domingo, 27 de noviembre de 2022

Pablo querido

 

Ha partido, la mañana del martes 22 de noviembre, Día Mundial del Músico, el gran cantautor cubano Pablo Milanés, figura icónica de la canción latinoamericana. Autor de inolvidables canciones como “Yolanda”, “Para vivir”, “El breve espacio en que no estás”, “Sueños”, “Yo pisaré las calles nuevamente”, “De qué callada manera” y tantas más de una dilatada trayectoria y de un rico repertorio que va desde la canción tradicional de Cuba, el son, pasando por la nueva trova, hasta el feeling, en una carrera de más de cinco décadas consagradas al mundo maravilloso de la música.



Cómo no recordarlo cuando vino al Perú en 1986, para el Cicla, festival de la canción latinoamericana de cortísima vida. En sendas presentaciones en la universidad de San Marcos, así como en el entonces Parque Zonal Túpac Amaru, pude verlo por primera vez, junto a otros representantes notables de la música popular como Silvio Rodríguez y la legendaria orquesta Irakere. El cantor lucía una abundante melena africana y una voz melodiosa y potente, de tintes metálicos. Sus versos y melodías, oscilando entre la ternura y la denuncia, son piezas únicas de una producción que abarca alrededor de cincuenta volúmenes.

Se había radicado en Madrid desde hacía unos años, a raíz de una dolencia oncológica que ha terminado acabando con su vida, mas no con su legado, que ya es inmortal. En el mes de junio de este año realizó una gira por su país, que en rigor sería la última, a manera de despedida, y estuvo sencillamente apoteósico, sobre todo cuando interpretó una de sus composiciones menos conocidas, pero de las más hermosas, como es “Comienzo y final de una verde mañana”, un himno intenso e inigualable al amor.

Su voz seguirá resonando en las estancias más entrañables de nuestra memoria, su poesía persistirá como un cactus indómito en el desierto impávido de estos tiempos extraños en que triunfan en ciertos escenarios los ruidos bastos, baratos e hirsutos, que estoy seguro pasarán a mejor vida como todo lo que impone el mercado y la moda. Pablo, o Pablito, como lo llamaban sus más próximos, también estaba convencido de ello, como lo afirmó categóricamente en más de una entrevista.

Nos ha dejado, pues, un artista excepcional, un hombre que en su actividad musical aunaba calidad, exquisitez y virtuosismo, tres condiciones difíciles de hallar en cualquier época, mucho más en ésta en que, como decía líneas arriba, predomina la ordinariez y el mal gusto. Fue una vida también ligada a los vaivenes políticos del continente, especialmente a los sucesos que marcaron la vida de Cuba, con la revolución y el surgimiento de los movimientos guerrilleros, y con Chile, como consecuencia de la ominosa dictadura de Pinochet y el exterminio de numerosos líderes políticos, como Miguel Enríquez, dirigente del MIR, a raíz de cuyo asesinato Pablo compuso esa conmovedora canción que habla de las calles ensangrentadas de Santiago.

Su obra ya es parte del acervo musical latinoamericano y mundial, al lado de las de Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa y muchos más que son auténticas leyendas de nuestra patria grande. En esa gratísima compañía estará por siempre Pablo Milanés, un creador de cuya pluma brotaban canciones perfectas que engarzaban directamente con el exigente gusto popular. Artistas así cruzan el firmamento de la música muy de vez en cuando, es por eso que cuando se tiene el privilegio de gozar de su presencia y obra, uno no puede sino sentirse agradecido a los dioses por tan valioso regalo.

Adiós Pablo, querido Pablo, hermano, artista, trovador, juglar, te veremos en la eternidad, y te escucharemos hasta el fin para saber que no te has ido, que estás con nosotros porque ya eres parte del sentimiento y la memoria de un pueblo que anhela todavía soñar con los ideales de la libertad y del encuentro armonioso de todos los hombres y las mujeres en una mañana nueva que sea el comienzo de un mundo mejor.

 

Lima, 23 de noviembre de 2022.

sábado, 22 de octubre de 2022

Eterno retorno

 

Con el triunfo de la extrema derecha en las últimas elecciones en Italia, se confirma en el mundo una escalada que se inició tímidamente hace algunos años: las fuerzas más oscuras y nefastas del espectro político están de vuelta, las masas caen encandiladas ante el discurso saturado de promesas demagógicas del neofascismo redivivo. Cuando se cumplen exactamente cien años de la marcha sobre Roma encabezada por Benito Mussolini, hecho que presagió el ascenso al poder de los totalitarismos más siniestros en la Europa del siglo pasado, la candidata del partido Hermanos de Italia, Georgia Meloni, consigue un respaldo inusitado entre el electorado italiano, lo que la convierte virtualmente en la próxima primera ministra del país mediterráneo.

Lo sucedido en la primera vuelta en Brasil recientemente, también acentúa el temor de las fuerzas democráticas ante la eventual reelección del peor presidente que ha tenido el país amazónico, pues ello significaría cuatro años más del desastre en varios frentes que ha signado el régimen de Bolsonaro, una mezcolanza inverosímil de trumpismo y putinismo de la peor factura. Las encuestas que daban un triunfo holgado al candidato del PT, se han visto desmentidas con la arremetida en la recta final del presidente en funciones. Apenas cinco puntos separan a quienes el próximo 30 se enfrentarán en una segunda vuelta que será encarnizada.

Y en el Perú, las elecciones regionales y municipales del domingo 2 de octubre, también la realidad ha sido desoladora. La preferencia por candidatos con serios cuestionamientos ha sido una constante a nivel nacional. Un portal web publicó días previos a la votación la relación de todos quienes están en esa condición. Más que una elección política parecía que estábamos ante la persecución de una lista de buscados por la justicia. Y en Lima, la capital del país, el escenario fue más decepcionante aún, con dos aspirantes al sillón edil que nunca fueron garantía de nada, disputándose hasta el último minuto la mayoría ciudadana. Por fin, el resultado ha sido más o menos previsible: el ganador es un señor con las peores credenciales morales y éticas que uno pueda imaginarse.

La pregunta que es lícito hacerse es por qué una mayoría relativa de la población que ha acudido a votar puede decantarse por un individuo que exhibe sin pudor las taras más reprobables de una persona a estas alturas de los tiempos. Ya hace un tiempo he rastreado y comentado todas las lindezas que acostumbra regurgitar este sujeto en numerosas declaraciones ante la opinión pública. Pero, para resumir, sólo habría que mencionar su misoginia y homofobia, su zafiedad, xenofobia y aporofobia, credenciales que lo descalifican de plano para pretender convertirse en autoridad de nada, mucho menos para encabezar la alcaldía de la ciudad más importante del país. Pero así estamos, a los electores parece que no les importara la personalidad ni la conducta de quienes buscan dirigir sus destinos. El solo hecho de que posea algunos títulos universitarios o alguna otra especialidad técnica no es suficiente para ello, pues se trata de un cargo con un contenido de ascendencia moral y vecinal considerable.

Además, y este es el elemento perturbador que lo hace temible, con su gestión al frente de la comuna capitalina podrá erigirse en abanderado de posturas cuestionables en materia de derechos humanos, protección de comunidades vulnerables y defensa de los intereses de la gente más humilde. Sus antecedentes inmediatos no son precisamente halagüeños en ese sentido, todo lo contrario, cada vez que puede, y cierta prensa se presta para ello, no hace otra cosa que demostrar su ordinariez y vulgaridad más hirsutas; todo su discurso está lastrado de un odio y un desprecio absolutos hacia quienes no piensan como él, con un argumento reduccionista y efectista donde todo gira alrededor de su bestia negra favorita: el “comunismo”, que supuestamente se quiere implantar en el Perú.

En fin, con sentido democrático debemos aceptar estos resultados, pero no puedo dejar de decir que me apena profundamente que la ciudad que elegí para vivir, o tal vez ella me eligió a mí, sea gobernada por un tipo que es el mal ejemplo rampante, la imagen viva de la intolerancia y la zafiedad. Y no es que las autoridades deban ser santas ni impolutas, pero hay límites que no está permitido cruzar cuando se quiere asumir un cargo público de estas características.

 

Lima, 9 de octubre de 2022.

sábado, 24 de septiembre de 2022

La ronda de la muerte

 

Hay ocasiones en que la partida de este mundo de personas que uno conoce se acota apretada en corto tiempo, segadas por la muerte una tras otra con apenas unos días de diferencia. Se trata generalmente de personajes públicos, pues aquellos del ámbito familiar merecen más bien reservarse al fuero privado. En el caso que comento, el disparador fue la mundial noticia del fallecimiento de la reina Isabel II de Inglaterra, hecho de gran repercusión en la prensa de todo el mundo por la relevancia política de una figura que por siete décadas estuvo al frente de una de las monarquías más tradicionales de Europa. Tenía 96 años, vividos intensamente como parte protagónica de las relaciones internacionales de buena parte del siglo XX y de las primeras décadas de éste. Digamos que su muerte era hasta cierto punto previsible, sobre todo por la extensa trayectoria de una existencia que siempre estuvo en el foco de la atención pública global.

El mismo día que se conocía el fallecimiento de la soberana inglesa, nos llega la dolorosa noticia de la muerte de Marciano Cantero, legendario músico argentino, líder emblemático de la banda de rock en castellano Los enanitos verdes, fundada allá por los inicios de los años 80 por un grupo de muchachos mendocinos y de la cual era vocalista, baterista y tecladista. Autor de numerosas composiciones del grupo y figura visible de la misma, lo ha sorprendido la parca en medio de una gira que realizaba por diversos países del continente. Aunque estaba afincado en México desde hace algunos años, había regresado a Mendoza para someterse a un tratamiento de una afección renal que ha terminado acabando con su vida. He sentido mucho esta muerte, la de un artista de una voz inconfundible y mejor persona, querida y admirada por tantísima gente por su natural bonhomía y don de gentes. Una muchedumbre ha acompañado su féretro en su natal Mendoza, como muestra de ese reconocimiento público hacia uno de los exponentes más sobresalientes de la música argentina y latinoamericana.

El tercer bandazo de la odiosa guadaña llegó el domingo 11, cuando revisaba por la noche la edición digital del diario El País de España. Sinceramente no podía creerlo, me sorprendió el anuncio de la muerte de Javier Marías, tal vez el escritor más importante en español de los últimos tiempos. Autor de un buen manojo de brillantes novelas, colaborador desde hace cerca de 20 años del suplemento del mismo diario, La Revista Semanal, articulista de fuste y polémico crítico de cuanto zafarrancho se armara en su país o en cualquier parte del planeta, por obra y gracia de la bendita clase política que no nos deja descansar un minuto. Detector privilegiado de la estupidez humana, se granjeó la enemistad de tanto mastuerzo que no le perdonaba su agudeza argumental, su punzante prosa siempre incisiva contra todos los entuertos y malandanzas de este mundo. En fin, un hombre singular que hará mucha falta en una realidad cada vez más signada por la necedad y la insidiosa mediocridad.

La cuarta estocada provino de Suiza, el martes 13, fecha por lo demás muy sospechosa. Lo cierto es que el cine está de luto, ha muerto Jean-Luc Godard, el abanderado de la Nouvelle Vague francesa, el hombre que revolucionó las pantallas del séptimo arte en los años 50 y 60 del siglo pasado. El suicidio asistido al que ha apelado significa que el gran maestro del cine no ha permitido que le corten la película, sino que, como todo un artista de la filmografía, ha decidido poner él mismo el punto final del guion del largometraje de su vida. Como ya no le veía posibilidades al personaje de la obra, lo ha retirado de la escena en el momento exacto y en el instante justo de una trayectoria de más de medio siglo dedicado a contar y reflexionar con la cámara la propia gesta y sentido de un arte joven del cual fue un indiscutido maestro.

Y para cerrar esta mala racha con que la pelona suele cebarse cada tanto, este sábado 17 ha despertado con el anuncio fatal de la partida de Carmina Cannavino, una extraordinaria intérprete y compositora de música peruana y latinoamericana. Hija de argentino y peruana, vivía en México desde hacía varios años, con un discreta pero importante carrera en el mundo del arte, donde exhibió todo el talento y la virtuosidad de que estaba dotaba, dueña de una voz exquisita que se prodigó sobre todo en la magistral ejecución del repertorio de nuestra queridísima Chabuca Granda, aparte de ser por supuesto pieza obligada en cuanto proyecto musical se embarcaran los músicos que formaban y forman esta pequeña legión de difusores del arte melódico de lo que con sentimiento abarcador llamamos la patria grande.

Todos ellos nos dejan un valioso legado, especialmente los artistas, pues la huella que dejan de su paso por este mundo será imperecedera, recordada por las generaciones sucesivas que tengan el privilegio de acercarse a una obra donde siga viviendo el alma y el genio de tan maravillosos seres que honran a la humanidad.

 

Lima, 17 de septiembre de 2022.

martes, 13 de septiembre de 2022

Werther o el amor romántico

 

Recuerdo la primera vez que leí Las desventuras del joven Werther, allá por los años mozos de la etapa universitaria, cuando la vivencia de lo que solemos llamar amor está a flor de piel, y las preguntas y dudas sobre aquella vivencia nos sumen en una perplejidad que ahonda los tantos misterios que atesora la existencia. Volver a recorrer la historia que narra esta exquisita novela de Goethe, me retrotrae a esos instantes en que, encerrado en mi habitáculo de estudiante, vivía de forma vicaria un drama común a tantos jóvenes de todos los tiempos. Narrada en forma epistolar, el protagonista le va contando a su amigo Guillermo el proceso de su pasión por Carlota, la joven que él conoce en Waldheim, una aldea a la que llega huyendo de la ciudad.


Werther es un muchacho amante del arte, sensible a los encantos y maravillas de la naturaleza, que se ha alejado de la ciudad para vivir en contacto con el campo, dedicado a pintar y a gozar de las delicias del medio natural. Pero al ser súbitamente herido por los dardos envenenados de Cupido, su vida sufre un trastorno que lo va a precipitar, gradualmente, en un fin prematuro. Lo que sucede es que Carlota está comprometida con Alberto, quien está de viaje para resolver algunos asuntos familiares. Lentamente Werther va cayendo bajo el hechizo de los encantos de Carlota, quien acaba de perder a su madre y ha quedado a cargo de seis hermanitos. Su padre es un funcionario que trabaja fuera y ella debe asumir el cuidado de los niños como si fuera su madre. Los dos jóvenes empiezan una amistad que los lleva a pasar muchas horas juntos, unas veces de paseo por los parajes del pueblo, otras por las calles bordeadas de árboles o, simplemente, en la humilde casa de Carlota jugando con los chiquillos que le han tomado cariño a Werther.

De pronto regresa Alberto y es presentado a Werther, ambos se hacen amigos y comparten los tres gratos momentos de alegría y camaradería a la luz vertiginosa de una pasión que va creciendo en el alma enamorada de Werther. Sabe desde el comienzo que su amor por Carlota es imposible, pero nada puede contra esa fuerza turbadora que lo arrastra todo. Lucha por controlar sus sentimientos, mas es evidente que la batalla para él está perdida, pues lo que siente es demasiado impetuoso como para ser sujetado con las frágiles cuerdas de la razón. A veces pierde la calma y se trasluce con nitidez su delirio. Esto ocasiona el distanciamiento gradual con Alberto y las inevitables reconvenciones de Carlota. Nuestro héroe está atrapado en una red de la que ya no podrá salir airoso. Es allí donde comienzan sus penurias, sus intensas tribulaciones que le hacen pensar en una única salida. Las confesiones a Guillermo dan muestras de ello. En la carta del 30 de agosto anuncia su propósito: “No veo para esta miserable vida más fin que la muerte”.

Una vez, Werther y Alberto sostuvieron una pequeña discusión sobre el suicidio. Werther va a salir a pasear por las montañas y pide prestadas sus pistolas a Alberto y, en un momento, casi como jugando, se lleva el cañón encima de los ojos. Alberto se sorprende y amonesta a Werther para que no vuelva a hacerlo. Se sucede un escarceo polémico donde uno sostiene el legítimo desenlace del fin de la vida, mientras el otro replica que eso sería un acto de cobardía, argumento que el joven enamorado rechaza con convicción.

Luego lo encontramos desempeñándose en un cargo con un embajador al que detesta, pero donde encuentra al conde C., quien compensa las odiosas nimiedades del primero. Pero sobre todo conoce a la señorita B., a quien ve un parecido con Carlota y puede contarle ciertos detalles de ella. Pero no son sino simples paliativos, nuestro amigo tiene su corazón y su mente fijos en un objetivo inalcanzable. Nada es capaz de sofocar la pasión que devora sus entrañas. Es conmovedora al respecto la carta del 3 de septiembre: “Muchas veces no alcanzo a comprender cómo puede amarla otro, cómo se atreve a hacerlo, ¡siendo mi amor por ella tan inmenso, profundo y único! ¡No conozco, no siento, no veo más que a ella!”. Y otro día: “Me es suficiente ver sus ojos negros para ser feliz”, exclama embelesado el 10 de octubre.

Quién no se ha estremecido con el roce de unas manos, con el fuego de una mirada o con el aliento aromado de una voz. Quién no ha sido gloriosa víctima de esa hoguera placentera en que arden nuestros sueños y deseos, en que desfallece nuestra voluntad consumida por ese volcán desatado, cuya lava nos sepulta en un vórtice de celestes ensoñaciones y de purpurinas emociones. A eso es a lo que nos convoca la lectura del Werther, la obra más representativa del romanticismo alemán, novela que según dicen fue prohibida al poco tiempo de ser publicada, pues cundió en Alemania una ola de suicidios. Decenas de cuerpos jóvenes aparecían en las riberas de los arroyos o en los lejanos bosques, imitando el trágico final del personaje literario.

La última vez que la ve leen a Ossián, un autor del siglo III según su divulgador, el poeta escocés James Macpherson, la mayor impostura de la historia de la literatura según los datos que se manejan hoy. Luego vendrá el adiós definitivo a Carlota, la solicitud que envía con su criado para que Alberto le preste su pistola, la cena frugal a la luz de un candil en su cuarto, el disparo cerca de la medianoche, el alboroto entre los vecinos y el hallazgo del cuerpo moribundo que a los pocos minutos expirará sacrificado en el altar de Afrodita, la diosa que bendice a algunos con los parabienes del amor y condena a otros con los sufrimientos del mal amor.

Una espléndida historia que se lee con agrado y con empático sufrimiento, compadecidos del arrobo inexorable del protagonista que muere consagrado al ideal supremo que los dioses le han negado, víctima inocente de sus propios delirios que lo consumen hasta la extenuación.

 

Lima, 11 de septiembre de 2022.

sábado, 27 de agosto de 2022

De pie con Salman

 

El criminal ataque a mano armada perpetrado hace unos días contra el escritor angloíndio Salman Rushdie, en un pueblo cercano a Nueva York, nos plantea ahora más que nunca el delicado problema de la libertad de expresión constantemente amenazada por los fundamentalismos y los fanatismos de todo tipo. Desde hace un buen tiempo ya, todos quienes ejercen la labor de comunicar y de pensar a través de los medios y del libro, están en la mira de los poderes siniestros del oscurantismo y del crimen organizado. Periodistas y escritores son el blanco preferido de aquellos que no aceptan un pensamiento ajeno a sus dogmas anquilosados o a sus inicuos planes delincuenciales.

Revisaba la prensa ese viernes 12 de agosto, cuando una noticia en primera plana de la edición digital del diario El País de España me acogotó. Cuando se aprestaba a dar una charla en un centro cultural de Chautauqua, a pocos kilómetros de la colosal urbe estadounidense, un joven de 24 años saltó al escenario y acuchilló repetidas veces al novelista. Heridas profundas en el cuello, el vientre y el rostro lo dejaron ensangrentado en medio del desconcierto general. Un par de guardias de seguridad subieron inmediatamente y sujetaron al atacante, mientras Rushdie era atendido por los organizadores. Un médico, que se encontraba entre los asistentes, le pudo brindar los primeros auxilios indispensables. Enseguida, un helicóptero trasladó al herido a un hospital de Pensilvania para recibir la atención necesaria.

Se sabe que el victimario tiene origen libanés y que habría militado en Hezbhollá, una organización radical islámica que se caracteriza por sus prácticas violentas. Pero la raíz de todo este embrollo viene de 1988, cuando Salman Rushdie publicó su polémica novela Los versos satánicos, donde según los censores musulmanes se ridiculiza y profana la figura de Mahoma, su máximo profeta. Es así que el Ayatholla Jomeini, extinto líder religioso iraní, lanzó una famosa fatwa condenando a muerte al autor del libro. Cualquier musulmán quedaba facultado para acabar con la vida de quien se había atrevido a tamaña blasfemia. Una jugosa recompensa, que al principio rondaba los 500 dólares, esperaba a quien ejecutara la sentencia. En la actualidad, se dice que dicha cifra bordeaba ya los 3000 dólares.

Desde ese momento, Salman Rushdie tuvo que contar con una escolta personal. Su vida pública se restringió notablemente, teniendo que desplazarse, viajar, vivir, en una palabra, con esa permanente protección que inevitablemente coactó su libertad y su tranquilidad. Aún así, se dio maña para seguir su actividad literaria que ya era reconocida internacionalmente. Sus conferencias y presentaciones no cesaron por completo, pero cada vez él sentía esa perturbadora incomodidad de quien no tiene la capacidad de gozar libremente de una existencia como la de todos, por lo que, en algún momento, sobre todo después de la muerte de Jomeini, su seguridad se relajó un poco, lo suficiente como para temer una embestida como la presente.

Lo cierto es que Salman estaba cansado de andar a todos lados con una guardia a su lado. Tal vez era lo natural, pero ante el peligro que corría, no había otra opción que someterse a esas limitaciones. Esa es la razón por la que se radicó en los Estados Unidos, el país que podía brindarle ese margen de libertad que tanto buscaba. Como gran paradoja, ese era justamente el tema de su charla de ese día aciago, en un local que pertenece a una organización que se dedica al cuidado y preservación de los asilados y refugiados. Treinta y tres años pudo burlar el asedio de la guadaña de la intolerancia y el dogmatismo. Cuando todo hacía pensar que la fatwa había sido revocada en la práctica, he aquí que la mano asesina surge inesperadamente y asesta de manera cobarde y alevosa este duro golpe a la integridad física de uno de los escritores más universales de estos tiempos, cuya obra ha sido premiada en numerosas ocasiones y cuya palabra posee el don de la clarividencia ante los males de este mundo.

Un elemento de suprema ironía ha sido conocer la identidad del victimario. Su nombre es Hadi Matar; pues, aunque ese nombre nada signifique en lengua árabe o inglesa, o quizás tenga un sentido muy diferente, en nuestro idioma posee una carga de terrible profecía, como si en su apellido estuviera cifrado el abominable designio de convertirse en el emisario perfecto de una odiosa fatalidad. En fin, un dato curioso de un hecho nimbado por la tragedia.

Una semana después de los hechos se han reunido, frente al local de la Biblioteca Pública de Nueva York, los amigos escritores del autor de Los hijos de la medianoche, para brindarle su apoyo moral y solidaridad frente al artero intento de acallarlo por parte de los esbirros de la sinrazón, de la tiranía y de la muerte. Desde estas páginas me adhiero a esta convocatoria colectiva para demostrar nuestra preocupación y empatía por, en primer lugar, un ser humano víctima de la insania terrorista; y, en segundo lugar, un artista de la palabra que con su creación honra a la especie. Estaremos pendientes de su recuperación, que sabemos será larga.

 

Lima, 23 de agosto de 2022.

sábado, 20 de agosto de 2022

Bogotá era una fiesta

 

Con motivo de la asunción al poder de Gustavo Petro en Colombia el pasado domingo 7 de agosto, surgen muchos símbolos que son importantes considerar para comprender la trascendencia de un hecho de esta naturaleza. Lo primero que debemos destacar es el triunfo, por primera vez en el país de Gabriel García Márquez, de un candidato de izquierda, que alcanza de esta manera la presidencia de la República después de 200 años de gobiernos en manos de las élites de siempre, como ocurre también en el resto de nuestros países de Latinoamérica. Otro rasgo inédito es que se trata de un exguerrillero, integrante del M-19, grupo armado que estuvo en actividad hasta fines del siglo pasado.

Si a esto le añadimos que en la vicepresidencia de la fórmula del Pacto Histórico figura una mujer como Francia Márquez -activista ambiental, feminista, afrodescendiente y natural de la región del Cauca-, el significado de dicho acontecimiento adquiere relieves de histórico, pues sólo ella encarna en toda su dimensión el gran salto adelante por la inclusión en una sociedad eminentemente conservadora como la colombiana. Poseedora de un poderoso mensaje de vitalidad, con un discurso que recoge las viejas aspiraciones de las clases menos favorecidas, con su apuesta rotunda y transparente por la igualdad y la justicia social, su presencia ahora en el poder es un primer ajuste de cuentas con la historia de su país, trajinada por la violencia y víctima de una estructura de exclusión y distanciamiento hacia las genuinas esperanzas de ese pueblo concreto que nombró el presidente en su discurso de investidura.

Desde muy temprano ese domingo las calles de Bogotá se prepararon para la fiesta, numerosos artistas tomaron las principales plazas de la ciudad para demostrar su regocijo y algarabía por la era de cambio que se inaugura con la llegada de Petro a la Casa de Nariño. Hombres y mujeres venidos de los distintos rincones de la patria, se agolparon en la Plaza de Bolívar para ser testigos e invitados de honor de esa jornada singular en que un presidente que representa la vuelta de página después de dos centurias de abandono, accede a la máxima magistratura de la nación para iniciar un período distinto en las vidas y los destinos de millones de colombianos y colombianas que siempre fueron sólo la comparsa anónima y olvidada de tantos gobiernos en todo este tiempo.

El gesto insólito de jurar el cargo y luego dirigir sus primeras palabras acompañado por la espada de Bolívar, traída por su expreso mandato ante la negativa inicial de su predecesor, reúne toda esa carga de gran simbolismo que mencionaba al inicio, pues entraña la presencia de una promesa: ella no podrá descansar en paz mientras subsista ese régimen de iniquidad y oprobio para millones de seres que después de 200 años aún no han podido vislumbrar las bondades de una real independencia y de una vida digna y justa para todos. La espada desenvainada seguirá siendo la imagen acusadora de una tarea incumplida.


Su discurso fue un sólido y rotundo alegato en defensa de los objetivos trazados en la campaña, como por ejemplo las imprescindibles reformas que reclama una población con grandes índices de desigualdad, una verdadera vergüenza y motivo de escándalo moral para cualquier sociedad que se precie de ser democrática, así como su firme propósito de brindar todo el apoyo que requiere la implementación de los acuerdos de paz, que implica tomar en cuenta las conclusiones y sugerencias de la Comisión de la Verdad, cuyo informe final fue entregado hace poco por su presidente, el padre Francisco de Roux.

Así como ocurrió con Chile en marzo, con motivo de la toma de posesión del presidente Gabriel Boric, la llegada de Petro a la presidencia despierta grandes expectativas en toda Latinoamérica, pues no sólo es la promesa de una campaña, sino un inmenso desafío para todo el equipo que llega con él a dirigir los destinos de un país asolado por décadas de guerra civil, por los cárteles de la droga y por una desigualdad clamorosa que es imprescindible restañar ya.

Abrigo firmes esperanzas en que este flamante gobierno pueda avanzar un trecho importante en favor de objetivos tan laudables. Es sin duda lo mejor que ha podido pasarle a Colombia, a despecho de quienes desde sectores retrógrados y reaccionarios de la sociedad siguen anclados en sus prejuicios ideológicos y sectarios que les impide vislumbrar horizontes más amplios y diversos para un país hermano que merece un futuro más justo y equitativo.

 

Lima, 13 de agosto de 2022.

jueves, 4 de agosto de 2022

Imagen del Perú


En 1963 la Universidad Nacional Mayor de San Marcos publicó la tesis doctoral del escritor jaujino Edgardo Rivera Martínez, intitulada El Perú en la literatura de viaje europea de los siglos XVI, XVII y XIII, reeditado el año 2011 por la Fundación Manuel J. Bustamante de la Fuente, libro que he tenido oportunidad de consultar con la avidez que siempre despierta en mí un texto del autor. Subtitulada «Relaciones de corsarios y filibusteros», son observaciones, impresiones e imágenes sobre el Perú de este segmento de viajeros según su ocupación, sobre todo franceses, ingleses y holandeses. El motivo principal de la investigación es, en palabras del propio Rivera Martínez «el estudio del Perú como tema y motivo en la literatura europea, con excepción de la española, en los siglos XVI, XVII y XVIII». La tarea le llevó varios meses de trabajo en las bibliotecas de París, donde realizó sus hallazgos más importantes. La amplia bibliografía que acompaña la publicación da fe de ello.

Lo primero que debemos hacer es distinguir entre pirata, corsario y filibustero, a partir de las motivaciones de cada uno de ellos, aun cuando compartan el denominador común de asaltantes de mar. Mientras el pirata es el bandido que actúa libremente por los mares a la pesquisa de alguna embarcación a la que desvalijar o tomar prisioneros para exigir el rescate, el corsario lo hace bajo la protección de una nación determinada, específicamente de un rey o reina, como fue el caso de Inglaterra durante los siglos mentados. En el caso del filibustero, nombre de origen holandés que significa «el cazador del botín», su acción se circunscribe a la zona del caribe y las Antillas, en la etapa posterior al crepúsculo de la piratería en el Mediterráneo y en las costas adyacentes. Sin embargo, en el libro El filibusterismo (FCE, 1957) de J. y F. Gall, la denominación alcanza a todo aquel que ejerce el dudoso oficio de ladrón de mar.

Un aspecto que sorprende de estas relaciones es que estos corsario, piratas y filibusteros, siendo hombres generalmente pragmáticos y de pocas letras, hayan tenido la voluntad de registrar por escrito sus aventuras, peripecias e incursiones. Esa impresión se atenúa un poco si consideramos que algunos de ellos pertenecieron a la aristocracia de sus países, fueron validos de la corte o caballeros de alguna orden, como es el caso de Francis Drake, el mítico corsario inglés que actuó bajo la protección directa de la soberana de Inglaterra. Otros nombres pueden ser los de Thomas Cavendish y Richard Hawkins, que junto a otros personajes de la misma estirpe aparecen en el libro, mejor dicho, los testimonios de sus viajes por los mares del Sur.

Los apuntes y anotaciones de varios de estos bucaneros recalan en observaciones sobre la geografía de las costas de Chile y el Perú, destacando su carácter yermo y neblinoso, además de las montañas que divisan en lontananza, concluyendo que son las más altas que hayan visto en sus muchas travesías, incluyendo el Pico de Tenerife, tenido en ese entonces como la cumbre más elevada de la Tierra conocida. El autor distingue el estilo seco y objetivo de la mayoría de los textos. Así describen el extenso litoral que va de Chile al Perú. Muestran especial curiosidad por las llamas, auquénidos de paso grácil que transportaban las cargas de los viajeros; las comparan a los carneros europeos, por su complexión y abundancia de lana, y a las mulas por su fortaleza para soportar los trayectos y el peso que llevaban.

Una planicie desolada y desértica, el clima templado y las imponentes montañas divisadas o entrevistas desde la costa, son las comunes impresiones de estos viajeros cuyo objetivo no era precisamente la contemplación estética del paisaje, ni el afán científico por el conocimiento de la geografía y las costumbres de los pueblos donde realizaban sus incursiones. Su avidez y codicia por el oro y la plata, por los tesoros en general, los hacía temibles en las costas por donde cruzaban. Los galeones españoles eran su presa favorita, así como los poblados que encontraban a su paso, los que eran saqueados sin misericordia ni contemplaciones. La ciudad peruana de Paita puede dar testimonio de ello. La leyenda de El Dorado subyacía en la imaginería de estos aventureros codiciosos que asolaban las costas del Pacífico.

Tal vez habría que precisar que las relaciones de los viajeros consignados, según lo reconoce el propio autor, carecían de un interés propiamente literario, siendo las más de las veces apenas notas de una bitácora de marinero, con algunos chispazos y aciertos descriptivos, apuntes de interés histórico para el registro de una época singular de estas tierras, signada por estos personajes más propios de una novela de aventuras, que fueron protagonistas y antagonistas de la historia del comercio marítimo internacional, y que estuvieron vigentes hasta el siglo XIX, cuando merced al desarrollo de la tecnología, entraron en una etapa de obsolescencia y pronto vieron su extinción. También es cierto que sus escritos no nos ofrecen una imagen completa del Perú, pues por razones obvias los piratas no tuvieron ocasión, ni quizás tampoco interés, por incursionar en la sierra y menos en la selva, por lo que sus visiones son parciales y focalizadas sólo a una de las llamadas regiones naturales del Perú. Más allá de ello, el libro se lee con agrado y vivo interés.

 

Lima, 2 de agosto de 2022.