martes, 9 de febrero de 2021

Desastre humanitario

     La emergencia mundial desatada por la pandemia de la Covid-19 se ha convertido en una oportunidad única para explorar en profundidad la real catadura de la condición humana. Una situación límite como ésta, al igual que una guerra, está revelando y desnudando una serie de capas y máscaras que nos impedían percibir la verdadera faz de esta insólita especie que no sin ironía fue bautizada como homo sapiens. El símil de la guerra no es descabellado, pues lo que la humanidad enfrenta ahora es efectivamente el ataque de un ejército letal, que no por microscópico e invisible es menos poderoso. Estamos en guerra con un invasor insidioso y versátil, astuto e inteligente que se aprovecha de nuestras debilidades para asestarnos los golpes más duros.

     Son varios meses los que el mundo entero está sumido en esta pesadilla siniestra. Si bien en los primeros instantes, cuando supimos la dimensión de la amenaza, la mayoría se preparó a enfrentarla de la mejor manera, salvando casos excepcionales que siempre existen, la duración de las medidas impuestas por los gobiernos y el cansancio que ello acarrea, han terminado por desarticular el ánimo de muchos y, lo que es más interesante, de sacar a luz no sólo los gestos más generosos y valiosos del ser humano, sino también esos antros oscuros y malignos que también nos habitan. Así hemos tenido, por ejemplo, la actitud solidaria y profundamente humana de quienes han seguido combatiendo desde sus más diversas trincheras contra la enfermedad; e inversamente, la cobardía y la inquina de aquellos que no importándoles el dolor y el sufrimiento de los demás, demuestran toda esa miseria y mezquindad que siempre estuvo depositada en su alma.

    Aparte de las carencias en materia de salud, de educación, de economía, etcétera, que los medios de comunicación han señalado como los puntos vulnerables que han brotado a raíz del ataque del nuevo coronavirus, me importa subrayar el aspecto de la conducta, el comportamiento que cada uno asume ante una realidad que lo supera. Después de varios meses de encierro, me tocó salir hace unas semanas para atender un asunto personal de orden médico, una pequeña intervención quirúrgica que me obligó a desplazarme por las calles después de mucho tiempo. Lo que vi en el trayecto al centro de atención me resultó desolador. Claro, no es que no lo supiera realmente, pues los medios nos informan cada día de este y otros aspectos, pero otra cosa era verlo por uno mismo y comprobarlo a pocos metros. Gente que se paseaba con la mascarilla en el cuello, o cubriéndose solamente la boca, dejando al descubierto la nariz. Jóvenes vendedores en la puerta de sus comercios, desprovistos totalmente de protección, como si vivieran en otro mundo, ajenos absolutamente al drama o tragedia que vivimos.

    Otra faceta que me produce particularmente una sensación de desasosiego inexplicable es la de aquellos que han decidido seguir el camino del negacionismo y del irracionalismo en todas sus formas. Desde los que niegan la realidad del virus, o especulan sobre su origen propalando teorías francamente traídas de los pelos, hasta otros que prefieren dejarse guiar por sus creencias, supersticiones o mitos ante las evidencias científicas. Hay grupos, probablemente muy bien organizados, que difunden información falsa por las redes sociales, sabiendo el potencial altamente contagioso que les provee la tecnología. Es decir, anteponen sus propios intereses, sean políticos o ideológicos, para deformar el conocimiento, tergiversar la información, subvertirla en beneficio de sus egoístas fines. Una oleada de irracionalismo recorre el mundo, llevando al poder a personajes funestos, seres que han abdicado de su condición de líderes de sus pueblos para convertirse en sus guías aventajados hacia el infierno de la ignorancia y la estulticia.

    Me atrevo a decir que estamos viviendo un desastre humanitario, con cerca de dos millones de muertos a nivel mundial, miles de personas que luchan por su vida en los centros hospitalarios, cientos de jóvenes que claman a través de las redes sociales por una cama en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) de los hospitales para salvar la vida de sus padres, tíos o abuelos, otros tantos que buscan desesperadamente el oxígeno medicinal para sus seres queridos. Decenas de médicos, enfermeras y personal sanitario que han caído en combate por su posición de peligro en la primera línea del campo de batalla. Testimonios espeluznantes de personas de toda edad, adultos jóvenes especialmente, que relatan su personal descenso a los infiernos como en  una escena dantesca. Las mutaciones del virus para sortear la vigilancia humana, volviéndose más agresivo y triplicando su poder de contagio, nos exige redoblar la protección, lo que  incrementa a su vez el miedo natural entre la población. Situación extrema que, sin embargo, no es suficiente para que aquellos tomen conciencia de lo que estamos viviendo.

    La producción en tiempo récord de una vacuna contra este virus ha despertado un rayito de esperanza. Sabemos que no es la solución, pero es un importante refuerzo en nuestras líneas de combate, algo que nos permitirá afrontar con mejores armas esta demencial guerra sin cuartel que libramos. Empero, muchos se han pronunciado manifestando su desconfianza o incredulidad, aduciendo precisamente el tiempo en que se han elaborado, y otras creencias y supercherías diseminadas irresponsablemente por charlatanes y bufones. No debe llamar la atención lo del tiempo, pues hace años que ya se trabajaba en los laboratorios con respecto a otros coronavirus, lo que explica –más el avance tecnológico y científico– la velocidad de su producción. En cuanto a las sandeces anticientíficas que sueltan tan sueltos de huesos los difusores de la mentira, creo que no merecen ni siquiera una respuesta. Sus bulos jamás pueden estar a la altura de la palabra informada, seria y sensata de un hombre de ciencia, de un especialista en medicina, física o química, que construye el conocimiento en base a un método, demostrando con la experimentación y la evidencia aquella verdad que debe conducirnos a tomar la mejor decisión.

    Pero donde he podido comprobar el lado más hediondo del ser humano es cuando se produjo la llegada de las primeras dosis de la vacuna a mi país. Cantidad de personajillos salieron a exhibir sin pudor toda la miseria, la mezquindad y la maldad que emponzoña sus almas. Se fijaron en la cantidad de las mismas, cuestionaron su procedencia, ridiculizaron a las autoridades que fueron a recibirla, en suma, quisieron restar trascendencia al momento histórico que entrañaba. Felizmente son pocos, así como la pequeñez y la bajeza de sus corazones, aunque pienso también en ese segmento considerable de compatriotas que según las encuestas siguen desconfiando de la vacunación. Una imagen contraria me da grandes esperanzas y me llena de una especial emoción: un grupo de enfermeras de un conocido hospital de la capital celebrando con gran alborozo en su centro de trabajo ante la llegada del avión con el primer lote de vacunas.

    En fin, ojalá que a los reacios y desconfiados los asista una pizca de razón, una porción de conciencia, una dosis de solidaridad, un mínimo de empatía, pues esta guerra la ganaremos si todos nos comprometemos, de lo contrario seremos derrotados por la traición de algunos, por esa felonía sin nombre de quienes favorecen al enemigo por puro interés personal, por un perverso cálculo político o por pura estupidez.

 

Lima, 8 de febrero de 2021.  

 

sábado, 6 de febrero de 2021

Ferocidad y barbarie en el mundo andino

 

    Hace cien años hizo su aparición un libro de cuentos que inauguraba simbólicamente una nueva mirada sobre el mundo indígena, una mirada cruda y descarnada, tal vez extrema en sus descripciones y retratos, escrita por un juez norteño que daba de esta manera sus primeros pasos como escritor. Cuentos andinos (1920), de Enrique López Albújar, ha sido considerada por ello la obra que inaugura el indigenismo, aquel movimiento que irrumpió en la cultura peruana en la segunda década del siglo XX con una novedosa ideología que buscaba reivindicar la presencia, el significado y la valoración de un importante sector de la población que era la directa heredera de ese pasado mítico representada por una civilización extraordinaria que floreció en América: los Incas. Descendiente de las culturas precolombinas, que fueron arrasadas por la conquista española, la raza indígena sobrevivió durante la colonia y la república de forma ancilar, refugiada en las alturas de los Andes y sometida a la explotación y la degradación por el conquistador y sus lacayos.

    De esa levadura espiritual, obedeciendo al llamado, a un tiempo clamor y reclamo, de la historia y sus vaivenes, surge en la literatura una fuerte corriente que vuelve los ojos a los trabajos y los días de esos hombres y mujeres que durante tanto tiempo vivieron en la sombra del tiempo, seres afantasmados por la cultura oficial, despojados de su condición de personas, privados de derechos y tratados como animales. Ese impulso también se manifestaría en otras artes, como la pintura y la música, pero es en las letras donde adquiere un relieve especial. En ese fermento es que nacen los Cuentos andinos que ahora pretendo reseñar.

    El primer cuento, “Los tres jircas”, recoge una hermosa leyenda sobre el origen de tres cerros en Huánuco, como son el Marabamba, el Rondos y el Paucarbamba, que fueron en realidad tres gigantes que pretendían a Cori Huayta, una bella doncella hija del curaca de los pillcos: Pillco-Rumi. En efecto, Maray, Runtus y Páucar solicitan la mano de la joven, mas Pachacámac los convierte en montañas impidiéndoles ingresar al pueblo poniendo de por medio a los ríos Huallaga e Higueras.

    “La soberbia del piojo” es un gracioso cuento donde, a partir de una anécdota, elabora don Melchor su peregrina teoría acerca de las ventajas, o supuesta superioridad moral, del insecto con respecto a otros como la pulga, el chinche y el pique. Su estrambótica elaboración conceptual posee algún asidero en la realidad, mas en el fondo constituye una boutade del excéntrico personaje en un medio provinciano atado a las convenciones impermeables de la tradición.   

    “El campeón de la muerte” tiene la estructura de un western, un western andino, donde un hombre sufre el rapto de su hija a manos de un indio feroz llamado Hilario Crispín. Al mes de esta desaparición, Liberato Tucto recibe la visita del ladrón, quien le hace entrega de los restos de la chica en un costalillo. Liberato decide entonces cobrar venganza del asesinato de su hija contratando para ello a Juan Jorge, el mejor tirador del pueblo, verdadera tierra de illapacos. Un día aguardan al homicida en las cercanías de unas grietas y de diez tiros certeros, según la cláusula del contrato, Juan Jorge acaba con la vida del malhechor.

    En “Ushanam Jampi”, remedio último en quechua, los yayas –ancianos encargados de administrar justicia– deciden expulsar del pueblo de Chupán a Conce Maille, un indio recio acusado por tercera vez de robar una vaca, esta vez a José Ponciano. El mandato es que el condenado no debe regresar al pueblo. Pero Maille vuelve después de un tiempo para ver a su madre, hecho que es visto por los lugareños como un desafío y al instante llegan en masa a la casa de la vieja Nastasia, para ejecutar la pena que corresponde a quien transgrede las leyes no escritas de la comunidad. El final es brutal para Conce Maille, cuyos restos quedas desperdigados entre su casa, de donde es arrastrado por la turba, y una quebrada a orillas del río Chillán.

    “El hombre de la bandera” está ambientado en el año 1883, durante los años finales de la ocupación chilena. Aparicio Pomares, un indio de Chupán, decide enfrentar al invasor convocando a las comunidades de Obas, Pachas y Chavinillo. Enarbolando una bandera roja y blanca, los millares de indios armados de hondas, escopetas, hachas, cuchillos y garrotes logran expulsar a los mistis extranjeros de la ciudad de Huánuco, cayendo herido en la contienda Pomares y falleciendo de una gangrena en el muslo derecho.

    “El licenciado Aponte” relata la corta vida del hijo de Conce Maille, Juan, que sirve en el ejército y egresa como licenciado. De regreso a Chupán la gente lo mira mal por ser hijo del famoso cuatrero, entonces decide marcharse a un pueblo vecino pero cambiándose de nombre. Se pone Juan Aponte y consigue trabajo en la cantina de un fundo como vendedor de aguardiente. Sin embargo, pronto el negocio deriva en el contrabando de la bebida y, una tarde aciaga, sorprendido por una tempestad, que él atribuye a la cólera de la jirca, evidenciada por lo demás en la hoja de coca amarga que chaccha, es abatido por los efectivos del orden que persiguen a los traficantes.

    “El caso de Julio Zimens” es la historia de un gringo de orígenes germánicos que llegó a la zona movido por su curiosidad científica e interés por el imperio incaico. Desdeñoso y soberbio, solitario, se casó con una nativa de la montaña, de nombre Martina Pinquiray, con el fin de poner en práctica sus ideas de teoría étnica sobre el cruzamiento de dos razas viejas y superiores. Tienen seis hijos, pero los resultados no fueron los esperados. A esto se sumó la desgracia terrible de la enfermedad que terminaría deformándole el rostro apolíneo. Su vida miserable concluye cuando decide suicidarse arrojándose al río Huallaga.

    “Cachorro de tigre” cuenta la llegada del hijo de Adeodato Magariño –una especie del Rey del Monte andino– a la servidumbre del juez que es el narrador. El vástago del más famoso bandolero, bautizado por su amo como Ishaco, ya mayor y liberado de sus obligaciones domésticas, como obedeciendo a un mandato atávico, incursiona en las mismas andanzas de su padre, vengándose de Felipe Valerio, el autor de la muerte de aquél. El final es truculento, cuando el juez reconoce a su antiguo servidor en el capturado asesino, quien entre su huallqui lleva algo que empieza a heder espantosamente, y que no es otra cosa que el par de ojos de su enemigo, su “carnecita”, como dice el homicida, pues es creencia del mundo andino que los ojos del muerto pueden ser los acusadores de su verdugo.

    Por último, “La mula de taita Romero” es una sátira contra la iglesia, donde el cura Ramón Ortiz, su sacristán el viejo Cuspinique y su ama de llaves doña Santosa son protagonistas y culpables de la rivalidad entre los pueblos de Chupán y de Obas, con un final desternillante.

    Magnífica la pluma del autor chiclayano, que logra presentarnos una visión del ande que la crítica señaló como naturalista, pues exageraba algunos rasgos del hombre indígena, o en todo caso diría es una visión parcial, porque es la mirada del hombre costeño la que prevalece en los textos, la perspectiva del hombre formado en la cultura occidental, que posee un preconcepto de la idiosincrasia de ese mundo complejo y desconocido que sigue siendo el ande, realidad que sólo la obra de José María Arguedas pudo desentrañar en sus múltiples dimensiones.

 

Lima, 4 de febrero de 2021.



martes, 2 de febrero de 2021

Cuentos fantásticos

 

    El libro de cuentos más extraño y desafiante que he leído en mi vida es quizás Ficciones, libro publicado en 1944 por un Jorge Luis Borges que ya empezaba a ser reconocido como una figura singular en el panorama de las letras latinoamericanas. A pesar de que ya se sabía de otros libros que había escrito en las dos décadas precedentes, sin duda que la aparición de este pequeño volumen constituía una notable ascensión en el camino que como escritor se iba granjeando en un medio que todavía no poseía las características que tendría a partir de los años 60, cuando irrumpió un fenómeno literario que cambiaría radicalmente la imagen que se tenía en el mundo de la literatura escrita en esta parte del globo.

    Son siete cabalísticos relatos los que conforman este exótico libro, que constituyen además un portentoso desafío al lector más avezado. La filosofía, la metafísica y la teología confluyen en los enrevesados argumentos de estas siete piezas magistrales donde se hermanan la mejor prosa con el pensamiento más depurado. Economía del lenguaje y potencia del genio. Los personajes, más que seres de carne y hueso, son ideas platónicas, elaboraciones conceptuales que postulan visiones heterodoxas y singulares de la realidad, aventuras oníricas donde un minucioso demiurgo sueña combinaciones imposibles que buscan aprehender la inasible verdad. Veamos.

    «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» es la nota sobre un libro imaginario donde el autor afirma que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres. Un lugar, un planeta, un cosmos imaginarios son descritos con gran precisión en unas páginas inverosímiles de la Enciclopedia Anglo Americana. Los metafísicos de Tlön juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica, idea que Borges sostendría también con respecto a las religiones. Abundan las disciplinas filosóficas en Tlön, juegos dialécticos que buscan el asombro.

    «Pierre Menard autor del Quijote» presenta un curioso caso de un autor francés reconstruyendo frase por frase, palabra por palabra, una obra del siglo diecisiete en su propio idioma del siglo veinte. Una osadía de la lingüística y también del ego, indagación lúdica en los laberintos de la identidad.

    «Las ruinas circulares» explora el sueño de un mago que busca fraguar un hombre con la materia suntuosa de sus noches que han abolido la vigilia, para comprobar, no sin terror, que él también poseía la apariencia de otro ser que a su vez estaba soñándolo. Es la idea recurrente de Borges sobre uno de sus temas predilectos: los juegos de espejos.

    «La lotería de Babilonia» indaga en los arcanos del azar; postula la infinita variedad de posibles destinos de un hecho; prefigura el increíble jardín de senderos que se bifurcan, que aparece en el último cuento, como una parábola de la existencia de los objetos y de los seres.

    «Examen de la obra de Herbert Quain» es el resumen prolijo o lacónico de un autor inventado. La palabra examen prefigura una aproximación académica, aunque es más bien una opinión de lector desapasionado. Comenta sus obras como si enumerara las virtudes y los defectos de una piedra preciosa o de una joya.

    «La biblioteca de Babel» es una metáfora del universo. Las ideas de orden, caos, infinito, secreto, se alternan otra vez en un juego de espejos que nos enfrentan a la imagen de un mundo autosuficiente, perfecto y fuera del alcance racional de la mente humana.

    «El jardín de senderos que se bifurcan», el último cuento y creo que el mejor, de título hermoso además, juega con la imagen de un libro caótico –una novela– que se prolonga en diversos finales, un laberinto que se extiende no en el espacio sino en el tiempo. Un espía chino, descendiente del ilustre autor de la fantástica obra, al servicio del gobierno alemán, es perseguido con implacable denuedo por el agente británico Richard Madden. Yu Tsun, el espía, asesina al sabio sinólogo Stephan Albert antes de ser capturado por el capitán Madden y ser condenado a la horca. Pero antes de morir comunica, con ese hecho abominable, el secreto nombre de la ciudad que debía ser bombardeada y que el jefe descifró correctamente. El relato se lee como «una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo», otra de las constantes de la obra borgiana.

    Estupenda condensación de la maestría de un autor que ha explorado todos los escondrijos de la realidad con las armas platónicas de las ideas. Selecta muestra del talento y el genio del máximo creador de las letras hispanoamericanas de la última centuria.

 

Lima, 1 de febrero de 2021.



domingo, 17 de enero de 2021

Alteza Real

     Con gran placer he visto en menos de dos semanas The Crown, una de las series más promocionadas de los últimos años en Netflix, la plataforma de televisión por streeming, escrita y dirigida por Peter Morgan y protagonizada por una constelación de estrellas consagradas y emergentes de la actuación cinematográfica. Estructurada en cuatro temporadas, cada una de ellas compuesta a su vez por diez capítulos, abarca la historia de la corona británica desde la asunción al trono de la reina Isabel II, la actual monarca, considerada como una de las más longevas, con 96 años de vida, de los cuales 68 conduce con mano firme el Palacio de Buckingham. A la vez es una historia fascinante del siglo XX, de los principales sucesos que sirvieron de contexto para los acontecimientos donde estuvo involucrado el Reino Unido. Las grandezas y las bajezas, las virtudes y las miserias de los miembros de la Casa de Windsor están narradas amena y prolijamente, con un decorado preciso en escenarios reales y realistas, una ficción con grandes dosis de verosimilitud.

    Muchos se han dedicado a hurgar los detalles de cada secuencia, contrastando los episodios presentados con los hechos históricos, labor que no deja de ser interesante, pero que no puede servir para cuestionar el valor una obra de ficción como ésta que, como todas de la misma naturaleza, se sostienen solas, basadas exclusivamente en su capacidad de seducción o convencimiento del espectador. Sin embargo, es muy aleccionador y altamente fructífero regresar a las fuentes históricas, con el único fin de reconocer el hecho real y cotejar el tratamiento que ha recibido en la serie, más allá de las coincidencias o parecidos. Aunque no está demás agregar que en un muy alto porcentaje lo narrado coincide con lo sucedido. Y son estas coincidencias las que me permiten expurgar algunos ejemplos que me han parecido particularmente interesantes.

    La abdicación de Eduardo VIII en 1936 significó un momento de alta tensión para la corona británica. El hijo mayor de Jorge V ascendió al trono a la muerte de éste, en enero de ese año, y en diciembre del mismo tuvo que abdicar envuelto en el escándalo de su relación con Wallis Simpson, una ciudadana norteamericana divorciada con la que pretendía casarse. La corona no toleraba este tipo de enlaces. Contrajo matrimonio con ella y vivió el resto de sus años en el exilio, hasta su muerte en 1972. Ante este hecho, lo reemplazó su hermano David en el trono, quien asumió el mismo como Jorge VI.      

    El reinado de Jorge VI sufrió a causa de su lento deterioro físico por la enfermedad pulmonar ocasionada a su vez por el consumo del tabaco. De su matrimonio con Isabel tuvo dos hijas, la futura Isabel II y la princesa Margarita. La muerte de este rey en 1952 y la repentina llegada al trono, con apenas 27 años, de quien detenta actualmente el máximo poder de la corona británica, son aspectos que destacan en la primera temporada. Luego viene el nacimiento de los hijos de la reina, casada en 1947 con Felipe Battenberg, príncipe de Grecia y Dinamarca, así como la ascendencia que tiene sobre éste la figura de su tío, lord Louis Mountbatten, héroe de la primera guerra mundial y último virrey de la India.

    Otro capítulo se centra principalmente en Carlos, el primogénito y heredero. Nos presenta sus primeros años con sus padres y abuela en el Palacio de Buckingham y su educación en el internado escocés de Gordontoun, colegio que su padre elige porque él mismo se había formado allí. Internado que significó un verdadero infierno para el joven príncipe, quien luego ingresaría a la universidad de Cambridge, a pesar de que el príncipe Felipe hizo todo lo posible para que hiciese una carrera en la armada británica.

    Otro aspecto que impresiona al observador es aquel relacionado con el archivo de Marburgo, un conjunto de documentos que prueban la relación del duque de Windsor –el ex monarca Eduardo VIII– con el nazismo alemán. Los testimonios son contundentes, hay imágenes y pruebas suficientes que demuestran la cercanía que tuvo el hermano mayor de Jorge VI con las principales figuras del régimen totalitario de Adolf Hitler.

    También cautiva de manera especial el caso del ministro John Profumo, envuelto en un escándalo de dimensiones políticas que remeció al gobierno del primer ministro Harold Macmillan. Profumo mintió a la Cámara de los Comunes sobre su relación con la modelo Christine Keeler, debiendo dimitir en 1963 a pesar del informe complaciente que realizó lord Denning, jefe de la investigación judicial. Se sabía que la modelo mantuvo también una relación simultánea con Yevgeny Ivanov, agregado naval adjunto en la embajada soviética. Los archivos del Consejo Asesor de Registros y Archivos Nacionales (ACNRA), donde se recogen el caso, se mantendrán secretos hasta el año 2048.

    Otro personaje histórico curioso de la serie es el de Anthony Blunt, asesor y maestro de arte en el Palacio de Buckingham, quien fuera descubierto como un espía al servicio de la KGB soviética. Lo sorprendente es que a pesar de las evidencias y los cargos que pesaban sobre él, la reina lo mantuviera en su puesto hasta su jubilación en la década del 70. Al parecer, según la serie, ello se debió a que  Blunt era poseedor de un dato explosivo que de ser revelado comprometería al duque de Windsor, es decir, al esposo de la reina, razón por la que ésta decidió pasar en silencio sobre el suceso. Sin embargo, sobre esto no hay una comprobación histórica.

    Uno de los pasajes más tristes y dramáticos de la serie es indudablemente lo acontecido con Aberfan, un pueblo de Gales que fue arrasado en 1966 por las escombreras de una mina de carbón. Las lluvias continuas debilitaron la base, abrieron un forado en el cerro adyacente y los deshechos se precipitaron sobre dos colegios y numerosas casas de la aldea. El saldo trágico fueron 144 muertos, de los cuales 116 eran niños. Las labores de rescate fueron muy penosas, mientras la reacción de la reina algo tardía. La población minera manifestó su indignación por la desidia de las autoridades en no haber prevenido un peligro del cual fueron advertidas repetidas veces por los vecinos. Varios miembros de la familia real visitaron la zona del desastre, entre ellos el esposo de la princesa Margarita, el duque de Windsor y, al final, la reina Isabel. La ceremonia fúnebre y las exequias constituyeron un momento de dolor nacional, al par que las banderas eran izadas a media asta en los edificios públicos.

    Otros hechos importantes son la visita del presidente estadounidense John Kennedy y su esposa Jacqueline a Inglaterra, poco antes de su muerte; los matrimonios fallidos y la vida desordenada de la princesa Margarita; el complot en que se ve envuelto lord Mountbatten para dar un golpe de Estado en complicidad con un banquero y dueño de una corporación de medios de comunicación; la vida secreta de la princesa Alicia, madre de Felipe de Edimburgo, en Atenas, regentando una modesta congregación religiosa; la designación del hijo de la reina como Príncipe de Gales, y cómo tuvo que aprender galés en manos de un reputado profesor de ese país con fuertes principios republicanos; la visita al Palacio Real de Armstrong, Aldrin y Collins, los tres astronautas que llegaron a la Luna en 1969, y la entrevista que tuvieron con el príncipe Felipe, quien terminó decepcionado al descubrir que tras esos héroes de la ciencia y la tecnología se escondían seres anodinos y previsibles; y la anécdota del asalto de un intruso a la misma alcoba de la reina, que puso en tela de juicio la seguridad del recinto palaciego y levantó un revuelo en la sociedad londinense por la forma como fue abordado el suceso por la prensa.

    También son notables los episodios donde se narra el conflicto bélico que sostuvieron el Reino Unido y Argentina por la posesión de las islas Malvinas, que los ingleses llaman Falkland, y los puntos discordantes entre la soberana y la primera ministra Margaret Thatcher sobre la manera de hacerle frente, asunto que se repetiría cuando esta última se negó a sumarse a la decisión unánime de los países de la Commonwelth para sancionar a Sudáfrica por el tema del apartheid. Y un poco antes el atentado terrorista del IRA donde perdió la vida en 1979 Mountbatten, personaje muy cercano a Carlos. Así como la noticia del extravío del hijo de la primera ministra en los desiertos del África durante la competición del afamado rallye París-Dakar. Fueron días de zozobra para la familia de la política y que mantuvieron en vilo asimismo la vida cotidiana de los ingleses. Sin embargo, el capítulo más memorable es aquel del matrimonio del príncipe Carlos con Diana Spencer, una humilde joven de familia aristocrática que de la noche a la mañana se vio convertida en el foco de la atención mundial y asediada constantemente por la prensa. Bautizada como la Boda del Siglo, dicha unión va a demostrar muy pronto sus resquebrajaduras, al revelarse la presencia en la sombra de Camilla Parker Bowles, una antigua amiga de Carlos que a pesar de haberse casado mantenía una relación con el príncipe.

    La figura de la flamante princesa de Gales empieza a dominar la escena de la monarquía inglesa, insuflándole nuevos aires y revitalizando una institución en lento y seguro camino hacia la obsolescencia. Su gira por Australia en 1983 con el príncipe Carlos y su pequeño hijo Guillermo, donde logró un éxito inusitado eclipsando la misma figura real de su esposo y atenuando los vientos independentistas promovidos por el primer ministro laborista Robert Hawke. Todo esto despertaría los celos de Carlos y las desavenencias se pronunciarían, avizorándose en el horizonte una ruptura inexorable. Posteriormente, cuando visita sola Nueva York, adentrándose en los barrios más olvidados, como los hospitales del Harlem, daría relieve a su imagen de figura comprometida con los problemas sociales de su tiempo, siendo calificada como la Princesa del Pueblo.

    En fin, hay muchos otros episodios interesantes en esta serie que nos retrata sobre todo una supervivencia medieval, con toda la pompa y los fastos de una clase bravucona, petulante y grosera, como la califica uno de los personajes de esta apasionante historia. Los Windsor en todo su esplendor y gloria, pero también en todo lo que tienen ya de antigualla, de curiosidad arqueológica a pesar de haberse adaptado a la modernidad con esa variante política llamada monarquía constitucional, una forma de gobierno donde el monarca conserva su condición de jefe de Estado, a la vez que el pueblo elige a quien la reina encargará la conducción del gobierno como su Primer Ministro.

    La producción es espléndida, las actuaciones notables y una escenografía muy a propósito, así como los paisajes realistas y las locaciones en general bastante ceñidos al original. No hay que olvidar que se trata de una ficción, así que está demás estar buscando coincidencias con el hecho histórico, pues el realizador se ha tomado, como es natural, algunas licencias en esta materia. Finalmente, espero con gran expectación la quinta temporada, de seis programadas, que según se ha anunciado se estrenará para mediados de junio.

 

Lima, 16 de enero de 2021.  


sábado, 9 de enero de 2021

La decadencia de Occidente

     Los sucesos del miércoles 6 de enero pasado marcan un punto de inflexión en la historia de los Estados Unidos, un hito revelador de lo que bien podríamos llamar, parafraseando el famoso título de don José Ortega y Gasset, la decadencia de Occidente, pues la nación norteamericana ha representado, por lo menos hasta ahora, para bien y para mal, los valores y los principios de aquello que sin mucha originalidad se ha dado en llamar la civilización occidental, un nombre que parece aludir a su ubicación geográfica, un concepto evidentemente relativo, pues los signos de orientación en el globo pueden varias según el punto de vista donde se sitúe uno. Una civilización que nació en Grecia y continuó en Roma, renació en Inglaterra y Francia, difundiendo su legado por Europa y América. Pero en fin, lo cierto es que el infame día, como lo ha bautizado ya la prensa, un contingente de seguidores del candidato perdedor de las elecciones del pasado noviembre, literalmente asaltó el Capitolio, la sede del Congreso, símbolo por antonomasia de la democracia estadounidense.

    En dicha jornada, y como es habitual cada vez que se acerca el traspaso del poder, las dos cámaras se reúnen para certificar al ganador, contabilizando los votos de los estados que a su vez fueron confirmados en el Colegio Electoral el 14 de diciembre del año anterior. Los senadores y los representantes sesionaban en conjunto, mientras a corta distancia el presidente saliente, que se negaba a reconocer su derrota, realizaba un mitin frente a la Casa Blanca, llamando a sus partidarios a impedir a toda costa el acto final de reconocimiento del triunfo del candidato demócrata. Amparándose en mentiras, aduciendo fraude y robo, como lo ha venido sosteniendo desde el día siguiente al 3 de noviembre, incitó a la masa que lo respalda a cometer dichos actos vandálicos, azuzando el odio y la violencia como mecanismos de lucha política, peligrosos y explosivos para cualquier democracia.

    La turba, compuesta por centenares de revoltosos de distinta procedencia, ataviados muchos de ellos con trajes extravagantes y adefesieros, se dirigió entonces al local del Congreso. La escasa vigilancia policial fue rápidamente desbordada por los insurrectos, quienes ingresaron violentamente a las instalaciones, quebrando vidrios de las ventanas, escalando los muros laterales, fracturando las puertas, en un escenario verdaderamente espeluznante, increíble para cualquier espectador, como si de una película hollywoodense se tratara. Al instante ocuparon todos los ambientes del recinto, frente a los esfuerzos inútiles de los custodios por detenerlos. Tuvieron que usar inclusive bombas lacrimógenas para dispersar a los atacantes, quienes se posesionaron de los ambientes donde sesiona el Senado, de la oficina de la presidenta de la Cámara de Representantes y de otros despachos representativos del edificio oficial. Los congresistas tuvieron que ponerse a buen recaudo en el lugar que fuera más adecuado, mientras el vicepresidente Mike Pence era protegido especialmente y evacuado del local.

    Fueron largos minutos de zozobra, los asaltantes camparon a sus anchas en el recinto vandalizando todo aquello que encontraron a su paso, ante la mirada atónita e impotente del cuerpo policial que fue superado en todo momento; las imágenes que presentó la televisión al día siguiente, un escenario caótico con cantidad de papeles regados por el suelo de las oficinas y otros destrozos, nos dieron una idea más precisa de lo ocurrido. Tuvo que solicitarse el auxilio de un contingente mayor de efectivos para controlar la situación, exigencia que simultáneamente realizaban los atemorizados parlamentarios a través de las redes sociales, dirigiéndose directamente al presidente agitador para que llamara al orden a sus huestes. Éste lo hizo poco después tímidamente, sin condenar en ningún momento la barbaridad que estaban perpetrando, por lo contrario, mostrándose condescendiente y muy comprensivo ante tal atrocidad. Se trató en suma, como lo dijo en un mensaje el presidente electo Biden, de un acto insurreccional, es decir, de un intento de golpe de Estado en toda regla, realidad que conocemos perfectamente  los países latinoamericanos. Ha sido el corolario de una serie de actos que durante estos meses ha intentado realizar Trump con el fin de revertir o desconocer los resultados. Llegó hasta a intimidar al secretario de Estado de Georgia para conseguir miles de votos que lo favorecieran. Presionó igualmente a su vicepresidente para obstruir el conteo de certificación del ganador.  

    Fueron cabecillas notorios de la asonada los líderes de agrupaciones de ultraderecha que apoyan a Trump, como por ejemplo el tal chamán de QAnnon, un movimiento que defiende creencias de conspiración y otras ideas trasnochadas; o el jefe de una asociación que está a favor del derecho a portar armas. Todos ellos ya están identificados, uno capturado y los demás  deberán correr la misma suerte en los siguientes días. Hay medio centenar de detenidos, numerosos heridos y 5 muertos, entre ellos un agente federal y una militante de una facción que es el soporte virtual del trumpismo. En una palabra, son grupos que representan visiones anacrónicas y primitivas de la sociedad contemporánea, remanentes retardatarios muy próximos a los terraplanistas, los negacionistas y otros movimientos que cuestionan sin fundamento los avances de la ciencia y cuyas hipótesis sobre el poder mundial son el hazmerreír del pensamiento contemporáneo.

    Todos los analistas coinciden en que los acontecimientos constituyen un hecho gravísimo para la democracia estadounidense. Trump le ha infligido un daño de incalculables dimensiones a un sistema que ha estado vigente por más de 200 años. Un comentarista del New York Times traía a la mente la imagen de un Nerón moderno mandando incendiar Washington, la Roma de nuestros tiempos, al par que tañía su lira desde el Salón Oval. Un personaje siniestro, neurótico y desequilibrado, tal vez un enfermo mental, un delincuente del mayor peligro, pues actúa al margen de la ley detentando un poder ilimitado, creado sin embargo por una nación que ha privilegiado el progreso material y la lógica del consumo en paralelo a enormes contingentes de excluidos y marginados, gente arrinconada a los arrabales del imperio, como es el caso de los indígenas, habitantes originarios de esas tierras conquistadas por los europeos hace varios siglos, o los migrantes, tratados como escoria humana. Trump es la monstruosa hechura de una sociedad que no ha logrado alcanzar, en más de 200 años de independencia, los ideales de los padres fundadores, la excrecencia visible de un país que exhibe los rasgos inevitables de su ocaso.

    Hay dos salidas que están siendo estudiadas por los políticos. Algunos congresistas han invocado la enmienda 25, que faculta al vicepresidente, con el apoyo de la mitad del gabinete, iniciar el trámite de destitución del presidente por incapacidad mental, debiendo ser corroborada por los dos tercios del Senado y de la Cámara de Representantes. Otros piensan que un proceso de juicio político, conocido como impeachment, podría ser más efectivo. Trump está cada vez más solo, tanto el vicepresidente Mike Pence como el líder republicano del senado Mitch McConnell, han declarado taxativamente su lealtad a la Constitución, así como muchos legisladores del partido que no respaldan este berrinche infantil del presidente. Constitucionalistas consultados por las cadenas de noticias del país del norte ven viable cualquiera de estas dos salidas, aun cuando el tiempo que resta hasta el 20 de enero es cortísimo. De lo que se trata es de evitar otro hecho parecido en los días que faltan, por más que Trump haya dicho desde la cuenta de uno de sus asesores –pues las redes sociales como Twitter, Facebook e Instagram le tienen bloqueadas sus cuentas– que la transición será pacífica. No se puede confiar en un hombre impredecible que actúa al impulso de sus caprichos más desaforados.   

    De aquí al 20, fecha de la asunción del nuevo presidente, muchas cosas pueden pasar, por tanto lo mejor es prevenir cualquier contingencia desagradable que estropee una ceremonia que en otros tiempos no hubiera pasado de ser un simple evento protocolar. Estamos avisados.

 

Lima, 8 de enero de 2021.


jueves, 31 de diciembre de 2020

2020: Annus horribilis

     El año que se acaba siempre es un pretexto para realizar un balance de nuestras vidas, de aquello que hicimos o dejamos de hacer a lo largo de estos 365 días que han transcurrido de modo vertiginoso y extraordinario para todos quienes habitamos este planeta. La llegada, como siempre inesperada, de una situación de emergencia sanitaria, que ha puesto nuevamente al mundo de rodillas, nos ha obligado a replantear algunos principios o postulados que dábamos por descontados en el ritmo ordinario de nuestras existencias. Y a pesar de que una fecha no es sino un signo convencional que el ser humano ha inventado para encasillar el tiempo, un símbolo que nos da la sensación de un final y de un comienzo a la vez, un ritual que cíclicamente repetimos como una forma de reinventarnos, sabemos perfectamente que el río heraclitano es un continuo fluir sin diques ni exclusas, que el transcurrir cósmico no sabe de fronteras ni límites, y que el tiempo no puede dejarse atrapar en compartimentos estancos que podemos utilizar a nuestro antojo.

    Sin embargo, nos agrada que una porción de ese tiempo ilimitado e infinito lo podamos cercenar y encapsular en una burbuja que llamamos pasado, con el optimista fin de que al separarlo de nuestro presente, o dejarlo atrás en un momento determinado, tengamos la posibilidad de construir otra vez el camino de nuestras vidas, o reconstruir aquello que resultó un intento fallido, ya sea por razones propias o por causas externas que nos sobrevienen en este azar interminable que es el  signo esencial de la existencia humana. Y es en ese sentido que al finalizar este extraño e increíble año 2020, que para muchos es sencillamente el peor año de sus vidas, lo menos que podemos desear es que el siguiente sea no sólo diferente, sino mejor en todos los sentidos. La sensación que compartimos casi todos es que este año la muerte ha sido una presencia constante de cada día, una imagen que llevamos grabada por los múltiples casos que hemos visto en el mundo entero a raíz de la pandemia, una realidad palpable por los familiares y amigos que han perdido la vida contaminados por la peste, y sumado a ello la cantidad de figuras del mundo del arte, el pensamiento, el deporte, la política que han sucumbido por lo mismo o por diversos otros motivos.

    Pero para que el año próximo sea mejor es indispensable que nosotros también seamos mejores, y eso es precisamente aquello que no vemos en la mayoría de los seres humanos y la forma cómo afrontan una realidad tan dramática como ésta. Pareciera que muchos ya se han dado por vencidos, o que sencillamente les importa muy poco o nada el destino común de la sociedad, pues de cada uno de nosotros depende justamente el triunfo o la derrota en una batalla que libramos en provecho de todos. La indiferencia, el cansancio, la negligencia, la ignorancia, son las armas que el virus utiliza para asestarnos su ataque mortal, y son las armas que paradójicamente nosotros mismos hemos entregado al enemigo. La llegada del fin de año y las festividades que lo acompañan, han dado lugar a que mucha gente se olvide de la realidad que nos aqueja y ha salido a las calles, los centros comerciales y los centros de diversión y esparcimiento en general como si viviéramos en una situación ordinaria, tal como años anteriores. Es increíble la actitud de esas personas, es incomprensible la necedad que guía su conducta, incapaces de experimentar un mínimo sentimiento de empatía y solidaridad frente a la tragedia que nos rodea.

    Es por ello que no necesariamente el nuevo año acarreará automáticamente una situación diferente, pues el tiempo no se deja maniatar en porciones de días que acumulamos y luego tiramos. No podemos ser ilusos y pensar que al trasponer el umbral de la medianoche del 31 de diciembre ya estaremos instalados en otro mundo. Esta realidad no se va, y no se irá mientras la irresponsabilidad de tantos nos resta fuerzas para vencer a uno de los más grandes desafíos de los últimos tiempos. Nuestro deber es seguir imbatibles resistiendo un ataque que no es ningún juego. Además, no sabemos qué otras amenazas nos aguardan en la oscuridad de un futuro que por ahora vislumbramos sombrío.   

    Suele decirse que la filosofía no es sino una larga meditatio mortis, al ser el problema de la muerte uno de los temas más cruciales del pensar filosófico, un asunto que ha planteado muchas interrogantes y pocas respuestas, numerosos misterios y enigmas que la humanidad no ha podido sondear a cabalidad. Hay quien pensaba justamente, como Schopenhauer, que la muerte después de todo no es la desgracia más grande que puede experimentar el hombre, pues al ser la vida un constante vaivén entre el dolor y el aburrimiento, el fin de la misma debería ser visto como una liberación, y que la inexistencia es preferible a la existencia. Morir sería como despertar de un sueño poblado de horrendas pesadillas para reintegrarnos al cálido seno de la naturaleza.

    Por todo ello el deseo más ferviente que puedo abrigar para el siguiente periodo de tiempo, al que llamaremos 2021, es que tengamos no felicidad, como es la aspiración abstracta de todos, sino una tranquilidad de ánimo que es en verdad el bien más preciado de la vida. También en eso poseía gran clarividencia y tanta verdad el «Buda de Frankfurt».  

 

Lima, 31 de diciembre de 2020. 


domingo, 20 de diciembre de 2020

Gamonalismo y servidumbre

 

    He visto por segunda vez La Revolución y la Tierra, el extraordinario documental estrenado en el 2019 y dirigido por Gonzalo Benavente Secco, sobre la controvertida y polémica reforma agraria implementada por el gobierno del general Juan Velasco Alvarado en 1969, decretando el fin de la feudalidad en el Perú. Utilizando un valioso material audiovisual, fotográfico y fílmico, donde vemos imágenes inéditas de la época, fragmentos decisivos de películas de Federico García, Francisco Lombardi, Inés Ascuez, Jorge Durand y otros cineastas peruanos, así como fotografías de Martín Chambi, nos presenta una visión de parte de un acontecimiento que significó un cambio radical sobre las condiciones laborales y personales de miles de campesinos del país.

    Para abordar el tema recoge los testimonios de numerosos especialistas y también protagonistas del hecho, quienes van arrojando luces sobre el mismo a través de breves análisis donde presentan diversos ángulos y perspectivas de una medida que fue y sigue siendo discutida después de medio siglo a propósito de recientes sucesos relacionados con los trabajadores de la agro-exportación en los valles de Ica. Se trata evidentemente del irresuelto problema agrario, inscrito en aquel de mayor calado relacionado al problema de la tierra. Ya José Carlos Mariátegui, el brillante ensayista peruano del siglo XX, había planteado el asunto en su verdadera dimensión, cuando lo define de la siguiente manera: «El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú»; y cuando hablamos aquí de feudalidad estamos hablando del gamonalismo, esa anomalía supérstite que permitió tantos abusos y maltratos a los indios del Perú, mantenido durante buena parte del siglo XX por gobiernos de diverso tipo, sean surgidos de las urnas o mediante la vía de las armas.

    Más allá de los logros o resultados de la reforma agraria, que puede dar lugar a puntos de vista encontrados, pues como está claro no pudo ser completada y quedó trunca, hay un aspecto fundamental que no se puede soslayar, y es el hecho de haber acabado con el oprobioso régimen de servidumbre, de haberle dado al campesino un lugar que hasta ese momento jamás ocupó en la historia oficial del Perú, un objetivo de trascendencia moral que terminó para siempre con esa inicua imagen del indio inclinándose para que el patrón subiera por sus manos al caballo. Humillaciones como éstas se permitieron hasta después de ciento cincuenta años de proclamada la independencia, que por cierto para ese sector de la población peruana no significó absolutamente nada, pues en muchos sentidos empeoraron sus condiciones de vida.

    Además, como dice Antonio Zapata, una reforma agraria no se puede hacer en seis años, pues ella necesita un tiempo mucho más prolongado para asentarse y cuajar, es todo un proceso que requiere la continuación y el compromiso de una verdadera política de Estado que debe ser completada por sucesivos gobiernos democráticos. La afirmación de Hugo Neira de que si no se llevaba a cabo la reforma agraria, el triunfo de Sendero Luminoso era inminente, puede ser discutible, pero no deja de plantear interrogantes e hipótesis sobre lo que habría ocurrido en el Perú sin ese experimento revolucionario. Y que lo hubiese realizado un gobierno militar, aun con la denominación de Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, también nos enfrenta a la frustración permanente de que ningún gobierno, ni civil ni militar como señalé líneas arriba, haya acometido una tarea imprescindible para el desarrollo del país. Aquellos gobiernos que se llamaban democráticos, capitaneados por partidos que decían adscribir al credo liberal, representantes de la pequeña burguesía, no fueron coherentes con su doctrina al mantener intacta una estructura socio-económica propia del feudalismo.

    Si bien el documental presenta sobre todo un enfoque sobre la reforma agraria, con la sola excepción de una persona que discrepa abiertamente con la misma, los argumentos de los entrevistados resultan convincentes sobre las razones para una medida de esa naturaleza, pues era evidente que una realidad como la que atravesaban los indios con respecto a la tenencia de la tierra, sometidos a un trato vejatorio y claramente violatorio de los derechos humanos, no podía mantenerse por más tiempo sin que ello acarreara serias consecuencias, como las que se vio en la década del 80 cuando insurge Sendero Luminoso y desata la violencia terrorista a partir de una concepción dogmática y ortodoxa del marxismo-leninismo, con métodos que el pueblo recusaba y que combatió frontalmente a pesar de que ello le costó ser víctima de la venganza de los subversivos, quedando entre dos fuegos y sufriendo los terribles embates de una guerra desigual que desangró el país dolorosamente.

    Ciertos sectores se han levantado en la sociedad exigiendo su prohibición, o sencillamente intentando sabotear su exhibición en varias salas de la capital, lo que ha tenido indudablemente un paradójico efecto contrario, pues con mayor curiosidad los ciudadanos se han aproximado a saber lo que presentaba en sus imágenes. Otros, más tozudos aún, recayeron en el manido recurso de la descalificación a través del facilista terruqueo, el típico lugar común de los bandos conservadores y ultraconservadores, para quienes todo aquello que no cuadra con su particular forma de mirar el mundo, cae inmediatamente en el tópico vagaroso y simplista de asociarlo al comunismo, verdadero cuco que cual fantasma todavía recorre la obtusa imaginación de algunos cerebros retrógrados y antediluvianos. Sus miembros provienen generalmente de los grupos privilegiados que ostentaron el poder de la tierra durante ciento cincuenta años, y que ahora lo siguen haciendo por otros medios más modernos. Es decir, son los dueños del Perú de los que hablaba ya Carlos Malpica en el siglo pasado, apellidos de familias muy conocidas que se repiten en todos los puestos de mando de los poderes públicos, la banca, la industria, el comercio y toda actividad económica que decide finalmente el rumbo de nuestro país.

    Es bueno que cada uno vea el documental y juzgue por sí mismo, sin anteojeras ideológicas ni prejuicios de ningún tipo, ateniéndose exclusivamente a los hechos que Benavente presenta de una manera contundente y real. Quizá sea una manera de entender una vez más cuál es la realidad del Perú y por qué tantos exigen cambios profundos en sus estructuras económico-sociales, no sólo legales o jurídicas a través de una nueva Constitución, cambios que deben orientarse a la construcción de un país más justo e igualitario, sin privilegios de ningún tipo, menos aún si ellos provienen del dinero que determina la posición económica y social de dominio en una sociedad.

 

Lima, 14 de diciembre de 2020.