sábado, 27 de enero de 2024

Educando a Elisa

 

George Bernard Shaw (Dublín 1856 – Reino Unido 1950) es un espléndido humorista, dueño de un ingenio excepcional, que lo hace enfrentar de manera incomparable cualquier situación embarazosa de la vida diaria. Cuando es objeto de alguna chanza, pues no faltan los impertinentes que buscan cebarse con una celebridad, sus respuestas son fulminantes, rotundas, como por ejemplo en ese par de anécdotas que se cuentan de las muchas que lleva en su haber. Una vez, luego de una brillante conferencia, un sujeto del público se puso de pie para hacerle una pregunta, pero no referida al tema de su exposición, sino una con sorna:

-Señor Shaw, ¿podría decirme dónde queda el baño? -La réplica del expositor fue delicada como una caricia, pero violenta como una centella.

-Cómo no señor -le dijo Shaw-; salga al pasadizo, camine de frente hasta el fondo, doble a la derecha y allí encontrará un letrero que dice “Caballeros”. No hago caso al mismo y pase adelante.

Otra vez, salía de una sala de teatro luego de haber disertado sobre un tema, la gente se aglomeró alrededor suyo tratando de obtener alguna respuesta o una firma dedicada. De pronto, alguien le advirtió que en el bolsillo del saco un desconocido había colocado un papel doblado. Nuestro personaje extrajo el mismo, lo desdobló y leyó: “Imbécil”. Miró al público, desplegó el mensaje ante la vista de todos y espetó:

- Señores, es la primera vez que recibo un anónimo, firmado.

Empero, Shaw es ante todo un gran escritor, autor de novelas, ensayos y obras dramáticas. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1925. De entre aquellas últimas, destaca indudablemente su comedia Pigmalión, publicada en 1913, formidable sátira de la sociedad inglesa y deliciosa pieza de teatro. El título nos remonta a la inagotable mitología griega, según la que un rey de Chipre andaba en busca de una mujer con quien casarse, pero como era muy exigente en la materia, no conseguía ninguna que reuniera sus condiciones de perfección, entonces decidió dedicarse a la escultura. Esculpió así a Galatea, la mujer ideal que ansiaba. Se enamora de ella deseando con frenesí que cobrara vida. Tiene un sueño donde se cumple su deseo, y al despertar Afrodita se compadece del rey y hace realidad su sueño. El relato se encuentra igualmente en el libro Metamorfosis, del autor latino Ovidio.

Este es el trasfondo mítico de la comedia, trasladado al Londres de comienzos del siglo pasado. Henry Higgins, un caballero inglés especialista en lingüística y fonética, conoce de casualidad en una calle de la ciudad, en medio de una lluvia torrencial, a una florista. Esta circunstancia particular, donde un par de mujeres, madre e hija, intercambian diálogos con la vendedora de flores, sirve para que el caballero tome notas para sus estudios. Entre los personajes de la escena también está el coronel Pickering, otro aficionado a estos aspectos del lenguaje. Todo sucede en el pórtico de la iglesia de San Pablo, a medianoche.

El hijo de la señora, Freddy, va en busca de un taxi y tropieza con la florista, cuya canasta de flores se desparrama por el suelo. Allí se suscita un breve diálogo entre ambos, ocasión que mister Higgins registra en sus apuntes por el especial uso del idioma que hace la chica, Elisa, un lenguaje trufado de coloquialismos propio de la jerga de los barrios bajos londinenses. Asimismo, es motivo para que intercambien impresiones Higgins y Pickering, quien es autor de un trabajo titulado “El sánscrito hablado”, lo que produce un enorme interés de parte de aquel. De esta manera, al día siguiente ambos se encontrarán en el gabinete que Higgins tiene en Wimpole Street. Allí llega también la florista, buscando al lingüista para unas clases de pronunciación. Cuando convienen en ello, el de las notas comunica a su ama de llaves, mistress Pearce, que Elisa se quedará y que la lleve para su aseo. Su desafío es convertir en unos pocos meses a la muchacha en una dama de modales y léxico correctos.

En el tercer acto asistimos a una escena en la casa de mistress Higgins, la madre del profesor de fonética, un piso en la ribera del Chelsea. Acude a ella su hijo para anunciarle la visita de una muchacha que ha pescado. La madre se turba y replica que ese día tiene visitas, y por tanto debe esperar. Henry insiste y convence a la dama de que reciba a su invitada. Quienes visitan a mistress Higgins son la señora y la señorita de Eynsford, las mismas de la primera escena del pórtico de San Pablo. Al hacer su ingreso Elisa, vestida como una dama y departiendo con los circunstantes con suma delicadeza y modales, el asombro es general. Intercambian impresiones ante el regocijo del profesor y la perplejidad de la madre. Pronto llega Freddy, a quien también ya conocemos, y queda prendado de Elisa.

En el cuarto acto se va a poner en práctica el experimento de los dos señores. Nos enteramos, por el diálogo de ambos al llegar al laboratorio de vuelta, que han asistido a una garden-party -tradicionales fiestas en los jardines en el Reino Unido durante la era Victoriana-, para poner a prueba todo el trabajo de meses con el objetivo de refinar a una florista recogida del arroyo, como varias veces lo comenta el autor del proyecto. Si bien ellos regresan satisfechos, Elisa demuestra su malestar, que con el paso de las horas va creciendo. Se siente utilizada, un simple conejillo de indias de dos caballeros empeñados en demostrar a todo el mundo y demostrarse a sí mismos lo que son capaces de hacer.

En el acto final, Higgins acude a la casa de su madre acompañado de Pickering, afanosos por encontrar a Elisa, quien ha fugado la noche anterior y se ha llevado todas sus cosas. Henry está desesperado, mientras la madre lo contempla muy tranquila tratando de transmitirle algo de su estado de ánimo. En un momento determinado, mistress Higgins anuncia que Elisa está con ella y ordena que salga. Elisa hace su ingreso a la sala ante el estupor de los solterones. Previamente, la madre ha tratado de hacerle entender al hijo los beneficios del matrimonio, situación que a él le parece improbable. Luego, en la plática con Elisa salen a relucir los encuentros y desencuentros de una relación singular. Él no quiere que se vaya y le pide volver con ellos. Elisa manifiesta sentirse postergada, tratada como un objeto. Menciona a Freddy como el joven que ha mostrado su interés por ella. Henry descalifica al muchacho en medio de un escarceo de sentimientos de superioridad, celos y desamparo.    

La obra se divide, como ya quedó claro, en cinco actos y un epílogo. En éste, el autor reflexiona sobre el posible fin de su comedia, presentando al lector argumentos válidos para que cada quien se decante por el final más razonable. Por lo demás, en toda la obra sobrevuela una crítica velada a la hipocresía de la alta sociedad londinense, una sátira de los moldes impuestos por la aristocracia, una fina ironía que desnuda ese mundillo hecho de convencionalismos, formulismos y supercherías sociales con los cuales una clase ha buscado uniformizar el multiforme e inapresable comportamiento del ser humano.

 

Lima, 24 de enero de 2024.




jueves, 18 de enero de 2024

Crónica de Lima

 

Cuando la ciudad de Lima cumplió 400 años de fundación española, el eminente historiador Raúl Porras Barrenechea publicó un libro de homenaje titulado Pequeña antología de Lima. El Río, el Puente y la Alameda. Corría el año 1935 y el joven estudioso de nuestra historia reunió en un enjundioso volumen los textos más importantes que sobre Lima se habían escrito desde aquellos años iniciales hasta las primeras décadas del siglo XX. Una comprobación que puede sorprender al lector es cuando el autor afirma, en las palabras liminares, que esta ciudad la fundaron dos personajes: Francisco Pizarro y Ricardo Palma. Es una forma elegante de conjugar la historia y la poesía, el pasado y la literatura, la realidad y la imaginación. Y continúa luego: “Se agregaron a los fundadores treinta españoles que vinieron de San Gayán y veinticinco indios de Jauja”, es decir, que entre los primeros habitantes de esta capital también había jaujinos, a quienes podemos también reconocerles el título de fundadores.

Cada uno de los que habitamos esta urbe descomunal tiene una visión propia de ese espacio compartido que finalmente es una ciudad. La primera vez que visité Lima fue en los primeros años de la década del 70 del siglo XX. Nos alojamos en un departamento de la recién estrenada Residencial San Felipe, en el distrito de Jesús María. Nuestros anfitriones, parientes políticos de mi tía Antu, nos recibieron con gran afecto. Desde el quinto piso podía divisar esta ciudad increíble, las luces interminables que pululaban por todos lados en la noche, como silenciosas luciérnagas incansables. Pero lo primero que me sorprendió realmente fue el agua, mejor dicho, el olor del agua. Yo venía de Jauja, abastecida por el agua de los manantiales o puquios de las alturas, agua pura que bebíamos directamente de las pilas de las casas. Es por eso que sentir el cloro -como me lo explicaron después- fue el primer choque físico con la capital.

Luego vendría el recorrido por la ciudad, sus altos edificios, el tráfico intenso y la agitación particular de una urbe gigantesca ya por esos años. Y el otro impacto físico fue el clima, era la estación del verano y ese calorcito pegajoso y molesto, inusual para un visitante de la sierra, fue una experiencia extraña que con el tiempo tuve que aprender a domeñar. Caminar por el centro de la ciudad, el famoso jirón de la Unión, la plaza San Martín y la Plaza de Armas, como se decía entonces, se convirtió en otra aventura inusitada y grata. Lo que sí me resultó directamente injuriante fue el transporte público, trasladarse en los viejos buses de esos años, con sus destartaladas chimeneas arrojando humo negro, me produjo las primeras arcadas en la capital, estando a punto del vómito. También con los años se llega a dominar esta repulsa instintiva del cuerpo.

En uno de los textos que recopila Porras, el poeta José Santos Chocano evoca una Lima del pasado, una Lima que se fue, o que dejamos irse, o que tal vez siempre se está yendo. Desfilan ante los ojos de la imaginación del lector, los fantasmas de una ciudad que ya no existe, cual conjuro de ánimas de un mundo pretérito, casi como el que podemos sentir en Comala, la ciudad espectral de Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo. Qué hubiera pensado el insigne historiador que fue el maestro Porras, o los cronistas y viajeros que dejaron sus impresiones de la otrora Lima, si vieran, por ejemplo, hoy el Rímac convertido en un río de aguas pútridas, un cauce maloliente que agrede los sentidos de quienes osan cruzar sus puentes o pasear por sus malecones.

Hay un texto escrito por un tal Stevenson, que vivió en Lima muchos años, donde describe los últimos años de la Inquisición, que funcionaba en el local del Santo Oficio, situado en la llamada plaza de las tres virtudes cardinales, hoy Plaza Bolívar. Es un estremecedor testimonio de la barbarie instalada en un recinto consagrado a la fe.

Cuando finalmente me instalé en la ciudad, a comienzos de los años 80, con motivo de mi ingreso a la Universidad de San Marcos, era otro el panorama político el que imperaba. El Perú vivía su primavera democrática, con el retorno de los civiles al poder. Lima seguía creciendo de un modo imparable, como hasta hoy. Poco a poco iría conociendo los distintos rincones de una Lima que crecía caótica y desmesuradamente. Los históricos lugares de Pachacámac, Carabayllo y Maranga, importantes núcleos poblacionales de la Lima primitiva, quedan ahora como puntos referenciales de un pasado que el vértigo del tiempo ha ido transformando hasta adquirir las actuales características.

En el libro que poseo, la edición se completa con un interesante texto que Raúl Porras Barrenechea dedica al nombre del Perú. Es curioso comprobar cómo esta toponimia se impone a través del uso de la gente de más baja ralea de Panamá, que en son de burla se referían de esa manera a los aventureros que se arriesgaban hacia el sur. Los documentos oficiales registran el nombre general de Costa del Levante para todas las tierras situadas al sur de Panamá. Pero la denominación surge por la deformación del nombre de un cacique llamado Bidú, al que los conquistadores atribuyen el señorío de dicho territorio. Aparece así un nombre mestizo, como dice Porras, fusión de lo indio y lo español. Los soldados y el populacho, como casi siempre, imponen así el uso de una voz hasta entonces desconocida, que sin embargo en sus inicios se refería a lo que actualmente es la provincia del Darién en Panamá y la intendencia del Chocó en Colombia.

Alguna vez, la gran compositora Chabuca Granda asistió a una de las conferencias del maestro Porras, y allí fue que escuchó por primera vez esa descripción tan precisa de la Lima antigua y sus costumbres, que luego incorporó en uno de sus versos más memorables de su emblemática canción “La flor de la canela”. Efectivamente, el río hablador, el puente de piedra y la alameda de los Descalzos en el distrito del Rímac constituyen los elementos identitarios de una ciudad que luego se ha expandido de una manera monstruosa.

El libro es encantador, posee una nutrida información histórica sobre Lima y el Perú, en la prosa elegante y sabrosa de uno de los hombres más apasionados por el pasado del país y que siempre estuvo comprometido con su presente y con su futuro.

 

Lima, 6 de enero de 2024.



 

sábado, 6 de enero de 2024

Tilsa

 

Sólo hay dos explicaciones para toda la controversia suscitada en las redes sociales por la aparición de Tilsa Tsuchiya (1928-1984) en los nuevos billetes de doscientos soles: ignorancia y mezquindad. El gran desconocimiento de la obra artística de esta magnífica pintora peruana, junto a ese deporte nacional, cuya práctica está muy generalizada, han creado esta falsa polémica cuestionando su presencia numismática. Es más, surge de un gran malentendido, pues algún obtuso ha sugerido por allí que cómo se puede reemplazar a Santa Rosa de Lima por “esta desconocida”. En primer lugar, no se trata de reemplazar a nadie, y con respecto a lo segundo, he ahí justamente el motivo, pues de lo que se trata es de visibilizar a una mujer de notable trayectoria en el arte peruano del siglo XX.

Creadora de una obra pictórica muy personal, Tilsa va revelando su talento de una manera prodigiosa a partir de mediados del siglo pasado, cuando luego de su paso por la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), de su estancia en Europa, adonde fue becada, y del gran aprendizaje que logró para pintar y dibujar, expone sus primeras obras y al instante los críticos descubren el genio innato, la originalidad de una artista formada al influjo de tres mundos estéticos: el arte precolombino, el japonés y el europeo, conjugando una propuesta única, singularísima, con pinceladas del surrealismo, sin serlo plenamente, y una apuesta por el arte figurativo, a contracorriente del extendido dominio que ejercía la pintura abstracta en los principales círculos artísticos del país y del continente.

Cuando hablo de ignorancia, ello no parte de una simple suposición. Cada vez que he preguntado a mis alumnos si conocen a pintores peruanos o que me nombren a cinco de ellos, el resultado ha sido invariablemente el mismo: el total desconocimiento de los artistas plásticos de su país. Algo parecido sucede con los poetas o los músicos. Pasados de unos cuantos nombres, consagrados y conocidos, no pueden mencionar a nadie más. Por ejemplo, ¿cuántos conocen de la existencia del poeta Carlos Germán Belli o del músico Celso Garrido-Lecca, dos de los artistas vivos más importantes del Perú? Es clamorosa la indigencia en la formación artística de la educación peruana. Y estoy seguro que lo mismo sucedería si planteamos el reto a cualquiera de esos críticos ocasionales del mundo virtual.

A propósito de lo que está ocurriendo con Tilsa Tsuchiya, esa misma reticencia a reconocer o valorar su obra ya lo padecieron tantos otros peruanos notables a lo largo de la historia, o si no recordemos lo que pasó con el mismísimo César Vallejo. Es cierta aquella aseveración que asegura que sólo lo igual reconoce a lo igual, y ello explica la profusión de tanta necedad con respecto a quienes se permiten hablar de Tilsa sin conocerla. Discípula de Carlos Quizpez Asín y de Ricardo Grau, dos importantes pintores peruanos de la primera mitad del siglo XX, formó parte de lo que se ha llamado, sin exageración, la “Generación de Oro” de la escuela de arte limeña, grupo al que pertenecieron Gerardo Chávez, Milner Cajahuaringa y Alberto Quintanilla, entre otros. Tanto es así, que Tilsa fue la primera y tal vez la única estudiante de nuestro país en obtener la nota 21, calificativo que obtuvo en su examen de fin de carrera. Como los graduandos exhibían virtudes muy parejas en su evaluación por el jurado, y todos ellos poseían méritos propios para alcanzar el consagratorio 20, ante el extraordinario trabajo de Tilsa Tsuchiya no podían los acuciosos evaluadores sino inclinarse por unanimidad por ese puntaje inaudito.

Me puse a observar muchos cuadros de Tilsa, en una colección de pintores peruanos publicada por el diario El Comercio hace ya varios años. En el cuadro “Comensales”, un óleo sobre lienzo de 1968, se observan unos brazos alargados hacia una mesa extendida, en cuyo centro domina un objeto circular, que puede ser un pan, el alimento general, y al fondo, en la cabecera, tres seres estilizados presiden la escena en una atmósfera sombría donde predominan los rojos, grises y el negro. Otros comensales están apostados en torno al mueble central. Y en “Músicos”, otro óleo sobre lienzo de 1964, me encantan las figuras de los cuatro protagonistas: dos instrumentistas de viento, un percusionista y el ejecutante de las cuerdas en el extremo izquierdo del cuadro. Los rostros son geométricos y los dedos muy perfilados, especialmente el del flautista del extremo derecho.

Dorsos desmembrados, figuras faliformes, senos omnipresentes, sombras autónomas, animales marinos, árboles antropomorfos, atmósferas brumosas, luces refractadas, objetos habitados, son parte de la iconografía personal de la artista. En el cuadro que la crítica señala como el más importante de su producción, “Tristán e Isolda”, un óleo sobre lienzo de 1974-1975, la pareja primordial se sostiene sobre una nube de fuego, que flota en una densa neblina donde se perfilan montañas vaporosas. Los personajes están frente a frente, uno de cuclillas y la otra de rodillas, mientras sus lenguas desmesuradas se enredan en medio del blancor de una luz maciza. Tristán tiene un cuerno en vez de frente, e Isolda una cabellera al viento. Se ha dicho que la ausencia de brazos de todos sus personajes simboliza su desapego de las posesiones materiales, y la carencia de frentes, el dominio de los sentimientos frente a la razón. El título original era “El mito de la creación”, pero a sugerencia de su amigo José Watanabe, lo cambió al de la pareja wagneriana.

El recorrido y reconocimiento de la obra de Tilsa Tsuchiya son indudables, a pesar de la ignorancia que todavía permea a buena parte de esa masa ajena a los vaivenes del arte y la cultura de nuestro país. En una encuesta promovida por un importante diario local sobre el artista peruano del bicentenario entre pintores, curadores y críticos de arte, el nombre de esta pintora nacida en Supe en 1928 y fallecida en Lima en 1984, resultó ganador con más menciones que cualquier otro. Además, uno de sus cuadros ha logrado hace pocos años la más alta cotización, en el mercado del arte internacional, que cualquier pintor peruano haya logrado alguna vez. Es decir, no sólo criterios estrictamente estéticos validan su obra, sino que también lo hacen razones económicas que son importantes en este mundo, cuyos estándares se miden por las cifras que alcanzan sus productos en el tráfico comercial.

No hay motivo para no adentrarse en el gozo y el privilegio del conocimiento de una creación formidable como la que nos ha dejado esta artista excepcional. Su ubicación anecdótica en un billete nacional no puede ser sino el pretexto para que todos los peruanos sepamos de ella y apreciemos como se merece la riqueza y trascendencia de la belleza de su arte.

 

Lima, 4 de enero de 2024.






jueves, 4 de enero de 2024

¡Un valsecito, hermanito!

 

La última novela del Premio Nobel peruano, según propia confesión, es un canto de amor al género musical más emblemático del país: el vals criollo. Desde siempre, Vargas Llosa se sintió subyugado y embelesado por aquellas canciones e intérpretes de un ritmo que nació para dar identidad a buena parte de la sociedad peruana. Es por eso que Le dedico mi silencio (Alfaguara, 2023), constituye un homenaje al vals y a la música peruana en general, y lo que podríamos llamar también el canto de cisne de un escritor que cierra de esta manera una larga trayectoria como narrador: veinte novelas en sesenta años, desde la auroral La ciudad y los perros en 1963 hasta esta última, ya en el crepúsculo de su vida.

El relato recrea la vida de Toño Azpilcueta, un amante de la música que ha decidido escribir un libro sobre el vals criollo, el aporte más sublime, según el narrador, del Perú al mundo. Su vida da un vuelco espectacular el día que, gracias a una llamada providencial del doctor José Durand Flórez -experto conocedor de la música criolla y afroperuana-, conoce a Lalo Molfino, un eximio guitarrista, algo soberbio y vanidoso es cierto, que moriría joven y abandonado en una cama del Hospital Obrero. En una casa del barrio tradicional de bajo el puente, escucha por primera vez la prodigiosa interpretación de este joven provinciano. Es entonces que decide conocer todo sobre él, desde sus orígenes en el norte hasta su llegada a la capital para convertirse en el prodigio musical del momento.

Se embarca, entonces, rumbo a Chiclayo para rastrear el lugar exacto de su nacimiento. Ya en la ciudad, recibe el dato de que en verdad Molfino había nacido en Puerto Eten, pero al ser abandonado por sus padres en un basural, donde estuvo a punto de ser devorado por las ratas, es rescatado providencialmente por el cura del pueblo, un sacerdote de origen italiano que, de regreso de haber administrado la extremaunción a una cristiana, oye el llanto de un niño proveniente de un descampado donde se acumulaban montañas de desperdicios. Estamos en Reque, y el cura decide llevarlo para encargarse de su crianza. Le da su apellido y así empieza la trayectoria de este músico excepcional a quien el periodista no duda en calificarlo como el exponente guitarrístico más notable del cancionero criollo nacional, por encima incluso del inimitable Oscar Avilés.

La novela va alternando, como ya es conocido en Vargas Llosa, la narración de las peripecias de Toño Azpilcueta con los capítulos que el propio personaje va escribiendo de su libro sobre Lalo Molfino y la revolución silenciosa, como llama a su ensayo sobre la música peruana. Al primero que comenta de su proyecto es a su amigo Collau, quien conmovido por el relato que hace Toño sobre la vida del músico chiclayano, decide prestarle cinco mil soles para que escriba el libro. El entusiasmo de ambos es contagiante, pues estamos a punto de presenciar la irrupción de un virtuoso como nadie en el manejo de las seis cuerdas.

Según las conclusiones que va obteniendo en su investigación el protagonista, es que no se sabe con certeza dónde nació el vals criollo. Tal vez en el barrio de bajo el puente; tal vez en la pampa de Amancaes. Y allí se forjaría también el nexo más profundo entre los peruanos, esa armonía tan anhelada y tantísimas veces boicoteada por la realidad. Pues la novela nos propone una utopía más, de las tantas que existen, sobre la identidad nacional. El vals sería, así como la huachafería -ese otro aporte peruano a la cultura universal- el símbolo de ese engranaje social y cultural.

Resulta sintomático que Toño Azpilcueta, siendo el experto más calificado en la materia, no haya conseguido suceder en la cátedra en San Marcos a su maestro, el musicólogo puneño Hermógenes A. Morones, pues las autoridades de la universidad, tras la muerte de éste, dan por cancelado el curso ante la escasez de alumnos. Esta frustración sería tal vez el acicate para dedicarse a terminar su obra sobre Lalo Molfino. Otro aspecto interesante y anecdótico de la narración es que los dos personajes, tanto Azpilcueta como Molfino, no sólo hayan tenido orígenes semejantes -el primero también fue un niño adoptado, en este caso por un vasco-, sino que también ambos están enamorados de Cecilia Barraza, icónica artista peruana, gran intérprete de la música criolla. El estudioso del criollismo y el eximio guitarrista, se han rendido ante el carisma, la elegancia y el talento que irradia la cantante limeña. Es un guiño más del autor hacia una artista que siempre estuvo en su imaginario musical, pues no sólo aparece en varias de sus novelas con su propio nombre y apellido, sino que en los eventos más importantes que ha tenido el novelista en la capital, la invitada central para el momento celebratorio ha sido invariablemente Cecilia Barraza, como aquella vez de la inauguración de la Primera Bienal de Novela Mario Vargas Llosa en el novísimo escenario del Gran Teatro Nacional. Era el año 2014 y yo tuve la enorme suerte de poder ser testigo de esa emotiva jornada. Recuerdo que Cecilia Barraza cantó, a pedido del propio escritor, “El membrillito”, un hermoso tondero de la autoría de ese gran compositor que fue Caitro Soto.

Podemos discutir la apuesta del autor sobre las virtudes identitarias del vals criollo, así como sobre la novela en sí misma, pero el símbolo que se impone es que con este relato el autor da prácticamente por concluida su obra ficcional, quedando pendiente el libro que ya anunció, un ensayo sobre su maestro de juventud, el escritor y filósofo francés Jean Paul Sartre. Mas si queremos dar rienda suelta al debate, la primera comprobación es que estamos ante una obra menor de Vargas Llosa. Entretenida, divertida, interesante, es verdad, pero que no está a la altura de los grandes frescos narrativos de su extensa bibliografía. Y con respecto al vals, yo pienso que básicamente es un ritmo costeño, de poco calado en el mundo andino, por ejemplo, donde la presencia del huaino es más hegemónica. Y ya no hablemos del mundo amazónico, con su gran variedad y muy única riqueza musical, aún no estudiada como se merece.

Es arduo pensar en un género que cumpla ese papel que el autor pretende asignarle. Puede ser la marinera, presente en distintas regiones del país, con sus propias características por supuesto. Pienso también en el yaraví, sin embargo, su influjo es muy acotado. Es por ello que Javier Echecopar, el acucioso investigador y músico peruano, prefiere hablar de “las músicas del Perú”, a pesar de que en su reciente libro se quede todavía con un título, La música del Perú. Tras los códigos de nuestras identidades (2022), que no levante lo que en algún momento debe ser el gran debate cultural de nuestro país. Siendo el vals un género que ha tenido notables exponentes, como es el caso de Felipe Pinglo Alva y Chabuca Granda, sólo por mencionar a los dos más encumbrados, no creo honestamente que pueda llevar adelante el gran sueño del novelista.

En fin, la discusión es infinita y da para otras entregas sobre el tema. Sobre la novela, quien debe guardar silencio ahora es el autor de la presente nota, aconsejando su agradable lectura.

 


Lima, 30 de diciembre de 2023.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Los podridos

 

El destape de los arreglos y las componendas políticas entre la destituida Fiscal de la Nación y un grupo importante de congresistas, a través del nexo de su asesor, ha sacado a la luz por enésima vez la podredumbre moral donde está empantanado el Perú desde hace varios años. La actuación valiente y honesta de la fiscal Marita Barreto nos ha dado la punta del ovillo que va a desenredar todo este tinglado mafioso de la que la señora Patricia Benavides era presuntamente la cabecilla. Es decir, una auténtica organización criminal instalada en las oficinas del Ministerio Público, que servía como arma perfecta para los intereses y los enjuagues de quienes fungen de líderes políticos, siendo en verdad delincuentes de saco y corbata.

Con un Congreso en manos de pandillas de mafiosos que usan el mascarón de proa de partidos políticos, un Ejecutivo a cargo de sujetos sin escrúpulos que se siguen hundiendo en la impunidad, la desaprobación ciudadana y la ineptitud, sólo faltaba que la entidad pública directamente ligada a la administración de justicia fuera tomada por una persona que lideraba una operación de limpieza convenida y conveniente de los prontuarios de una decena de delincuentes que van disfrazados de congresistas, a cambio de sus votos decisivos que les permita capturar todas las instituciones posibles, comenzando por el Tribunal Constitucional (TC), la Defensoría del Pueblo (DP) y el Sistema Electoral, con el fin de garantizar sin trabas de ningún tipo el acceso al poder de otra incriminada por la justicia, para quien el juez respectivo ya ha citado a audiencia. Es decir, todo un entramado nauseabundo para protegerse entre ellos y salvarse de la cárcel, mientras la población se debate entre las consecuencias de la recesión económica y el espectáculo obsceno de una clase política con papeles de hampa.

Cuando ese lunes 27 de noviembre los fiscales del equipo especial que ve los casos de corrupción develaron la podredumbre que campaba en el Ministerio Público, Patricia Benavides, la suspendida exfiscal, respondió con una movida reptiliana, decretando en el acto la remoción de quien lideraba justamente dicho equipo fiscal. Sin embargo, quien fuera su asesor principal ya había sido detenido y comenzaba a revelar algunos detalles de la actuación de esta señora que confirmaban la sospecha que muchos tenían desde hace tiempo. Y ahora que se ha acogido a la condición de colaborador eficaz, entre otras razones para evitarse la cárcel, las pruebas empiezan a cantar por sí solas, desnudando las protervas intenciones y ejecuciones de esta auténtica banda de forajidos.

Consiguieron, bajo esta modalidad, copar el TC, tomar por asalto la Defensoría del Pueblo, destituir sin pruebas a la exfiscal Zoraida Ávalos, y se encaminaban a traerse abajo a toda la Junta Nacional de Justicia (JNJ), bajo acusaciones febles y sin sentido, sólo por el temor de que dicha institución no les permita llevar adelante todas sus cochinadas. Lo que a éstos les conviene es tener siempre a incondicionales a su servicio, cómplices serviles a sus propósitos delictivos. Y para que su coartada sea perfecta, hizo venir a Lima a todos los fiscales de provincias para que le cubran las espaldas y salga ante las cámaras de la televisión victimizándose y propalando una sarta de mentiras, negando en todo momento la delicada situación en la que se encuentra y desconociendo las evidencias que la incriminan.

Gracias a esas primeras declaraciones del inculpado directo es que confirmamos también las suspicacias que despertaba en algunos el proceder de esta señora. Ni bien accedió al cargo, por ejemplo, apartó a la fiscal a cargo de investigar a su hermana por haber recibido coimas de narcotraficantes para liberar a miembros de sus bandas. Enseguida, las movidas apuntaron a bajarse uno por uno los casos emblemáticos de lucha contra la corrupción, como el que encabezaba el fiscal Rafael Vela Barba, desbancado por la Autoridad Nacional de Control (ANC) del Poder Judicial, institución liderada precisamente por un integrante de su red mafiosa.

Y para coronar su aventura de inmundicia, el TC decreta la libertad del jefe de la tribu, en una movida de sospechosa coincidencia con todo este destape de la alcantarilla mafiosa. Pasando por alto las alertas de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), infringiendo de un modo flagrante las normas del Derecho Internacional, el más alto tribunal peruano que interpreta la Constitución, obedeciendo al entramado delincuencial que se venía abajo, decide colocar al país en una condición de desacato, situación que le acarreará efectos nefastos en el contexto de la comunidad latinoamericana y mundial. Quisieron ocultar la podredumbre descubierta, en una clara intención de crear una cortina de humo para desviar la atención pública, pero el hedor es tan grande que es imposible esta vez que la gente no se dé cuenta de la real dimensión de este tinglado de corrupción.

Jorge Basadre los describió con gran precisión en una pincelada de hace tiempo como los “podridos”, aquellos que “han hecho y hacen todo lo posible para que este país sea una charca”. Pues es en la inmundicia donde medran estos sujetos sin ética ni moral, y pretenden arrastrar a todo un país a sus chiqueros que les sirven de guarida. Ya son muchos años los que seguimos chapoteando en este pantano de corrupción y miseria, mientras la ciudadanía parece haber caído en la catatonia, atada de manos y tapada la boca para hacer frente a esta andanada mafiosa. Sólo unos cuantos colectivos se manifiestan en las calles para gritarles a los podridos que deben largarse, pero no es suficiente. El temor entendible a la respuesta del gobierno, que es con balas y a matar, hace que muchos quizá se abstengan de manifestar su protesta. Pero es en la acción decidida de todos donde se encuentra la clave para sacarlos de sus puestos de privilegio, como se ha demostrado en otras jornadas valiosas de lucha multitudinaria y coordinada. La llamada Generación del Bicentenario tiene todavía una tarea pendiente, no podemos dejar que los que han encharcado nuestra patria se salgan con la suya, ya no es posible seguir soportando tanta ignominia, la voz y la acción del pueblo, el auténtico soberano, debe hacerse sentir para iniciar la urgente labor de profilaxis que el Perú necesita.

 


Lima, 16 de diciembre de 2023.   

sábado, 25 de noviembre de 2023

José Carlos, el cronista

En una era preinternet, antes de que el mundo estuviera conectado de manera instantánea como ahora, José Carlos Mariátegui escribió sabrosas crónicas internacionales ya estando de regreso en el Perú, después de una valiosa estadía y aprendizaje de cuatro años por Europa. Haciendo acopio del servicio cablegráfico de noticias, aquel que utilizaban todos los diarios del mundo para informar lo que sucedía en el planeta, el Amauta analizó y diseccionó la realidad del Viejo Mundo y del Oriente con la experiencia y el amplio dominio que poseía de la escena mundial.

Asombra y admira la sagacidad y agudeza con que se mueve por entre los sucesos y los personajes que hicieron la historia de esos continentes hace cien años. José Carlos escudriña la realidad internacional con una versación y puntillosidad insuperables. Nada escapa a su perspicaz mirada de cazurro observador de los vaivenes políticos de una época signada por la insurgencia del fascismo, la consolidación del comunismo en la Unión Soviética, el problema de las reparaciones de la posguerra, la dictadura de Primo de Rivera en España y también de los sucesos del lejano Oriente, como el conflicto ruso-chino y la lucha por la independencia de la India.

El ensayista peruano, muerto de manera prematura a los 36 años, publicaba sus crónicas en las revistas de entonces, como Variedades y Mundial. Tenía una sección, que titulaba “Lo que el cable no dice”, pues era consciente de que los servicios cablegráficos de las agencias de prensa daban un enfoque a las noticias con un sesgo ideológico definido. Todo ese conjunto de artículos periodísticos se publicó posteriormente en la colección de obras completas del autor, en tres volúmenes y bajo el título de Figuras y aspectos de la vida mundial. José Carlos se detiene en cada país para auscultar su devenir político, su práctica parlamentaria, la dinámica de los partidos y coaliciones luchando por el poder, lo mismo si es Alemania o Francia, Suiza o Grecia. Casi ningún país europeo está ausente de sus lúcidos análisis.

Los artículos van desde el año 1923 cuando, como decía líneas arriba, el Amauta regresa de su periplo europeo al Perú, habiendo desposado, como afirmaba en algún texto autobiográfico, una mujer y algunas ideas, hasta marzo de 1930, semanas previas a su deceso en abril de aquel año. Fue fecunda la estadía en el Viejo Mundo de este hombre dotado de una curiosidad infinita, dueño de una mente preclara que le permitía abarcar con gran clarividencia la menuda marcha de un continente que venía de atravesar por un conflicto bélico que lo había dejado devastado. También están los asuntos económicos y sociales, por supuesto, pero supeditados a la constante de los forcejeos políticos que hacen la vida de todo país moderno.

Premunido de una ideología y una fe, sus apuntes sobre la confrontación entre capitalismo y socialismo en el panorama mundial no lo distraen de los particularismos que subyacen en cada movimiento que, bajo la bandera de una lucha ideológica, pueden esconder intereses contradictorios, que conspiran a la larga contra la propia dirección de su mandato doctrinario, como es el caso de los partidos socialistas europeos, arropados muchos de ellos de prácticas reformistas, concesivas y abiertamente contemplativas frente al avance de la extrema derecha. Los tiempos siguientes le darían la razón, cuando el fascismo y su encarnación alemana, el nazismo, tomarían la dirección de una Europa que desembocaría pocos años después en una de las conflagraciones más fatídicas del siglo XX.

Con una prosa transparente, periodística en el mejor sentido del término, pues yo creo también que el periodismo es uno de los modernos géneros literarios, Mariátegui va desgranando ante nuestros perplejos ojos, todo un paisaje que el mundo vivía hace exactamente un siglo y que, según constan en los sucesos de estos días, parece que volviera como en un reflujo cíclico, como es el caso, por ejemplo, del resurgir de los partidos de ultraderecha que vienen alcanzando el gobierno en varios países de Europa y América.

Una relectura que, en estas semanas, ha sido gratificante y enriquecedora como siempre.


Lima, 24 de noviembre de 2023.   

sábado, 4 de noviembre de 2023

Mujeres, vida, libertad

 

El 16 de septiembre del 2022 fue asesinada Jina Mahsa Amini, una joven iraní de origen kurdo detenida en las calles de Teherán por la policía de la moral -un anacronismo flagrante- por no llevar correctamente el hiyab, el velo islámico de uso obligatorio para todas las mujeres según lo dictamina la sharía. Estuvo algunos días en manos de sus captores, hasta que repentinamente se anunció su muerte. Al parecer, todo indica que en la comisaría fue maltratada, torturada de tal manera que perdió cruelmente la vida.

Al revelarse la noticia, miles de jóvenes iraníes se volcaron a las calles para expresar su protesta por el crimen. Fueron semanas enteras en que hombres y mujeres tomaron las vías públicas, culpando al régimen fundamentalista que los gobierna, por el a todas luces alevoso asesinato de una chica de 22 años que sólo había cometido la falta de no usar como debía la prenda que el poder identifica con la moral y las buenas costumbres. Es increíble que, a estas alturas de los tiempos, todavía existan países donde alguien puede ser penalizado por la forma como va vestido.

Por otro lado, la primera semana de octubre la Academia sueca anunció que la ganadora de este año del Premio Nobel de la Paz era Narges Mohammadi, una activista iraní por los derechos humanos, encarcelada en la prisión de Evin de la capital, por su lucha de tantos años en favor de los derechos y las libertades de las mujeres que viven bajo el opresivo régimen teocrático del país islámico, una realidad que precisamente saltó a la vista de todo el mundo a raíz de la muerte de Mahsa Amini.

Los dos hechos guardan una estrecha relación, no sólo porque la activista promovió desde la cárcel -donde purga una pena injusta impuesta por las autoridades judiciales, que obedecen al poder omnímodo del Ayatola Ali Jamenei-, una valiente protesta quemando el bendito velo islámico junto a sus compañeras de cautiverio, sino porque al ser reconocida por un premio de categoría mundial, se coloca su caso en un lugar visible para escarnecer la política autocrática y ortodoxa que caracteriza a la dictadura religiosa del país persa.

La situación de las mujeres en los países del Medio Oriente, específicamente en Irán, parecen ancladas en la Edad Media, donde una férrea legislación perseguía todo atisbo de libertad para cierto grupo de personas en la sociedad. Es de no creerse que en pleno siglo XXI, cuando en buena parte del planeta se van conquistando gradualmente los derechos a una plena participación de las mujeres en la vida nacional, haya remanentes de una visión estrecha y restrictiva en torno a la forma cómo el género femenino debe regir sus vidas. Me recuerdan, a veces, a esas disposiciones absurdas que imperan aún en algunos centros de enseñanza de Occidente, donde con el pretexto de la disciplina, se obliga a los estudiantes a cumplir reglamentos obsoletos en materia de libertades humanas.

Cómo puede ser posible, además, que, por exigir la plena vigencia de estos elementales derechos humanos, un ser humano, una mujer como Narges Mohammadi en este caso, sea encarcelado en nombre de una moral que fija sus parámetros en aspectos externos, superficiales, de las personas. Todo indica que las concepciones religiosas que pretenden normar la vida secular de los ciudadanos en cualquier sociedad, pecan de ingenuidad o ridiculez, o ambas cosas a la vez, para no mencionar los caprichos inverosímiles que pueden nacer de supuestos textos sagrados escritos hace siglos.

La familia de Narges ha tenido que huir del país hace varios años, víctima del acoso permanente y la hostilidad de las autoridades. Su esposo y sus dos hijos, a quienes no ve desde hace catorce años, viven actualmente en Francia, esperando el momento en que el gobierno de los ayatolas, presionado por la comunidad internacional, por los organismos de derechos humanos, por galardones como el mencionado, decida conceder la libertad a una mujer víctima de disposiciones retrógradas y totalmente desfasadas de época. Esto en paralelo al esclarecimiento de la muerte de Mahsa Amini, cuyos ejecutores deberían terminar en los tribunales y finalmente condenados por el delito cometido. Apuntala esta exigencia, la reciente concesión del Premio Sájarov a esta enésima víctima de la censura, la persecución, la opresión, que desgraciadamente aún imperan en algunos países de nuestro planeta.

 



 

Lima, 1 de noviembre de 2023.