sábado, 19 de noviembre de 2016

Pesadilla americana

    El triunfo del magnate estadounidense Donald Trump en las elecciones presidenciales del martes 8 último avizora un futuro incierto y sombrío tanto para la superpotencia como para el resto del mundo. El solo hecho de haberse permitido postular a tan alto cargo a tan bufonesco personaje, revela la índole moral y espiritual de una sociedad que empieza a evidenciar los signos claros de su decadencia política. Un tipo lastrado por las peores calificaciones personales: misógino, racista, xenófobo, ignorante, vulgar, machista, grosero, etc., accede de esta manera al poder del país que durante un siglo ejerce su hegemonía sobre el planeta.
    El viejo partido de Abraham Lincoln, copado por el populismo más recalcitrante y obtuso, termina convertido en el vehículo triunfante de un personaje impresentable y digno del más genuino desprecio. Como que se jacta impúdicamente de hacer lo que quiere con las mujeres porque el ser multimillonario es para eso su patente de corso; insulta descaradamente, además, a los mexicanos, a los musulmanes, a los homosexuales, y hasta a los discapacitados. Allí están sus decenas de tuits –publicados a doble página por el New York Times– para corroborarlo.
    Cómo explicar este hecho inaudito en la que se supone es la mayor democracia del mundo. Los analistas se rompen la cabeza para encontrar razones y argumentos convincentes que nos permitan comprender una de las mayores imposturas de los tiempos recientes. Alguno desliza por allí la idea de que es una forma de burlarse de un sistema político enfermo, como lo ha sugerido el cineasta Michael Moore, quien además predijo con bastante acierto este bochornoso resultado para el país más poderoso del orbe.
    Después de Trump, cualquier advenedizo en la política puede creerse con las condiciones y el derecho de aspirar a la presidencia no solo de ese país, sino de cualquiera en donde tenga a bien funcionar la democracia. Paradójicamente, el mayor logro de un sistema político tan estimado en Occidente, puede trocarse también en su mayor verdugo. Es decir, que un mandatario elegido democráticamente, asuma ya en el poder poses autoritarias que pongan en riesgo los principios y valores que lo sostienen.
    Los ciudadanos del mundo no se reponen aún de la conmoción que ha significado el triunfo del candidato en los comicios presidenciales de la nación norteamericana. Azuzando muy eficazmente –a una población mayoritariamente impermeable a la ética y a los valores imprescindibles de las modernas sociedades democráticas– el hirsuto fantasma del miedo, y valiéndose de las mentiras y los insultos como armas arrojadizas, ha calado poderosamente en la mentalidad de un electorado desencantado del sistema y que ha visto como su única salida enrostrarle a las élites el tamaño de su decepción.
    Se veía venir este resultado. Lo que más se temía se ha consumado. El ocaso del imperio capitalista es inevitable: acaba de mostrarse un signo de su inexorable declive. Tampoco es que Hillary Clinton encarnara precisamente lo que se denomina, con cierta anacrónica ingenuidad, el sueño americano; pero Trump es la viva imagen de su pesadilla. Y a pesar de obtener la mayor votación popular, la candidata demócrata sufre el mayor revés de su dilatada carrera política, pues “un sistema electoral arcaico del siglo XVIII” (M. Moore dixit), ha permitido que gane quien menos votos populares tiene.
    Se cierra así un año nefasto para las aspiraciones progresistas de los pueblos en el mundo, asolado por un populismo de derechas que comenzó con el Brexit en el Reino Unido, siguió con el No en Colombia y que ahora catapulta a la Sala Oval de la Casa Blanca al representante más bronco de esta deriva neofascista. Quedan pendiendo de un hilo todos los avances significativos del gobierno de Obama en materia de política exterior, como la apertura a Cuba y el acuerdo nuclear con Irán, así como tantos otros asuntos en los que Washington tenía la voz cantante.
    Escéptico, suspicaz, incrédulo, espero los acontecimientos que vienen a partir de ahora con la misma sensación que si estuviera en medio de una borrasca en alta mar.


Lima, 12 de noviembre de 2016. 

domingo, 23 de octubre de 2016

El artista del trapecio

     La concesión del Premio Nobel de Literatura 2016 al cantautor estadounidense Rober Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, ha desatado una polémica entre los lectores de las más diversas procedencias, ya sean músicos u hombres de letras. Curiosamente hay quisquillosos tanto entre los primeros como entre los segundos, quienes no admiten que un galardón que normalmente estaba reservado a los escritores, vaya a recaer en las manos de un cantante, que es creador de canciones ciertamente, pero que esencialmente es un músico. Mientras que en la cofradía de los hombres de la pluma se tiende a ver con mayor apertura, sobre todo al recordar que en sus orígenes la poesía y la música estuvieron estrechamente unidas. Los nombres de Homero, Safo, más la extensa lista de los juglares medievales y los trovadores de las cortes europeas, no hacen sino corroborar este aserto.
     Lo que la Academia sueca ha hecho no es sino reconocer esa gran tradición poética que viene desde los mismos inicios de la concepción de la literatura, en una etapa de promisora oralidad que dio paso posteriormente al espléndido desarrollo de la escritura, que actualmente domina el ámbito de lo literario es verdad, pero que no deja por eso de considerar a la vertiente oral la importancia que tiene. Tampoco debemos olvidar lo que la cultura literaria le debe a la infinita riqueza de las tradiciones orales, las epopeyas, los cantos épicos, las leyendas y toda esa gama de ingente producción poética que ha alimentado y nutrido el desarrollo de la literatura en todos los rincones del planeta.
     Oponerse a la decisión de la Academia sueca solo por el prurito de la convencionalidad, anclados en inveterados juicios dogmáticos, basados en estrictos argumentos puristas, es restarle toda la jocunda vitalidad que puede insuflarle al premio el hecho de voltear la mirada hacia otras manifestaciones del espíritu humano que también tienen a la palabra como su vehículo esencial para la transmisión de la belleza. Un reconocimiento de esta naturaleza no puede petrificarse en el tiempo ni convertirse en una baldosa mental que nos impida ir ensanchando los criterios con que un creador expresa la maravillosa diversidad de su arte.
     Bob Dylan dijo alguna vez en una entrevista que él no se consideraba un poeta o algo por el estilo, sino un artista del trapecio. Inmediatamente pensé en el relato homónimo de Kafka, que quizás poco o nada tenga que ver con el arte del músico de Minnesota, aunque algo sí podrían compartir ambos personajes tan distantes y dispares en otros sentidos: el desafío del espacio a través de  las piruetas que cada quien es capaz de realizar en su respectivo arte. Eso es lo que ha venido haciendo el legendario cantante norteamericano desde que en sus inicios explorara el género del folk para exponer rítmicamente las letras de sus canciones que inmediatamente la crítica calificó de protesta; y enseguida se lanzara hacia otros géneros como el soul, el country, los spirituals y el jazz, ritmos todos ellos donde ha dejado también lo mejor de su producción.
     Diversos cantantes han interpretado sus canciones, muchos álbumes se han vendido y múltiples conciertos ha dado el cantautor que desde hace algunos años venía siendo voceado para el premio que ahora le ha sido otorgado. No se conoce la reacción del premiado, todo hace pensar que algo inesperado está por suceder. Como fuera, los académicos lo esperarán el 10 de diciembre en Estocolmo para la entrega oficial del galardón, y aunque Dylan decidiera no ir o eventualmente rechazara la distinción, el giro que ha dado el prestigioso premio va a marcar un hito en su propia historia, que de esta manera expande su radio de acción, siendo perfectamente posible que en los próximos años un historietista o autor de cómic pueda acceder igualmente a esta consagración universal que significa, entre otras cosas, dicha presea. Muy bien podrían haber obtenido esta dicha –algunos están a tiempo aún– juglares como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Vinicius de Moraes, Joan Manuel Serrat, Facundo Cabral o Atahualpa Yupanqui, entre los nuestros; o Leonard Cohen, Jacques Brel, Georges Brassens, entre otros muchos poetas de la canción del mundo entero.
     Dylan reúne todos los méritos para este premio, razón por la que hablar de error o equívoco de los jurados suecos, como ha deslizado en un comentario el Nobel peruano Mario Vargas Llosa, no es sino una muestra de la confusión en la que muchos han caído al creer que sólo los novelistas o narradores son los merecedores de aquél, cuando es también la poesía, quizás el más antiguo de los géneros literarios, y por cierto la forma más acabada del arte de la palabra, lo que ahora se ha reconocido, así como otras veces puede serlo el ensayo o el teatro, incluso el periodismo como el año pasado con Svetlana Alexiévich.
     A seguir deleitándonos con sus magníficas canciones apreciando el singular lirismo de sus letras.

Lima, 22 de octubre de 2016.           


miércoles, 12 de octubre de 2016

La guerra y la paz

    El proceso de paz que se inició hace más de cuatro años entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), las guerrillas más longevas del continente, han encallado aparentemente en un callejón sin salida. O esa es por lo menos la impresión que se tiene después de los sucesivos acontecimientos que han desembocado en el revés innegable que significó el triunfo del No en el plebiscito del último 2 de octubre.
     Luego de que el 26 de septiembre se firmara el acuerdo definitivo en la histórica ciudad de Cartagena de Indias ante la presencia de más de 2500 invitados, entre los que se contaban jefes de Estado, representantes diplomáticos, expresidentes y personalidades de la política mundial, todo hacía presagiar que el camino hacia la paz por el que transitaba el país era felizmente irreversible. Flanqueados por Ban Ki-moon, Enrique Peña Nieto, Pedro Pablo Kuczynski y Raúl Castro, representantes de un espectro ideológico de lo más variopinto, Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño sellaban el encuentro con un apretón de manos y un abrazo.
     Las encuestas anunciaban un holgado triunfo del SÍ con el visto bueno de la comunidad internacional y la esperanza de miles de colombianos que fueron víctimas de más de medio siglo de violencia. Pero he ahí que un resultado sorpresivo ha hecho saltar por los aires esa cómoda seguridad en la que andábamos instalados quienes desde un inicio vimos con buenos ojos y gran expectativa estos diálogos que se iniciaron en Oslo y continuaron en La Habana, con el auspicio de los gobiernos de Noruega y Cuba, así como la asistencia constante de Chile y Venezuela.
     Ante la evidencia de unos resultados favorables a la paz, y ante la presencia de una campaña contraria encabezada por el expresidente Álvaro Uribe, una pregunta se imponía de rigor: ¿Apostamos por el futuro, o nos quedamos anclados en al pasado? Si las víctimas directas del conflicto, aquellas que perdieron a sus seres queridos o vivieron en carne propia la violencia, como el escritor Héctor Abad Faciolince, cuyo padre fue asesinado por los paramilitares en las calles de Bogotá; Ana María Busquet, viuda de Guillermo Cano, director de El Espectador asesinado en 1986 por un sicario de Pablo Escobar; la diputada Clara Rojas y la excandidata presidencial Íngrid Betancourt, ambas secuestradas por las guerrillas en el año 2002; y miles de anónimos colombianos que sufrieron los embates de la demencia de la guerra, han expresado su deseo de perdón, ¿por qué no pueden hacerlo quienes contemplaron desde lejos el conflicto?
     Es sintomático, y paradójico a la vez, que los cinco departamentos más afectados por la guerra, preferentemente del ámbito rural, hayan votado mayoritariamente por el SÍ, mientras que las zonas urbanas lo han hecho por el NO. La capital, donde la campaña a favor ha juntado a los sectores más informados, entre ellos los intelectuales y los artistas, le ha dicho SÍ a los Acuerdos de Paz. Medellín, de donde es oriundo Álvaro Uribe, quien ha apelado a los factores primarios del miedo y la venganza para convencer al electorado, generalmente desinformado y apático, se ha inclinado por el NO.
     Baltazar Garzón, el brillante juez español que logró la detención en Londres del genocida Augusto Pinochet, entre otras nobles causas, ha señalado la inmejorable condición de este pacto que pone fin a cinco décadas de guerra interna. No será el mejor acuerdo, indudablemente, pero es el más realista que se ha podido lograr gracias, entre otros, a ese filósofo amante de los libros llamado Sergio Jaramillo, Alto Comisionado para la Paz del gobierno de Bogotá, y a su grupo de esclarecidos asesores internacionales, entre los que destaca el excanciller e historiador israelí Schlomo Ben Ami.
     Hay varios antecedentes exitosos de este tipo de acuerdos que han logrado pacificar diversas zonas convulsas del planeta. Sin ir muy lejos en el tiempo, tenemos a Sudáfrica, donde en 1993 el líder negro Nelson Mandela logró pactar la paz poniendo fin al régimen del apartheid con el gobierno de Frederik de Klerk; o el Acuerdo de Viernes Santo, que puso fin al conflicto de Irlanda del Norte en 1998; y en Latinoamérica, el Acuerdo de Esquipulas, firmado en Guatemala en 1987, que estableció la paz en Centroamérica; o los Acuerdos de Paz de Chapultepec, que se firmaron en México, acabando con la guerrilla de El Salvador en 1992. En todos ellos tuvo que cederse algo, a cambio de un objetivo superior como es la paz, pues toda negociación está hecha de cesiones y concesiones, pero donde debe primar el sentido de la equidad y la justicia.
     Mas cuando empezaba a cundir el desánimo y la desesperanza ante lo acordado en La Habana y firmado en Cartagena de Indias, el Comité Noruego del Nobel anunciaba la concesión del Premio Nobel de la Paz de este año al presidente colombiano Juan Manuel Santos, “por sus decididos esfuerzos para acabar con los más de 50 años de guerra civil” en el país. Un gran espaldarazo, sin duda, del más importante Premio que concede la Fundación Nobel, que se suma así al unánime respaldo de la comunidad internacional, expresada en el apoyo de las Naciones Unidas, la Unión Europea, los Estados Unidos, Rusia, y una larga lista de países y organizaciones internacionales. Gran paradoja: mientras Colombia decía No, aunque con una magra participación del 37.44% del total de electores, el mundo entero replicaba SÍ.
     El periodista y escritor inglés John Carlin ha señalado en un reciente artículo que habría una deriva de la estupidez en el mundo, iniciada por el Brexit en el Reino Unido hace unos meses, seguida por este triunfo del NO en Colombia, y que culminaría con Trump ganando las presidenciales en los Estados Unidos el próximo mes. Tendría que replantearse este albur de las consultas ciudadanas cuando los pueblos deciden a veces jugar a la ruleta rusa desde la más completa inconsciencia y desinformación, acicateados solamente por instintos primitivos que muy bien saben explotar los demagogos de siempre.
     Queda ahora únicamente hilar fino para encontrar una salida a este impasse, tarea en la que ya están inmersos los principales actores del conflicto, quienes deberán poner por encima de todo el gran objetivo que el pueblo colombiano anhela, posponiendo intereses políticos personales que mucho daño han hecho a veces al proceso en marcha. Lo que debe quedar bien claro es que nunca más las armas deben volver a sonar: la paz es la vida y el futuro; la guerra, la muerte y el pasado.


Lima, 11 de octubre de 2016.       

sábado, 8 de octubre de 2016

Revisitando el País de Jauja

     Después de veinte años, he releído con inmenso fervor la emblemática novela que se ha constituido en el santo y seña de la jaujinidad: País de Jauja (PEISA, 1993), del reconocido escritor Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933). Por un momento me asaltó la idea de que, con el transcurso del tiempo, su poder de seducción se hubiese deteriorado, y por tanto perdido esa magia encantatoria que hace dos décadas me mantuvo en estado de éxtasis recorriendo sus páginas como si recorriera las calles del viejo terruño impregnado de tantísimos recuerdos y vivencias.
     Pero no, al avanzar las primeras páginas caí nuevamente bajo el hechizo de su brujería  narrativa; era otro, sin duda, el libro que leía, como otro era quien lo hacía, pues evidentemente en todo este tiempo pasado ambos habíamos experimentado los rigores de las naturales mudanzas de la existencia, expresado en aquel famoso aforismo de Heráclito de que nadie se baña dos veces en el mismo río. Mucha agua había corrido desde entonces bajo el puente de los años que la experiencia de este reencuentro ha sido verdaderamente novedoso.
     La historia de Claudio Alaya Manrique, un adolescente de 15 años que pasa sus vacaciones escolares cumpliendo determinados ritos de iniciación, que serán fundamentales para su educación sentimental como para su vocación de artista, atrapa al lector lenta pero seguramente. Tenemos lo que Joyce llamaría un retrato del artista adolescente, oscilando entre las pasiones por la música y por las letras, dilema feliz que el personaje vive en una suerte de gozo perpetuo. Estudia piano con su madre, transcribiendo juntos la música –huaynos y yaravíes– dejada por su abuelo, y luego asiste donde la maestra Mercedes Chávarri para perfeccionar su aprendizaje. Lee simultáneamente La Ilíada, que su hermano Abelardo ha escogido para él, lectura que impregnará su imaginación de los mitos griegos que luego cotejará con los andinos que alguna vez escuchara de labios de Marcelina. Conviven así, en la narración, el mito del minotauro y el de los amarus en feliz armonía, símbolo de ese sincretismo cultural que recorre toda la obra.
     Una galería de personajes singulares pueblan la novela con sus variopintas y excéntricas ocupaciones, como por ejemplo el carpintero Fox Caro, comerciante de ataúdes y poseedor de una oratoria místico-poética con alusiones a una “esotérica versión del sermón de la montaña”; o Cristóforo Palomino, Palomeque, peluquero, enjalmador y latinista; o Mitrídates, limeño, expósito y guardián del mortuorio del hospital; o Zoraida Awapara, joven viuda de perturbadora belleza y sensualidad que impresiona los sentidos de Claudio y de sus amigos; o Elena Oyanguren, joven paciente del sanatorio que deslumbra por su exótica belleza; y así se van añadiendo otros personajes secundarios que le dan color y diversidad al relato.
     En la narración se intercalan las notas del protagonista, los relatos de Marcelina y las cartas de Leonor, la modesta muchachita del pueblo de Yauli que ha despertado los sentimientos amorosos de nuestro protagonista. También están las cartas de Laurita, la hermana de Claudio que vive en Lima donde estudia pintura en Bellas Artes. Su hermano mayor, Abelardo, ha dejado sus estudios de derecho en San Marcos y trabaja como bibliotecario en el Concejo Municipal. Sus padres son el maestro Eduardo Alaya, fallecido luchador social y simpatizante de la izquierda, y la dama Laura Manrique, hija del que fuera organista de la Iglesia Matriz don Baltazar José Manrique. Vive con ellos su tía Marisa, maestra soltera con un agudo sentido del humor, y con quien Claudio pone constantemente a prueba su paciencia y su sentido de tolerancia.
     Pero en medio de esta atmósfera de diáfana y optimista alegría, un hecho sombrío destaca en segundo plano, una tragedia que se nos va revelando a través de los testimonios involuntarios e incoherentes que las viejas tías Euristela e Ismena realizan cada vez que Claudio las visita a pedido de su madre. La misteriosa historia de la hacienda en Yanasmayo, y de los sucesos que involucraron a un tal Antenor o Agenor, al hacendado  y a sus hijas, va alimentando la intriga del lector hasta el cruel desenlace donde el mismo Antenor, desde las sombras, relata cómo fue que su propio padre –José María de los Heros– acabó con su vida por empeñarse en amar a su medio hermana, Euristela, a pesar de que él no lo sabía hasta ese momento crucial que precipita su muerte. Luego el incendio, provocado para esconder el crimen, y su entierro en Raupi, al pie de las chullpas o torres fúnebres de los pobladores xauxas.
     Al final, la misa de difuntos en memoria de las dos tías, muertas casi al unísono, tal como vivieron. Será la ocasión para que Claudio exponga ante los demás sus dotes musicales, pues de acuerdo con el padre Monteverde, él tocará el armonio, interpretando la creación de su abuelo, Baltazar José Manrique, el Laudate Dominum, así como una pieza de Buxtehude, un organista danés del siglo XVIII. Para ello también ha comprometido la colaboración del rumano Radulescu, cuya cuidada voz tenoril completa la misa cantada con la que Claudio conquista apoteósicamente los oídos de los asistentes y el reconocimiento de su prometedora carrera artística.
     Ecos cervantinos y pinceladas homéricas matizan la narración de una historia que a pesar de ese acontecimiento infausto, señalado líneas arriba, llega al final destilando un mensaje esperanzador y lleno de promesas sobre el porvenir armonioso e integrado de una sociedad que hará honor al real significado de la antigua leyenda del País de Jauja. Una lectura vibrante y placentera de un espléndido libro.


Lima, 5 de octubre de 2016.          

Revisitando el País de Jauja

     Después de veinte años, he releído con inmenso fervor la emblemática novela que se ha constituido en el santo y seña de la jaujinidad: País de Jauja (PEISA, 1993), del reconocido escritor Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933). Por un momento me asaltó la idea de que, con el transcurso del tiempo, su poder de seducción se hubiese deteriorado, y por tanto perdido esa magia encantatoria que hace dos décadas me mantuvo en estado de éxtasis recorriendo sus páginas como si recorriera las calles del viejo terruño impregnado de tantísimos recuerdos y vivencias.
     Pero no, al avanzar las primeras páginas caí nuevamente bajo el hechizo de su brujería  narrativa; era otro, sin duda, el libro que leía, como otro era quien lo hacía, pues evidentemente en todo este tiempo pasado ambos habíamos experimentado los rigores de las naturales mudanzas de la existencia, expresado en aquel famoso aforismo de Heráclito de que nadie se baña dos veces en el mismo río. Mucha agua había corrido desde entonces bajo el puente de los años que la experiencia de este reencuentro ha sido verdaderamente novedoso.
     La historia de Claudio Alaya Manrique, un adolescente de 15 años que pasa sus vacaciones escolares cumpliendo determinados ritos de iniciación, que serán fundamentales para su educación sentimental como para su vocación de artista, atrapa al lector lenta pero seguramente. Tenemos lo que Joyce llamaría un retrato del artista adolescente, oscilando entre las pasiones por la música y por las letras, dilema feliz que el personaje vive en una suerte de gozo perpetuo. Estudia piano con su madre, transcribiendo juntos la música –huaynos y yaravíes– dejada por su abuelo, y luego asiste donde la maestra Mercedes Chávarri para perfeccionar su aprendizaje. Lee simultáneamente La Ilíada, que su hermano Abelardo ha escogido para él, lectura que impregnará su imaginación de los mitos griegos que luego cotejará con los andinos que alguna vez escuchara de labios de Marcelina. Conviven así, en la narración, el mito del minotauro y el de los amarus en feliz armonía, símbolo de ese sincretismo cultural que recorre toda la obra.
     Una galería de personajes singulares pueblan la novela con sus variopintas y excéntricas ocupaciones, como por ejemplo el carpintero Fox Caro, comerciante de ataúdes y poseedor de una oratoria místico-poética con alusiones a una “esotérica versión del sermón de la montaña”; o Cristóforo Palomino, Palomeque, peluquero, enjalmador y latinista; o Mitrídates, limeño, expósito y guardián del mortuorio del hospital; o Zoraida Awapara, joven viuda de perturbadora belleza y sensualidad que impresiona los sentidos de Claudio y de sus amigos; o Elena Oyanguren, joven paciente del sanatorio que deslumbra por su exótica belleza; y así se van añadiendo otros personajes secundarios que le dan color y diversidad al relato.
     En la narración se intercalan las notas del protagonista, los relatos de Marcelina y las cartas de Leonor, la modesta muchachita del pueblo de Yauli que ha despertado los sentimientos amorosos de nuestro protagonista. También están las cartas de Laurita, la hermana de Claudio que vive en Lima donde estudia pintura en Bellas Artes. Su hermano mayor, Abelardo, ha dejado sus estudios de derecho en San Marcos y trabaja como bibliotecario en el Concejo Municipal. Sus padres son el maestro Eduardo Alaya, fallecido luchador social y simpatizante de la izquierda, y la dama Laura Manrique, hija del que fuera organista de la Iglesia Matriz don Baltazar José Manrique. Vive con ellos su tía Marisa, maestra soltera con un agudo sentido del humor, y con quien Claudio pone constantemente a prueba su paciencia y su sentido de tolerancia.
     Pero en medio de esta atmósfera de diáfana y optimista alegría, un hecho sombrío destaca en segundo plano, una tragedia que se nos va revelando a través de los testimonios involuntarios e incoherentes que las viejas tías Euristela e Ismena realizan cada vez que Claudio las visita a pedido de su madre. La misteriosa historia de la hacienda en Yanasmayo, y de los sucesos que involucraron a un tal Antenor o Agenor, al hacendado  y a sus hijas, va alimentando la intriga del lector hasta el cruel desenlace donde el mismo Antenor, desde las sombras, relata cómo fue que su propio padre –José María de los Heros– acabó con su vida por empeñarse en amar a su medio hermana, Euristela, a pesar de que él no lo sabía hasta ese momento crucial que precipita su muerte. Luego el incendio, provocado para esconder el crimen, y su entierro en Raupi, al pie de las chullpas o torres fúnebres de los pobladores xauxas.
     Al final, la misa de difuntos en memoria de las dos tías, muertas casi al unísono, tal como vivieron. Será la ocasión para que Claudio exponga ante los demás sus dotes musicales, pues de acuerdo con el padre Monteverde, él tocará el armonio, interpretando la creación de su abuelo, Baltazar José Manrique, el Laudate Dominum, así como una pieza de Buxtehude, un organista danés del siglo XVIII. Para ello también ha comprometido la colaboración del rumano Radulescu, cuya cuidada voz tenoril completa la misa cantada con la que Claudio conquista apoteósicamente los oídos de los asistentes y el reconocimiento de su prometedora carrera artística.
     Ecos cervantinos y pinceladas homéricas matizan la narración de una historia que a pesar de ese acontecimiento infausto, señalado líneas arriba, llega al final destilando un mensaje esperanzador y lleno de promesas sobre el porvenir armonioso e integrado de una sociedad que hará honor al real significado de la antigua leyenda del País de Jauja. Una lectura vibrante y placentera de un espléndido libro.


Lima, 5 de octubre de 2016.          

jueves, 4 de agosto de 2016

La estrella amarilla

     Son numerosos los libros, entre ficciones y ensayos, que tratan sobre la persecución y exterminio de los judíos por parte de las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, la novela Sin destino (1975), escrita por el Premio Nobel húngaro Imre Kertész, destaca nítidamente por sus dotes singulares en el manejo de los datos históricos cuanto por la concisión de una prosa austera y potente, poseedora de una rara belleza que nos interroga permanentemente sobre aquello que nos parece imposible de tener otros significados.
     Un libro sobre el llamado Holocausto judío, que con más precisión deberíamos llamar Shoah, como lo ha demostrado Juan Gelman en un luminoso artículo periodístico de 1999 titulado “Arte y genocidio”, donde hace el deslinde de la siguiente manera: “El aura de ‘Holocausto’ remite a ‘un acto de abnegación que se lleva a cabo por amor’ según la Real Academia, o una ‘renuncia a algo muy querido o de sí mismo para lograr un ideal o el bien de otros’, según María Moliner. Nada más lejos de lo que sucedió en los campos de concentración y los hornos crematorios nazis… La palabra hebrea ‘Shoah’ refiere a la destrucción total y evoca el desierto vacío. Es lo que ocurrió, lo que los propios nazis llamaban ‘vernichten’, que significa literalmente en alemán ‘reducir a la nada’.”
     El narrador es György, tiene quince años y ve al inicio de la novela cómo su padre arregla sus cosas porque debe ir al campo de trabajo. Llegan familiares y amigos para despedirse de él, entre ellos sus abuelos y los padres y hermanas de su madrastra. Uno de los hermanos mayores de ésta llega después y le habla para aleccionarlo sobre su responsabilidad, ahora que se quedará solo con ella. La escena es triste, hay llantos y rostros acongojados. Su madre vive aparte, y se reúne con ella dos días a la semana por disposición judicial.
     Han pasado dos meses y György Köves es asignado como auxiliar de albañil en la isla de Csepel, adonde tiene que acudir con el pase que recibe, pues siendo judío su libertad de movimiento es muy limitada. Se trata de una empresa militar de refinería de petróleo, que los alemanes administran a través de representantes húngaros. Tiene, en el ínterin de sus idas y vueltas al trabajo, su primera experiencia sentimental con Annamária, una chica de catorce años que vive en el mismo edificio que él.
     Un día detienen a todos los trabajadores que se dirigen a la refinería, entre ellos al muchacho, los llevan a un amplio local cercano de la aduana, luego a un cuartel militar donde deben esperar hasta el día siguiente para que sus casos sean “examinados”. En realidad, es un simple eufemismo para dilatar el tiempo mientras organizan la forma de ser enviados a diferentes destinos, nada menos que los terroríficos campos de concentración, una versión del infierno creada por la paranoia nazi.
     Posteriormente son conducidos en tren a Alemania, y cuando se detienen en una estación con los primeros rayos del sol, el protagonista, empinándose sobre la única ventana del vagón, logra leer las dos palabras del cartel situado debajo del techo del edificio: “Auschwitz-Birkenau”, el más temible campo de exterminio alemán. “Puedo asegurar que la espera no conduce a la alegría”, habría pensado el narrador al inicio de ese párrafo del trepidante relato. Enseguida describe cómo terminó incorporado, con los demás muchachos y mucha gente más, al campo de concentración más célebre del nazismo. Allí, les sirven una sopa incomestible y un pan negro. A la par, advierte la presencia de chimeneas innumerables, los hornos crematorios de los presos. Toma conciencia de estar en un Konzentrationslager (campo de concentración), específicamente en un Vernichtungslager (campo de exterminio).
     Los días transcurren iguales y monótonos entre los dos paseos diarios al barracón de los aseos y a los baños, la distribución de la comida, el recuento vespertino y todo tipo de noticias. Dice el narrador: “Esperábamos, siempre esperábamos –si lo pienso bien– que no ocurriera nada. Ese aburrimiento y esa espera son las impresiones que mejor definen, al menos para mí, la situación en Auschwitz”.
     Después de tres días en Auschwitz, un tren de mercancías lo conduce a Buchenwald, el otro campo tristemente célebre de la historia, donde le asignan el número 64,921 (Vier-und-sechzig, neun, ein-und-zwanzig). De allí, al concluir la cuarta noche, es enviado al campo de Zeiz. Las peripecias y tribulaciones que padece en estos campos están narrados con una tranquila crudeza, diríamos con un sereno espanto, describiendo situaciones estremecedoras que conmocionan su joven visión del mundo y de los seres humanos  desde una perspectiva de relativa normalidad.
     El último capítulo es, sorprendentemente, el más sobrecogedor, puesto que cuando las tropas aliadas liberan los campos, el protagonista emprende el camino de vuelta al hogar  y lo primero que encuentra es que su casa está habitada por otras personas. Indaga entre los vecinos por los suyos, los señores Fleishmann y Steiner lo reconocen y reciben con amabilidad. A través de ellos se entera de que su padre ha muerto en el campo de concentración de Mauthausen, que su madrastra se ha vuelto a casar, esta vez con Süto, el amigo de su padre que al comienzo de la novela los ayuda haciéndose cargo de sus bienes para escamotearlos de la requisa nazi.
     Al final el personaje principal reflexiona sobre el destino y la libertad, dos conceptos que para él son excluyentes. Hay un breve debate con los señores Fleishmann y Steiner, con quienes no se pone de acuerdo, por lo que decide salir para buscar a su madre. Sentado en la banca de un parque, piensa que sobre la experiencia de la felicidad en medio de los “horrores” de un campo de concentración debería hablar la próxima vez que le pregunten.
     Imprescindible novela que se lee con deleite y expectación, una de las cumbres sobre la temática que ensombreció el siglo XX.


Lima, 4 de agosto de 2016.  

domingo, 31 de julio de 2016

La sombra de Lear

     Un rey convoca a sus hijas y demás parientes para anunciarles la división del reino. Las hermanas mayores, casadas, le ofrecen sus respetos y las muestras de amor al padre, mientras la hija menor, aparte de ello, expresa muy sutilmente su deseo de mantenerse soltera, en momentos en que el padre arregla todo lo concerniente a su boda con uno de los dos principescos pretendientes. El rey acepta de buenas maneras la convencional actitud de las primeras, pero se siente afrentado por la sinceridad y franqueza de la última, tomando medidas drásticas contra ella en el instante. Este es el comienzo de El Rey Lear, escrita en 1605 aproximadamente, uno de los dramas más intensos y trágicos de William Shakespeare.
     Las hijas mayores son Gonerill y Regan, casadas con los duques de Albany y de Cornwall, respectivamente; la hija menor es Cordelia, cuya mano pretenden el rey de Francia y el duque de Borgoña, quienes son interpelados por Lear. Kent, un conde, sale en defensa de la hija desheredada, situación nueva que obliga a Burgundy a desistir de contraer nupcias con aquella, a la par que France la acepta como su esposa. Kent debe marchar al destierro.
     Gloucester, otro conde, descubre, por una carta dejada en el gabinete de Edmund, su hijo bastardo, que su otro hijo Edgar trama algo contra él. Edmund no cree en esto y promete averiguarlo. Simultáneamente, Kent se disfraza y se convierte en servidor del rey; Gonerill se queja ante su padre del comportamiento del bufón y de otros caballeros del séquito real. Lear prorrumpe en injurias contra ella y decide marcharse donde Regan.
    Edmund dialoga con el cortesano Curan en la escena primera del acto segundo, dando inicio a la secuencia central del drama. Hay rumores de una probable guerra entre el duque de Albany y el de Cornwall. En la escena segunda, Kent se enfrenta a Oswald, el mayordomo de Gonerill luego de insultarlo con gruesos epítetos. Cornwall amenaza a Kent con ponerle los cepos. Por otro lado, Edgar huye del cerco que le ha tendido su padre.
     Luego del breve monólogo de Edgar en la escena tercera, se escenifica en la cuarta el momento más intenso del drama, donde Lear, en medio de su incipiente locura, percibe la ingratitud de sus dos hijas mayores, retirándose con su séquito después de un tenso escarceo con ellas, confrontación donde salen a relucir las reales intenciones que las mueven.
     Es un viejo tópico decir que el teatro se asemeja a la vida, que todos somos actores involuntarios de este drama misterioso que vivimos día a día, protagonistas inconscientes de un guion compuesto por un taumaturgo caprichoso que nos pone ante las circunstancias más imprevisibles y que nos hace vivir situaciones enrevesadas que difícilmente podemos entender y comprender.
     En el acto tercero, escena segunda, el rey impreca a los elementos de la naturaleza, invocándolos para que lo destruyan todo, en medio de una espantosa tormenta; Kent le ofrece refugio en una cabaña cerca, donde lanza maldiciones contra sus hijas. En la escena séptima Gloucester es torturado por orden de Cornwall y Regan, acusado de traición por recibir una carta del Rey de Francia. Le arrancan los ojos al momento de descubrir la verdad de Edmund y Edgar. Este último hará de guía de su padre ciego camino a Dover.
     En la escena segunda del acto tercero se manifiesta la discordia entre Gonerill y Albany, quien reprueba la conducta de las hermanas. En ese instante un mensajero les anuncia la muerte de Cornwall, a manos de un sirviente. A la vez, Cordelia se entera de que su padre anda perdido y loco y ordena traerlo. En la escena sexta del acto cuarto, la más trágica según la crítica, Gloucester se marcha a Dover donde piensa en dar fin a su vida; su encuentro con Lear es providencial, y la muerte de Oswald a manos de Edgar cierra el círculo de las asombrosas revelaciones, pues encuentra en sus bolsillos una carta de Gonerill para Edmund, tramando la muerte de su propio esposo el duque.
     En el quinto acto, se desencadena el fin de la tragedia; Lear y Cordelia son aprehendidos después de perder la batalla. Gonerill envenena a su hermana Regan y luego se suicida, por causa de Edmund, quien oscilaba entre el amor de ambas. También mueren Edmund, Cordelia y Lear. Albany, Kent y Edgar dialogan en la última secuencia sobre las posibilidades de reconstruir el reino, destruido por las ambiciones y los desatinos de quienes no supieron acertar con los auténticos sentimientos que mueven a los hombres y a las mujeres en este mundo.
     Maravillosa y conmovedora historia que nos interpela precisamente sobre ese trasfondo de las acciones y las decisiones de los seres humanos, enmascarados muchas veces tras los falsos oropeles de la cortesanía y las afectaciones sociales. Desvelar esos estratos escondidos demasiado tarde precipita finales trágicos que con más inteligencia se podrían haber evitado.


Lima, 30 de julio de 2016.