jueves, 13 de febrero de 2020

La Diosa Coronada


    El tema del amor ha sido una constante en la historia de la literatura, y lo seguirá siendo sin duda, pues se trata de una de las vivencias centrales del ser humano, un sentimiento universal que igualmente es el motor principal de muchísimas obras de las artes en general, sean éstos la pintura, la música y el cine, por mencionar algunas. Casi se podría afirmar, a riesgo de caer en la generalización, que no hay creación artística que no sea de amor, comprendiendo en este concepto tanto su sentido positivo como sus posibilidades contradictorias y antagónicas, pero que tienen como su eje solar a esa pasión ciclónica que hace presa de hombres y mujeres, sean cuales sean sus preferencias amorosas, en cualquier época de su breve existencia.
    Tal vez una de esas historias de amor más emocionantes y divertidas, además de espléndidamente escrita, corresponda al queridísimo Gabriel García Márquez, que en su novela El amor en los tiempos del cólera (Ed. Oveja Negra, 1985), nos entrega una apasionante ficción narrativa que, según los estudiosos de su obra, está basada en la propia historia de amor de sus padres, que el usó como materia prima para construir esta novela que se desliza por el mundo del arte con total autonomía, un universo propio que participa de aquella noción del deicidio que Vargas Llosa utilizó para abarcar la obra total del colombiano.
    Hace más de tres décadas que leí por primera vez esta fascinante historia, cuando atravesaba mi corazón una doble desventura que el destino me tenía reservada. Lo que no recordaba muy bien era el inicio, la muerte del fotógrafo Jeremiah de Saint Amour, que su mejor amigo, el doctor Juvenal Urbino, constata al ser llamado de urgencia. En realidad se trató de un suicidio, pues el exiliado usó cianuro de oro para acabar una vida que ya ingresaba de lleno a la vejez, que para él era un estado indecente que debía evitarse a tiempo. Ese mismo día de Pentecostés, el doctor Urbino estaba invitado al almuerzo por las bodas de plata matrimoniales de su discípulo, el doctor Lácides Olivella. Este hecho aciago cambia los planes, pues luego del almuerzo debe volver a casa para su siesta sagrada, y he ahí que él también se encuentra con la muerte al tratar de alcanzar al loro que había escapado por la mañana, refugiado entre el follaje de los árboles del jardín. Cae de la escalera y agoniza en el lodazal del patio ante los gritos de pánico de la servidumbre y de su esposa, Fermina Daza, que llega justo a tiempo para oír las últimas palabras de su compañero de toda la vida: “Sólo Dios sabe cuánto te quise”.
    Luego de las exequias del médico, reaparece en la vida de Fermina Florentino Ariza, su pretendiente de más de medio siglo, a quien ella esa noche despacha con una frase lapidaria, que era en verdad la misma que había pronunciado aquella vez en que Florentino la aborda en el mercado, tras el exilio forzado de ella impuesta por el padre al enterarse de las intenciones del telegrafista, manifestadas en cientos de cartas que él descubre por una infidencia de una monja del colegio donde estudiaba su hija. En todas ellas el remitente llama a su musa La Diosa Coronada, que será el santo y seña de su fugaz relación. Ese intenso noviazgo epistolar de algunos años termina de manera tajante, cuando Fermina lo ve en su real condición, probablemente al haberse corrido los velos de la ilusión, y lo despide de forma inapelable arrojándolo irremisiblemente al desamparo y al desencanto. Lo obliga a devolverle todos los regalos enviados durante ese tiempo, exigencia que deja a Florentino en un estado de zozobra que durará exactamente cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días.
    El doctor Juvenal Urbino de la Calle era un flamante y joven médico de 28 años recién llegado de París, hecho que produce un revuelo de palomas al ser catalogado como el soltero más codiciado de la ciudad. Conoce a Fermina por un golpe de suerte que el narrador atribuye a un error clínico. Después de las naturales resistencias iniciales de Fermina Daza al asedio perseverante del doctor, éste vio allanado su camino al contar con la providencial complicidad del padre, un oscuro comerciante llamado Lorenzo Daza, quien ve en el pretendiente el mejor partido posible para la hija rebelde. La noche en que se celebra la boda, Florentino desciende a los fondos abisales de la desolación, trajinando sin rumbo por los sombríos parajes del puerto.
    Son incontables las amantes de ocasión que Florentino sostendrá en los largos años de espera, pues en ningún instante se le pasó por la cabeza renunciar al amor de Fermina Daza. Bajo la divisa de mosqueteros: Infieles, pero no desleales, llevará una vida errabunda por los brazos de mujeres como Leonela Cassiani, la viuda de Nazareth y América Vicuña, entre tantas otras, convencido de que se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna, convicción que lo llevó a acuñar una frase sentenciosa: “El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas.”
    Así que, cuando acaece la muerte de su rival de toda la vida, cree llegado el momento largamente acariciado de materializar su demencial sueño, y a pesar de los desplantes y rechazos del comienzo, no ceja en su empeño de locura de alcanzar por fin el objetivo en que había cifrado su misma existencia. Lentamente irá cediendo Fermina a los requerimientos renovados del pertinaz enamorado. Su empecinamiento irá socavando de a pocos la voluntad debilitada y vulnerable de una mujer que ya no tenía que rendirle cuentas a nadie, pues ni los hijos podrían esta vez interponerse entre ellos, por lo que termina rindiéndose a los asedios de bucanero de Florentino Ariza. Con el pretexto de un viaje de placer y descanso, invita a Fermina a un paseo en uno de los buques de la Compañía Fluvial del Caribe, de la que ya era prácticamente el máximo jefe.
    Esa travesía por el río de La Magdalena se convierte en todo un símbolo de un amor que reta a la misma muerte, pues para evitar molestias indeseadas, Florentino convence al capitán del buque, Diego Samaritano, de izar la bandera amarilla de la emergencia sanitaria, en una época en que el cólera hacía estragos en algunas poblaciones cercanas, razón por la que ante la negativa del encargado del puerto para que pueda atracar la embarcación que él supone infestada por la peste, decide dar marcha atrás y proseguir su navegación en un ir y venir del carajo que duraría toda la vida, como responde Florentino ante la pregunta ansiosa y temerosa del capitán.
    Descomunal historia donde García Márquez ha sometido al amor pasión al escalpelo poderoso de su observación despiadada de entomólogo, desnudando los entresijos más recónditos de una experiencia compleja, contradictoria y sujeta a los vaivenes que va imponiendo el tiempo y los propios devaneos del corazón de los protagonistas, además del contexto de los usos y costumbres que en toda sociedad sirven de telón de fondo a la comedia humana. Estupenda novela que uno lee con la sensación invencible de que cada frase, cada palabra debe ser memorizada para siempre jamás, porque está edificada con los materiales inmarcesibles de la maestría y la genialidad sin límites. Es quizás, de todos los libros del novelista de Aracataca, el que he disfrutado con mayor fervor.  

Lima, 11 de febrero de 2020.            
     

miércoles, 5 de febrero de 2020

La conspiración


    La forma cómo acabó el gobierno progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, mediante un golpe de Estado que involucró a varios gobiernos de la región, entre ellos el de Rafael Leonidas Trujillo de la República Dominicana, bajo la batuta de la poderosa CIA y del propio gobierno de los Estados Unidos de América, con el presidente Eisenhower al mando, es el meollo argumental de Tiempos recios (Alfaguara, 2019), la reciente novela del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa. Pero lo realmente sorprendente es conocer el entramado que estuvo detrás del embuste que sirvió de coartada para que se pusiera fin al más importante experimento democratizador en el país centroamericano, acusado falsamente de constituir una cabecera de playa del comunismo internacional para sentar sus reales en el continente. Todo eso fue posible gracias al genio demoníaco de dos personajes grises en sí mismos, pero que la historia ha registrado como los artífices de tamaña patraña: Edward L. Bernays, considerado el padre de las Relaciones Públicas y Sam Zemurray, el empresario aventurero que fundó la United Fruit Company, la empresa emblemática del capitalismo norteamericano en una época signada por las secuelas de la posguerra y una campaña insidiosa sobre las supuestas amenazas de la Unión Soviética en América.
    Zemurray propone a Bernays el cargo de director de relaciones públicas de la compañía, cuya mala fama en EE.UU. y Centroamérica era su principal problema. Éste ve ya atisbos preocupantes en el gobierno de Juan José Arévalo (1945-1950), un verdadero peligro para la empresa en Guatemala, entonces inventa el bulo de la amenaza comunista, convenciendo a los encorbatados señores del Directorio de la United Fruit reunidos en Boston.
    El otro hilo de esta madeja está constituido por la historia de Marta Borrero Porras, la hija del doctor Arturo Borrero Lamas, que irrumpe en la narración con su embarazo precoz a los quince años. Es obligada por el padre a casarse con el médico Efrén García Ardiles, el mejor amigo de aquél y autor del desaguisado. Se celebra la unión casi en secreto en un lugar apartado de la ciudad, y el doctor Borrero decide tajantemente olvidarse de la hija y dar por concluida su larga amistad con quien será el padre de su nieto. Después de cinco años de un matrimonio de conveniencia y de circunstancias, Marta Borrero abandona la casa común, a su marido y a su hijo, pequeño aún. Busca a su padre para pedirle perdón, pero éste la rechaza y desconoce como hija. Entonces es que consigue refugio y protección en el Presidente de la República, Carlos Castillo Armas, antiguo amigo de su padre y líder de la asonada golpista, de quien termina convertida en amante.
    El 15 de marzo de 1951 es elegido presidente de Guatemala Jacobo Árbenz, un político de tendencia liberal que había sido cercano colaborador de Juan José Arévalo y firmemente convencido de las bondades del sistema capitalista, tan es así que se declara admirador entusiasta del gobierno estadounidense, al que aspira tomar como modelo para edificar en su país una auténtica sociedad próspera y democrática. Esa misma noche, en la soledad de su escritorio y ante un vaso de whisky, lejos ya del ruido de la celebración de la victoria, decide dejar el alcohol, promesa que cumplió hasta el fin de su mandato.
    Por otro lado, Carlos Castillo Armas, desde su cuartel general en las afueras de Tegucigalpa, coordinaba la llegada de los mercenarios del Ejército Liberacionista que la CIA había reclutado para derrocar a Árbenz. El embajador norteamericano en Guatemala, John Envil Peurifoy, apoyó abiertamente  el accionar de los alzados, que desde Honduras preparaban el siniestro plan golpista. Pero antes, el coronel Carlos Enrique Díaz, jefe del Ejército, le pide la renuncia a Jacobo Árbenz, prometiendo respetar las reformas emprendidas, para aplacar así los intentos rebeldes de un sector del mismo, azuzado por el representante diplomático del gran país del norte. Una vez logrado el objetivo de la conspiración, y estando Castillo Armas en el poder, Enrique Trinidad Oliva, su jefe de Seguridad  y Johnny Abbes García, llamado el dominicano, son los encargados de la ejecución del plan que el Generalísimo Trujillo había trazado: acabar con Castillo Armas, el presidente que él ayudó a colocar y que no cumplió los tres pedidos que le hiciera antes de que accediera al gobierno mediante el golpe de Estado a Jacobo Árbenz. Abbes García encarga al cubano Carlos Gacel Castro, su chofer, llevar a Marta Borrero a San Salvador, donde él la esperaría. Ella no entiende lo que ha pasado, pero se deja conducir por el grandulón con gran temor hasta cruzar la frontera.
    Por su participación en la conspiración, Enrique Trinidad Oliva pasó cinco años en cárceles civiles y militares hasta que fue amnistiado. Pero al reconquistar su libertad, se encontró en la más absoluta miseria. Pide ayuda al turco Ahmed Kurony, quien había sido su testaferro en el negocio de los casinos que tuvo con Abbes García durante el período de Castillo Armas. Mientras tanto, Marta Borrero, ayudada por Abbes García, el nuevo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), consigue trabajo como comentarista de radio en la Ciudad Trujillo, desde donde lanza feroces críticas a los liberacionistas guatemaltecos, a quienes llama “los traidores” y acusa del crimen de Castillo Armas. Oliva sería asesinado posteriormente en una calle céntrica de Guatemala, mediante una bomba que hizo explotar su auto, a pesar de que vivía bajo una identidad falsa después de su salida de prisión, donde purgó pena por su participación en el magnicidio. Por esta misma época miss Guatemala –como era conocida Marta Borrero– vive un episodio tragicómico con el Negro Trujillo, el hermano del Generalísimo y a la sazón presidente fantoche del país, al que casi le arranca la oreja de un mordisco el día que éste la invita a Palacio para hacerle una propuesta indecente.
    Luego del otro magnicidio, el de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana, Johnny Abbes García es enviado por el presidente Joaquín Balaguer al consulado en Japón, jugada que resultó una treta para alejarlo del país. Lo cierto era que había caído en desgracia; su mala suerte lo llevó finalmente a Haití, donde trabajó para Jean Claude Duvalier, Papá Doc, hasta que en un aquelarre monstruoso fue ultimado con su mujer y sus hijas por los tonton macoutes, las fuerzas auxiliares del régimen conformadas por expresidiarios y delincuentes comunes. Este dato es puesto en tela de juicio por la verdad histórica, mas estamos dentro de una ficción, donde lo único que importa, o debe importar al lector, es la verosimilitud de aquello que se narra.
    Buena novela, sobre todo por la intrigante historia que recoge los acontecimientos que rodearon a una de las tantas mentiras enormes que han servido a la potencia imperial para justificar sus terribles tropelías en diferentes puntos del continente. Sin alcanzar la intensidad de La fiesta del Chivo, otra ficción política, se lee, sin embargo con gran interés por la destreza que despliega el narrador para contarnos un pasaje del pasado de Latinoamérica que al parecer se repetía con bastante frecuencia. Tal vez no hemos superado del todo esta aciaga condenación cíclica que nos ha envuelto desde que tenemos memoria, a juzgar por recientes hechos en Bolivia que han suscitado la preocupación y la incertidumbre entre nuestros pueblos.

Lima, 24 de enero de 2020.  
   

sábado, 1 de febrero de 2020

El asesino de la corbata


    Un orador político se dirige a una pequeña multitud en una calle de Londres al pie del Támesis, cuando una pareja de entre el público dirige su mirada de casualidad al río y ve el cuerpo de una mujer flotando en sus aguas, está semidesnuda y con una corbata atada al cuello. Dan la voz de alarma y toda la gente da la espalda al candidato para acercarse al muelle y observar la macabra escena. Es el impactante inicio de la película Frenzy (Frenesí, 1972) de Alfred Hitchcock, el maestro indiscutible del suspenso. La policía rescata el cuerpo y empieza su tarea a la caza del asesino, siguiendo las pistas que va recogiendo a través de diversas evidencias.
    En una fonda de Covent Garden, llamada El Globo, un hombre joven se anuda una corbata parecida a la que habían usado para ahorcar a la mujer del río; está en una habitación lúgubre y desarreglada. Baja luego al primer piso, coge una copa y se acerca a la barra para servirse un cognac, instante en el que ingresa el encargado del bar y le pide cuentas. El mesero reacciona acremente y se suscita un altercado, producto del cual este es despedido ante las protestas de la camarera que había tratado de interceder por él. El hombre sale molesto del local y se encamina por las callejuelas del mercado de esa zona comercial; va en busca de Rob, un comerciante de frutas que viste muy atildadamente dirigiendo su negocio. Al enterarse de la suerte del hombre, le ofrece ayuda, por lo pronto posada y dinero. El hombre le agradece pero rechaza el dinero y sale con dirección a la empresa matrimonial de su exesposa Brenda.
    El encuentro es desastroso, salen a luz las recriminaciones y pendencias de antaño, más por el espíritu confrontacional del hombre –quien atraviesa una mala racha– que por la actitud de la mujer, más bien contemporizador. Se calman los ánimos finalmente y deciden encontrarse para cenar en el club de ella. Otro encuentro que termina mal por el reaccionar irascible del hombre. Salen del lugar y un taxi los lleva a la casa de la mujer, él insiste en acompañarla un momento, pues luego va a dormir a un asilo de menesterosos, al no tener dinero suficiente para un hotel. Allí tiene otro escarceo violento con un asilado que pretende robarle los billetes que su exmujer le había colocado en el bolsillo del pantalón sin que él lo supiera.
     La siguiente secuencia es truculenta: Rob hace una visita a la agencia matrimonial de Brenda, la encuentra sola y comienza a reclamarle por el servicio solicitado que jamás le fue cumplido, ante lo que ella replica que ello sucede por los gustos excéntricos del cliente. Rob se exaspera y le propone salir a almorzar, ante cuya proposición ella, estratégicamente, acepta. En el momento en que ella se levanta, toma su cartera y se dirige a la puerta para salir, Rob la ataca sujetándola fuertemente para forzarla, le dirige algunas palabras que confirman sus pretensiones y finalmente abusa de ella para ahorcarla de forma inmisericorde con la corbata que lleva. Es en este instante en que el espectador ve confirmadas sus sospechas de quién es el asesino en serie de la ciudad, por más que algunas pistas apuntaban en primer lugar al modesto camarero de El Globo, como el hecho de que al regresar de almorzar la secretaria lo ve salir del edificio donde yace ya muerta la dueña del negocio. Este último dato resulta crucial para incriminar a Richard, quien es aprehendido por los agentes, llevado a juicio y sentenciado sumariamente. Sin embargo, valiéndose de una ingeniosa treta, logrará ser llevado al tópico para una atención médica, de donde logrará fugarse para ir en busca de Rob y tratar de vengarse de su delación.   
    Resuelto el misterio, lo que sigue no es sino la confirmación de una secuela de crímenes que siguen dando dolor de cabeza a la policía, cuyo jefe lentamente tiene que ir atando cabos para dar con el autor. La siguiente víctima será la camarera que, luego de pasar una noche en el hotel junto a Richard, regresa al bar para recoger sus pertenencias y la cámara nos hace ser testigos de la presencia de Rob charlando animadamente en el bar con otro personaje. Pero al enterarse la chica de que el administrador ha dado parte a la policía de su desaparición y del peligro que ello significa para el tipo a quien acompañó, ella abandona inmediatamente el local y, curiosamente, quien la aborda a la salida es nada menos que Rob, quien le ofrece ayuda y la lleva al departamento que ya conocemos donde termina consumando su nueva fechoría. El tratamiento cinematográfico alcanza el clímax,  su esplendor estético cuando, luego de trasponer la puerta el asesino y su víctima, la cámara retrocede lentamente descendiendo por las escaleras con un movimiento tembloroso que nos invita a imaginar la escena violenta que ocurre arriba.
    Esa noche Rob sale decidido a deshacerse del cuerpo de su víctima. Baja el bulto en una carretilla que lleva a un camión de papas aparcado cerca al muelle, mientras suenan las campanadas de la medianoche en una cercana iglesia. Viste de estibador, con gorra y mandil, que luego arroja a la calle. Estando de vuelta en su departamento, echado en el sofá y bebiendo un trago, repentinamente se pone en pie y se acerca a divisar por la ventana la noche silente y la ciudad dormida, e inmediatamente se acuerda de algo que empieza a buscar afanosamente por todo los rincones. No lo encuentra y desesperado sale a recuperar el objeto que se imagina está en posesión de quien acaba de ultrajar. Vuelve al camión, cautelosamente sube donde está la carga para localizar el bulto que hace unos minutos depositó allí. Pero en ese afán, siente que el camión se pone en movimiento, da unos giros y sale a la carretera. Toma la pista y avanza velozmente en medio del paisaje nocturno. La puertecilla de la tolva no ha podido cerrar Rob, el chofer tampoco se ha dado cuenta, y eso hace que a medio camino las papas vayan cayendo a la carretera, mientras aquel sigue buscando el prendedor con sus iniciales, hasta que logra dar con él luchando para arrancarlo de la mano entumecida de Bárbara. Cuando el chofer decide hacer una parada en un restaurante para comprar algo de comer, Rob aprovecha la oportunidad para salir del camión, esconderse en el baño, tomar algo y perderse en la oscuridad. El chofer emprende nuevamente la ruta y los productos que caen se hacen más evidentes, la policía se percata de ello y empieza la persecución, segundos en los que ve con asombro cómo cae un saco, las papas se desparraman y aparece un cuerpo desnudo. El vehículo se detiene, baja el chofer y la policía constata la identidad de la mujer.
    La escena final es memorable, al encontrarse de forma providencial el enfurecido vengador y el propio detective en la habitación de Rob, adonde ambos acuden por razones diversas. Uno para consumar su propósito y el otro para cumplir su misión. Cuando Richard se acerca para asestarle un golpe con una barra metálica a la persona que se acurruca en la cama, descubre horrorizado que no es Rob, sino el cuerpo sin vida de otra mujer víctima de la furia psicopática del comerciante. En el momento que retrocede espantado, hace su ingreso el perseguidor oficial del criminal, que al instante deduce la verdad de la escena que tiene ante sus ojos. Se oyen golpes secos subiendo por la escalera, el agente de la ley se parapeta tras la puerta, cuando hace su ingreso Rob arrastrando una maleta para sacar el cadáver que yace en el camastro. Mira a los dos intrusos y repentinamente le es revelado el triste final de su carrera delictiva.
    La magia narrativa de Hitchcock, supremo maestro de la intriga, es confirmada una vez más en este expectante filme.

Lima, 18 de enero de 2020.   
   


sábado, 11 de enero de 2020

El sucio jabón del racismo

    Cuentan los cronistas que cuando llegaron los españoles al Perú, allá por los lejanos días del año 1532, traían entre su tripulación al primer hombre de piel negra que pisaba  estas tierras, quien venía evidentemente en condición de esclavo o siervo de los conquistadores. Lo hicieron por el norte, frente a lo que actualmente es el departamento de Tumbes, y donde tuvieron ocasión de encontrarse con los primeros habitantes nativos de este inmenso territorio que luego sabrían era denominado Tawantinsuyu. Se trataba de los indios tallanes, naturales representantes de una de las miles de etnias que conformaban ese vasto reino. Después del saludo entre los respectivos jefes, intercambiaron algunos presentes en señal de respeto y amistad. Pero he ahí que nuestros antiguos compatriotas –si es lícito considerarlos de esta manera–, se percataron de una singularidad entre el grupo de los forasteros. El jefe llamó a sus ayudantes y en voz baja les ordenó algo. A los pocos segundos estos traían consigo un cubo lleno de agua que por indicaciones del jefe acercaron al visitante que había llamado su atención, quien sorprendido primero interrogó con la mirada al jefe español, el que con un gesto le indicó que hiciera lo que sus anfitriones le brindaban. El negro se aproximó al recipiente, se llevó el agua varias veces al rostro, pues había entendido que ellos creían que necesitaba lavarlo, mas al ver los aborígenes que el color del desconocido se mantenía tal cual, redoblaron su asombro.
    Esta anécdota histórica ilustra perfectamente una de las constantes en el proceso de integración y reconocimiento de la humanidad: el hallazgo del otro, del diferente, de aquel que posee características que lo distinguen sustancialmente de la propia tribu y de todas las demás. Las diferencias pueden ser desde las más inmediatas como el color de la piel, la estatura y el aspecto en general, hasta de costumbres, religión, idioma, etc., eso que denominamos cultura. Pero en ese proceso, largo y difícil por cierto, hemos ido aprendiendo que a pesar de esas diferencias, hay algo en común que nos hermana y unifica: nuestra condición de seres humanos. Sin embargo, mucha gente todavía, a estas alturas de la pretendida civilización, se sigue moviendo por el mundo como si esas diferencias implicaran una jerarquía, niveles de estratificación que separaran a las personas según convenidos y convenientes criterios de superioridad. En consecuencia, actúan como tal, arrogándose supuestas razones para discriminar, despreciar y maltratar al otro, especialmente basados en uno de esos rasgos, el más obvio de todos pero también el más superficial e intrascendente como es el color de la piel.
    Todo esto viene a colación de un reciente episodio, lamentable y repudiable a la vez, protagonizado en la prensa peruana por un aspirante a representante parlamentario. El diario El Comercio invitó para un debate, de cara a las próximas elecciones legislativas, a dos candidatos de sendos partidos en contienda. Al final del mismo, y luego de un careo de previsibles puntos de vista disímiles, el señor Mario Bryce, del partido Solidaridad Nacional (SN), alcanzó al señor Julio Arbizu, del partido Juntos por el Perú (JP), un jabón y algún otro utensilio de higiene, en medio de un ambiguo comentario sobre la suciedad. Para cualquier espectador, ese gesto entrañaba un evidente acto de discriminación de parte del candidato amarillo, pues aludía directamente al tono de piel más oscura del contendor en una clara muestra de racismo. Una actitud asociada, como ya lo han demostrado los historiadores y antropólogos, a una vieja tara colonial que aún pervive en las mentes de muchos seres que, aun cuando viven en pleno siglo XXI, su evolución se ha quedado anclada en los siglos XVI y XVII, esa época en la que todavía se discutía si los indios tenían alma o no. Arvizu, y la conductora del medio, inmediatamente rechazaron el despropósito del agresor, quien ha incurrido en el delito de discriminación, tipificado en nuestra legislación penal, razón por la que el exprocurador ha señalado que interpondrá la denuncia respectiva. El Pacto Ético Electoral, la Fiscalía y demás entidades concernidas también han condenado la grosera actitud del candidato y procederán en consecuencia. Lo natural sería que sea excluido del proceso electoral, pues una persona con esas credenciales antidemocráticas está descalificada de plano para ejercer un cargo de tanta relevancia política, por más que los últimos Congresos hayan desacreditado y envilecido dicha función hasta niveles abismales.
    Hace pocos día también, una escena callejera nos traía de muestra otro comportamiento parecido, cuando una señorona, de aquellas que guardan ínfulas de teóricos orígenes o procedencias, apostrofaba en un mercado contra los “serranos” que la habrían agredido, según su versión, y se lanzaba en una vergonzosa retahíla de insultos y amenazas en contra de quienes ella identificaba como gente de inferior condición que la suya. Es decir, la misma mentalidad anacrónica y reaccionaria que la exhibida por el candidato político de marras. Creo que es tiempo de que se sepa de una buena vez que este proceder no es sino una triste y patética demostración de la estupidez humana, ese infinito que para Einstein era incontrastable frente a la del universo, del cual, no obstante, se permitía abrigar alguna duda.

Lima, 9 de enero de 2020.    

lunes, 6 de enero de 2020

El bufón presuntuoso


    Un crimen de repercusión mundial ha sido perpetrado por el gobierno estadounidense en las cercanías del aeropuerto internacional de Bagdad. Utilizando misiles aire tierra  desde un dron, ha sido asesinado el general iraní Qasem Soleimani, jefe de la fuerza de élite Quds de la Guardia Revolucionaria del país islámico. Dos automóviles han sido impactados por los proyectiles, acabando también con la vida de otros nueve militares, entre los cuales se encontraba también Abu Mehdi Al Muhandis, el subdirector de las fuerzas de seguridad de Irak. La misma relatora de las Naciones Unidas ha tenido que reconocer que se trata de una alevosa ejecución extrajudicial, medida que vulnera todas las normas del derecho internacional. Quien ha ordenado directamente la muerte del general ha sido el mismo presidente Donald Trump, justificándose en que aquél era culpable de los diversos ataques cometidos en la región contra personas e instalaciones norteamericanas y que planificaba otras acciones cuyos objetivos apuntaban a intereses occidentales. Para más inri, y sin una mínima mueca de pudor en el rostro, ha agregado que hace tiempo debió ser asesinado Soleimani. La reacción de los gobiernos más importantes del orbe ha sido tibia y lamentable, pues mientras el portavoz del Kremlin ha señalado que el atentado puede iniciar una escalada bélica en el Medio Oriente, el representante de Pekín ha hecho un llamado a la calma a Washington, y el vocero de Londres ha pedido a las partes implicadas comprometerse con una desescalada en el conflicto. Y el mismo presidente francés Emmanuel Macron ha declarado su adhesión a las fuerzas aliadas que encabeza EE UU. Es decir, ninguno ha condenado abiertamente el crimen, contentándose con frases vagas y genéricas sobre las consecuencias del mismo. Tampoco han subrayado la intolerable violación de la soberanía de un Estado para ejecutar a un ciudadano de otro Estado, hecho que igualmente reviste una grave infracción a la Carta de las Naciones Unidas. En realidad, nada de esto sorprende, son los gestos cómplices del poderoso contemporizando con quien se le parece.   
    Queremos entender al personaje que ahora ocupa la Casa Blanca, pero no hay modo, su figura escurridiza e inaprehensible se resiste a toda comprensión. Cada medida que toma es peor que la anterior, nunca sabemos a qué atenernos, salvo a la certeza de que la próxima vez será un desatino más escandaloso que el anterior. Su decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y trasladar su embajada allí casi al comenzar su mandato, fue una monumental insensatez, se mire por donde se mire, una provocación burda que dinamita desde sus cimientos lo poco que queda del proceso de paz entre israelíes y palestinos, el disparador seguro de un levantamiento de protesta e indignación en el mundo árabe en lo que probablemente sea la próxima intifada, quizás la más sangrienta de las últimas décadas. Su negacionismo ante el cambio climático, estulticia que lo llevó a decidir la salida de EE UU del Acuerdo de París; su necedad para comprender el dramático asunto de las armas nucleares al decretar la salida de su país del tratado que Irán había suscrito con las potencias occidentales; su cruel y estúpida política migratoria, que ha dejado terribles secuelas en cientos de familias latinas escindidas; su apoyo tozudo al juez Kavanaugh, elegido finalmente para el Supremo y denunciado por acoso sexual por tres mujeres, una de las cuales testificó ante el Senado; su empeño insensato desde hace un tiempo en una absurda guerra comercial con China; su trabazón  en un combate de bravatas con el presidente norcoreana Kin Yong-Un que hizo temer lo peor a la comunidad internacional, son algunos de sus vergonzosos dislates. En los próximos días el Senado debe examinar y debatir el proceso de destitución del presidente, conocido como impeachment, aprobado en diciembre por la Cámara de Representantes, juicio político  abierto por sus trapacerías con el gobierno ucraniano para afectar la candidatura del demócrata Joe Biden. Todas estas tonterías, y muchas más, convierten al personaje en un genuino caso de soberbia ignorancia y desfachatez clínica. El legendario periodista Bob Woodward, protagonista de las impactantes revelaciones que terminaron con la renuncia del presidente Nixon, publicó el año 2018  un libro explosivo, donde detalla los entretelones de cómo se manejan los asuntos de política interna y externa de la Casa Blanca en manos del magnate republicano. El notable escritor Philip Roth lo llamó con gran acierto el “bufón presuntuoso”, el típico exhibicionista que no tiene ningún reparo en ser, como si la cosa no fuera grave y cómica a la vez, el hazmerreír de la política mundial.
    Otro argumento usado por el hombre del pelo anaranjado es que la desaparición del general Soleimani evitará una guerra, cuando es precisamente lo contrario, pues a las pocas horas de conocerse los hechos, el Ayatolá Alí Jamenei, máximo líder de Irán, ha declarado que la venganza será severa para los ejecutores del número dos del régimen. La hija del fallecido ha pronosticado que se vienen días oscuros para la superpotencia.  Los aliados de Washington en la región, Arabia Saudita e Israel, han encendido sus alarmas sobre posibles represalias del régimen de Teherán. Trump ha encendido la chispa que desencadenará una reacción de proporciones impredecibles en una zona del mundo que vive prácticamente en un polvorín. Su irresponsabilidad no tiene límites y su falta absoluta de tino es incalculable; los ciudadanos estadounidenses no sé si serán conscientes de a quién han elegido para ocupar el cargo más grave del planeta, pero cuando lo hagan tal vez ya sea demasiado tarde.

Lima, 4 de enero de 2020.




domingo, 29 de diciembre de 2019

Indolencia


    Varios son los asuntos que motivan una reflexión, a modo de balance, del fin de un año que ha tenido muchos sobresaltos en nuestra vida política nacional. Son temas que pertenecen más al ámbito social, pero cuya incidencia también comprometen a las autoridades porque son las indicadas para liderar las acciones y los cambios que requerimos para construir una sociedad más empática y armónica. Y es curioso que se presenten por estas fechas, como si el azar o algún designio desconocido quisieran  mostrarnos en toda su crudeza esas lacras que todavía laceran el entramado de la convivencia ciudadana.
    A mediados de este mes un hecho lamentable conmocionó a la población. Un par de jóvenes trabajadores de una conocida cadena internacional de comida rápida, murieron electrocutados porque las condiciones en que laboraban en horas de la madrugada no eran para nada las más adecuadas. No tenían los implementos necesarios para cumplir su tarea, las instalaciones del local estaban en pésimas condiciones, y eran explotados en un régimen de trabajo que exigía más horas de las que la ley señala como máximo según las normas laborales reconocidas por la OIT. Además, al hecho en sí ya doloroso de que dos familias de origen humilde pierdan a sus seres queridos de esta manera, se suma la indiferencia, la indolencia de una empresa que jamás demostró una solidaridad y un acompañamiento efectivo en ese duro trance familiar. Asumieron un mínimo aporte para los gastos del sepelio, emitieron un desangelado comunicado público donde llamaban “colaboradores” a los fallecidos y jamás se acercaron a presentar sus condolencias a sus familiares. Las autoridades respectivas dispusieron el cierre del local, cuando lo lógico hubiera sido que, cumpliendo sus responsabilidades, verifiquen antes los ambientes donde funciona dicho restaurante, para detectar a tiempo cualquier irregularidad que ponga en peligro la vida de sus trabajadores y del público en general.
    Poco después, a pocos días  de la celebración de la Navidad, mientras la gente ultimaba sus preparativos para la fiesta cristiana –donde por cierto prevalece un afán de consumo desaforado, tema para otro artículo–, un espantoso crimen despierta a la ciudad la madrugada del domingo 22 con los detalles más espeluznantes que cualquier película de terror pueda exhibir. Un hombre de 28 años, Juan Huaripata Rosales, ataca con un cuchillo a la mujer que es madre de sus hijos, la emprende contra estos que salen a defenderla, los deja malheridos y prende fuego a la vivienda para emprender la fuga, mientras ellos agonizan en medio de una sangrienta y macabra escena de horror. Siendo las tres y cuarenta de la madrugada los vecinos habían advertido los gritos y las llamadas de auxilio desde el departamento, intentaron infructuosamente ayudar tratando de forzar la puerta, llamaron a la policía varias veces, y a pesar de que el puesto de la comisaría San Cayetano de El Agustino queda a apenas 150 metros de los hechos, los efectivos no llegaron sino después de una hora de lo sucedido, en un caso más de injustificable negligencia, de inexplicable y cruel indiferencia, de mortal indolencia. El asesino fue aprehendido por un grupo de muchachos que lo vieron corriendo a esas horas con un cuchillo en la mano. El ministro del Interior ha dispuesto el relevo de los 34 policías integrantes de la delegación para iniciar las investigaciones del caso; en tanto que la Fiscalía va a acusar a los seis oficiales a cargo del puesto por grave omisión a sus obligaciones de función, conducta contemplada como punible en la legislación vigente. Hay tres niños muertos, otro herido que se recupera en un hospital, y Jessica Tejeda Huayanay, la madre de 34 años, pasa a engrosar la trágica lista de las 165 víctimas de feminicidio de este año en el Perú, un triste e indignante récord.
    Finalmente, una mala costumbre instalada desde hace cierto tiempo en la población todavía se resiste a desaparecer entre los hábitos fiesteros de cada fin año. Se trata del uso indiscriminado y abusivo de los cohetes y juegos pirotécnicos, esos artefactos explosivos que proliferan hasta el espanto en todos los barrios de la ciudad, diversión favorita de gente de toda edad, especialmente de los más jóvenes, que no dudan un instante en adquirir los artilugios de marras para reventarlos en la ocasión que mejor les indique su capricho, adquiriendo dimensiones colosales en los minutos previos y posteriores a la medianoche del 24 y del 31 del mes, anunciando de esta manera estrepitosa la llegada de la Navidad y la del Año Nuevo, respectivamente. No sé en qué momento esto se hizo común a nivel nacional, a pesar de las serias advertencias de las autoridades sobre el peligro que ellas entrañan, sobre todo si son manipulados por los más pequeños, y a pesar también de las numerosas tragedias experimentadas a lo largo de estos años con voladuras de dedos, amputaciones de brazos y piernas, cegueras repentinas y otros accidentes sufridos por personas de toda edad, realidad que increíblemente no ha hecho desistir a sus pertinaces usuarios. Los mercadillos ilegales de pirotécnicos pululan a diestra y siniestra en diferentes puntos de la capital, multiplicando terriblemente su potencial amenaza a la salud y a la seguridad públicas. Y si a esto le agregamos el malestar inaudito que ocasionan a las personas con sensibilidad aguzada, a los animales en general –perros, gatos, aves y demás mascotas–, más el daño irreversible al medio ambiente, en un momento crucial para la humanidad en que fracasan cada año las cumbres ambientales por la falta de compromiso efectivo de los mayores contaminadores del planeta, la situación se torna verdaderamente dramática. 
    Así pues, un mismo hilo conductor atraviesa por todos estos motivos que marcan distintos signos de una actitud humana que le está haciendo muchísimo mal a las sociedades, la desidia como forma de enfrentar los conflictos cotidianos, la abulia elevada a la categoría de política general de la administración pública, la indolencia como suprema deidad que define una conducta que está socavando los principios fundamentales de la empatía, la solidaridad y el bien común que todos requerimos para edificar una auténtica comunidad civilizada.

Lima, 27 de diciembre de 2019.        

lunes, 9 de diciembre de 2019

Visión de Anáhuac


    Cuando el avión planea sobre el valle de México, aprestándose para el descenso, una punzada asalta al observador en forma de frase que don Alfonso Reyes usó como epígrafe de su icónico libro de título similar a este artículo: “Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.” Dichas hace quinientos años, cuando se produjo el histórico encuentro entre Moctezuma y Cortés, esas palabras reflejaban con gran realismo una geografía imponente e impoluta, que a través del tiempo se ha ido modificando por acción de los sucesos que sobrevinieron a causa de los cambios y transformaciones que fue imponiendo la invasión y conquista española a los territorios de nuestra América india.
    Después de medio milenio transcurrido, los estudios de medición ambiental nos dicen que ingresamos a una de la ciudades más contaminadas del mundo, con niveles alarmantes de saturación del aire que afectan directamente la salud de los millones de habitantes que se han establecido en lo que antiguamente fue la muy legendaria Tenochtitlan, la gran capital del imperio mexica. A lo largo y ancho del valle, una multicolor proliferación de casitas se recuesta sobre las faldas de los cerros que la circundan, trepando vigorosas hasta cubrir sus mismas cimas. Hemos llegado al mítico territorio que poblaron los aztecas, y que los mexicanos de hoy han convertido en un país pujante y próspero, con múltiples problemas sin duda, como sucede con todos los países latinoamericanos, pero expectantes y esperanzados de un presente y porvenir mejores.
    Curiosamente, esa admirable civilización germinó y creció sobre el lago Texcoco, fundada según la leyenda cuando el águila se posó sobre el nopal, símbolos ahora de ese momento germinal. Con los años, esas aguas lacustres sufrieron un lento pero irreversible proceso de desecación, a través de filtraciones y canales que fueron configurando lo que actualmente es la Ciudad de México, una urbe moderna y cosmopolita que se ubica entre las más pobladas del mundo, con un sistema de transporte colectivo –el metro– que acaba de cumplir cincuenta años: una intrincada red subterránea de caminos férreos, pasadizos, galerías y escalerillas por donde se desplazan diariamente millones de usuarios para ser  arrojados a la superficie por bocas de cemento apostadas en lugares estratégicos de la ciudad.
    Durante los quince días de permanencia, me fue dado conocer algunos de los lugares más emblemáticos del Estado de México, así como otros menos conocidos pero de igual belleza; todos, sin embargo, escondiendo una inusual revelación para el viajero primerizo cuya mirada se deslumbra ante lo novedoso y desconocido. La primera incursión fue en el centro histórico, caminando un domingo luminoso por las inmediaciones del Palacio de Bellas Artes, el Museo Militar y el Museo Nacional del Arte; para llegar luego a la Plaza de la Constitución, más conocido como el Zócalo, que alberga la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional y el Ayuntamiento. Por esta inmensa plaza, discurren miles de visitantes ansiosos de conocer y sacarse fotografías en los monumentos más visibles de la ciudad. Una abigarrada muchedumbre desemboca en la calle Madero, vía peatonal, así como todas las transversales, donde hierve el comercio en todos sus rubros. Los antiguos conventos de San Francisco y Santo Domingo son puntos obligatorios de parada.
    La visita a las pirámides de Teotihuacán es todo un desafío a la resistencia física y a la voluntad de escalar sus cumbres para divisar desde una óptica privilegiada el ampuloso valle que cobija portentos arquitectónicos como este. Sus cientos de peldaños de piedra nos permiten el acceso a un santuario de resonancias místicas, uno de los símbolos más imperecederos de una cultura del pasado que aún pervive en este presente en constante metamorfosis, al ritmo de crecimiento de los siglos vertiginosos que nos han puesto a las puertas del futuro. Sus amplias explanadas que conducen a las pirámides del Sol y de la Luna son recorridas por decenas de visitantes en flujo incesante. Todos los rostros de todas las sangres se dan cita en este mágico recinto para rendir tributo a la obra de aquellos hombres que erigieron estos formidables tabernáculos hacia sus dioses.
    El recorrido por algunos colegios, preparatorias, politécnicos y sedes universitarias de la UNAM, constituye una experiencia valiosa para tomarle el pulso a la marcha de la educación en un país que posee un sistema que brinda incentivos y ejerce protección a las actividades de la cultura en general. Pero al margen de ello, existen cientos de proyectos particulares de labor artística a través de centros culturales o asociaciones diseminadas en las numerosas colonias que integran los municipios del Estado. Como parte de una gira literaria y musical, he sido testigo de la gran disposición que muestran los centros de enseñanza para la difusión de expresiones como la poesía y la música entre sus estudiantes. Dedicada a la memoria de dos poetas mexicanos de diferentes épocas: Netzahualcóyotl y Sor Juana Inés de la Cruz, esta caravana de escritores y cantautores se ha presentado en un puñado de dichos centros, brindando lo mejor de su arte a esa juventud ávida de alternar con las voces y los mensajes de los hermanos de otros confines de Latinoamérica.
    Pero lo que verdaderamente me ha fascinado de este fugaz periplo por las tierras de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, de Frida Khalo y Diego Rivera, de Carlos Pellicer y Octavio Paz, de Silvestre Revueltas y José Alfredo Jiménez, y de tantos otros ilustres mexicanos, es la singular belleza de sus pueblitos de la periferia. En la travesía por los caminos del Estado, sembrados de nopal y maguey, hemos llegado a pueblos como Tenango del Aire, sede de un museo de ensueño como es la Casa de Madera, una colección inverosímil de objetos antiguos de la más diversa índole: juguetes de metal, máscaras, aparatos de radio, victrolas y gramófonos, televisores, botellas de gaseosa, cristalería, roperos, camastros, una botica completa, un bar bien provisto, una biblioteca, etcétera. Todo ello repartido en numerosas recámaras que conforman un fantástico muestrario del pasado que don Ricardo, su dueño y cicerone privilegiado, ha preservado para nuestro asombro y regocijo. Estando por la ruta de los volcanes, ese día el Popocatéptl se nos mostró esquivo, pues una cortina de niebla impedía verlo, por lo que sólo nos quedó adivinarlo allá a la distancia como una presencia temida y respetada por los mexicanos.            
    A unos minutos en auto de este hermoso paraje está el bellísimo pueblo de San Miguel de Nepantla, de casas encantadas y simpáticas callecitas enrevesadas. Allí está la casa donde nació Sor Juana Inés de la Cruz, convertida ahora en museo, lugar de peregrinaje para los cientos de admiradores de la gran poeta del siglo XVII mexicano, cuya obra ha irradiado su influencia al resto del país, del continente y del universo entero. Pasearse por los escenarios que fueron los de su infancia, sentir el aura poética de su presencia, aspirar el aire soleado de su terruño, transmiten una sensación de indescriptible ternura al visitante que se acerca al conjunto como si fuera el mismo templo de la décima musa.
    Otro lugar de atracción turística es indudablemente la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, emblema famoso del catolicismo de los mexicanos, una imagen que además es símbolo del sincretismo religioso que se produjo a la llegada de los españoles, superponiéndose en la efigie femenina la virgen cristiana y la diosa prehispánica: María y Tonantzin, dos deidades que confluyen para configurar el mestizaje cultural de la sociedad novohispana. Nuestro recorrido continúa con una visita fugaz a Coyoacán, el barrio antiguo que alberga las residencias de dos figuras reconocidas del México de mediados del siglo XX: la pintora Frida Khalo y el político y escritor ruso León Trotsky. Perderse entre el dédalo del mercado de artesanías, escuchando matices de lenguas y de acentos, es un pretexto para alguna pesquisa a modo de recuerdo que llevaremos para los seres queridos.
    En las diarias travesías por los cuatro puntos cardinales del Estado de México, bellos nombres extraños de origen náhuatl nos salían al paso en las carreteras, acompañados por multicolores restaurantes que a la entrada y a la salida de los pueblos anunciaban una rica y variada gastronomía, platillos que a lo largo de los días aprendimos a degustar, con alguna resistencia al principio, como es natural por la diferencia y el contraste con la comida peruana, pero con agrado después de ir conociendo y saboreando algunos potajes que se fueron incorporando al gusto nuestro. Era la demostración física de que la culinaria es eminentemente un producto cultural, pues uno crece al calor y al sabor de ciertos alimentos, condimentos y guisados que se hacen fruto de nuestro paladar, carne de nuestro apetito y que nos acompañan por toda la vida como parte incuestionable de nuestro ser.
    Recalamos en el último día en el famosísimo bosque de Chapultepec, verdadero pulmón salvador de la ciudad, un extenso campo verde de aproximadamente 680 hectáreas, el mayor de América Latina, sobre todo porque está situado en el mismo corazón de una urbe babilónica que no cesa de latir a toda hora del día, con avenidas atestadas de coches, el tráfico endemoniado y el incansable ir y venir de las gentes que han hecho de los espacios públicos la prolongación placentera de sus afanes privados. Y de allí, un taxi nos lleva a la no menos famosa Plaza Garibaldi, el centro por antonomasia del mariachi, esa expresión internacionalizada de la música mexicana, espacio al que confluyen los amantes, cultores y seguidores de las canciones desgarradas de un género que ha tenido grandes intérpretes y creadores. Es un viernes 22 de noviembre, Día del Músico, víspera del viaje de retorno y magnífico fin de fiesta de este encuentro fraterno con quienes fungieron de hospitalarios anfitriones en estas dos semanas de maravillosa estadía.

Lima, 7 de diciembre de 2019.