domingo, 21 de abril de 2019

Ante el tribunal de la Historia

    Honda conmoción nacional ha causado la repentina y trágica muerte del expresidente Alan García Pérez, la mañana de este miércoles santo, en medio de una diligencia judicial que buscaba su detención preliminar autorizada por el juez, a solicitud de los fiscales a cargo del famoso caso Lava Jato, proceso que ha desestabilizado la escena política de casi toda Latinoamérica. En circunstancias en que el cerco de la justicia se estrechaba hasta el borde mismo de su confinamiento por diez días tras los barrotes, optó por el atajo salvador de la muerte, disparándose un tiro en la cabeza con su Colt 38 que llevaba listo para usarlo en el momento preciso.    
    Sin duda que se trata de una noticia de gran repercusión internacional, pues se trata nada menos que de un personaje que por dos veces ejerció la primera magistratura del país, además de su innegable liderazgo político a la cabeza de uno de los partidos más antiguos y organizados del Perú, amén de discípulo predilecto del fundador del APRA, movimiento continental de reconocido protagonismo en la historia contemporánea. Figura de relieve continental, conocido en los círculos de poder latinoamericanos a través de sus innumerables relaciones políticas con otras tantas personalidades de América Latina y del mundo, su intempestiva desaparición ha consternado a medio mundo.
    Dotado de un talento innato para la actividad política, con las cualidades añadidas de una elocuencia desbordante y un carisma magnético, su incursión doble al mando del Ejecutivo peruano no estuvo exento de polémica y cuestionamiento, siendo justamente investigado en ambos regímenes por actos de corrupción que tuvieron caminos sinuosos, sobre todo el primero, que terminaron increíblemente en la prescripción y la impunidad; en tanto que el segundo seguía su curso hasta el punto en que aparentemente ya no tenía escapatoria, después del fallido asilo en Uruguay, optando por una salida radical, extrema en todas sus partes, apelando, como alguna vez lo dijo, al veredicto final de la Historia, más allá de los contingentes tribunales regulares, pues su ego desmedido no podía concebir verse sometido a la humillación insuperable de ser tratado como un reo común y corriente.
    Jamás podremos conocer las razones últimas de su fatal determinación, a lo sumo estaremos merodeando las suposiciones y especulaciones, planteando diversas hipótesis que expliquen su impresionante suicidio. Algunos aducen que al verse acorralado por la verdad, que empezaba a revelarse al descubrirse cuentas de sus más cercanos colaboradores y que sería conocida en los próximos días cuando declarara Barata, su atormentada conciencia lo empujó a la muerte; otros, que la impronta claustrofóbica de su infancia, con un padre preso al que conoció recién a los cuatro años, le hacía intolerable la idea del encierro; y no faltan entre sus partidarios quienes hablan de una inmolación, de un acto de dignidad y honor que fácilmente lo puede convertir en un mártir, condición en verdad bastante discutible por no decir exagerada.
    Albert Camus, el gran escritor y filósofo francés, que muriera trágicamente en un accidente automovilístico, postuló en su memorable ensayo El mito de Sísifo, que el principal problema de la filosofía era el suicidio, la crucial pregunta de si la vida valía la pena o no de ser vivida. La vieja discusión de si el suicidio es un acto de valentía o de cobardía, creo que fue superada de manera inmejorable por el escritor alemán Arthur Koestler, un famoso suicida, cuando describió la decisión como la valentía de los cobardes, que era una forma de tomar la cuestión por ambos extremos para darle una poética salida conceptual. La personalidad del exmandatario, ribeteada de rasgos megalomaníacos, podía hacer prever una reacción de este tipo, pues en varias ocasiones de su dilatada trayectoria política, recayó en visibles exabruptos que revelaban una psicología en constante estado de alta tensión, actitudes que prefiguraban el hecho final de zanjar con la muerte por propia voluntad el acoso permanente de sus demonios interiores.
    Es inútil seguir debatiendo sobre los entretelones de su gesto, así como es absurdo tratar de encontrar culpables, como lo vienen haciendo irresponsablemente un grupo de seguidores fanatizados, porque lo que nos deja como lección es una reflexión profunda sobre el destino de un país jaqueado por el delito, especialmente el de las altas esferas, que sin el mayor empacho no dudaron en anteponer sus intereses particulares a los intereses nacionales. La justicia, quizás con algunos excesos, viene cumpliendo su labor de profilaxis y saneamiento, y debe seguir en esa tarea, imprescindible para el bien de todos quienes aspiramos a un país decente y civilizado.
    Cuando el miedo a la vida es más fuerte que el miedo a la muerte, los resultados son verdaderamente funestos, sobre todo si esa vida se ha convertido en una monstruosa pesadilla, ya sea por los propios errores o delitos cometidos, como por el de otros que en algún momento estuvieron ligados a la máxima autoridad que ejercía como jefe de Estado, cumpliendo roles diversos durante la gestión del gobierno a su cargo. En el tiempo que resta se irá desvelando la verdad que todos ansiamos, y cuando se descubra el caso en toda su dimensión, entonces la Historia pronunciará su veredicto inapelable, y todo parece indicar –me atrevo a deslizar lo que mi instinto me dicta–, que de ninguna manera será absolutoria por las muchas evidencias que apuntan a incriminarlo. En todo caso, su alma atormentada ya está libre de todo aquello y descansa, si es que ello es posible, en una dimensión desconocida.
    Un apunte final: me ha parecido una flagrante contradicción doctrinal, ver a monseñor Cipriani, importante jerarca de una corriente del cristianismo, bendiciendo a un suicida, pues como todos saben, la Iglesia condena dicho acto, y Dante, en su Divina Comedia, los sitúa en uno de los círculos del Infierno. Algo para pensarlo dos veces.

Lima, 19 de abril de 2019.

sábado, 13 de abril de 2019

Los forzados de la Siberia


    Con los recuerdos de sus años en la Siberia, sinónimo del lugar de castigo más temible en la época de los Zares, Fiodor Dostoievski elabora la minuciosa historia del noble Aleksandr Petrovich Goriantchikov, otrora propietario en Rusia, que purga una condena a trabajos forzados por haber asesinado a su mujer. Al morir, años después de abandonar el presidio, se encuentra entre sus pertenencias un manuscrito titulado “Memoria de la casa de los muertos”, que al descubridor le resulta de interés y decide publicarlo. Así, bajo este ardid narrativo, discurre la estupenda novela La Casa de los Muertos, una de las grandes ficciones del maestro ruso.
    Empieza describiendo el penal, “una casa de muertos vivientes”, donde doscientos cincuenta hombres comparten hacinados el espacio y el tiempo comunes. Una de las cosas más terribles que recuerda el narrador es cómo pudo haber pasado diez años sin estar solo nunca, ni un minuto. Para el condenado, más insoportable que la privación de la libertad es la cohabitación forzosa, el hecho de tener frente a sí a cada momento y en todo instante a otro condenado como él, en una absoluta cancelación de la privacidad que resulta de una crueldad inapelable. “El hombre no puede existir sin trabajo, sin propiedad, legal y normal; sin estas condiciones, se pervierte y se convierte en fiera”, reflexiona quien ha experimentado en carne propia los rigores del encierro y sus monstruosas secuelas.
    Sin embargo, es evidente que no todos estos desgraciados sienten por igual el peso del castigo que les es infligido, pues las naturalezas diversas de los hombres que concurren hacia ese centro para purgar su delito se manifiestan de los modos más disímiles, de manera que así como algunos que llegan lo hacen como si fueran a instalarse de por vida, otros tienen desde el mismo momento en que pisan sus instalaciones la certeza de que algún día tendrán que abandonarlo, aferrándose con profunda fe a esa esperanza para no morirse de desesperación. Este último es el caso del protagonista.
    Una variopinta gama de personajes desfilan por la novela, que el narrador describe con prolijidad y certeza, despertando en su ánimo algunas veces simpatía, y otras, pocas, antipatía o indiferencia. Su procedencia social ocasiona que la mayoría de los reclusos lo miren a distancia y recelen de él, al no considerarlo como uno de los suyos, mientras que los pocos nobles que comparten su desventura tratan de formar una pequeña cofradía para enfrentar los rigores de una convivencia que para ellos, sobre todo, es incluso más ardua, porque a las penalidades del encierro deben sumar los trabajos que ellos jamás habrían realizado en sus vidas ordinarias.
    Llama la atención que en esa época los presos llevaran cadenas y que fueran castigados con azotes, los cuales podían variar de quinientos a mil, o dos mil, o tres mil, suficientes para producirles la muerte. Cuántas veces Aleksandr Petrovich debió presenciar las espaldas flageladas surcadas de sangre de aquellos desdichados camino al hospital. O cuando estando en el mismo, por alguna dolencia que lo afligía, tuvo ocasión de ser testigo de los casos más espantosos a que puede reducirse el ser humano cuando es sometido a un castigo que sobrepasa su capacidad de resistencia.
    Es interesante destacar la representación teatral que preparan los presos como espectáculo de Navidad, instantes en el que se les devuelve su humanidad, gozando de las escenas como hombres libres, tanto los que fungen de actores, como los que forman el público; papel que el arte cumple a cabalidad, pues así se demuestra cómo la actividad artística conecta con los estratos más íntimos y sensibles del ser humano, subrayando esa espiritualidad que subyace aun en los lugares que menos se pueda uno imaginar.
    Hay un episodio de evasión de un par de presidiarios, Kulilov y A-v, fuga de breve duración, pues son recapturados a los pocos días. Este hecho motiva unas preguntas y una  respuesta de un interno: “¿Qué hacemos aquí? Vivir sin vida, pues sin morir estamos muertos. ¿No lo veis?”. Estremecedora comprobación de un hombre que ha escarbado hasta la médula en su situación y ha obtenido una tenebrosa verdad de la que son partícipes todos sus compañeros, pero que tal vez algunos, o la mayoría, no lo saben.
    El último año de su cautiverio recién puede tener libros Aleksandr Petrovich, y esa primera noche se queda leyendo como no lo había hecho en mucho tiempo. Qué condena más atroz debe ser, encima de la que lleva, para alguien acostumbrado al trato de los libros, verse privado de ellos por años. Llegó el término de su condena luego de diez años de reclusión, se despidió de sus camaradas, aun de aquellos que lo veían, como ya se dijo, como un señor, distinto a ellos. Al tiempo que se le quebraba los hierros, empezaba el momento de la gozosa liberación, la resurrección de entre los muertos, la nueva vida, palabras casi literales con que se cierra esta monumental novela del indispensable escritor ruso.

Lima, 6 de abril de 2019.          

sábado, 6 de abril de 2019

La manada


    Últimamente se está difundiendo a la luz pública un hecho que probablemente sea uno de los más depravados y execrables que el ser humano pueda perpetrar, pues no lo hace como individuo y a solas, sino cobijado cobardemente bajo el manto de la masa, de la horda: la violación en grupo, con el agravante de que los malhechores tienen el desparpajo de, luego o en simultáneo, propalarlo por las redes sociales virtuales que les facilita la tecnología de estos tiempos, por lo que se hacen virales y despiertan la curiosidad y el espanto de una colectividad que peligrosamente se está acostumbrando a este tipo de actos bestiales y de un nivel de salvajismo pocas veces visto por la opinión pública.
    Motiva este comentario lo sucedido recientemente en un distrito de la provincia de Ica, La Tinguiña, donde una manada de siete energúmenos abusaron sexualmente de una joven de 19 años con serios problemas mentales, aprovechándose del alto grado de vulnerabilidad de la desdichada y como forma primitiva de saciar sus más animales instintos. Todo el reprobable espectáculo lo grabaron con sus celulares y lo compartieron por internet, como si de una hazaña se tratara, exhibiendo toda la miseria de sus almas y la infinita bajura de su condición de seres humanos. Una prima de la víctima recibió una llamada de los malhechores para chantajearla, amenazando con difundir las imágenes de su fechoría por el ciberespacio si ella no accedía a sus bestiales requerimientos, límite que la impulsó a plantear la denuncia ante las autoridades. Cinco están capturados, mientras que los dos restantes figuran como no habidos.
    Un hecho similar se dio a conocer hace un tiempo en España, donde igualmente un grupete de desarrapados mastuerzos forzó sexualmente a una indefensa y joven mujer en las calles de la ciudad de Pamplona, durante las fiestas de San Fermín. Los criminales se hacían llamar precisamente La Manada, infatuándose de llevar ese nombre que describía perfectamente su despreciable y ruin actividad. Fueron juzgados benignamente por la justicia ibérica, ante la indignación mayúscula de la comunidad a la que pertenecía la muchacha y del país entero, que no se explicaba cómo los jueces podían ser tan pusilánimes y blandengues para castigar con tanta benevolencia una agresión de ese calibre.
    Otro caso parecido llega desde Argentina, como para demostrar que, como dice el refrán, en todo sitio se cuecen habas. En la ciudad costera de Miramar, provincia de Buenos Aires, un quinteto de mozalbetes brutalizados por el alcohol y otras sustancias tóxicas, cometieron estupro con una menor de apenas 14 años en la Nochevieja última. Hacía apenas un poco más de un año que la adolescente Lucía Pérez había sufrido análoga vejación, seguida de muerte,  ataque que, como es de suponer, desató la ira del país entero, que exigió de inmediato la captura y el merecido castigo para los victimarios. Y ahora nomás, en la localidad de Sebastián Elcano, en Córdoba, otra manada de siete homúnculos ha violado a un joven de 25 años, diagnosticado con leve retraso en su desarrollo cognitivo. Primero le dieron de beber, se hicieron pasar como sus “amigos” y finalmente abusaron de él.
    Son algunos de los casos que han saltado a la prensa por la escabrosidad de los detalles, por su dimensión mediática y porque el barómetro de la indignación ciudadana ha rebasado todo margen regional. Pero hay un común denominador en todos estos asaltos contra la honra y la integridad del prójimo que nos interpela como sociedad, como especie; pues más allá de su ubicación geográfica, e independientemente de las particularidades de cada uno de ellos, hay una evidencia incontrastable que no podemos escamotear: que el ser humano, con todos los logros y avances que ha conseguido en muchos terrenos de su desarrollo, también puede descender a conducirse como un despreciable bicho infecto, capaz de las más bárbaras iniquidades, a merced todavía de sus más viles pulsiones, propenso a caer a cada instante en esa cueva paleolítica  que al parecer aún no ha abandonado del todo, demostrando en estos tiempos de la llamada civilización global su estadio de primitiva evolución.

Lima, 3 de abril de 2019.

sábado, 23 de marzo de 2019

César Lévano


    A la respetable edad de 92 años nos ha abandonado el periodista y escritor Edmundo Dante Lévano La Rosa, más conocido simplemente como César Lévano. Qué difícil resulta decir algo novedoso y original sobre una persona de la que se ha escrito mucho, que ha sido abordado desde diferentes ángulos por una pléyade de discípulos y admiradores que ha dejado a su paso. Este auténtico maestro de la palabra, cuya labor poliédrica abarcaba distintos campos de la actividad intelectual y artística, deja al partir un valioso legado que las generaciones siguientes de periodistas sabrán aquilatar en su justa dimensión.
    Perteneciente a una legendaria estirpe de luchadores y hombres de combate por la justicia y la libertad en este país, César Lévano le insufló al periodismo todo ese historial de épica por la humanidad, fogueado en una vida llena de avatares, padeciendo carcelería por sus ideas, soportando estoicamente en las mazmorras del poder al enfrentarse a los sátrapas de siempre, a las dictaduras y poderosos que pisotearon e infamaron la dignidad de este pueblo. De pocos hombres se puede decir que sufrieron con una moral imbatible las penurias de la persecución y el encierro.
    Figura descollante en las redacciones de numerosos medios de comunicación escritos del Perú durante décadas, ejemplar maestro en las aulas universitarias, activista político en la mejor tradición de los grandes de nuestra historia como Manuel González Prada y José Carlos Mariátegui, insobornable hombre de prensa en búsqueda sacrosanta de la verdad, su estela sin mácula servirá de paradigma para todo aquel que asuma el periodismo como la más noble de las profesiones, o como diría el recordado Gabo, como la profesión más bella del mundo.
    Hace poco había presentado su último libro sobre las luchas obreras de hace cien años por las 8 horas de trabajo, jornadas en donde fue partícipe su padre, un humilde obrero de Vitarte que le transmitió ese sentido íntimo por la justicia y la decencia de la que él fue durante toda su vida un honroso militante. Lector infatigable, hombre de letras y de acción, cada paso de su larga vida fue una cátedra constante e indesmayable de buena prosa y sutil sabiduría, propios de alguien que para ejercer su oficio ha tenido que fatigar ingentes bibliotecas y laboriosos archivos, en búsqueda permanente de esa verdad que fue su diosa laica.
    Sería mejor no hablar de sus poquísimos detractores, mas todo hay que decirlo, pues cuando fue víctima de una infame campaña de desacreditación en razón de su orientación política, de sus tomas de posición frente a los grandes males que han asolado a nuestro sufrido país, allí estuvo imbatible, como una cariátide griega, el hombre de pensamiento y de brega para enrostrarles a la canalla, dizque periodística, su mezquindad y su nimiedad, la indigencia incontrastable de sus almas.
    Cómo olvidar al autor de agudos y memorables editoriales y artículos de opinión que son modelos insuperables de belleza y profundidad, forjados sólo por quien ha recorrido también los campos floridos de la poesía, arte que cultivó secretamente para dotar a sus páginas de esa pátina de frescura y elegancia que tantos admiramos sin pudor, pues César Lévano fue uno de los pocos periodistas de estos pagos a los que se puede calificar sin dudar un segundo como un fidedigno hombre de cultura. El trato con los libros y con una realidad tan compleja y diversa como la nuestra, nos dieron a un ser dotado como nadie para el análisis inteligente y para la palabra justa.
    La formidable herencia moral e intelectual que deja trazará un camino luminoso para quienes ven a su relevante figura como un valioso referente de lucha, constancia y veracidad, un faro rotundo para orientarse en estos tiempos convulsos que él supo capear desde su modesto puesto de vigía, de observador penetrante de los hechos, de gurú mestizo cargado de años y de sabiduría.
    Hasta siempre, maestro.

Lima, 23 de marzo de 2019.

Islamofobia


    El mundo está todavía conmocionado por los arteros ataques a dos mezquitas en Nueva Zelanda, perpetrados por un  supremacista blanco que ha ocasionado la espantosa cifra de 50 muertos y decenas de heridos que se recuperan en los hospitales de ese pacífico y admirable país de 5 millones de habitantes, que ostenta, a pesar de todo, los más altos índices de democracia y calidad de vida del planeta.
    El viernes fatal, el australiano Brenton Tarrant, de 28 años, irrumpió con armas modernas en la mezquita Al Noor de Christchurch, principal ciudad de la Isla Sur del país, cuando el imán comenzaba el sermón, provocando una verdadera carnicería donde han muerto 42 personas que se encontraban orando, para luego dirigirse a la siguiente mezquita de Linwood, distante a apenas cinco kilómetros, donde ha ultimado a las 8 restantes víctimas, cifra menor debido a que un ciudadano afgano se le enfrentó, lo distrajo y finalmente lo obligó a huir. Pero lo más asombroso es que todas estas escenas el atacante ha tenido el desparpajo de transmitirlas en tiempo real por las redes sociales, ante la impotencia de las autoridades que no han podido impedir la matanza que se había anunciado minutos previos a su puesta en acción.
    Se sabe que el asesino era un conocido entrenador deportivo que tenía simpatías por los movimientos islamófobos en el resto del mundo, que había recorrido buena cantidad de países recogiendo información sobre el accionar de numerosos personajes de extrema derecha, ligados a la causa antiinmigracionista, cuyos nombres figuraban en las armas y las cacerinas que la policía ha encontrado entre las pertenencias del terrorista. Tampoco deja de llamar la atención un documento de más de 70 páginas, titulado El gran reemplazo, que el criminal distribuyó entre los correos electrónicos de algunas importantes autoridades del país, donde sustenta y trata de justificar su demencial acto, aduciendo que los inmigrantes buscan reemplazar a las poblaciones originarias de Europa y propiciar lo que él llama un “genocidio blanco”, es decir, un auténtico disparate.
    Este hecho viene a ser uno más, el más cruento tal vez, de los muchos que se suceden en diferentes rincones del mundo con una característica común: el que sus víctimas pertenezcan a las comunidades musulmanas diseminadas en numerosos países europeos, principalmente, así como en otros donde son visibles por su número e importancia. Este era justamente el caso de Nueva Zelanda, el país escogido por el criminal por ser precisamente el que menos temor despertaría entre su población hacia un ataque como este, y para provocar directamente un mayor impacto en cuanto a que ya ninguna nación podía estar a salvo de su salvaje accionar.
    En paralelo a los rebrotes de actos antisemitas en algunos países europeos, se extiende una ola de islamofobia en buena parte de Occidente, alentada por ciertas políticas restrictivas hacia la inmigración, que ponen su principal foco de atención en los países de población musulmana, especialmente medidas tomadas por el gobierno de Donald Trump en los Estados Unidos, seguido por una fila de mandatarios de corte neofascista que han impulsado una campaña de descalificación, discriminación, victimización y exclusión hacia grupos de personas provenientes de las zonas más candentes del Medio Oriente, allí donde el islam es la fe mayoritaria.
    Por eso no llama la atención de que exaltados militantes de esta deforme ideología de la muerte surjan en los lugares y en los momentos menos pensados, desatando el terror y la masacre como formas primitivas de lucha, amparándose en supuestos derechos de defensa de “su gente”, como reza en algunos pasajes de sus textos difundidos por este oligofrénico extremista de derecha.
    Debemos estar prevenidos para hacer frente a esta salvaje racha de amenazas a la convivencia global, donde irónicamente pululan individuos que pretenden construir muros, separar poblaciones, establecer guetos, evitar las migraciones en una época que debe estar signada precisamente por una apertura al cosmopolitismo y al encuentro fraterno de las comunidades y los hombres de todas las latitudes, y donde una misma aspiración debe hermanar a todas las culturas y a todas las tradiciones, el ideal de la libertad y la paz para toda la humanidad, sin las puertas al campo que ciertas mentes anacrónicas desean erigir entre nosotros.

Lima, 23 de marzo de 2019.

sábado, 16 de marzo de 2019

El gato y el ratón


    Leyendo un artículo del escritor y periodista español Antonio Muñoz Molina, donde explicaba la relación entre la literatura y el cine, a propósito de una invitación que había recibido para ocuparse de una película, dirigida por nada menos que Alfred Hitchcock y  basada en una novela negra, se disparó mi curiosidad, primero por ver la película –deseo que no se pudo cumplir a cabalidad–, y segundo por leer el libro, que no contaba entre los que figuran en mi modesta biblioteca. Pensé en la posibilidad de que estuviera disponible en forma virtual, para descargarla y leerla de ese modo. Y así fue como durante un par de semanas, estuve cautivo, placenteramente cautivo, de la fascinante historia que Patricia Highsmith nos relata en Extraños en un tren (1950), su primera novela.
    Dos hombres, Bruno y Guy, se conocen en un viaje en tren, entablan conversación y poco a poco este le va revelando al primero algunos detalles de su vida, pormenores que aquel  aprovecha para idear un pacto siniestro que será la urdimbre central de la obra. Se trata de que Bruno, un bohemio trotamundos de familia acomodada, acabe con la vida de Miriam, la esposa de la que Guy está en proceso de divorcio, a cambio de que el mismo Guy haga lo propio con el padre de Bruno, a quien su hijo detesta profundamente. La argumentación va en el sentido de deshacerse de personas que atormentan la vida de cada uno, e intercambiando los crímenes las sospechas serían casi nulas hacia ellos, algo que los  acercaría al tan deseado “crimen perfecto”. Guy tiene planes de matrimonio con Anne y Bruno espera disfrutar a sus anchas de la fortuna de su progenitor.
    Es ahí donde se pone en movimiento lo que los penalistas llaman el iter criminis, es decir el camino que habrá de conducir, inevitablemente, al objetivo mayor del homicida. Se separan provisionalmente, aun cuando Guy ha sido explícito en su rechazo al fin perseguido por Bruno, tildándolo de absurdo e insensato. Pero este no ceja en su intento de convencer a su socio en la empresa criminal que trae entre manos. Lo acosa a través de telegramas y llamadas telefónicas hacia el lugar donde se encuentre; mientras tanto, va preparando minuciosamente el plan que llevará a cabo de su parte. Indaga por el lugar donde vive Miriam y parte allí inmediatamente para ponerlo en marcha.
    Los hechos se precipitan lenta pero vertiginosamente; ubica la casa de su víctima y la sigue discretamente. Ésta, con un grupo de amigos, se dirige a un parque de diversiones, sin saber que unos ojos no le quitan la vista de encima y unos pasos seguros la acechan secretamente hasta hallar la ocasión donde proceder a su macabro fin. El momento indicado llega cuando los amigos toman un bote para, cruzando un túnel, arribar a una isla aledaña al parque de juegos. El instante exacto cuando Miriam queda sola en un paraje de la isla es aprovechado por Bruno para acercarse y estrangularla. Luego de cometido el crimen, raudamente abandona el lugar y se escabulle entre el público que ha acudido al centro recreacional. Se produce un alboroto y pronto acuden a auxiliar a la muchacha que desgraciadamente ya ha expirado.
    La noticia llega después de unos días a oídos de Guy, quien piensa inmediatamente en Bruno y vuelve a sentir los grilletes del pacto en el tren que, es cierto, él no quiso firmar; mas se ve avasallado por los hechos y sabe que ha llegado su turno de cumplirlo. Así, espoleado por una mezcla de culpa y resignación, por más que su razón y voluntad le digan lo contrario, sus pasos lo van conduciendo fatal e inexorablemente al instante crucial en que deberá acatar su sino. Un nuevo contacto con Bruno, quien lo sigue asediando, será la clarinada que precipitará los acontecimientos. Ha recibido las indicaciones precisas para desplazarse por la casa donde vive el padre de Bruno, con la señal convenida de la hora en que se encontrará a solas. Guy siente que la maquinaria no tiene marcha atrás, e irremediablemente se encamina a su fatídica cita mortal.
    A lo largo de las páginas se puede ir descubriendo también el alma de los protagonistas, sus miedos y sus vacilaciones, la angustia y la culpa que los va erosionando hasta llevarlos a los extremos de la condición humana. Hay un pasaje de la novela en que Guy dialoga  con Owen, el prometido de su exesposa y padre del hijo que llevaba en su vientre al morir, y reflexiona ante él esta estremecedora verdad: “Eso es lo malo, que nadie sabe qué aspecto tiene un asesino. ¡Un asesino no se diferencia en nada de los demás mortales!”. Lo podemos comprobar en las declaraciones que hace la gente cuando se produce un asesinato y vienen los periodistas para indagar sobre la personalidad del victimario; la mayoría que lo conocía declara que era una persona normal, y que no se explica cómo ha podido hacer lo que hizo. Será Gerard el detective que asumirá las pesquisas del caso, quien merced a una inteligente labor de cerco, jugando al gato y al ratón con su presa, llegará a resolver ambas muertes que parecían destinadas a quedar olvidadas en la sombra del misterio.
    Vale la pena sumergirse en sus páginas para seguir expectantes el decurso de la historia, atrapados en el suspense que la novelista sabe graduar para que el lector se enganche con la trama y no termine sino exhausto y gozoso con ese sorprendente final que toda novela del género policial brinda a sus asiduos seguidores.

Lima, 16 de marzo de 2019.            

sábado, 9 de marzo de 2019

En blanco y negro


    Es inevitable recordar, ante los recientes casos de racismo difundidos por la prensa, la contundente y lapidaria frase del eminente científico alemán Albert Einstein, quien sentenciara alguna vez, quizás como única respuesta ante el indigente espectáculo de la comedia humana, las siguientes palabras: “Existen dos infinitos: el del universo y el de la estupidez humana, aunque del primero no estoy muy seguro”. Habría que agregar que aun decir “estupidez humana” ya resulta un oxímoron pues, que se sepa, no hay indicios de que esa cualidad esté presente en otras especies. Parece que es privativo del hombre.
    Un conocido periodista de la televisión peruana, caracterizado por su locuacidad tremebunda y desbordada, suelta un comentario racista y despectivo en medio de un partido que la selección peruana jugaba con la ecuatoriana. Aludía a las características físicas de un futbolista del vecino país, destacando su color y lo que con él podría estar asociado. Una sarta de comentaristas tratan de restarle importancia a la injuriosa frase, aduciendo su aparente normalidad y su intención bromista. Y es justamente allí donde está el problema, pues la reiteración de una práctica consuetudinaria no convierte a la misma en virtuosa, ni algo dicho con deliberado sentido del humor esconde el trasfondo agraviante de ciertas palabras.
    Una trabajadora edil realizaba su trabajo en una vía importante del sur del país, cuando de pronto irrumpe una conductora que, presa de la rabia, la emprende contra la humilde mujer, por supuestamente haberla agredido al cumplir su labor dirigiendo el tránsito en un tramo donde se realizaban obras. Y la emprendió con frases insultantes llenas del más torpe y vulgar racismo, arremetiendo inclusive contra los hijos de la víctima. La energúmena, acompañaba sus palabrotas con gestos que denotaban claramente su profundo desprecio y saña.
    Aquí, en la despiadada Lima, una señorona muy encopetada, socia de uno de esos clubes exclusivos de las clases altas de la ciudad, se permitió deslizar un comentario despectivo con respecto a las nanas, esas mujeres humildes que realizan la labor de niñeras para los hijos de estas familias pudientes que, precisamente, también suelen ser socias del club de marras. Dijo, entre otras lindezas, que cómo era posible  que aquellas muchachas utilizaran los servicios y los ambientes reservados a los elegantes miembros de su cofradía social, y que si insistían en hacerlo, pues deberían pagar por ello.
    En Norteamérica, en medio de los prolegómenos de lo que fue la entrega de esos premios anuales cinematográficos a cargo de la Academia de Hollywood, la prensa y las redes sociales recogieron impresiones infelices de ciertos individuos maledicentes, que nunca faltan, que la emprendieron contra la actriz mexicana Yalitza Aparicio, última gran revelación de la cinematografía del país azteca a raíz de su actuación en la celebrada y criticada película Roma de Alfonso Cuarón. Y lo hacían, no en orden a su performance o cualidades histriónicas, como es de suponer, sino a su origen mixteco, del cual ella, como lo ha dicho con bastante claridad y emoción, se siente orgullosa.
    Esta pobre gentuza, que cree ver en las apariencias del cuerpo, en el color de la piel o en los rasgos del rostro, el signo de la diferencia entre los seres humanos, la clave de su venerable superioridad así como la de su invencible inferioridad, no hace sino mostrar con grandísima impudicia su ignorancia supina, su atrevimiento rastrero y, no hay más remedio que repetirlo, su infinita estupidez. A estas alturas de los tiempos, camino hacia la primera mitad del siglo XXI, cuando ya la antropología ha dado por superado el viejo concepto de razas, el que existan seres de mente anacrónica y alma retorcida que pretendan todavía seguir insistiendo en sus obsoletas seudo categorías humanas, resulta por decir lo menos deprimente.
    Deberían saber estas personas corroídas por la nesciencia, que existe una sola raza, la humana, y que las diferencias de colores, tamaños y formas no indican absolutamente nada en cuanto a sus capacidades, talentos y posibilidades; pues todos poseemos las mismas condiciones biológicas de nacimiento, entre ellas la fundamental del cerebro, donde radica verdaderamente la clave de nuestro desarrollo. Que ello esté condicionado por otros factores, como los económicos, sociales o culturales, ya es otra cosa, lo cual obedece a una realidad que muchas veces es injusta e inequitativa, situación atribuible a un sistema político y económico que ha perpetuado las desigualdades y que ha dejado grandes abismos de diferencia entre los hombres.
    Es tiempo de asumir la aventura humana desde otras perspectivas, con la grandeza de quien entiende que los seres humanos estamos en este mundo para hacerlo mejor, lejos de los estereotipos y los prejuicios que nos impiden juzgar a cabalidad la presencia y trayectoria de una persona, por encima de esas visiones estrechas y reduccionistas que lo único que delatan es, al fin de cuentas, nuestra bochornosa miseria espiritual.  

Lima, 8 de marzo de 2019.