miércoles, 11 de noviembre de 2020

El infierno tan temido

 

    El escenario más temido se ha materializado en nuestro país la noche de este lunes negro cuando la mayoría de congresistas votó por declarar vacante la presidencia de la República. Lo ha hecho de forma alevosa y absolutamente irresponsable, desoyendo el clamor mayoritario de la población que no avalaba una medida como ésta que lo único que hace es agravar la triple crisis que vive el Perú. De espaldas ante la ciudadanía, movida por el sólo afán de venganza y ansias de poder, ha defenestrado al presidente Vizcarra para colocar al presidente del Congreso, un personaje seriamente cuestionado por su alianza con sectores oscuros de las bancadas amigas que buscaron claramente durante todos estos meses deshacerse de una figura que les era molesta para imponer sus propios designios en diversos ámbitos de la actividad pública y que obedecen, en último término, a intereses subalternos que nada tienen que ver con las verdaderas necesidades de los peruanos.

    El plan de Antauro y sus secuaces ha funcionado a la perfección, dictando desde la cárcel la agenda del país y moviendo sus hilos aviesamente para que sus títeres del congreso le inflijan al país una estocada letal en medio de una situación compleja y que deja a la nación en la zozobra más terrible, presa de la incertidumbre, la desesperanza, la preocupación por un mañana que se torna más gris todavía sabiendo que quienes asumirán las funciones ejecutivas son los mismos que han saboteado sistemáticamente desde el parlamento todo atisbo de sensatez, mesura y espíritu de conciliación en todo este tiempo.

    El trumpismo en su peor versión se ha impuesto en nuestro país de forma desembozada y ruin, coludidos en una pandilla de mafiosos y facinerosos que jamás tuvieron la calidad moral para juzgar a nadie, arrogándose facultades para las cuales no estaban ni mínimamente calificados. El Perú ingresa con esta medida a una crisis profunda de la cual alguna vez responderán estos cuatreros de medio pelo que amparándose en un artículo constitucional de ambigua interpretación, han decidido saltar al abismo para que todos los ciudadanos de a pie paguemos sus consecuencias. ¿Alguien se imagina siquiera quiénes van a conformar ese gabinete de espectros? ¿Podremos avizorar lo que nos espera en los próximos ocho meses y medio en medio de esta colosal cuchipanda que desatarán desde el poder estos verdugos de la democracia?  

    Era sencillo esperar hasta el 28 de julio del próximo año para que todo quede en manos del Ministerio Público y del Poder Judicial y se continúe con el debido proceso de los cargos que enfrenta el señor Vizcarra. Mas ahora todo está en riesgo mayor: la política sanitaria para enfrentar la pandemia, las elecciones convocadas para abril del 2020, las políticas en materia educativa, la reforma universitaria, la reforma política y sobre todo la condición de varios congresistas involucrados en serios delitos, que paradójicamente han estado protegidos por los mismos que ahora se rasgan las vestiduras y tramitan expeditivamente una vacancia, al mismo tiempo que retienen durante meses el caso de Edgar Alarcón, uno de los cabecillas del golpe de Estado revestido de ropajes legales que han perpetrado estos “representantes” que en realidad no representan a nadie, a no ser que alguien odie al Perú de tal manera para que simpatice con la vileza cometida.

    El artículo 46 de la Constitución reconoce al pueblo el derecho a la insurgencia, estableciendo que nadie debe obediencia a un gobierno usurpador, norma que faculta a un gran levantamiento popular que exija la dimisión del régimen espurio que se ha instalado en Palacio de Gobierno. Las calles serán en los próximos días el escenario adecuado de una lucha sin cuartel para recuperar la democracia arrebatada y los valores cívicos pisoteados por una gavilla de traidores. De hecho, al conocerse la noticia, miles de personas salieron a las calles en diferentes ciudades del país para expresar su rechazo y repudio a la decisión de un congreso que ha demostrado no estar a la altura de las expectativas de la población. Los jóvenes pisan ahora las calles nuevamente alzando sus voces iracundas por el espectáculo nauseabundo de una caterva impresentable de forajidos que han perpetrado en unas pocas horas una barrabasada monumental arrasando con todo vestigio democrático. Y lo que reciben es una represión brutal de una dictadura inicua que desata todo su odio a la voz indignada del pueblo.

    Se ha roto el principio fundamental del Estado de Derecho al abolirse de facto la separación de poderes, merced al asalto mercenario del Poder Ejecutivo por quienes fungían de representantes del pueblo agazapados en el Poder Legislativo, instancia democrática que convirtieron en una pocilga en todo este tiempo que ocupan esos escaños inmerecidamente. Afirman que han actuado legalmente, cuando está claro que han vulnerado el espíritu de la Carta Magna valiéndose de una argucia extremadamente subjetiva y cuestionable como es la “incapacidad moral”. Pero menos aún poseen legitimidad, cuando es abrumador el rechazo del pueblo peruano que en un 80 por ciento está en desacuerdo con el golpe asestado la noche aciaga del lunes. Varios periodistas de la radio y la televisión empiezan a normalizar vergonzosamente la situación, hablando de una “transición democrática” donde ha habido sencillamente un golpe de Estado, una violación canalla a la honra nacional que alguna vez tendrá que castigarse.

    Por fin tiene respuesta la legendaria pregunta de Zavalita en Conversación en La Catedral, ahora sabemos con exactitud de relojero el momento preciso de su génesis. ¿En qué momento se jodió el Perú?, inquiría el personaje vargasllosiano, pues allí está el lunes 9 de noviembre del 2020 para engrosar el ominoso libro de los anales de la historia universal de la infamia. Zozobra e insurgencia había pensado en un principio para el título de este artículo, porque lo que viviremos durante el régimen de los impostores será eso, un estado permanente de lucha y resistencia a la embestida de la dictadura encaramada en Palacio de Pizarro, y la insurgencia en las calles y en las redes y en donde haga falta y por el tiempo que sea necesario para obligar a los usurpadores a recular y regresar a sus cubículos. Ninguna persona decente podrá sumarse jamás al gabinete hediondo que pretenden armar con sus ávidos hocicos que husmean en busca de alguna alimaña que se preste a sus propósitos. Nadie ha reconocido a Merino como presidente de la República, ningún país del mundo puede rebajarse al nivel de un país de opereta, estableciendo relaciones protocolares con una republiqueta bananera que es el hazmerreír internacional gracias a un puñado de asaltantes.  

 

Lima, 10 de noviembre de 2020.


 

domingo, 8 de noviembre de 2020

Tiempo de sanar

     A veces la historia se complace en jugar con nosotros a ese péndulo que nos lleva de un extremo a otro con la alegría inconsciente de no saber cuánto de ansiedad y sufrimiento deposita en toda una generación que vive los acontecimientos del mundo como si en ellos se jugara el porvenir de la especie humana. Lo asombroso y paradójico es que esa historia la hacemos precisamente nosotros, y que efectivamente en ella está cifrada el futuro que laboriosamente vamos construyendo día a día. Un futuro que sentimos cada vez ya es visible presente.

    Digo esto por los increíbles sucesos que estamos presenciando a lo largo de estos tiempos signados por cambios y vueltas de tuerca teniendo como terrible telón de fondo a una de las pestes más letales y perseverantes que ha azotado a la humanidad. Los hechos se remontan a octubre del año pasado cuando en Chile surgen los primeros actos de protesta encabezados por la juventud exigiendo cambios radicales al modelo que ha prevalecido desde la época de la dictadura y que en democracia no han podido ser revertidos debido, entre otras cosas, a la Constitución pinochetista que ha servido de camisa de fuerza para la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, más libre y equitativa. Todo ello tuvo su primer punto de inflexión en la convocatoria que hizo el gobierno a un plebiscito para abril de este año, postergado por las razones que ya todos conocemos y que finalmente se ha realizado en octubre pasado con los resultados esperanzadores de una sólida mayoría del 78 por ciento de la ciudadanía votando por el cambio de su carta fundamental, tarea que será encargada a una convención constituyente ajena totalmente a la actual representación parlamentaria.

    El otro acontecimiento que removió la relativa estabilidad del continente fue el golpe de Estado promovido en noviembre del 2019 por la derecha en Bolivia, aduciendo fraude en las elecciones que sellaron el triunfo del MAS y el tercer mandato de Evo Morales. Tal vez el error mayúsculo del líder aimara haya sido presentarse para una reelección sucesiva, lo que en términos democráticos no es lo más aconsejable. Pero lo que vino después fue sencillamente inaceptable, con un sector de las fuerzas armadas avalando el gobierno ilegítimo de Jeanine Añez y una feroz persecución a quienes conformaron el gobierno progresista que llevó a situarse al país altiplánico entre uno de los de mayor crecimiento de la región, a contrapelo de quienes creen lo contrario obedeciendo simplemente a prejuicios ideológicos que les impide reconocer la incontrastable y terca realidad. Recuerdo que en aquella ocasión yo me encontraba en México, invitado para una serie de presentaciones en homenaje a los poetas Netzahualcóyotl y Sor Juana Inés de la Cruz, cuando repentinamente el domingo 10 los medios de comunicación anunciaban la llegada de Evo Morales procedente de La Paz, en el avión presidencial que ofreció el gobierno de AMLO, que sorteando todas las dificultades había arribado esa mañana a la capital. Hubo sin duda un revuelo entre los mexicanos, bromeando algunos amigos si no habíamos sido nosotros los que habíamos sido los responsables de esa visita. Bueno pues, después de un año el pueblo boliviano ha vuelto a ratificar su voluntad de otorgarle nuevamente el poder al partido de Evo Morales, eligiendo a Luis Arce, eficiente ministro de economía del gobierno de éste, como presidente de la República para el siguiente período.

    Y en tercer lugar están las elecciones estadounidenses, las más dramáticas y decisivas de los últimos tiempos, que después de cuatro días se va definiendo claramente por el triunfo del candidato demócrata Joe Biden y de su vicepresidenta Kamala Harris, la primera mujer negra e hija de inmigrantes que accede a la Casa Blanca en un país asaeteado por el racismo y la xenofobia, atizados en los cuatro últimos años por quien será recordado como el presidente más estrafalario y burdo de esa nación, indigno del país de Washington, Franklin, Jefferson y Lincoln.

    Hasta ahora nos resulta increíble, como si de una novela distópica se tratara, que los estadounidenses hayan podido elegir el 2016 a un matón, narcisista, sociópata, sexista, machista, racista, xenófobo y otras perlas, como presidente de la primera potencia económica del planeta. Quizás la explicación sólo puede caber en una palabra: venganza. Venganza de una población harta de su clase política que apostó por un advenedizo, por un bufón mediático, sólo por el gusto de arrebatarles el poder a quienes poco o nada habían hecho para satisfacer sus necesidades más apremiantes. Pero fue también una decisión que actuó como un bumerang, dañando profundamente el alma del país, dividiéndolo más que nunca e infligiéndole una herida que demorará largos años en restañar el próximo mandatario y luego el que venga. No sé si abrigar grandes esperanzas en el presidente electo, pero el objetivo conseguido de expulsar de la Casa Blanca al sujeto en cuestión ya es un magnífico logro, no sólo para los estadounidenses, sino para todo el mundo civilizado.

    Y en el entreacto qué tenemos: un niño berrinchudo y malcriado que se niega a aceptar los hechos, un negacionista de marca mayor escenificando una pataleta descomunal y amenazando con impugnar los votos que él considera fraudulentos e ilegítimos, evidentemente sin pruebas, sólo porque es incapaz de reconocer la realidad, porque vive en su propio mundo, esa realidad paralela donde rige su sacrosanta voluntad. Pero las cartas ya están echadas, es imposible que la necedad y la inmadurez de un energúmeno puedan revertir los hechos consumados. Los resultado son clarísimos y los principales líderes gobiernos de los cinco continentes ya han expresado su saludo por el triunfo demócrata.

     Es el tiempo de la sanación, como ha dicho el presidente electo en su primer mensaje la noche del sábado desde Wilmington, el tiempo de restañar las heridas del alma de una nación que ha dado figuras notables a la cultura universal como Whitman, Faulkner, Hemingway, Copland, Hershwin, Dylan, Warhol, Rothko, Hopper, Allen, Scorsese, Coppola y cientos más que ya no cabrían en estas páginas. La tarea es titánica porque implica reconstruir el tejido social de un país polarizado como nunca y enfrentado a su propio ocaso por culpa del suicida aislacionismo de un gobernante peligroso y nefasto  que ha campado a sus anchas con un discurso plagado de odio y mentiras  en estos cuatro años de pesadilla que esperamos lleguen a su fin.

Lima, 8 de noviembre de 2020.  



Todo vence el amor

 

    En el pueblo de Saumur discurre la previsible existencia de una familia provinciana, encabezada por el padre, el señor Grandet, un hombre avaro dedicado a la producción y al comercio de vinos, más otras actividades, todas ellas lucrativas, y que es poseedor además de extensas zonas de cultivo. Luego está la madre, una mujer sumisa y conservadora, que depende en forma absoluta de la voluntad y las decisiones del marido; la hija es una muchacha que a los 23 años está en la flor de su edad; y la criada, Nanon, vieja mujer fiel e incansable que lleva las riendas del hogar y sirve a la familia por más de treinta años. La historia de esta familia, su apogeo, decadencia y renacimiento, está narrada en la célebre novela Eugenia Grandet de Honoré de Balzac, libro que he leído con gran interés y placer.

    Hay dos familias en el pueblo que buscan emparentarse con el tonelero a través de la unión de sus vástagos con la rica heredera. Los Cruchot y los Des Grassins compiten, a veces sorda y otras abiertamente, por obtener la mano de Eugenia, el medio más acariciado para acceder a la riqueza del comerciante. Pero el vinatero, conocedor de las intenciones de sus amigos de juegos, los deja estar, sabiendo que su hija jamás se unirá a ninguno de los jóvenes, instrumentos de la codicia paralela de aquellas dos familias.

    Cierto día en que todos reunidos en casa de los Grandet juegan a las cartas, costumbre muy arraigada entre los pobladores de la comarca, hace su llegada sorpresiva el sobrino Charles que viene de París, hijo del hermano del jefe de casa. Llega portando una carta del padre para su hermano donde le anuncia su inminente muerte por mano propia porque ha sido alcanzado por la deshonra de la bancarrota. Le encarga en ella a su único hijo, quien ignora hasta ese momento la terrible decisión de su padre.

    Ante la presencia de su primo, Eugenia ve despertar en ella sentimientos escondidos que aflorarán de una manera radiante en su vida. Pero el joven debe partir a la India por expreso deseo y mandato de su progenitor, quien dejará en él la tarea de reivindicar su nombre. Eugenia facilita al primo sus ahorros para tratar de mitigar su dolor ante el abatimiento que le sobreviene al enterarse de la realidad y de su verdadera situación actual. Para entonces había nacido entre ellos un sentimiento que los va a comprometer a pesar de la próxima partida de Charles. Sin embargo, las cosas cambiarían una vez el joven se establece en el Oriente y otras expectativas y otras oportunidades lo llevan por otros caminos.

    Mientras tanto, Eugenia ha sido objeto de la furia paterna por haberse deshecho de su pequeño patrimonio, los ahorros que venía atesorando por varios años. Apoyada por su madre, resiste el castigo que se le impone, con el pensamiento y el corazón puestos en ese futuro prometedor al lado de quien ama. Pero al percibir que eso ya no era posible, acepta humildemente los vaivenes del destino no sin experimentar obviamente una decepción y un dolor que ponen a prueba sus profundos valores humanos. La madre muere a causa precisamente del sufrimiento de ver a su hija envuelta en una situación injusta por la actitud del viejo Grandet y sus severas medidas dictadas obedeciendo exclusivamente al interés material y a su afán obsesivo por las riquezas.

    Cuando el tío Grandet enferma e ingresa a un gradual proceso de senescencia, será la hija quien tomará a su cargo las atenciones y los cuidados respectivos, acompañada de la increíble Nanon, personaje que es indudablemente uno de los baluartes fundamentales para el sostenimiento no sólo material sino también moral de la familia. Pero es al fallecer el señor Grandet cuando ambas pueden definitivamente enrumbar sus vidas. Nanon se casa con el señor Cornoiller,  y Eugenia con el joven pretendiente De Bonfons, celebrándose las bodas casi una tras de otra. Un final feliz, al margen de los tristes sucesos que tuvieron que sortear cuando estuvo de por medio el pragmatismo crudo y absorbente del patriarca y su ambición desmedida por el oro.

    No cabe duda de que la novela de Balzac es uno de los mejores ejemplos del realismo, narrada en tercera persona y con la clásica estructura lineal que va creando en el lector esa viva expectativa por ir envolviéndose en la narración para ser testigo de los acontecimientos que se precipitan en ese final redentor en donde el amor, después de tantos avatares, triunfa por sobre todos los escollos que la vida le opone. Y también esa necesidad que el ser humano tiene de compartir con otro su destino para hacer juntos un camino bajo el signo de la comunión. Una reflexión del narrador nos permite entender mejor esta búsqueda constante del ser humano: «En la vida moral, lo mismo que en la vida física, existe una aspiración y una respiración: el alma necesita absorber los sentimientos de otra alma, asimilárselos para devolverlos enriquecidos. Sin este hermoso fenómeno humano el corazón no puede vivir, pues le falta el aire, y sufre y expira».

 

Lima, 7 de noviembre de 2020.



domingo, 18 de octubre de 2020

Otra vez la poesía

 Definitivamente cada año es una fiesta de la cultura la primera semana de octubre, cuando se anuncian los afamados Premios Nobel desde la circunspecta y gélida Suecia, cuya capital Estocolmo es hace ya exactamente 120 años la plataforma de los laureles más resonantes para una comunidad de hombres y mujeres que han consagrado sus existencias a los arduos y meritorios menesteres de la ciencia, el arte y la lucha por la paz.

Este extraño 2020 se ha vivido la misma expectación más allá de la devastadora pandemia que azota el planeta. El lunes 5 se anunciaron a los ganadores del Premio Nobel de Medicina, por sus valiosos hallazgos en torno al virus de la hepatitis C, una enfermedad que cada año ocasiona miles de muertos en el mundo. El martes 6 fue el turno del de Física, para tres científicos que han realizado investigaciones fascinantes sobre los tan temibles agujeros negros, una especie de descomunal nicho cósmico que todavía sigue siendo un misterio. El miércoles 7 le tocó al de Química, para dos científicas que trabajaban varios años en el perfeccionamiento de las tijeras moleculares, una valiosa técnica genética puesta al servicio de la medicina más avanzada. Y el jueves 8 correspondió el anuncio para el que es probablemente el galardón más esperado, el de Literatura, que este año recayó en Louise Glück, una discreta pero sorprendente poeta estadounidense de quien hablaremos más adelante. El viernes 9 vino el de la Paz, otorgado al Programa Mundial de Alimentos, organismo dependiente de las Naciones Unidas que cumple un rol fundamental en un mundo asolado por el hambre y la desnutrición. Y, finalmente, el lunes 12 se anunció el de Economía, que premió el esfuerzo de dos norteamericanos por «mejorar la teoría de las subastas e inventar nuevos formatos de subasta».

Decía que el Premio Nobel de Literatura es el más esperado y mediático porque logra concitar la atención y el interés de vastos segmentos de lectores del mundo entero por una actividad que toca más directamente la sensibilidad de su condición de seres humanos comunes y corrientes, atentos a los vaivenes y a las novedades de la creación literaria que nos permita conocer a quien quizás hasta ese momento ignorábamos que venía realizando una obra destacada en el siempre entrañable oficio de las letras. Y este año la sorpresa ha sido mayor, pues la poeta neoyorquina no figuraba en las quinielas que se suelen elaborar semanas previas al anuncio oficial. Pero igualmente el consenso ha sido sólido en cuanto a la aceptación de lo que los académicos suecos  han decidido premiar, por la calidad de la poesía de Glück y por su importante trayectoria que casi en secreto y en silencio ha labrado una docena de libros de impecable factura o, como reza la declaración oficial, «por su inconfundible voz poética que, con una belleza austera, hace universal la existencia individual».

La buena noticia, además, es que se trata de un premio a la poesía, ese género tan poco frecuentado a pesar de estar considerado como el príncipe de los géneros literarios. Louise Glück, nacida en 1943, es la décimo sexta poeta mujer en recibir el preciado galardón, en un año aciago para la humanidad y particularmente difícil para su país, casi en vísperas de una elección decisiva que trazará el camino para un imperio que pareciera haber perdido el rumbo y encaminarse a su declive. Ha recibido varios importantes premios en su país y en el ámbito de la lengua inglesa, como el Pulitzer y el American Book Critic Award, así como el reconocimiento cívico durante el gobierno del presidente Barack Obama en los Estados Unidos. La anorexia nerviosa que padeció de joven, el dolor, el sufrimiento, la mitología griega, la familia, la muerte, entre otros temas y asuntos, están presentes en su poesía autobiográfica, confesional, directa, descarnada, exenta casi de artificios retóricos, pero cargada de una honda sensibilidad que conecta inmediatamente con el lector. De hecho, yo recibí el primer mazazo de sus versos aparentemente sencillos cuando buscaba leer sus primeros poemas después de recibir la noticia. Descansaba la siesta, como cada tarde, cuando en la radio alguien leyó el poema “Amante de las flores”, y me dejó anegado en un escalofrío silente y solitario, como cada vez que la belleza, lo sublime, lo inefable, roza mi alma. No pude desprenderme a partir de ese instante de la desoladora imagen de un corazón de acero atraído poderosamente por ese imán que es el cuerpo del ser querido que yace bajo tierra, que le sirve a la poeta para retratar el sentimiento de su hermana ante la muerte de la madre. Sencillamente estremecedora.   

Como siempre, este premio es un gran motivo para seguir adentrándose en el goce de la poesía a través de una magnífica poeta que sale del aparente anonimato para conquistar los gustos y las sensibilidades de lectores de otros ámbitos y otras lenguas.

 

Lima, 18 de octubre de 2020.


Martes 13

 Como si de una especie de cábala nefasta se tratara, el día del partido de fútbol –jugado el supersticioso y temible martes 13 reciente– entre los seleccionados del Perú y Brasil, que compiten por la clasificación para el próximo Mundial de Qatar 2022, se produjo un incidente que ocasionó una gran sensación de amargura e indignación entre el público aficionado del país anfitrión, pues a poco menos de los 10 minutos para que acabara el encuentro, el árbitro chileno Julio Bascuñán tomó una polémica y escandalosa decisión al cobrar la pena máxima a favor de Brasil por una acción que a todas luces no existió dentro del área peruana. La ejecución del tiro de los doce pasos dio ocasión al seleccionado brasileño de ponerse en ventaja y, a la larga, de definir el partido a su favor. Lo curioso es que, siendo dudosa la jugada que dio motivo al fallo, el juez no decidiera acudir al VAR, moderno sistema implementado en las últimas lides mundialistas con el fin de hacer más precisas y justas las decisiones de quienes están encargados de dirigir los encuentros. Mientras que cada incidente en que estuviera involucrado un jugador blanquirrojo era inmediatamente contrastado con el asistente de vídeo mencionado, sobre todo cuando se produjo la expulsión, legítima por lo demás, del zaguero Zambrano, las otras que tal vez eran más relevantes para el curso del match, no eran sencillamente tomadas en cuenta.

Qué maldición de martes 13 era ésta en que un partido que era enfrentado de igual a igual por un valiente seleccionado ante un rival precedido de glorias y laureles, se tornaba de pronto en un desastre por la culpa exclusiva de las desatinadas medidas de un juez que actuaba de la manera más arbitraria posible y en evidente complicidad con quienes monitoreaban desde una cabina todos los incidentes del partido y que en ningún momento le hicieron ver al árbitro que estaba cometiendo un error, o que por lo menos tuviera el tino de observar la repetición de una jugada considerada poco transparente. Creo que en ese momento dejaron de actuar responsablemente los miembros del VAR, dando la impresión de ser más los asistentes despabilados y emotivos de un BAR que los juiciosos y diligentes colaboradores de la buena marcha de un evento deportivo.

En fin, después de todo es sólo el comienzo de un largo camino que espera al equipo de la franja, que deberá seguir batallando con el mismo denuedo y entrega para alcanzar su gran objetivo de ser nuevamente protagonista en la competición más importante del globo. Mientras tanto, las autoridades deportivas del país ya han elevado una queja ante la Conmebol por la actuación desafortunada del mentado juez, quien es también señalado en su país por similares actuaciones en otras jornadas futbolísticas. Y aunque lo que decidan los miembros de dicha organización no cambiará sustancialmente los resultados, es bueno que se establezca un precedente para que en futuros encuentros no se vuelvan a presentar espectáculos tan bochornosos de un colegiado que se supone debe reunir todas las condiciones de objetividad e imparcialidad para dirigir un partido de fútbol de esta categoría.

También para que no tengamos que experimentar un nuevo robo como éste, reviviendo lo que sucedió allá en 1969 cuando el Perú disputaba un importante partido de visitante ante Bolivia en el estadio Hernando Siles de La Paz por la clasificación para el Mundial de México 70. En esa malhadada ocasión, el árbitro yugoslavo nacionalizado venezolano Sergio Chechelev anuló un gol legítimo de Alberto Gallardo que ponía el 2-2 al encuentro. La reacción de los peruanos no se hizo esperar, con Perico León, Teófilo Cubillas y Roberto Challe a la cabeza, pero el juez se empecinó en anular el tanto, expulsando al final a Roberto Mifflin creyendo que él había sido el que le propinó el cabezazo que le nubló momentáneamente la vista.

Es de esperar, pues, que en los sucesivos compromisos no sólo del seleccionado peruano, sino de cualquiera de los equipos que compiten en esta fase clasificatoria, los jueces encargados de dirigir los mismos sean los más calificados y competentes, para evitar empañar los triunfos de selecciones que evidentemente no necesitan este tipo de favoritismos, como es el caso de Brasil, país donde se ha puesto también en tela de juicio la actuación del cuestionado réferi.

 

Lima, 17 de octubre de 2020.    



La celda del poeta

     En el célebre monasterio de la Orden de Císter, conocido con el nombre de Santa María de Veruela, pasó una temporada Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta sevillano que buscaba nuevos aires para su quebrantada salud. A escasas tres leguas de la ciudad de Borja, en las inmediaciones del imponente Moncayo, perteneciente a la región de Aragón, en un valle poblado de encinas y carrascas, y donde pacían libremente ciervos y jabalíes, encontró el artista un lugar propicio para su retiro de asceta.

    Desde ese rincón casi abandonado escondido entre un paisaje bucólico, Bécquer escribió un manojo de cartas a sus amigos del periódico El Contemporáneo, donde colaboraba en Madrid, textos reunidos en un volumen que ha titulado Desde mi celda, prosas de excelente factura donde se puede apreciar la elegancia y finura de un escritor que fue conocido mundialmente por sus famosas rimas, versos de tintes románticos que causaron impacto durante un tiempo considerable hasta muy entrado el siglo XX, para declinar lentamente al ímpetu de las corrientes de vanguardia que insuflaron de nuevos aires a la poesía contemporánea. Pero lo sorprendente es que su prosa no haya sufrido los embates de los tiempos, manteniéndose ágil y amena para quien quiera recorrer los lugares, las anécdotas y las tradiciones que el poeta va desgranado a lo largo de estas extensas misivas llenas de descripciones y relatos increíbles de sus hallazgos por los pueblitos olvidados de la España rural y profunda.

    Sus paseos a la vera del camino para esperar la diligencia que le traía los diarios de la capital, observando detenidamente los arroyuelos y las plantas que circundaban el medio, los árboles poblados de pajarillos que le transmitían la música natural de la campiña; sus incursiones más hondas por los pueblos cercanos para conocer a la gente y sus costumbres, sus voces y atuendos singulares, además de oír sus relatos realistas y sus leyendas impregnadas de misterio; sus meditaciones religiosas y filosóficas en la paz y el silencio de una celda de la abadía, todo ello reluce y deslumbra bajo la escritura plena de belleza del poeta. Son nueve extensas e intensas cartas que uno lee sintiendo la presencia indescriptible del ser humano excepcional que en tan sólo 34 años dejó una obra que el tiempo no ha marchitado, luchando hasta el fin con una enfermedad que lo martilló desde muy temprano, pero que no impidió el efluvio maravilloso de un delicado lirismo que impregna cada palabra y cada frase de sus magníficos libros.

 

Lima, 27 de septiembre de 2020.  

lunes, 5 de octubre de 2020

Quino

 

    La desaparición física de Joaquín Salvador Lavado Tejón, mundialmente conocido como Quino, ha provocado la tristeza y congoja más universales entre sus miles y millones de seguidores y admiradores repartidos por todas las latitudes del planeta. Dotado de ese arte prodigioso del humor más inteligente plasmado en unas viñetas que sintetizaban la problemática esencial del ser humano, premunido de una aguda mirada reflexiva sobre el destino y el significado del hombre en este mundo inexplicable, premiado por los dioses con el don maravilloso de entregarnos un tratado de filosofía en los trazos sencillos de una historieta, Quino ha tenido que partir a otras dimensiones, después de un viaje sorprendente por este minúsculo globo hecho de agua y roca que ha durado 88 años, desde que en 1932 vio la primera luz de la vida en su natal Mendoza, Argentina, hasta este estrambótico 2020 que tanto le habría dado que pensar e imaginar para hacernos entender una realidad que se nos escapa no solo de las manos sino de todos los poros de nuestra indigente capacidad de comprensión.

    Cuando apenas unos días antes su más inmortal creación Mafalda cumplía 56 años, Quino tuvo la delicadeza de esperar que pasara la celebración para despedirse luego como en la conmovedora viñeta de una humorista chilena que se hizo viral inmediatamente por todas las redes sociales al conocerse la noticia de su muerte. Quino se acerca a Mafalda para preguntarle si ella se queda porque él ya se va, entonces la niña impávida le contesta que sí, que ella se queda todavía acá. Qué enternecedor mensaje donde un creador anuncia su retiro de esta breve experiencia vital y su creatura nos consuela haciéndonos saber que se quedará con nosotros para siempre, pues la obra genial trasciende al paso lisonjero de un hombre por este mundo, porque su creación permanece y se hace inmortal.

    Hijo de inmigrantes españoles, concretamente andaluces, vivió con desgarro las secuelas de la guerra civil española, acontecimiento que marcaría hondamente su espíritu sensible de artista en ciernes. Parco, reservado, tímido, Quino hablaba a través de sus dibujos y sus trazos que delineaban con inaudita elocuencia las grandezas y las miserias de este mundo. Amaba contemplar el mar y beber el buen vino, que sus amigos le enviaban a raudales. Fervoroso adherente del socialismo, creía que era el único sistema de gobierno que podía hacer menos injusto y desigual este mundo, más allá de las experiencias fallidas y burdas experimentadas en el siglo XX, pues así como el cristianismo había demorado tres siglos en establecerse, por qué pensar que en apenas 73 años podía consolidarse un régimen socialista. Una nueva forma de socialismo era la esperanza de esta humanidad sumida en la incertidumbre y la apatía. Él ya no estaría para cuando eso fuera posible.  

    Se ha dicho que Mafalda, su personaje emblema, es una niña curiosa, rebelde, inteligente, contestataria, etcétera, cosa que podemos comprobarlo al instante al abrir una página cualquiera de una de sus historietas, o leyendo las tiras cómicas que publican todavía algunos diarios del continente. Las diversas escenas de sus viñetas que tratan sobre la paz mundial, la contaminación de la Tierra, la injusticia y la desigualdad, la soberbia y estupidez de los políticos, la abrumadora tontería de los adultos, la insignificancia de las preocupaciones humanas, el negligente descuido de las cosas verdaderamente importantes, y miles de situaciones más, Quino las aborda con una agudeza y finura realmente insuperables. Y cuando dejó de publicar Mafalda, su vena satírica, pesimista y cínica muchas veces, siguió transitando por sus personajes anónimos que discutían y debatían los eternos problemas políticos y sociales de los hombres.

    Estaba prohibido leer Mafalda allá por los años 60 y 70 del siglo pasado, aunque no se lo dijera abiertamente; un veto impronunciable nos impidió conocerla entonces, llenando de bruma el pensamiento y la imaginación de los niños que especulábamos secretamente sobre las razones o sinrazones de tal temor a que supiéramos de su oculto mensaje, y cuando por fin accedimos a la maravilla de su discurso subversivo y disolvente, comprobamos en silencio cuáles eran los verdaderos motivos por los que se había instalado una barrera invisible entre el verbo y las palabras corrosivas de aquella niña y sus ávidos lectores que aprendimos con ella a pensar y a cuestionar el mundo que nos rodeaba, y a mirarlo con otros ojos atravesando los convencionalismos y la realidad indiscutible que alguien buscaba imponérnosla. Fue el momento también en que aprendimos a amarla. La única vez que tuve la suerte de ver a Quino fue hace como quince años cuando vino a Lima para la Feria del Libro y se presentó en una charla frente a cientos de niños, jóvenes y adultos que se afanaban por acercársele y escuchar sus palabras junto a su icónico personaje. Fue una tarde excepcional.

    Hay una sola discrepancia que siempre manifesté con Mafalda, pues en todo lo demás estuve perfectamente de acuerdo con sus frases lapidarias, y es cuando ella declara incansablemente su rechazo y odio a la sopa; debo entender, sin embargo, que es una niña como las demás, probablemente caprichosa o exquisita, como tantas que he conocido en la vida, que en general no poseen una particular afición a la comida casera. Pero más me gusta imaginar que a Mafalda no le gustaba la sopa porque nunca había venido al Perú, y que por lo tanto jamás pudo saber y saborear de la riquísima variedad de esos deliciosos platillos de nuestra gastronomía que son un verdadero prodigio de la culinaria. Alguna vez quizás tenga ocasión de venir por estas tierras y cambiar su infantil perspectiva sobre aquellos sabrosos potajes. No paso por alto, empero, la simbología que en la semántica de dicha historieta posee ese elemento tradicional de la cocina universal, que es la única forma de aceptar la actitud y sentir de la entrañable niña. Quino explicaba que la sopa era una alegoría de las dictaduras militares que asolaron nuestro continente en buena parte del siglo pasado, regímenes que eran impuestos por la fuerza y que no dejaban un atisbo de libertad a los atemorizados ciudadanos. Pero Mafalda amaba a los Beatles, con lo que no puedo estar más de acuerdo; amaba la justicia y abogaba por el respeto a la naturaleza, discrepaba con el absurdo comportamiento de los adultos, que ella cuestionaba desde su lúcida cabecita de niña filósofa, cosas que yo también sigo haciendo hasta ahora.

    Nos hará una falta sin fondo, como diría Vallejo, este extraordinario humorista que supo desentrañar el sinsentido y la angustia del hombre contemporáneo, despellejar ese sustrato de hipocresía y grisura que domina casi todo lo que el ser humano ha erigido como normal y sacrosanto a través de sistemas absolutamente injustos e inhumanos. ¡Hasta siempre Maestro!

 

Lima, 4 de octubre de 2020.