domingo, 29 de septiembre de 2013

Vargas Llosa ensayista

     He devorado, aunque la palabra más precisa sería paladeado, en un largo tiempo de morosa y fecunda lectura, el primer volumen de Contra viento y marea (Seix Barral, 1983), un conjunto de artículos, cartas y ensayos que el Premio Nobel peruano escribió durante dos décadas, publicados en diversos medios del continente y de España, y que abarcan una gama heterogénea de temas y tópicos que van desde los políticos hasta los literarios, tratados como siempre con la puntillosa y versátil prosa de una de las mejores plumas de nuestro idioma.
     Los sucesos que conciernen al hombre y al ciudadano del siglo XX, tanto los políticos como los culturales en general, han sido desbrozados por Mario Vargas Llosa de una manera impecable, exhibiendo a cada paso su inmenso caudal de conocimientos como su vasta cultura, que se mueven con soltura y solvencia por los aspectos más disímiles del quehacer humano de dos décadas cruciales de la centuria pasada, aquellas que comprenden desde los años 1962 hasta 1982.
     Escritos con el fuego de la pasión crítica, como según el autor debe tratarse la literatura, destacan los ensayos dedicados a Sartre y Camus, esos dos monstruos sagrados de las letras francesas, que a mediados del siglo pasado se enfrascaron en una histórica polémica, cuyos ecos se han ido atenuando lentamente con los años, pero cuya estela en el orden de las ideas y el pensamiento no ha dejado de alimentar a generaciones enteras de intelectuales y escritores a ambos lados del Atlántico.
     Se trata de enjundiosos estudios de la vida y la obra de quienes protagonizaron en su momento la cumbre de la discusión ideológica en la Europa de la posguerra. Acometido por quien precisamente fue por esos años un fervoroso seguidor de uno de ellos, al punto de que sus amigos en el Perú lo bautizaron por aquella época con el gracioso diminutivo de ‘el sartrecillo valiente’, en alusión al portentoso filósofo de La náusea y El ser y la nada. Posteriormente experimentaría una profunda decepción que lo alejaría del radio de influencia del maestro, mas no sin ser tocado por el halo devastador de su genio.
     Destaco también el brillante alegato a favor de la libertad de información, el derecho de la crítica y el respeto por los derechos humanos, pronunciado en 1978 con ocasión de una charla en la sede del partido Acción Popular, y otro con motivo de la recepción de un premio que le fue concedido por el Congreso Judío Latinoamericano. Conmovedoras palabras donde ya despuntan los rasgos marcadamente liberales que el escritor abrazaría en los años siguientes luego de haber renegado de su juvenil militancia comunista.
     Otro texto bellísimo es el que le dedica a Sebastián Salazar Bondy, a propósito de unas reflexiones sobre la vocación de escritor en el Perú. Recorriendo estas páginas es que uno comprende la azarosa y quijotesca empresa que es para muchos seguir el llamado más auténtico de su destino, en medio de una realidad que pareciera estar edificada con el único objeto de sofocarla y aniquilarla.
     La crisis del sistema universitario es otro de los temas que trata en una formidable serie de seis artículos que aparecieron en la revista Caretas,  donde esboza el preciso diagnóstico de los males que aquejan a nuestras universidades y la manera como deben ser encaradas para que ella no languidezca y pueda, a pesar del pesimismo del autor -no en vano las titula “Reflexiones sobre una moribunda”- salir a flote para cumplir el elevado rol que la historia y la cultura le ha destinado. 
      Asimismo descollante es el ensayo que dedica al pensador letón Isaiah Berlin, del que me ha seducido particularmente la terrible comprobación de lo difícil que resulta conciliar, en el mundo de las realizaciones concretas, la libertad y la igualdad, esos dos valores que parecieran condenados a repelerse mutuamente, eternamente en entredicho a pesar de las buenas intenciones de los hombres por materializarlas a través de revueltas populares o revoluciones políticas. Es lo que se conoce como la teoría de las verdades contradictorias.
     Especialmente sugerentes son también la teoría de las dos libertades y la parábola de la zorra y el erizo, que el ensayista eximio que es Vargas Llosa desarrolla con gran conocimiento y singular maestría.
     Son, pues, muchos los asuntos que convoca el autor en esta selección de ensayos y artículos, que sirven como magnífico pretexto para el cotejo de ideas y la incursión en la fascinante aventura del pensamiento contemporáneo. Todo un desafío para el fervoroso lector interesado en sondear sus profundas y fructíferas aguas.


Lima, 28 de septiembre de 2013.  

viernes, 27 de septiembre de 2013

Siria: Hora cero

     El drama que padece Siria desde hace más de dos años, estuvo a punto de precipitarse en una conflagración que habría incendiado el Medio Oriente y puesto en serio peligro la paz en el mundo. La amenaza de un ataque norteamericano ha tenido en vilo a la humanidad, sabiendo que un hecho de esa magnitud hubiese desencadenado una reacción escalonada que hubiera convertido esa zona del planeta en el escenario de una prueba de fuerza de las grandes potencias.
     El panorama que presenta el conflicto en el país árabe es harto complejo y enmarañado, por cuanto los bandos enfrentados han formado alianzas inverosímiles y sorprendentes, producto sin duda de los intereses en juego, pues cada quien se ha involucrado en el mismo con el único propósito de defender aquello que le es más caro. No deja de llamar la atención que mientras el gobierno de Bachar el Asad recibe el apoyo de Hezbolá, además de Rusia e Irán obviamente, los rebeldes cuenten entre sus filas a militantes de Al Nusra, una rama regional de Al Qaeda, además del visto bueno del propio Estados Unidos y algunos otros países occidentales.
     La división al interior del islamismo se ha hecho más patente a raíz de esta guerra civil, enfrentando a suníes y chiíes en una versión musulmana de la bíblica rivalidad entre Caín y Abel. Pero lo que han conseguido provisionalmente el secretario de Estado del gobierno estadounidense John Kerry y el ministro de exteriores ruso Sergei Lavrov, tampoco es para cantar victoria. Las tensas relaciones entre el gobierno de Damasco y las fuerzas que combaten al régimen, están ocasionando que el histórico país del Medio Oriente se sitúe al borde del caos y la anarquía.
     Aunque no se ha podido demostrar fehacientemente quién usó el gas sarín, si el gobierno o los rebeldes, todos los informes de los inspectores de Naciones Unidas apuntan a que su uso es indubitable, pues los exámenes de los cadáveres de la matanza del barrio de Gutha en Damasco confirmaron las iniciales sospechas. Las fuerzas en contienda han negado sistemáticamente haber hecho uso de armas químicas, pero las evidencias de la realidad han desmentido esa suposición.
     La sagaz y oportuna intervención del presidente ruso Vladimir Putin, impidió a última hora que se materializara la cruel ironía, digna del más crudo humor negro, de que un Premio Nobel de la Paz desencadenara la guerra en el Medio Oriente. Desde el principio estuvo claro para la Casa Blanca que quienes emplearon el gas sarín fueron las fuerzas de Bachar el Asad, razón por la que el mandatario del país más poderoso del orbe solicitó la autorización respectiva al Congreso de la nación para castigar al hijo malcriado que se había portado mal.
     Pero la acusación hecha por Washington al gobierno sirio de haber usado armas químicas es una demostración más del doble rasero con que se mueve la Casa Blanca en la política internacional, pues para nadie es un secreto que durante todas las intervenciones norteamericanas en conflictos armados que se han dado en el siglo XX, como es el caso de la guerra de Vietnam, la guerra entre Irán e Irak -donde los estadounidenses colaboraron con el ejército de Sadam Hussein para exterminar con gas sarín a tropas iraníes-, o la invasión del mismo Irak y Afganistán recientemente, las fuerzas armadas de la nación imperial usaron sucesiva y metódicamente la bomba de napalm, el gas mostaza, el agente naranja y otras armas químicas prohibidas por la Convención de Ginebra de 1925. 
     Es pues expresión de una gran hipocresía señalar como reprobable en el otro lo que uno mismo ha cometido tantas veces en el pasado, y pretender erigirse de esta manera en el juez imparcial y severo de los demás, en la autoridad moral de la humanidad para dictar sus mandatos perentorios y sus amenazas terminantes para todo aquel que ose contravenir los deseos y los intereses del gran poder.
     Esto no justifica, por cierto, a Siria o a quien sea, de emplear armas vedadas por las leyes internacionales, pero sí dice mucho de la convenida doblez de ciertos gobiernos que dirigen sus relaciones exteriores en base a mentiras, cinismo y mala conciencia. Ahora queda cumplir con lo acordado, destruir los arsenales de armas químicas que se encuentren en territorio sirio; pero igualmente tendrían que destruirse los arsenales que poseen otros países vecinos, como Israel por ejemplo, para ser equitativos y neutrales. Puede sonar a utopía, mas ese debe ser el camino correcto si se quiere empezar a construir el precario equilibrio en una de las zonas más explosivas del planeta.


Lima, 21 de septiembre de 2013.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El camino de la sangre

Embarcarse en la lectura del teatro de Federico García Lorca es toda una experiencia estremecedora y exultante, por cuanto el eximio poeta granadino dejó en sus guiones dramáticos esa visión trágica de la vida que él mismo encarnó involuntariamente, al terminar fusilado por las huestes franquistas en los prolegómenos de esa barbarie sin nombre que fue la guerra civil española.
     Es lo que hice en un par de semanas,  imbuido en el encanto y la desazón de las historias que traza el autor en cuatro de las obras de su nutrida producción dramática: Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba, Yerma y Doña Rosita la soltera. No es el orden cronológico en el que fueron publicadas o estrenadas, por supuesto, sino el de mi arbitraria elección al momento de decidirme al regocijo asegurado de esta lectura lorquiana.
     Ambientadas en la España de comienzos del siglo XX, cuando Europa se preparaba para ese apocalipsis indescriptible que fue la llamada segunda guerra mundial, las piezas describen paisajes naturales y humanos donde se entrelazan la rusticidad de la vida campestre, la simplicidad de las costumbres pueblerinas y esa moral decimonónica que aún sobrevivía en las ciudades y pueblos de una España también próxima a vivir su propia hecatombe.
     Una rígida moral burguesa preside las costumbres y las conductas de unos seres que van a terminar rebelándose a su modo, a veces en términos radicales, cuando ya los parámetros de su vida y las circunstancias de su medio no les ofrecen otra salida diferente a la de la muerte. Es lo que sucede en Bodas de sangre, quizás la más conocida y representada obra teatral de García Lorca, donde la fuerza ciclónica de la pasión amorosa arrastra a los protagonistas del drama hasta los límites de la vida y la muerte.  
     La novia no es capaz de poder resistir esa fuerza que la sobrepasa cuando ve a Leonardo, con quien se fuga luego de celebrarse su boda con el novio que su padre y su suegra han consentido y arreglado. Tratando de explicar su conducta ante la madre del novio, habiéndose éste batido a cuchillo hasta la muerte con Leonardo, dirá: “¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!”
     El destino de las mujeres –“nacer mujer es el mayor castigo”, dirá Amelia- en una sociedad sometida a las leyes injustas e inicuas que dicta el varón, a una moral que las posterga y que apenas las tiene en cuenta,  muchas veces con la paradójica complicidad de las propias mujeres, es lo que lleva a ese final de sangre que también cierra La casa de Bernarda Alba, un drama de mujeres en los pueblos de España, como reza el título. La frase proferida por Bernarda ante sus hijas al comienzo del drama: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”, constituye el ucase lapidario que liquida de un plumazo las posibilidades vitales, perfectamente lícitas, de afirmarse y renovarse más allá y a pesar de la muerte.
     Es entonces que surge la negación, la rebelión explicable en las almas y los cuerpos llenos de vida de esas jóvenes que no desean dejarse morir, para quienes el cautiverio del tiempo y del espacio les parece un programa poco atractivo y estimulante, razón que las lleva a dejarse llevar por sus instintos, por ese camino de la sangre que es el común denominador en las historias del genial dramaturgo. La presencia de un hombre, prometido de la mayor de las hermanas, Angustias, desencadena esta tragedia con la muerte de Adela, la menor de ellas, quien se cuelga al conocer el final de Pepe el Romano. Celos, recelos, rivalidades y sordas rencillas de hermanas desembocan otra vez en una escena de sangre.
     Algo similar sucede en Yerma, el drama de una mujer a quien el azar o el destino le niegan la posibilidad de convertirse en madre, que hace lo posible y lo imposible para que el esposo le regale esa magnífica bienaventuranza que toda mujer, o casi toda,  ansía. Pero al ser consciente de que sus esperanzas son estériles, que nunca podrá ver realizados sus sueños de maternidad al lado de quien es el único ser que podría realizarlos, opta por una salida radical. Por pereza, por desidia, por incapacidad viril o por pertenecer a una progenie nada proclive a la generación y a la propagación de la especie, el tipo está condenado a terminar sus días sin colmar esas femeninas expectativas. Por lo tanto, Yerma, cuyo nombre ya es una profecía cumplida, decide matarlo.  Nuevamente, la sangre tratando de lavar los desarreglos insalvables de una vida signada por la insignificancia y el fracaso.
     La excepción a todos estos dramas que acaban en muerte violenta sería Doña Rosita la soltera, una pieza más ligera y anecdótica, donde el desengaño, la confianza traicionada, el desencanto amargo y la esperanza muerta son los reales protagonistas. El novio de Rosita debe alejarse del pueblo para reunirse con su familia, pero pasa el tiempo y al no poder regresar –ya se había casado y formado familia- envía una carta para casarse por poder con ella. No era más que una vil estratagema para seguir alimentando la ilusión de una jovencita que creyó la palabra de un simple bribón. El engaño se descubre después de ocho años, cuando ya el tío con quien vivía había fallecido, y la tía y el ama envejecían cuidando su rosal.
     Magníficas piezas que he disfrutado casi como si estuviera en un escenario, imaginando sus representaciones para el que fueron destinadas y aguardando la primera posibilidad que se presente para asistir al teatro que tenga la brillante idea de llevar estas inolvidables obras a las tablas.


Lima, 13 de septiembre de 2013. 

viernes, 30 de agosto de 2013

La rebelión de las masas

Desde hace un tiempo se vienen presentando, en diversas regiones del planeta, movilizaciones o manifestaciones de descontento, en que de una forma más espontánea que organizada, generalmente convocada a través de las redes sociales, los ciudadanos de países como Turquía, Brasil, España, Egipto o Perú, expresan su malestar y su rabia lanzándose a las calles, tomando las principales plazas públicas de sus ciudades y realizando las extendidas acampadas para resistir las embestidas de las fuerzas del orden.
     Sucedió en España cuando la crisis golpeó duramente los niveles de vida de una población que había vivido el crecimiento sostenido de las últimas décadas, así como por los casos de corrupción destapados al interior tanto de la mismísima monarquía como del Partido Popular (PP), agrupación política del presidente del gobierno Mariano Rajoy, uno de cuyos servidores está preso precisamente por estar involucrado en manejos sucios desde el poder.
     La ola rebelde también se paseó por Brasil, el coloso sudamericano que experimentaba su primer revés durante los sucesivos gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cuya actual presidenta Dilma Roussef afrontó masivas marchas y protestas en diferentes ciudades del país a raíz de haberse elevado el precio de los pasajes en los medios de transporte, lo cual parece ser sólo un mero pretexto de una rabia largamente incubada a partir de otras tantas muestras de corruptela y actos indebidos de miembros del gobierno, felizmente ya separados de cargos públicos y juzgados como corresponde.
     También en Turquía se desataron las protestas cuando el gobierno de Ankara decidió construir un moderno centro comercial en el lugar que ocupaba una plaza pública. Fue el detonante de un malestar que igualmente hunde sus raíces en las expresiones de la crisis que afecta al viejo país del Bósforo desde que cundiera el pánico que recorre Europa, especialmente la zona meridional, arrastrando las economías más vulnerables del Viejo Continente.
     En el Perú también se vivieron intensas jornadas de marchas callejeras cuando el Congreso de la República eligió a los miembros de tres instituciones del Estado en medio de una nauseabunda componenda entre las principales agrupaciones políticas. Las masivas muestras de rechazo e indignación lograron hacer retroceder a las autoridades en su polémico designio.
     En todas estas expresiones contestatarias, el común denominador es una masa insatisfecha y molesta que se vuelca a los espacios públicos para proclamar a los cuatro vientos su cólera desbordada, en principio de forma pacífica, pero que al calor de los gritos y la rabia y, sobre todo, al empuje de las fuerzas de represión, se convierten muchas veces en violentos disturbios que son sofocados brutalmente por las fuerzas del orden.
     Se ha dicho que dichos movimientos de masas son inarticulados e inconexos, que no se prolongan en el tiempo constituyendo propuestas organizadas de ciudadanos que no buscan solo alborotar las calles y proferir sus gritos de desesperación e impotencia ante una autoridad cada vez más sorda y soberbia. Y que por esa razón las revueltas que promueven no pasan de ser episódicos sucesos de enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del orden, con su secuela lamentable de muertos y heridos.
     Por lo mismo, se trataría de lo que alguna vez el filósofo español José Ortega y Gasset retratara con tanta fidelidad y precisión en uno de sus libros más difundidos y leídos del siglo pasado. Tal vez estemos viviendo una subida del nivel histórico, y el hecho de las aglomeraciones lo que quiera expresar sea el crecimiento de la vida en esta nueva altura de los tiempos. La violencia en la que deriva casi todo acto de masas, pone de manifiesto en primer lugar ese primitivismo y barbarie que caracteriza al comportamiento del hombre-masa, mas también revela esa faz peligrosa de un Estado convertido en gendarme de un orden de cosas que ya no se sostiene.
     En medio de esta especie de metafísica de la historia, tienen su puesta en escena las multitudes como actores protagónicos de este presente que ansía precipitarse en un futuro menos sombrío, pero al que le falta definirse a partir de una orientación más precisa, orgánicamente menos caótica, si quiere tener asegurado los cambios necesarios que deberá dar el mundo para ser ese lugar más justo, más libre y más igualitario que todos soñamos que sea.


Lima, 30 de agosto de 2013.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Un distinguido irlandés

Richard Rowan es un escritor que vuelve a vivir en un suburbio de Dublín con su esposa Bertha y su hijo Archie, luego de haber estado un tiempo en Italia. Robert es su mejor amigo, quien ha hecho posible el retorno porque siempre estuvo interesado en la esposa del amigo, una relación que éste no ignora, pero ante el que se comporta del modo más impasible.
     Este es el tema central del drama Exiliados, que James Joyce publicó en 1918 y que de alguna manera prefigura la gran novela que estaba en gestación y que vería la luz cuatro años después, el Ulises, cumbre de la narrativa inglesa y mundial del siglo XX. La complejidad de los caracteres humanos, la profundidad psicológica de los personajes, la serena ambigüedad de los diálogos, los sorpresivos desplantes argumentales, ya están presentes en esta obra del gran novelista irlandés.
     La trama completa de la obra se sostiene en la relación cuadrangular de los personajes masculinos cuyos nombres empiezan coincidentemente con R: Richard y Robert, y los femeninos que lo hacen con B: Bertha y Beatrice. A través del juego de símbolos, se mueven las historias paralelas de la pareja formada por Richard y Bertha, de la relación adulterina entre Bertha y Robert, y de la furtiva y elusiva pasión que envuelve a Richard y Beatrice.
     Richard además mantiene un conflicto irresuelto con su madre, quien acaba de morir y es la culpable, al parecer, del breve exilio de la pareja y su hijo en el extranjero. En un pasaje de los diálogos, Bertha acusa a Richard de hacer desgraciadas a las mujeres: a Beatrice, a su madre y a ella misma. Él es consciente de su situación pero no se inmuta, sino que persevera en la consecución de su objetivo. Es un artista, un creador, y se debe sobre todo a su obra. En el reproche que recibe de Bertha se condensa la vieja acusación de egoísmo que ha recaído sobre este tipo de seres.
     Richard no es un celoso a la manera de Otelo, el prototipo de la especie, sino que lo disimula de un modo poco convencional, permitiendo que su mujer se arroje a los brazos del amigo, casi empujándola sin remordimientos, con el fin de sentirse libre para perpetrar sin remilgos su pasión no muy bien correspondida por la profesora de piano de su hijo, quien por lo demás es la prima de Robert.
     La pasión, dicho sea de paso, es ensalzada por los personajes, como cuando Robert le dice a Richard: “El enceguecedor instante de la pasión -esa pasión libre, sin vergüenza, irresistible- es la única fuerza por la que podemos huir de esa miseria que los esclavos llaman vida.” Y es precisamente esa abrasadora sensación del espíritu la que termina precipitando los acontecimientos de un modo inesperado.
     Tras la insospechada generosidad del amigo, que le consigue una cita con una importante autoridad universitaria para tentar una posibilidad en el mundo académico, se esconde una estratagema cuidadosamente planificada para encontrarse con la mujer que ambos ansían, trama que es descubierta por el aparente engañado y quien acude al encuentro para sostener una reveladora charla sobre los límites de esa otra pasión que amenaza arruinarlo todo.
     Bertha y Robert se sienten como las piezas de un complicado juego de ajedrez que el demiurgo, en este caso Richard,  mueve a su antojo, llevando las cosas hasta el borde mismo de la desesperación, cuando estando a un paso del abismo, aquel huye abandonando sus pretensiones, mientras ella retrocede apesadumbrada y regresa arrepentida al regazo del afecto seguro que el padre de su hijo le promete.
     Todo parece volver a la normalidad, pero hay un cambio sustancial que se ha producido en el alma del protagonista, pues nunca las cosas pueden ser como fueron, nadie se baña dos veces en el mismo río, como diría el viejo filósofo, todo fluye, y lo que creíamos restañado es un mero remedo del pasado, una tentativa de reconciliación dañada para siempre por el error primero.
     Esto es lo que expresa Richard en el momento final del tercer acto, cuando pronuncia la siguiente reflexión, llena de profundo dramatismo, ante los oídos desconcertados de Bertha: “Herí mi alma por ti. La herí con una herida profundísima que nunca podrá cicatrizar. Jamás podré saber. ¡Nunca! No quiero saber ni creer nada, no me importa. No es en la oscuridad de la fe como yo te quiero, sino en la viviente, incansable, hiriente duda. Para retenerte no quise utilizar lazos, ni siquiera los del amor. Luchaba sólo para quedar unido a ti en cuerpo y alma, en absoluta desnudez… Sin embargo, ahora me siento fatigado. Me cansan mis heridas.”
     Es inquietante adentrarse en el mundo de Joyce, donde siempre nos aguardan sorprendentes descubrimientos que iluminan facetas desconocidas de la condición humana, y esta pequeña pieza teatral no hace sino demostrarlo.


Lima, 9 de agosto de 2013.     

viernes, 9 de agosto de 2013

Los ángeles del infierno

Me zambullí en la lectura de Millennium, la oceánica novela del escritor sueco Stieg Larsson, precedido por el elogioso comentario que hizo de ella el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, en un artículo aparecido en el año 2009. El resultado no pudo haber sido más gratificante; he vivido los últimos meses en estado de expectación permanente, suspendido de la fascinante historia que el autor ha separado en tres volúmenes: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Yo sabía que en cuanto cogiera el libro, éste me iría a atrapar irremisiblemente, por ello no me sorprendió que fácilmente cayera rendido ante sus hechizos verbales.
     El primero de ellos está centrado en la desaparición de Harriet Vanger, la sobrina del industrial y ex directivo Henrik Vanger. Este hombre, cuyo sentido de vida está depositado en el hecho de hallar la verdad al largo misterio que rodea la desaparición de su sobrina favorita, promete al periodista Mikael Blomkvist un delicioso bocado, para convencerlo de hacer el último intento por saber lo que realmente pasó: entregarle en cabeza de plata la cabeza de Hans-Erik Wenneström, némesis absoluta del hombre de prensa, a quien a llevado a juicio por un caso de difamación y culpable de su próxima carcelería decretada en la sentencia.
     El segundo volumen de la trilogía gira en torno a los asesinatos del periodista Dag Svensson y de la investigadora Mía Bergman, achacados en un primer momento a Lisbeth Salander pero, luego de una tortuosa y burocrática marcha de esclarecimiento, atribuido a un tal Ronald Niedermann, mano ejecutora de un grupo de mafiosos, miembros de una secta al interior del propio Servicio General de Inteligencia, que actuaban al margen de la ley para proteger a un tal Alexander Zalachenko, espía y desertor ruso que trabaja para ellos y padre a su vez de Lisbeth Salander.
     En la tercera parte asistimos al desvelamiento de los entretelones de la actuación de la Säpo, como es denominado el SGI/seg., concretamente al grupo que se hacía conocer como la Sección, autor de una serie de asesinatos, secuestros y otros crímenes que tenían como razón de fondo la presencia de ese siniestro personaje que alguna vez engendró a nuestra heroína, que maltrató a su madre hasta dejarla inválida y que en venganza recibió su merecido cuando la niña, de 12 años aún, le roció de gasolina y le prendió una cerilla, dejándole secuelas imborrables en el cuerpo, pero unas ganas perversas de cobrarse la revancha con su propia hija.
     Lisbeth es una chica especial, poco comunicativa e insociable, que gusta de vestir provocativamente, usa piercings y lleva tatuajes, y se dedica al hacking, con el fin de coger con las manos en la masa a cuanto pillo, bribón o canalla ande suelto. Dotada de cualidades excepcionales para la investigación, posee una memoria fotográfica y una insuperable agilidad de reptil. Cualidades todas forjadas en medio de la lucha por la sobrevivencia que ha sido toda su vida, desde que nació y presenció los abusos de su padre, hasta que fue víctima de inescrupulosos jueces, policías y médicos que la internaron en un psiquiátrico calificándola de enferma mental.
     Se enfrentó a un grupo de matones y los venció increíblemente, pese a su condición menuda y endeble. Salió airosa de cuanto enfrentamiento tuvo con quienes la señalaban, sindicaban y denunciaban por diversos motivos, desplegando sus singulares habilidades para escurrirse como una serpiente, o apelando a su feroz instinto de conservación para encontrar la salida cuando aparentemente ya todo estaba perdido.
     Mikael, el otro protagonista, es un periodista incisivo y obsesivo con las materias de su investigación, que se embarca en aventuras fantásticas de búsqueda de la verdad, sumido hasta la médula en los casos más impresionantes, y que matiza su vida con una copiosa actividad sexual con las ocasionales acompañantes que se le cruzan por el camino. Erika Berger, Cecilia Vanger, Monica Figuerola y hasta la misma Lisbeth Salander, han pasado por los brazos, curtidos de lances amorosos, del perspicaz y proteico cronista de la revista Millennium.
     Abundan los personajes simpáticos y amigos de la justicia, como también los despreciables y ruines. Ejemplo de los primeros es Dragan Armanskij, director ejecutivo de Milton Security, la empresa para la que trabajó Lisbeth en sus primeros años. Y modelo paradigmático de los segundos es el abogado Nils Bjurman, nombrado administrador de los bienes de Lisbeth Salander ante la incapacidad física de Holger Palmgran, su primer tutor y amigo. Bjurman es un sujeto sin escrúpulos que se aprovecha de su condición para ultrajar a su protegida, quien en venganza le tatúa en el vientre una frase descriptiva y bastante certera.
     Desfilan por la novela una serie de otros personajes que completan el panorama total de la realidad de la ficción, seres que encarnan los más diversos valores y características de la humanidad, y que a veces nos llevan a pensar que por más desarrollada que sea una sociedad, también alberga en su seno a un sinfín de sujetos de baja estofa que actúan al margen de la ley y de la moral, atravesando por este mundo con el único objeto de satisfacer sus pérfidos deseos y sus inconfesables fines.
     Pero igualmente están para detenerlos, entorpeciendo sus jugarretas y marcándoles los límites, aquellos a quienes llamamos héroes, que revestidos de cualidades especiales salen a enfrentar las injusticias de este mundo como lo hicieron todos los héroes que han sido en la historia de la literatura. Reparar daños y desfacer entuertos es su oficio, y a ello se abocan con la energía que les provee la fuerza de su espíritu. De esta madera están hechos un Mikael Blomkvist y una Lisbeth Salander, quienes ya forman coro en el panteón de los justicieros juntos al Titant lo Blanc, al Quijote de la Mancha y al Amadís de Gaula.


Lima, 31 de julio de 2013.  

domingo, 28 de julio de 2013

La náusea

     Al mejor estilo de las más sucias componendas políticas de que se tenga memoria en nuestra historia republicana, se ha consumado la elección de los miembros del Tribunal Constitucional, del Banco Central de Reserva y de la Defensoría del Pueblo. Los grupos encaramados al poder y sus secuaces, se han repartido cual botín los cargos que estaban vacantes en esos organismos del Estado.
     La repartija en cuestión, ha sido posible gracias a un acuerdo bajo la mesa de cuatro agrupaciones políticas que han transado, del modo más evidente y descarado, para una designación que engrosará los anales de la historia universal de la infamia.
     Personajes impresentables, algunos de ellos cuestionados por severas razones de orden ético y moral, pasarán a ocupar los cargos que el Estado sólo debería reservar a personas intachables y de honestidad comprobada, además, claro está, de poseer las calidades académicas y profesionales del caso.
     Es un acto bochornoso, deplorable, indignante y nauseabundo, que la mayoría de los ciudadanos del país rechaza en los términos más enérgicos, pues entraña la consagración, a los más altos niveles de la gestión pública, del contubernio, la cuchipanda y el arreglo vicioso como formas de gobierno.
     Pensar que esos cargos fueron ocupados en un pasado reciente por magistrados de la talla de Manuel Aguirre Roca y Delia Revoredo de Mur, defenestrados a la sazón por el régimen putrefacto que asoló nuestra institucionalidad democrática en la década perdida de los noventa del siglo pasado, cuando una gavilla de asaltantes disfrazados de políticos, asesores y generales, coparon las más altas esferas del poder para medrar a sus anchas.
      Casi al instante de conocerse el arreglo concretado en el Congreso, una significativa presencia de ciudadanos en las calles expresaba su protesta, trasluciendo el sentir de la inmensa mayoría del país ante lo que a todas luces constituye un acto de repudiable atentado contra los valores democráticos, la ética y el sentido común.
     Al verse cuestionados, algunos miembros del TC y la Defensora del Pueblo, así como los líderes de los partidos políticos involucrados, han retrocedido arrinconados por la ola de indignación ciudadana. Reconsiderando su permanencia en los cargos, al cual fueron encumbrados en una negociación espuria, no les ha quedado otro camino que presentar su dimisión antes de verse envueltos en una crisis institucional de impredecibles consecuencias.
     Lo vergonzoso del caso ha sido tan evidente, la manera cómo se ha transado el reparto ha dejado traslucir los intereses particulares en juego de cada agrupación, los propios intereses del país han estado tan ajenos a todo este entripado, los personajes de esta opereta de tres centavos han desvelado sus almas con tal impudicia, que el espectáculo que la nación y el mundo han presenciado no pudo ser más deprimente y lamentable.
     Lo que queda ahora es volver a fojas cero y establecer un nuevo proceso de elección de los funcionarios de estos organismos fundamentales de la administración pública. Uno de los primeros requisitos debería pasar por la idoneidad moral y ética, el compromiso con la democracia y los derechos humanos y una honestidad y transparencia incuestionables. Esto debe hacer imposible que candidatos con un dudoso pasado, envueltos en casos flagrantes de apología a la corrupción y protección a quienes perpetraron gravísimos delitos de lesa humanidad, vuelvan a presentarse sin el menor rubor para un puesto de esta naturaleza.
     Lo que ha sucedido finalmente, la anulación por el Congreso, convocado en sesión extraordinaria, de los nombramientos de marras, es el triste colofón de lo que nunca debió haberse siquiera imaginado. Una muestra más de la terrible crisis política que nos agobia, manifestación visible de la ausencia de ética en el accionar de los personajes y grupos que pretenden gobernar nuestros pueblos.


Lima, 21 de julio de 2013.