domingo, 21 de abril de 2013

De indultos e insultos


     La escena política peruana se ha conmovido desagradablemente ante las recientes revelaciones de un verdadero carnaval de indultos, suministrados por el ex presidente Alan García durante su segundo gobierno. Se trata del más grande paquete de gracias presidenciales de que se tenga memoria y cuyos mayores beneficiarios han sido, sospechosamente, muchísimos internos que purgaban penas por delitos de narcotráfico.
     Ante las denuncias periodísticas que sacaron a luz las investigaciones que lleva a cabo la Megacomisión del Congreso de la República, líderes prominentes del partido, incluido el mismo involucrado, no han tenido mejor respuesta que descalificar a los miembros de dicho grupo de trabajo, o lanzarse directamente a la yugular del entorno más próximo de Palacio de Gobierno, como si ellos tuvieran algo que ver con los desaguisados perpetrados por la omnímoda arrogancia de un ex mandatario con ínfulas de emperador.
     En medio de otra discusión, planteada en torno a las indecorosas presiones –con Cardenal incluido- para que ese beneficio alcance al ex presidente Fujimori, resultan vergonzosamente coincidentes los destinos asimétricos de dos figuras políticas del país que alguna vez ejercieron el máximo cargo de la nación. Pero si en el caso del reo de la Diroes la situación es clamorosamente patética, pues legal y moralmente el indulto no le corresponde, en el caso de García es abiertamente descarado, pues administró esa potestad a diestra y siniestra en pro de militantes de su partido que una vez libres volvieron a delinquir.
     Pero lo realmente grotesco e inmundo es que la comisión respectiva que debía servir de filtro para la decisión presidencial, es decir que recomienda los casos que directamente ve el presidente, estaba presidida y conformada –al menos parcialmente- por miembros del partido aprista que habían sido ya juzgados y sentenciados por los mismos delitos. Una auténtica e infame paradoja de dimensiones universales.
     La interpretación, que han hecho los concernidos en el escándalo, es que se trataría de una persecución contra el líder aprista y eventual candidato para las presidenciales de 2016, lo cual es una manera, consabida entre los seguidores del partido de la estrella, de desviar la atención del problema central, además de constituir un ridículo intento de victimizarse frente a tan graves acusaciones que deben merecer una profunda investigación y, si se encuentran indicios de culpabilidad, una sanción ejemplar que lo inhabilite para ejercer cargos públicos por el tiempo que la ley prescriba.
     Es el triste colofón de un movimiento político que nació enarbolando las banderas de la justicia social y el cambio revolucionario, que fue perseguido durante décadas y que vivió en las catacumbas; pero que repentinamente se ha ido mimetizando a las viejas estructuras oligárquicas que han predominado secularmente en el Perú, pactando vergonzosamente con las fuerzas conservadoras y, ahora, prestándose al juego sucio de amparar desde el poder a cabecillas de bandas delincuenciales que medran con el tráfico ilícito de drogas. Esperpéntica metamorfosis del Sólido Norte a la banda de Los Norteños. Todo un símbolo de la siniestra delicuescencia moral de un sistema político en tiempos de la globalización y la era digital.
     Los indultos repartidos a manos llenas constituyen un mayúsculo insulto a la dignidad y la ética de toda una nación, hecho inicuo que no debe jamás pasarse por alto a la hora de considerar las futuras opciones para elegir a nuestros representantes democráticos. La justa y valedera memoria histórica debe erigirse en la certera brújula al momento de ponderar las capacidades y virtudes de quien ha de conducir la nave del Estado en el próximo periodo presidencial. Que nadie se llene la boca hablando de persecución donde simplemente existe una labor de limpieza moral y de aplicación prudente de la justicia, pues los que cometieron fechorías o avalaron la perpetración de latrocinios en nombre de la patria, no merecen tener una nueva oportunidad para ocupar un cargo para el que ética y moralmente están descalificados.

Lima, 20 de abril de 2013.   

martes, 16 de abril de 2013

Cuentos del llano


Todos sabemos que la gloria literaria de Juan Rulfo, ese extraordinario narrador mexicano, está cifrada en sus dos únicos libros: Pedro Páramo, novela fantasmagórica de gran originalidad; y El llano en llamas, colección de cuentos de magnífica factura estilística, que le fueron suficientes para ingresar como miembro de pleno derecho al Parnaso de los grandes creadores del idioma.
     Diecisiete relatos componen el volumen, todos ellos de un valor muy parejo, narrados en esa prosa coloquial en la que Rulfo es un consumado maestro. Teniendo como telón de fondo los azarosos años del México posrevolucionario, y en medio de esa atmósfera de convulsión y desesperanza que caracterizó los primeros tanteos de un movimiento que cuajaría más adelante como uno de los fenómenos más decisivos del país de Sor Juana Inés de la Cruz y Frida Khalo, de Octavio Paz y Carlos Fuentes, de Ramón Vargas y Rolando Villazón.
     “Macario” es el relato nostálgico de un hombre que sigue añorando la leche dulce, como las flores del obelisco, que bebía de niño de los pechos de Felipa. Hay algo de sentimientos edípicos no resueltos en este recuento de afectos y recuerdos de infancia. En “Nos han dado la tierra”, tres hombres llegan a un llano donde les han prometido extensas posesiones de tierras, pero yermas, minuciosamente estériles, como su esperanza.
     En “La Cuesta de las Comadres”, asistimos a la confesión de un crimen. El protagonista nos cuenta en primera persona, cómo mató a un tal Remigio Torricos, quien había ido a pedirle cuentas por la muerte de su hermano Odilón. “Es que somos muy pobres”, nos presenta el lamento de un hombre por la pérdida de una vaca que su padre había regalado a su hermana Tacha. La preocupación es porque este hecho determinará que ella corra la misma suerte de sus hermanas mayores, que se fueron de pirujas (prostitutas).
     “El hombre” es la historia de una persecución y varias muertes. El personaje principal huye porque ha cometido diversos crímenes, y es seguido de cerca por otro que le pisa los talones para hacerse justicia. Pero el hombre es hallado muerto por un campesino, borreguero para más señas, a quien involucran en el caso. “En la madrugada” presenta la historia del viejo Esteban, quien llega a San Gabriel arreando sus vacas. Luego sucede la muerte de don Justo, y Esteban va a parar a la cárcel, acusado de haberlo matado.
     “Talpa” es el relato sobrecogedor de la muerte de Tanilo, llevado por Natalia, su mujer, y por su hermano, quien narra la historia, a curarse de unas llagas ante la Virgen de Talpa. Realiza el peregrinaje hasta la extenuación, el suplicio y la muerte, cometida por el hermano y por Natalia, pues ambos querían librarse de Tanilo para juntarse. Pero la culpa y el remordimiento se los impide. En “El llano en llamas”, cuento que da título al conjunto, un bandolero apodado Pichón evoca los años de la revolución al lado de Pedro Zamora; pero es en “Diles que no me maten” que el curso de los hechos adopta un aspecto inusitado. Nos presenta la historia de Juvencio Nava, perseguido durante más de treinta años por haber asesinado al padre del comisario. Había vivido escondido en el monte y, cuando es capturado, pide a la autoridad piedad. Encarga a su hijo Justino que les diga que no lo maten, y cuando finalmente es ejecutado, él va a recoger sus restos.
     “Luvina”, décimo cuento del libro, es la descripción del purgatorio. Bebiendo unas cervezas, el lugareño le informa a un forastero que va para allá, cómo es Luvina, su gente y su forma de vida. Al final se queda dormido. El siguiente, “La noche que lo dejaron solo”, narra la huida de un muchacho junto a dos hombres más viejos. Éstos son capturados y colgados por los soldados, mientras Feliciano Ruelas observa desde su escondite y vuelve a escapar hacia la llanura.
     “Acuérdate” es la semblanza de un ahorcado, Urbano Gómez, a quien el narrador nos presenta en segunda persona como alguien conocido por todos, y cuya muerte es el colofón de una vida signada por la violencia y el crimen. En “No oyes ladrar los perros”, un hombre lleva sobre sus hombros a su hijo herido. Van a Tonaya; han cruzado el monte y no oyen nada que les haga sospechar que están cerca. Es de noche, y el viejo le recrimina al hijo sobre sus malas andanzas, la vergüenza que siente por él y la maldición que ha lanzado a la sangre que lleva. Al fin llegan al pueblo y suelta al hijo, que cae como descoyuntado, y en ese preciso momento ladran los perros.
     “Paso del Norte”: un hombre decide irse del pueblo porque su situación es dramática. Tiene mujer y cinco hijos. Va donde su padre para encargárselos; éste se niega, pero al final acepta a regañadientes. Una balacera en el trayecto impide que el hombre cumpla su objetivo, y cuando vuelve, el padre le da la mala noticia de que su mujer se ha ido con un arriero y que se ha quedado sin casa, pues la ha vendido para cobrarse los gastos.
     “Anacleto Morones” es una historia sorprendente, como muchas otras del libro. Un grupo de diez viejas llegan en comisión para llevarse a Lucas Lucatero con destino a Amula, para que testimonie sobre los milagros del Niño Anacleto, de quien por cierto es su yerno. Pretenden convencerlo, pero una a una va desistiendo y retirándose ante la resistencia de Lucas a acompañarlas. Al último solo queda la Pancha, quien le ayuda a amontonar las piedras de la sepultura de Anacleto Morones, cosa que ella y todos desconocían. Pasan ambos la noche y, al despedirse, la Pancha le deja la estocada letal de un comentario irónico y descalificador para las habilidades viriles de Lucas.
     “El día del derrumbe” rememora el terremoto ocurrido en Tuxcacuexco, la llegada del gobernador y su barroco discurso cantinflesco. Termina la ceremonia a balazos, que un borrachito dispara a mansalva. El narrador recuerda el día exacto del fenómeno porque su mujer había dado a luz en ese día.
     Cierra la colección “La herencia de Matilde Arcángel”, que cuenta lo ocurrido a Euremio Cedillo y su hijo del mismo nombre, a quien odiaba, tal vez por atribuirle la culpa de la muerte de la madre, Matilde Arcángel. Un día pasan unos bandidos por el pueblo. Luego de unos días, pasan tropas del gobierno persiguiéndolos. Euremio grande se alista en la tropa porque tiene una cuenta pendiente con uno de los bandidos. Una noche se siente que regresan galopando; al poco rato se presenta Euremio el hijo tocando su flauta, montando el caballo de su padre que yacía muerto en la silla.
     Espléndido puñado de cuentos que consagraron a su autor como uno de los más eximios exponentes de la narrativa contemporánea, tanto por la riqueza expresiva de su prosa, como por el diestro juego con la intriga y la expectativa que logra crear en el lector, convirtiéndolo en su perfecto cómplice en el desarrollo de las tramas y su sorprendente desenlace.
                                                     
Lima, 10 de abril de 2013.

martes, 2 de abril de 2013

Ensayo sobre la lucidez


     Aliviados por los resultados del domingo 17 de marzo pasado, en que estuvo a punto de triunfar la opción más regresiva y nefasta, que le hubiera inferido a la democracia y a la civilidad un daño quizá irreparable, podemos reflexionar con mayor tranquilidad sobre el destino inmediato de nuestra ciudad, ese espacio común de los nueve millones de habitantes que vivimos en ella.
     A pesar del apretado margen de diferencia que proyectan los resultados oficiales, lo cierto es que se ha impuesto la cordura y la sensatez, que en los últimos días de la campaña, cuando ya no era posible publicar los sondeos de las encuestas, ha inclinado finalmente el fiel de la balanza ciudadana hacia el lado de la decencia y la honestidad, dejando con los crespos hechos a tantas figuras y figurones del espectro político, que ahora sólo les queda lamerse las heridas en el rincón de su propia ambición derrotada.
     Quieren contentarse los perdedores haciendo interpretaciones antojadizas y amañadas, como decir por ejemplo que el triunfo de Susana Villarán es pírrico, que lo ha hecho a costa del sacrificio de todos sus regidores, y que el gran vencedor de la jornada ha sido en verdad la derecha representada por el PPC de Lourdes Flores. Se engañan de manera ingenua, como esos niños que jamás aceptan perder y tratan de devaluar a como dé lugar el triunfo de su contrincante.
     Si el objetivo central de los revocadores era lograr la vacancia de la alcaldía, defenestrando del cargo a Susana Villarán, para adelantar las elecciones que ellos veían con angurria y desesperación, y ello no ha sucedido, entonces, cómo llamar a eso: lisa y llanamente, una derrota en toda ley. Ahora, es cierto que se puede discutir las consecuencias de la consulta, la nueva composición de la comuna a raíz de algunos cambios que tendrían que hacerse; pero ello no quita un ápice que los grandes derrotados han sido los promotores en la sombra como García y Castañeda, y todas aquellas cabezas visibles, como el inefable Marco Tulio Gutiérrez, que apostaron por un objetivo a todas luces absurdo, inútil e injusto.
     Aun los que éramos pesimistas y escépticos por los resultados de la consulta, hemos recibido con gran alivio y esperanza esta respuesta ciudadana llena de lucidez y tino justiciero. La campaña por el No había logrado calar en la conciencia de miles de personas que fueron bombardeadas día y noche por las mentiras y las infamias de los voceros del Sí.
     Resta en adelante trabajar mancomunadamente, labor de todos quienes realmente aspiran a mejorar las condiciones de vida en la capital, atacando los múltiples problemas que la aquejan. La solución del problema del transporte está encaminado, solo espera de nosotros la paciencia y la colaboración para que el rumbo no se detenga; las obras emprendidas en diferentes puntos de la ciudad seguirán su curso normal, y la sensación de transparencia y honradez nos dará la suficiente confianza para aguardar un gobierno edil sin sobresaltos hasta el fin de su mandato.
     Si quisiéramos obtener lecciones positivas de la jornada popular de aquel domingo, podrían surgir interesantes conclusiones con respecto a la imagen restaurada de una autoridad municipal muy magullada en los últimos tiempos, como por ejemplo reimpulsar los proyectos que venían llevándose a cabo, pero con el agregado de difundirlos mucho más eficazmente; aceptar la lección de que un gran sector de la población no percibe la realización de dicha obra por la carencia de un adecuado canal que comunique los logros e informe continuamente sobre la marcha de los trabajos.
     En relación a los grupos de izquierda que se han visto cuestionados, tanto por la iniciativa en sí, como por unos resultados evidentemente aleccionadores, ha llegado la hora, creo, de replantear los términos de sus alianzas, o dar un giro significativo a su débil entronque con aquellos sectores populares que lógicamente deberían haber constituido sus cimientos sociales e ideológicos en una justa electoral como la vivida.
      Queda, en fin, entender que los cambios emprendidos tienen como único objetivo el ordenamiento de una urbe caótica y que amenaza salirse de sus cauces ciudadanos de convivencia, tarea que sólo podrá llevarse a buen puerto con el concurso decidido y comprometido de cada uno de nosotros, pues a fin de cuentas es a nosotros a quien incumbe directamente el destino de este espacio de confluencia en el que cotidianamente trazamos el inverosímil destino de nuestras existencias.

Lima, 2 de abril de 2013.

lunes, 25 de marzo de 2013

Fumata blanca


     La elección del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio como el flamante Papa Francisco, ha suscitado una serie de reacciones en la prensa internacional, además de los lógicos entusiasmos de quienes abrigan esperanzas por el hecho de ser el primer latinoamericano que accede a un cargo de esa magnitud en la Iglesia Católica, en el sentido de cuestionar algunos aspectos de su pasado a raíz de serias denuncias que se han documentado en su país de origen.
     El número 266 sucesor de Pedro en la silla vaticana ya había figurado entre los primeros lugares en la elección anterior, que dio como resultado la entronización de Benedicto XVI. Casi era previsible, entre los más experimentados vaticanistas, la final designación de este primer jesuita que logra ocupar el máximo sitial en la rígida jerarquía de una iglesia que hace denodados esfuerzos por no perder su vigencia en un mundo lanzado a un vertiginoso proceso de secularización.
     El periodista argentino Horacio Verbitsky, en su libro El silencio, ha hurgado en los entretelones del caso de la desaparición, vía secuestro, y posterior tortura de dos sacerdotes jesuitas, Francisco Jalics y Orlando Yorio, durante los ignominiosos años de la dictadura militar argentina, a manos del no menos siniestro jefe de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), Emilio Eduardo Massera. En esa ocasión el padre Bergoglio era el superior de la orden, y como tal, el primer llamado a brindarles protección a quienes, según todos los indicios, dejó totalmente desprotegidos.
     Y aunque ambos religiosos -Jalics vive actualmente en Alemania y Yorio falleció hace unos años- han superado ese penoso incidente de sus vidas, o mejor dicho, han dado por concluido el terrible suceso a través del perdón, eso no exime de culpa la actuación tibia, por decir lo menos, de quien debió asumir una defensa más férrea y comprometida con sus propios hermanos de congregación.
     Fue la misma época en que se produjo la sospechosa muerte del obispo de Mendoza, Enrique Angelleli, también jesuita, y quien seguía con mucho interés el destino de Jalics y de Yorio, empeñando en ello su propia seguridad y hasta su propia vida. Al parecer, nada dijo ante esto el padre Bergoglio mientras los sátrapas argentinos convertían al país del plata en un inmenso campo de concentración.
     El periodista argentino,  radicado muchos años en el Perú, Guillermo Giacosa, también ha contado cómo mataron a 14 de sus amigos, y cómo él mismo tuvo que exiliarse para no correr la misma suerte. Eran, pues,  los turbulentos años que van de 1976 a 1983, cuando el general Videla y sus compinches, la mayoría de ellos hoy procesados y sometidos a juicio, perpetraban sus crímenes y asolaban con sus secuestros, desapariciones y torturas a miles de opositores, o a quienes simplemente creían opositores.
     Existe igualmente la versión del Premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel, quien en recientes declaraciones ha exculpado al arzobispo Bergoglio de las acusaciones que pesan en su contra, manifestando por lo contrario que fue él quien, gracias a sus buenos oficios, consiguió el salvoconducto para que muchos miembros de la orden perseguidos por el régimen, u otros simples compatriotas, pudieran encontrar refugio en el extranjero. Han dado testimonio de esto un sacerdote español y un exactivista uruguayo, para contrabalancear las acusaciones en el otro sentido que viene recibiendo el papa.
     Los católicos deberán estar atentos a la conducción de las riendas pontificias, en medio de tantos problemas que debe enfrentar ahora el papa Francisco, y que propiciaron la dimisión intempestiva de Benedicto XVI. Los numerosos casos de pederastia, del cual son acusados integrantes del clero; el dédalo de las cuentas vaticanas y la corrupción imperante al interior del Instituto para las Obras de Religión (IOR); las finanzas sucias de los bancos ligados al Estado Pontificio, son algunos de los grandes desafíos que pondrán a prueba las agallas y la muñeca de Francisco, un hombre que posee una vasta experiencia pastoral y que es reconocido también por su compromiso con los valores esenciales del cristianismo original, como son la pobreza y la caridad.
     A pesar de su talante conservador, el nuevo Obispo de Roma ha imprimido a sus recientes actos un aire renovador que deja amplios espacios para la esperanza; mas en aquellos aspectos que competen a la ortodoxia católica, es difícil que pueda realizar esos cambios que exige a gritos un mundo cambiante, pero que serían los únicos que pondrían a la iglesia verdaderamente a tono con los tiempos.

Lima, 23 de marzo de 2013. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

La novela de Chávez


La muerte, en olor de multitud, del presidente venezolano Hugo Chávez, es uno de esos fenómenos políticos contemporáneos que dejan  una cantidad importante de interrogantes sobre el significado de ciertas figuras latinoamericanas que logran cosechar tanto fieles seguidores, hasta se diría fanáticos prosélitos, como furibundos detractores. No en vano se le ha comparado con caudillos históricos como Perón y Torrijos, emblemáticos líderes de masas que también están envueltos por la aureola de la controversia y la polémica.
     Durante los cerca de catorce años en que fue no solo el presidente de su país, sino la figura indiscutida del panorama político latinoamericano, Hugo Chávez siempre estuvo en el centro de las discusiones ideológicas entre quienes veían con simpatía sus posturas confrontacionales  y sus desplantes a personajes ligados a los intereses de los Estados Unidos, y aquellos que denostaban con acritud su flamígero verbo y su retórica antiimperialista como formas que encubrían, y a veces revelaban, sus ínfulas de dictador.
     Sin duda que se puede discutir hasta el infinito sobre la real naturaleza política del fallecido presidente llanero, si fue o no un dictador, si encarnó fidedignamente el ideal bolivariano, como él tantas veces lo proclamó, o si las políticas que implementó en Venezuela le dieron verdaderamente en el gusto de la necesidad a ese pueblo que siempre buscó servir con toda la riqueza que disfrutó y disfruta esa nación,  tocada por la fortuna de sus ingentes recursos petroleros.
     Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con su actuación al frente del país de Rómulo Gallegos y de Simón Bolívar, incluso se pueden cuestionar algunas de sus decisiones con respecto a la libertad de prensa o las libertades en general que tomó y ejecutó desde su despacho en el Palacio de Miraflores, o las medidas económicas implementadas a contrapelo de las políticas neoliberales en boga y sus discutibles consecuencias, pero siempre quedará enhiesto el perfil del político, de los pocos en el continente, que le plantó cara del modo más desafiante a los poderes establecidos.
     Haberles dicho en su cara, a los representantes del sistema, las verdades que tantos lo piensan pero no lo dicen, o que lo dicen pero no trascienden de los modestos reductos de su entorno, es un atrevimiento que muchos no le perdonan ni le perdonarán nunca. Quizá en algún momento pudo caer en la fácil provocación o en la franca diatriba, pero ese era su estilo pues, mal que nos pese; cada quien lo hizo a su manera, verbigracia Fidel Castro o Salvador Allende, mas la esencia era la misma, ese fondo indignado que le espetaba a la gran potencia sus abusos y sus tropelías, que le señalaba sus flaquezas y sus miserias.
     El comandante vencido por el cáncer no era un intelectual, aun cuando en sus discursos brillaran algunos destellos de elocuencia oratoria; tampoco era un ideólogo, a pesar de sus intentos por demostrar que sus acciones se inscribían dentro de lo que él denominaba el socialismo del siglo XXI, doctrina que jamás perfiló ni menos definió teóricamente; menos aún se le podría equiparar con su admirado héroe e ícono mayor de América Latina: Simón Bolívar.  
     El caso de Hugo Chávez pasará a la historia como uno de los emblemáticos ejemplos de un autócrata que, agarrado del populismo, quiso torcerle el cuello a una inveterada costumbre de favorecer a los que siempre han tenido, practicado por sucesivos gobiernos a lo largo de la historia republicana. Y el chavismo, su legado político partidario que ha arraigado en los sectores de mayor pobreza de Venezuela, podrá tener la vigencia que su líder pronosticó en tanto subsista ese compromiso de los herederos que quedan, a pesar de todo. No es difícil advertir la dramática situación por la que atravesará el movimiento en los tiempos que siguen, mas la ligazón tan estrecha que ha establecido con ese pueblo reivindicado, será el puntal clave de su permanencia en la escena política venezolana.

Lima, 18 de marzo de 2013.

lunes, 11 de marzo de 2013

¡NO!


     Estamos ad portas de presenciar uno de los sucesos más bochornosos, antihistóricos y políticamente perjudiciales para la ciudad de Lima y sus 9 millones de habitantes. La absurda campaña para la llamada revocatoria, cuyo objetivo central es traerse abajo la gestión edil de Susana Villarán, tiene visos de alcanzar un triunfo que terminará sepultando los últimos vestigios de decencia, honestidad y calidad democrática que ha sido el mejor señuelo de la alcaldesa en estos dos años de administración municipal.
     No se trata de defender tampoco a rajatabla la labor que al frente de la Municipalidad de Lima viene llevando a cabo la lideresa del Frente Social (FS), sino de contrastar con los intereses en juego que se mueven bajo la manga y los bolsillos de esa sarta de mafiosos y corruptos que muy bien se han parapetado tras la campaña a favor de la revocatoria para luego poder medrar a sus anchas.
     Desde luego que ha habido errores que se han cometido en la actual administración, pero esto igualmente ha sucedido en periodos anteriores, y a ninguno de los que ahora hacen tanta alharaca se les había ocurrido plantear una medida como la de ahora. Además, no existen razones de peso, decisivas, contundentes, clamorosas, para exigir la vacancia del sillón municipal. Pues ha bastado el simple capricho de un grupo de personajillos siniestros, y una ley a todas luces imperfecta y contrahecha, para disparar este engendro de proceso que se apresta a coronar la ignominia más trapacera de los últimos tiempos.
     Leyendo todas las sandeces que han dicho los promotores del Sí, como la que profirió hace unas semanas la vocera aprista de la revocatoria, la exministra y excongresista Nidia Vílchez, compruebo, espantado e indignado, que quienes están a favor de esta innoble causa son, en su gran mayoría, gente sin escrúpulos, para quienes, como lo indicaba claramente el polémico Maquiavelo, el fin justifica los medios. La viñeta publicada en un medio local hace unos días por el talentoso caricaturista Carlos Tovar no puede ser más elocuente. En ella se puede ver al inefable pastor Humberto Lay, presidente de la Comisión de ética del Congreso de la República -nada menos-, presentando a los preclaros rostros del Si, exhibiendo cada quien su bien ganado prontuario en la comisión de diversos delitos y faltas, que para el líder religioso en mención deben ser seguramente simples pecadillos de juventud.
     Pero tienen también, en el periodismo, quien los defienda, empezando por ese peregrino columnista que sin empachos se declara “hombre de derecha” y que, según reza su publicación de marras, desayuna diamantes. Dice, el muy zafio, que le repugna la “izquierda progresista” -lo cual es una obviedad, siendo como es el tal señor un protohombre de la derecha nacional-, su visión del mundo, y que no le gusta que le impongan el modelo único de la “ciudadanía” que preconiza aquella. Al final pregunta, desafiante y muy suelto de huesos: “¿Alguien tiene algún problema con ello?” Habría que decirle que No, lo único nomás que su posición de rebelde de derecha, de contestatario de las cavernas, es todavía peor de lo que tanto dice rechazar; además, claro, de prestarles el guano de sus ideas como abono ideológico a los benditos revocadores y sus aviesos designios.
     Así planteadas las cosas, solo resta esperar que el voto consciente del ciudadano responsable eche por los trastos esta pretensión ridícula de una gavilla de individuos con un inmenso rabo de paja que se han apandillado para crear más problemas a la ciudad de los que ya tiene. Además del inútil despilfarro que ello significa para el erario nacional, de las consabidas molestias para todos quienes deseamos un domingo apacible y reparador en la comodidad de nuestros hogares, esta consulta popular, forzada y conseguida a través de misteriosas triquiñuelas legales, solo servirá para instalar en el acervo político nacional la figura sinuosa de un capricho personal elevado a la categoría de práctica consagrada.
     Finalmente, Lima no puede la ser la víctima de un probable triunfo de los revocadores, retrasando aún más las obras en camino y las reformas emprendidas por Susana Villarán. Un No rotundo debe acompañar este domingo 17 a quienes vayan a votar para cerrarles el paso a los oscuros promotores de la consulta de marras; No al desgobierno que acarrearía la victoria de los impresentables, No al caos que traería consigo la vacancia de la alcaldía, No a la corrupción que representan los prontuariados del sí, No a la mafia que desesperadamente ansía volver al poder municipal para ocultar sus fechorías pasadas y para continuar lucrando con sus turbios negocios privados.

Lima, 9 de marzo de 2013.  

martes, 5 de marzo de 2013

El eco de las sombras


Motivado por la visión de la película que en 1966 hiciera Carlos Velo sobre la base de la obra, he releído, después de más de dos décadas, Pedro Páramo, la emblemática novela del mítico escritor mexicano Juan Rulfo. Ha sido una experiencia altamente placentera, revisitando los espacios narrativos y degustando la espléndida prosa coloquial que nos cuenta la historia de Comala, un pueblo lleno de ecos, poblado de fantasmas, un auténtico purgatorio en la tierra donde las ánimas errabundean sin perdón.
     Las desventuras de Juan Preciado al llegar a Comala, adonde llega enviado por su madre, que en su lecho de muerte le encarga buscar a su padre y hacerle pagar caro el olvido y el abandono en que los ha tenido, es el eje argumental sobre el que gira la ficción. No bien ha pisado el suelo desolado del pueblo fantasma, un arriero le sale al encuentro y traban un breve diálogo. El lugareño le señala la dirección exacta donde hallar a Pedro Páramo, su hacienda de la Media Luna; pero antes le sugiere visitar a doña Eduviges.
     Cada personaje con el que Juan Preciado se va encontrando, con el que conversa a veces animadamente, se enterará después que es simplemente un muerto, es decir, un alma, pues Comala es, como ya dije, un mundo de espectros cuyas voces no suenan, sino que se sienten, como en los sueños, un trasmundo al que arriba Juan Preciado para ser matado por los murmullos.
     Eduviges era amiga de Dolores, la madre de Juan, que lo recibe y le informa que aquel arriero que le recomendó visitarla era Abundio, otro hijo de Pedro Páramo, pero ya muerto. Esa será la tónica de toda la novela, las revelaciones sucesivas por las que Juan se va enterando de que todos en el pueblo ya son fallecidos. Pero también por ellos conoce la historia de su padre y la del pueblo. Sabe por ejemplo que ese tal Pedro Páramo al que venía a buscar era el más rico hacendado de la región, dueño de la hacienda de la Media Luna y de todos sus habitantes, a quienes trataba como un señor de horca y cuchillo.
     Según Bartolomé, el padre de Susana San Juan, la mujer a la que más amó Pedro Páramo, este era “la pura maldad”, un terrateniente despiadado que luego manda quemar todos los bienes de Comala y desalojarla después cuando aquella muere. Una constante en la novela son los monólogos de Pedro Páramo, quien la recuerda con verdadera pasión, evocando cada instante, cada recodo de su cuerpo, cada locura de Susana San Juan, su verdadera razón de vivir.
     Luego está Fulgor Sedano, el capataz de la hacienda y hombre de confianza de Pedro Páramo, quien se encarga de ejecutar todas las órdenes del patrón como si fueran las propias. Cumple su labor con diligencia y celo de criado, tratando de agradar en todo momento al amo inmisericorde y todopoderoso que hace y deshace en la Media Luna. Hasta cuando llegan los cristeros, esos rebeldes alzados en armas contra las imposiciones de la revolución triunfante, sus estrategias de sobrevivencia le señalan el camino de la cooperación y el allanamiento, política que secunda con pericia de siervo el opaco Fulgor.
     Una revelación paralela que deslumbra después del tiempo transcurrido es definitivamente el lenguaje de Rulfo, una prosa que se mueve al compás del habla y la expresión del hombre común y corriente, mostrando esos destellos ocultos a fuerza del uso y la costumbre, exhibiendo una fuerza inusitada de comunicación a través de ciertos logros poéticos engarzados en el fluir cotidiano y natural de los diálogos y las descripciones.
     El viaje al purgatorio que emprende Juan Preciado tiene ese simbolismo de las incursiones a mundos desconocidos que están dentro de nosotros, que nos pertenecen y que moldean nuestro ser y nuestro estar en el mundo. Ese cotejo con las sombras es también una forma de comparecer ante nuestras propias oscuridades, ese reino insondable donde se cuecen a fuego lento nuestro pasado y nuestro futuro, en un presente engañoso por fantasmagórico, pero donde está la clave de lo que fuimos y de lo que seremos.
     Magistral demostración del poder creativo y de esa pasión por las palabras que sólo un escritor como Rulfo puede entregarnos. El placer de la lectura y la riqueza de significados que el texto nos procura son valores que trascienden la mera consideración literaria, para acceder a una cabal comprensión de la condición humana y sus múltiples manifestaciones.

Lima, 4 de marzo de 2013.