viernes, 31 de mayo de 2013

Días de cine

     Espoleado por la curiosidad, y luego de esperar pacientemente algunas semanas desde su estreno, he ido al cine para ver cómo era verdad que una película peruana rompía el récord histórico nacional de taquilla, con alrededor de tres millones de espectadores, hasta el momento en que escribo esta crónica. No es difícil darse cuenta que estoy hablando de Asu mare, ese biopic nacional sobre el talentoso comediógrafo Carlos Alcántara.
     Confieso que iba premunido de ciertas ideas preconcebidas. No me hacía muchas ilusiones sobre la calidad del filme, mas poseía una pequeña dosis de expectativa, necesaria para que la decisión de verlo se concretara. La realidad ha confirmado casi en un ciento por ciento mis aprensiones y dudas, por más que sería inútil negar que es una película que entretiene y que sintoniza fácilmente con los gustos del gran público.
     Fue un día domingo, quizás el peor día para ir al cine, pues la afluencia se decuplica, así hayan transcurrido ya algunas semanas en cartelera. El ritual que se ha impuesto como una condena hollywoodense en nuestras salas comerciales  -el ingreso a ellas de muchos cinéfilos con inmensos azafates,  provistos de cerros de canchita y sus infaltables vasos de gaseosa-, fue la primera impresión que reviví después de algún tiempo, además de las consabidas colas, claro está.   
     Instalado en la butaca junto a mi mujer, comentamos los incidentes de nuestra entrada, en medio de una oscuridad sobreviviente de la función anterior, y que estuvo a punto de ocasionarme una caída, pues no pude divisar la escalinata que conducía al pasillo central. El providencial brazo de mi acompañante me salvó de una estrepitosa escena nada cinematográfica.
     Empieza la función y me apresto a observar meticulosamente las escenas, las actuaciones; la realización, en una palabra. Transcurren los minutos y la sala se llena de risas, risotadas y carcajadas que celebran los gags, las palabras subidas de tono -una característica del cine hecho en casa- y las bromas de un humor bizarro que el popular Cachín ha desparramado estratégicamente por toda la obra para obtener el máximo de atención del público, sin dejar de entregarle diligentemente lo que éste ha ido a buscar.
     Concita interés el recuento histórico de los cambios que ha sufrido la ciudad en las casi cinco décadas que abarca la vida del protagonista, acompañando los hitos significativos de una existencia que pretende mostrarse como ejemplo del ascenso social de un joven de clase media que aspira a ver transmutados sus talentos y capacidades en reconocimiento y aceptación por una sociedad fuertemente prejuiciosa y lastrada de un racismo que está en retirada, pero que todavía no ha desaparecido del todo.
     La película es, pues, como decía, entretenida, interesante, graciosa, divertida, pero nada más. Alguien me preguntará, asombrado, si debemos pedir algo más a una obra del séptimo arte. Acostumbrados como estamos al imperio del cine norteamericano, a esa dictadura monotemática de los bodrios que produce a montones la industria del celuloide del país del Tío Sam, pareciera que fuera suficiente que un largometraje lograra hacer pasar un buen rato al espectador. La respuesta es un tajante no; el cine posee infinitas posibilidades para explorar la condición humana como lo han hecho grandes cineastas de la historia, autores de la talla de un Ingmar Bergman, un Fritz Lange o un Pier Paolo Passolini.
     No debemos olvidar que estamos hablando de una obra de arte, razón de sobra para exigir en un producto de esta naturaleza todo el potencial artístico y todas las posibilidades narrativas de que está investido. Si vamos a producir meros remedos de malas producciones yanquis, por más talento local que haya invertido en ello, los resultados no pasarán de jugosas recaudaciones y éxitos fulgurantes; pero todo eso no contribuye a edificar un gran cine nacional. Es verdad también, como ocurre en otros países, que aquello se logra con el concurso valioso de un Estado preocupado por el desarrollo cultural de sus ciudadanos, de una tradición que se forja con el tiempo y del apoyo constante de un público educado para saber apreciar el buen cine.
     No se debe caer en el facilismo del autoengaño ni en el espejismo del número. A riesgo de ser un aguafiestas -condición que no me fastidia, pues esa parece ser mi esencia-, debo decir que Asu mare está bien, mas no por ello debe ser sobrevalorada como el non plus ultra del cine nacional. Quizá pueda servir como un buen paso, el decisivo para lograr futuras producciones que afiancen y movilicen lo mejor de nuestra cinematografía.


Lima, 28 de mayo de 2013.

domingo, 26 de mayo de 2013

La muerte del sátrapa


A los 87 años de su edad, confinado en una prisión por la justicia argentina, ha muerto Jorge Rafael Videla, el que fuera cabecilla del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 y figura notoria del régimen del terror implantado por los militares en el país de Astor Piazzola y Atahualpa Yupanqui, de Ernesto Sábato y el Che Guevara.
     Con el pretexto de la amenaza terrorista, y valiéndose del temor inculcado a la población por los enemigos del pueblo, defenestró a María Isabel Martínez de Perón y asumió el mando de lo que pretenciosamente llamaron el Gobierno de Reconstrucción Nacional, al frente de un triunvirato que lo integraban, además, el siniestro jefe de la armada Eduardo Massera –también recientemente fallecido- y el brigadier Orlando Agosti.
     Fueron siete años de auténtica pesadilla para la nación del plata, viviendo bajo el reinado absoluto de la persecución y la tortura, el crimen y la desaparición. Se calcula que aproximadamente 30 mil personadas fueron desaparecidas a través de métodos vesánicos e infernales, además de crudelísimas ejecuciones extrajudiciales, como la perpetrada contra el periodista y escritor Rodolfo Walsh.
     Secuestros sistemáticos de opositores; robos oprobiosos de bebés, que eran entregados en adopción a personas amigas del régimen; lanzamientos espeluznantes de víctimas desde el aire al río de La Plata, al Océano Atlántico o al delta del Paraná, en lo que se conoce con el espantoso nombre de los vuelos de la muerte; asesinatos selectivos de gente de izquierda, activistas, militantes y periodistas; imposición de una férrea dictadura, que llevó al descalabro económico y social al país más culto de Sudamérica, es el saldo nefasto de los cinco años que estuvo en la Casa Rosada el sátrapa que acaba de expirar.
     Los crímenes y atrocidades del gobierno militar fueron investigados por la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CONADEP) que presidió el insigne escritor Ernesto Sábato, y que emitió al final de sus investigaciones un estremecedor informe –Nunca más, conocido como Informe Sábato-, donde se hace un minucioso recuento de toda la acción asesina de la dictadura militar, así como del testimonio de cientos de personas que sufrieron en carne propia las arremetidas sanguinarias de un grupo de psicópatas aupados al poder con el único fin de exterminar a quienes creían los enemigos de la patria.
     Juzgado y condenado durante los juicios por delitos de lesa humanidad durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, salió libre cuando el siguiente presidente argentino, Carlos Saúl Menem, decretó una amnistía para los militares que purgaban prisión por los delitos cometidos. Pero fue cuando asumió la conducción del gobierno el presidente Néstor Kirchner, que se dejó sin efecto esa injusta amnistía, y Videla fue a dar nuevamente a la cárcel, como debía. En un nuevo juicio fue sentenciado a cadena perpetua, pena que cumplía desde hace más de una década, cuando la muerte lo ha sorprendido en medio de su reclusión final.
     No quedó totalmente impune, como el otro genocida Augusto Pinochet; pagó lo que los tribunales dictaron en sus veredictos, pero quizá ello no fue suficiente para aliviar el inmenso dolor de miles de argentinos que esperan hasta ahora el actuar balsámico de la justicia. Con su partida de este mundo se lleva también la verdad del paradero de tantos desaparecidos en los años aciagos de su régimen, realidad que el dictador nunca aceptó, así como tampoco tuvo la entereza de por los menos reconocer sus errores y pedir disculpas a los dolidos familiares. Era pedir mucho, ya lo sé, pero era lo que mínimamente necesitaban esos seres acogotados por el inabarcable dolor de la pérdida del ser querido.
     Lima, 20 de mayo de 2013.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Un imprescindible


     Tras breve pero titánica lucha contra el cáncer, ha fallecido Javier Diez Canseco, líder del Partido Socialista y veterano luchador de diversas causas a través de más de cuatro décadas. Desde su puesto de combate, sea el cargo de diputado o senador, la calle tumultuosa, o la trinchera periodística, ha demostrado su compromiso invencible con sus ideales, fiel a una militancia que le acarreó detenciones, persecuciones e infamias por parte de quienes siempre estuvieron alineados con las clases dominantes y con las castas privilegiadas.
     Siento rabia y pena a la vez porque un hombre de su integridad moral se vaya tan pronto de este mundo, habiendo tantas batallas por librar, quedando tantos combates pendientes contra una mayoría de facinerosos sin escrúpulos que pretenden tomar en sus manos el derrotero precioso de nuestros destinos. La consternación y la emoción intensa me ponen al borde de las lágrimas, como nunca lo he experimentado por personaje político alguno.
     Era indudablemente el guerrero más conspicuo de la izquierda peruana, un verdadero quijote infatigable que se enfrentó, desde sus años juveniles, a cuanta injusticia campeara en la realidad heterogénea de la política. No toleró jamás la mentira ni la infamia, la hipocresía ni la podredumbre, y siempre les hizo frente de los más encumbrados en el poder, desafiando sus fuerzas omnímodas y desnudando sus vicios ocultos.
     Una sonrisa proterva debe estar esbozándose en el rostro de todos aquellos políticos corruptos y mequetrefes de dos por medio, al saber que el único combatiente que les plantó cara y los persiguió hasta sus escondrijos más recónditos, ha tenido que dejar el látigo de su verbo inflamado y la espada de su espíritu justiciero, abatido por un silencioso enemigo que en pocos meses terminó con sus días, pero ante quien se enfrentó también con un coraje y una valentía inusitados.
     Actualmente era congresista de la República, pero una inicua conspiración de sus enemigos de siempre lo llevó a ser suspendido en sus labores legislativas, acusado de favorecimiento ilícito a sus familiares, hecho que se demostró a todas luces falso y jamás probado. Un recurso de amparo interpuesto ante el Poder Judicial, y admitido en los últimos días, ordenaba reponerlo en su cargo congresal, ante la negativa miserable de quienes montaron la farsa esa de la acusación para anularlo políticamente.
     Una gavilla de mediocres y miserables de todo pelaje, expertos en componendas y cuchipandas, lo defenestró temporalmente del Congreso de la República. Mas era un honor, y motivo de legítimo orgullo, ser tratado así por una pandilla de arribistas y oportunistas llegados sabe dios cómo a ocupar una curul parlamentaria. Esa masa amorfa de encubridores de estafas y latrocinios, cuyo denominador común es la grisura intelectual y la indigencia moral, no le perdonó que se atreviera a meterse contra sus jefes y cabecillas, unos en la cárcel y otros en proceso de investigación.
     Javier era uno de los últimos hombres honestos y decentes de nuestra política, un ejemplar único en medio de esa vasta teratología de politicastros, politicuchos y politiqueros que abundan en nuestro medio. Un hombre esencialmente bueno, solidario y comprometido con los más débiles, fiel a sus principios e ideales como sólo un héroe romántico lo puede ser. Un personaje singular, inquisitivo, culto e informado, arrancado de alguna novela de caballería para desfacer entuertos y reparar injusticias.
     Porque Javier era, como dicen los famosos versos de Bertolt Brecht, uno de esos hombres que luchan no un día, o por un tiempo, sino que lo hacen toda la vida, es decir, un imprescindible. Hasta siempre Javier; para quienes admiramos tu constancia y tenacidad serás un ejemplo valioso de lucha, una presencia invisible que guiará nuestros pasos en pos de conseguir esa anhelada justicia y bienestar para nuestros pueblos.
                                           
Lima, 5 de mayo de 2013.

domingo, 5 de mayo de 2013

La dama del mal


El reciente fallecimiento de la exprimera ministra británica Margaret Thatcher convoca una serie de reflexiones sobre el significado de su figura en el panorama político de fines del siglo pasado y su configuración en el sistema de cosas imperante en el mundo de hoy. La controversia que rodea su imagen ha dado materia para que tenga tantos admiradores como detractores. Su presencia en la escena internacional ha sido sin duda determinante en muchos aspectos de la marcha de occidente, mas la discusión se centra en el papel que le cupo desarrollar en una época decisiva de la historia contemporánea.
     Sus más fervientes seguidores, entre quienes se cuenta, como no podía ser de otra manera, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, seguido por una honrosa caterva de liberales, neoliberales y conservadores de los más diversos matices, le agradecen el rol decisivo que cumplió a fines de la década de los 80, en el desmoronamiento del sistema soviético y la gradual extinción de la amenaza comunista para una Europa que se preparaba a recuperar su papel protagónico en la política mundial.
     Pero el legado de conjunto de la llamada Dama de Hierro es más bien negativo y desalentador, por decirlo de la manera más delicada, pues su arribo a 10 Downing Street y su permanencia en el despacho por poco más de once años, le acarrearon al mundo una ola de sucesos nefastos que van desde la economía hasta la política, pasando por lo judicial, social y sindical. Que haya colocado a la Gran Bretaña en el sitial que antes tuvo, no justificaba los desmadres que perpetró a nivel planetario.
     Su ultraortodoxa concepción de la sociedad, en la que las preocupaciones sociales quedaban abolidas, erigiéndose el individuo en la medida de todas las cosas, entronizando el egoísmo como la materia prima del novísimo edificio internacional, consagrando el mercado como la varita mágica de todas las soluciones posibles, deificando al capitalismo salvaje como el mejor hábitat para la humanidad, no podían ser sino síntomas de un pensamiento reaccionario que tanto daño le ha hecho a las conquistas sociales más importantes del hombre de nuestros días.
     La actuación de su gobierno en relación a los derechos humanos, por ejemplo, ha sido desastrosa, apoyando inicuamente al sanguinario dictador Augusto Pinochet, cobijándolo bajo sus faldas cuando el valiente juez español Baltasar Garzón le dio caza con las transparentes armas de la ley. El solo hecho de haber sostenido a un régimen asesino por una década entera, en pago de favores de dudosa índole, mostrándose comprensiva y tolerante con el crimen y la violación de los derechos humanos, pintan de cuerpo completo a un personaje maquiavélico que deshonró a la justicia y a la dignidad humana.
     Tuvo la dudosa suerte de que durante su mandato, la dictadura argentina quisiera también lavarse la cara agitando las banderas de un supuesto acto de nacionalismo reivindicativo, invadiendo las islas Malvinas con el fin de recuperarlas para la soberanía nacional. Esto sirvió para que ella aprovechara la magnífica oportunidad que se le presentaba de fortalecerse en el poder, sabiendo de la superioridad bélica de las armas reales frente al exiguo desafío que entrañaba el limitado poderío del país sudamericano.
     Secundó abiertamente las políticas trazadas a nivel mundial por el expresidente estadounidense Ronald Reagan, convirtiéndose ambos en los paladines de un imperio que asoló vastas regiones del globo con el pretexto de sofocar las amenazas terroristas que venían a cuestionar el imbatible reinado de las superpotencias capitalistas. De manera sibilina, flemáticamente inglesa, arrostró los conflictos del Ulster en la Irlanda católica, mientras a nivel mundial actuaba de pareja complaciente de todas las tropelías y desmanes que perpetraba Estados Unidos en su papel autoimpuesto de policía internacional.
     Ese es el mundo que hemos heredado de la Dama de Hierro, un mundo que ve desplomarse sus más firmes soportes estructurales, penetrado por un desquiciado afán de consumo, una ambición sin límites de las clases dominantes, preocupadas por mantener el statu quo para seguir viviendo en el parasitismo y el fácil estipendio, y una marcada tendencia hacia la consagración de los valores materiales del mercado como si fueran los diosecillos laicos de un planeta de locura y patas arriba.

Lima, 28 de abril de 2013.

domingo, 21 de abril de 2013

De indultos e insultos


     La escena política peruana se ha conmovido desagradablemente ante las recientes revelaciones de un verdadero carnaval de indultos, suministrados por el ex presidente Alan García durante su segundo gobierno. Se trata del más grande paquete de gracias presidenciales de que se tenga memoria y cuyos mayores beneficiarios han sido, sospechosamente, muchísimos internos que purgaban penas por delitos de narcotráfico.
     Ante las denuncias periodísticas que sacaron a luz las investigaciones que lleva a cabo la Megacomisión del Congreso de la República, líderes prominentes del partido, incluido el mismo involucrado, no han tenido mejor respuesta que descalificar a los miembros de dicho grupo de trabajo, o lanzarse directamente a la yugular del entorno más próximo de Palacio de Gobierno, como si ellos tuvieran algo que ver con los desaguisados perpetrados por la omnímoda arrogancia de un ex mandatario con ínfulas de emperador.
     En medio de otra discusión, planteada en torno a las indecorosas presiones –con Cardenal incluido- para que ese beneficio alcance al ex presidente Fujimori, resultan vergonzosamente coincidentes los destinos asimétricos de dos figuras políticas del país que alguna vez ejercieron el máximo cargo de la nación. Pero si en el caso del reo de la Diroes la situación es clamorosamente patética, pues legal y moralmente el indulto no le corresponde, en el caso de García es abiertamente descarado, pues administró esa potestad a diestra y siniestra en pro de militantes de su partido que una vez libres volvieron a delinquir.
     Pero lo realmente grotesco e inmundo es que la comisión respectiva que debía servir de filtro para la decisión presidencial, es decir que recomienda los casos que directamente ve el presidente, estaba presidida y conformada –al menos parcialmente- por miembros del partido aprista que habían sido ya juzgados y sentenciados por los mismos delitos. Una auténtica e infame paradoja de dimensiones universales.
     La interpretación, que han hecho los concernidos en el escándalo, es que se trataría de una persecución contra el líder aprista y eventual candidato para las presidenciales de 2016, lo cual es una manera, consabida entre los seguidores del partido de la estrella, de desviar la atención del problema central, además de constituir un ridículo intento de victimizarse frente a tan graves acusaciones que deben merecer una profunda investigación y, si se encuentran indicios de culpabilidad, una sanción ejemplar que lo inhabilite para ejercer cargos públicos por el tiempo que la ley prescriba.
     Es el triste colofón de un movimiento político que nació enarbolando las banderas de la justicia social y el cambio revolucionario, que fue perseguido durante décadas y que vivió en las catacumbas; pero que repentinamente se ha ido mimetizando a las viejas estructuras oligárquicas que han predominado secularmente en el Perú, pactando vergonzosamente con las fuerzas conservadoras y, ahora, prestándose al juego sucio de amparar desde el poder a cabecillas de bandas delincuenciales que medran con el tráfico ilícito de drogas. Esperpéntica metamorfosis del Sólido Norte a la banda de Los Norteños. Todo un símbolo de la siniestra delicuescencia moral de un sistema político en tiempos de la globalización y la era digital.
     Los indultos repartidos a manos llenas constituyen un mayúsculo insulto a la dignidad y la ética de toda una nación, hecho inicuo que no debe jamás pasarse por alto a la hora de considerar las futuras opciones para elegir a nuestros representantes democráticos. La justa y valedera memoria histórica debe erigirse en la certera brújula al momento de ponderar las capacidades y virtudes de quien ha de conducir la nave del Estado en el próximo periodo presidencial. Que nadie se llene la boca hablando de persecución donde simplemente existe una labor de limpieza moral y de aplicación prudente de la justicia, pues los que cometieron fechorías o avalaron la perpetración de latrocinios en nombre de la patria, no merecen tener una nueva oportunidad para ocupar un cargo para el que ética y moralmente están descalificados.

Lima, 20 de abril de 2013.   

martes, 16 de abril de 2013

Cuentos del llano


Todos sabemos que la gloria literaria de Juan Rulfo, ese extraordinario narrador mexicano, está cifrada en sus dos únicos libros: Pedro Páramo, novela fantasmagórica de gran originalidad; y El llano en llamas, colección de cuentos de magnífica factura estilística, que le fueron suficientes para ingresar como miembro de pleno derecho al Parnaso de los grandes creadores del idioma.
     Diecisiete relatos componen el volumen, todos ellos de un valor muy parejo, narrados en esa prosa coloquial en la que Rulfo es un consumado maestro. Teniendo como telón de fondo los azarosos años del México posrevolucionario, y en medio de esa atmósfera de convulsión y desesperanza que caracterizó los primeros tanteos de un movimiento que cuajaría más adelante como uno de los fenómenos más decisivos del país de Sor Juana Inés de la Cruz y Frida Khalo, de Octavio Paz y Carlos Fuentes, de Ramón Vargas y Rolando Villazón.
     “Macario” es el relato nostálgico de un hombre que sigue añorando la leche dulce, como las flores del obelisco, que bebía de niño de los pechos de Felipa. Hay algo de sentimientos edípicos no resueltos en este recuento de afectos y recuerdos de infancia. En “Nos han dado la tierra”, tres hombres llegan a un llano donde les han prometido extensas posesiones de tierras, pero yermas, minuciosamente estériles, como su esperanza.
     En “La Cuesta de las Comadres”, asistimos a la confesión de un crimen. El protagonista nos cuenta en primera persona, cómo mató a un tal Remigio Torricos, quien había ido a pedirle cuentas por la muerte de su hermano Odilón. “Es que somos muy pobres”, nos presenta el lamento de un hombre por la pérdida de una vaca que su padre había regalado a su hermana Tacha. La preocupación es porque este hecho determinará que ella corra la misma suerte de sus hermanas mayores, que se fueron de pirujas (prostitutas).
     “El hombre” es la historia de una persecución y varias muertes. El personaje principal huye porque ha cometido diversos crímenes, y es seguido de cerca por otro que le pisa los talones para hacerse justicia. Pero el hombre es hallado muerto por un campesino, borreguero para más señas, a quien involucran en el caso. “En la madrugada” presenta la historia del viejo Esteban, quien llega a San Gabriel arreando sus vacas. Luego sucede la muerte de don Justo, y Esteban va a parar a la cárcel, acusado de haberlo matado.
     “Talpa” es el relato sobrecogedor de la muerte de Tanilo, llevado por Natalia, su mujer, y por su hermano, quien narra la historia, a curarse de unas llagas ante la Virgen de Talpa. Realiza el peregrinaje hasta la extenuación, el suplicio y la muerte, cometida por el hermano y por Natalia, pues ambos querían librarse de Tanilo para juntarse. Pero la culpa y el remordimiento se los impide. En “El llano en llamas”, cuento que da título al conjunto, un bandolero apodado Pichón evoca los años de la revolución al lado de Pedro Zamora; pero es en “Diles que no me maten” que el curso de los hechos adopta un aspecto inusitado. Nos presenta la historia de Juvencio Nava, perseguido durante más de treinta años por haber asesinado al padre del comisario. Había vivido escondido en el monte y, cuando es capturado, pide a la autoridad piedad. Encarga a su hijo Justino que les diga que no lo maten, y cuando finalmente es ejecutado, él va a recoger sus restos.
     “Luvina”, décimo cuento del libro, es la descripción del purgatorio. Bebiendo unas cervezas, el lugareño le informa a un forastero que va para allá, cómo es Luvina, su gente y su forma de vida. Al final se queda dormido. El siguiente, “La noche que lo dejaron solo”, narra la huida de un muchacho junto a dos hombres más viejos. Éstos son capturados y colgados por los soldados, mientras Feliciano Ruelas observa desde su escondite y vuelve a escapar hacia la llanura.
     “Acuérdate” es la semblanza de un ahorcado, Urbano Gómez, a quien el narrador nos presenta en segunda persona como alguien conocido por todos, y cuya muerte es el colofón de una vida signada por la violencia y el crimen. En “No oyes ladrar los perros”, un hombre lleva sobre sus hombros a su hijo herido. Van a Tonaya; han cruzado el monte y no oyen nada que les haga sospechar que están cerca. Es de noche, y el viejo le recrimina al hijo sobre sus malas andanzas, la vergüenza que siente por él y la maldición que ha lanzado a la sangre que lleva. Al fin llegan al pueblo y suelta al hijo, que cae como descoyuntado, y en ese preciso momento ladran los perros.
     “Paso del Norte”: un hombre decide irse del pueblo porque su situación es dramática. Tiene mujer y cinco hijos. Va donde su padre para encargárselos; éste se niega, pero al final acepta a regañadientes. Una balacera en el trayecto impide que el hombre cumpla su objetivo, y cuando vuelve, el padre le da la mala noticia de que su mujer se ha ido con un arriero y que se ha quedado sin casa, pues la ha vendido para cobrarse los gastos.
     “Anacleto Morones” es una historia sorprendente, como muchas otras del libro. Un grupo de diez viejas llegan en comisión para llevarse a Lucas Lucatero con destino a Amula, para que testimonie sobre los milagros del Niño Anacleto, de quien por cierto es su yerno. Pretenden convencerlo, pero una a una va desistiendo y retirándose ante la resistencia de Lucas a acompañarlas. Al último solo queda la Pancha, quien le ayuda a amontonar las piedras de la sepultura de Anacleto Morones, cosa que ella y todos desconocían. Pasan ambos la noche y, al despedirse, la Pancha le deja la estocada letal de un comentario irónico y descalificador para las habilidades viriles de Lucas.
     “El día del derrumbe” rememora el terremoto ocurrido en Tuxcacuexco, la llegada del gobernador y su barroco discurso cantinflesco. Termina la ceremonia a balazos, que un borrachito dispara a mansalva. El narrador recuerda el día exacto del fenómeno porque su mujer había dado a luz en ese día.
     Cierra la colección “La herencia de Matilde Arcángel”, que cuenta lo ocurrido a Euremio Cedillo y su hijo del mismo nombre, a quien odiaba, tal vez por atribuirle la culpa de la muerte de la madre, Matilde Arcángel. Un día pasan unos bandidos por el pueblo. Luego de unos días, pasan tropas del gobierno persiguiéndolos. Euremio grande se alista en la tropa porque tiene una cuenta pendiente con uno de los bandidos. Una noche se siente que regresan galopando; al poco rato se presenta Euremio el hijo tocando su flauta, montando el caballo de su padre que yacía muerto en la silla.
     Espléndido puñado de cuentos que consagraron a su autor como uno de los más eximios exponentes de la narrativa contemporánea, tanto por la riqueza expresiva de su prosa, como por el diestro juego con la intriga y la expectativa que logra crear en el lector, convirtiéndolo en su perfecto cómplice en el desarrollo de las tramas y su sorprendente desenlace.
                                                     
Lima, 10 de abril de 2013.

martes, 2 de abril de 2013

Ensayo sobre la lucidez


     Aliviados por los resultados del domingo 17 de marzo pasado, en que estuvo a punto de triunfar la opción más regresiva y nefasta, que le hubiera inferido a la democracia y a la civilidad un daño quizá irreparable, podemos reflexionar con mayor tranquilidad sobre el destino inmediato de nuestra ciudad, ese espacio común de los nueve millones de habitantes que vivimos en ella.
     A pesar del apretado margen de diferencia que proyectan los resultados oficiales, lo cierto es que se ha impuesto la cordura y la sensatez, que en los últimos días de la campaña, cuando ya no era posible publicar los sondeos de las encuestas, ha inclinado finalmente el fiel de la balanza ciudadana hacia el lado de la decencia y la honestidad, dejando con los crespos hechos a tantas figuras y figurones del espectro político, que ahora sólo les queda lamerse las heridas en el rincón de su propia ambición derrotada.
     Quieren contentarse los perdedores haciendo interpretaciones antojadizas y amañadas, como decir por ejemplo que el triunfo de Susana Villarán es pírrico, que lo ha hecho a costa del sacrificio de todos sus regidores, y que el gran vencedor de la jornada ha sido en verdad la derecha representada por el PPC de Lourdes Flores. Se engañan de manera ingenua, como esos niños que jamás aceptan perder y tratan de devaluar a como dé lugar el triunfo de su contrincante.
     Si el objetivo central de los revocadores era lograr la vacancia de la alcaldía, defenestrando del cargo a Susana Villarán, para adelantar las elecciones que ellos veían con angurria y desesperación, y ello no ha sucedido, entonces, cómo llamar a eso: lisa y llanamente, una derrota en toda ley. Ahora, es cierto que se puede discutir las consecuencias de la consulta, la nueva composición de la comuna a raíz de algunos cambios que tendrían que hacerse; pero ello no quita un ápice que los grandes derrotados han sido los promotores en la sombra como García y Castañeda, y todas aquellas cabezas visibles, como el inefable Marco Tulio Gutiérrez, que apostaron por un objetivo a todas luces absurdo, inútil e injusto.
     Aun los que éramos pesimistas y escépticos por los resultados de la consulta, hemos recibido con gran alivio y esperanza esta respuesta ciudadana llena de lucidez y tino justiciero. La campaña por el No había logrado calar en la conciencia de miles de personas que fueron bombardeadas día y noche por las mentiras y las infamias de los voceros del Sí.
     Resta en adelante trabajar mancomunadamente, labor de todos quienes realmente aspiran a mejorar las condiciones de vida en la capital, atacando los múltiples problemas que la aquejan. La solución del problema del transporte está encaminado, solo espera de nosotros la paciencia y la colaboración para que el rumbo no se detenga; las obras emprendidas en diferentes puntos de la ciudad seguirán su curso normal, y la sensación de transparencia y honradez nos dará la suficiente confianza para aguardar un gobierno edil sin sobresaltos hasta el fin de su mandato.
     Si quisiéramos obtener lecciones positivas de la jornada popular de aquel domingo, podrían surgir interesantes conclusiones con respecto a la imagen restaurada de una autoridad municipal muy magullada en los últimos tiempos, como por ejemplo reimpulsar los proyectos que venían llevándose a cabo, pero con el agregado de difundirlos mucho más eficazmente; aceptar la lección de que un gran sector de la población no percibe la realización de dicha obra por la carencia de un adecuado canal que comunique los logros e informe continuamente sobre la marcha de los trabajos.
     En relación a los grupos de izquierda que se han visto cuestionados, tanto por la iniciativa en sí, como por unos resultados evidentemente aleccionadores, ha llegado la hora, creo, de replantear los términos de sus alianzas, o dar un giro significativo a su débil entronque con aquellos sectores populares que lógicamente deberían haber constituido sus cimientos sociales e ideológicos en una justa electoral como la vivida.
      Queda, en fin, entender que los cambios emprendidos tienen como único objetivo el ordenamiento de una urbe caótica y que amenaza salirse de sus cauces ciudadanos de convivencia, tarea que sólo podrá llevarse a buen puerto con el concurso decidido y comprometido de cada uno de nosotros, pues a fin de cuentas es a nosotros a quien incumbe directamente el destino de este espacio de confluencia en el que cotidianamente trazamos el inverosímil destino de nuestras existencias.

Lima, 2 de abril de 2013.