miércoles, 27 de febrero de 2019

Los demonios


    Por primera vez en su larga y controvertida historia, la Iglesia Católica, por medio de su máximo jerarca, el papa Francisco, ha convocado a una inédita Cumbre Vaticana contra la pederastia, encuentro que se ha realizado en la ciudad de Roma desde el jueves 21 de febrero hasta el sábado 23, cerrándose con las palabras del pontífice el domingo a manera de clausura. Han sido llamados a tan protocolar y delicado encuentro cerca de dos centenares de prelados, entre cardenales, obispos y arzobispos, responsables de las principales diócesis de todo el mundo católico.
    Se trata de enfrentar directamente, sin rodeos ni a media voz, un problema que en las últimas décadas se ha agudizado terriblemente, a raíz de las numerosas denuncias y testimonios, que han ido surgiendo en numerosos países, sobre casos de abusos sexuales de menores a manos de curas, párrocos y demás ensotanados. Actos de pedofilia y pederastia que han proliferado cual si fuera una pandemia, o que se han hecho públicos, desenterrados por una saludable campaña espontánea  de víctimas ansiosas de acabar con el secretismo y el ocultamiento sistemático que ha sido la política oficial de la iglesia en todo este tiempo.
    Denuncias que muchas de ellas acabaron silenciadas en los escritorios de las autoridades eclesiales, víctimas de la complicidad y encubrimiento que ejercieron los miembros de las cúpulas de cada país para proteger a los propios criminales que albergaban en su seno. Situación que, aparentemente, ya se hace insostenible para una institución que afronta diversos retos en el presente para justamente sumarle uno más, y no precisamente de los menos graves.
    Lo que siempre será motivo de admiración y estupor es cómo aquellos hombres que, obedeciendo en teoría a ese llamado interior que llamamos vocación, se transforman un buen día de iluminados seguidores del camino trazado por Jesús, de predicadores convencidos de su palabra y de sus enseñanzas, en verdaderos demonios que echan por tierra la inocencia y la honra de niños, niñas y jóvenes, haciéndoles padecer en carne propia el infierno temprano de sus perversas inclinaciones.
    En qué momento, esos seres llamados para predicar los principios morales del cristianismo, traicionan sus celestes ideales de la compasión, la caridad y la ayuda al prójimo, ejerciendo de funestos verdugos de quienes más necesitados están de orientación y asistencia espiritual en esos cruciales años de su formación personal. De qué manera se opera ese cambio radical, que luego termina en la prescripción y la impunidad, arropados por una sarta de crápulas encaramados en la cúspide de una iglesia que de este modo se comporta como coautora de tamaña vesania. Pues no debemos olvidar que papas y cardenales se hicieron de la vista gorda durante años, cumpliendo religiosamente su nefasto rol de apañadores y encubridores.
     Luego de un breve traspié del papa Francisco, cometido en su viaje de retorno a Roma el año pasado, cuando negó veracidad a las denuncias contra un depravado obispo chileno, la escena cambió radicalmente al llegar al Vaticano y recibir en esos días a una importante delegación de víctimas procedentes del vecino país del sur. Es entonces cuando decide tomar al toro por las astas y nombra una comisión del más alto nivel, presidida por monseñor Charles Scicluna, arzobispo de Malta, para investigar los casos perpetrados en Chile, cuyo resultado fue posteriormente la defenestración, publicitada como renuncia, de todos los obispos del país, para emprender así una labor de limpieza y transparencia que sigue en marcha.
    Creo que ese es el momento en que comienza a variar la perspectiva y la postura de la curia romana ante un asunto que, sin lugar a dudas, ha minado profundamente su credibilidad y la ha puesto contra las cuerdas. El sólo leer el testimonio de las víctimas es estremecedor, pues uno se hace a la idea de cómo pudieron haber afrontado en toda su crudeza esos niños y jóvenes la crueldad sin nombre de estos infames “religiosos”; niños y jóvenes  que ahora son ya hombres y mujeres maduros que, sin embargo, tienen tatuados en sus cuerpos y en sus mentes, el trauma insufrible del abuso que padecieron.
    Medidas de impacto tomadas recientemente por el mismo papa Francisco, como la expulsión de la iglesia del cardenal Theodore Mc Carrick, arzobispo de Washington, u otros similares, no deben hacer olvidar todo lo que no se hizo por espacio de décadas, mientras los mismos funcionarios llamados a acudir al llamado de los inocentes, celebraban victoriosos y aviesamente la protección y encubrimiento que lograban, cuando sustraían de la acción de la justicia a uno de estos pederastas en su accionar más demoníaco. Los expapas Juan Pablo II y Benedicto XVI tendrían que decir algo al respecto. Pero el primero ya es alma del otro mundo, habiendo sido incluso, para desvergüenza mayor, elevado a la condición de santo, lo que en verdad resulta ridículo, por decir lo menos. Y Joseph Ratzinger, desde su cómodo retiro vaticano, no sé si esté en condiciones de hacerlo.
    Tres días que quizás no han servido de mucho, por más que el arzobispo de Múnich, Reinhard Marx, haya pronunciado las palabras más sinceras y esclarecedoras de la reunión, como revelar por ejemplo la destrucción de los archivos de los abusos cometidos; pues en la jornada final, el mensaje de Jorge Mario Bergoglio no ha sido precisamente esperanzador para las víctimas, quienes esperaban que por lo menos se pusiera en marcha la anunciada tolerancia cero ante el problema, y no que se desviara el discurso hacia afuera, distrayendo con datos del abuso a menores del mundo en general, cuando lo que estaba en discusión era el proceder de los miembros del clero, razón por demás imperdonable porque se trata de personas que han jurado cumplir una misión ante su dios, y no han hecho otra cosa que traicionarlo miserablemente.
    No queda sino seguir bregando para que los culpables sean llevados ante la justicia regular, y reciban el castigo que merecen por su conducta oprobiosa.

Lima, 25 de febrero de 2019.
  
      

jueves, 14 de febrero de 2019

Schopenhauer y el amor


    Desde la óptica tremendamente pesimista del filósofo alemán, toda la existencia humana arrastra una rémora de sufrimiento que se hace visible en cualquier vivencia y  actividad que emprenda, incluida el amor, desde luego. Debe aclararse, sin embargo, que toda filosofía surge al calor de las experiencias y vicisitudes que configuran el temperamento y la personalidad de quien más adelante las elaborará en entramados conceptuales que buscarán erigirse en interpretaciones peculiares de la realidad y, finalmente, en visiones del mundo.
    No podemos entender el pensamiento de Schopenhauer sin tener en cuenta los pormenores y las singularidades de su biografía, como el hecho de que al descubrir a los 13 años de edad su vocación para la lectura, el estudio y la reflexión, y a los 15 revelar sus inclinaciones, el padre será presa de un profundo disgusto por ese hijo para quien ya había dispuesto un futuro dedicado al comercio. En esta lucha con la figura paterna para hacer prevalecer sus propias búsquedas, se irá delineando una de las aristas del carácter del futuro filósofo. Providencialmente, ante la extraña y repentina muerte de Heinrich, Johanna, su madre, lo libera de cumplir la promesa paterna para dedicarse completamente a seguir su propio camino.
    Su periplo por diversas universidades alemanas, su contacto con filósofos como Fichte y Hegel, así como sus lecturas decisivas de Platón y Kant más el conocimiento de los textos fundamentales del pensamiento oriental, definirán su destino como pensador abocado a desentrañar los misterios que encierra el dolor en el mundo, sus causas y manifestaciones, y por tanto, también, la manera cómo librarnos de él. Ese será su aporte más importante a la filosofía universal.
    Entre los años 1814 y 1818 compone, en Dresde, su obra maestra: Die Welt alles Wille und Worstelung (El Mundo como Voluntad y Representación), publicada en 1819, hace ya doscientos años. En ella está descifrado el universo, como lo han reconocido notables escritores del siglo XX que se han rendido ante la magnificencia de su pensamiento. Lo dice así precisamente nada menos que el poeta y ensayista argentino Jorge Luis Borges, quien en su conocido “Otro poema de los dones”, alude al genio de Danzig con estos memorables versos: “Por Schopenhauer, / que acaso descifró el universo…”. En ese mismo poema, justamente, también agradece “al divino laberinto de los efectos y de las causas”, “por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad…”.
    Schopenhauer llama Voluntad a esa energía o fuerza cósmica que nos impele a obrar en determinado sentido, y que es culpable igualmente de la marcha del universo. Ella explica el deseo, que está en la raíz de todas nuestras acciones que desembocan inevitablemente en el dolor y el sufrimiento. Una de las manifestaciones de ese deseo es el amor, verdadera trampa que nos tiende la voluntad para cumplir sus propios fines. Dice el filósofo: “Es el amor una estratagema que emplea la Naturaleza para llegar a su fin, que en realidad no es otro que la creación de un nuevo ser determinado en su naturaleza”; aunque más adelante reconoce que “el amor es como una compensación de la muerte”.
    El amor no sería sino una fuerza ciega impulsada por la voluntad, pues “en cuanto la voluntad se siente satisfecha, desaparece, y disipándose el goce del individuo, ya no ve junto a él más que una detestable compañera”. Se ha hablado también, a propósito, de una reprobable misoginia que subyace en muchas de las ideas del pensador, a veces abiertamente, hecho que debemos entender en el contexto de su tiempo y de su propia formación, sin que esto signifique de ninguna manera una forma de justificar sus exabruptos sexistas.
    En ese mismo sentido, aborda una de las paradojas más reconocidas del amor, como aquella de la dudosa elección, “por eso es posible ver a hombres llenos de buen sentido, hasta de genio, casados con verdaderas arpías. Con justicia se ha pintado el amor teniendo vendas en los ojos”. Si pensamos, por ejemplo, en el caso de Sócrates, tendremos una histórica confirmación que validaría esta afirmación de Schopenhauer; y aquello de que el amor es ciego no es sino uno de los tópicos más recurridos y recurrentes del inconsciente colectivo que trata así de explicarse una deriva irracional del mismo.
    Esa energía instintiva avasallante que nos sobrecoge, digitada directamente por la voluntad en sentido schopenhaueriano, se expresa también como pasión, tan asociada a la vivencia amorosa. Al respecto, dice el filósofo: “Como la pasión descansa sobre la ilusión de un goce, de una felicidad personal, en provecho de la especie, una vez pasado el tributo a la Naturaleza y al genio de la especie, la ilusión desaparece”. Eso explicaría la fugacidad de la pasión amorosa, fuego fatuo que chisporrotea un instante y se desvanece.
    La mayoría de las ideas de Schopenhauer sobre el matrimonio y la mujer han perdido vigencia, al empuje del progreso de los tiempos en materia de justicia e igualdad entre los sexos. Las tres oleadas feministas han terminado sepultando las polémicas tesis del filósofo alemán, las que evidentemente deben ser entendidas, como ya lo dije líneas arriba, en su contexto y a la luz de su temperamento y de su filosofía en general. Pero en cuanto al fenómeno del amor, todavía se puede seguir discutiendo su interesante enfoque a partir de lo que él llama la voluntad, fuerza inmanente que sostiene el universo, y la representación que ejecutamos los seres humanos a un nivel más o menos consciente, pues a la larga también estamos tironeados por esa decisiva causa primera, culpable sí de muchas alegrías, pero también de tantos pesares y dolores.

Lima, 14 de febrero de 2019.

sábado, 9 de febrero de 2019

Venezuela en la encrucijada


    Un país latinoamericano es el nuevo escenario de la confrontación internacional entre las grandes potencias, siempre detrás de poderosos intereses económicos que definen el tablero geopolítico mundial. En los últimos años hemos visto cómo gradualmente el gobierno de Venezuela se iba desmoronando imparablemente, acicateado por los enormes errores del régimen de Maduro, así como por la hostilidad imparable de los Estados Unidos y sus adláteres, situación que se acentuó con la llegada a la Casa Blanca, hace poco más de dos años, del peor presidente de que se tenga memoria en la historia de la nación americana.
    Me parece que el punto de quiebre del sólido edificio chavista, erigido por los seguidores del deslenguado mandatario desaparecido, comenzó en diciembre del 2017, cuando la oposición consiguió un rotundo triunfo en las elecciones para la Asamblea Nacional, hecho que fue respondido por el gobierno con una sistemática política de amedrentamiento que se selló cuando, aduciendo el clamor popular, convocó un referéndum para elegir una Asamblea Nacional Constituyente con el fin de iniciar una serie de reformas fundamentales en su Carta Magna.
    Instalado ya el nuevo organismo, se convirtió inmediatamente en un poder legislativo de facto, en paralelo al que detentaba la oposición, con la anuencia de las fuerzas armadas que hasta ahora constituyen el aval principal del régimen. Ha habido, por cierto, pequeñas asonadas, rebeldías focalizadas, levantamientos fallidos, pero nada afectó seriamente la solidez del poder. Manifestaciones reprimidas con rigor, líderes políticos perseguidos y encarcelados, funcionarios de primer nivel marchando al exilio, periodistas amenazados y una creciente población en éxodo, fue el saldo de este primer capítulo doloroso de la crisis venezolana.
    El otro momento estelar de esta deriva dramática fue la elección en solitario de Nicolás Maduro para un nuevo período presidencial en mayo del año pasado, en unas elecciones cuestionadas por la comunidad internacional y sin la presencia de observadores que refrendaran su legitimidad. Y el 10 de enero, fecha de su juramentación para otros seis años de gobierno, no contó con la presencia de buena parte de los representantes del continente ni de la Unión Europea. Cada vez más arrinconado, el inquilino del Palacio de Miraflores se embarcó en una estela de acciones erráticas producto del atolondramiento causado por un entorno más y más adverso.
    Mientras tanto, en Washington terminaban de mover sus piezas los halcones que merodean al presidente Trump, en medio de una parálisis de la administración por el capricho del mandatario de construir a toda costa un absurdo muro en la frontera con México. Un personaje de estas movidas por los corredores de la capital estadounidense era nada menos que Juan Guaidó, el joven presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela que el 23 de enero reciente se autoproclamó presidente interino de la nación caribeña, siendo reconocido inmediatamente por la Casa Blanca y por los países que integran el Grupo de Lima, con la excepción de México y Uruguay.
    Otros actores tras bambalinas en este drama descomunal que vive el país de Simón Bolívar, y no de segunda línea como podríamos presumir, son el consejero de seguridad de la administración Trump, John Bolton, el asesor para asuntos de Latinoamérica Elliot Abrams y el Secretario de Estado Mike Pompeo, culpables en el pasado de barrabasadas sin nombre en contra de los derechos humanos, desde sus tristísimos papeles de peones de las administraciones más retrógradas de USA, como fueron las de Ronald Reagan y de George Bush padre e hijo, en puestos encumbrados como el que tuvo Pompeo al frente de la temible CIA, y como figuras claves en invasiones y tráfagos mafiosos los otros dos mencionados.
    Nada de lo que acaba de suceder es, pues, simple coincidencia. El argumento estaba armado desde hace tiempo, sólo faltaba la ocasión que propiciara su puesta en acción, y esta se presentó con el entrampamiento del gobierno yanqui en su tira y afloja con el Congreso. La reacción de Rusia y China no se ha hecho esperar; ambas han condenado la bochornosa injerencia norteamericana que ha llegado al punto de no descartar una intervención armada. Sin duda que el panorama es inquietante; la prensa ha alertado de la presencia de dos portaaviones, uno ruso y otro chino, navegando hacia las aguas del Atlántico, en previsión de lo que pudiera ocurrir si las amenazas de Trump se materializan.
    La única salida para Venezuela debe provenir de unas nuevas elecciones democráticas y transparentes, con la presencia de figuras reconocidas de prestigio internacional en calidad de valedores; pero no de las intromisiones de nadie, menos de aquellos que no pueden exhibir un mínimo de trayectoria moral y democrática. La doctrina Estrada, retomada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, debe servir de guía para una solución consensuada entre los mismos venezolanos. Afuera las manos y las garras ajenas que pretenden cebarse con la crisis de ese país para sacar réditos políticos y económicos, pues no olvidemos las ingentes reservas de petróleo con que cuenta el territorio llanero.

Lima, 3 de febrero de 2019.

martes, 1 de enero de 2019

Felonía


    Al igual que hace un año, cuando el presidente de entonces, aprovechando las fiestas de fin de año, perpetró el acto que a la postre significó su defenestración del cargo, ahora es el fiscal de la Nación quien acaba de asestar el golpe más duro al corazón de la dignidad y la esperanza de millones de peruanos, que veían con mayoritaria aprobación el diligente trabajo del equipo de fiscales especiales encabezados por Raúl Vela Barba, y cuya figura más relevante era sin duda José Domingo Pérez, al relevarlos de sus cargos no ratificando sus nombramientos al frente de las investigaciones del caso conocido como Lava Jato.
    Esperó con artera oportunidad de que llegara el día en que masivamente la gente se apresta a celebrar la llegada del nuevo año, cuando todo el mundo tiene puesta su atención en todo menos en asuntos que conciernen a los entes del Estado, para ejecutar esta vil felonía que lo tenía seguramente macerando desde hace varias semanas, aguardando como la fiera rapaz el menor descuido de su víctima, para saltarle luego a la yugular y  derribarla a traición, como sólo saben hacerlo las bestias salvajes.
    No nos llama la atención, sin embargo, la barrabasada cometida por Pedro Gonzalo Chávarry, el hombre que ha demostrado tener el cuajo más gigantesco de este país, el individuo que, insensible al clamor popular, ajeno a toda consideración ética, exhibiendo la desvergüenza más descomunal, ha hecho lo que justamente esperábamos que no hiciera, aquello que la inmensa mayoría de ciudadanos, indignados hasta la náusea con los clamorosos casos de corrupción que han infectado todas las instancias de poder del país, le exigíamos a diario no llevara a cabo.
    Pero no, el Fiscal de la Corrupción, el Fiscal de la Impunidad, el Fiscal de las Componendas, se zurró olímpicamente en nuestras voces que clamaban justicia; aduciendo motivos y pretextos seudo legales, haciendo ejercicio de su cargo de manera arbitraria y despótica, ha removido una línea de investigación de meses, con el único fin de, en primer lugar, protegerse a sí mismo, al estar involucrado en el asunto de los Cuellos Blancos del Puerto; y, en segundo lugar, pagar el favor correspondiente a las bancadas del Congreso con el más kilométrico rabo de paja de que se tenga memoria. No existe un solo principio de razón suficiente que avale la oprobiosa medida tomada por este funcionario del Estado. Estará en sus facultades hacerlo, pero eso no quiere decir que vaya a actuar de la forma como lo ha hecho, al margen de toda consideración de tipo ético y vulnerando el sentido de oportunidad.  
    Su desatinada medida tendrá consecuencias desastrosas para la lucha anticorrupción emprendida por este gobierno y por el grupo de fiscales que, más allá de las medidas discutibles que pueda haber tomado, estaba haciendo una labor impecable en esa batalla sin cuartel contra una de las lacras más nefastas que amenazan al organismo vivo de nuestro país. Ese era, evidentemente, su objetivo: petardear el trabajo de los magistrados, sabotear todo avance en la materia, traerse abajo la paciente labor que había ya dado contundentes golpes a los corruptos y mafiosos que pululan por estas tierras.
    No hay ninguna persona con sentido común, excepto los interesados miembros de la manada becerril del Congreso y sus furgones de cola, que pueda aplaudir la actuación de Chávarry, pues a todas luces ha perpetrado la felonía más escabrosa y sórdida de los anales de la judicatura peruana, superando inclusive a quien fuera su jefa en los tiempos de Montesinos y Rodríguez Medrano, la inefable Blanca Nélida Colán. Se nota su gran aprendizaje como mercenario aventajado, moviéndose con gran estilo en los oscuros corredores de la acción a mansalva como sicario de cuello blanco.
    Sólo nos queda la calle a los ciudadanos de a pie de este increíble país que vuelve a vivir sus horas más difíciles. La calle para albergar nuestras desaforadas voces de protesta ante la iniquidad y prepotencia de una autoridad que ha perdido hace muchísimo tiempo todo rastro de legitimidad, toda aura de autoridad moral, y que sorda y ciega al sentimiento casi unánime de un pueblo, se aferra a su cubil porque sabe que así está salvando su pellejo. Pero que no crea que es invulnerable, que el blindaje que le facilita con mucho gusto el aprofujimorismo le va a durar para siempre.
    Se podría asimismo activar la acusación constitucional que está planteada en el Congreso, pues, además de las razones expuestas por diversos parlamentarios de oposición, el fiscal general ha infringido el artículo 159° de la Carta Magna, que en su inciso primero dice meridianamente que corresponde al Ministerio Público la “defensa de la legalidad y de los intereses públicos tutelados por el derecho”, y no de intereses personales como reza la declaración que ha emitido el fiscal Chávarry tratando de justificar su decisión. Aunque este camino, francamente, y teniendo en cuenta la actual composición del legislativo, no tiene visos de prosperar.
    El repudio que merece este sujeto se manifestará en los días que vienen en las calles y plazas de todas las ciudades del Perú, para exigir su salida inmediata de un cargo para el que definitivamente no está a la altura. El pueblo sabrá tomar las medidas más pertinentes, y actuando con la ley en una mano y la ética en la otra, acabar de una vez con cualquier personaje, por más encumbrado que parezca, que pretenda coactar vilmente su sed ancestral de justicia.

Lima, 1 de enero de 2019.   

sábado, 29 de diciembre de 2018

La primera mestiza peruana


    La primera mestiza peruana nació en Jauja en 1534, hija de don Francisco Pizarro y de doña Inés Huaylas Yupanqui, princesa inca nacida de la unión de Huayna Cápac y de Contarhuacho, curaca y señora de Ananguaylas. Su fascinante y todavía desconocida vida está relatada en el hermoso libro Doña Francisca Pizarro. Una ilustre mestiza 1534-1598  (IEP, 1989), de la singular historiadora peruana María Rostworowski.
    El Inca Atahualpa habría entregado a su hermana Quispe Sisa, Inés, como compañera del conquistador, de cuya unión nacieron dos hijos: Francisca (1534) y Gonzalo (1535). Por ese entonces, Jauja era la capital de la gobernación de Pizarro, fundada según la tradición española el 25 de abril del mismo 1534, pero su lejanía del mar y del Cusco, impulsaron a este a mudar dicha capital a la costa, al valle de Lima para fundar el 18 de enero de 1535 la Ciudad de los Reyes.
    La rebelión de Manco II y el sitio de Los Reyes marcaron distancias en la actitud de las mujeres, quienes en medio del levantamiento indígena se dividieron, estando unas a favor de los españoles y otras jugándose por la causa de los naturales. De igual manera, en cuanto a la pugna por la sucesión de los linajes, que según la ley andina de la herencia le correspondía al más fuerte, provocaba mortales rivalidades entre los hermanos y entre las hermanas.
    Cuando Francisco Pizarro mostró su interés por Cuxirimay Ocllo, la prometida de Atahualpa, bautizada como Angelina, dejó a Inés, a quien casó con Francisco de Ampuero, para no dejarla desamparada, entregándole bienes y propiedades para asegurar su bienestar económico. Este fue un matrimonio mal avenido, pues el español maltrataba a la ñusta, habiendo ella recurrido a las artes oscuras de la brujería para intentar eliminarlo. Al ser descubierta, fue llevada a juicio el 21 de febrero de 1547, cuando aún no se había instituido el Santo Oficio de la Inquisición, hecho que se verificó por cédula de 25 de enero de 1569. Llama la atención que quienes ayudaron a Inés en su pretensión, los hechiceros Paico, Yanque y Yaro, fueran sometidos a castigos severísimos, como la hoguera y el garrote, mientras que ella no fue tocada, regresando luego con su marido, de cuya siguiente relación no existen datos ciertos.
    La infancia de Francisca –igual que la de su hermano– transcurrió al cuidado de Inés Muñoz, la esposa del hermano de Pizarro, Francisco Martín de Alcántara, debido a que su padre y su tío murieron en 1541. Recibió una educación española. Doña Inés Muñoz casó en segundas nupcias con Antonio Ribera, quien sería el tutor de doña Francisca hasta cumplir los 17 años en que parte a España. Su salida de la capital se efectuó el 15 de marzo de 1551, haciendo numerosas escalas durante la travesía.
     En la península, pasó al poder de Hernando Pizarro, el hermano mayor de su padre, quien fue el que decidió la pena del garrote para Almagro, motivo por el que fue desterrado al África por orden del Rey, pena que se le fue conmutada por la de prisión en el castillo de La Mota en Medina del Campo, condena que purgó entre 1540 y 1561 con todas las comodidades que le permitía su situación económica.
    Allí llegó la mestiza por orden de su tío, con quien se casaría en 1552, ella de 17 años y él de 50. Tuvieron cinco hijos, tres varones –Francisco, Juan y Gonzalo– y dos mujeres –Isabel e Inés– de los cuales le sobrevivieron dos, en tanto que Hernando fallece en 1578. Doña Francisca volvió a casarse, esta vez con Pedro Arias Portocarrero, quien era hermano de la esposa de su hijo Francisco. Viviría hasta el 30 de mayo de 1598, en que falleció a los 64 años de su edad. El marido vivió unos pocos años más.
    El libro tiene un anexo referido al testamento de doña Francisca, documento donde provee todos los pormenores que deberán cumplirse en caso de su muerte. Hay otro extenso anexo sobre la querella judicial que siguieron Francisco de Ampuero y Francisca Pizarro sobre los gastos de su viaje a España. Nunca más regresó al Perú, menos a Jauja, su ciudad natal, erigiéndose en todo un símbolo del mestizaje peruano, al igual que el Inca Garcilaso de la Vega, cuyas vidas paralelas muy bien pueden servir para trazar el derrotero de nuestra identidad como hijos de dos mundos, de dos culturas que se imbricaron en algún momento de la historia y nos dejaron un múltiple legado que debemos saber honrar.

Lima, 23 de diciembre de 2018.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Dramas prenavideños


    Es curioso, pero pareciera que precisamente por estas fiestas de fin año, donde se mezclan elementos religiosos –cada vez más atenuados– y estrictamente comerciales, se acentúan las enormes desigualdades sociales que atenazan a nuestra sociedad, encarnados en esos dramas cotidianos de los que somos involuntarios testigos desde el momento en que trasponemos el umbral de nuestras casas. No sin razón Nietzsche decía justamente que toda la filosofía la encontramos tirada en medio de la calle.
    En ese sentido, viajar en transporte público es tremendamente aleccionador. Un joven con evidentes limitaciones visuales sube al carro en el que viajo, tantea una mejor ubicación de pie entre los asientos delanteros y, después de unas breves palabras de introducción, entona alguna melodía con una zampoña que cuelga de su cuello. Continúa con una sentida alocución sobre su condición física, a la que se ha sobrepuesto con una indudable fortaleza de ánimo, dice,  para seguir en la brega en eso que algún filósofo llamó la lucha por la vida. Luego, algunos compases más, y pasa entre el público para solicitar alguna colaboración.
    Enseguida sube un hombre mayor con una canasta que contiene golosinas. También se encara a los usuarios del vehículo y empieza a narrar su propia peripecia, de la cual su hijo es el protagonista, postrado en cama por cierta enfermedad que le impide valerse por sus propios medios. El padre tiene que salir a conseguir el sustento a través de la venta de galletas, chicles y chocolates. No sé qué tanto, me pregunto, le podrá ayudar este tipo de negocio, pero observo en el rostro humilde del señor todo el drama de la existencia humana, mucho más quizás que en una novela de Sartre o en un tratado de Heidegger.
    Más adelante sube otro joven, casi un adolescente, que se dirige a los pasajeros en tono lastimero para relatarles su desventura. Su madre ha sido atropellada por un irresponsable chofer que se ha dado a la fuga. Estuvo internada en un hospital hasta hace unos días y ahora ya está en su casa, pero con una diferencia fundamental: no puede moverse, ha quedado parapléjica. Con visible llanto contenido en los ojos, el muchacho nos muestra sendas fotografías de su mamá en el hospital, primero, y en su casa, después. En ambas, echada en una cama, con la mirada lánguida de quien no pareciera todavía haber asumido su nueva situación.
    Son sólo tres dramas de los muchísimos que, estoy seguro, existen en todas partes. La diferencia es que de algunos sabemos algo porque salen a las calles a compartir sus penas y tribulaciones con los circunstanciales prójimos que se cruzan en sus caminos; pero de cuántos otros no sabremos quizás nada más que están allí, en el más frío anonimato, soportando estoicamente los golpes de la vida, yo no sé, como diría nuestro poeta más universal, seres que en silencio sobrellevan su pesada cruz sin tener a nadie, a veces, que pueda acudir en su ayuda.
    Mientras miles de hogares viven alborozados los momentos más exaltantes que preceden a la celebración de la Navidad, como las compras de regalos y los preparativos para la cena de Nochebuena, otras familias sufren los infortunios del destino, la tragedia desconocida del azar, que los ha elegido esta vez a ellos para aguzar los contrastes de la condición humana, para hacernos entender de qué sinsentido y absurdo está gobernado el mundo. Lo cierto es que nadie, a menos que esté premunido de alguna creencia religiosa, puede explicar la razón de esta dicotomía; tal vez porque no la haya, y estemos a expensas, como dice Schopenhauer, de la más ciega voluntad.
    Cómo conjugar, entonces, esta doble realidad que se nos hace más encarnizada en tiempos como estos; cómo celebrar, sin algo de culpa, una fiesta que, más allá de toda creencia, es una oportunidad de estrechar los lazos de quienes formamos parte de esa pequeña tribu que es la familia, la ocasión esperada durante todo un año para compartir como se debe con todos quienes forman parte de ese tejido esencial que es el motivo y el soporte de toda vida humana. Menudo desafío para tan complejo dilema.  

Lima, 20 de diciembre de 2018.

sábado, 15 de diciembre de 2018

En las narices de la fiera


    En la estela del mejor reportaje periodístico, y de la pluma de uno de los mayores escritores del idioma, he leído con expectación febril La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (Oveja Negra, 1986), libro en que el Nobel colombiano Gabriel García Márquez relata la fascinante historia del riesgoso viaje que se atrevió a realizar el cineasta chileno allá por 1985 al país que estaba prohibido de volver por orden de la dictadura de Pinochet.
     Esta hazaña, digna de una emocionante película, tiene todos los componentes además de una novela policial, desde su ingreso a territorio patrio bajo una nueva apariencia e identidad, con la intención expresa de documentar visualmente los doce años del régimen militar y su impacto en la sociedad, hasta su agónica salida que uno lee con el alma en vilo, cuando el cerco policial se estrechaba contra él y su caída parecía inminente.
    El narrador empieza describiendo la primera impresión que tuvo al llegar a Santiago, ciudad a la que halló cambiada, curiosamente limpia, radiante y pulcra, desarmando su intención inicial de filmarla con los estragos del gobierno militar en las calles, denunciando su inepcia en los sitios más evidentes. En medio del toque de queda que imperaba por ese entonces, se produjo dentro del hotel en que se alojó la primera coordinación con el equipo italiano que lo ayudaría en su tarea.
    Al día siguiente tendría algunos percances con los carabineros en el centro de la capital, de los que salió airoso gracias a su buena estrella. Filmó por cinco días más, en contacto permanente con el equipo francés, que operaba en el norte del país; el holandés, que lo hacía por el sur; y el italiano, en el propio Santiago.
    Descubre la miseria en los puentes del río Mapocho, donde turbas hambrientas se disputaban la comida con los perros y los buitres, pues “el milagro militar ha hecho mucho más ricos a muy pocos ricos, y ha hecho mucho más pobres al resto de los chilenos”, gracias a las recetas celestiales de la escuela de Chicago implantados por orden de los grandes centros de poder económico mundial y administrados servilmente por los ministros de economía del régimen.
    Miguel Littín y Elena, su acompañante, más el equipo italiano con el que coordinaba cada paso, recorren las llamadas poblaciones, esos barrios marginales de las ciudades mayores, como Santiago y Valparaíso. En ellas, los bolsones de la resistencia tienen viva la memoria de Salvador Allende, el presidente mártir, y de Pablo Neruda, el poeta inmortal, dos muertos vivos. Visitan Isla Negra, la legendaria y exótica casa que el vate construyó a 40 kilómetros al sur de Valparaíso, donde recibía a sus amigos con grandes banquetes y modales de pontífice.
    Se entrevista en secreto con los dirigentes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, la más importante organización de la resistencia, integrada por jóvenes valientes que se jugaban la vida en la clandestinidad haciendo frente a las embestidas de la bestia, operando desde las sombras para tratar de desarticular las siniestras maquinaciones de los servicios de seguridad, que perseguían con saña y desaparecían con gran diligencia a los opositores y críticos del usurpador de La Moneda.
    Después de otras tantas idas y vueltas, corriendo riesgos enormes en las mismas barbas de la policía, equivocándose a veces en los códigos y las señales secretas de comunicación, Miguel Littín llega una noche, en pleno toque de queda, a la aldea de Palmilla, en el Valle Central, donde vive su madre en la vieja casa del abuelo griego. En un primer momento ella no lo reconoce, de tan cambiado que está, pero luego casi se desmaya al saberlo.
    La aventura llega a su fin con la prometida grabación en la misma sede de gobierno, el Palacio de La Moneda que fue bombardeado y destruido cuando el fatídico golpe del 11 de septiembre de 1973. Después de una espera de varias semanas, y en medio de infinitas precauciones, se terminan de filmar los treinta y dos mil doscientos metros de películas, la inmensa cola de burro que el cineasta Miguel Littín tuvo la dicha de colocarle al general Pinochet en sus mismísimas narices.
    Una historia apasionante, que se sigue entre el vértigo y la indignación, pero que de alguna manera nos recompensa de la ignominia que significó para América Latina la existencia de una dictadura atroz, criminal y genocida, una de las más feroces del continente, junto a la de Argentina. Una jugada maestra del artista que se burla de sus perseguidores y presenta al mundo un material valioso para el conocimiento de los entretelones de un periodo sombrío de nuestro pasado reciente.

Lima, 8 de diciembre de 2018.