sábado, 1 de octubre de 2011

Ditirambos a la literatura

La pasión por las letras, así como las que se suelen experimentar por otras artes, especialmente por la música y la pintura, constituye un manantial indetenible de efervescencias personales y de goces espirituales, que quien lo vive, quisiera trasmitir a los demás como si fuera la confesión más exaltada de un placer inaudito y único. El joven, o no tan joven, letraherido, siente que ha descubierto una cantera secreta de mágicos conjuros y hechizos deslumbrantes, que lo inmunizan de los trasiegos cotidianos que la vida le infiere de modo implacable.


Eso es lo que significa, en su sentido más profundo, el motivo y el tema de Cartas a un joven novelista, un libro epistolar que Mario Vargas Llosa publicó en 1997 y que, cualquiera sea la época en que se lea, sirve como un magnífico compendio de consejos, testimonios, guías y orientaciones para quien quiera asumir la literatura como la actividad central de su vida, además de altamente gratificante. Tiene el mismo sabor y objetivo que otro espléndido libro del siglo XIX, escrito por el delicado poeta alemán Reiner María Rilke, y que titula justamente Cartas a un joven poeta.


En doce cartas se dirige invariablemente a ese “querido amigo” que puede ser cualquiera de nosotros, cualquiera que ante la desmesura de su incipiente vocación, quisiera recibir la palabra sabia y precisa de alguien que no sólo admira, sino que puede erigirse en la persona clave para el destino y la asunción de la vocación de este novato escritor.


Todos los secretos y entresijos del arte de contar le son revelados al ficticio joven, ávido de conocer las mañas y artimañas de un milenario arte que, nacido en la oscuridad más remota de los tiempos, ha evolucionado de tal manera que ha llegado a los nuestros revestido de ciertas exquisiteces y sofisticamientos, de la mano tanto de la escritura como de la aparición de esto que ahora conocemos como literatura, pero que en aquellas época estaba sin duda ataviada sólo de oralidad.


Cada carta es el magnífico pretexto para desarrollar un aspecto de los muchos que integran el maravilloso arte novelesco, empezando por el principal de ellos, que es el de saber cómo se vive la vocación por la literatura, y que Vargas Llosa explica valiéndose de la conocido metáfora de la solitaria, ese bicho que se enquista en nuestro organismo para colonizarlo por completo y convertirnos en sus siervos y esclavos a perpetuidad.


Luego pasa, en la segunda carta, a detallar el proceso de la creación, explicándole a su joven destinatario de dónde se extraen las historias, para lo cual se sirve de la imagen del catoblepas, ese animal fantástico, ya cifrado por Borges, que se alimenta de sí mismo. El novelista sería, según Vargas Llosa, un ser autofagocitario, que se devora a sí mismo para extraer la materia de su creación.


Las siguientes cartas están dedicadas a exponer la manera cómo se logra adquirir el poder de persuasión en las ficciones; a dilucidar el asunto del estilo para que la escritura posea esa marca personal que es muy importante en un novelista; a esclarecer el problema del narrador tanto desde el punto de vista espacial como desde el punto de vista temporal; a diferenciar el nivel de realidad en que están escritas las historias, echando mano para ello a los ejemplos de escritores como Flaubert, Faulkner o Cortázar.


Asimismo le describe, con profusas explicaciones, el uso de las mudas y el salto cualitativo, la caja china, el dato escondido y los vasos comunicantes. En todas ellas, el emisor hace gala, merced a su experiencia, de un gran conocimiento en la materia que trata, sugiriéndole de paso, a su curioso receptor, las lecturas más diversas a través de sutiles menciones a obras consagradas de la literatura universal.


En la última carta, titulada “A manera de posdata”, le advierte que cada uno de los aspectos que contienen el tenor de las misivas, conforman en verdad un todo armónico e irrompible, pero que por asuntos estrictamente técnicos, los pedantes han inventado esas denominaciones. Y a continuación, despidiéndose, le pide irónicamente que olvide todo lo que le ha dicho en sus cartas y que se ponga a escribir novelas.


Ya no soy un joven, pero no he renunciado aún a ser un novelista, es por ello que he leído con suma delectación este hermoso libro que me viene a confirmar en esa fe literaria, de cuya verdad es culpable el propio Vargas Llosa, de que “la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderme contra el infortunio.”



Lima, 1 de octubre de 2011.



sábado, 24 de septiembre de 2011

Un santo del infierno

Una de las novelas fundamentales de la narrativa latinoamericana del siglo XX es, qué duda cabe, Sobre héroes y tumbas (1961), del escritor argentino Ernesto Sábato, recientemente fallecido, cerca de los cien años de edad. Ha sido considerada incluso, por muchos críticos, como la novela más importante del país del Plata en la pasada centuria. La he releído por segunda vez y me ha seguido pareciendo cautivante en varios sentidos.


Hace como 25 años, mientras atravesaba uno de esos momentos decisivos en la existencia de todo ser humano, el azar puso en mis manos, utilizando como intermediario a un amigo, esta inmensa y perturbadora obra maestra de uno de los creadores más auténticos y grandes que ha dado el idioma. Algunos años más tarde, ya sosegado de esa primera conmoción que sacudió mi vida la vez anterior, releí un ejemplar que pude adquirir para mi biblioteca personal. Y ahora, con los años y el recorrido que el tiempo acumula en nuestros espíritus, he transitado nuevamente por sus páginas, encontrándome con parajes conocidos, pero también con rincones olvidados, que han obrado en mi memoria con reverberaciones inéditas.


La estremecedora historia de Alejandra y su familia, con Fernando Vidal Olmos, su padre, como figura axial, nos toca de una manera singular; contada desde la perspectiva impávida y azorada de Martín, un muchacho bonaerense que tiene la dicha, y la desdicha, de acercarse al círculo enigmático que traza la peripecia existencial de uno de los seres más extraños e imprevisibles que haya dado la literatura hispanoamericana: la misteriosa, reticente y evasiva Alejandra. Poseedora de esa inocente crueldad que es la máquina de tortura implacable que los hechos infligen al joven personaje. ¿Cuántas mujeres no tienen algo de Alejandra? ¿Quién no ha experimentado, alguna o muchas veces, esa sensación de estremecimiento y desazón, de incertidumbre y desconcierto ante un ser vitriólico y proteico que actúa obedeciendo a su naturaleza más salvaje frente a un ser indefenso y minuciosamente inocente?


Las tribulaciones de Martín, cotejadas e interpoladas con las sabias reflexiones de Bruno, su mentor y padre simbólico, se intercalan en la historia con un esperpéntico informe escrito por Fernando, desde el delirio más desaforado y la paranoia más extrema. Se puede decir que los comentarios que realiza Bruno, alter ego del Sábato pensador, constituyen un verdadero repertorio de consideraciones filosóficas que bañan a lo narrado de un aura de metafísica existencialista, razón por la que los críticos han adscrito a esta novela en la corriente cultural que dominó el panorama de la filosofía occidental a mediados del siglo XX.


El trágico fin de los protagonistas en el Mirador de Barracas, consumidos por el fuego en una especie de expiación colectiva, es contrastado con la serie de pensamientos y atisbos existenciales que el narrador ha regado por toda la novela, a partir de las agudas observaciones de un personaje situado en una posición de testigo observador de los sucesos. Cuando juzga, por ejemplo, el tipo de relación que establecen Martín y Alejandra, dice: “la calidad del amor que hay entre dos seres que se quieren cambia de un instante a otro, haciéndose de pronto sublime, bajando luego hasta la trivialidad, convirtiéndose más tarde en algo afectuoso y cómodo, para repentinamente convertirse en un odio trágico o destructivo.”


O cuando filosofa sobre la verdad, llega a conclusiones sorprendentes: “la verdad no se puede decir casi nunca cuando se trata de seres humanos, puesto que sólo sirve para producir dolor, tristeza y destrucción”; “creo que la verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza.”


Sobre el sentido de la vida, ese peliagudo problema de la filosofía, afirma: “Y si la angustia es la experiencia de la Nada, algo así como la prueba ontológica de la Nada, ¿no sería la esperanza la prueba de un Sentido Oculto de la Existencia, algo por lo cual vale la pena luchar? Y siendo la esperanza más poderosa que la angustia (ya que siempre triunfa sobre ella, porque sino todos nos suicidaríamos), ¿no sería que ese Sentido Oculto es más verdadero, por decirlo así, que la famosa Nada?”


Pero es el perturbador Informe sobre ciegos, tercer capítulo de la novela, el que suscita un interés particular en el lector más desavisado. Narrado por Fernando, como ya dije, -a quien Bruno califica como “una especie de santo del infierno”- se erige en un auténtico descenso al inframundo, utilizando la convenida metáfora de los ciegos, seres que representarían el mundo de las tinieblas, de lo oscuro e invisible, de lo subterráneo y oculto, en una palabra: del Mal. A través de un relato pesadillesco y espeluznante, Fernando ausculta ese submundo real de la consciencia humana, los estratos más profundos de la especie, sus pliegues y recodos más tenebrosos.


Los avatares espirituales de Martín cobran sentido para ese observador prolijo de los hechos como es Bruno, quien llega a la melancólica comprobación de que “nunca se sabe hasta el final, si lo que un día cualquiera nos sucede es historia o simple contingencia, si es todo (por trivial que parezca) o es nada (por doloroso que sea).” Pues el ser humano está sometido a la dura prueba de un aprendizaje vital a costa de portentosas vivencias que graban su alma con el fuego de la experiencia, dejándonos sólo la triste conclusión de que “siempre entendemos demasiado tarde a los seres que más cerca están de nosotros, y cuando empezamos a aprender este difícil oficio de vivir ya tenemos que morirnos, y sobre todo ya han muerto aquellos en quienes más habría importado aplicar nuestra sabiduría.”


La novela termina con la trágica huida del general Lavalle y sus hombres en un salto temporal a los aciagos momentos que gestaron la patria, y cuyos protagonistas son los gloriosos antepasados de estos personajes que terminan sus días en un sangriento crepúsculo, mientras Martín emprende ese viaje al sur del país, como huyendo de los pavorosos acontecimientos que han hecho de él un alma desolada y un ser devastado, que sólo tiene fuerzas para vagar en esa afanosa e instintiva búsqueda de una purificación y una redención que quizás sabe utópicas.



Lima, 24 de septiembre de 2011.


sábado, 17 de septiembre de 2011

Por un Estado Palestino

La existencia de un Estado Palestino ha arribado a su hora clave. Después de más de 60 años de una lucha incesante y cruenta, ha llegado el momento en que la comunidad internacional se vea confrontada de una manera oficial con uno de los conflictos más laberínticos del Medio Oriente.


El viernes 23 se reunirá la Asamblea General de las Naciones Unidas, adonde el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, llevará la decisión tomada por su pueblo de solicitar su reconocimiento como el estado número 194 de la ONU. Pero antes lo hará ante el Consejo de Seguridad, donde es cantado el veto que impondrá los Estados Unidos, aliado natural de Israel. Lo ha anunciado en Ramallah, la sede del gobierno, este viernes 16, en medio de un clima internacional lleno de tensiones y suspicacias.


Cuando en 1948 se puso fin al mandato británico sobre los territorios de la Palestina, aprobándose la partición de los mismos para la creación de dos estados, uno judío y otro árabe, nadie o muy pocos se hubieran imaginado que su concreción habría de atravesar mil y un peripecias hasta el presente. Sólo ese mismo año nacería el estado judío, Israel, con el aval tácito de gran parte de los países occidentales y la tenaz resistencia de los árabes.


Merced a los acuerdos tomados en el seno del organismo internacional, no debería haber pasado tanto tiempo para que igualmente se estableciera el estado palestino, pero ello hasta ahora no ha ocurrido, empantanada la decisión en una serie de diálogos, encuentros, papeles firmados y documentos formales, que lo único que han hecho ha sido dilatar la solución del problema, la única solución justa: la creación del Estado Palestino en los territorios previos a la guerra rapaz de 1967, donde Israel, asistido por su socio infaltable Estados Unidos, ocupó diversos territorios tradicionalmente árabes.


Israel no quiere ni oír las reclamaciones palestinas, muy por el contrario se ha embarcado en una política genocida de exterminio, como en Gaza en el 2008, y de colonizaciones sistemáticas y abusivas, como en Cisjordania hasta hoy en día. Menos aún quiere oír mencionar la aspiración palestina de establecer su capital en Jerusalén Este, ciudad que el estado hebreo considera sagrada. Pero es que no solamente es sagrada o santa para los judíos, sino también para los musulmanes y los cristianos.


A pesar de no contar con el consentimiento de la facción extremista de Hamás, que gobierna Gaza, Mahmud Abbas ha lanzado todo un desafío al mundo occidental, donde lo mínimo que quizá pueda conseguir para su país será ser reconocido como observador sin derecho a voto, el mismo estatus de que goza también el Vaticano. Alrededor de 130 estados se han mostrado a favor del reconocimiento, lo que garantiza un importante triunfo estratégico de los palestinos en el foro mundial de Nueva York.


Ni la reticencia de algunas naciones europeas, como el Reino Unido y Alemania, ni el veto seguro que opondrá Washington, podrá deslucir la justa aspiración de un pueblo milenario que lucha por un derecho inalienable: la posesión de un territorio. Si oscuros y mercenarios intereses lo han impedido hasta ahora, ya es tiempo de que el mundo civilizado corrija, a estas alturas de los tiempos, tamaño desafuero.


Ya no es tan incomprensible que el presidente Obama, que en su discurso de El Cairo trazara el plan para una justa reivindicación del pueblo palestino, se vea ahora en la situación de proseguir la vieja tradición de la potencia yanqui, la de prestarse a consagrar toda tropelía que perpetre Tel Aviv en la convulsa región del Oriente Medio.


España y Francia encabezan en Europa la lista de países que ven con simpatía el reconocimiento de Palestina, mas no basta tal vez el entusiasmo y el apoyo de una considerable mayoría de países en el mundo entero, sino la decisión, injustamente sobrevalorada, de una nación que ejerce un derecho medieval en plena era de la globalización, de un país cuyos sacrosantos intereses son más fuertes y poderosos que la mera razón, que la simple comprensión de lo que significa la justicia internacional.


El primer gran paso a adoptarse este 23 debe continuar con la presión a nivel de los foros más importantes del planeta, para que al fin se avizore una salida digna y decorosa a una situación de flagrante violación del derecho internacional y de los valores democráticos y éticos que sostienen al mundo civilizado.



Lima, 17 de septiembre de 2011.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Diez años de soledad

Al conmemorarse los diez años de los espantosos atentados del 11 de septiembre de 2001, que derribaron las otrora simbólicas Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, con miles de muertos en su haber, mucha agua ha corrido bajo el puente de la realidad internacional para que podamos juzgar ahora los hechos con mayor ecuanimidad y solvencia.


El suceso que, según muchos analistas, historiadores y expertos políticos, marca el inicio propiamente del siglo XXI, ha dado mucho que hablar en todos estos años en que se han visto las consecuencias políticas del mismo y sopesado sus implicancias en los niveles sociales y económicos de una humanidad que ha entrado a una fase crítica de su devenir.


No hay duda de que se trata del acontecimiento más importante de los últimos tiempos, al mismo nivel quizás de lo que en su momento significó la caída del Muro de Berlín o el desplome de la Unión Soviética. Es el ataque más desastroso que ha sufrido la superpotencia norteamericana desde los luctuosos bombardeos que sufriera su base naval en Pearl Harbor, en los aciagos años de la segunda guerra mundial.


Tal vez no haya país en todo el planeta que concentre hacia sí la mayor carga de animadversión e inquina internacionales que los Estados Unidos. Y ello, paradójicamente, debido a su doble papel de guardián diligente en asuntos que conciernen a la libertad y a la paz mundial, como a su desatinada política de injerencia pertinaz, que lo hace inmiscuirse de un modo por demás descarado en los asuntos internos de numerosos países en diversas regiones del orbe.


Ello explica, en parte, el odio sagrado que ha convocado, sobre todo en el mundo islámico, en razón de su sistemática política intervencionista en cuanto conflicto armado o diplomático se suscite en la zona; además de su abierta toma de posición en favor de los intereses de la nación hebrea, firme enemiga de los países árabes que predominan en el explosivo y convulsionado Medio Oriente.


De ahí a la consideración, de las redes internacionales del terror -tipo Al Qaeda-, como objetivo privilegiado de su accionar político armado, hay sólo un mínimo paso, que en múltiples ocasiones se ha traspuesto con su secuela de víctimas y daños en diversos lugares del mundo, y que ha llevado a que la nación más poderosa de la Tierra refuerce sus sistemas de seguridad hasta límites paranoides.


La respuesta falaz e insensata emprendida por el entonces presidente Bush, no deja la menor duda de los propósitos verdaderos de un país gobernado por los mercaderes de la muerte, los dueños de las fábricas de armamentos más sofisticados de nuestros tiempos, que a la vez eran funcionarios del régimen republicano que fraguó la invasión a Irak arguyendo una mentira monumental: que aquél poseía armas de destrucción masiva.


Miles de soldados estadounidenses, reclutados especialmente entre la población migrante de la gran nación del norte, enviados como carne de cañón a las áridas mesetas de la histórica Mesopotamia, para derribar a un tiranuelo desafecto a los intereses de los invasores, permaneciendo varios años en una suerte de ocupación militarizada y colonial, hasta que otra zona del planeta reclamara una nueva atención preferente. Abusos y crímenes perpetrados por estos inconscientes ejemplares de la barbarie más sofisticada, se han sucedido desde entonces sembrando de sangre, terror y muerte los poblados más recónditos de esos olvidados rincones del globo.


Cuando se demostró hasta la saciedad la pantomima de Irak, el frente fue trasladado más allá, hacia las inhóspitas fronteras de Pakistán y Afganistán, donde actúa y gravita el movimiento talibán, otro grupo integrista que se opone férreamente a los planes tuitivos de los norteamericanos en esa zona del mundo. Una guerra que ya lleva varios años, con el único resultado efectista de la muerte de Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda, pero que en términos reales no se puede decir que haya sido un triunfo de las fuerzas occidentales. Si bien tampoco han ganado los grupos radicales, no puede afirmarse, repito, que el justiciero estadounidense haya resultado vencedor. El asunto es más complejo de lo que se imaginan los estrategas del Pentágono o los jerarcas de la Casa Blanca. Aun cuando el actual ocupante de ésta demuestre mayor sagacidad para entenderlo, es poco lo que puede hacer en la práctica, secuestrado como está, por los tenebrosos halcones de las fuerzas armadas, que determinan la política exterior y de defensa del país de las barras y las estrellas.


Se ha acentuado, pues, el aislacionismo de la gran nación sin nombre, avizorándose tras su derrumbe económico, la hecatombe política que terminará con su reinado secular en un final macondiano, en que las estirpes guerreristas condenadas a estos diez rotundos años de soledad, no tendrán una segunda oportunidad sobre la faz de la tierra, suelo ideal del hombre libre y soberano.



Lima, 10 de septiembre de 2011.



sábado, 3 de septiembre de 2011

La PUCP en la picota

Vientos inquisitoriales amenazan abatirse sobre la sociedad peruana. El conflicto que enfrenta a las autoridades de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) con el Arzobispado de Lima, y cuyas implicancias han llegado hasta el mismo Vaticano, es un escenario más de la lucha que se libra en el país entre las fuerzas democráticas de la sociedad y aquellas otras, oscurantistas y retrógradas, que se empecinan en recuperar sus privilegios a toda costa. Los detalles legales y jurídicos del caso ya han sido expuestos hasta el hartazgo por los medios de prensa, a pesar de que la controversia continúa en una especie de compás de espera que nos permite augurar momentos sombríos para el porvenir inmediato de esa prestigiosa universidad.


Me preocupa el rumbo que tomarán los acontecimientos si se concreta el omnímodo deseo de la jerarquía católica peruana, a cuya cabeza figura el inefable cardenal Juan Luis Cipriani, proteico personaje de nuestra fauna criolla. No sólo porque providencialmente pude ser un alumno de dicha universidad, cuando apenas terminado el colegio secundario tenté el inmenso desafío de postular a sus aulas con las armas aún novatas del bisoño estudiante que evidentemente requería algo más que el simple coraje. De lo cual no me quejo, pues a los pocos meses ya estaría apto para que otra casa superior -la Universidad Nacional Mayor de San Marcos- me acogiera en su regazo cual sabia madre nutricia.


Me preocupa sobre todo por lo que ello puede significar para el panorama universitario de nuestro país, cuando una de sus más importantes instituciones es el blanco de los apetitos medievales y autocráticos del lado más cavernoso de la Iglesia Católica. Pues nadie ignora que el fementido cardenal es conspicuo miembro del Opus Dei, una de las congregaciones más reaccionarias y verticales que conviven al interior de la clerecía vaticana.


Ya nos podemos imaginar lo que sería una universidad dirigida por los secuaces del Opus Dei, integrantes de una comunidad religiosa que preconiza el pensamiento único, que se arroga ser el único depositario de la verdad y que por lo tanto actúa con suprema intolerancia frente a aquello que considera sencillamente ajeno al saber revelado y divino que ellos creen representar. Nada más alejado, pues, del auténtico espíritu universitario que esa ambición dogmática y ortodoxa de quienes en pleno siglo XXI siguen siendo accionados por los resortes intelectuales y espirituales del siglo XVI o XVII.


El concepto mismo de universidad dejaría de tener sustento, convirtiéndose la PUCP en un mero apéndice del Arzobispado o del Vaticano, abandonando su sentido más profundo de entidad hecha para la búsqueda afanosa de la verdad, para la confrontación elevada de las ideas, para el diálogo enriquecedor de las ideologías y las filosofías, para la investigación incesante y mística del conocimiento. Es decir, el uno dentro de lo diverso, que es la esencia del espíritu universitario, se perdería irremisiblemente.


No comprendo, por ello, que algunos ex alumnos de la PUCP -que creo son felizmente pocos-, avalen el zarpazo que se prestan a cometer el cardenal y compañía en contra de la autonomía y la independencia de esa casa de estudios. Amparados en argucias legales, esgrimiendo toda clase de razones y sinrazones, pretenden tomar el control académico y económico de la universidad para apuntalar sus nada santos objetivos personales.


O tal vez porque coinciden con sus objetivos políticos, así como el de cierto sector de la prensa, hay quienes secundan esta embestida eclesial contra el verdadero templo del saber que es la universidad. Y no es extraño que ello suceda, porque desde la campaña por la presidencia, y aun antes, esos sectores alentaron una cruzada para desprestigiar a figuras señeras de la PUCP, aludiendo a su militancia de izquierda -a la que estos cojinovas tildan de caviar-, figuras que prestigian a cualquier sociedad civilizada, como por ejemplo el actual rector Marcial Rubio Correa, o Salomón Lerner Febres, quien también fuera rector y además presidente de la CVR.


En fin, se trata por lo tanto de salir a defender los fueros amenazados de la universidad peruana, personificados esta vez en la PUCP, quizás el baluarte más apetitoso de la educación peruana para quienes intentan dirigir sus destinos. No debemos permitir que asuman su gobierno quienes desprecian los derechos humanos, quienes se zurran en la libertad de culto, quienes son -ellos sí- el símbolo de la intolerancia y el odio, quienes miran el mundo y las cosas desde el sesgado pedestal de su miopía histórica.



Lima, 3 de septiembre de 2011.



sábado, 27 de agosto de 2011

Dos señores conversan

Después de veinticinco años -por lo menos-, he releído Conversación en La Catedral, esa novela emblemática de Mario Vargas Llosa que, según propia confesión, sería la que él salvaría del fuego. Su estructura compleja y vanguardista ya no ha sido, esta vez, un obstáculo, sino un ingrediente altamente enriquecedor y gratificante para un lector avezado y curtido por los años.


El diálogo que entablan, del principio al fin de la historia, Santiago y Ambrosio, agazapados en una fondita de mala muerte que lleva el ostentoso nombre de La Catedral, sirve de hilo conductor de este fascinante recorrido por los recovecos políticos y los laberintos sociales de la dictadura del General Odría, quien gobernó el Perú entre los años 1948 y 1956, régimen conocido como el Ochenio y que sirve de verdadero tapiz de fondo y escenario histórico de la ficción.


Cuando Zavalita, el protagonista central de la novela, reconoce, muchos años después de los hechos, en el galpón de la perrera municipal de Lima, a quien había sido el chofer de su papá, se abren los diversos discursos narrativos que van a hilvanar la trama de la ficción en sucesivas y simultáneas aproximaciones, a través de los recuerdos que ambos traen a la realidad escarbando los rincones más oscuros de su memoria, para entregarnos un fresco individual y colectivo, personal y público, privado e histórico de los entresijos que hicieron de esa época una de las más decisivas del Perú contemporáneo.


Más allá de la sorprendente revolución de las formas que significó la irrupción de esa novela en el contexto de la literatura latinoamericana -de lo que los críticos han llamado el boom literario-, y de la consagración definitiva del escritor peruano, que con esa obra alcanzaba la cima de su poder creativo, es interesante anotar las implicancias políticas y sociales, culturales e históricas, de una obra que sondea la atmósfera y el alma de un periodo de nuestra historia, recreando con las magistrales armas del novelista el clima humano total de un fragmento clave del devenir del siglo XX en un país latinoamericano.


El régimen de Odría es escrutado a través de sus personajes más característicos, desde los generales que conforman el tinglado del poder, hasta el siniestro asesor de inteligencia -el temible Esparza Zañartu de la realidad, transmutado en el Cayo Bermúdez de la ficción-, pasando por los peones civiles y militares, los cortesanos y lacayos de una típica dictadura tercermundista.


El ambiente opresivo y tenso de un país bajo el oprobio de un gobierno militar, el clima de persecución y vendetta política, de zozobra permanente en la que vivían numerosas familias que sufrían en carne propia los embates policíacos del régimen; los seres comunes y corrientes que padecían día a día la atmósfera enrarecida de una sociedad que había caído en las tinieblas de la tiranía; los personajes ligados de alguna manera al entramado dictatorial viviendo a salto de mata los zarpazos de la intriga y la delación.


La famosa pregunta del periodista Santiago Zavala, aquella que actúa como el leit motiv de toda la novela -¿en qué momento se jodió el Perú?- aparece ya en las primeras páginas del libro, conduciendo al lector a una aventura de indagación sociológica y psicológica sobre las causas y las razones de la debacle nacional, en orden de construir un proyecto de país que materialice los viejos sueños de los fundadores de la república.


Las peripecias existenciales de los personajes son descritas utilizando las más modernas técnicas novelísticas, dotando a la obra de una estructura compleja y compacta como una sólida arquitectura narrativa de gran calado verbal. Discurren por sus páginas periodistas, políticos, militares, personas de condición modesta y mujeres de la vida nocturna limeña. Vidas que se trenzan, se cruzan y descruzan en un mundo que el creador ha buscado totalizar, presentando la superficie de los vaivenes políticos y su subsuelo mafioso, así como los menudos y cotidianos ajetreos de seres anónimos y grises consumidos por la atmósfera anodina que preside la novela.


Luego de esa larga charla, donde los protagonistas han desnudado y desvelado los acontecimientos y sucesos que han fatigado sus vidas, tenemos la impresión de asistir a aquello que Balzac calificó como privativo de la novela, es decir, contar la historia privada de las naciones. El resultado es soberbio, una novela espléndida que bien puede situarse en el canon de la novela latinoamericana, como lo ha reconocido Carlos Fuentes en su flamante libro sobre el tema.



Lima, 27 de agosto de 2011.


sábado, 20 de agosto de 2011

Indignados

Una ola de revueltas y disturbios sacude algunas de las ciudades más importantes de diversos países del planeta, desde el Oriente Medio hasta América Latina, pasando por la vieja Europa, donde ha nacido a comienzos de año un malestar que gradualmente se ha ido expresando en las plazas y en las calles, y cuyo protagonismo lo ha tenido una masa de jóvenes que ha salido a manifestar su rechazo y su repudio a quienes desde el poder encarnan los mayúsculos desaciertos en la conducción del gobierno de sus pueblos.


Desde que en los primeros meses de este año, miles de jóvenes españoles se concentraron en la Puerta del Sol de Madrid, exigiendo al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero medidas concretas para frenar la crisis que hacía tambalear la economía de la península, y cuyas consecuencias ya se empezaban a sentir en los niveles de vida de la población, hasta la multitudinaria marcha de hace unos días en las calles de Santiago de Chile, donde decenas de miles de estudiantes, profesores y padres de familia volvieron a reclamar al gobierno de Sebastián Piñera por la gratuidad y la calidad de la enseñanza, una serie de otras movilizaciones han sobresaltado el llamado mundo civilizado de Occidente y sus arrabales.


Han sido bautizados por la prensa como los “indignados”, como si esa palabra contuviera muchos de los otros síntomas del generalizado desasosiego que experimentan los pueblos ante el embate de una crisis que recorre el espinazo de un sistema de cosas que ya no da para más. Los motivos pueden diferir según la coyuntura específica de cada país, las razones se bifurcan en múltiples causas que llegan a eclosionar en violentos enfrentamientos contra las fuerzas del orden, señal de una cólera social largamente gestada en el vientre de las sociedades de consumo.


Han sido, sin embargo, los países árabes los que han llevado esta indignación hasta límites inéditos, derribando anquilosadas dictaduras y resistiendo durante meses a los sátrapas enquistados en el poder, confrontación que hasta hoy mantiene a sirios y libios en pie de lucha. Eran motivaciones distintas, desde luego, a las de los jóvenes españoles, chilenos y griegos, mas en todos ellos latía esa misma rabia por acabar con una situación insostenible.


Indignación que también ha estallado en el Reino Unido, a causa de un incidente confuso en que ha terminado muerto un joven de origen africano en el populoso barrio de Tottenham, al norte de Londres. La policía ha explicado que se trataba de un simple delincuente que al intentar fugar ha disparado a un miembro de las fuerzas del orden, y que en esas circunstancias, fortuitas y accidentales, había fallecido. Los pobladores dicen que los efectivos habrían ultimado en el suelo al joven una vez capturado. Las protestas que se iniciaron frente al local de la comisaría se han extendido luego por la ciudad, ocasionando destrozos en la propiedad pública y privada: carros incendiados, tiendas apedreadas y edificios en llamas. Luego ha crecido hacia otros barrios londinenses; se ha extendido a otras ciudades del Reino como Birminghan, Liverpool y Manchester, haciendo que el propio Primer Ministro se haga cargo de la situación.


Hasta en el invulnerable Israel, engreído del sistema capitalista mundial dominante, los jóvenes han salido a gritar su desconcierto y malestar por la errada conducción política en la que tercamente perseveran los sectores conservadores aupados al poder, y en la que se mezclan de pasada críticas referidas al modo en que se enfrenta el asunto de Palestina, un conflicto de larga data que tiene entrampado al Medio Oriente en una suerte de callejón sin salida, debido sobre todo a la necedad de las autoridades israelíes para comprender la complejidad de un asunto que entraña aspectos esenciales de justicia y equidad internacionales.


Sin contenidos ideológicos precisos muchos de ellos, sin un programa doctrinal de reivindicaciones en algunos casos, todos estos movimientos -una auténtica rebelión de la masas de los tiempos modernos-, tienen el común denominador de cuestionar implícitamente el modelo reinante en términos políticos y económicos, un modelo que hace agua de una manera dramática desde los mismos centros neurálgicos del poder, que se desploma con estrépito y sin gloria ante la atónita mirada de sus fautores, que todavía no pueden creer que aquello que ellos imaginaban eterno e inexpugnable ha tocado su fin, precipitado por la tozudez y la soberbia de una clase dirigente que no ha sabido estar a la altura de los tiempos. Una era nueva espera a la humanidad tras el desastre de un neoliberalismo que se encamina inexorablemente a su triste final de polvo y ceniza.



Lima, 20 de agosto de 2011.