a poco este le va revelando al primero algunos detalles de su vida, pormenores que aquel  aprovecha para idear un pacto siniestro que será la urdimbre central de la obra. Se trata de que Bruno, un bohemio trotamundos de familia acomodada, acabe con la vida de Miriam, la esposa de la que Guy está en proceso de divorcio, a cambio de que el mismo Guy haga lo propio con el padre de Bruno, a quien su hijo detesta profundamente. La argumentación va en el sentido de deshacerse de personas que atormentan la vida de cada uno, e intercambiando los crímenes las sospechas serían casi nulas hacia ellos, algo que los  acercaría al tan deseado “crimen perfecto”. Guy tiene planes de matrimonio con Anne y Bruno espera disfrutar a sus anchas de la fortuna de su progenitor.
    Es ahí donde se pone en movimiento lo que los penalistas llaman el iter criminis, es decir el camino que habrá de conducir, inevitablemente, al objetivo mayor del homicida. Se separan provisionalmente, aun cuando Guy ha sido explícito en su rechazo al fin perseguido por Bruno, tildándolo de absurdo e insensato. Pero este no ceja en su intento de convencer a su socio en la empresa criminal que trae entre manos. Lo acosa a través de telegramas y llamadas telefónicas hacia el lugar donde se encuentre; mientras tanto, va preparando minuciosamente el plan que llevará a cabo de su parte. Indaga por el lugar donde vive Miriam y parte allí inmediatamente para ponerlo en marcha.
    Los hechos se precipitan lenta pero vertiginosamente; ubica la casa de su víctima y la sigue discretamente. Ésta, con un grupo de amigos, se dirige a un parque de diversiones, sin saber que unos ojos no le quitan la vista de encima y unos pasos seguros la acechan secretamente hasta hallar la ocasión donde proceder a su macabro fin. El momento indicado llega cuando los amigos toman un bote para, cruzando un túnel, arribar a una isla aledaña al parque de juegos. El instante exacto cuando Miriam queda sola en un paraje de la isla es aprovechado por Bruno para acercarse y estrangularla. Luego de cometido el crimen, raudamente abandona el lugar y se escabulle entre el público que ha acudido al centro recreacional. Se produce un alboroto y pronto acuden a auxiliar a la muchacha que desgraciadamente ya ha expirado.
    La noticia llega después de unos días a oídos de Guy, quien piensa inmediatamente en Bruno y vuelve a sentir los grilletes del pacto en el tren que, es cierto, él no quiso firmar; mas se ve avasallado por los hechos y sabe que ha llegado su turno de cumplirlo. Así, espoleado por una mezcla de culpa y resignación, por más que su razón y voluntad le digan lo contrario, sus pasos lo van conduciendo fatal e inexorablemente al instante crucial en que deberá acatar su sino. Un nuevo contacto con Bruno, quien lo sigue asediando, será la clarinada que precipitará los acontecimientos. Ha recibido las indicaciones precisas para desplazarse por la casa donde vive el padre de Bruno, con la señal convenida de la hora en que se encontrará a solas. Guy siente que la maquinaria no tiene marcha atrás, e irremediablemente se encamina a su fatídica cita mortal.
    A lo largo de las páginas se puede ir descubriendo también el alma de los protagonistas, sus miedos y sus vacilaciones, la angustia y la culpa que los va erosionando hasta llevarlos a los extremos de la condición humana. Hay un pasaje de la novela en que Guy dialoga  con Owen, el prometido de su exesposa y padre del hijo que llevaba en su vientre al morir, y reflexiona ante él esta estremecedora verdad: “Eso es lo malo, que nadie sabe qué aspecto tiene un asesino. ¡Un asesino no se diferencia en nada de los demás mortales!”. Lo podemos comprobar en las declaraciones que hace la gente cuando se produce un asesinato y vienen los periodistas para indagar sobre la personalidad del victimario; la mayoría que lo conocía declara que era una persona normal, y que no se explica cómo ha podido hacer lo que hizo. Será Gerard el detective que asumirá las pesquisas del caso, quien merced a una inteligente labor de cerco, jugando al gato y al ratón con su presa, llegará a resolver ambas muertes que parecían destinadas a quedar olvidadas en la sombra del misterio.
    Vale la pena sumergirse en sus páginas para seguir expectantes el decurso de la historia, atrapados en el suspense que la novelista sabe graduar para que el lector se enganche con la trama y no termine sino exhausto y gozoso con ese sorprendente final que toda novela del género policial brinda a sus asiduos seguidores.

Lima, 16 de marzo de 2019.            

sábado, 9 de marzo de 2019

En blanco y negro


    Es inevitable recordar, ante los recientes casos de racismo difundidos por la prensa, la contundente y lapidaria frase del eminente científico alemán Albert Einstein, quien sentenciara alguna vez, quizás como única respuesta ante el indigente espectáculo de la comedia humana, las siguientes palabras: “Existen dos infinitos: el del universo y el de la estupidez humana, aunque del primero no estoy muy seguro”. Habría que agregar que aun decir “estupidez humana” ya resulta un oxímoron pues, que se sepa, no hay indicios de que esa cualidad esté presente en otras especies. Parece que es privativo del hombre.
    Un conocido periodista de la televisión peruana, caracterizado por su locuacidad tremebunda y desbordada, suelta un comentario racista y despectivo en medio de un partido que la selección peruana jugaba con la ecuatoriana. Aludía a las características físicas de un futbolista del vecino país, destacando su color y lo que con él podría estar asociado. Una sarta de comentaristas tratan de restarle importancia a la injuriosa frase, aduciendo su aparente normalidad y su intención bromista. Y es justamente allí donde está el problema, pues la reiteración de una práctica consuetudinaria no convierte a la misma en virtuosa, ni algo dicho con deliberado sentido del humor esconde el trasfondo agraviante de ciertas palabras.
    Una trabajadora edil realizaba su trabajo en una vía importante del sur del país, cuando de pronto irrumpe una conductora que, presa de la rabia, la emprende contra la humilde mujer, por supuestamente haberla agredido al cumplir su labor dirigiendo el tránsito en un tramo donde se realizaban obras. Y la emprendió con frases insultantes llenas del más torpe y vulgar racismo, arremetiendo inclusive contra los hijos de la víctima. La energúmena, acompañaba sus palabrotas con gestos que denotaban claramente su profundo desprecio y saña.
    Aquí, en la despiadada Lima, una señorona muy encopetada, socia de uno de esos clubes exclusivos de las clases altas de la ciudad, se permitió deslizar un comentario despectivo con respecto a las nanas, esas mujeres humildes que realizan la labor de niñeras para los hijos de estas familias pudientes que, precisamente, también suelen ser socias del club de marras. Dijo, entre otras lindezas, que cómo era posible  que aquellas muchachas utilizaran los servicios y los ambientes reservados a los elegantes miembros de su cofradía social, y que si insistían en hacerlo, pues deberían pagar por ello.
    En Norteamérica, en medio de los prolegómenos de lo que fue la entrega de esos premios anuales cinematográficos a cargo de la Academia de Hollywood, la prensa y las redes sociales recogieron impresiones infelices de ciertos individuos maledicentes, que nunca faltan, que la emprendieron contra la actriz mexicana Yalitza Aparicio, última gran revelación de la cinematografía del país azteca a raíz de su actuación en la celebrada y criticada película Roma de Alfonso Cuarón. Y lo hacían, no en orden a su performance o cualidades histriónicas, como es de suponer, sino a su origen mixteco, del cual ella, como lo ha dicho con bastante claridad y emoción, se siente orgullosa.
    Esta pobre gentuza, que cree ver en las apariencias del cuerpo, en el color de la piel o en los rasgos del rostro, el signo de la diferencia entre los seres humanos, la clave de su venerable superioridad así como la de su invencible inferioridad, no hace sino mostrar con grandísima impudicia su ignorancia supina, su atrevimiento rastrero y, no hay más remedio que repetirlo, su infinita estupidez. A estas alturas de los tiempos, camino hacia la primera mitad del siglo XXI, cuando ya la antropología ha dado por superado el viejo concepto de razas, el que existan seres de mente anacrónica y alma retorcida que pretendan todavía seguir insistiendo en sus obsoletas seudo categorías humanas, resulta por decir lo menos deprimente.
    Deberían saber estas personas corroídas por la nesciencia, que existe una sola raza, la humana, y que las diferencias de colores, tamaños y formas no indican absolutamente nada en cuanto a sus capacidades, talentos y posibilidades; pues todos poseemos las mismas condiciones biológicas de nacimiento, entre ellas la fundamental del cerebro, donde radica verdaderamente la clave de nuestro desarrollo. Que ello esté condicionado por otros factores, como los económicos, sociales o culturales, ya es otra cosa, lo cual obedece a una realidad que muchas veces es injusta e inequitativa, situación atribuible a un sistema político y económico que ha perpetuado las desigualdades y que ha dejado grandes abismos de diferencia entre los hombres.
    Es tiempo de asumir la aventura humana desde otras perspectivas, con la grandeza de quien entiende que los seres humanos estamos en este mundo para hacerlo mejor, lejos de los estereotipos y los prejuicios que nos impiden juzgar a cabalidad la presencia y trayectoria de una persona, por encima de esas visiones estrechas y reduccionistas que lo único que delatan es, al fin de cuentas, nuestra bochornosa miseria espiritual.  

Lima, 8 de marzo de 2019.
      

miércoles, 27 de febrero de 2019

Los demonios


    Por primera vez en su larga y controvertida historia, la Iglesia Católica, por medio de su máximo jerarca, el papa Francisco, ha convocado a una inédita Cumbre Vaticana contra la pederastia, encuentro que se ha realizado en la ciudad de Roma desde el jueves 21 de febrero hasta el sábado 23, cerrándose con las palabras del pontífice el domingo a manera de clausura. Han sido llamados a tan protocolar y delicado encuentro cerca de dos centenares de prelados, entre cardenales, obispos y arzobispos, responsables de las principales diócesis de todo el mundo católico.
    Se trata de enfrentar directamente, sin rodeos ni a media voz, un problema que en las últimas décadas se ha agudizado terriblemente, a raíz de las numerosas denuncias y testimonios, que han ido surgiendo en numerosos países, sobre casos de abusos sexuales de menores a manos de curas, párrocos y demás ensotanados. Actos de pedofilia y pederastia que han proliferado cual si fuera una pandemia, o que se han hecho públicos, desenterrados por una saludable campaña espontánea  de víctimas ansiosas de acabar con el secretismo y el ocultamiento sistemático que ha sido la política oficial de la iglesia en todo este tiempo.
    Denuncias que muchas de ellas acabaron silenciadas en los escritorios de las autoridades eclesiales, víctimas de la complicidad y encubrimiento que ejercieron los miembros de las cúpulas de cada país para proteger a los propios criminales que albergaban en su seno. Situación que, aparentemente, ya se hace insostenible para una institución que afronta diversos retos en el presente para justamente sumarle uno más, y no precisamente de los menos graves.
    Lo que siempre será motivo de admiración y estupor es cómo aquellos hombres que, obedeciendo en teoría a ese llamado interior que llamamos vocación, se transforman un buen día de iluminados seguidores del camino trazado por Jesús, de predicadores convencidos de su palabra y de sus enseñanzas, en verdaderos demonios que echan por tierra la inocencia y la honra de niños, niñas y jóvenes, haciéndoles padecer en carne propia el infierno temprano de sus perversas inclinaciones.
    En qué momento, esos seres llamados para predicar los principios morales del cristianismo, traicionan sus celestes ideales de la compasión, la caridad y la ayuda al prójimo, ejerciendo de funestos verdugos de quienes más necesitados están de orientación y asistencia espiritual en esos cruciales años de su formación personal. De qué manera se opera ese cambio radical, que luego termina en la prescripción y la impunidad, arropados por una sarta de crápulas encaramados en la cúspide de una iglesia que de este modo se comporta como coautora de tamaña vesania. Pues no debemos olvidar que papas y cardenales se hicieron de la vista gorda durante años, cumpliendo religiosamente su nefasto rol de apañadores y encubridores.
     Luego de un breve traspié del papa Francisco, cometido en su viaje de retorno a Roma el año pasado, cuando negó veracidad a las denuncias contra un depravado obispo chileno, la escena cambió radicalmente al llegar al Vaticano y recibir en esos días a una importante delegación de víctimas procedentes del vecino país del sur. Es entonces cuando decide tomar al toro por las astas y nombra una comisión del más alto nivel, presidida por monseñor Charles Scicluna, arzobispo de Malta, para investigar los casos perpetrados en Chile, cuyo resultado fue posteriormente la defenestración, publicitada como renuncia, de todos los obispos del país, para emprender así una labor de limpieza y transparencia que sigue en marcha.
    Creo que ese es el momento en que comienza a variar la perspectiva y la postura de la curia romana ante un asunto que, sin lugar a dudas, ha minado profundamente su credibilidad y la ha puesto contra las cuerdas. El sólo leer el testimonio de las víctimas es estremecedor, pues uno se hace a la idea de cómo pudieron haber afrontado en toda su crudeza esos niños y jóvenes la crueldad sin nombre de estos infames “religiosos”; niños y jóvenes  que ahora son ya hombres y mujeres maduros que, sin embargo, tienen tatuados en sus cuerpos y en sus mentes, el trauma insufrible del abuso que padecieron.
    Medidas de impacto tomadas recientemente por el mismo papa Francisco, como la expulsión de la iglesia del cardenal Theodore Mc Carrick, arzobispo de Washington, u otros similares, no deben hacer olvidar todo lo que no se hizo por espacio de décadas, mientras los mismos funcionarios llamados a acudir al llamado de los inocentes, celebraban victoriosos y aviesamente la protección y encubrimiento que lograban, cuando sustraían de la acción de la justicia a uno de estos pederastas en su accionar más demoníaco. Los expapas Juan Pablo II y Benedicto XVI tendrían que decir algo al respecto. Pero el primero ya es alma del otro mundo, habiendo sido incluso, para desvergüenza mayor, elevado a la condición de santo, lo que en verdad resulta ridículo, por decir lo menos. Y Joseph Ratzinger, desde su cómodo retiro vaticano, no sé si esté en condiciones de hacerlo.
    Tres días que quizás no han servido de mucho, por más que el arzobispo de Múnich, Reinhard Marx, haya pronunciado las palabras más sinceras y esclarecedoras de la reunión, como revelar por ejemplo la destrucción de los archivos de los abusos cometidos; pues en la jornada final, el mensaje de Jorge Mario Bergoglio no ha sido precisamente esperanzador para las víctimas, quienes esperaban que por lo menos se pusiera en marcha la anunciada tolerancia cero ante el problema, y no que se desviara el discurso hacia afuera, distrayendo con datos del abuso a menores del mundo en general, cuando lo que estaba en discusión era el proceder de los miembros del clero, razón por demás imperdonable porque se trata de personas que han jurado cumplir una misión ante su dios, y no han hecho otra cosa que traicionarlo miserablemente.
    No queda sino seguir bregando para que los culpables sean llevados ante la justicia regular, y reciban el castigo que merecen por su conducta oprobiosa.

Lima, 25 de febrero de 2019.
  
      

jueves, 14 de febrero de 2019

Schopenhauer y el amor


    Desde la óptica tremendamente pesimista del filósofo alemán, toda la existencia humana arrastra una rémora de sufrimiento que se hace visible en cualquier vivencia y  actividad que emprenda, incluida el amor, desde luego. Debe aclararse, sin embargo, que toda filosofía surge al calor de las experiencias y vicisitudes que configuran el temperamento y la personalidad de quien más adelante las elaborará en entramados conceptuales que buscarán erigirse en interpretaciones peculiares de la realidad y, finalmente, en visiones del mundo.
    No podemos entender el pensamiento de Schopenhauer sin tener en cuenta los pormenores y las singularidades de su biografía, como el hecho de que al descubrir a los 13 años de edad su vocación para la lectura, el estudio y la reflexión, y a los 15 revelar sus inclinaciones, el padre será presa de un profundo disgusto por ese hijo para quien ya había dispuesto un futuro dedicado al comercio. En esta lucha con la figura paterna para hacer prevalecer sus propias búsquedas, se irá delineando una de las aristas del carácter del futuro filósofo. Providencialmente, ante la extraña y repentina muerte de Heinrich, Johanna, su madre, lo libera de cumplir la promesa paterna para dedicarse completamente a seguir su propio camino.
    Su periplo por diversas universidades alemanas, su contacto con filósofos como Fichte y Hegel, así como sus lecturas decisivas de Platón y Kant más el conocimiento de los textos fundamentales del pensamiento oriental, definirán su destino como pensador abocado a desentrañar los misterios que encierra el dolor en el mundo, sus causas y manifestaciones, y por tanto, también, la manera cómo librarnos de él. Ese será su aporte más importante a la filosofía universal.
    Entre los años 1814 y 1818 compone, en Dresde, su obra maestra: Die Welt alles Wille und Worstelung (El Mundo como Voluntad y Representación), publicada en 1819, hace ya doscientos años. En ella está descifrado el universo, como lo han reconocido notables escritores del siglo XX que se han rendido ante la magnificencia de su pensamiento. Lo dice así precisamente nada menos que el poeta y ensayista argentino Jorge Luis Borges, quien en su conocido “Otro poema de los dones”, alude al genio de Danzig con estos memorables versos: “Por Schopenhauer, / que acaso descifró el universo…”. En ese mismo poema, justamente, también agradece “al divino laberinto de los efectos y de las causas”, “por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad…”.
    Schopenhauer llama Voluntad a esa energía o fuerza cósmica que nos impele a obrar en determinado sentido, y que es culpable igualmente de la marcha del universo. Ella explica el deseo, que está en la raíz de todas nuestras acciones que desembocan inevitablemente en el dolor y el sufrimiento. Una de las manifestaciones de ese deseo es el amor, verdadera trampa que nos tiende la voluntad para cumplir sus propios fines. Dice el filósofo: “Es el amor una estratagema que emplea la Naturaleza para llegar a su fin, que en realidad no es otro que la creación de un nuevo ser determinado en su naturaleza”; aunque más adelante reconoce que “el amor es como una compensación de la muerte”.
    El amor no sería sino una fuerza ciega impulsada por la voluntad, pues “en cuanto la voluntad se siente satisfecha, desaparece, y disipándose el goce del individuo, ya no ve junto a él más que una detestable compañera”. Se ha hablado también, a propósito, de una reprobable misoginia que subyace en muchas de las ideas del pensador, a veces abiertamente, hecho que debemos entender en el contexto de su tiempo y de su propia formación, sin que esto signifique de ninguna manera una forma de justificar sus exabruptos sexistas.
    En ese mismo sentido, aborda una de las paradojas más reconocidas del amor, como aquella de la dudosa elección, “por eso es posible ver a hombres llenos de buen sentido, hasta de genio, casados con verdaderas arpías. Con justicia se ha pintado el amor teniendo vendas en los ojos”. Si pensamos, por ejemplo, en el caso de Sócrates, tendremos una histórica confirmación que validaría esta afirmación de Schopenhauer; y aquello de que el amor es ciego no es sino uno de los tópicos más recurridos y recurrentes del inconsciente colectivo que trata así de explicarse una deriva irracional del mismo.
    Esa energía instintiva avasallante que nos sobrecoge, digitada directamente por la voluntad en sentido schopenhaueriano, se expresa también como pasión, tan asociada a la vivencia amorosa. Al respecto, dice el filósofo: “Como la pasión descansa sobre la ilusión de un goce, de una felicidad personal, en provecho de la especie, una vez pasado el tributo a la Naturaleza y al genio de la especie, la ilusión desaparece”. Eso explicaría la fugacidad de la pasión amorosa, fuego fatuo que chisporrotea un instante y se desvanece.
    La mayoría de las ideas de Schopenhauer sobre el matrimonio y la mujer han perdido vigencia, al empuje del progreso de los tiempos en materia de justicia e igualdad entre los sexos. Las tres oleadas feministas han terminado sepultando las polémicas tesis del filósofo alemán, las que evidentemente deben ser entendidas, como ya lo dije líneas arriba, en su contexto y a la luz de su temperamento y de su filosofía en general. Pero en cuanto al fenómeno del amor, todavía se puede seguir discutiendo su interesante enfoque a partir de lo que él llama la voluntad, fuerza inmanente que sostiene el universo, y la representación que ejecutamos los seres humanos a un nivel más o menos consciente, pues a la larga también estamos tironeados por esa decisiva causa primera, culpable sí de muchas alegrías, pero también de tantos pesares y dolores.

Lima, 14 de febrero de 2019.

sábado, 9 de febrero de 2019

Venezuela en la encrucijada


    Un país latinoamericano es el nuevo escenario de la confrontación internacional entre las grandes potencias, siempre detrás de poderosos intereses económicos que definen el tablero geopolítico mundial. En los últimos años hemos visto cómo gradualmente el gobierno de Venezuela se iba desmoronando imparablemente, acicateado por los enormes errores del régimen de Maduro, así como por la hostilidad imparable de los Estados Unidos y sus adláteres, situación que se acentuó con la llegada a la Casa Blanca, hace poco más de dos años, del peor presidente de que se tenga memoria en la historia de la nación americana.
    Me parece que el punto de quiebre del sólido edificio chavista, erigido por los seguidores del deslenguado mandatario desaparecido, comenzó en diciembre del 2017, cuando la oposición consiguió un rotundo triunfo en las elecciones para la Asamblea Nacional, hecho que fue respondido por el gobierno con una sistemática política de amedrentamiento que se selló cuando, aduciendo el clamor popular, convocó un referéndum para elegir una Asamblea Nacional Constituyente con el fin de iniciar una serie de reformas fundamentales en su Carta Magna.
    Instalado ya el nuevo organismo, se convirtió inmediatamente en un poder legislativo de facto, en paralelo al que detentaba la oposición, con la anuencia de las fuerzas armadas que hasta ahora constituyen el aval principal del régimen. Ha habido, por cierto, pequeñas asonadas, rebeldías focalizadas, levantamientos fallidos, pero nada afectó seriamente la solidez del poder. Manifestaciones reprimidas con rigor, líderes políticos perseguidos y encarcelados, funcionarios de primer nivel marchando al exilio, periodistas amenazados y una creciente población en éxodo, fue el saldo de este primer capítulo doloroso de la crisis venezolana.
    El otro momento estelar de esta deriva dramática fue la elección en solitario de Nicolás Maduro para un nuevo período presidencial en mayo del año pasado, en unas elecciones cuestionadas por la comunidad internacional y sin la presencia de observadores que refrendaran su legitimidad. Y el 10 de enero, fecha de su juramentación para otros seis años de gobierno, no contó con la presencia de buena parte de los representantes del continente ni de la Unión Europea. Cada vez más arrinconado, el inquilino del Palacio de Miraflores se embarcó en una estela de acciones erráticas producto del atolondramiento causado por un entorno más y más adverso.
    Mientras tanto, en Washington terminaban de mover sus piezas los halcones que merodean al presidente Trump, en medio de una parálisis de la administración por el capricho del mandatario de construir a toda costa un absurdo muro en la frontera con México. Un personaje de estas movidas por los corredores de la capital estadounidense era nada menos que Juan Guaidó, el joven presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela que el 23 de enero reciente se autoproclamó presidente interino de la nación caribeña, siendo reconocido inmediatamente por la Casa Blanca y por los países que integran el Grupo de Lima, con la excepción de México y Uruguay.
    Otros actores tras bambalinas en este drama descomunal que vive el país de Simón Bolívar, y no de segunda línea como podríamos presumir, son el consejero de seguridad de la administración Trump, John Bolton, el asesor para asuntos de Latinoamérica Elliot Abrams y el Secretario de Estado Mike Pompeo, culpables en el pasado de barrabasadas sin nombre en contra de los derechos humanos, desde sus tristísimos papeles de peones de las administraciones más retrógradas de USA, como fueron las de Ronald Reagan y de George Bush padre e hijo, en puestos encumbrados como el que tuvo Pompeo al frente de la temible CIA, y como figuras claves en invasiones y tráfagos mafiosos los otros dos mencionados.
    Nada de lo que acaba de suceder es, pues, simple coincidencia. El argumento estaba armado desde hace tiempo, sólo faltaba la ocasión que propiciara su puesta en acción, y esta se presentó con el entrampamiento del gobierno yanqui en su tira y afloja con el Congreso. La reacción de Rusia y China no se ha hecho esperar; ambas han condenado la bochornosa injerencia norteamericana que ha llegado al punto de no descartar una intervención armada. Sin duda que el panorama es inquietante; la prensa ha alertado de la presencia de dos portaaviones, uno ruso y otro chino, navegando hacia las aguas del Atlántico, en previsión de lo que pudiera ocurrir si las amenazas de Trump se materializan.
    La única salida para Venezuela debe provenir de unas nuevas elecciones democráticas y transparentes, con la presencia de figuras reconocidas de prestigio internacional en calidad de valedores; pero no de las intromisiones de nadie, menos de aquellos que no pueden exhibir un mínimo de trayectoria moral y democrática. La doctrina Estrada, retomada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, debe servir de guía para una solución consensuada entre los mismos venezolanos. Afuera las manos y las garras ajenas que pretenden cebarse con la crisis de ese país para sacar réditos políticos y económicos, pues no olvidemos las ingentes reservas de petróleo con que cuenta el territorio llanero.

Lima, 3 de febrero de 2019.

martes, 1 de enero de 2019

Felonía


    Al igual que hace un año, cuando el presidente de entonces, aprovechando las fiestas de fin de año, perpetró el acto que a la postre significó su defenestración del cargo, ahora es el fiscal de la Nación quien acaba de asestar el golpe más duro al corazón de la dignidad y la esperanza de millones de peruanos, que veían con mayoritaria aprobación el diligente trabajo del equipo de fiscales especiales encabezados por Raúl Vela Barba, y cuya figura más relevante era sin duda José Domingo Pérez, al relevarlos de sus cargos no ratificando sus nombramientos al frente de las investigaciones del caso conocido como Lava Jato.
    Esperó con artera oportunidad de que llegara el día en que masivamente la gente se apresta a celebrar la llegada del nuevo año, cuando todo el mundo tiene puesta su atención en todo menos en asuntos que conciernen a los entes del Estado, para ejecutar esta vil felonía que lo tenía seguramente macerando desde hace varias semanas, aguardando como la fiera rapaz el menor descuido de su víctima, para saltarle luego a la yugular y  derribarla a traición, como sólo saben hacerlo las bestias salvajes.
    No nos llama la atención, sin embargo, la barrabasada cometida por Pedro Gonzalo Chávarry, el hombre que ha demostrado tener el cuajo más gigantesco de este país, el individuo que, insensible al clamor popular, ajeno a toda consideración ética, exhibiendo la desvergüenza más descomunal, ha hecho lo que justamente esperábamos que no hiciera, aquello que la inmensa mayoría de ciudadanos, indignados hasta la náusea con los clamorosos casos de corrupción que han infectado todas las instancias de poder del país, le exigíamos a diario no llevara a cabo.
    Pero no, el Fiscal de la Corrupción, el Fiscal de la Impunidad, el Fiscal de las Componendas, se zurró olímpicamente en nuestras voces que clamaban justicia; aduciendo motivos y pretextos seudo legales, haciendo ejercicio de su cargo de manera arbitraria y despótica, ha removido una línea de investigación de meses, con el único fin de, en primer lugar, protegerse a sí mismo, al estar involucrado en el asunto de los Cuellos Blancos del Puerto; y, en segundo lugar, pagar el favor correspondiente a las bancadas del Congreso con el más kilométrico rabo de paja de que se tenga memoria. No existe un solo principio de razón suficiente que avale la oprobiosa medida tomada por este funcionario del Estado. Estará en sus facultades hacerlo, pero eso no quiere decir que vaya a actuar de la forma como lo ha hecho, al margen de toda consideración de tipo ético y vulnerando el sentido de oportunidad.  
    Su desatinada medida tendrá consecuencias desastrosas para la lucha anticorrupción emprendida por este gobierno y por el grupo de fiscales que, más allá de las medidas discutibles que pueda haber tomado, estaba haciendo una labor impecable en esa batalla sin cuartel contra una de las lacras más nefastas que amenazan al organismo vivo de nuestro país. Ese era, evidentemente, su objetivo: petardear el trabajo de los magistrados, sabotear todo avance en la materia, traerse abajo la paciente labor que había ya dado contundentes golpes a los corruptos y mafiosos que pululan por estas tierras.
    No hay ninguna persona con sentido común, excepto los interesados miembros de la manada becerril del Congreso y sus furgones de cola, que pueda aplaudir la actuación de Chávarry, pues a todas luces ha perpetrado la felonía más escabrosa y sórdida de los anales de la judicatura peruana, superando inclusive a quien fuera su jefa en los tiempos de Montesinos y Rodríguez Medrano, la inefable Blanca Nélida Colán. Se nota su gran aprendizaje como mercenario aventajado, moviéndose con gran estilo en los oscuros corredores de la acción a mansalva como sicario de cuello blanco.
    Sólo nos queda la calle a los ciudadanos de a pie de este increíble país que vuelve a vivir sus horas más difíciles. La calle para albergar nuestras desaforadas voces de protesta ante la iniquidad y prepotencia de una autoridad que ha perdido hace muchísimo tiempo todo rastro de legitimidad, toda aura de autoridad moral, y que sorda y ciega al sentimiento casi unánime de un pueblo, se aferra a su cubil porque sabe que así está salvando su pellejo. Pero que no crea que es invulnerable, que el blindaje que le facilita con mucho gusto el aprofujimorismo le va a durar para siempre.
    Se podría asimismo activar la acusación constitucional que está planteada en el Congreso, pues, además de las razones expuestas por diversos parlamentarios de oposición, el fiscal general ha infringido el artículo 159° de la Carta Magna, que en su inciso primero dice meridianamente que corresponde al Ministerio Público la “defensa de la legalidad y de los intereses públicos tutelados por el derecho”, y no de intereses personales como reza la declaración que ha emitido el fiscal Chávarry tratando de justificar su decisión. Aunque este camino, francamente, y teniendo en cuenta la actual composición del legislativo, no tiene visos de prosperar.
    El repudio que merece este sujeto se manifestará en los días que vienen en las calles y plazas de todas las ciudades del Perú, para exigir su salida inmediata de un cargo para el que definitivamente no está a la altura. El pueblo sabrá tomar las medidas más pertinentes, y actuando con la ley en una mano y la ética en la otra, acabar de una vez con cualquier personaje, por más encumbrado que parezca, que pretenda coactar vilmente su sed ancestral de justicia.

Lima, 1 de enero de 2019.