domingo, 26 de octubre de 2025

El infierno de Vallejo

 

El año 2009 el Fondo Editorial del Congreso de la República publicó la novela Vallejo en los infiernos, del escritor norteño Eduardo Gonzáles Viaña, quien venía precedido por una interesante y premiada trayectoria como narrador y periodista, con residencia en los Estados Unidos y profesor de la Universidad de Oregón. Con muchos libros en su haber, se interna en esta ocasión en la vida de nuestro mayor poeta, para recrear los episodios más decisivos de su existencia, como aquel que significó una vivencia central en su devenir humano y artístico.

La novela va tejiendo episodios de la vida del poeta con los versos de sus poemas, datos de su trayectoria existencial, como su nacimiento en Santiago de Chuco, su paso por el Centro Escolar 271, sus estudios en el Colegio Nacional de San Nicolás de Huamachuco y, sobre todo, su reclusión en la cárcel de Trujillo en el año 1920, cuando tenía 28 años, tema principal de la narración. Era el menor de los doce hijos de Francisco de Paula Vallejo Benítez y de María de los Santos Mendoza Gurrionero.

En el colegio de Huamachuco conoce a Humberto Grieve, hijo de un funcionario de las minas de Quiruvilca. Es inevitable pensar en el odiado personaje de su cuento más célebre, “Paco Yunque”, que lleva el mismo nombre en la ficción. Alumno aprovechado y empeñoso, César Vallejo obtenía todos los años cédulas honoríficas -lo que hoy llamamos diplomas- en todos los cursos. Se puede decir que era un alumno brillante, motivo por el cual era mirado con recelo por algunos de sus compañeros. Sin duda que fue la época de donde obtuvo la materia prima para aquel relato que todos los estudiantes del Perú han leído o comentado alguna vez.

En el capítulo 5 –“Soñar con una escuela redonda”- se describe la primera de las grandes injusticias que padecería Vallejo a lo largo de su corta existencia. Es castigado por algo que jamás hizo, el abusivo “capitán” Guerra, encargado de la disciplina del colegio, lo recluye toda una tarde y noche en una alacena del centro educativo. Grieve y su corte lo habían acusado de querer escaparse del plantel. Lo que en realidad sucedió es que el futuro poeta leía al pie de una baranda que daba a la calle, sin ninguna intención de abandonar el lugar; sin embargo, las malas intenciones de una pandilla de gamberros, capitaneada por el hijo de un señor importante de la localidad, lo señaló como su víctima propiciatoria. Vallejo se pasó toda una noche encerrado en ese oscuro rincón hasta la mañana siguiente. Nunca recibió una explicación y nadie pudo hacer nada para esclarecer el asunto.

Posteriormente lo encontramos de ayudante del juez de paz Eleodoro Ayllón. Por un incidente habido con la familia Santa María, un oficialillo de apellido Dubois, buscando su ascenso, encara a Vallejo por su actitud en la detención de Santiago Castillo, el ex ciego y ahora trabajador minero, a quien el joven poeta conocía desde su pueblo natal, donde oficiaba de campanero. Había sido acusado de participar en una asonada. Tendría un fin terrible, asesinado por órdenes de este alférez, sirviente interesado de los poderosos de la región.

También está narrado su encuentro con Rita, la de junco y capulí, su única noche en una posada de la hacienda Menocucho y su separación definitiva, pues los padres de ella harían todo lo imposible por distanciarlos. Vallejo emprende el viaje a Trujillo en 1913, donde trabajará en la hacienda azucarera Roma. La visión del trabajo de los peones marcaría su vida. Luego ingresa, o se matricula, en la Universidad de Trujillo. Allí conoce a Víctor Raúl Haya de la Torre y a Antenor Orrego, líder de la que sería la Bohemia de Trujillo, un grupo selecto de jóvenes con inquietudes artísticas e intelectuales, con quienes comparte Vallejo esos años de formación. Allí estaban, entre otros, Alcides Spelucín, Macedonio de la Torre, Julio Garrido Malaver y Carlos Valderrama.

Luego se narra su encuentro con María Sandoval, sus escarceos amorosos con esta joven encargada de la biblioteca de la Liga de Artesanos de Trujillo. Esta María sería aquella de los famosos versos “tú no tienes Marías que se van”, porque efectivamente ella se fue un buen día, era algo menor que César y constituye su segunda experiencia fallida en estos menesteres.

Es entonces que conoce a María Rosa Cuadra, una niña de 15 años que irrumpe en su vida cuando la ve en una exposición de Macedonio de la Torre. La coquetería y las veleidades de esta jovencita le darían otro dolor de cabeza a Vallejo, quien cree que ha nacido con mala estrella para el amor. Y así, tropiezo tras tropiezo se va encaminando hacia el momento axial en que es enviado a la cárcel por un incidente en que simplemente fungió de testigo. La gente de Santiago, llena de ira, arremetió contra los culpables de los abusos que se cometían contra los trabajadores de las haciendas y, en un acto que se precipitó por acción de las circunstancias, prendieron fuego a la casa de la familia Santa María, la más conspicua de la ciudad.

En todos estos episodios, la figura del alférez Carlos Dubois, la némesis de Vallejo, estaba presente de algún modo. Pero lo que desata la acusación increíble contra el poeta es un hecho sangriento: el crimen de Margarita Calderón, una pastora de Santiago. El alférez es el asesino. Una trama urdida por el todopoderoso Carlos Santa María y Dubois fue el inicio de la coartada para asesinar a las autoridades del pueblo, entre ellos el alcalde y el subprefecto. Fracasó inicialmente por la intervención de un hombre de la ciudad, el negro Lozada, y por el crimen de Antonio Ciudad, amigo de Vallejo.

El poeta se refugia varios meses en las casas de Antenor Orrego y del doctor Andrés Ciudad, hermano de su amigo asesinado. Pero luego es apresado finalmente y envuelto en un amañado proceso que lo mantiene tras los barrotes por varios meses. Aquí conoce a un músico que toca la armónica, quien interpretando piezas de Bach logra amansar milagrosamente a los criminales. Sus amigos se mueven en todas direcciones buscando su liberación, hasta que después de más de cuatro meses el abogado Carlos Godoy consigue el auto de libertad para César Vallejo.

La presión de sus amigos, la solidaridad de las asociaciones de estudiantes y de otras organizaciones gremiales lograron su objetivo. Ya libre, Vallejo se entera de la cruel muerte sufrida por Dubois, ahorcado en las cercanías de Huamachuco. Pero es una libertad condicional la que ha sacado al poeta de la cárcel, es decir, el juicio sigue abierto, y en cualquier momento volverá a reabrirse cuando los interesados lo decidan y terminen hundiendo definitivamente a quien sabían les había plantado cara siempre ante sus iniquidades y latrocinios.

Vallejo fue liberado el 26 de febrero de 1921. El 18 de marzo del mismo año partió para Lima desde el puerto de Salaverry. El 17 de junio de 1923 se embarcó a Francia. Lo que sucedió es que el sobrino de Antenor Orrego, Julio Gálvez Orrego, había conseguido un boleto en barco para Europa para su tío, en la mira de las fuerzas de seguridad por su apoyo a Vallejo y por su voz disidente en una época difícil. Sin embargo, Antenor decidió que ese boleto en primera clase lo cambiase por dos de segunda para que quienes se fueran sean César Vallejo y Julio, pues pensaba que ambos corrían más peligro que él. El caso de Vallejo estaba suspendido, y en cualquier momento podía ser reactivado por los numerosos enemigos que se había granjeado entre los ricos y poderosos de la región.

Es así que, al partir para Europa, llegando a España primero y luego a Francia, donde fijaría su residencia permanente, lo haría con la amenaza de que, si regresaba alguna vez al Perú, tal vez podría ir directamente a la cárcel otra vez, y ahora sí de manera definitiva. Estaba acusado de incendiario por su presunta participación en los sucesos de la casa de los Santa María, situación que era totalmente falsa. Y esa es la razón verdadera por la que nuestro gran poeta se quedó en París hasta el fin de sus días, e incluso su viuda Georgette jamás quiso que sus restos fueran repatriados al Perú, como era el deseo de un grupo de peruanos al cumplirse el centenario del nacimiento del poeta.

Entrañable novela la que ha escrito Gonzáles Viaña, reviviendo los días y tormentos de un peruano universal, acercándonos a su más recóndita intimidad, a través del recurso de la memoria y de la ficción.

 


Lima, 26 de julio de 2025.

Un canto de cisne

 

Durante más de medio año ha aguardado pacientemente en los anaqueles de mi biblioteca la última novela escrita por Paul Auster, el querido escritor estadounidense que nos dejó el año pasado, después de anunciarse que padecía cáncer. Se trata de Baumgartner (Seix Barral, 2024), una espléndida historia que constituye el canto de cisne de un narrador que ha dejado numerosas obras, celebradas por la crítica y el público lector, y que le valieron en su momento ser propuesto para el Premio Nobel de Literatura.

La he leído con gran interés, atrapado por la sugestiva prosa y el estilo llano y fluido de Auster. Baumgartner es un veterano profesor de filosofía ya retirado. Escribe una monografía sobre Kierkegaard. De pronto, una sucesión de accidentes caseros lo llevan a un momento en que tiende su mirada hacia el pasado y empieza a recordar diversos episodios de su vida, como cuando conoció a Anna, una estudiante de 18 años de su barrio, en una tienda de utensilios de cocina, y con quien terminaría casándose. Recuerda su muerte, hace como diez años, en un paseo a la playa y mientras se internaba en el mar para desafiar una ola.

Experimenta lo que él llama el “síndrome del miembro fantasma”, una condición médica que le interesa investigar a raíz del accidente sufrido por el padre de la persona que le ayuda en los quehaceres domésticos, Rosita, quien le ha llamado diciéndole que hoy no podrá acudir a cumplir sus obligaciones por dicho suceso trágico. El hombre ha perdido dos dedos realizando sus labores manuales. El hecho le sirve a Baumgartner de metáfora perfecta para explicarse asuntos más personales y emocionales en relación con la pérdida. Lleva, por ejemplo, al caso de la muerte de un ser querido, cuya presencia podemos sentir en nosotros aun después de pasado el tiempo.

Anna Blume era también una escritora como el marido. Había dejado una cantidad significativa de material escrito en su escritorio. Baumgartner decido revisar algunos documentos como una forma de mantener el contacto con quien ha estado unido por cerca de cuarenta años. Entre los textos hay relatos autobiográficos que repasan sucesos del pasado de Anna que él conocía en general, pero no en los detalles que ahora le resultan reveladores.

Mientras tanto, Baumgartner vive la posibilidad de un segundo matrimonio con Judith Feuer, diecisiete años menor. Ella es profesora de Cinematografía en Princeton, cuyo esposo se acaba de fugar a Nuevo México con una agente inmobiliaria de su barrio. Judith era muy buena amiga de Anna, por lo que ya había compartido momentos y circunstancias con nuestro protagonista. Se esperanza en esta relación, tratando de recuperar el equilibrio después de todos esos años de soledad, pues no ha tenido hijos y vive consagrado a su producción intelectual, como que tiene en preparación un trabajo sobre Merleau-Ponty.

Este profesor de filosofía lleva el nombre de Seymour Tecumseh Baumgartner, o simplemente S. T. Baumgartner, Sy para sus amigos. Cuando muere su padre, descubre a los diecisiete años, el por qué de su segundo nombre, que provenía del que llevaba un jefe Shawnee. La narración transcurre, como ya dije, con una fluidez, dinamismo, soltura y calidez admirables, como debe ser toda buena lectura, dejando en el lector resabios de reflexión y memoria, evocación y sabiduría que se encarnan en el meollo mismo del alma.

Sin embargo, volviendo a la historia, la respuesta de Judith a su propuesta de matrimonio, sume en la decepción a Baumgartner, a pesar de que ambos se quieren y de que ella le ha asegurado que su amor es verdadero. Pesan, sin duda, las recientes experiencias que ha vivido, así como naturales resistencias de fondo, para que ella adopte una postura con mucha cautela, dejando para más adelante una decisión en ese sentido.

Cuando el protagonista regresa a su casa, luego de ese momento desagradable, se siente en su escritorio y escribe un relato corto que expresa los sentimientos que lo embargan. Enseguida, en su jardín, se entrega a evocar las vidas de sus padres y de sus abuelos, recordando la vez que estuvo en la ciudad ucraniana de Ivano-Frankivsk, donde había nacido su abuelo materno, de quien su madre casi nunca le había hablado. Pero sobre todo recuerda la azarosa y ejemplar vida de Ruth Auster, su madre, que se crio con su tío Joseph después que murió su padre y fue abandonada por su madre.

Evocación, ternura, suspenso, son algunos de los ingredientes con los que Paul Auster ha tramado esta hermosa novela con un final abierto que da mucho para la imaginación. Podemos conjeturar lo que pasaría en la vida de Baumgartner con la llegada a su casa de Beatrix Coen, Bebe, una brillante estudiante, licenciada en Literatura, que ha decidido escribir una tesis sobre la obra de Anna Blume, la desaparecida esposa del personaje principal. Mientras tanto, él se prepara para el gran recibimiento que espera brindarle, pero en la ansiedad y el nerviosismo de la espera, cuando apenas faltan unas horas para su arribo, sufre un contratiempo al salir con su auto y aventurarse por las afueras de la ciudad y estrellar su auto contra un árbol.

La esperanza, la pérdida, la tragedia, la memoria, son los temas que presiden esta preciosa historia que discurre con gran suavidad, penetrando en nuestros afectos y recuerdos personales con el aleteo de un fuego entrañable. Un hombre en el último periodo de su vida, con el tiempo limitado que prevé le queda para cumplir algunas tareas pendientes, sólo puede despertar nuestra adhesión y solidaridad antes los últimos reveses que acompañan la vida de todos los seres humanos. Una lectura imprescindible.

 


Lima, 5 de agosto de 2025.

sábado, 19 de julio de 2025

No en mi nombre

 

Frente a la sistemática política de exterminio emprendida por el gobierno israelí contra la población palestina en Gaza, se han alzado muchas voces, no tanto de los líderes políticos de los países poderosos, sino de ciudadanos organizados o espontáneos, de intelectuales y artistas que en muchos puntos del planeta se han levantado para señalar y visibilizar la peor barbarie de nuestro tiempo.

Pareciera que el mundo fuera ciego y sordo ante el inicuo sufrimiento del pueblo palestino. Hay un genocidio en marcha y nadie es capaz de hacer nada para detenerlo. El objetivo del primer ministro del estado judío, Benjamín Netanyahu, y de su cúpula civil y militar, una limpieza étnica en toda regla, se cumple frente a la inopia, la indiferencia, la impotencia o la complicidad de la comunidad internacional.

Y todo ante nuestros ojos, en tiempo real, como la experiencia insufrible del periodista y fotógrafo palestino Abdulraheem Khidar. Alguien, un vecino, le avisa que su familia ha sido asesinada. Al llegar a la que fuera su casa, solo encuentra escombros humeantes. Llama a gritos a los miembros de su familia, pensando tal vez que alguno se haya salvado, pero nadie responde, solo el silencio se impone ante la enorme desolación del hombre atravesado por el dolor. Un crimen más de los mandamases de Tel Aviv.

Yazeen Hammad era una activista palestina de apenas 11 años de edad, influencer a su corta edad, que prestaba ayuda a sus hermanos más necesitados, llevando ropa y comida, especialmente a los niños como ella, para darles por lo menos un poco de alegría en medio de la tragedia. Fue asesinada con su familia en uno de los tantos bombardeos que efectúa indiscriminadamente el ejército israelí.

Trabajadores de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) y de la Media Luna Roja, también fueron emboscados por una patrulla de las fuerzas armadas israelíes y asesinados brutalmente, sus restos echados en una fosa común. Cuál es la culpa de aquellos que brindan ayuda médica y humanitaria a una población asediada por el hambre y las enfermedades. Sin duda de que no eran terroristas, como de forma canalla afirman sus verdugos.

Ha nacido el movimiento de la Marcha Global a Gaza, conformado por médicos, abogados, políticos y medios de comunicación. Partió hace unas semanas al cruce de Rafah, la única entrada posible a la franja. Los participantes fueron hostilizados por miembros del gobierno egipcio, reprimidos por los esbirros de Al Sisi, el tirano en el poder. La mayoría ha debido regresar a El Cairo, habiendo de por medio confiscación de pasaportes, retenciones y deportaciones.

Mientras tanto, se producía la demolición, por parte de la aviación israelí, del único centro de diálisis de la franja, dejando a más de 160 pacientes al borde de la muerte. Sesenta mil asesinados hasta el momento pareciera no importar el mundo entero. El salvajismo y la brutalidad con que actúan los efectivos del Estado terrorista de Israel no tienen parangón; continúa imparable el exterminio, ante la mirada impávida de la comunidad internacional y ante el horror de dos millones de seres humanos atrapados en Gaza.

En diversas ciudades del propio Israel, se han manifestado colectivos ciudadanos opuestos a la política de tabula rasa aplicada por el régimen en la franja. Bajo el lema de “No en nuestro nombre”, muestran su total desacuerdo con los crímenes que siguen perpetrando las fuerzas armadas del estado judío. Al respecto, lo sucedido con la activista judía Einat Gerlit es sintomático. Ella fue encarcelada por negarse a integrar el ejército de su país, ejerciendo su derecho como objetora de conciencia.

Por último, el poeta palestino Nasser Rabah, que escribe sus versos entre los escombros, ha publicado, entre los bombardeos del ejército y la terrible incertidumbre por la sobrevivencia, su último libro: Gaza, el poema hizo su parte. En su poema “Cómo morimos”, leemos estos estremecedores versos: “Cuántos murieron, ya no / importa, cuántos hemos / muerto, no hay memoria para / contar. La guerra es un cielo / feo, música de fondo para un / holocausto repetido. Cuántos / murieron, ya no importa, las / manos quemadas no saben / contar”. Tremendo, el arte eleva a belleza pura el dolor más impío de este mundo.

En gaza comparecen todos los valores de los que Occidente se ha jactado en los últimos siglos. Si el nazismo nos reveló que la criatura humana es capaz de alcanzar, aun con toda su ciencia y su filosofía, niveles inauditos de brutalidad y demencia, hoy, más de ochenta años después, el sionismo nos lo confirma, nada menos que con el aval de uno de los vencedores de aquella refriega sangrienta que puso la humanidad en entredicho. Si hubo un Picasso que dio testimonio artístico de aquello que pasó en Guernica durante la guerra civil española, qué artista estará pintando en estos momentos, me pregunto, el inicuo sufrimiento de Gaza.

 


Lima, 24 de junio de 2025.

lunes, 13 de enero de 2025

La luz a través de los árboles

 Con gran placer he visto una película impensada, o no buscada, cuyo título es Perfect Days (2023), del cineasta alemán Wim Wenders. El original japonés es Komorebi, “luz del sol filtrándose a través de los árboles”, que yo recupero para este breve comentario. Perfect Day es una canción de Lou Reed, cuyas letras aluden precisamente a lo que es la esencia de la película: un canto celebratorio a la vida sencilla y cotidiana. La rutina de Hirayama (Kōji Yakusho), un silencioso y diligente obrero, que labora limpiando los baños públicos de Tokio, se inscribe en ese ideal del budismo zen, centrado en la simplicidad de la vida, en la meditación de la experiencia personal para alcanzar la iluminación. Hirayama, en su modesta cotidianidad, parece encontrar cada día esa luz interior que trae paz y tranquilidad al espíritu.

Se levanta muy temprano, en ese instante límite en que la luz del amanecer va disipando las sombras de la noche. Luego de asearse, alista sus herramientas respectivas y sale en su furgoneta rumbo a los puntos señalados para el trabajo de ese día, no sin antes llevarse de la caja expendedora de bebidas y alimentos de la calle una lata de café para iniciar su jornada, mientras conduce por las calles todavía desoladas de la gran ciudad, escuchando sus casetes con la música de artistas y bandas estadounidenses, ingleses y japoneses de los años 60 y 70, como The Animals, The Velvet Underground, Patti Smith, The Rolling Stones, Van Morrison o el propio Lou Reed. La impresionante House of the Rising Sun acompaña al protagonista en la primera mañana del film, sin duda uno de los grandes temas del siglo pasado, un auténtico clásico del género.

Hirayama, el hombre taciturno y amante de una existencia sin sobresaltos, matiza sus días con la lectura de obras que adquiere en una librería de ofertas de su barrio. Cada noche se lo ve, por ejemplo, leyendo Las palmeras salvajes de William Faulkner, o algún volumen de cuentos de Patricia Highsmith, antes de caer rendido y dormirse en una colchoneta que al día siguiente recoge y acomoda en un rincón, momentos previos a dirigirse a su trabajo. Es aficionado también a la fotografía, como que posee una cámara analógica, esas de antes, cuyo rollo teníamos que revelar al final de su uso. Le gusta captar la luz que se filtra por entre las ramas de los árboles cada vez que se sienta en la banca de un parque a comer su merienda. Eso me recuerda a los versos del poeta Martín Adán, que afirmaba que el sol tiene inquietudes de pájaro entre los árboles.

Cultiva plantas en pequeños maceteros en su modesto departamento, las cuida amorosamente regándolas todos los días. Frecuenta los restaurantes humildes de los mercados públicos, donde se alimenta de manera sobria y frugal. Los fines de semana lleva en bicicleta su ropa a la lavandería, a la par que se pasea por lugares próximos de su barrio contemplando la ciudad, el río y los atardeceres. Acude a ducharse a lugares públicos, donde es observado por dos señores mayores que también son habituales en ellos. Dormir, despertarse, trabajar, bañarse, comer, descansar, leer, son actividades habituales de todo mortal, que Hirayama convierte en rituales de una existencia apacible y armónica.

Hasta que algo cambia cuando una noche, al llegar a su casa, una figura nueva irrumpe en su ritmo vital, una muchachita vestida de colegial que se acerca y le llama tío. Hirayama la reconoce, es su sobrina Niko (Arisa Nakano), hija de su hermana, con quien aparentemente se ha peleado y ha ido donde su tío a buscar refugio. Él la entiende y acepta ayudarla. Niko lo acompañará en sus arduas jornadas limpiando los servicios higiénicos de la ciudad, mientras observa y es testigo de una existencia común y convencional como la de tantos seres que pululan por las grandes urbes del mundo.

Otra característica de Hirayama, que ya quedó apuntado antes, es su preferencia por el mundo analógico, muestra de ello son sus casetes, sus libros y su cámara fotográfica. Cuando un día Niko le pregunta si la música de sus casetes se puede encontrar en Spotify, él le responde dónde queda esa tienda, ante la tierna sonrisa de la chica. Este hombre parco, que vive solo y disfruta de la vida de un modo natural, sin mayores exigencias, se relaciona con la naturaleza directa y sensorialmente, ajeno al mundo virtual en que han decidido vivir millones de personas que han sido capturadas por la apabullante tecnología.

De pronto, después de unos días de vivir en compañía de otro ser humano, al llegar una noche para el descanso merecido, una mujer los aguarda al lado de un moderno auto negro. La reconoce al instante, es su hermana, que ha venido a buscar a su hija. La muchacha la mira con una mezcla de asombro y temor. Los hermanos se acercan y se abrazan, rompiendo tal vez meses o años de un sugerido distanciamiento. De inmediato la madre ordena a Niko que saque sus cosas pues se la llevará. Ella obedece y cuando llega el momento de la despedida, Hirayama hace un esfuerzo para no quebrarse, pero cuando el auto se aleja por la calle, nuestro personaje rompe en un sentido y silencioso sollozo que demuda su rostro y su alma.

Perfect Days es un hermoso largometraje, una oda a la vida diaria, tal como lo eran también las cintas de Yasujiro Ozu, el portentoso cineasta japonés de la primera mitad del siglo XX, de gran influencia en la filmografía de Wim Wenders. El rodaje minimalista, la suave lentitud de las escenas, la fotografía, la banda sonora, contribuyen a darle esa pátina de una obra notable y excepcional de la cinematografía contemporánea.

 


Lima, 12 de enero de 2025.  

Los árboles de la vida

 

En estado de trance hipnótico he recorrido las quinientas páginas del libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco (Siruela, 2019), con el subtítulo de “La invención de los libros en el mundo antiguo”, un enjundioso ensayo que explora en el pasado el momento en que surgió este artilugio que lleva más de dos milenios entre nosotros. La apasionante historia del libro reconstruye el instante en que se forja el proyecto faraónico de formar una biblioteca universal. Los cazadores de libros egipcios al servicio de Ptolomeo II y Ptolomeo III prolongan el viejo sueño alejandrino de reunir todo el saber del mundo en un recinto privilegiado a su servicio.

La temprana muerte de Alejandro truncó este proyecto, habiendo hecho ya traducir todos los libros conocidos al griego. Los Ptolomeos consiguen un sabio discípulo del Liceo de Aristóteles, Demetrio de Falero, para encargarse de la Gran Biblioteca. Demetrio propuso al rey incorporar los libros de la ley judía, para lo cual setenta y dos sabios llegados desde Jerusalén se imponen la tarea de traducir el Pentateuco en setenta y dos días del hebreo al griego. Así nace la famosa Biblia de los Setenta, referencia de tantos investigadores y estudiosos de teología.

Estamos en plena época del helenismo, que es como la globalización de la época. Se crea el Museo de Alejandría, el jardín de Ptolomeo, que reunió a los grandes sabios de ese tiempo. Es el gran proyecto que pretende realizar el sueño de Alejandro, el deseo de poseer todo el conocimiento universal como una forma de afianzar su poder de lo que sería una de las grandes civilizaciones de la antigüedad. Es el hito más remoto de una cronología que discurre siglos perfeccionando un invento que nos ha llevado hasta la actualidad, una era que a pesar de todas las voces apocalípticas que vaticinan el fin del libro, se ha revelado como la confirmación de su increíble vigencia.

La obra está llena de referencias, todas ellas muy interesantes, sobre la trayectoria del libro a través del tiempo, como el inicio mismo, que la autora resume así: “En el tercer milenio a.C. los egipcios descubrieron que con aquellos juncos podían fabricar hojas para la escritura, y en el primer milenio ya habían extendido su hallazgo a los pueblos de Oriente Próximo”. Se refiere al primer material propiamente dicho con que se confeccionaron los primeros libros, hechos con aquellas cañas de los vegetales del Nilo. Era el gran salto, luego de haber el hombre garabateado sus primeras letras sobre piedra, arcilla o madera. Se dice, por ejemplo, que la biblioteca de tablillas de arcilla de Asurbanipal sería el antecedente más remoto de la Biblioteca de Alejandría.

Luego vendría la aparición del pergamino, láminas hechas de las pieles de animales (corderos, ovejas, vacas, cabras) donde se copiaban textos antiguos. La ciudad de Pérgamo, en la actual Turquía, fue cuna de este invento. El rey Eumenes II creó allí una biblioteca que rivalizó con la de Alejandría, cuyo esplendor declinaba. En ellas, la presencia de Homero y su sombra, la Ilíada y la Odisea como textos cuasi sagrados de la antigüedad helénica, era incuestionable. Sin embargo -nos recuerda la autora-, amén de ser compendios de una antigua sabiduría, también encontramos en estas obras rezagos de una “opresiva ideología”, rasgos de machismo y clasismo que en aquella época estaban normalizados y contra los cuales el lector moderno debe andar prevenido.

Hay un dato inquietante que Irene Vallejo inserta en su ensayo, y es lo sucedido con Heigo Kurosawa, el hermano mayor del gran cineasta japonés Akira Kurosawa, que terminó en el suicidio en 1933 al haber perdido toda relevancia su papel de benshi, o narrador del cine mudo, al advenimiento del cine sonoro en la tercera década del siglo XX. Me ha conmovido este triste final de un personaje que los avances tecnológicos tornaron prescindible.

El nacimiento de la escritura con los fenicios, sistema del cual desciende el arameo, madre a su vez de la familia hebrea, árabe, india, griega y latina, es un hecho capital en la evolución de la humanidad; y la invención del alfabeto griego, un prodigioso proceso de simplificación de los sonidos, obra de un genial desconocido, la coronación de una etapa fundamental en la difusión del libro a través de la historia.

Después menciona la singular importancia que tenía para los griegos la paideia, la educación, que convertía sus vidas en obras de arte. Los latinos Varrón y Cicerón tradujeron esa palabra como humanitas, las actuales humanidades, la religión de la cultura y el arte. Enseguida están los inventarios o catálogos de libros, parte de esa obsesión por las listas, por inventariar las cosas, también los libros; así como la analogía entre la pasión del coleccionista y la figura del Don Juan; además de Calímaco de Cirene, el padre de los bibliotecarios; de Aristófanes de Bizancio y su memoria prodigiosa.

Otro hito sería el caso de Endehuanna, la primera persona en firmar un texto con su nombre, una poeta y sacerdotisa sumeria, hija del rey Sargón I de Acad. La llamaron “la Shakespeare de la literatura sumeria”. Asimismo, la excepcional figura de Safo en el mundo griego, la poeta que encabezó la lista de mujeres transgresoras en la civilización helénica, junto con Aspasia, Medea, Lastenia de Mantinea y Axiotea de Fliunte. Habrían conformado un movimiento de emancipación femenina, cada una por su cuenta. La mayor de ellas sería Hiparquia de Maronea. Por el lado de los mitos, Penélope y Circe completan el conjunto de las tejedoras de historias.

De más de un centenar de tragedias escritas por Esquilo, Sófocles y Eurípides, los tres grandes del género clásico, sólo nos han quedado siete del primero, siete del segundo y dieciocho del tercero, siendo Los persas la obra más antigua de la que tenemos el registro escrito, y propiamente la primera novela histórica. Allí, Esquilo describe la reacción persa ante la derrota frente a los atenienses en la legendaria batalla de Salamina. Allí está la visión de Heródoto y su hallazgo de que la división entre barbarie y civilización no es geográfica sino moral, que está al interior de cada pueblo y aun de cada individuo.

El siguiente personaje es precisamente Heródoto y su obra. El creador de las Historias (“pesquisas”, “investigaciones”) era un gran viajero, el primero en tener una mirada más global del mundo antiguo, el primero que pudo atisbar el enfrentamiento que parece eterno entre Oriente y Occidente. En ese contexto es que se produce el secuestro de Ío, la mujer griega raptada por mercaderes fenicios en Argos, siendo llevada a Egipto. De la misma manera el surgimiento del nombre de Europa, quien era la hija de un rey fenicio, raptada por Zeus convertido en un toro blanco, según el mito. Es decir, el nacimiento de Europa, del nombre de Europa, posee un origen oriental. Europa era la hija del rey de Tiro, y al ser raptada por el dios, un hermano de la ninfa, Cadmo, la busca por mandato de su padre, llamándola por todo el territorio a su alcance y dejando su nombre como piedra fundacional del continente.

Entre otros datos de interés menciona el origen de la palabra “libro”, que proviene del latín liber, que es “la película fibrosa que separa la corteza de la madera del tronco”. Este origen vegetal se entronca perfectamente con el nombre que sugiere el título del libro. Asimismo, nos aclara el significado de la palabra “clásico”, que también proviene del latín classici, “terminología específica censal”, y clasis era llamado por los romanos el “estamento más rico de la sociedad”. Y por último el término “canon”, del griego canon, “recto como una caña”, por los tallos de las cañas orientales (Arundo donax). La raíz semítica es en lengua asirio babilonia qanu; en hebreo, qaneh; y en arameo, qanja. Curioso origen de una palabra muy usada en los estudios literarios.

Y así, el texto es un fascinante recorrido por la historia del libro, desde sus primeros soportes, como ya quedó dicho -la piedra, el metal y la arcilla-, pasando por el papiro -hecho de los juncos del Nilo-, hasta la forma tal como lo conocemos hoy en día, hecho del papel que fue otro de los grandes aportes del Oriente. Y su autora, Irene Vallejo, es en la actualidad un fenómeno editorial y literario, catapultada a las primeras planas de los medios de comunicación y de las redes sociales, invitada a las ferias del libro de numerosos países del continente, autora de un verdadero best seller, que vende miles de ejemplares, traducido a muchos idiomas y con numerosas ediciones, es decir, una auténtica estrella en el discreto y selecto mundo editorial.

A contrapelo de su carácter, de tendencia más bien a la reserva y la contención, su obra le ha abierto las puertas de la fama, siendo reconocida por donde va como la culpable de uno de los mejores ensayos publicados en lo que va del siglo. Mientras muchos sufren por conquistar un sitial en el esquivo mundo editorial y social (mal signo de nuestros tiempos: uno publica un libro y no pasa nada, en el entorno donde uno se mueve, que se supone aprecia los valores de la educación y la cultura, el silencio más rancio se impone. Los pequeños jerarcas de aquellos reinos minúsculos que regentan con gran avidez, se afanan por asuntos nimios, expulsados del auténtico mundo del saber y del arte, debido a sus mezquinos intereses tribales), ella ha logrado derrotar todas las barreras y se ha afirmado con justicia entre las autoras más leídas de nuestros días.

Sin duda que este apretado resumen, más bien pesquisas por algunos pasajes del volumen, no le hace justicia a un libro monumental escrito con una prosa magnética. Tal vez el mensaje que subyace a este largo derrotero por la vida de estos árboles simbólicos, sea que una de las peores desgracias de la humanidad es la destrucción de las bibliotecas, y que la literatura sería el bote salvavidas en medio de la catástrofe y de la barbarie de todo tipo.

Los nobles patricios romanos exhibían sus bibliotecas como si fueron autos de lujo. No leían, de lo que se burlaban los sabios y poetas, pero se ufanaban de sus riquezas condensadas en esos valiosos y codiciados tesoros. Los lectores de hoy damos testimonio del triunfo del libro, a pesar de los siglos transcurridos, con la dedicación y devoción hacia su presencia, que por muy modesta que pueda parecer, simboliza la más genuina riqueza que el hombre puede atesorar.

 


Lima, 8 de enero de 2024.

Jugando a las mentiras

 

Nunca me había pasado, en lo que tengo memoria, de acabar un libro en una sola jornada, de una sola sentada, como se dice, en una lectura febril que me llevó a disfrutar el espectáculo, si es lícito utilizar el término en una experiencia de esta naturaleza, con una voracidad desconocida. Sé que muchos lectores suelen practicar este tipo de lectura, práctica que nunca fue mi favorita, pues siempre preferí las lecturas diversas y variadas, ir saltando de uno a otro libro, de autores, épocas y géneros diferentes. Pero creo que esta es la primera vez que me sucede con Los cuentos de la peste (Alfaguara, 2015), de Mario Vargas Llosa, libre recreación de la canónica obra de Giovanni Boccaccio como es el Decamerón.

Decía espectáculo porque la obra es un texto teatral, es decir pensado y escrito para ser llevado a las tablas. Como tal, la obra se estrenó el 28 de enero de 2015 en el Teatro Español de Madrid, con la actuación del propio autor y de actrices y actores españoles como Aitana Sánchez-Gijón, Marta Poveda, Pedro Casablanc y Óscar de la Fuente. La representación fue todo un éxito, siguiendo la estela del anterior suceso que fue Las mil noches y una noche, también inspirada en un texto clásico de la literatura universal. No debemos olvidar que el teatro fue el primer amor literario del escritor, y que si no perseveró en el mismo fue por razones estrictamente circunstanciales.

En la obra del italiano, siete jovencitas y tres muchachos deciden huir de la peste negra, que asolaba Italia en el año 1348, en una villa a las afueras de Florencia, posesión del Duque Ugolino. En Villa Palmieri, encuentran el refugio perfecto, el lugar ideal para salvarse de la muerte a través del recurso inusitado de la fantasía y la ficción, pues en las apacibles jornadas que transcurren se entregarán a los cuentos o historias que cada uno de ellos relatará para hacer más llevaderos los días y como una forma de inmunizarse contra las embestidas terribles de la realidad.

En el caso de Los cuentos de la peste, los personajes son cinco, entre ellos el mismo Boccaccio, el duque Ugolino, Aminta, Pánfilo y Filomena. En el curso de la puesta en escena, cada uno de ellos va sufriendo mudanzas de acuerdo a la historia que se recrea. Han sido seleccionados un puñado de las cien historias que conforman el libro de Boccaccio. Dividido en doce capítulos, repartidos en dos partes, las escenas se suceden con gran agilidad y se leen con una fluidez sorprendente. Es por eso que sus 250 páginas se pasan a gran velocidad, amén de las imágenes que se intercalan en el texto, fotografías que corresponden a los ensayos que realizaron los protagonistas en diciembre de 2014.

Hacía poco más de un mes había concluido el Decamerón, después de cuatro años en que la tuve aparcada, pues a poco más de mes y medio de comenzada la pandemia, el libro cobró una razonable actualidad, por lo que decidí zambullirme en sus páginas, bajo la promesa de esa bullente sensualidad que era materia de los críticos de todas las épocas. Con gran entusiasmo inicié el recorrido por los cien relatos, cuentos o novelas, como dice el autor. La principal dificultad es, sin duda, el lenguaje, una construcción del siglo XIV que ha sido trasladada al español con esa prosa enrevesada y laberíntica que en muchas partes es difícil seguir. Pero las historias son rotundas, conservan todo el gracejo, la picardía y la sensualidad de sus originales, aunque algunas nos parezcan algo ingenuas.

Iba de lo más bien cuando algo me hizo detener, como me ha ocurrido otras veces también. Pero la retomé con fuerza estos últimos meses y gocé hasta el final con las historias increíbles que se cuentan. Experiencia que he empalmado inmediatamente con este libro, o guion diré mejor, de Mario Vargas Llosa para su última obra teatral. Verla en el teatro debe ser una vivencia alucinante, estar frente a cinco seres de carne y hueso encarnando a inmortales entes de ficción.

 


Lima, 28 de diciembre de 2024.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Viajes de palabras

 

Hace exactamente treinta años fallecía en Lima el entrañable escritor Julio Ramón Ribeyro, después de su retorno definitivo al Perú, luego de haber residido largos años en París, donde ocupó importantes cargos diplomáticos en la Unesco como representante del país. Autor de una valiosa colección de cuentos agrupados bajo el título de La palabra del mudo, de tres novelas inquietantes -Los geniecillos dominicales, Crónica de San Gabriel y Cambio de guardia- y de inclasificables textos de aforismos reunidos en los volúmenes Prosas apátridas y Dichos de Luder, así como agudos análisis de crítica literaria en La caza sutil y de un voluminoso libro de memorias que ha denominado de modo insólito como La tentación del fracaso, aparte de un par de obras de teatro -Santiago, el pajarero y Atusparia-, ha cimentado su prestigio literario con una trayectoria insobornable y una vocación plena volcada a la escritura con una modestia y una discreción admirables.

Sin embargo, cuando ya todos pensábamos que todo lo publicado por el autor era lo que figuraba en los catálogos de librerías y bibliotecas, nos sorprende este año el lanzamiento de un volumen que recoge cinco cuentos inéditos hallados por el acucioso investigador, y su biógrafo casi oficial, Jorge Coaguila, hallados entre los papeles de su casa de París, resguardados celosamente por su viuda hasta ahora. Con el título de Invitación al viaje y otros cuentos inéditos (Alfaguara, 2024), se completaría la obra total del eximio cuentista. Si bien los relatos mantienen el estilo y el sello característicos del autor, siempre es una novedad recorrer otros paisajes y otras circunstancias nacidas de la pluma maestra de este creador formidable. Veamos cada uno de los relatos.

En el primero de ellos, que da título al volumen, predomina una atmósfera similar al de su novela Los geniecillos dominicales, un ambiente urbano con ciertos atisbos de campo. Lucho, el personaje central, es un muchacho que abandona su casa por un día para tener una aventura por la ciudad. Va acompañado por Teodoro, quien lo abandona después de un incidente conflictivo entre ambos. Una incursión al fin de la noche, una experiencia que no por fallida dejaría de aportarle lecciones profundas de vida, pues cuando retorna al hogar, es su madre quien lo recibe angustiada, una vuelta que es la búsqueda del refugio seguro ante las amenazas y las tentaciones del mundo.

En “La celada”, el misterio se instala en el cuento al seguir las peripecias del narrador con una vieja amiga, Gladys, con quien se ve sucesivas veces en el departamento de ella en Lima. El protagonista busca cumplir su antiguo cometido de conquistarla, pero el comportamiento de la mujer es extraño, pues unas veces lo recibe de manera efusiva y amable y otras se muestra fría y distante. Además, el visitante siempre vacila cada vez que llega al edificio y en el quinto piso debe decidir qué puerta tocar entre dos departamentos contiguos, si el de la derecha o el de la izquierda. Es como si el eterno femenino flotara en el ambiente, dejando al personaje siempre confundido debatiéndose en un mar de dudas.

El tercer cuento, “Monerías. Solicitud al Presidente”, aborda la situación de un comerciante peruano, Américo Diosdado, que ha iniciado el negocio de la exportación de monos a Estados Unidos, para lo cual ha reunido, con la ayuda de cazadores regnícolas, la cifra escalofriante de mil doscientos simios en una granja en Surco. Los ha traído desde las selvas de Huánuco, San Martín, Amazonas y Loreto. Ha contratado un barco para su transporte a San Francisco, sin embargo, trámites burocráticos le han denegado el permiso, aduciendo que los animales son peruanos, parte de nuestra riqueza natural, y que no pueden ser traficados de esa manera. Es entonces que el hombre le escribe una solicitud al mismo Presidente abogando por su caso. Le pide que se haga cargo de ellos, que siguen llegando desde la Amazonía, acaso atraídos por la sangre, pues de lo contrario no tendrá más remedio que abrir todas las jaulas y dejar que los macacos arrasen la ciudad.

Pierluca es un artista que pasa sus vacaciones frente al mar de Cadaqués, en medio de otros conocidos que va encontrando en la playa, a medida que nada buscando piedras extrañas en el fondo marino. Esa noche tiene una cena en casa de Emilio, un pintor que merodea también por la zona y que debate brevemente con Pierluca sobre las conveniencias o no de un trato con Stanfield, un marchante que debe llegar ese día. En este ambiente relajado, mas teñido de incertidumbres, transcurre el relato “Laceraciones de Pierluca”. Este escultor se apresta a exponer en París y Nueva York, y por eso aguarda al agente norteamericano. Al final, ante la mirada de Iria, su mujer, y sus hijos, desde el peñasco más alto se zambulle en el mar. Enzo, Carlo, lo celebran y aplauden, esperando que emerja por la roca del fondo, pero es en vano, mientras Iria sólo esboza una mirada silente.

En el último cuento, “Espíritus”, se escenifica una extraña sesión de espiritismo, con la aparición de un objeto metálico como signo misterioso de la supuesta invocación que Pedro, uno de los amigos del narrador, realiza a su abuelo para averiguar la ubicación de un tesoro familiar, producto de una herencia que no se dio. Un día, en una reunión de amigos en París, uno de los invitados, que era folclorista y etnólogo, ante la vista del objeto olvidado en una mesa, le ayuda a salir del enigma.

Siempre es refrescante hallarse ante la vigencia y actualidad de un artista que se ha ganado un lugar especial en el panteón de la literatura nacional. Más allá de estos nuevos textos, cuyo atractivo es innegable, está la figura de un hombre que después de tres décadas de su partida, sigue estando con nosotros merced a su virtuosismo narrativo y a su talante de escritor de raza.

 


Lima, 1 de diciembre de 2024.