sábado, 1 de junio de 2019

El tercer oído


    Es evidente que en materia de gustos artísticos, sean éstos poéticos, pictóricos o musicales, sólo por mencionar algunos, existe una amplia variedad de pareceres y puntos de vista, de atracciones y repulsiones, de pasiones y rechazos que hacen de esa vivencia humana una de las más controvertidas, polémicas y discutibles. Sin embargo, también es cierto que todos debemos partir de ciertos estándares mínimos de aceptabilidad, para no hablar todavía de calidad, si queremos ponernos a debatir seriamente sobre la apreciación estética de las obras que el ser humano ha fraguado a lo largo de la historia en todas las artes.
    Me vienen a cuento estas reflexiones ahora que acabo de leer un artículo de la periodista y bloguera cubana Yoani Sánchez, publicado en diciembre del año 2016 y que sorprendentemente no lo conocía, titulado “Reguetón, la música de la realidad”, donde explicita varios tópicos referidos a dicho género musical –no hay más remedio que denominarlo así– que me han resultado, francamente, chirriantes. No voy a discutir la figura y trayectoria de la autora, por demás respetable, sino circunscribirme a un aspecto que desde hace mucho tiempo es el objeto de mis cavilaciones, búsquedas, investigaciones y, sobre todo, apasionadas vivencias: el gusto musical.
    Lo primero que salta a mi vista es el muy dudoso criterio de la cantidad cuando se trata de argumentar a favor o en contra de un elemento de la realidad, especialmente en este asunto de la música, al afirmar por ejemplo que la repulsa que ha recibido una canción muy sexista de un intérprete colombiano “se disuelve en los 200 millones de reproducciones que exhibe el videoclip en You Tube”. Pero, ¿desde cuándo el argumento de la cantidad valida un producto artístico? Si la discusión se mantiene en el terreno de lo comercial, es otra cosa, mas si prima, como debe ser, el criterio estético, qué puede importar así lo vean todos los habitantes de la tierra, cuando el producto es deplorable no sólo por el mensaje que transmite, sino por la forma que adopta, que en música casi lo es todo.
    Llega a llamar una cosmogonía al ritmo de marras, es decir, equipara la crudeza y lascivia de sus letras con la mirada que han esbozado las filosofías ante el mundo y sus avatares. Pues claro que importa si gusta o no, y si bien no hay manera de taparse los oídos y obviarlo, sí hay formas de combatirlo y desbaratarlo, desnudando sus miserias y sus sordideces desde la educación musical y el refinamiento de los gustos. Tal vez una ímproba tarea, pero necesaria y fundamental si queremos afianzar una cultura de calidad en nuestras tan vapuleadas sociedades. Como dice el paleoantropólogo español Juan Luis Arsuaga: “Apreciar la belleza es una cuestión de educación y sensibilidad. Busque lo que es bello en la vida. Hay mucha belleza”.  
    Qué pena que piense que sólo comprendiendo los códigos del reguetón puede uno comunicarse con los jóvenes, y no se trata de minimizarlo ni censurarlo, sino de desenmascararlo, operando sobre él una verdadera vivisección para exhibir ante ellos su marrullera procacidad y su indigencia musical. Ahora, no creo que exprese la rebeldía como dice Sánchez, pues si algo expresa ese engendro ruidoso es la torpeza hecha sonido y la bajura como bandera pretenciosamente contestataria. En cuanto a su duración, tengo la esperanza de que no sobrevivirá por mucho tiempo, pues como dijo Raphael, es sólo cuestión de moda.  
    El paralelo que establece entre un Víctor Jara y un Silvio Rodríguez con un tal Don Omar y otros dos cubanos es verdaderamente ofensivo, tanto para el legado musical de esos dos gigantes de la canción latinoamericana, como para quienes seguimos siendo fervientes seguidores de un género que, como en el caso de la trova, ha dado auténticas joyas musicales al acervo cultural de nuestra patria grande.
    Comparar el reguetón con la papa domesticada del altiplano es otro desliz de la bloguera, y ni tarde ni temprano terminaremos aceptándolo ni menos bailándolo, como sí hemos degustado y valorado nuestra deliciosa papa andina. No hay nada de fatalidad en que su nacimiento en el Nuevo Mundo nos obligue a considerarlo como la expresión más emblemática de estas tierras, pues definitivamente no posee las más mínimas condiciones para erigirse en representativa de lo mejor de nuestra tradición musical.
    Hacer la apología de esos ídolos de plastilina que son los reguetoneros, que “dictan moda, costumbres y maneras de decir”, no los vuelve en referentes de adolescentes cuyas apuestas musicales y artísticas transitan por otros senderos; y así vendan más discos por sus inmersiones manieristas en los abismos del exceso y la desfachatez, o los cite circunstancialmente un expresidente como Obama, o lo bailen todas las clases sociales, eso no les otorga ningún pasaporte de perdurabilidad, ni menos valida un aporte a la música que están a años luz de conseguir.
    Por último, pretender hacer del reguetón una lengua franca, al nivel de lo quiso ser el esperanto o lo que es el código html, no pasa de ser un exceso de la que cualquier melómano se siente indigno. Pero donde raya el disparate absoluto es al calificarlo de “antídoto contra el malestar de la cultura”, cuando es precisamente la expresión de ella, la mayor y maligna excrecencia de una época de baja cultura que ha terminado consagrando la bagatela y la bazofia, la marranada y la vulgaridad, la chabacanería y el mal gusto en materia musical.
    Parafraseando al grandísimo filósofo alemán Friedrich Nietzsche, voy a concluir afirmando: ¡Qué martirio es para quienes poseen un ‘tercer oído’ la audición de apenas unos segundos de esa intragable mescolanza de sonsonete y coprofilia que se llama reguetón! ¡Qué fastidio detenerse al borde de ese pantano lentamente removido de sonidos que brotan del miasma y la podre de lo más desagradable y ofensivo para el olfato del espíritu! 

Lima, 1 de junio de 2019.

domingo, 26 de mayo de 2019

La escena europea


    Varios acontecimientos de los últimos tiempos permiten girar la vista con cierto detenimiento al panorama político que presenta el Viejo Continente, a partir, especialmente, del recrudecimiento de los movimientos de ultra derecha que empiezan a tomar forma en los principales países de la Unión Europea, en una dinámica que tiene también su correlato en otras latitudes, como es el caso de América, donde dos de los más importantes países del continente son gobernados por líderes políticos de esa tendencia. Uno de ellos, Donald Trump, en los Estados Unidos; y el otro, Jair Bolsonaro, en el Brasil. Con las consecuencias que ya todos vemos por estos días.
    Pero volviendo a Europa, dos hechos cruciales de las últimas semanas confirman un fenómeno que viene creciendo con una fuerza que ha despertado legítimamente las alarmas de los sectores democráticos en sus respectivos países. El primero, acaecido a fines de abril, con las elecciones españolas, ha visto por primera vez insurgir en el espectro político ibérico a un partido que se reclama en la práctica heredero de las fuerzas más oscuras de la tradición hispana. El partido de ultra derecha VOX representa sin una pizca de duda al franquismo redivivo, al fascismo de pelaje gris que colorea diversas regiones del mapa político europeo. Si bien en dichos comicios el PSOE ha obtenido la mayor votación, VOX ha conseguido un significativo número de representantes al parlamento, los primeros que consigue la extrema derecha en un país que parecía inmune a los populismos de esa estirpe.
    El segundo ha tenido lugar a comienzos de mayo, cuando en la ciudad italiana de Nápoles, el líder de la Liga, vicepresidente y ministro del Interior Matteo Salvini, ha logrado congregar a los más conspícuos representantes de la extrema derecha europea, con la única excepción de la francesa Marine Le Pen, pero cuyo partido ha estado presente en la cita que ha servido para trazar estrategias que han de seguir al unísono estas fuerzas retrógradas en diversos aspectos de la problemática de la Unión, especialmente con respecto a la inmigración, álgido asunto que ha puesto en tela de juicio la esencia misma del proyecto comunitario, por las desinteligencias mostradas en el liderazgo de su gestión y por la férrea oposición de los  gobiernos a cuya cabeza están políticos que defienden la xenofobia y la discriminación.  
    El caso de Hungría es perfectamente conocido, siendo la visita reciente de su presidente Viktor Orbán a la Casa Blanca, donde fue recibido por su homólogo y modelo político Trump, la imagen que mejor ilustra estos tiempos que corren, dominada por figuras que han resucitado una ideología que hace cien años exactamente irrumpió en una Europa que acababa de salir de una cruenta guerra que asoló el Viejo Mundo por cuatro largos y atroces años. La marcha sobre Roma, en l922, con Mussolini a la cabeza y sus camisas negras de cuerpo de choque, fue la génesis de uno de los totalitarismos más revulsivos y nefastos de la historia, que tuvo su clímax en el nazismo de Adolph Hitler en la Alemania de los años treinta.
    Lo mismo pasa en Holanda, en Polonia, en Austria, en Francia, en la mismísima Alemania, donde la bestia negra del fascismo alza su hocico feroz amenazando con su aliento mefítico a las pacíficas sociedades democráticas de occidente con instaurar una era de terror, persecución y oscurantismo como no se conocía desde hace casi un siglo. Esto no nos debe hacer olvidar, por supuesto, el clima social y político, los avatares económicos que han incubado al nuevo monstruo, responsabilidad que deben asumir quienes no han podido estar a la altura de los desafíos contemporáneos en la dirección y sostenimiento del proyecto comunitario, que sin duda es uno de los resortes fundamentales para el establecimiento de una sociedad igualitaria y justa, la más avanzada civilización sobre la faz de la tierra.
    Sin embargo, las crisis económicas, los desajustes sociales, los problemas financieros de la deuda, la migración, el absurdo Brexit y otros que enfrenta la Unión Europea desde hace una década, no pueden justificar jamás una respuesta de este tipo, que signifiquen el encumbramiento de fuerzas destructivas que vayan a socavar los cimientos sobre los que se ha erigido el edificio comunitario, atentando contra los principios democráticos y sus políticas de asistencia y solidaridad que han llevado adelante un estado de bienestar, que aparentemente empieza a resquebrajarse, quizás, pero que exige salidas más inteligentes y mesuradas que aquellas que propone el populismo cerril y crudo de los nacionalismos a ultranza y los fascismos resucitados.
    Tres hechos finales que terminan de configurar esta peliaguda escena son, en primer lugar, la crisis política en Austria, con la renuncia del vicepresidente Heinz-Christian Strache, envuelto en una trama de corrupción al revelarse unos vídeos donde transa acuerdos ilícitos con la hija de un magnate ruso. Con él también se han ido los ministros del partido de ultraderecha FPÖ, miembro de la coalición de gobierno con el ÖVP del primer ministro Sebastian Kurz, quien de inmediato ha convocado a elecciones anticipadas. El segundo acontecimiento ha sido la dimisión de la primera ministra inglesa Theresa May, al fracasar su plan de salida de la Unión Europea, lo que agrava el panorama en el Reino Unido con respecto a las negociaciones por el Brexit; y finalmente, las elecciones al Parlamento Europeo, donde a pesar del crecimiento de los partidos euroescépticos y conservadores, los proeuropeos todavía son mayoría, resultado que puede dar un respiro momentáneo a los defensores de la Unión, pues lo fundamental es abocarse ahora a la reconstrucción del tejido comunitario para que siga siendo la gran alternativa hacia la consolidación de una Europa auténticamente democrática y ejemplar como modelo de sociedad.

Lima, 26 de mayo de 2019.
      

lunes, 13 de mayo de 2019

Cuaderno de francés


    Bajo el cuidado del periodista e investigador Pedro Casusol Tapia (Lima, 1986), quien se encarga del ensayo introductorio, de la selección y las notas, se ha publicado Soy la muchacha mala de la historia, bajo el sello independiente de PARACAÍDAS/Editores, libro que recoge toda la obra poética de María Emilia Cornejo, la poeta suicida que el destino y el tiempo convirtió en autora de culto, precursora del feminismo en la poesía peruana y transgresora de su época a través de su arriesgada propuesta sondeando el erotismo femenino.
    Cuando frecuentaba los espacios de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos allá por los años 80, adonde acudíamos con un grupo de amigos de Derecho para escuchar libremente las clases en el Taller de Poesía que dirigían los poetas Marco Martos e Hildebrando Pérez, todavía se respiraba en la atmósfera el halo trágico, la aureola legendaria de la fulgurante vida de María Emilia Cornejo y el impacto profundo que su poesía ocasionó en la literatura peruana alrededor de los años 70 del siglo pasado. Se hablaba de ella, su nombre flotaba en el ambiente, alguien se atrevía a leer algunos de sus versos, que más de una década después de su ausencia aún remecían los pacatos oídos de muchos estudiantes de ese tiempo.
    Un dato relevante del ensayo de presentación, y que en su momento causó todo un revuelo literario, se refiere a la comentada “intervención” que realizaron a los poemas de María Emilia Cornejo, los jóvenes poetas José Rosas Ribeyro y Elqui Burgos, con el objeto de ser publicados en una revista de letras, y que posteriormente conformaron el libro En la mitad del camino recorrido, a cargo del Centro Flora Tristán, en 1989. En verdad, se habría tratado de un trabajo de edición, labor que todo editor realiza con los textos que tiene entre manos, y no de apropiación como se sugirió en algún momento en medio de toda la polémica.
    La poesía de corte social, muy en boga en los años 60 y 70, convive con la poesía erótica en los versos de la poeta, como se puede apreciar en el trabajo de selección del libro póstumo. Hay una constante sensación de angustia, de cuestionamiento e interpelación del mundo, cuya respuesta no encuentra sino en la exploración intensa, atrevida para la época, de un erotismo descarnado, vivido con alguna o mucha conciencia de culpa, pero libre y apasionado. Demostración de esto es precisamente el título elegido para el volumen, y que es a su vez el primer verso del poema más difundido de María Emilia –Soy la muchacha mala de la historia–, tono y contenido que recuerdan aquellas palabras con que solía firmar sus cartas postreras la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz: Yo, la peor de todas. En ambas, aletea la muy cristiana culpa que acarrea el pecado, el saberse infractora de la moral al uso, ese sentimiento inoculado en nosotros por una educación de fuertes raíces judeo-cristianas.
    María Emilia se casó muy joven con Oswaldo Márquez, a quien había conocido en las aulas universitarias, época en que se fue a vivir a Caja de Agua, en San Juan de Lurigancho, donde coincidió con Susana Villarán, quien también por esos años iniciaba su labor de activismo social en pro de los sectores menos favorecidos. Se hicieron amigas muy cercanas, compartiendo labores sociales en una de las zonas más vulnerables de la capital. Cuando Susana Villarán emigra a Chile con su familia, María Emilia se siente más sola; su matrimonio con Coco Márquez empieza a mostrar algunas fisuras, y el alcohol, la depresión y los somníferos van haciendo presa de ella. Es allí que probablemente surgen esos poemas desgarrados, esos versos autoinculpatorios y ese clamor vital que lentamente la va empujando al suicidio, en una determinación fatal que corta tempranamente, con apenas 23 años, un camino en la poesía que ya había dado muestras de su valía. Una poesía de versos sencillos y contundentes, pero sobre todo una temática novedosa, insólita para su época, abriendo una veta que en la siguiente década habrían de explorar, también con gran calidad, poetas como Carmen Ollé, Dalmacia Ruiz Rosas, Mariela Dreyfus y Rocío Silva Santisteban.
    Una impactante revelación constituye, desde luego, la aparición de un cuaderno escolar –en posesión de Charo Arroyo, su amiga– que la poeta utilizaba para sus clases de francés, pero sobre todo para escribir los borradores de sus poemas, con letras grandes y en mayúsculas, cuyas copias facsimilares figuran entre los anexos del libro. Son un conjunto de 19 composiciones inéditas que recién ven la luz de la imprenta, de cuya existencia se dudaba o se ponía en entredicho, pero de cuya realidad ya no podemos dudar, y que el investigador ha bautizado como “cuaderno de francés”.
    Se trata, pues, de un libro fundamental porque rescata una producción hasta ahora dispersa e inhallable, entregándonos reunidos toda la creación poética de una figura singular en las letras peruanas como es el caso de María Emilia Cornejo.

Lima, 12 de mayo de 2019.
  
          

sábado, 4 de mayo de 2019

Irlanda en el vórtice


    A raíz de los sucesos del jueves santo, donde fue asesinada la joven periodista Lyra McKee, en los disturbios ocasionados en Londonderry por los miembros del Nuevo IRA, ha vuelto a la palestra de la atención mundial el resurgir de uno de los grupos terroristas más sanguinarios del siglo XX, que mantuvo en vilo a la isla durante tres décadas. Todo esto en medio, para más inri, de las arduas discusiones entre las autoridades políticas del Reino Unido y de la Unión Europea sobre la situación de Irlanda del Norte después del brexit, salida que se viene aplazando agónicamente desde la fecha fijada inicialmente.
    Resulta que la isla está dividida entre Irlanda del Norte, que es parte del Reino Unido,  y la República de Irlanda, que es miembro de pleno derecho del proyecto comunitario. Fue escenario de una espantosa guerra civil que se selló con los acuerdos de Viernes Santo del 10 de abril de 1998, donde unionistas y nacionalistas, protestantes y católicos, aceptaron vivir en armonía a través de un pacto que fue sometido a referéndum en las dos irlandas, aprobándose por una importante mayoría de ciudadanos que vieron en el documento una forma de detener la espiral de violencia y muerte que asoló la región durante el último tercio del siglo pasado.
    Lo importante es que ambos países mantienen sus propias características políticas, económicas, sociales y culturales, separados por una frontera imaginaria –como son por cierto todas las fronteras–, presentándose la curiosa situación de que en determinado momento del recorrido por las pistas que los unen, los carteles que anuncian el cambio de moneda y la denominación de la distancia física revelan de qué lado se encuentra uno; pues, mientras en la República de Irlanda, cuya capital es la bella ciudad de Dublín, se usan los euros para las transacciones económicas, y las distancias se miden en kilómetros; en Irlanda del Norte, llamada también el Ulster, y con capital en Belfast, aún rige la vieja libra esterlina y las millas determinan las trayectorias de vehículos de todo tipo y personas.
    Entrampada la discusión en el Parlamento británico sobre la mejor manera de administrar su salida de la Unión Europea, con la impaciencia contenida de los funcionarios del continente, la situación irlandesa se ha convertido en un auténtico nudo gordiano de los posibles acuerdos o desacuerdos entre Londres y Bruselas. La amenaza de la vuelta a una frontera dura, con señalizaciones, controles y barreras arancelarias, haría volar por los aires una relativa paz de veinte años que ha mantenido a la isla lejos del foco de la prensa, que hace apenas veinte años informaba de atentados, asesinatos y todo tipo de actos violentos en el territorio insular.
    En ese escenario, la vuelta del IRA (Ejército Republicano Irlandés, por sus siglas en inglés), rebautizada como Nuevo IRA en el año 2012, hace temer a la comunidad internacional un recrudecimiento del diferendo que enfrentó a protestantes, que luchaban por mantener la región bajo la jurisdicción de la corona británica, y católicos, que aspiraban a la reunificación de las dos regiones bajo las banderas republicanas. El antiguo partido del Sinn Fein, cuyo brazo armado fue precisamente el IRA, tuvo una participación protagónica en las negociaciones y en la firma de dichos acuerdos, por cuya razón se pudo desarticular a la banda; sin embargo, se sabe perfectamente que todo proceso de paz es un arduo trabajo que toma tiempo, aun después de su firma oficial. Es así que han surgido sectores disidentes que han mostrado sus desacuerdos y están dispuestos a retomar la lucha bajo métodos que muchos aspiraban a ver ya abolidos. Y es ahí precisamente cuando se han suscitado estos disturbios callejeros que han acabado con una vida totalmente inocente como la de Lyra McKee, quien observaba los acontecimientos desde un lugar cercano a un carro de policía, cuando una bala perdida le atravesó el cerebro matándola al instante.
    Es importante que este absurdo hecho del brexit, por el que votaron increíblemente los ingleses hace unos años, no tenga más secuelas mortales, y eso pasa justamente por lograr un entendimiento, dentro de los márgenes donde ello es posible, entre los negociadores que desde hace más de dos años discuten sobre los detalles de la salida del Reino Unido de donde nunca debió hacerlo, espoleado por estos mefíticos vientos neopopulistas que ya hacen estragos en distintas regiones del mundo. Es nuestro deber, como ciudadanos del mundo, detener los embates de una fuerza que cobra protagonismo aliada de un neofascismo que, después de cien años de haber nacido, pretende volver a las andadas, con las consecuencias que ya todos conocemos en la historia del siglo XX.    

Lima, 4 de mayo de 2019.

domingo, 21 de abril de 2019

Ante el tribunal de la Historia

    Honda conmoción nacional ha causado la repentina y trágica muerte del expresidente Alan García Pérez, la mañana de este miércoles santo, en medio de una diligencia judicial que buscaba su detención preliminar autorizada por el juez, a solicitud de los fiscales a cargo del famoso caso Lava Jato, proceso que ha desestabilizado la escena política de casi toda Latinoamérica. En circunstancias en que el cerco de la justicia se estrechaba hasta el borde mismo de su confinamiento por diez días tras los barrotes, optó por el atajo salvador de la muerte, disparándose un tiro en la cabeza con su Colt 38 que llevaba listo para usarlo en el momento preciso.    
    Sin duda que se trata de una noticia de gran repercusión internacional, pues se trata nada menos que de un personaje que por dos veces ejerció la primera magistratura del país, además de su innegable liderazgo político a la cabeza de uno de los partidos más antiguos y organizados del Perú, amén de discípulo predilecto del fundador del APRA, movimiento continental de reconocido protagonismo en la historia contemporánea. Figura de relieve continental, conocido en los círculos de poder latinoamericanos a través de sus innumerables relaciones políticas con otras tantas personalidades de América Latina y del mundo, su intempestiva desaparición ha consternado a medio mundo.
    Dotado de un talento innato para la actividad política, con las cualidades añadidas de una elocuencia desbordante y un carisma magnético, su incursión doble al mando del Ejecutivo peruano no estuvo exento de polémica y cuestionamiento, siendo justamente investigado en ambos regímenes por actos de corrupción que tuvieron caminos sinuosos, sobre todo el primero, que terminaron increíblemente en la prescripción y la impunidad; en tanto que el segundo seguía su curso hasta el punto en que aparentemente ya no tenía escapatoria, después del fallido asilo en Uruguay, optando por una salida radical, extrema en todas sus partes, apelando, como alguna vez lo dijo, al veredicto final de la Historia, más allá de los contingentes tribunales regulares, pues su ego desmedido no podía concebir verse sometido a la humillación insuperable de ser tratado como un reo común y corriente.
    Jamás podremos conocer las razones últimas de su fatal determinación, a lo sumo estaremos merodeando las suposiciones y especulaciones, planteando diversas hipótesis que expliquen su impresionante suicidio. Algunos aducen que al verse acorralado por la verdad, que empezaba a revelarse al descubrirse cuentas de sus más cercanos colaboradores y que sería conocida en los próximos días cuando declarara Barata, su atormentada conciencia lo empujó a la muerte; otros, que la impronta claustrofóbica de su infancia, con un padre preso al que conoció recién a los cuatro años, le hacía intolerable la idea del encierro; y no faltan entre sus partidarios quienes hablan de una inmolación, de un acto de dignidad y honor que fácilmente lo puede convertir en un mártir, condición en verdad bastante discutible por no decir exagerada.
    Albert Camus, el gran escritor y filósofo francés, que muriera trágicamente en un accidente automovilístico, postuló en su memorable ensayo El mito de Sísifo, que el principal problema de la filosofía era el suicidio, la crucial pregunta de si la vida valía la pena o no de ser vivida. La vieja discusión de si el suicidio es un acto de valentía o de cobardía, creo que fue superada de manera inmejorable por el escritor alemán Arthur Koestler, un famoso suicida, cuando describió la decisión como la valentía de los cobardes, que era una forma de tomar la cuestión por ambos extremos para darle una poética salida conceptual. La personalidad del exmandatario, ribeteada de rasgos megalomaníacos, podía hacer prever una reacción de este tipo, pues en varias ocasiones de su dilatada trayectoria política, recayó en visibles exabruptos que revelaban una psicología en constante estado de alta tensión, actitudes que prefiguraban el hecho final de zanjar con la muerte por propia voluntad el acoso permanente de sus demonios interiores.
    Es inútil seguir debatiendo sobre los entretelones de su gesto, así como es absurdo tratar de encontrar culpables, como lo vienen haciendo irresponsablemente un grupo de seguidores fanatizados, porque lo que nos deja como lección es una reflexión profunda sobre el destino de un país jaqueado por el delito, especialmente el de las altas esferas, que sin el mayor empacho no dudaron en anteponer sus intereses particulares a los intereses nacionales. La justicia, quizás con algunos excesos, viene cumpliendo su labor de profilaxis y saneamiento, y debe seguir en esa tarea, imprescindible para el bien de todos quienes aspiramos a un país decente y civilizado.
    Cuando el miedo a la vida es más fuerte que el miedo a la muerte, los resultados son verdaderamente funestos, sobre todo si esa vida se ha convertido en una monstruosa pesadilla, ya sea por los propios errores o delitos cometidos, como por el de otros que en algún momento estuvieron ligados a la máxima autoridad que ejercía como jefe de Estado, cumpliendo roles diversos durante la gestión del gobierno a su cargo. En el tiempo que resta se irá desvelando la verdad que todos ansiamos, y cuando se descubra el caso en toda su dimensión, entonces la Historia pronunciará su veredicto inapelable, y todo parece indicar –me atrevo a deslizar lo que mi instinto me dicta–, que de ninguna manera será absolutoria por las muchas evidencias que apuntan a incriminarlo. En todo caso, su alma atormentada ya está libre de todo aquello y descansa, si es que ello es posible, en una dimensión desconocida.
    Un apunte final: me ha parecido una flagrante contradicción doctrinal, ver a monseñor Cipriani, importante jerarca de una corriente del cristianismo, bendiciendo a un suicida, pues como todos saben, la Iglesia condena dicho acto, y Dante, en su Divina Comedia, los sitúa en uno de los círculos del Infierno. Algo para pensarlo dos veces.

Lima, 19 de abril de 2019.

sábado, 13 de abril de 2019

Los forzados de la Siberia


    Con los recuerdos de sus años en la Siberia, sinónimo del lugar de castigo más temible en la época de los Zares, Fiodor Dostoievski elabora la minuciosa historia del noble Aleksandr Petrovich Goriantchikov, otrora propietario en Rusia, que purga una condena a trabajos forzados por haber asesinado a su mujer. Al morir, años después de abandonar el presidio, se encuentra entre sus pertenencias un manuscrito titulado “Memoria de la casa de los muertos”, que al descubridor le resulta de interés y decide publicarlo. Así, bajo este ardid narrativo, discurre la estupenda novela La Casa de los Muertos, una de las grandes ficciones del maestro ruso.
    Empieza describiendo el penal, “una casa de muertos vivientes”, donde doscientos cincuenta hombres comparten hacinados el espacio y el tiempo comunes. Una de las cosas más terribles que recuerda el narrador es cómo pudo haber pasado diez años sin estar solo nunca, ni un minuto. Para el condenado, más insoportable que la privación de la libertad es la cohabitación forzosa, el hecho de tener frente a sí a cada momento y en todo instante a otro condenado como él, en una absoluta cancelación de la privacidad que resulta de una crueldad inapelable. “El hombre no puede existir sin trabajo, sin propiedad, legal y normal; sin estas condiciones, se pervierte y se convierte en fiera”, reflexiona quien ha experimentado en carne propia los rigores del encierro y sus monstruosas secuelas.
    Sin embargo, es evidente que no todos estos desgraciados sienten por igual el peso del castigo que les es infligido, pues las naturalezas diversas de los hombres que concurren hacia ese centro para purgar su delito se manifiestan de los modos más disímiles, de manera que así como algunos que llegan lo hacen como si fueran a instalarse de por vida, otros tienen desde el mismo momento en que pisan sus instalaciones la certeza de que algún día tendrán que abandonarlo, aferrándose con profunda fe a esa esperanza para no morirse de desesperación. Este último es el caso del protagonista.
    Una variopinta gama de personajes desfilan por la novela, que el narrador describe con prolijidad y certeza, despertando en su ánimo algunas veces simpatía, y otras, pocas, antipatía o indiferencia. Su procedencia social ocasiona que la mayoría de los reclusos lo miren a distancia y recelen de él, al no considerarlo como uno de los suyos, mientras que los pocos nobles que comparten su desventura tratan de formar una pequeña cofradía para enfrentar los rigores de una convivencia que para ellos, sobre todo, es incluso más ardua, porque a las penalidades del encierro deben sumar los trabajos que ellos jamás habrían realizado en sus vidas ordinarias.
    Llama la atención que en esa época los presos llevaran cadenas y que fueran castigados con azotes, los cuales podían variar de quinientos a mil, o dos mil, o tres mil, suficientes para producirles la muerte. Cuántas veces Aleksandr Petrovich debió presenciar las espaldas flageladas surcadas de sangre de aquellos desdichados camino al hospital. O cuando estando en el mismo, por alguna dolencia que lo afligía, tuvo ocasión de ser testigo de los casos más espantosos a que puede reducirse el ser humano cuando es sometido a un castigo que sobrepasa su capacidad de resistencia.
    Es interesante destacar la representación teatral que preparan los presos como espectáculo de Navidad, instantes en el que se les devuelve su humanidad, gozando de las escenas como hombres libres, tanto los que fungen de actores, como los que forman el público; papel que el arte cumple a cabalidad, pues así se demuestra cómo la actividad artística conecta con los estratos más íntimos y sensibles del ser humano, subrayando esa espiritualidad que subyace aun en los lugares que menos se pueda uno imaginar.
    Hay un episodio de evasión de un par de presidiarios, Kulilov y A-v, fuga de breve duración, pues son recapturados a los pocos días. Este hecho motiva unas preguntas y una  respuesta de un interno: “¿Qué hacemos aquí? Vivir sin vida, pues sin morir estamos muertos. ¿No lo veis?”. Estremecedora comprobación de un hombre que ha escarbado hasta la médula en su situación y ha obtenido una tenebrosa verdad de la que son partícipes todos sus compañeros, pero que tal vez algunos, o la mayoría, no lo saben.
    El último año de su cautiverio recién puede tener libros Aleksandr Petrovich, y esa primera noche se queda leyendo como no lo había hecho en mucho tiempo. Qué condena más atroz debe ser, encima de la que lleva, para alguien acostumbrado al trato de los libros, verse privado de ellos por años. Llegó el término de su condena luego de diez años de reclusión, se despidió de sus camaradas, aun de aquellos que lo veían, como ya se dijo, como un señor, distinto a ellos. Al tiempo que se le quebraba los hierros, empezaba el momento de la gozosa liberación, la resurrección de entre los muertos, la nueva vida, palabras casi literales con que se cierra esta monumental novela del indispensable escritor ruso.

Lima, 6 de abril de 2019.          

sábado, 6 de abril de 2019

La manada


    Últimamente se está difundiendo a la luz pública un hecho que probablemente sea uno de los más depravados y execrables que el ser humano pueda perpetrar, pues no lo hace como individuo y a solas, sino cobijado cobardemente bajo el manto de la masa, de la horda: la violación en grupo, con el agravante de que los malhechores tienen el desparpajo de, luego o en simultáneo, propalarlo por las redes sociales virtuales que les facilita la tecnología de estos tiempos, por lo que se hacen virales y despiertan la curiosidad y el espanto de una colectividad que peligrosamente se está acostumbrando a este tipo de actos bestiales y de un nivel de salvajismo pocas veces visto por la opinión pública.
    Motiva este comentario lo sucedido recientemente en un distrito de la provincia de Ica, La Tinguiña, donde una manada de siete energúmenos abusaron sexualmente de una joven de 19 años con serios problemas mentales, aprovechándose del alto grado de vulnerabilidad de la desdichada y como forma primitiva de saciar sus más animales instintos. Todo el reprobable espectáculo lo grabaron con sus celulares y lo compartieron por internet, como si de una hazaña se tratara, exhibiendo toda la miseria de sus almas y la infinita bajura de su condición de seres humanos. Una prima de la víctima recibió una llamada de los malhechores para chantajearla, amenazando con difundir las imágenes de su fechoría por el ciberespacio si ella no accedía a sus bestiales requerimientos, límite que la impulsó a plantear la denuncia ante las autoridades. Cinco están capturados, mientras que los dos restantes figuran como no habidos.
    Un hecho similar se dio a conocer hace un tiempo en España, donde igualmente un grupete de desarrapados mastuerzos forzó sexualmente a una indefensa y joven mujer en las calles de la ciudad de Pamplona, durante las fiestas de San Fermín. Los criminales se hacían llamar precisamente La Manada, infatuándose de llevar ese nombre que describía perfectamente su despreciable y ruin actividad. Fueron juzgados benignamente por la justicia ibérica, ante la indignación mayúscula de la comunidad a la que pertenecía la muchacha y del país entero, que no se explicaba cómo los jueces podían ser tan pusilánimes y blandengues para castigar con tanta benevolencia una agresión de ese calibre.
    Otro caso parecido llega desde Argentina, como para demostrar que, como dice el refrán, en todo sitio se cuecen habas. En la ciudad costera de Miramar, provincia de Buenos Aires, un quinteto de mozalbetes brutalizados por el alcohol y otras sustancias tóxicas, cometieron estupro con una menor de apenas 14 años en la Nochevieja última. Hacía apenas un poco más de un año que la adolescente Lucía Pérez había sufrido análoga vejación, seguida de muerte,  ataque que, como es de suponer, desató la ira del país entero, que exigió de inmediato la captura y el merecido castigo para los victimarios. Y ahora nomás, en la localidad de Sebastián Elcano, en Córdoba, otra manada de siete homúnculos ha violado a un joven de 25 años, diagnosticado con leve retraso en su desarrollo cognitivo. Primero le dieron de beber, se hicieron pasar como sus “amigos” y finalmente abusaron de él.
    Son algunos de los casos que han saltado a la prensa por la escabrosidad de los detalles, por su dimensión mediática y porque el barómetro de la indignación ciudadana ha rebasado todo margen regional. Pero hay un común denominador en todos estos asaltos contra la honra y la integridad del prójimo que nos interpela como sociedad, como especie; pues más allá de su ubicación geográfica, e independientemente de las particularidades de cada uno de ellos, hay una evidencia incontrastable que no podemos escamotear: que el ser humano, con todos los logros y avances que ha conseguido en muchos terrenos de su desarrollo, también puede descender a conducirse como un despreciable bicho infecto, capaz de las más bárbaras iniquidades, a merced todavía de sus más viles pulsiones, propenso a caer a cada instante en esa cueva paleolítica  que al parecer aún no ha abandonado del todo, demostrando en estos tiempos de la llamada civilización global su estadio de primitiva evolución.

Lima, 3 de abril de 2019.