domingo, 15 de marzo de 2026

El octavo pasajero

 

El Perú, desde el punto de vista político, es un pésimo circo de quinta categoría, una republiqueta ínfima y risible, un caso de Ripley. En diez años, donde normalmente habría tenido dos presidentes elegidos democráticamente, ahora tiene ocho, cuatro por cada período presidencial, lo cual convierte al país en un caso único en el mundo, un verdadero récord guiness, una anomalía que, en vez de enorgullecer al ciudadano promedio, lo debe hacer avergonzar.

Hay múltiples factores que se deben tener en cuenta para explicarnos esta situación inédita e insólita. Uno de ellos es la pérdida gradual del sistema de partidos que viene de fines del siglo pasado, lo que ha dado paso a la presencia de pequeños caudillos con membretes caprichosos que fungen como partidos políticos, pero que apenas son agrupamientos de amigos o socios en busca de satisfacer intereses particulares, pandillas de facinerosos en un afán evidente de aprovecharse de los recursos públicos, bandas de bribones y pillos que sólo quieren medrar de las arcas del Estado. Otro factor está en la desafección y repulsa creciente de la ciudadanía por la política, quizá mucho más que antes, ocasionadas sin duda por el comportamiento de estos mismos políticos sin la formación ética adecuada para ocupar puestos de representación popular.

El hecho de que se hayan presentado 36 listas de candidatos a la presidencia y al Congreso bicameral, ya revela una grave disfunción de nuestro sistema democrático, su total precariedad y ausencia de madurez política. En ningún país del mundo, que se sepa, se había visto tamaña caricatura. Esta carencia de condiciones mínimas para establecer consensos necesarios que deriven en la formación de cuatro o cinco alianzas que representen el espectro ideológico nacional, nos ha llevado a presenciar este aluvión de ambiciones personalistas, de caudillismos decimonónicos, de avidez desmedida y pocos o nulos escrúpulos.

Otra de las trampas perversas de que disponen esos llamados partidos políticos es la de ofrecernos cada cinco años a una lista de impresentables para elegir entre ellos a los futuros congresistas, como si esa gente hubiera pasado algún grado de tamiz o control de parte de la agrupación por la que postula, y no ser aceptada sin más por el sólo hecho de poner una cantidad de soles para la campaña. En una democracia que se precie de ese nombre, los partidos políticos se esfuerzan por presentar a sus mejores prospectos para ejercer el delicado encargo de legislar. Pues aquí sucede al revés. El efecto es que una población distante de la política, ajena a la tarea de verificación de quienes pretenden ser sus representantes, termina optando por sujetos desconocidos que esconden un amplio prontuario delictivo. El menú es tan pobre que no hay más remedio que ver un resultado lastimoso cada vez que comprobamos sus comportamientos una vez investidos para el cargo parlamentario.

La democracia así termina siendo una farsa, una astracanada de la que somos parte cada cinco años porque el diseño del sistema es tan perverso que la misma gente, o parecida, sigue siendo protagonista de las más importantes decisiones que nos conciernen como sociedad. De ahí los elocuentes resultados de las encuestas que hemos visto en los últimos tiempos, porcentajes altísimos de desaprobación tanto para quienes forman parte del Poder Ejecutivo como para aquellos que desde el Legislativo velan exclusivamente por sus intereses, de espaldas a los reclamos urgentes de un pueblo harto de su clase política.

Así pues, en medio de una inmunda repartija, han terminado eligiendo al octavo ocupante de Palacio de Gobierno, un sujeto con un prontuario muy parecido al de tantos congresistas que suscitan en nosotros, los electores y ciudadanos comunes y corrientes, las reacciones imprecisas de pena, o risa, o rabia o vergüenza ajena, o todo ello mezclado en un amasijo increíble de sensaciones desagradables. Hay honrosas excepciones, por supuesto, pero que lastimosamente se pueden contar con los dedos de una mano.

El próximo 12 de abril se nos abre una posibilidad, sin embargo, de revertir este panorama sombrío sobre el porvenir de nuestra patria. La única recomendación que me permito hacer a los peruanos es no votar por aquellos que han sido parte de estos cinco años de poder abusivo del Congreso, ligados a los sectores con mayoría en las bancadas que han destruido todo vestigio de institucionalidad que se empezaba a construir. Esas fuerzas nefastas que, según las encuestas, increíblemente, siguen encabezando la intención de voto, aunque con cifras ridículas. Una auténtica conciencia ciudadana debe impedir que esas mafias, coludidas para acabar con lo poco de democracia que aún queda, vuelvan a hacer de las suyas otros cinco años de barbarie. En nosotros está el cerrarles el paso.

 


Lima, 1 de marzo de 2026.

sábado, 14 de marzo de 2026

La casa de Vargas Llosa

 

En el boulevard Parra, signado con el número 101, se yergue la modesta casa de estilo republicano donde nació, el 28 de marzo de 1936, Mario Vargas Llosa, tal vez el arequipeño de mayor renombre en el mundo, el hijo que prestigió esa tierra, y la del país entero, con el Premio Nobel de Literatura obtenido el año 2010. Propiedad original de la familia Vinelli, quienes eran los dueños, los Llosa alquilaban el segundo piso. Ahora es una casa museo. Estar en Arequipa y no visitar este histórico inmueble tal vez sería apenas un descuido para cualquier visitante, pero sería imperdonable para quien habiendo leído casi toda su obra, admirado su trayectoria como escritor y tomado como modelo para el propio ejercicio de la literatura, tiene la gran oportunidad de ingresar a ese espacio original e íntimo de la vida del novelista.

Para ingresar debemos pagar una cifra módica. La visita está organizada por turnos y a cargo de un guía. La nuestra empieza a las 2 de la tarde. Nos reciben con calidez y pasamos a una salita en al primer piso, donde están las oficinas. La encargada nos explica en qué consiste la visita, el tiempo de duración y qué no está permitido hacer en ella, como grabar, por ejemplo. Las fotos deben ser las necesarias y nos presenta al guía. Nos dice su nombre, Rubén, y nos invita a seguirlo. Subimos al segundo piso, donde debe comenzar el recorrido. El primer ambiente es oscuro, nos sentamos en unas sillas, al costado de una escalera que comunica con los altos. Rubén nos dice que esperemos, de pronto rechina una cerradura y unos pasos resuenan taconeando el entarimado, como si alguien descendiera por la escalera. Se enciende una luz a nuestra izquierda y aparece Mario Vargas Llosa en un holograma, se presenta y nos da la bienvenida, explica el significado que tiene para él la casa que vamos a conocer y nos invita a recorrerla.

Enseguida, Rubén comenta que conoceremos la habitación donde nació el escribidor. Caminamos por un pasillo e ingresamos a otro ambiente, decorado con objetos de época, como un camastro de madera, un velador con lamparita, una mesa pequeña con jofaina y lavabo, una bacinica y otros más. Nuevamente se enciende una luz y aparecen tres mujeres, una recostada en la cama, y las otras dos a su costado. Es el momento del parto de Dorita, la madre del novelista. La escenificación es convincente, el recién nacido demora unos segundos en manifestar su flamante presencia en este mundo y la alegría es compartida.

En la siguiente estancia estamos en una sala que exhibe diversos objetos e imágenes que nos llevan a los inicios de la carrera de escritor de Vargas Llosa, como su máquina de escribir, fotografías de su época de periodista en el diario La Crónica a los quince años, una victrola, discos de vinilo de la época, estantes con libros, un escritorio y un aparato de radio. Toda una atmósfera que recrea el ambiente propicio para la tarea del creador.

Luego nos toca ingresar a un espacio ambientado como si fuera un vagón de tren, nos sentamos y en el lugar que corresponde a las ventanas se encienden unas pantallas que nos presentan un recorrido en el tiempo de la biografía del escritor. Las imágenes se suceden como los paisajes de una vida, las estaciones vitales de la trayectoria excepcional de un artista tras la consecución de sus sueños. Desfilan ciudades y momentos, Arequipa, Cochabamba, Piura, París, Barcelona, escenarios y circunstancias que fueron marcando un derrotero excepcional que terminaría en el reconocimiento literario más deslumbrante: el Premio Nobel de Literatura y, sobre todo, su incorporación a la Academia Francesa, un privilegio reservado sólo a los más grandes.

El siguiente espacio es llamado la “sala del boom”, donde reposan una serie de objetos e imágenes relacionados a aquel acontecimiento literario de mediados de los años 60. Un conjunto de mesitas con sus sillas frente a una barra bien surtida de licores, así como fotografías y libros de los autores más destacados de ese fenómeno editorial que dio a conocer a un puñado de escritores latinoamericanos al mundo. El ambiente es cálido e invita a quedarse y pedir alguna bebida para seguir charlando de literatura, libros, autores y lecturas.

Luego pasamos a una calle de Barcelona, aquella donde vivió un joven Vargas Llosa cuando escribía su primera novela La ciudad y los perros. La sala está diseñada para que el visitante sienta que está frente a la casa que ocupó el novelista, con el piso empedrado de la ciudad catalana y las vistosas fachadas de las edificaciones vecinas. Se ha sumado un grupo de señoras a nuestro recorrido y el guía nos invita a sacarnos algunas fotos en determinados ángulos de la supuesta calle, incluso una en la que hacemos ademán de ingresar a la casa poniéndonos frente a la puerta.

Finalmente ingresamos a la última estación de la visita, dedicada enteramente a la faceta política del Nobel, cuando fue protagonista de una campaña presidencial en el año 1990. Enormes reproducciones fotográficas de los mítines que encabezó en diversas ciudades del Perú, en medio de encendidos discursos políticos. Y también unos años antes cuando lideró un movimiento que se opuso a la estatización de la banca decretada por el primer gobierno aprista de Alan García en 1987.

Resultó ser una experiencia fenomenal conocer de esta manera la casa natal de Mario Vargas Llosa, con el soporte tecnológico de pantallas, hologramas y simulación virtual de situaciones reales, además de los comentarios y datos aportados por el diligente guía, que en todo momento se mostró muy asequible y dispuesto a brindarnos todos los cuidados para hacer de esta visita una agradable forma de acercarnos al conocimiento de la vida y la obra de quien sin duda es el  hijo predilecto de Arequipa.

 





Lima, 1 de marzo de 2026.

domingo, 15 de febrero de 2026

Un Calígula moderno

 

Se ha escrito mucho sobre el tercer emperador romano, cuya figura está circundada de mucha especulación, de mitos y leyendas que se han tejido sobre su vida y sobre la manera en que gobernó lo que fue el mayor imperio de su tiempo. Cayo Julio César Augusto, su verdadero nombre, fue un personaje indudablemente polémico y controvertido, colocado como prototipo del monstruo en la imaginería popular. A pesar de ello, existen algunos testimonios de valiosos historiadores, filósofos y pensadores de la época, como Suetonio, Tácito y Séneca, que lo pintan como depravado, libertino, extravagante y monstruoso, un tirano demente y malvado. Se dice también que nombró cónsul a su caballo Incitatus y colocó una estatua de sí mismo en el Templo de Jerusalén, que luego mandó retirar. Todo ello me ha llevado a trazar un parangón entre este personaje singular, especialmente aquello referido a su significado y el simbolismo que encierra, y otro de nuestros tiempos, que ahora ocupa un puesto privilegiado desde el punto de vista del poder en el mundo y cuyo comportamiento posee claras correspondencias con la de aquel emperador de hace más de dos mil años.

Como ya se habrán dado cuenta, estoy hablando de Donald Trump, el cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos de América, que ocupa por segunda vez la Casa Blanca y blanco en la actualidad del foco de atención de la prensa mundial por su papel en el escandaloso caso Epstein, a partir de haberse desclasificado una parte de los miles de documentos que delatan el accionar del fallecido magnate Jeffrey Epstein y sus amigos, entre ellos nada menos que el actual mandatario estadounidense. Se trata de la red más grande de tráfico sexual de menores de edad, perpetrado en la isla del susodicho y que le valió finalmente un juicio y prisión. Pero no estaba solo por supuesto, están saliendo a la luz los nombres de conocidas personalidades del mundo de la política y del espectáculo, que si bien es verdad no se les puede inculpar sólo por ello, las investigaciones determinarán su grado de participación o no. Entre esos documentos hay cientos de vídeos donde pueden reconocerse las caras de estos testigos, por lo menos eso son, de las atrocidades que se cometían con cientos de jovencitas reclutadas por la novia de Epstein, Ghislaine Maxwell, quien purga justa condena.

Sin embargo, ello es una mínima parte de lo que ampliamente el mundo entero ya está viendo con respecto a la conducta de este personajillo. Sus amenazas grandilocuentes hacia quienes osan contravenir sus caprichos, sus respuestas agraviantes a reporteras que le preguntan cosas que lo incomodan, sus deslices infelices sobre sus opositores políticos, amén de su crasa ignorancia en geografía e historia, todo ello pinta a una persona desprovista totalmente de sensatez y buen juicio, alguien que deja funcionar su cerebro reptiliano con total prescindencia de los valores que el ser humano ha ido adquiriendo con siglos de civilización y cultura. En suma, un ser en bruto, un menor de edad con el ego desatado, un demente que ha perdido, o nunca lo tuvo, la razón y las buenas maneras, las normas básicas de la convivencia.

No puedo olvidar, por ejemplo, sus terribles frases sobre las mujeres, palabras que jamás imaginé escuchar a una persona pública, comentarios que tal vez podrían ser motivo de una plática casual entre dos o más jovenzuelos deslenguados, procacidades que se sueltan sin pensarlo mucho ante la mesa de una cantina en medio de una sarta de beodos que ya han perdido toda la compostura, pero jamás de la boca de un hombre que aspiraba convertirse en la figura pública más relevante de su país, y tal vez del mundo. Pero luego, cuando seguí la deriva de ese proceder lanzando, desde el cargo más alto de los EEUU, amenazas sobre apropiarse de territorios ajenos, como Groenlandia; avalando genocidios y alabando al verdugo, como en Gaza; bombardeando un país porque sencillamente le da la gana, como Irán; o invadiendo otro para secuestrar a su presidente con el sambenito de su combate a las drogas; o agrediendo a las periodistas en las ruedas de prensa, evadiendo sus preguntas a través del sucio subterfugio de referirse a sus apariencias, fui confirmando esa impresión inicial, nacida no sólo del instinto, sino de una cuidadosa observación de este espécimen catapultado peligrosamente al primer plano del poder mundial por una masa fanática, ignorante e inculta que se creyó aquello de MAGA, las siglas de una supuesta restitución de una grandeza que aquél ha trocado en bajeza, en estulticia, en estupidez.

Y para cerrar el colofón de sus tropelías, hasta el momento, se dedica a esparcir el temor y el terror en una población del mismo EEUU, como es Minneapolis, a través de una especie de policía nazi, denominada ICE, que se dedica a la caza de inmigrantes, perseguidos con métodos brutales por las calles de esta ciudad, sembrando el miedo y el desconcierto, hasta terminar con el asesinato de nada menos que dos ciudadanos estadounidenses, como Renee Nicole Good y Alex Pretti, ambos de 37 años, que lo único que hacían era oponerse a las arremetidas de esa soldadesca, mostrando solidaridad con las víctimas de la política criminal del tirano.

Por tanto, vuelvo a la referencia inicial de un personaje de la historia, Calígula, para establecer una analogía entre lo que los historiadores han recogido del significado de su presencia en un tiempo en que el Imperio Romano ya marchaba hacia su decadencia, y la de éste de la actualidad que ya es visto también como una señal de lo que le espera al imperio norteamericano en manos de personalidades que hacen visible para todo el mundo cuál será el destino, cercano por supuesto, de un país que se encumbró a primera potencia mundial hace poco más de cien años, y que los signos de los tiempos, como dicen los teólogos, indican que se aproxima a su tramonto final. En fin, veremos si llevan razón o si todo no pasa de ser una falsa alarma. Yo me inclino a pensar que la interpretación que hacen los expertos tiene bastante fundamento y que el destino está prácticamente trazado.

 


Lima, 8 de febrero de 2026.

martes, 10 de febrero de 2026

La dama de blanco

 

Antes de conocerla ya me la imaginaba, soñaba con el día en que la tuviera frente a mí y poder contemplarla con gran interés y arrobo. Y por fin ese anhelo largamente acariciado se ha cumplido, o empieza a cumplirse, desde el sábado 17 en que llegamos a la ciudad. Muy temprano esperamos el vuelo en el aeropuerto internacional Jorge Chávez, prácticamente en la madrugada de ese día. Minutos antes de las 7 de la mañana despegó el avión y, luego de un viaje regular sin contratiempos, la nave descendía en el aeropuerto Alfredo Rodríguez Ballón a las 8 en punto. Luego del aterrizaje, mientras los pasajeros bajaban, percibí que había llovido, pues la pista tenía tramos aún mojados. El Misti asomaba imponente a un costado, velado apenas por jirones de niebla.

Ya estamos en Arequipa, llamada la Ciudad Blanca, por sus casitas construidas por la piedra sillar, producto de la erupción de los volcanes que la rodean. O tal vez por la presencia de una población blanca en los inicios de la conquista, que definió de alguna manera su idiosincrasia étnica. Mientras el taxi nos lleva al alojamiento, se puede divisar algunas partes de la ciudad, que yo observo ansioso, como cada vez que tengo la oportunidad de conocer un nuevo lugar. Una vez instalados en el pequeño apartamento, tomamos un breve descanso para reparar las fuerzas, perdidas especialmente durante las horas de espera de esa madrugada.

A media mañana, salimos a recorrer lo primero que suelo hacer en cada ciudad: su plaza mayor, el corazón delator de cualquier urbe. Caminamos apenas un par de cuadras y de pronto ante nosotros se yergue majestuoso el conjunto arquitectónico de la catedral, de estilo neorrenacentista y considerada una de las más bellas del Perú. La plaza es amplia y simétrica, cercada por los portales que flanquean al edificio principal. Es acogedora y muy concurrida, se ve a decenas de turistas tomando vistas desde diferentes ángulos. Otros se hacen retratar con la catedral de fondo. Recorremos los otros lados donde hay apostados diversos comercios: restaurantes, agencias de turismo, tiendas de artesanías, cafés y, en las esquinas, quioscos de periódicos. Unas cuadras más allá, recalamos en el mercado San Camilo, despensa de todo tipo de productos alimenticios, una variedad de potajes típicos de la región y una ebullición característica de esta clase de recintos. Allí probamos algunos piqueos de la cocina arequipeña.

Al día siguiente, domingo 18, se imponía una visita al imprescindible Monasterio de Santa Catalina, a pocos metros de la plaza mayor, y a muchos menos de donde estamos establecidos. Nos dicen que su recorrido se realiza en un promedio de dos horas, pues lo hicimos como en tres horas, por la acuciosidad al observar cada recinto y tratar de valorar su importancia histórica. Es una verdadera ciudad dentro de la ciudad, con sus callecitas, patios, celdas y recintos donde transcurrían sus vidas centenares de mujeres, muchas de ellas tal vez inducidas por auténtica vocación, o quizá recluidas contra su voluntad. Lo que se puede ver son restos de la vida cotidiana de las novicias, testimonios materiales de su paso por este mundo, una forma de vida propia de la época, dominada por la religión y donde proliferaban conventos, iglesias y monasterios de las distintas congregaciones religiosas que llegaron con los españoles. Uno puede perderse en sus laberínticas galerías, pero felizmente hay señalizaciones que van orientando a los visitantes. Por la tarde emprendimos rumbo a otro de los lugares emblemáticos de la ciudad: el afamado mirador de Yanahuara, una atalaya privilegiada en la margen derecha del río Chili, en una cuesta del distrito del mismo nombre, desde donde se contempla el cono coronado de hielo del Misti, así como sus compañeros el Chachani y el Pichu Picchu. Por ser época de lluvias y nieblas, esa tarde el renombrado volcán se ocultaba tras una espesa nubosidad, dejándose ver apenas de rato en rato. El punto es como un balcón con arcos vistosos muy difundidos por los turistas que se fotografían con la ciudad y el volcán como fondo. Pero en los alrededores de la placita también hay otros atractivos, como el callejón del cabildo, una callecita estrecha por donde se puede pasear contemplando reproducciones de cuadros de los grandes pintores.

Al día siguiente, lunes 19, ya teníamos contratado un tour al cañón del Colca, uno de los atractivos más visitados de la región. Situado en la provincia de Caylloma, es uno de los más profundos del mundo, con más de 4 mil metros aproximadamente. En el camino hicimos varias paradas para tomar fotografías del paisaje, ir al baño o contemplar a los habitantes natos de esas alturas: las vicuñas, llamas y alpacas. Estamos en la Reserva Natural Salinas y Aguada Blanca. En un trayecto de la ruta llovía intensamente, con granizo que se acumulaba de forma muy compacta en la pista, haciendo que el carro vaya lentamente para evitar cualquier despiste. Pero ese día llegaríamos primero a Chivay, la capital de la provincia, a 3,700 metros sobre el nivel del mar, una típica ciudad de provincia, con sus calles estrechas y su simpática placita. Nos quedaríamos allí esa noche, pues al siguiente día, martes 20, emprenderíamos la ruta al cañón, con la promesa de avistar los cóndores y poder divisar, si las condiciones climatológicas lo permitían, la cesura geológica natural de ese valle de 70 kilómetros, por donde discurre precisamente el río Colca, un hilo de agua desde la altura impresionante del mirador en la cumbre. Una densa neblina cubría las alturas del Colca, rota a ratos por el viento, pero que se mantuvo impertérrita todo el tiempo que estuvimos allí. Sin embargo, poco antes de llegar, habíamos podido apreciar el vuelo de dos cóndores, en una montaña a cierta distancia del camino. El carro hizo un alto y bajamos para dirigirnos lo más cerca posible al roquedal donde descansaba uno de ellos. Todos esperaban que tomara vuelo, mientras a los pocos minutos otro cóndor empezó a planear soberbio por entre las rocas. De pronto, el primero emprendió el vuelo y pasó rasando por nuestras cabezas y se perdió tras otro cerro. Tal vez la pequeña multitud que lo miraba desde abajo lo puso nervioso y decidió retirarse a un espacio más solitario.

El regreso a Arequipa fue por la tarde, después del almuerzo. El carro ya no hizo paradas, de frente enrumbó hacia su destino. Después de tres horas hacíamos el ingreso a la Blanca Ciudad, en medio de un intenso tráfico que se hacía lento por la cantidad de vehículos que pugnaban por abrirse paso. A las cinco de la tarde ya estábamos en la ciudad, cansados por el viaje y dispuestos a descansar para la jornada siguiente que nos esperaba.

El miércoles 21 decidí que podíamos visitar la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, donde al día siguiente haría la presentación de mi libro, por enésima vez. A menos de 200 metros de nuestro alojamiento, en la calle San Francisco, se sitúa el recinto que alberga los cerca de 40 mil volúmenes que el escritor arequipeño donó a su tierra natal, libros que se exhiben en sendos anaqueles en varias salas de las instalaciones de la casona. La entrada es libre, y el recorrido nos presenta ambientes con textos conmemorativos a la figura del insigne escribidor, otros ambientes de consulta y lectura y el auditorio, dispuesto justamente para presentaciones de libros, charlas, conferencias y otras actividades culturales. Yo tenía la idea de que esa había sido la casa donde nació Vargas Llosa, pero una de las empleadas me explicó que ese era el local de la Biblioteca Regional de Arequipa, y que donde había venido a este mundo el autor era ahora la Casa Museo, ubicaba a unas seis o siete cuadras de la plaza mayor, en la otra parte de la ciudad. Cuando llegamos a ella, pasado el mediodía, nos informaron que la siguiente visita guiada sería a las dos de la tarde, por lo que decidí que regresaríamos otro día, pues esa tarde tendríamos otro tour hacia la ruta del sillar, aventura que emprendimos con gran interés por conocer las canteras que servían para abastecer de la piedra característica de la ciudad, material con el que están construidos muchas casonas, edificaciones de estilo colonial, como las iglesias y monasterios, que le dan esa imagen singular y blanquecina a la urbe del sur. Cuando llegamos a las canteras, llovía copiosamente, pero aun así pudimos apreciar los enormes bloques blancuzcos. Algunos obreros, trepados en sus alturas, laboraban para extraer el elemento esencial de la arquitectura arequipeña. En el recorrido se podía apreciar también diversas figuras, de animales, iglesias y personas, esculpidas con la piedra volcánica, donde los visitantes se sacaban fotografías. Empapados por la lluvia, retornamos al carro, para emprender enseguida la visita a la quebrada Culebrillas, un pequeño cañón que conserva sus contrafuertes por donde alguna vez discurrió un vertiginoso río. Hacemos el recorrido a pie, contemplando las caprichosas formas que han adoptado las rocas y algunos petroglifos hechos por los antiguos pobladores, así como apachetas, formas tradiciones de su religiosidad popular. El retorno a Arequipa lo hacemos en medio de un clima lluvioso y plúmbeo. Para completar el día visitamos el Museo de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), que exhibía pinturas de artistas locales y al final, en un patio interior, una inmensa escultura hecha de ichu, que representaba al pintor peruano Fernando de Szyszlo, obra del artista arequipeño Daniel Gallegos.

El jueves 22 partimos por la mañana a un lugar recomendado, que generalmente no aparece en las guías turísticas: el mirador de Carmen Alto, a veinte minutos del centro histórico. Allí nos encontramos con un observatorio abandonado ya hace muchos años. Sin embargo, desde esa altura se tiene otro punto de vista panorámico de la ciudad, siempre con el Misti escondido a un lado. El día está nublado, y cuando bajamos a la plaza principal sentimos unas gotas que amenazaban desencadenar una lluvia propia de la estación. Nos refugiamos en un restaurante donde aprovechamos para almorzar y dirigirnos luego a la esperada casa museo de Mario Vargas Llosa. En un promedio de dos horas realizamos el estupendo recorrido por los ambientes que constituyeron los espacios que vieron nacer y crecer al novelista. En otro artículo me dedico ampliamente a comentar los pormenores del mismo. Ese mismo día por la tarde noche tuve la suerte de presentar mi libro El viajero inmóvil en la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, acompañado por dos magníficos comentaristas: la poeta Elena de Yta y el profesor Marco Vilca. Rematamos la jornada en un café cercano para seguir hablando de libros, de literatura y de otros temas afines.

El viernes 23 estuvo dedicado a recorrer librerías, todas ubicadas en el centro histórico, por cierto, uno de los más hermosos que he conocido. A pocas cuadras de distancia unas de otras, las librerías de Arequipa están muy bien surtidas, con colecciones estupendas de los grandes autores, publicaciones de editoriales independientes y un surtido menú de autores locales y regionales, inhallables en las librerías limeñas. Visitamos cinco o seis de ellas, pescando algunos textos interesantes y, sobre todo, con el deleite de saber que la Ciudad Blanca no le va en zaga a la capital en la oferta de material de lectura, situación explicable al ser la segunda ciudad del Perú, cuna de notables artistas e intelectuales, así como de políticos que ocuparon puestos importantes en nuestra historia nacional. Después de un almuerzo al paso -luego hablaré, también en otro artículo, de la cocina arequipeña; lo único que puedo adelantar es que me quedé encantado con el queso helado-, continuamos el último recorrido por el mercado de San Camilo y alrededores, apreciando las espléndidas edificaciones de lo que está considerado Patrimonio Histórico por la Unesco. La calle Mercaderes es una versión characata de lo que es el Jr. De la Unión en Lima, una vía peatonal empedrada por donde transitan personas de distinta procedencia a todas horas del día. Así como en el Cuzco, aquí también se ven muchos turistas extranjeros circulando por sus calles, lo que le da un aspecto cosmopolita.

El último día de nuestra estadía en la Blanca Ciudad lo dedicamos a conocer su afamada campiña, que no es otra cosa que la parte rural, el campo que rodea a la bella ciudad, con sus plantaciones y chacras de diversos productos. El verdor que trasmite la naturaleza, su belleza inmanente, subyugan al espectador. El distrito de Characato, a pocos minutos del centro histórico, nos ofrece a mediodía su encanto bucólico, invitándonos a caminar por sus calles cortas que desembocan en extensas zonas verdes que se recortan contra un horizonte que deleita contemplar. Fue la triste despedida de una ciudad que siempre esperé conocer, y que no sólo ha confirmado mis previsiones, sino que los ha enriquecido con la imbatible certeza de la realidad.

Ha sido pues un gran placer conocerla, y me llevo en la memoria las gratificantes imágenes e instantes supremos de una estadía maravillosa.

 





Arequipa, 24 de enero de 2026.