martes, 10 de marzo de 2020

Otra vez los toros


    Ha regresado otra vez a la palestra de la opinión pública el asunto polémico de las corridas de toros y las peleas de gallos, a raíz de un reciente fallo del Tribunal Constitucional (TC) desestimando una demanda de un colectivo animalista que buscaba prohibirlas. La discusión ha vuelto a azuzar un enconado enfrentamiento entre quienes defienden la permanencia de dicha tradición, por más que se amparen en razonamientos febles y hasta pueriles, y quienes están por que termine desterrándose de una vez por todas una práctica bestial y sangrienta que termina con el sacrificio de un ser vivo ante los ojos extasiados de placer de una masa tribal y bárbara.
    El hecho ha alcanzado ribetes de comedia bufa cuando una periodista muy conocida del medio fue fotografiada en las graderías del coso de Acho observando, con enormes demostraciones de contento, una de las jornadas taurinas de reciente data. La imagen fue subida a las redes sociales señalando la condición de taurina de aquélla, quien no tuvo empacho en responder que era su derecho, lo cual recibió una cantidad de comentarios negativos, prácticamente un cargamontón, todos ellos agraviantes y ofensivos hacia la susodicha, lo que me pareció realmente de mal gusto, puesto que a un debate como éste, por muy controversial que pueda ser, sólo se puede ingresar con respeto, altura y conocimiento, aportando razonamientos e ideas, y no insultos ni frases destempladas. Motivo por el que decidí terciar con algunos puntos de vista que tal vez no sean nuevos, pues ya antes tuve ocasión de escribir algo sobre el mismo tema. Y para atizar aún más el fuego de la contienda, nada menos que el novelista Mario Vargas Llosa, conocido y orgulloso taurófilo, publicó un artículo incendiario que me ha permitido desmenuzar los argumentos en que basan su defensa los amantes de ese despiadado anacronismo. Es increíble la cantidad de argumentos deleznables que esgrime el escritor para defender un espectáculo indefendible desde todo punto de vista: desde el arte, la cultura, los derechos humanos, el respeto a la vida, entre los principales.
    En primer lugar, ese supuesto derecho de disfrutar de los toros, se restringe grandemente, si no se anula en absoluto, cuando implica inferir un daño, muchas veces seguido de muerte, a un ser vivo inocente en medio de una algarabía, no exenta de sadismo, de una turba que ha racionalizado el sangriento espectáculo como si fuera una excepcional diversión de orden estético. Para el caso, es irrelevante que esa masa de perversos mirones sea mayoría o minoría en una colectividad, pues está de por medio el derecho de los animales, tan válido en una sociedad democrática como el derecho de las personas. Aducen en su defensa los taurinos que lo mismo sucede en un camal, y no nos quejamos. Sí, pero a nadie se le ocurre hacer escarnio de ese acto expeditivo, ni cobrar entradas para presenciar el horrendo hecho, ni vestir al carnicero de monigote, con un ridículo traje, dizque de luces, para que, a través de pantomimas amaneradas, perpetre el crimen ritual. ¿Acaso tiene el ser humano el derecho, amparado en la tradición, de ser bárbaro? ¿Puede exigir la prerrogativa de ejercer su salvajismo con la protección legal que le faculta la venia de los jueces? La ciencia del Derecho, elaborada prolija y sesudamente por los estudiosos y tratadistas a lo largo de los siglos, no puede condescender a legitimar el oprobio, la involución, la farsa de la muerte.
    A aquellos que invocan su libertad y su derecho para gozar de las corridas de toros, habría que responderles con las palabras del profesor Pierre Aronnax, personaje narrador de la formidable novela Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Ante el inicial recibimiento, poco respetuoso, del capitán del Nautilus, el médico replicó: “Sería tal vez el derecho de un salvaje, pero de ningún modo el de un hombre civilizado”. A menos que se crea que hacer alarde de cuán salvaje o bárbaro es uno se ha puesto repentinamente de moda. No hay necesidad de ser “animalista” para reprobar violentamente ese espectáculo sanguinolento. ¿Hay que haber descendido hasta el fondo más siniestro de la crueldad contra otro ser vivo para entender en toda su dimensión la condición humana, como sugiere el novelista? En el colmo del sofisma argumental, el autor se permite equiparar un coso con una sala de conciertos o un escenario de ballet. Toda una descabellada y forzada comparación.
    Es verdad que constituye una práctica extendida en la mayoría de pueblos y comunidades del interior del país, especialmente de la sierra, donde no hay fiesta patronal que no se salde con una tradicional corrida de toros. Pero el hecho de ser una costumbre arraigada en las colectividades del país, no la hace inmune a los avances civilizatorios de la humanidad, que tiende a desterrar aquellas prácticas que entrañen un daño irreversible al ser humano, a los animales y a la naturaleza en general. Nadie puede, sanamente, arrogarse el ejercicio de su libertad o de su derecho cuando estos vulneran flagrantemente los más elementales principios del derecho a la vida y a la paz, que son primeros. Por tanto, no hay motivo alguno para felicitar a los miembros del TC por tan errónea decisión, sino lamentar profundamente cómo el más alto tribunal del país avala de esta manera una costumbre que entraña violencia, atraso y muerte.

Lima, 04 de marzo de 2020.

viernes, 28 de febrero de 2020

Desaparecidas


    El Callao, una tarde cualquiera de agosto de 2016, una escena común de la vida de una familia de jóvenes que comparten diferentes ambientes en una misma vivienda. De pronto, se suscita un incidente del que son protagonistas dos mujeres veinteañeras que culmina en un oscuro desenlace. Una de ellas está muerta y la otra se dispone a desaparecer el cadáver con la ayuda de su pareja, a quien al parecer llama en ese momento para que la ayude en su cometido. Usando cuchillos y machetes, trocean el cuerpo y cada quien se reparte el macabro botín, que lo van a enterrar en lugares diferentes. El cuerpo sin vida, descuartizado por sus verdugos, pertenece a Solsiret Rodríguez Aybar, 23 años,  estudiante de Sociología de la Universidad Nacional Federico Villarreal, madre de dos niños y activista de los movimientos feministas. Sus presuntos asesinos, Andrea Aguirre y Kevin Quevedo. El muchacho es hermano de Bryan, el padre de sus hijos. Este comunica a los padres de la víctima que ésta ha abandonado el hogar, dato que a ellos les parece inexplicable y acuden a la policía a asentar la denuncia de su desaparición. El suboficial a cargo los recibe con una frase que resume toda la incomprensión y el desprecio que sigue demostrando la autoridad ante un caso como este, que no se preocupen, que tal vez se marchó con las amigas, cansada de cuidar a los hijos, o con la cabeza caliente con algún enamorado. Es decir, el mismo esquema mental y conceptual que el machismo ultramontano ha inoculado en los cerebros de quienes no quieren entender la problemática de la violencia de género y sus secuelas trágicas, de quienes se niegan a mirar la realidad escudándose en prejuicios y creencias anacrónicos. Y cuando el caso pasó al Poder Judicial, dos fiscales que no hicieron su trabajo como debían, dilataron las investigaciones por más de dos años sin ningún resultado positivo. Sólo en manos del nuevo fiscal Jimmy Mansilla pudo resolverse el expediente a través de una acuciosa labor de investigación, tan importante y eficaz que logró dar con los sospechosos y con el cuerpo de Solsiret –después de tres años y medio del crimen– a través de un peritaje de antropología forense. Ese cuerpo que, según la policía y el ministro de entonces que avaló el documento, se divertía en una playa norteña y publicaba fotos en las redes sociales. ¡Vaya incompetencia!
    Ciudad de México, sábado 8 de febrero, se reporta la desaparición de una joven de 25 años. Vivía con su pareja, un hombre de 46 años llamado Erick Francisco Robledo, a quien ya había denunciado el año pasado por maltrato físico y psicológico. Al día siguiente son hallados los restos desollados de Ingrid Escamilla, licenciada en Administración de Empresas Turísticas. Otra parte de su cuerpo, el asesino quiso desaparecerlo por el drenaje. Cierto sector de la prensa, amarillista y sensacionalista hasta la náusea, tuvo el desparpajo de publicar las fotos de Ingrid tal como fueron encontrados, desatando la justa indignación de la población y de los colectivos feministas. La revictimización de la víctima es un fenómeno que sólo sirve para alimentar el morbo y obtener réditos económicos, ensañándose doblemente con el dolor y la dignidad de una familia que vive sus horas más álgidas.
    Otra vez Ciudad de México, esta vez en el sur, en Xochimilco, el 11 de febrero desaparece al salir del colegio la niña Fátima Aldriguett, de apenas 7 años, recogida por una mujer que se la lleva de la mano, según las imágenes de las cámaras de seguridad. Su madre había tenido un retraso de unos minutos para esperarla a la salida, como hacía todos los días. La denuncia ante la policía no facilita su búsqueda, enredada la entidad en absurdos burocratismos que sólo facilitan el truculento final, pues la menor es sometida a abuso sexual y torturas antes de exterminarla y arrojar sus restos en una bolsa en un botadero de basura a menos de 3 kilómetros del punto de su desaparición. Gladis Giovanna Cruz Hernández, la raptora, amiga de la madre, quien a fines del año pasado la había acogido en su casa por problemas con su pareja, se la llevó en complicidad de Mario Alberto Reyes Nájera, quien según los testimonios recogidos la había amenazado con violar a sus hijas si no le conseguía una niña.
    Solsiret, Ingrid, Fátima… son sólo los nombres más mediáticos de una espantosa pesadilla que nuestros países deben presenciar todos los días, cada vez cometidos con una perversidad y saña mayores y con detalles escalofriantes que espeluznan y aterran. Y lo peor es que los gobiernos no pueden hacer nada para detener esta ola feminicida de escándalo, las sociedades tienen que seguir enfrentando posturas reaccionarias y negacionistas de tantos sectores interesados en mantener el statu quo, porque para ellos se trata de exageraciones y aspavientos sin sentido, o sencillamente de realidades que sus ojos ciegos de ignorancia, cerrazón y estulticia no quieren ver.
    No sé qué tan válida e imperiosa sea la necesidad de decretar la Alerta por Violencia de Género (AVG) en el Perú, como se hizo en México en noviembre pasado, pues los resultados hasta ahora en ese país, con 10 mujeres asesinadas por día, no permiten abrigar mayores esperanzas en esa medida; así como la alerta Amber, cuando se trata de niños, a pesar de que en más de dos décadas de vigencia, según las estadísticas, ha servido para salvar la vida de no pocos menores en los Estados Unidos, nacida en 1997 y oficializada  el año 2002. Algún paso tenemos que dar para impedir esta desgraciada avalancha de muerte y dolor que enluta y deshonra a nuestros pueblos.   

Lima, 22 de febrero de 2020.         

jueves, 13 de febrero de 2020

La Diosa Coronada


    El tema del amor ha sido una constante en la historia de la literatura, y lo seguirá siendo sin duda, pues se trata de una de las vivencias centrales del ser humano, un sentimiento universal que igualmente es el motor principal de muchísimas obras de las artes en general, sean éstos la pintura, la música y el cine, por mencionar algunas. Casi se podría afirmar, a riesgo de caer en la generalización, que no hay creación artística que no sea de amor, comprendiendo en este concepto tanto su sentido positivo como sus posibilidades contradictorias y antagónicas, pero que tienen como su eje solar a esa pasión ciclónica que hace presa de hombres y mujeres, sean cuales sean sus preferencias amorosas, en cualquier época de su breve existencia.
    Tal vez una de esas historias de amor más emocionantes y divertidas, además de espléndidamente escrita, corresponda al queridísimo Gabriel García Márquez, que en su novela El amor en los tiempos del cólera (Ed. Oveja Negra, 1985), nos entrega una apasionante ficción narrativa que, según los estudiosos de su obra, está basada en la propia historia de amor de sus padres, que el usó como materia prima para construir esta novela que se desliza por el mundo del arte con total autonomía, un universo propio que participa de aquella noción del deicidio que Vargas Llosa utilizó para abarcar la obra total del colombiano.
    Hace más de tres décadas que leí por primera vez esta fascinante historia, cuando atravesaba mi corazón una doble desventura que el destino me tenía reservada. Lo que no recordaba muy bien era el inicio, la muerte del fotógrafo Jeremiah de Saint Amour, que su mejor amigo, el doctor Juvenal Urbino, constata al ser llamado de urgencia. En realidad se trató de un suicidio, pues el exiliado usó cianuro de oro para acabar una vida que ya ingresaba de lleno a la vejez, que para él era un estado indecente que debía evitarse a tiempo. Ese mismo día de Pentecostés, el doctor Urbino estaba invitado al almuerzo por las bodas de plata matrimoniales de su discípulo, el doctor Lácides Olivella. Este hecho aciago cambia los planes, pues luego del almuerzo debe volver a casa para su siesta sagrada, y he ahí que él también se encuentra con la muerte al tratar de alcanzar al loro que había escapado por la mañana, refugiado entre el follaje de los árboles del jardín. Cae de la escalera y agoniza en el lodazal del patio ante los gritos de pánico de la servidumbre y de su esposa, Fermina Daza, que llega justo a tiempo para oír las últimas palabras de su compañero de toda la vida: “Sólo Dios sabe cuánto te quise”.
    Luego de las exequias del médico, reaparece en la vida de Fermina Florentino Ariza, su pretendiente de más de medio siglo, a quien ella esa noche despacha con una frase lapidaria, que era en verdad la misma que había pronunciado aquella vez en que Florentino la aborda en el mercado, tras el exilio forzado de ella impuesta por el padre al enterarse de las intenciones del telegrafista, manifestadas en cientos de cartas que él descubre por una infidencia de una monja del colegio donde estudiaba su hija. En todas ellas el remitente llama a su musa La Diosa Coronada, que será el santo y seña de su fugaz relación. Ese intenso noviazgo epistolar de algunos años termina de manera tajante, cuando Fermina lo ve en su real condición, probablemente al haberse corrido los velos de la ilusión, y lo despide de forma inapelable arrojándolo irremisiblemente al desamparo y al desencanto. Lo obliga a devolverle todos los regalos enviados durante ese tiempo, exigencia que deja a Florentino en un estado de zozobra que durará exactamente cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días.
    El doctor Juvenal Urbino de la Calle era un flamante y joven médico de 28 años recién llegado de París, hecho que produce un revuelo de palomas al ser catalogado como el soltero más codiciado de la ciudad. Conoce a Fermina por un golpe de suerte que el narrador atribuye a un error clínico. Después de las naturales resistencias iniciales de Fermina Daza al asedio perseverante del doctor, éste vio allanado su camino al contar con la providencial complicidad del padre, un oscuro comerciante llamado Lorenzo Daza, quien ve en el pretendiente el mejor partido posible para la hija rebelde. La noche en que se celebra la boda, Florentino desciende a los fondos abisales de la desolación, trajinando sin rumbo por los sombríos parajes del puerto.
    Son incontables las amantes de ocasión que Florentino sostendrá en los largos años de espera, pues en ningún instante se le pasó por la cabeza renunciar al amor de Fermina Daza. Bajo la divisa de mosqueteros: Infieles, pero no desleales, llevará una vida errabunda por los brazos de mujeres como Leonela Cassiani, la viuda de Nazareth y América Vicuña, entre tantas otras, convencido de que se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna, convicción que lo llevó a acuñar una frase sentenciosa: “El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas.”
    Así que, cuando acaece la muerte de su rival de toda la vida, cree llegado el momento largamente acariciado de materializar su demencial sueño, y a pesar de los desplantes y rechazos del comienzo, no ceja en su empeño de locura de alcanzar por fin el objetivo en que había cifrado su misma existencia. Lentamente irá cediendo Fermina a los requerimientos renovados del pertinaz enamorado. Su empecinamiento irá socavando de a pocos la voluntad debilitada y vulnerable de una mujer que ya no tenía que rendirle cuentas a nadie, pues ni los hijos podrían esta vez interponerse entre ellos, por lo que termina rindiéndose a los asedios de bucanero de Florentino Ariza. Con el pretexto de un viaje de placer y descanso, invita a Fermina a un paseo en uno de los buques de la Compañía Fluvial del Caribe, de la que ya era prácticamente el máximo jefe.
    Esa travesía por el río de La Magdalena se convierte en todo un símbolo de un amor que reta a la misma muerte, pues para evitar molestias indeseadas, Florentino convence al capitán del buque, Diego Samaritano, de izar la bandera amarilla de la emergencia sanitaria, en una época en que el cólera hacía estragos en algunas poblaciones cercanas, razón por la que ante la negativa del encargado del puerto para que pueda atracar la embarcación que él supone infestada por la peste, decide dar marcha atrás y proseguir su navegación en un ir y venir del carajo que duraría toda la vida, como responde Florentino ante la pregunta ansiosa y temerosa del capitán.
    Descomunal historia donde García Márquez ha sometido al amor pasión al escalpelo poderoso de su observación despiadada de entomólogo, desnudando los entresijos más recónditos de una experiencia compleja, contradictoria y sujeta a los vaivenes que va imponiendo el tiempo y los propios devaneos del corazón de los protagonistas, además del contexto de los usos y costumbres que en toda sociedad sirven de telón de fondo a la comedia humana. Estupenda novela que uno lee con la sensación invencible de que cada frase, cada palabra debe ser memorizada para siempre jamás, porque está edificada con los materiales inmarcesibles de la maestría y la genialidad sin límites. Es quizás, de todos los libros del novelista de Aracataca, el que he disfrutado con mayor fervor.  

Lima, 11 de febrero de 2020.            
     

miércoles, 5 de febrero de 2020

La conspiración


    La forma cómo acabó el gobierno progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, mediante un golpe de Estado que involucró a varios gobiernos de la región, entre ellos el de Rafael Leonidas Trujillo de la República Dominicana, bajo la batuta de la poderosa CIA y del propio gobierno de los Estados Unidos de América, con el presidente Eisenhower al mando, es el meollo argumental de Tiempos recios (Alfaguara, 2019), la reciente novela del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa. Pero lo realmente sorprendente es conocer el entramado que estuvo detrás del embuste que sirvió de coartada para que se pusiera fin al más importante experimento democratizador en el país centroamericano, acusado falsamente de constituir una cabecera de playa del comunismo internacional para sentar sus reales en el continente. Todo eso fue posible gracias al genio demoníaco de dos personajes grises en sí mismos, pero que la historia ha registrado como los artífices de tamaña patraña: Edward L. Bernays, considerado el padre de las Relaciones Públicas y Sam Zemurray, el empresario aventurero que fundó la United Fruit Company, la empresa emblemática del capitalismo norteamericano en una época signada por las secuelas de la posguerra y una campaña insidiosa sobre las supuestas amenazas de la Unión Soviética en América.
    Zemurray propone a Bernays el cargo de director de relaciones públicas de la compañía, cuya mala fama en EE.UU. y Centroamérica era su principal problema. Éste ve ya atisbos preocupantes en el gobierno de Juan José Arévalo (1945-1950), un verdadero peligro para la empresa en Guatemala, entonces inventa el bulo de la amenaza comunista, convenciendo a los encorbatados señores del Directorio de la United Fruit reunidos en Boston.
    El otro hilo de esta madeja está constituido por la historia de Marta Borrero Porras, la hija del doctor Arturo Borrero Lamas, que irrumpe en la narración con su embarazo precoz a los quince años. Es obligada por el padre a casarse con el médico Efrén García Ardiles, el mejor amigo de aquél y autor del desaguisado. Se celebra la unión casi en secreto en un lugar apartado de la ciudad, y el doctor Borrero decide tajantemente olvidarse de la hija y dar por concluida su larga amistad con quien será el padre de su nieto. Después de cinco años de un matrimonio de conveniencia y de circunstancias, Marta Borrero abandona la casa común, a su marido y a su hijo, pequeño aún. Busca a su padre para pedirle perdón, pero éste la rechaza y desconoce como hija. Entonces es que consigue refugio y protección en el Presidente de la República, Carlos Castillo Armas, antiguo amigo de su padre y líder de la asonada golpista, de quien termina convertida en amante.
    El 15 de marzo de 1951 es elegido presidente de Guatemala Jacobo Árbenz, un político de tendencia liberal que había sido cercano colaborador de Juan José Arévalo y firmemente convencido de las bondades del sistema capitalista, tan es así que se declara admirador entusiasta del gobierno estadounidense, al que aspira tomar como modelo para edificar en su país una auténtica sociedad próspera y democrática. Esa misma noche, en la soledad de su escritorio y ante un vaso de whisky, lejos ya del ruido de la celebración de la victoria, decide dejar el alcohol, promesa que cumplió hasta el fin de su mandato.
    Por otro lado, Carlos Castillo Armas, desde su cuartel general en las afueras de Tegucigalpa, coordinaba la llegada de los mercenarios del Ejército Liberacionista que la CIA había reclutado para derrocar a Árbenz. El embajador norteamericano en Guatemala, John Envil Peurifoy, apoyó abiertamente  el accionar de los alzados, que desde Honduras preparaban el siniestro plan golpista. Pero antes, el coronel Carlos Enrique Díaz, jefe del Ejército, le pide la renuncia a Jacobo Árbenz, prometiendo respetar las reformas emprendidas, para aplacar así los intentos rebeldes de un sector del mismo, azuzado por el representante diplomático del gran país del norte. Una vez logrado el objetivo de la conspiración, y estando Castillo Armas en el poder, Enrique Trinidad Oliva, su jefe de Seguridad  y Johnny Abbes García, llamado el dominicano, son los encargados de la ejecución del plan que el Generalísimo Trujillo había trazado: acabar con Castillo Armas, el presidente que él ayudó a colocar y que no cumplió los tres pedidos que le hiciera antes de que accediera al gobierno mediante el golpe de Estado a Jacobo Árbenz. Abbes García encarga al cubano Carlos Gacel Castro, su chofer, llevar a Marta Borrero a San Salvador, donde él la esperaría. Ella no entiende lo que ha pasado, pero se deja conducir por el grandulón con gran temor hasta cruzar la frontera.
    Por su participación en la conspiración, Enrique Trinidad Oliva pasó cinco años en cárceles civiles y militares hasta que fue amnistiado. Pero al reconquistar su libertad, se encontró en la más absoluta miseria. Pide ayuda al turco Ahmed Kurony, quien había sido su testaferro en el negocio de los casinos que tuvo con Abbes García durante el período de Castillo Armas. Mientras tanto, Marta Borrero, ayudada por Abbes García, el nuevo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), consigue trabajo como comentarista de radio en la Ciudad Trujillo, desde donde lanza feroces críticas a los liberacionistas guatemaltecos, a quienes llama “los traidores” y acusa del crimen de Castillo Armas. Oliva sería asesinado posteriormente en una calle céntrica de Guatemala, mediante una bomba que hizo explotar su auto, a pesar de que vivía bajo una identidad falsa después de su salida de prisión, donde purgó pena por su participación en el magnicidio. Por esta misma época miss Guatemala –como era conocida Marta Borrero– vive un episodio tragicómico con el Negro Trujillo, el hermano del Generalísimo y a la sazón presidente fantoche del país, al que casi le arranca la oreja de un mordisco el día que éste la invita a Palacio para hacerle una propuesta indecente.
    Luego del otro magnicidio, el de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana, Johnny Abbes García es enviado por el presidente Joaquín Balaguer al consulado en Japón, jugada que resultó una treta para alejarlo del país. Lo cierto era que había caído en desgracia; su mala suerte lo llevó finalmente a Haití, donde trabajó para Jean Claude Duvalier, Papá Doc, hasta que en un aquelarre monstruoso fue ultimado con su mujer y sus hijas por los tonton macoutes, las fuerzas auxiliares del régimen conformadas por expresidiarios y delincuentes comunes. Este dato es puesto en tela de juicio por la verdad histórica, mas estamos dentro de una ficción, donde lo único que importa, o debe importar al lector, es la verosimilitud de aquello que se narra.
    Buena novela, sobre todo por la intrigante historia que recoge los acontecimientos que rodearon a una de las tantas mentiras enormes que han servido a la potencia imperial para justificar sus terribles tropelías en diferentes puntos del continente. Sin alcanzar la intensidad de La fiesta del Chivo, otra ficción política, se lee, sin embargo con gran interés por la destreza que despliega el narrador para contarnos un pasaje del pasado de Latinoamérica que al parecer se repetía con bastante frecuencia. Tal vez no hemos superado del todo esta aciaga condenación cíclica que nos ha envuelto desde que tenemos memoria, a juzgar por recientes hechos en Bolivia que han suscitado la preocupación y la incertidumbre entre nuestros pueblos.

Lima, 24 de enero de 2020.  
   

sábado, 1 de febrero de 2020

El asesino de la corbata


    Un orador político se dirige a una pequeña multitud en una calle de Londres al pie del Támesis, cuando una pareja de entre el público dirige su mirada de casualidad al río y ve el cuerpo de una mujer flotando en sus aguas, está semidesnuda y con una corbata atada al cuello. Dan la voz de alarma y toda la gente da la espalda al candidato para acercarse al muelle y observar la macabra escena. Es el impactante inicio de la película Frenzy (Frenesí, 1972) de Alfred Hitchcock, el maestro indiscutible del suspenso. La policía rescata el cuerpo y empieza su tarea a la caza del asesino, siguiendo las pistas que va recogiendo a través de diversas evidencias.
    En una fonda de Covent Garden, llamada El Globo, un hombre joven se anuda una corbata parecida a la que habían usado para ahorcar a la mujer del río; está en una habitación lúgubre y desarreglada. Baja luego al primer piso, coge una copa y se acerca a la barra para servirse un cognac, instante en el que ingresa el encargado del bar y le pide cuentas. El mesero reacciona acremente y se suscita un altercado, producto del cual este es despedido ante las protestas de la camarera que había tratado de interceder por él. El hombre sale molesto del local y se encamina por las callejuelas del mercado de esa zona comercial; va en busca de Rob, un comerciante de frutas que viste muy atildadamente dirigiendo su negocio. Al enterarse de la suerte del hombre, le ofrece ayuda, por lo pronto posada y dinero. El hombre le agradece pero rechaza el dinero y sale con dirección a la empresa matrimonial de su exesposa Brenda.
    El encuentro es desastroso, salen a luz las recriminaciones y pendencias de antaño, más por el espíritu confrontacional del hombre –quien atraviesa una mala racha– que por la actitud de la mujer, más bien contemporizador. Se calman los ánimos finalmente y deciden encontrarse para cenar en el club de ella. Otro encuentro que termina mal por el reaccionar irascible del hombre. Salen del lugar y un taxi los lleva a la casa de la mujer, él insiste en acompañarla un momento, pues luego va a dormir a un asilo de menesterosos, al no tener dinero suficiente para un hotel. Allí tiene otro escarceo violento con un asilado que pretende robarle los billetes que su exmujer le había colocado en el bolsillo del pantalón sin que él lo supiera.
     La siguiente secuencia es truculenta: Rob hace una visita a la agencia matrimonial de Brenda, la encuentra sola y comienza a reclamarle por el servicio solicitado que jamás le fue cumplido, ante lo que ella replica que ello sucede por los gustos excéntricos del cliente. Rob se exaspera y le propone salir a almorzar, ante cuya proposición ella, estratégicamente, acepta. En el momento en que ella se levanta, toma su cartera y se dirige a la puerta para salir, Rob la ataca sujetándola fuertemente para forzarla, le dirige algunas palabras que confirman sus pretensiones y finalmente abusa de ella para ahorcarla de forma inmisericorde con la corbata que lleva. Es en este instante en que el espectador ve confirmadas sus sospechas de quién es el asesino en serie de la ciudad, por más que algunas pistas apuntaban en primer lugar al modesto camarero de El Globo, como el hecho de que al regresar de almorzar la secretaria lo ve salir del edificio donde yace ya muerta la dueña del negocio. Este último dato resulta crucial para incriminar a Richard, quien es aprehendido por los agentes, llevado a juicio y sentenciado sumariamente. Sin embargo, valiéndose de una ingeniosa treta, logrará ser llevado al tópico para una atención médica, de donde logrará fugarse para ir en busca de Rob y tratar de vengarse de su delación.   
    Resuelto el misterio, lo que sigue no es sino la confirmación de una secuela de crímenes que siguen dando dolor de cabeza a la policía, cuyo jefe lentamente tiene que ir atando cabos para dar con el autor. La siguiente víctima será la camarera que, luego de pasar una noche en el hotel junto a Richard, regresa al bar para recoger sus pertenencias y la cámara nos hace ser testigos de la presencia de Rob charlando animadamente en el bar con otro personaje. Pero al enterarse la chica de que el administrador ha dado parte a la policía de su desaparición y del peligro que ello significa para el tipo a quien acompañó, ella abandona inmediatamente el local y, curiosamente, quien la aborda a la salida es nada menos que Rob, quien le ofrece ayuda y la lleva al departamento que ya conocemos donde termina consumando su nueva fechoría. El tratamiento cinematográfico alcanza el clímax,  su esplendor estético cuando, luego de trasponer la puerta el asesino y su víctima, la cámara retrocede lentamente descendiendo por las escaleras con un movimiento tembloroso que nos invita a imaginar la escena violenta que ocurre arriba.
    Esa noche Rob sale decidido a deshacerse del cuerpo de su víctima. Baja el bulto en una carretilla que lleva a un camión de papas aparcado cerca al muelle, mientras suenan las campanadas de la medianoche en una cercana iglesia. Viste de estibador, con gorra y mandil, que luego arroja a la calle. Estando de vuelta en su departamento, echado en el sofá y bebiendo un trago, repentinamente se pone en pie y se acerca a divisar por la ventana la noche silente y la ciudad dormida, e inmediatamente se acuerda de algo que empieza a buscar afanosamente por todo los rincones. No lo encuentra y desesperado sale a recuperar el objeto que se imagina está en posesión de quien acaba de ultrajar. Vuelve al camión, cautelosamente sube donde está la carga para localizar el bulto que hace unos minutos depositó allí. Pero en ese afán, siente que el camión se pone en movimiento, da unos giros y sale a la carretera. Toma la pista y avanza velozmente en medio del paisaje nocturno. La puertecilla de la tolva no ha podido cerrar Rob, el chofer tampoco se ha dado cuenta, y eso hace que a medio camino las papas vayan cayendo a la carretera, mientras aquel sigue buscando el prendedor con sus iniciales, hasta que logra dar con él luchando para arrancarlo de la mano entumecida de Bárbara. Cuando el chofer decide hacer una parada en un restaurante para comprar algo de comer, Rob aprovecha la oportunidad para salir del camión, esconderse en el baño, tomar algo y perderse en la oscuridad. El chofer emprende nuevamente la ruta y los productos que caen se hacen más evidentes, la policía se percata de ello y empieza la persecución, segundos en los que ve con asombro cómo cae un saco, las papas se desparraman y aparece un cuerpo desnudo. El vehículo se detiene, baja el chofer y la policía constata la identidad de la mujer.
    La escena final es memorable, al encontrarse de forma providencial el enfurecido vengador y el propio detective en la habitación de Rob, adonde ambos acuden por razones diversas. Uno para consumar su propósito y el otro para cumplir su misión. Cuando Richard se acerca para asestarle un golpe con una barra metálica a la persona que se acurruca en la cama, descubre horrorizado que no es Rob, sino el cuerpo sin vida de otra mujer víctima de la furia psicopática del comerciante. En el momento que retrocede espantado, hace su ingreso el perseguidor oficial del criminal, que al instante deduce la verdad de la escena que tiene ante sus ojos. Se oyen golpes secos subiendo por la escalera, el agente de la ley se parapeta tras la puerta, cuando hace su ingreso Rob arrastrando una maleta para sacar el cadáver que yace en el camastro. Mira a los dos intrusos y repentinamente le es revelado el triste final de su carrera delictiva.
    La magia narrativa de Hitchcock, supremo maestro de la intriga, es confirmada una vez más en este expectante filme.

Lima, 18 de enero de 2020.   
   


sábado, 11 de enero de 2020

El sucio jabón del racismo

    Cuentan los cronistas que cuando llegaron los españoles al Perú, allá por los lejanos días del año 1532, traían entre su tripulación al primer hombre de piel negra que pisaba  estas tierras, quien venía evidentemente en condición de esclavo o siervo de los conquistadores. Lo hicieron por el norte, frente a lo que actualmente es el departamento de Tumbes, y donde tuvieron ocasión de encontrarse con los primeros habitantes nativos de este inmenso territorio que luego sabrían era denominado Tawantinsuyu. Se trataba de los indios tallanes, naturales representantes de una de las miles de etnias que conformaban ese vasto reino. Después del saludo entre los respectivos jefes, intercambiaron algunos presentes en señal de respeto y amistad. Pero he ahí que nuestros antiguos compatriotas –si es lícito considerarlos de esta manera–, se percataron de una singularidad entre el grupo de los forasteros. El jefe llamó a sus ayudantes y en voz baja les ordenó algo. A los pocos segundos estos traían consigo un cubo lleno de agua que por indicaciones del jefe acercaron al visitante que había llamado su atención, quien sorprendido primero interrogó con la mirada al jefe español, el que con un gesto le indicó que hiciera lo que sus anfitriones le brindaban. El negro se aproximó al recipiente, se llevó el agua varias veces al rostro, pues había entendido que ellos creían que necesitaba lavarlo, mas al ver los aborígenes que el color del desconocido se mantenía tal cual, redoblaron su asombro.
    Esta anécdota histórica ilustra perfectamente una de las constantes en el proceso de integración y reconocimiento de la humanidad: el hallazgo del otro, del diferente, de aquel que posee características que lo distinguen sustancialmente de la propia tribu y de todas las demás. Las diferencias pueden ser desde las más inmediatas como el color de la piel, la estatura y el aspecto en general, hasta de costumbres, religión, idioma, etc., eso que denominamos cultura. Pero en ese proceso, largo y difícil por cierto, hemos ido aprendiendo que a pesar de esas diferencias, hay algo en común que nos hermana y unifica: nuestra condición de seres humanos. Sin embargo, mucha gente todavía, a estas alturas de la pretendida civilización, se sigue moviendo por el mundo como si esas diferencias implicaran una jerarquía, niveles de estratificación que separaran a las personas según convenidos y convenientes criterios de superioridad. En consecuencia, actúan como tal, arrogándose supuestas razones para discriminar, despreciar y maltratar al otro, especialmente basados en uno de esos rasgos, el más obvio de todos pero también el más superficial e intrascendente como es el color de la piel.
    Todo esto viene a colación de un reciente episodio, lamentable y repudiable a la vez, protagonizado en la prensa peruana por un aspirante a representante parlamentario. El diario El Comercio invitó para un debate, de cara a las próximas elecciones legislativas, a dos candidatos de sendos partidos en contienda. Al final del mismo, y luego de un careo de previsibles puntos de vista disímiles, el señor Mario Bryce, del partido Solidaridad Nacional (SN), alcanzó al señor Julio Arbizu, del partido Juntos por el Perú (JP), un jabón y algún otro utensilio de higiene, en medio de un ambiguo comentario sobre la suciedad. Para cualquier espectador, ese gesto entrañaba un evidente acto de discriminación de parte del candidato amarillo, pues aludía directamente al tono de piel más oscura del contendor en una clara muestra de racismo. Una actitud asociada, como ya lo han demostrado los historiadores y antropólogos, a una vieja tara colonial que aún pervive en las mentes de muchos seres que, aun cuando viven en pleno siglo XXI, su evolución se ha quedado anclada en los siglos XVI y XVII, esa época en la que todavía se discutía si los indios tenían alma o no. Arvizu, y la conductora del medio, inmediatamente rechazaron el despropósito del agresor, quien ha incurrido en el delito de discriminación, tipificado en nuestra legislación penal, razón por la que el exprocurador ha señalado que interpondrá la denuncia respectiva. El Pacto Ético Electoral, la Fiscalía y demás entidades concernidas también han condenado la grosera actitud del candidato y procederán en consecuencia. Lo natural sería que sea excluido del proceso electoral, pues una persona con esas credenciales antidemocráticas está descalificada de plano para ejercer un cargo de tanta relevancia política, por más que los últimos Congresos hayan desacreditado y envilecido dicha función hasta niveles abismales.
    Hace pocos día también, una escena callejera nos traía de muestra otro comportamiento parecido, cuando una señorona, de aquellas que guardan ínfulas de teóricos orígenes o procedencias, apostrofaba en un mercado contra los “serranos” que la habrían agredido, según su versión, y se lanzaba en una vergonzosa retahíla de insultos y amenazas en contra de quienes ella identificaba como gente de inferior condición que la suya. Es decir, la misma mentalidad anacrónica y reaccionaria que la exhibida por el candidato político de marras. Creo que es tiempo de que se sepa de una buena vez que este proceder no es sino una triste y patética demostración de la estupidez humana, ese infinito que para Einstein era incontrastable frente a la del universo, del cual, no obstante, se permitía abrigar alguna duda.

Lima, 9 de enero de 2020.    

lunes, 6 de enero de 2020

El bufón presuntuoso


    Un crimen de repercusión mundial ha sido perpetrado por el gobierno estadounidense en las cercanías del aeropuerto internacional de Bagdad. Utilizando misiles aire tierra  desde un dron, ha sido asesinado el general iraní Qasem Soleimani, jefe de la fuerza de élite Quds de la Guardia Revolucionaria del país islámico. Dos automóviles han sido impactados por los proyectiles, acabando también con la vida de otros nueve militares, entre los cuales se encontraba también Abu Mehdi Al Muhandis, el subdirector de las fuerzas de seguridad de Irak. La misma relatora de las Naciones Unidas ha tenido que reconocer que se trata de una alevosa ejecución extrajudicial, medida que vulnera todas las normas del derecho internacional. Quien ha ordenado directamente la muerte del general ha sido el mismo presidente Donald Trump, justificándose en que aquél era culpable de los diversos ataques cometidos en la región contra personas e instalaciones norteamericanas y que planificaba otras acciones cuyos objetivos apuntaban a intereses occidentales. Para más inri, y sin una mínima mueca de pudor en el rostro, ha agregado que hace tiempo debió ser asesinado Soleimani. La reacción de los gobiernos más importantes del orbe ha sido tibia y lamentable, pues mientras el portavoz del Kremlin ha señalado que el atentado puede iniciar una escalada bélica en el Medio Oriente, el representante de Pekín ha hecho un llamado a la calma a Washington, y el vocero de Londres ha pedido a las partes implicadas comprometerse con una desescalada en el conflicto. Y el mismo presidente francés Emmanuel Macron ha declarado su adhesión a las fuerzas aliadas que encabeza EE UU. Es decir, ninguno ha condenado abiertamente el crimen, contentándose con frases vagas y genéricas sobre las consecuencias del mismo. Tampoco han subrayado la intolerable violación de la soberanía de un Estado para ejecutar a un ciudadano de otro Estado, hecho que igualmente reviste una grave infracción a la Carta de las Naciones Unidas. En realidad, nada de esto sorprende, son los gestos cómplices del poderoso contemporizando con quien se le parece.   
    Queremos entender al personaje que ahora ocupa la Casa Blanca, pero no hay modo, su figura escurridiza e inaprehensible se resiste a toda comprensión. Cada medida que toma es peor que la anterior, nunca sabemos a qué atenernos, salvo a la certeza de que la próxima vez será un desatino más escandaloso que el anterior. Su decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y trasladar su embajada allí casi al comenzar su mandato, fue una monumental insensatez, se mire por donde se mire, una provocación burda que dinamita desde sus cimientos lo poco que queda del proceso de paz entre israelíes y palestinos, el disparador seguro de un levantamiento de protesta e indignación en el mundo árabe en lo que probablemente sea la próxima intifada, quizás la más sangrienta de las últimas décadas. Su negacionismo ante el cambio climático, estulticia que lo llevó a decidir la salida de EE UU del Acuerdo de París; su necedad para comprender el dramático asunto de las armas nucleares al decretar la salida de su país del tratado que Irán había suscrito con las potencias occidentales; su cruel y estúpida política migratoria, que ha dejado terribles secuelas en cientos de familias latinas escindidas; su apoyo tozudo al juez Kavanaugh, elegido finalmente para el Supremo y denunciado por acoso sexual por tres mujeres, una de las cuales testificó ante el Senado; su empeño insensato desde hace un tiempo en una absurda guerra comercial con China; su trabazón  en un combate de bravatas con el presidente norcoreana Kin Yong-Un que hizo temer lo peor a la comunidad internacional, son algunos de sus vergonzosos dislates. En los próximos días el Senado debe examinar y debatir el proceso de destitución del presidente, conocido como impeachment, aprobado en diciembre por la Cámara de Representantes, juicio político  abierto por sus trapacerías con el gobierno ucraniano para afectar la candidatura del demócrata Joe Biden. Todas estas tonterías, y muchas más, convierten al personaje en un genuino caso de soberbia ignorancia y desfachatez clínica. El legendario periodista Bob Woodward, protagonista de las impactantes revelaciones que terminaron con la renuncia del presidente Nixon, publicó el año 2018  un libro explosivo, donde detalla los entretelones de cómo se manejan los asuntos de política interna y externa de la Casa Blanca en manos del magnate republicano. El notable escritor Philip Roth lo llamó con gran acierto el “bufón presuntuoso”, el típico exhibicionista que no tiene ningún reparo en ser, como si la cosa no fuera grave y cómica a la vez, el hazmerreír de la política mundial.
    Otro argumento usado por el hombre del pelo anaranjado es que la desaparición del general Soleimani evitará una guerra, cuando es precisamente lo contrario, pues a las pocas horas de conocerse los hechos, el Ayatolá Alí Jamenei, máximo líder de Irán, ha declarado que la venganza será severa para los ejecutores del número dos del régimen. La hija del fallecido ha pronosticado que se vienen días oscuros para la superpotencia.  Los aliados de Washington en la región, Arabia Saudita e Israel, han encendido sus alarmas sobre posibles represalias del régimen de Teherán. Trump ha encendido la chispa que desencadenará una reacción de proporciones impredecibles en una zona del mundo que vive prácticamente en un polvorín. Su irresponsabilidad no tiene límites y su falta absoluta de tino es incalculable; los ciudadanos estadounidenses no sé si serán conscientes de a quién han elegido para ocupar el cargo más grave del planeta, pero cuando lo hagan tal vez ya sea demasiado tarde.

Lima, 4 de enero de 2020.