sábado, 4 de febrero de 2023

El hermano Miguel

 

La impredecible confabulación del azar me llevó a conocer a una persona que yo no imaginaba poder acceder, a pesar de mis intereses ligados a aspectos de la historia, tanto del Perú como del mundo. Sucede que hace como cuarenta años tuve la oportunidad de leer una novela que recrea un acontecimiento muy poco conocido a nivel nacional y que surgió en la ciudad donde nací: Jauja. La obra pertenece al afamado escritor peruano Mario Vargas Llosa y lleva por título Historia de Mayta (1984), donde narra la insurgencia de un movimiento guerrillero en la década del sesenta del siglo pasado, el primero que aparece en el país, en una época signada por la efervescencia creada por la reciente y triunfante revolución cubana. Unos años antes, estando aún en el colegio, el profesor nos sugirió leer Huajaco, un relato novelado de los mismos hechos, escrito por el autor jaujino César Núñez Arroyo.

Bueno pues, dicha persona es nada menos que el hermano del líder de aquella jornada revolucionaria, quien también fue partícipe de las acciones que se sucedieron y testigo por ello de primera mano de un acontecimiento clave para entender el proceso político de la segunda mitad del siglo XX en el Perú y en América Latina. Llegué a él por intermedio de mi cuñado Jorge, presidente de la Promoción 82 del Colegio San José de Jauja, que un día me comentó que había localizado a tan interesante personaje y me invitó para visitarlo y poder charlar sobre aquellos y otros sucesos. Su nombre es Miguel Vallejo Vidal, hermano del jefe de la cárcel de Jauja al momento de los hechos, el subteniente Francisco Vallejo Vidal.

La charla fue muy amena, enfocada principalmente en los hechos de hace sesenta años. El amigo Miguel nos comentó que tenía preparado un libro sobre el tema, que nos pasó a obsequiar, con la dedicatoria correspondiente. Su título, «La verdadera historia de Mayta», parafrasea la conocida novela del Nobel, y permanece inédita. No es una novela, sino un testimonio de parte, el relato de alguien que ha sido también protagonista de aquella revuelta estudiantil que sobresaltó la apacible ciudad andina ese 29 de mayo de 1962. Según el relato, fueron 16 los integrantes del grupo conformado para la ocasión, de los cuales 5 eran alumnos del Colegio San José de Jauja, más el sindicalista Jacinto Rentería, el comunero Vicente Mayta y otros jóvenes convocados por Vallejo en sus viajes entre Lima y Jauja.

Lo sorprendente fue enterarnos de la edad de Miguel al momento del levantamiento, pues sólo frisaba los 16 años cuando decidió secundar la aventura guerrillera de su hermano, quien con sus 21 años ya demostraba una clara decisión en sus acciones. El hermano Miguel era estudiante del quinto año de secundaria del colegio Andrés Rázuri de Chorrillos, y se embarcó desde la capital sin el conocimiento de sus padres, pues era alumno interno del centro escolar y estaba convencido de la prédica revolucionaria de Francisco.

La narración es envolvente y se lee de un tirón. Cada detalle está descrito con mucha precisión, propio de alguien que sabe lo que dice, pues todo lo que cuenta lo ha visto con sus propios ojos, lo ha vivido en carne propia. Eso lo hace un testimonio de un valor inestimable. Después de algunos prolegómenos de índole familiar, comienza el relato del acontecimiento desde la fase de su preparación hasta el luctuoso final, pasando por las acciones centrales y los episodios puntuales que desencadenaron la toma de la comisaría y el puesto de línea, el asalto a los bancos Regional e Internacional, el corte de las líneas de telefonía y telégrafos y la fuga hacia las alturas de Quero. Enseguida vendría la persecución de un contingente importante de efectivos policiales llegados de Huancayo, el cerco en las estribaciones andinas, la muerte de Francisco, alcanzado en la cabeza por los tiros de los uniformados, y la de Mayta, desangrado por una herida que le ocasionó una bala en la pierna.

Fue, como lo reconoce Miguel, una aventura juvenil, una locura adolescente que fue acicateada por el entusiasmo virginal e inocente de un subteniente de policía poseído por fuertes ideales de igualdad y de justicia social. Confiado en que los campesinos y comuneros de los pueblos de las zonas rurales de Jauja se sumarían a su proyecto revolucionario, se embarcó en una empresa totalmente demencial que acabó como tenía que acabar, algo que no tenía pies ni cabeza. Dejando de lado los sentimientos y aspiraciones de este oficial, cuya generosidad y voluntad de cambio eran indiscutibles, el movimiento estaba condenado al fracaso por su falta de preparación ideológica y logística, por sus carencias notables en cuanto a conexión con las bases de apoyo y a una red de estrategias y métodos para desencadenar un proceso de transformación de las condiciones de poder establecidas.

Con este serían tres los libros -como ya queda mencionado- que se dedican a narrar, desde diversas perspectivas y con distintas intenciones, el levantamiento guerrillero de Jauja. El primero fue Huajaco, de César Núñez Arroyo, aparecido en 1978; el segundo, Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, de 1984; y, ahora, el tercero, La verdadera historia de Mayta, de Miguel Ángel Vallejo, escrita hace algunos años y todavía sin publicar. El lector puede tener una idea cabal de los acontecimientos leyendo cada uno de ellos, pues aparte de que son, respectivamente, un relato novelado, una novela y un testimonio, y marcan sus diferencias en cuanto a ciertos detalles muy puntuales, sirven todos para comprender un fenómeno político social de notable envergadura dentro del panorama de los movimientos revolucionarios del Perú y de América Latina.

 

Lima, 16 de enero de 2023.  

sábado, 7 de enero de 2023

La pared que habla

 He tenido la suerte de ir a ver la película peruana Willaq Pirqa, el cine de mi pueblo, del cineasta ayacuchano César Galindo, realizada el año 2019 y que, por la razón de todos conocida, se estrenó recién el 8 de diciembre último. Premiada en el Festival de Cine de Lima del año pasado, es la primera que se hace totalmente en idioma quechua, toda una proeza en un medio que no favorece precisamente el desarrollo de una cinematografía nacional. Su programación en pocas salas de la capital y en algunas ciudades del interior, con cuatro semanas en cartelera y una asistencia aceptable del público, debiera ser motivo suficiente para seguir apoyando la producción a través de una sostenida presencia en más salas y por mayor tiempo para que un público masivo tenga oportunidad de conocer y apreciar esta valiosa cinta.

La película es, ante todo, una perfecta oda al cine, al modo que lo hiciera también el italiano Giuseppe Tornatore con su aclamado film Cinema Paradiso (1988). Pero la peruana posee otros aspectos que la hacen única y notable en su género, por el abanico de propuestas y símbolos que se desprenden de la trama. La primera, como ya lo dije líneas arriba, es estar filmada en una lengua originaria de nuestro país, lo cual ya es un elemento transgresor para el sistema dominante, donde prevalecen abrumadoramente las producciones en lenguas extranjeras y en español como segunda opción. Pero vamos desgranando las diversas aristas de una obra que destaca por su virtuosismo, poco común en nuestro medio.  

Sistu es un niño de la comunidad de Maras en el Cuzco, que vive con sus padres y su hermanito. Su hermana mayor, Rosita, ha salido para la capital a trabajar como sirvienta y no ha regresado a su pueblo. La familia espera noticias de ella y anhela su regreso con ansiedad, pero al parecer todo será en vano. El niño va al colegio por decisión y esperanza de su madre, pues el padre no está muy convencido de que esto sea necesario para sus objetivos de agricultor y hombre de campo. La abuela es una mujer sabia que alienta en Sistu los sueños de progreso y desarrollo personal a través de la educación. Estando en su escuelita, una hoja de papel periódico con notas sobre el cine cae en sus manos traída por el viento. Sus amiguitos se escandalizan por las imágenes que también trae el recorte y buscan acusar a Sistu ante la maestra. Ella se presenta y les explica sobre el cine, provisional información que el niño acoge con gran curiosidad.

El día que su padre va al pueblo para vender sus productos y hacer otras compras, Sistu lo acompaña y lo primero que busca averiguar es sobre un cine ambulante que ha llegado al pueblo para su exhibición de temporada. Mientras su padre va a preguntar por noticias de Rosita donde su compadre, el menor se queda hasta tarde deambulando por las callecitas angostas para encontrar la salita improvisada donde un hombre proyecta las películas más conocidas del séptimo arte. Y allí surge la magia para Sistu, cuando observando la pared descubre que las figuritas se mueven y hablan, cuentan una historia y suena una música. Cuando regresa a su casa y luego a su escuela, comenta alborozado con sus compañeritos todo lo que ha visto, animándolos para que la próxima vez lo acompañen y puedan gozar de su descubrimiento.

Así va creciendo en el alma del niño el fervor y la pasión por el cine, sentimientos que llega a contagiar a la comunidad de sus padres, quienes asisten a una función por decisión mayoritaria. Pero sus ansias de gozo se estrellan ante la imposibilidad de comprender lo que sucede en la película por la barrera del idioma, situación que desemboca en la decisión de enviar solo a Sistu para que él después les transmita la historia. El niño se esfuerza, con la ayuda de mamá Simona, su abuela, de representar de la mejor manera el argumento del film ante sus ocasionales espectadores. Sin embargo, cuando un día lluvioso acude al pueblo, recibe la mala noticia de que el exhibidor se ha marchado. Regresa a su comunidad y debe contar, como siempre, lo que ha visto. Como no tiene historia para ese día, y ante la impaciencia de su público, inventa una que recrea las vivencias de ellos mismos. Lo acusan de mentiroso y de estafador, pero su familia sale en su defensa y convencen a los lugareños de que es mejor que una historia relate sus propias peripecias, y en su propia lengua. Es el remate perfecto de la cinta, pues en la secuencia final se ve a un Sistu ya adulto frente a una pantalla donde se exhibe su propia producción cinematográfica, con una escena conmovedora: su hermana Rosita está de vuelta en casa y el reencuentro con su familia no puede ser más tierno y emocionante. Sistu ha recuperado a Rosita en la ficción, es decir, el milagro del arte hace posible lo imposible, convierte en realidad los sueños de los hombres. Tremendo mensaje de un film que ha cautivado a grandes y chicos, que al final de la película prorrumpen en aplausos de reconocimiento a un autor que ha logrado dar en la precisa sensibilidad del público.

En cuanto a otros elementos podemos destacar el papel principal. Pocos seres están dotados con el talento natural para la actuación, y Víctor Acurio, el joven actor de Willaq Pirqa, el cine de mi pueblo, lo tiene a raudales. La fotografía es magnífica, con amplias tomas de un escenario prodigioso: las altiplanicies andinas en todo su esplendor, la vida cotidiana de sus pobladores en el campo con sus sembríos y sus animales, y la agitación comercial en el pueblo los días de feria, como también las noches cerradas salpicadas por intensos aguaceros. Ninguno de los otros roles fue asumido por un actor o actriz profesional, pero igualmente lo hacen con la espontaneidad y naturalidad de quienes han alcanzado la pericia en el oficio. La música es acorde con los paisajes y la trama transmite el alma y el corazón de un mundo singular agazapado en las estribaciones de nuestras serranías.

Hay momentos de comedia que el público celebra entre risas y comentarios, escenas graciosas donde el protagonista hace gala de un sentido del humor candoroso y tierno. Otros momentos son de ciertos guiños a la historia de nuestro país, cuando por ejemplo aparece una mujer con rasgos de locura hablando incoherencias y caminando por las chacras y los surcos, y ante la pregunta curiosa que Sistu plantea a su padre, Florencio, éste le explica que está así desde que su hijo desapareció. Enorme realidad que muchos parecen haber olvidado de una época fatídica que se apoderó del Perú hace apenas unas décadas. En fin, vale la pena sentarse por 89 minutos frente a la pantalla y gozar de una estupenda obra que seguirá dando que hablar por su calidad y belleza.

 

Lima, 5 de enero de 2023.    

sábado, 31 de diciembre de 2022

El infierno de Maruja

 

Corrían los despreocupados e irresponsables años 80 del siglo pasado, cuando llegó a la cartelera del desaparecido cine Colonial de Jauja la película Maruja en el infierno (1983), del cineasta peruano Francisco Lombardi. La efervescente publicidad en la marquesina de la sala atrajo inmediatamente mi atención, sobre todo por la imagen de su protagonista principal, una joven y desconocida actriz cuyo nombre luego daría que hablar en los medios del espectáculo nacional: Elena Romero. Han pasado sus buenas casi cuatro décadas y siempre estuve tentado de saber algo más de aquella cinta que exploraba los vericuetos de la marginalidad en la caótica Lima de la segunda mitad del siglo XX.

La visión del film tuvo un efecto catártico para el joven adolescente que yo era por ese entonces. La cruda realidad de una gran ciudad, con sus zonas de miseria, sordidez y codicia burda y superficial palpitaba en cada escena de la historia. Con la magnífica actuación de Elvira Travesí, toda una leyenda en el teatro peruano, la trama se deslizaba tortuosa entre los desvencijados canchones sucios y grises de una casucha abandonada de la zona industrial de la capital. La doña administraba un antro de reciclamiento de vidrios, para lo cual había reclutado un puñado de orates a quienes hacía trabajar bajo el látigo de un zambo de carácter volcánico. Los locos seleccionaban, de entre toda la chatarra que acumulaban, las botellas por colores, que luego eran negociados en las farmacias del centro.

Lo que en ese momento no sabía era que la película se basaba en una novela publicada en 1958 por el escritor peruano Enrique Congrains Martin, titulada No una sino muchas muertes. Perteneciente a la generación del 50, este autor siempre apostó por el perfil bajo, dedicándose a publicar y promocionar él mismo su obra, para lo cual hizo recurrentes viajes por diversos países del continente. Dueño de una prosa exquisita y original, publicó otros libros, pero fue esta su única novela la que le valió el reconocimiento de la crítica. He tenido la ventura de leer ahora esta ficción y luego ver nuevamente la película, para entender los puntos de contacto y hacer el cotejo correspondiente, dejando sentado por supuesto que se trata de dos obras de arte muy diferentes. Se trata, como primera impresión, de la misma historia, aunque contada con ciertos detalles que difieren una de otra. El guion de adaptación para la cinta corrió a cargo del estupendo poeta nacional José Watanabe, lastimosamente ausente de este mundo ya van a ser quince años.

La novela discurre a través de la historia de Maruja, una joven humilde que trabaja en la fábrica abandonada al servicio de su madrina, la vieja que es la dueña del negocio. La inocencia inicial de la protagonista se va tiñendo de sucesos anodinos y truculentos que gradualmente la van despojando de su aire de niña impávida y soñadora. Conoce a Alejandro, un muchacho que provee de locos a la vieja, pero que es parte de una pandilla de zamarros que han visto en este trabajito una oportunidad para obtener ganancias extras. La extraña conducta del joven, oscilando entre la duda y la cobardía, se convierte en desafío para una Maruja que ve despertar en ella los primeros escarceos del amor y del deseo.

El comportamiento de una típica patota de los barrios periféricos, el descubrimiento de la ambición y del crimen, la conciencia de la propia entidad corporal y moral, jalonan el desarrollo vertiginoso de Maruja, ante la soberbia y avaricia de una mujer que ha hecho de la explotación de seres disminuidos mental y socialmente una forma de vida. Mientras tanto, el grupo de mozalbetes va diseñando su propia estrategia para hacerse del negocio, con el concurso diligente y sagaz de una muchacha que no tiene nada que perder. Cuando el plan trazado avanza hacia su consecución, algunos integrantes del clan defeccionan momentáneamente, con el fin de obtener resultados más inmediatos. Pero las cosas les salen muy distintas a como la habían imaginado. El zambo ha asesinado a la vieja y ha fugado con el botín.

En la película los pormenores son ligeramente diferentes, aunque el resultado es el mismo. Es decir, por tratarse de dos lenguajes distintos, el guionista se ha permitido una licencia al variar el detalle de las circunstancias en que se produce el crimen. Sin embargo, lo que le da mayor consistencia a la novela es también la serie de reflexiones vitales en que se sumerge Maruja, tratando de esclarecer su propia existencia, así como en busca de un sentido a todo ese embrollo de episodios que le ha tocado presenciar y vivir. Sabe que no tiene alternativa, a menos que apueste por una salida radical y violenta.

En conclusión, diré que la novela es incisiva en el plano introspectivo sobre la trayectoria del personaje principal: una mujer joven y oprimida, mientras que en la película el acento recae en la peripecia truculenta del asesinato que pone fin a ese pequeño infierno que había rodeado a Maruja, para entregarla tal vez a otro, el de la gran urbe que la espera con sus dientes ansiosos, como el monstruo que saborea ante la vista de su próxima presa. Es justamente este hecho el que ha destacado la crítica de la obra: un personaje femenino enfrentado al destino con las agallas de una persona en el pleno sentido de sus potencialidades. En fin, dos experiencias rotundas y fundamentales que se complementan en la visión de una sociedad con múltiples grietas y roturas, retos permanentes para el individuo y la colectividad, puntos de inflexión en nuestra cabal comprensión del infinito camino que nos espera como país a construir.

 

Lima, 29 de diciembre de 2022.    

Tantas veces Pedro

El extraño golpe de Estado propinado por el expresidente Pedro Castillo, el pasado miércoles 7, debe estar catalogado entre los más tontos del mundo. Sin tener el apoyo de nadie, excepto tal vez del minúsculo círculo que lo indujo a medida tan desatinada, su propósito estaba destinado al fracaso más absoluto. El Congreso de la República, que amenazaba decretar su vacancia esa tarde, y que no estaba seguro de reunir los votos suficientes para su objetivo, apresuró los trámites y votó inmediatamente, destituyendo del cargo a alguien que prácticamente se había infligido un suicidio político, dándose el caso paradojal de ver cómo mataban a un muerto.

El presidente estaba acorralado desde hace tiempo, con acusaciones abiertas por diversos casos de corrupción y, no está demás decirlo, por el capricho de una clase política que representa a las élites económicas y sociales de este país, que jamás aceptó, desde antes incluso de jurar el cargo, que un hombre que era ajeno a sus círculos de poder, que provenía del mundo andino y había llegado al poder sin los planes y el programa que ellos preveían, se quedara en un cargo que siempre habían detentado en doscientos años de vida republicana.

Es cierto que la administración adolecía de muchos defectos, era un gobierno errático que caminaba a la deriva, con cambios repentinos de ministros y cuestionamientos constantes de muchos de sus integrantes, pero esa no era la razón verdadera de una oposición, en coro perfecto con la prensa concentrada, que exigía un día y otro también la salida de palacio de gobierno del señor Castillo. La causa de fondo tenía que ver con un asunto de racismo y clasismo que todavía, después de siglos de coloniaje, es fuerte y resistente, sobre todo en la capital, en esta Lima que arrastra el dudoso prestigio de aquella Ciudad de los Reyes que fundara Pizarro. Para comprobarlo, basta revisar los comentarios en las redes sociales del mismo día del fallido intento de golpe. Al saberse que Castillo ya había sido destituido, un cargamontón de vómito inmundo salpicó las principales plataformas de la internet, una pestilente exhibición de la más abyecta indigencia moral de gente con muchas pesetas en el bolsillo, pero una miseria clamorosa en el alma.

Inmediatamente se preparó la juramentación de la vicepresidenta, quien en un mensaje por twitter se había desmarcado de la actitud de Castillo, a quien acusó de haber asumido posiciones antidemocráticas, con las cuales evidentemente no estaba de acuerdo. En unos días tuvo su flamante gabinete, de perfil aparentemente más técnico y competente de los que nombraba su predecesor, pero que también lastraba algunas sombras sobre varios de ellos, situación que al parecer no tuvo en cuenta la nueva presidenta, pues en su invocación para jurar al cargo a cada ministro incorporó una fórmula anticorrupción. El propio presidente del Consejo de ministros arrastra una acusación antigua de acoso y maltrato, así como un nexo con un exmagistrado en proceso de extradición por haber conformado una red de corruptelas al interior del Poder Judicial.

Pero el asunto no terminó allí, sino que el malestar empezó a crecer entre la población, que veía cómo los congresistas celebraban un triunfo pírrico ante las cámaras, totalmente ajenos a la demanda mayoritaria para que también ellos dejaran el poder. El descontento se hizo furor, y en los días que siguieron marchas multitudinarias salieron por diversas ciudades del interior del país, especialmente del sur, como Arequipa, Ica, Cuzco y Ayacucho, donde el grito era unánime exigiendo el cierre del Congreso, la convocatoria a nuevas elecciones y a una Asamblea Constituyente. La represión no se hizo esperar, cobrándose hasta el momento cerca de una veintena de muertos, en una secuela dolorosa de sangre y desolación que afecta principalmente a los sectores más humildes de la sociedad, cuyos hijos han perecido en estas jornadas de lucha bajo las balas de una policía que termina otra vez convertida en verdugo de un pueblo al que debe más bien protección y seguridad.

Vidas jóvenes segadas por la necedad y la desidia de una clase política totalmente divorciada de las aspiraciones y necesidades de un pueblo al que ya no representa. Tal vez nunca lo hizo, por lo demás, pues el método de elección de los candidatos al parlamento que realizan los partidos políticos está viciado en sus orígenes y vaciado de legitimidad. Los que resultan elegidos de esta manera no representan en verdad a la ciudadanía, sino a los intereses del jefe del partido y, por último, a sus propios intereses. Desde la crisis de los partidos políticos de los años 90 del siglo XX, lo que existe en la actualidad son entidades que usufructúan ese nombre, porque en realidad son apenas clubes de amigos u organizaciones de dudosa naturaleza, conducidas por un caudillo que, por lo que se ha visto en todos estos años, más tiene de cabecilla que de otra cosa. No en vano muchos de estos personajillos tienen procesos abiertos ante la justicia por encabezar una organización criminal.

La crisis en el Perú es tan profunda que la salida debe ser radical. El nuevo pacto social pasa por una Carta constitucional que recoja las demandas más perentorias de las grandes mayorías, un diseño inteligente acorde con los tiempos, una estructura jurídica que integre los avances significativos en derechos sociales, políticos y económicos de las sociedades igualitarias y auténticamente democráticas. Necesitamos no sólo juristas, sino también sociólogos, filósofos, economistas, pedagogos, antropólogos y representantes legítimos de los gremios, sindicatos, colegios profesionales y demás organizaciones de la sociedad civil para esta labor de refundación de una república que en dos centurias de existencia no ha logrado cuajar una entidad madura, eficaz y eficiente que responda a los intereses de todos sus miembros.

 

Lima, 16 de diciembre de 2022. 

domingo, 27 de noviembre de 2022

Pablo querido

 

Ha partido, la mañana del martes 22 de noviembre, Día Mundial del Músico, el gran cantautor cubano Pablo Milanés, figura icónica de la canción latinoamericana. Autor de inolvidables canciones como “Yolanda”, “Para vivir”, “El breve espacio en que no estás”, “Sueños”, “Yo pisaré las calles nuevamente”, “De qué callada manera” y tantas más de una dilatada trayectoria y de un rico repertorio que va desde la canción tradicional de Cuba, el son, pasando por la nueva trova, hasta el feeling, en una carrera de más de cinco décadas consagradas al mundo maravilloso de la música.



Cómo no recordarlo cuando vino al Perú en 1986, para el Cicla, festival de la canción latinoamericana de cortísima vida. En sendas presentaciones en la universidad de San Marcos, así como en el entonces Parque Zonal Túpac Amaru, pude verlo por primera vez, junto a otros representantes notables de la música popular como Silvio Rodríguez y la legendaria orquesta Irakere. El cantor lucía una abundante melena africana y una voz melodiosa y potente, de tintes metálicos. Sus versos y melodías, oscilando entre la ternura y la denuncia, son piezas únicas de una producción que abarca alrededor de cincuenta volúmenes.

Se había radicado en Madrid desde hacía unos años, a raíz de una dolencia oncológica que ha terminado acabando con su vida, mas no con su legado, que ya es inmortal. En el mes de junio de este año realizó una gira por su país, que en rigor sería la última, a manera de despedida, y estuvo sencillamente apoteósico, sobre todo cuando interpretó una de sus composiciones menos conocidas, pero de las más hermosas, como es “Comienzo y final de una verde mañana”, un himno intenso e inigualable al amor.

Su voz seguirá resonando en las estancias más entrañables de nuestra memoria, su poesía persistirá como un cactus indómito en el desierto impávido de estos tiempos extraños en que triunfan en ciertos escenarios los ruidos bastos, baratos e hirsutos, que estoy seguro pasarán a mejor vida como todo lo que impone el mercado y la moda. Pablo, o Pablito, como lo llamaban sus más próximos, también estaba convencido de ello, como lo afirmó categóricamente en más de una entrevista.

Nos ha dejado, pues, un artista excepcional, un hombre que en su actividad musical aunaba calidad, exquisitez y virtuosismo, tres condiciones difíciles de hallar en cualquier época, mucho más en ésta en que, como decía líneas arriba, predomina la ordinariez y el mal gusto. Fue una vida también ligada a los vaivenes políticos del continente, especialmente a los sucesos que marcaron la vida de Cuba, con la revolución y el surgimiento de los movimientos guerrilleros, y con Chile, como consecuencia de la ominosa dictadura de Pinochet y el exterminio de numerosos líderes políticos, como Miguel Enríquez, dirigente del MIR, a raíz de cuyo asesinato Pablo compuso esa conmovedora canción que habla de las calles ensangrentadas de Santiago.

Su obra ya es parte del acervo musical latinoamericano y mundial, al lado de las de Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa y muchos más que son auténticas leyendas de nuestra patria grande. En esa gratísima compañía estará por siempre Pablo Milanés, un creador de cuya pluma brotaban canciones perfectas que engarzaban directamente con el exigente gusto popular. Artistas así cruzan el firmamento de la música muy de vez en cuando, es por eso que cuando se tiene el privilegio de gozar de su presencia y obra, uno no puede sino sentirse agradecido a los dioses por tan valioso regalo.

Adiós Pablo, querido Pablo, hermano, artista, trovador, juglar, te veremos en la eternidad, y te escucharemos hasta el fin para saber que no te has ido, que estás con nosotros porque ya eres parte del sentimiento y la memoria de un pueblo que anhela todavía soñar con los ideales de la libertad y del encuentro armonioso de todos los hombres y las mujeres en una mañana nueva que sea el comienzo de un mundo mejor.

 

Lima, 23 de noviembre de 2022.

sábado, 22 de octubre de 2022

Eterno retorno

 

Con el triunfo de la extrema derecha en las últimas elecciones en Italia, se confirma en el mundo una escalada que se inició tímidamente hace algunos años: las fuerzas más oscuras y nefastas del espectro político están de vuelta, las masas caen encandiladas ante el discurso saturado de promesas demagógicas del neofascismo redivivo. Cuando se cumplen exactamente cien años de la marcha sobre Roma encabezada por Benito Mussolini, hecho que presagió el ascenso al poder de los totalitarismos más siniestros en la Europa del siglo pasado, la candidata del partido Hermanos de Italia, Georgia Meloni, consigue un respaldo inusitado entre el electorado italiano, lo que la convierte virtualmente en la próxima primera ministra del país mediterráneo.

Lo sucedido en la primera vuelta en Brasil recientemente, también acentúa el temor de las fuerzas democráticas ante la eventual reelección del peor presidente que ha tenido el país amazónico, pues ello significaría cuatro años más del desastre en varios frentes que ha signado el régimen de Bolsonaro, una mezcolanza inverosímil de trumpismo y putinismo de la peor factura. Las encuestas que daban un triunfo holgado al candidato del PT, se han visto desmentidas con la arremetida en la recta final del presidente en funciones. Apenas cinco puntos separan a quienes el próximo 30 se enfrentarán en una segunda vuelta que será encarnizada.

Y en el Perú, las elecciones regionales y municipales del domingo 2 de octubre, también la realidad ha sido desoladora. La preferencia por candidatos con serios cuestionamientos ha sido una constante a nivel nacional. Un portal web publicó días previos a la votación la relación de todos quienes están en esa condición. Más que una elección política parecía que estábamos ante la persecución de una lista de buscados por la justicia. Y en Lima, la capital del país, el escenario fue más decepcionante aún, con dos aspirantes al sillón edil que nunca fueron garantía de nada, disputándose hasta el último minuto la mayoría ciudadana. Por fin, el resultado ha sido más o menos previsible: el ganador es un señor con las peores credenciales morales y éticas que uno pueda imaginarse.

La pregunta que es lícito hacerse es por qué una mayoría relativa de la población que ha acudido a votar puede decantarse por un individuo que exhibe sin pudor las taras más reprobables de una persona a estas alturas de los tiempos. Ya hace un tiempo he rastreado y comentado todas las lindezas que acostumbra regurgitar este sujeto en numerosas declaraciones ante la opinión pública. Pero, para resumir, sólo habría que mencionar su misoginia y homofobia, su zafiedad, xenofobia y aporofobia, credenciales que lo descalifican de plano para pretender convertirse en autoridad de nada, mucho menos para encabezar la alcaldía de la ciudad más importante del país. Pero así estamos, a los electores parece que no les importara la personalidad ni la conducta de quienes buscan dirigir sus destinos. El solo hecho de que posea algunos títulos universitarios o alguna otra especialidad técnica no es suficiente para ello, pues se trata de un cargo con un contenido de ascendencia moral y vecinal considerable.

Además, y este es el elemento perturbador que lo hace temible, con su gestión al frente de la comuna capitalina podrá erigirse en abanderado de posturas cuestionables en materia de derechos humanos, protección de comunidades vulnerables y defensa de los intereses de la gente más humilde. Sus antecedentes inmediatos no son precisamente halagüeños en ese sentido, todo lo contrario, cada vez que puede, y cierta prensa se presta para ello, no hace otra cosa que demostrar su ordinariez y vulgaridad más hirsutas; todo su discurso está lastrado de un odio y un desprecio absolutos hacia quienes no piensan como él, con un argumento reduccionista y efectista donde todo gira alrededor de su bestia negra favorita: el “comunismo”, que supuestamente se quiere implantar en el Perú.

En fin, con sentido democrático debemos aceptar estos resultados, pero no puedo dejar de decir que me apena profundamente que la ciudad que elegí para vivir, o tal vez ella me eligió a mí, sea gobernada por un tipo que es el mal ejemplo rampante, la imagen viva de la intolerancia y la zafiedad. Y no es que las autoridades deban ser santas ni impolutas, pero hay límites que no está permitido cruzar cuando se quiere asumir un cargo público de estas características.

 

Lima, 9 de octubre de 2022.

sábado, 24 de septiembre de 2022

La ronda de la muerte

 

Hay ocasiones en que la partida de este mundo de personas que uno conoce se acota apretada en corto tiempo, segadas por la muerte una tras otra con apenas unos días de diferencia. Se trata generalmente de personajes públicos, pues aquellos del ámbito familiar merecen más bien reservarse al fuero privado. En el caso que comento, el disparador fue la mundial noticia del fallecimiento de la reina Isabel II de Inglaterra, hecho de gran repercusión en la prensa de todo el mundo por la relevancia política de una figura que por siete décadas estuvo al frente de una de las monarquías más tradicionales de Europa. Tenía 96 años, vividos intensamente como parte protagónica de las relaciones internacionales de buena parte del siglo XX y de las primeras décadas de éste. Digamos que su muerte era hasta cierto punto previsible, sobre todo por la extensa trayectoria de una existencia que siempre estuvo en el foco de la atención pública global.

El mismo día que se conocía el fallecimiento de la soberana inglesa, nos llega la dolorosa noticia de la muerte de Marciano Cantero, legendario músico argentino, líder emblemático de la banda de rock en castellano Los enanitos verdes, fundada allá por los inicios de los años 80 por un grupo de muchachos mendocinos y de la cual era vocalista, baterista y tecladista. Autor de numerosas composiciones del grupo y figura visible de la misma, lo ha sorprendido la parca en medio de una gira que realizaba por diversos países del continente. Aunque estaba afincado en México desde hace algunos años, había regresado a Mendoza para someterse a un tratamiento de una afección renal que ha terminado acabando con su vida. He sentido mucho esta muerte, la de un artista de una voz inconfundible y mejor persona, querida y admirada por tantísima gente por su natural bonhomía y don de gentes. Una muchedumbre ha acompañado su féretro en su natal Mendoza, como muestra de ese reconocimiento público hacia uno de los exponentes más sobresalientes de la música argentina y latinoamericana.

El tercer bandazo de la odiosa guadaña llegó el domingo 11, cuando revisaba por la noche la edición digital del diario El País de España. Sinceramente no podía creerlo, me sorprendió el anuncio de la muerte de Javier Marías, tal vez el escritor más importante en español de los últimos tiempos. Autor de un buen manojo de brillantes novelas, colaborador desde hace cerca de 20 años del suplemento del mismo diario, La Revista Semanal, articulista de fuste y polémico crítico de cuanto zafarrancho se armara en su país o en cualquier parte del planeta, por obra y gracia de la bendita clase política que no nos deja descansar un minuto. Detector privilegiado de la estupidez humana, se granjeó la enemistad de tanto mastuerzo que no le perdonaba su agudeza argumental, su punzante prosa siempre incisiva contra todos los entuertos y malandanzas de este mundo. En fin, un hombre singular que hará mucha falta en una realidad cada vez más signada por la necedad y la insidiosa mediocridad.

La cuarta estocada provino de Suiza, el martes 13, fecha por lo demás muy sospechosa. Lo cierto es que el cine está de luto, ha muerto Jean-Luc Godard, el abanderado de la Nouvelle Vague francesa, el hombre que revolucionó las pantallas del séptimo arte en los años 50 y 60 del siglo pasado. El suicidio asistido al que ha apelado significa que el gran maestro del cine no ha permitido que le corten la película, sino que, como todo un artista de la filmografía, ha decidido poner él mismo el punto final del guion del largometraje de su vida. Como ya no le veía posibilidades al personaje de la obra, lo ha retirado de la escena en el momento exacto y en el instante justo de una trayectoria de más de medio siglo dedicado a contar y reflexionar con la cámara la propia gesta y sentido de un arte joven del cual fue un indiscutido maestro.

Y para cerrar esta mala racha con que la pelona suele cebarse cada tanto, este sábado 17 ha despertado con el anuncio fatal de la partida de Carmina Cannavino, una extraordinaria intérprete y compositora de música peruana y latinoamericana. Hija de argentino y peruana, vivía en México desde hacía varios años, con un discreta pero importante carrera en el mundo del arte, donde exhibió todo el talento y la virtuosidad de que estaba dotaba, dueña de una voz exquisita que se prodigó sobre todo en la magistral ejecución del repertorio de nuestra queridísima Chabuca Granda, aparte de ser por supuesto pieza obligada en cuanto proyecto musical se embarcaran los músicos que formaban y forman esta pequeña legión de difusores del arte melódico de lo que con sentimiento abarcador llamamos la patria grande.

Todos ellos nos dejan un valioso legado, especialmente los artistas, pues la huella que dejan de su paso por este mundo será imperecedera, recordada por las generaciones sucesivas que tengan el privilegio de acercarse a una obra donde siga viviendo el alma y el genio de tan maravillosos seres que honran a la humanidad.

 

Lima, 17 de septiembre de 2022.