lunes, 27 de diciembre de 2021

Un relato de viaje

 En el año 1912, el escritor, historiador y político peruano José de la Riva Agüero y Osma (1885-1944), decide emprender un viaje hacia la sierra del Perú, a contrapelo de muchos de sus contemporáneos que preferían por esos tiempos visitar las grandes ciudades europeas, especialmente París, Londres o Viena. Su instinto de historiador, de hombre preocupado por rastrear los orígenes de nuestra identidad, lo impulsan a sumergirse en el conocimiento de la cuna de nuestra cultura y civilización, para lo cual fija un itinerario que partiendo del Cuzco, la mítica ciudad imperial de los Incas, terminaría en Huancayo, la pujante urbe andina que desde el valle del Mantaro se perfilaba como un núcleo de crecimiento y desarrollo económico en la sierra central del Perú. El recorrido se prolonga hasta 1915, sorteando todo tipo de dificultades que imponía la naturaleza y la época, ante la ausencia de modernas vías y carreteras en un medio geográfico inhóspito y desafiante.

La expedición viajera parte, como ya dije, desde el Cuzco, a lomo de mulas y caballos, en dirección noroeste. Lo singular del relato de Riva Agüero es que está matizado de comentarios y recuerdos históricos, de referencias bibliográficas y hasta de alusiones míticas, merced a la gran cultura que poseía el autor. En un lenguaje de una riqueza sorprendente, con un estilo barroco pleno de figuras literarias, nos presenta los escenarios, los paisajes y los personajes con los cuales se va cruzando a lo largo de su travesía. En cada lugar en que se detiene, contempla el entorno con ojos renovados de sorpresa y curiosidad, como tratando de desentrañar los misterios que esconden las cordilleras y los valles, los ríos y las breñas, la vegetación y el clima. Su descripción de los pueblos y ciudades que atraviesa es descarnada y poco complaciente, por ejemplo cuando está frente a la vetusta iglesia de una placita pueblerina. En paralelo, cada parada le trae a la memoria algún episodio de nuestro pasado, ya sea de los tiempos prehispánicos, coloniales o republicanos, como cuando ante la pampa de Quinua, en Ayacucho, evoca la intensa jornada bélica que enfrentó a patriotas y realistas ese memorable 9 de diciembre de 1824.

El contraste de un viaje como el de Riva Agüero, cuyo testimonio son los manuscritos que recién se publicaron en 1955 con el título de Paisajes peruanos, con prólogo de Raúl Porras Barrenechea, no puede ser más evidente con el de tantos viajeros de estos tiempos que atiborran los aeropuertos y pululan por todos los rincones del planeta arrastrados por la vorágine de la industria del turismo. Las cifras son alarmantes, millones de vuelos anuales cruzan los aires transportando otros tantos visitantes fortuitos que ansían pisar con sus propios pies y mirar con sus propios ojos los espacios y los lugares que la historia y la cultura han dotado de algún significado trascendente, posando luego frente a ellos para registrar en las cámaras fotográficas de sus aparatos móviles el instante preciso en que fueron partícipes de ese momento único e intransferible de sus vidas. Por supuesto que tienen todo el derecho de hacerlo, no hay por qué poner en tela de juicio sus deseos personales, salvo el único reparo de orden medioambiental  y de salvaguarda del patrimonio histórico que se le pueda hacer.

Si bien es cierto que la ruta seguida por el  autor se cifra en el nombre de las principales ciudades de su recorrido, como Cuzco, Abancay, Ayacucho, Huancavelica, Huancayo y Lima, no se pueden olvidar los innumerables caseríos, villorrios y pequeños centros poblados incrustados en la trayectoria audaz y decisiva del autor, donde se detuvo muchas veces a comer lo que los campesinos de la zona ofrecían a los viajeros, o a dormir y pasar la noche en las punas desoladas y silenciosas de los Andes, porque la hora o las vicisitudes del clima ya no hacía posible seguir el camino. Recuerdo la magnífica pintura que logra Riva Agüero de un amanecer en las alturas de nuestro país, ribeteado de colores líricos y en una efusión de profunda y entrañable consustanciación con el medio; o la imagen poética de una noche serrana, tachonada de estrellas y presidida por un sosiego cósmico imposible de hallar en las urbes modernas donde nos hemos apiñado los hombres y las mujeres en busca de un supuesto porvenir de progreso y desarrollo. Creo que es hora de pensar en volver al campo, no en un manido regreso a la naturaleza, como decían los filósofos naturalistas y los poetas románticos, sino en un ascenso hacia ella, tal como la planteara en bellísimas páginas de honda meditación ese pensador extraordinario que fue Friedrich Nietzsche.

Hay una gran tradición de libros de viajes, desde los textos canónicos de Marco Polo, Colón o Cortés, pasando por los que escribieran los grandes cronistas de la colonia o los viajeros europeos de los siglos XVII, XVIII y XIX, hasta los contemporáneos del siglo XX que han continuado esa huella. El de Riva Agüero es tal vez uno de los más representativos del género, pues además de la riqueza de las fuentes que emplea para profundizar su visión, está el enorme talento narrativo que lo hace posible, en un lenguaje enjoyado que entrega al lector el regalo maravilloso de una contemplación única de una parte del Perú que muchas veces se ha ignorado, otras se ha ninguneado y no pocas se ha despreciado. No son ajenas a Riva Agüero  las reflexiones sociales sobre el destino de los seres que habitan esas regiones, preferentemente hombres y mujeres de ascendencia indígena, los pobladores originarios de esas tierras. Afirma tajantemente que «la suerte del Perú es inseparable de la del indio, pues se hunde o se redime con él, pero no le es dado abandonarlo sin suicidarse».


Lima, 26 de diciembre de 2021.  


viernes, 10 de diciembre de 2021

Música en la azotea

 

Se ha estrenado la última semana de noviembre, en la plataforma de streaming Disney+, el esperado documental Get back, que recoge la grabación del álbum Let it be de la legendaria banda de rock británica The Beatles. Dirigida por Peter Jackson, afamado y reconocido por su similar trabajo en la saga de El señor de los anillos, está dividida en tres partes, haciendo un promedio de siete horas en total, que es la versión condensada de más de 60 horas de un material visual y de audio que estuvo en posesión de la productora Apple Corps. Las sesiones abarcan los días de enero de 1969, cuando los cuatro de Liverpool ya eran conocidos en el mundo entero y se acercaban a las postrimerías de la existencia del que es tal vez el grupo musical más importante del siglo XX. Con variadas influencias del rock and roll, del pop, del blues y del jazz, así como de la música country y, en su último periodo, hasta de los ragas de la India, The Beatles es considerado ya, por propios y extraños, como una banda de culto.

En tres días sucesivos he podido ver, con gran interés y asombro, un material prácticamente inédito y que nos ha develado aspectos poco conocidos de la gesta de sus canciones, del trabajo musical en sus orígenes, de sus tanteos y ensayos en un estudio de Londres, de las notas, los acordes y los tonos de los que iban brotando, como una exótica flor de sonidos,  esa extraordinaria producción discográfica, mientras preparaban un proyectado concierto que debían realizar a fines de ese mes, que fue cambiando de fecha y de locación según como avanzaran los ánimos y los acuerdos entre ellos, desde el inicial propósito de utilizar un escenario en las costas del Mediterráneo, hasta su concreción final en la azotea del mismo edificio de grabación en el centro de la capital inglesa.

John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr son los protagonistas de este espléndido documental, en un ambiente de calidez y camaradería, pero también de tensiones y alejamientos que nos muestran el aspecto humano, demasiado humano, de cuatro músicos que han revolucionado definitivamente la música popular de la segunda mitad del siglo XX, y que a pesar de los años su influencia y presencia todavía es notable en el siglo XXI, efecto por supuesto de la grandeza, el talento y muchas veces la genialidad de quienes ya han inscrito sus nombres en el álbum privilegiado de la historia de la música universal. Lo singular de este cuarteto es que sus canciones poseen una factura y una calidad indiscutibles, unas tan buenas como las otras, pero todas en general imbuidas de ese sentido del gusto, de esa exquisitez, de esa maravillosa desmesura que es propia de aquellos que han sido tocados por los dioses para alcanzarnos piezas perfectas en el terreno del arte.

Una nota simpática fue conocer a Billy Preston, un joven músico estadounidense de soul, llamado el “quinto beatle”, quien colaboró al piano en muchos pasajes de la grabación. Con apenas 22 años de edad, se incorporó con gran entusiasmo al proyecto, y lo hizo con el beneplácito de todos que muchos quizás hubieran visto con buenos ojos que se incorporara oficialmente al elenco, cosa que no sucedió, pero cuya participación fue fundamental en esos históricos momentos en que la banda dejaba registrada para la posteridad el sello de su apabullante originalidad y creatividad. Su sonrisa contagiosa y su carácter ameno y distendido le permitieron limar los previsibles encontronazos de los miembros del grupo, que ocasionaron antes el temporal abandono de Harrison, quien regresó a la semana con la condición de llevar a este amigo que ellos ya habían conocido unos años antes en sus primeras giras por Hamburgo.

Uno de los mitos que se quiebra con este documental, o por lo menos se logra diluir hasta la insignificancia, es aquel de la ruptura debido a la presencia de Yoko Ono, la pareja de Lennon. Si bien es cierto que ella acude a todos los ensayos y no se separa para nada de John, no se percibe ninguna incomodidad o molestia en los demás integrantes, amén de algún comentario en broma cuando aquellos no están en el estudio. Algunas veces acudía Linda, la esposa de Paul, acompañada de la hijita que tuvo en su primer matrimonio. Probablemente un superfan de la banda y enemigo furioso de Yoko no lo vea así, sin embargo siendo objetivos las imágenes no transmiten esa sensación que años de rumores y malos entendidos se encargaron de diseminar entre los fanáticos seguidores de los pelucones de Liverpool la insidia en contra de la artista japonesa. Lo que sí se percibe es el liderazgo de Paul, quien toma la batuta del proyecto y le imprime su fuerza para salir adelante, ante un John algo difuso, un George apacible y un Ringo parco y actuando siempre de bisagra entre ellos.

El momento culminante y estelar de la cinta es el último concierto en vivo que grabaron los Beatles, en la azotea de los estudios donde quedó plasmado su penúltimo álbum. Son 42 minutos de una memorable performance donde los músicos exhiben la gran versatilidad y frescura de la que estaban dotados, interpretando medio docena de canciones ante un público que desde la calle oía sorprendido esos acordes y esas voces que literalmente venían de los cielos. La mayoría estaba gratamente sorprendida, unos cuantos que mostraban su desaprobación y la policía haciendo su papel de aguafiestas de siempre. Se presentaron algunos bobbys pidiendo explicaciones, porque según ellos habían recibido llamadas quejándose del ruido. Ingresaron al edificio y conversaron con el productor, a quien le dijeron que debían bajar el sonido, pues de lo contrario arrestarían a todos. Pidieron luego ser llevados a la azotea, donde se quedaron hasta el final presionando para que cesara la presentación. Tal vez no lo sabían, pero era la grisácea cotidianidad de la burocracia policial pretendiendo interrumpir uno de los instantes mágicos de mayor trascendencia de la música del siglo XX. De estas y otras curiosidades está poblada la historia del arte.  

Puede discutirse la extensión de la cinta, o la inclusión de ciertos pasajes muy poco relevantes, pero tratándose de los Beatles creo que todo es material de gran interés, razón por la que es altamente recomendable este documental de Peter Jackson; vale la pena sentarse por siete horas y ser testigo de los entretelones del nacimiento de un puñado de canciones que ya figuran en la antología musical de la humanidad.

 

Lima, 8 de diciembre de 2021.




domingo, 5 de diciembre de 2021

Balance y perspectivas

 

Han transcurrido ya más de cien días desde que el nuevo gobierno asumió sus funciones el 28 de julio pasado. Los analistas suelen realizar en este plazo de tiempo un balance de los aspectos más significativos de la función gubernamental con el fin de apuntar algunas perspectivas en el corto y mediano plazo. No pretendo ser muy exhaustivo ni prolijo en mi propia visión de la realidad de todo este tiempo que ha pasado. Lo primero que habría que decir es que la cifra no deja de ser arbitraria, por qué cien y no doscientos, o ciento cincuenta, en fin, lo cierto es que ello se toma de ser una referencia histórica muy conocida que sirve de marco para el enfoque de un acontecimiento político.

La instalación del nuevo gobierno en julio venía precedida de una inaudita reclamación del partido perdedor, que aducía, sin ningún fundamento, la existencia de un fraude, señal de su descontento y de su incapacidad para aceptar la derrota como parte del juego democrático. En la mentalidad de sus representantes estuvo la figura de la vacancia presidencial desde el primer momento en que se supo el resultado de la segunda vuelta, reacción poco novedosa, sin embargo, en una agrupación que había tenido la misma conducta en elecciones pasadas, si bien ahora lo hacía de una forma más alevosa y malsana. Como en el imaginario de la señora K. perder no es una opción válida, pues se embarcó en una campaña nauseabunda que buscó desprestigiar a toda institución que osara desmentir su falaz discurso del fraude.   

Los primeros pasos del nuevo gobierno fueron erráticos y cuestionables, sobre todo en la designación de algunos ministros y funcionarios que no reunían las condiciones de idoneidad y mérito suficientes para hacerse cargo de las misiones encomendadas. Eran tanteos de aprendiz, pues la verdad es que el candidato Castillo no tuvo nunca la certeza de pasar a segunda vuelta y vencer finalmente en los comicios que lo llevaron a la presidencia de la República. Sus discursos de curtido sindicalista lo fueron lentamente encumbrando a la preferencia del electorado, que finalmente decidió su triunfo por un estrecho margen de 44 mil votos. Esa imprevisión, sumada a su carencia de vínculos con los círculos de poder tradicionales, así como su formación elemental en materia política, explican tal vez los tanteos equívocos de sus primeras medidas.

Otra carga pesada que ha debido sobrellevar en estos meses es el partido que lo ha llevado al poder, una agrupación de extrema izquierda, pero conservadora y dogmática, congelada en los postulados del comunismo internacional de los años 60 del siglo pasado. Su líder es un sentenciado por la justicia por casos de corrupción, delitos que cometió siendo gobernador de la región Junín. Como parte de las cuotas de poder que le correspondía, Perú Libre (PL) colocó algunos ministros que enseguida fueron puestos en el foco de la atención pública, descubriéndose en la mayoría de ellos aspectos personales desagradables de su pasado, así como insuficientes condiciones profesionales. Más de 10 ministros han sido removidos en tres meses de gobierno, entre ellos Guido Bellido, primer presidente del Consejo de Ministros del flamante régimen. En paralelo, desde el Congreso el líder del partido de extrema derecha Renovación Popular (RP) amenazó tumbarse uno por uno a los ministros apenas designados.

De esta manera, semana tras semana de revelaciones que la prensa presentaba como motivos de escándalo, la inestabilidad se instaló como característica esencial de la vida política. Parecido escenario se observaba en el Congreso, que sin embargo no trascendía a la opinión pública de la forma como se trataba al Ejecutivo. Las mismas jugarretas, las mismas contrataciones de asesores y técnicos que realizaban los congresistas, no eran visibilizadas por los grandes medios y sus periodistas de ocasión. La crisis se hace crónica, es como si hubiésemos ingresado en un largo túnel oscuro de incertidumbre y desesperanza, en medio de una coyuntura internacional que también se yergue como factor que determina en parte la situación económica que vivimos.

Para colmo de males, con la pandemia que acogota todavía al mundo entero, una congresista con vínculos delincuenciales en el Callao, tiene la desfachatez de proponer nuevamente la vacancia a un pleno que la escucha estupefacto primero, para luego convertirse en el plan de los partidos que siempre alentaron esa medida extrema cada vez que su capricho se los dictaba. La primera en adherirse a la insensata propuesta, como no podía ser de otra manera, ha sido la excandidata de Fuerza Popular (FP), culpable de blandir esa arma como una chaveta  del lumpenaje político a un ritmo de una vez cada año. Es decir, las tres fuerzas parlamentarias que son en verdad variantes del fujimorismo de siempre, se presentan otra vez en escena para exhibir su opereta golpista, vuelven a mostrar con total impudicia sus propósitos irresponsables, antidemocráticos y demenciales.

Cuándo se ha visto que un partido político tenga como principios y convicciones la vacancia, como se colige del mensaje que ha publicado la señora K. en las redes sociales. Gente sin moral ni principios se permite pontificar delante de todo el mundo sin que se le mueva un músculo. Una persona con prontuario, a punto de volver a la cárcel por los numerosos delitos de los que se la acusa, tiene la indecencia de dictar cátedra de ética desde su cuenta en Twitter, como si el haber orquestado su actividad criminal bajo la fachada de una agrupación política le franqueara la oportunidad de convertirse en referente moral del país. No se puede estar jugando con fuego por quítame estas pajas, llevando a toda la población de zozobra en zozobra y amenazando no sólo la estabilidad política sino también la lenta recuperación económica que viene experimentando el país luego de tantos meses de paralización debido a la emergencia sanitaria.

La llegada de Mirtha Vásquez a la presidencia del Consejo de Ministros le ha aportado una pátina de sensatez y confianza a la conducción gubernamental, a pesar de que algunos voceros de la bancada cerronista y los ministros que lo representan en el gabinete hacen todo lo posible por boicotear el trabajo lleno de cordura que le ha impreso la expresidenta del Congreso de la República. De la oposición ni qué decir, la llenan de adjetivos agraviantes y misóginos sólo por pertenecer a un sector de la izquierda que quiere llevar razón y rectitud a la tambaleante gestión de Pedro Castillo. Un exministro de gobiernos pasados, haciendo gala de su clasismo y racismo más descarados, la ofende constantemente a través de tuits inmundos y rastreros donde destila esas taras coloniales de las cuales al parecer no lograremos curarnos ni en doscientos años más. Por llevar un apellido conocido en las argollas políticas de nuestro país, este señor cree que puede disparar impunemente sus dardos envenenados de odio y desprecio hacia quien representa ahora un gobierno que no es el que él hubiera deseado.

En cien días es muy poco lo que puede hacer un gobierno, si pensamos en varias décadas de inacción y salvaje imposición de un modelo económico que ha ahondado las desigualdades económicas, sumiendo en el abandono a una importante masa de ciudadanos que desde las regiones observaban con impotencia y casi desesperanza cómo los políticos desde la capital se llenaban la boca hablando del crecimiento económico y el desarrollo que estaban a punto de colocarnos a las puertas del primer mundo. La pandemia llegó para desbaratar sus sueños de opio y revelarles las desastrosas consecuencias de un neoliberalismo cruel que, sin embargo, pretenden seguir defendiendo a pesar de todo lo que hemos visto en los dos últimos años en materia de salud, educación y empleo, por nombrar sólo algunos rubros en que la desatención y la desidia del Estado ha sido alarmante y criminal.

Lo que importa vislumbrar es el rumbo, que no puede ser el mejor si todos no colaboramos para impulsar un gobierno con muchas falencias. No podemos pasarnos conspirando y poniendo cabes solamente porque no ganó el partido por el que votamos. Nuestro aporte democrático consiste en apuntalar una administración que el pueblo eligió por mayoría en comicios limpios, no en lanzar como arma arrojadiza la palabra “vacancia” para esconder la mano de nuestra propia incapacidad. La labor del Congreso tampoco ha sido hasta ahora convincente, allí están las cifras de la opinión pública para corroborarlo. Aparte del trabajo silencioso y de perfil bajo de algunas congresistas, los demás están allí simplemente de comparsa de facciones golpistas cuyo único objetivo es tirarse abajo al gobierno.

Si hay errores, delitos o decisiones dudosas, nuestro deber es señalarlos para que la justicia haga su labor, y no poner zancadillas al Perú promoviendo marchas para pedir la salida del presidente, siguiendo como carneros a pandillas de gamberros o a cabecillas de bandas delincuenciales que fungen de partidos políticos. Eso no es hacer política, eso se llama pataleta crónica de perdedores que no aceptan su condición y no saben asumir con hidalguía el papel que el pueblo les ha asignado.

 

Lima, 21 de noviembre de 2021.

sábado, 9 de octubre de 2021

Permiso para morir

 

El tema de la muerte ha sido un pensamiento constante de la humanidad desde sus orígenes, el misterio de la vida ha acompañado a ese otro enigma, tan oscuro como el primero, muchas veces incomprensible, inaceptable, negado en el fuero interno, pero al cual terminamos por rendirnos porque todas las evidencias abonan a la certeza de que nuestro final acabamiento es  lo único real de este mundo. Es por ello que la discusión del momento de la muerte siempre ha estado rodeado de controversia y polémica, tanto las religiones como las filosofías han fijado en ella su punto neurálgico de reflexión y han prodigado fundamentos y planteamientos tan diversos y contradictorios entre sí que tener una idea clara de su significado nos ha llenado muchas veces de angustia y duda.

Surgen estas divagaciones a raíz de algunos casos que la prensa coloca en el centro de la atención ciudadana, y que son indudablemente situaciones que nos llevan a su vez a tratar de entender la insondable condición humana a partir de experiencias reales de personas de carne y hueso que se convierten en protagonistas de decisiones que algunos respaldan, y otros reprueban. Es el caso, por ejemplo, de Martha Sepúlveda, una mujer colombiana de 51 años, diagnosticada hace unos años con esclerosis lateral amiotrófica (ELA) –la misma que padeció el científico Stephen Hawking– y que este domingo 10 de octubre iba a cumplir su anhelo de alcanzar la muerte vía la eutanasia, pues un Comité Científica ha cancelado el procedimiento por no reunir la paciente la condición de enfermedad terminal.  

Son pocos los países en el mundo que poseen una ley de este tipo. Países bajos fue el primero en el año 2002, le siguieron Bélgica, Luxemburgo y Nueva Zelanda. En Colombia la eutanasia es legal desde el año 1997, siendo el país pionero en América Latina en cuanto a su despenalización, pero que apenas el 2015 pudo ser regulada jurídicamente para entrar en vigencia. Bajo el amparo de esta norma es que Martha podrá tener una muerte digna, pues ese es el fundamento esencial de la eutanasia, palabra de origen griego que significa literalmente “buena muerte”. Cuando una persona en la condición de Martha ve que su deterioro es irreversible, que sus condiciones físicas empeoran cada día, y que su vida se convierte en un infierno cotidiano, cómo negarle la posibilidad de decidir cuándo poner fin a ese sufrimiento. La Iglesia Católica no está de acuerdo por supuesto, basada en la creencia de que Dios es quien da la vida y es el único que puede quitarla. Sin embargo, creo que es una decisión que se asume en el fuero interno de cada persona, independientemente de lo que sugieren las creencias de todo tipo, por muy respetables que sean.

Para su hijo único Federico, un muchacho de 22 años que vive con ella, no ha sido fácil aceptar la decisión de su madre, al principio entró en negación, pero gradualmente ha ido entendiendo las razones que ella tiene para haber elegido tan dolorosa y radical salida. Claro que en su fuero íntimo no quisiera perderla, pues su vida a partir de esa ausencia dará un vuelco absoluto, pero comprende que ya no se trata de él, de sus expectativas o deseos, sino del derecho de esa persona que es la más querida para él, que ha tomado libre y conscientemente un camino que nos conmueve, que hasta cierto punto puede parecernos incomprensible, pero que es el único que podrá evitarle una vida llena de tormento creciente e injusto.

Otro caso que motivó encendidas discusiones hace poco en el Perú fue el de Ana Estrada, la psicóloga con una enfermedad degenerativa llamada polimiositis, una rareza de la medicina que le fue diagnosticada cuando tenía doce años y que inflama y degenera sus músculos. El 2015 tuvo que ser intervenida para una traqueostomía y una gastrostomía, con el fin de colocarle sondas que le permitan respirar y comer. Desde ese momento perdió su autonomía y está al cuidado de enfermeras las 24 horas del día. En marzo de este año, con el apoyo de la Defensoría del Pueblo, una sala de la Corte Superior de Lima resolvió a su favor una acción de amparo para poder practicarle la eutanasia. Fue un logro notable después de una lucha tenaz que libró ante la justicia para que le sea reconocida la capacidad de decidir libremente, pues aunque cueste entender, Ana no quiere morir, sino que quiere que en el momento en que ya no pueda más con los dolores, y el sufrimiento sea insoportable, pueda optar por un fin decoroso.

Un político que pretendía ser presidente de la República, en una intervención poco feliz por decir lo menos, le recomendó siniestramente que se lanzara por la ventana si tanto buscaba la muerte, dando muestras no sólo de un desconocimiento absoluto de lo que entraña una muerte así, sino de una falta descomunal de un mínimo de solidaridad humana ante un ser que sufre, una carencia de empatía total que lo pinta como un auténtico engendro de mezquindad y vileza. En fin, este individuo ya había tenido otros deslices parecidos en circunstancias similares, como cuando le ofreció pagar durante nueve meses un hotel de cinco estrellas a una niña violada para que no abortara. Como podemos ver, exabruptos tan diabólicos sólo podían germinar en una mente de este jaez.

Así como la vida es un derecho inalienable, pues la muerte también debiera serlo, el ejercicio pleno de una soberanía que es parte de la libertad esencial del hombre, el gobierno de su propio destino hasta donde la razón y el sentido común lo permitan. Hay situaciones límites en que una salida radical es la última opción cuando la vida se convierte en una tortura infinita, y si bien es cierto de que no todos serían capaces de hacer algo así, ya sea por convicciones religiosas o por propia naturaleza, eso no obsta para que la ley permita, como en los casos mencionados, morir con dignidad a quienes así lo sientan.

 

Lima, 09 de octubre de 2021.








La mujer en el castillo

 

La novela histórica se ha convertido en los últimos tiempos para mí en una veta literaria de gran interés, que me gusta explorar como lo haría un arqueólogo entre los restos de una civilización del pasado, porque le deja a la vez objetos valiosos para reconstruirlo como elementos suculentos para la libre especulación intelectual. Es por eso que hará dos años, caminando por entre los pabellones de una feria del libro de reciente data, me hallé entre los estantes de una editorial con un título que en mi mente había acariciado por algunos años. Estaba allí, entre otros volúmenes de literatura mexicana, la novela Noticias del Imperio (FCE, 2012) del escritor mexicano Fernando del Paso. Desde entonces ha descansado apaciblemente entre los anaqueles de mi surtida biblioteca, hasta ahora que he tenido la grata ocurrencia de acercarme a ella para gozar, durante unas cuantas semanas, de una febril y emocionante lectura.

Sus veintitrés capítulos están organizados alternando el relato desaforado del monólogo de la emperatriz Carlota, desde su reclusión en el Castillo de Bouchout en Bélgica en 1927, para los capítulos impares; y la narración de los sucesos que rodearon al establecimiento del Segundo Imperio en México entre los años 1864 y 1867, con el archiduque Maximiliano de Austria a la cabeza, para los capítulos pares. La emperatriz, esposa de Fernando Maximiliano de Habsburgo, nos da su visión de los hechos, ese fulgurante experimento promovido por un grupo de políticos y militares mexicanos a raíz de la invasión francesa decretada por Napoleón III al haber desconocido el gobierno de Benito Juárez la deuda que el país tenía con los franceses. La difícil situación económica llevó al líder mexicano a tomar una decisión que despertó las ansias imperialistas del sobrino de Napoleón Bonaparte.

El monólogo interior de Carlota, hija del rey Leopoldo de Bélgica, es vertiginoso, fluido, incesante, de un lirismo arrebatado, que no se detiene ante nada, pues aunque ella va perdiendo la memoria, su imaginación va inventando el pasado. Ha regresado a Europa para solicitar ayuda ante la retirada de las fuerzas francesas que sostenían el Imperio. En simultáneo, se reconstruye la historia del Imperio, mejor sería decir que se recrea, a través del cotejo que hace el autor entre Napoleón III, llamado el Pequeño, rey de Francia, y Benito Juárez, el indio cetrino de Oaxaca, que hablaba zapoteca y gobernaba México en 1861. Hay otros elementos en juego del contexto histórico, como la reciente cesión de un importante territorio mexicano a los Estados Unidos, empezando por la pérdida de Texas. Así como la presencia de Antonio López de Santa Anna, presidente del país en varios períodos, personaje controversial, héroe y traidor a la vez, y que jugó un papel clave en todo este proceso.

El 30 de octubre de 1861, las tres potencias marítimas del mundo –Inglaterra, España y Francia– suscribieron la Convención Tripartita en Londres, en la que decidieron su intervención militar en México con el objetivo de exigir que cumpliera sus obligaciones financieras. Por su parte, Juárez firmaría con los ingleses y españoles el Tratado de la Soledad, acuerdo que desconoció el enviado francés, disponiéndose a ocupar el país y establecer el Imperio. Hay episodios que matizan el relato de los acontecimientos, como el baile de máscaras en el Palacio de las Tullerías en París, velada que sirve como escenario para el diálogo entre Napoleón III y Metternich, el embajador de Austria. Es importante agregar que Maximiliano era hermano de Francisco José, el emperador austríaco. Es la manera en que se va tejiendo la trama de la elección del archiduque como futuro monarca del país americano. Otro podría ser la descripción precisa de la batalla de Puebla, primer enfrentamiento entre las fuerzas invasoras y las nacionales, que el novelista presenta con lujo de detalles, tal como acostumbraban hacer Víctor Hugo y Tolstoi en sus novelas. También hay una embajada de diputados mexicanos, encabezados por José María Hidalgo, que se dirige hasta Europa para solicitar que Maximiliano asuma el trono de México.

La mañana del 14 de abril de 1864, los archiduques parten en la fragata Novara rumbo a México desde el embarcadero de Miramar, acompañados por un numeroso séquito que los escolta. Antes de ello se produjo un altercado entre Maximiliano y su hermano Francisco José por los derechos sucesorios consignados en el Pacto de Familia, documento que elimina cualquier pretensión del archiduque para poder reclamar algún derecho en la monarquía austríaca. Llegan al puerto de Veracruz la tarde del 28 de mayo del mismo año. En su recorrido entre este puerto y la ciudad de México tienen ocasión de probar algunos platillos de la tradicional cocina mexicana, como el mole por ejemplo, y también de contemplar su magnífica flora: cafetos, bananeros, agaves, jacarandas, buganvillas.

En algunos fragmentos  el presidente Juárez dialoga son su secretario sobre temas diversos de la realidad y los personajes del momento. En paralelo, Maximiliano hace lo mismo con el Comodoro Matthew Fontaine Maury, oceanógrafo y meteorólogo oficial del Imperio. Por lo demás, hay una polifonía de voces que enriquecen la narración, entre ellos la del jardinero de la Quinta Borda, la residencia de campo del emperador en Cuernavaca, cuya mujer, Concepción Sedano, afirman las malas lenguas era la amante del archiduque. Es sabroso, para ser un poco más prolijos, la plática entre el emperador Luis Napoleón, su esposa Eugenia y la madre de ésta, la condesa de Montijo, mientras juegan a la lotería con animales de todo el mundo. Hablan de la locura de Carlota, de su viaje a París para pedir apoyo y de otros chismes palaciegos.

Entre las causas de la locura de la emperatriz se han urdido numerosas hipótesis. Una de ellas habla del vudú, lo que es bastante improbable, pues esta práctica religiosa no llegó a México; otra menciona al toloache o estramonio, una yerba que ocasiona insania si se la ingiere regularmente; una tercera, alude al ololiuque, otra yerba que produce “visiones y cosas espantables”; por último, se culpa al teoxihuitl o “carne de los dioses”, cuyos efectos son “la enajenación mental definitiva, sin causar la muerte”. También se ha especulado con un posible embarazo, a pesar de su conocida imposibilidad para concebir y de que, según fuertes rumores, ya no mantenía relaciones maritales con Maximiliano. Algo que tampoco está probado fehacientemente es el nacimiento de su hijo en Bélgica, cuyo padre sería el general von Smissen. Vivía, por otro lado, obsesionada por un posible envenenamiento, razón por la que una noche tuvo que pernoctar en el Vaticano, autorizada por el Papa, sólo por única vez y de modo excepcional.

Ante el retiro de las fuerzas francesas, Maximiliano fue sitiado en Querétaro por los republicanos, ante quienes se rendiría en  mayo de 1867, después de más de dos meses de un asedio despiadado. Un tribunal militar condenó al emperador a la pena capital, y al amanecer del 19 de junio de ese año –después de haberse pospuesto la ejecución prevista para el día 16– Maximiliano y los generales Mejía y Miramón fueron escoltados desde el Convento de las Teresitas, donde se hallaban recluidos, hasta el Cerro de las Campanas para el acto final. Los restos del archiduque fueron enterrados en la capital, y más adelante fueron trasladados a su patria natal para que descanse en la cripta de su familia.

Fernando del Paso recrea, pues, en clave de ficción, el corto período en que México fue gobernado por un Emperador, un reinado donde el protagonismo de Carlota posee un atractivo singular, pues no sólo era la esposa del monarca, sino que cuando él se ausentaba de la capital para sus viajes de cacería, ella se encargaba del gobierno, y según dicen lo hacía con gran solvencia y conocimiento. Su tipo de locura fue diagnosticada por un psiquiatra como una psicosis maniaco-depresiva en la que se alternan momentos de euforia y melancolía.

La novela es una narración autónoma por supuesto, pero es posible leerla también como un intento, igualmente válido desde luego, de entender el devenir histórico del país que albergó una poderosa civilización precolombina, atravesó un proceso independentista especialmente cruento, perdió buena parte de su territorio en una injusta guerra con su vecino del norte y tuvo una revolución nacionalista a comienzos del siglo XX. Todo ello narrado con una prosa ágil y amena, con buenos momentos de efusión lírica, sobre todo en los largos soliloquios exultantes de la emperatriz, cuya muerte se produjo en 1927, con 86 años de edad, en el Castillo de Bouchout, donde dio rienda suelta a su desaforada locura escribiendo cartas estrambóticas y dedicando todas sus horas libres a labores manuales.

 

Lima, 18 de septiembre de 2021. 



   

sábado, 11 de septiembre de 2021

Los cuatro jinetes


Una de las imágenes más impactantes de la literatura universal es aquella que figura en el libro de las Revelaciones o Apocalipsis del Nuevo Testamento, con esos cuatro jinetes galopando furiosos y listos para devastar la tierra. Tal pareciera que el hambre, la peste, la enfermedad y la guerra habrían elegido ahora el suelo de Afganistán para sentar sus reales y seguir causando una de las tragedias más terribles de nuestros tiempos.

En apenas unas semanas, los talibanes se fueron apropiando de las principales ciudades del país, como Kandahar, Mazar-i-Sharif, Kunduz, Jalalabad y Herat, hasta que finalmente el 15 de agosto cayó Kabul, la capital, luego del anunciado retiro de las tropas estadounidenses y de otros países occidentales, presentes en la zona desde hace veinte años cuando se produjeron los crueles atentados contra las Torres Gemelas en Nueva York.

Las banderas blancas y negras de los estudiantes islámicos ondeaban, de las manos de sus combatientes, por las calles de la ciudad, presagiando el sombrío porvenir que aguarda a la población que ya sufrió en el pasado reciente con un gobierno en poder de estos hombres de largas barbas y túnicas blancas, acostumbrados a imponer por el terror y la fuerza la sharía, la ley islámica de severísimas penas. Por ejemplo, a los ladrones se les cercenan las manos y las mujeres que incurren en adulterio son lapidadas. Asimismo, éstas son obligadas a usar la burka, un ominoso traje que las cubre de pies a cabeza y que simboliza la esclavitud en la que son obligadas a vivir. Además, no pueden asistir a las escuelas ni trabajar, y si salen a la calle sólo pueden hacerlo acompañadas de sus padres, esposos o hijos. Es decir, un auténtico régimen fundamentalista y carcelero propio de las épocas oscurantistas del medioevo.

Las escenas del aeropuerto Hamid Karzai de Kabul, con miles de personas desesperadas agolpadas a sus puertas tratando de buscar alguna forma de poder salir del país, recuerdan otro episodio parecido de hace más de cuarenta años en Saigón, la capital vietnamita que era tomada por el ejército rebelde ante la derrota definitiva de las fuerzas imperiales de Estados Unidos. Esta sería la segunda debacle histórica de la nación norteamericana en el Lejano Oriente, una retirada oprobiosa que mella el prestigio internacional, ya de por sí deteriorado, de las fuerzas armadas de la primera potencia. Y es la tercera vez que los afganos obtienen un triunfo frente a ejércitos extranjeros, antes lo fueron los británicos y los soviéticos.

Se dice que Pakistán sirvió de refugio a los talibanes afganos, desde donde atacaban posiciones estadounidenses, a pesar de que Islamabad era el aliado oficial de USA. Esto renueva el temor del recrudecimiento de una guerra que viene del siglo pasado, cuando los soviéticos intervinieron –en occidente se habla de invasión– porque el gobierno comunista instaurado en 1978 se vio amenazado por el asedio de fuerzas opositoras financiadas por los servicios secretos de occidente. Luego de este abandono de las fuerzas de occidente, China y Rusia se aprestan a asumir un rol más protagónico en el futuro inmediato de Afganistán.

Otra imagen imborrable de esta salida anunciada ha sido la gente tratando se subirse a los aviones para escapar de una realidad que se torna imprevisible, con el corolario trágico de algunos cuerpos cayendo al vacío desde los fuselajes de las naves a pocos minutos de su despegue. Los aviones norteamericanos han trasladado a cientos de sus ciudadanos y a otros tantos de diversas nacionalidades que trabajaban en el país, mientras que apenas unos cuantos afganos han podido salir apoyados por los países de occidente. Y para agregar más sal  a la herida, un atentado terrorista en el aeropuerto se ha cobrado la vida de más de un centenar de personas, entre ellas 13 militares estadounidenses. El presidente Biden ha prometido que esa acción no quedará impune, que los culpables pagarán por sus crímenes. Mientras tanto, miles más esperan que las condiciones se puedan dar para poder escapar de un territorio que vuelve a ser terreno de la incertidumbre y la pesadilla.  

La suerte de las mujeres es una gran preocupación para quienes defienden los derechos humanos en el mundo, aunque las primeras declaraciones de los líderes radicales han tratado de dar tranquilidad a la comunidad internacional, afirmando que permitirán que ellas puedan conservar sus trabajos y tengan derecho a estudiar. Sin embargo, las propias ciudadanas de ese país han mostrado su escepticismo sobre las intenciones de los talibanes. Ya entre 1996 y 2001 impusieron, como dije líneas arriba, un régimen implacable contra las mujeres especialmente, situación que de regresar significaría un retroceso intolerable en cuanto a los pequeños avances que se han obtenido en los últimos años.

Hay pocas esperanzas de que la estabilidad y la tranquilidad reinen en un país convulsionado por décadas, víctima del engaño y la desidia de quienes prometieron llevar la democracia y la paz relativas y la dejan ahora en manos de una banda de extremistas mujaidines, combatientes despiadados que no reparan en usar del terror para sus fines políticos y religiosos. Son seguidores del islam en su rama sunita, poseen una mirada ortodoxa y anacrónica de la realidad, sus dogmas religiosos se mezclan con los políticos en una variante peligrosa que amenaza abiertamente la libertad y la vida de los seres humanos que se oponen a sus designios.

 

Lima, 07 de septiembre de 2021.




viernes, 6 de agosto de 2021

La herencia colonial

 Cuando en 1978 Julio Cotler dio a conocer a la imprenta su libro Clases, Estado y Nación en el Perú, tal vez no se imaginaba que con el tiempo se convertiría en uno de los clásicos de las ciencias sociales en nuestro medio, texto de consulta obligatorio de todo estudiante universitario que quisiera comprender las coordenadas múltiples de este enrevesado país. Era el año en que el país vivía momentos de alta efervescencia política, cuando se instalaba la Asamblea Constituyente encargada de redactar una nueva Carta Magna que entraría en vigencia con el regreso a la democracia en 1980, después de un gobierno militar de doce años que marcaría nuestra historia para bien y para mal. El proyecto surgió precisamente con el propósito de explicar el fenómeno singular del «gobierno revolucionario» de la Fuerza Armada nacido del golpe de Estado del 3 de octubre de 1968, encabezado por el General Juan Velasco Alvarado. Se interrumpió temporalmente por el exilio del autor en México, víctima de la hostilización del régimen por sus posturas críticas.

Dividido en siete capítulos, el libro es un lúcido intento por entender el devenir político y social del Perú desde la época de la conquista, y que ha configurado la estructura dominante de una sociedad que en varios siglos de desarrollo ha mantenido casi las mismas relaciones de dependencia entre las clases sociales en pugna. Lo primero que interesa a Cotler es definir la formación social que se inauguraba, ardua tarea en la que confluyen varios factores que el autor analiza y disecciona con gran rigor académico y un preciso dominio de la historia. Su amplia formación en la materia, desde sus estudios en antropología, sociología y politología, le permite abarcar el estudio de uno de los aspectos centrales de nuestra realidad: la presencia de una herencia que ha lastrado y sigue lastrando el desarrollo armónico y equitativo de nuestros pueblos.

Una vez instalados los conquistadores españoles en territorio peruano, se empezaron a definir las principales coordenadas políticas de sus intereses, centrados esencialmente en la explotación del oro y la plata a través del establecimiento de una economía mercantil y la explotación del trabajo indígena. A ese propósito, la creación de la encomienda indiana tuvo el objetivo de facilitar la ambición de encomenderos y corregidores vía los repartimientos y mitas, los agentes perfectos del etnocidio perpetrado por los españoles y sus funcionarios serviles. El régimen patrimonial era el dominante. Los doctrineros fundamentaban la dominación en algunos textos de Aristóteles, Tomás de Aquino y Séneca. La estructura política colonial «se organizó en forma estamental y corporativa». Las reformas borbónicas y la oligarquía criolla acentuaron la ambivalencia de la posición de la aristocracia colonial.

Una vez alcanzada la independencia, «la relación patrón-cliente como fundamento de la organización social de la naciente república» terminaría por definir una simple solución de continuidad entre unos dominadores y otros a través de un traspaso de poder más simbólico que real. La pugna entre conservadores y liberales, en los mismo años en que el militarismo cedía su gravitación política luego del período de la anarquía y los sucesivos levantamientos y asonadas, confluiría en la formación del primer gobierno civil de nuestra historia. Sin embargo, la plutocracia guanera de mediados del siglo XIX agudizó nuestra condición de país archipiélago, desintegrado y disgregado social y políticamente. La gran oportunidad de un despegue económico con el guano y el salitre fue desperdiciada a causa de la frivolidad e ineptitud de una clase dirigente que nunca estuvo a la altura de su responsabilidad histórica. Cuando estalló el conflicto chileno boliviano a raíz del impuesto de 10 centavos al quintal del salitre que dispuso el Congreso del país altiplánico, nos vimos arrastrados por el vórtice de los acontecimientos debido al tratado que nos vinculaba con uno de los contendientes. Esta guerra reveló descarnadamente el problema de la integración política y nacional.

Luego vino la idea de forjar la «república», la «patria», un Estado-nación que aglutine a todos, que surge en la clase intelectual ante la derrota con Chile. Dos proyectos radicalmente distintos se proponen para acometer la tarea: el de Francisco García Calderón y el de Manuel González Prada. Con motivo del Contrato Grace se enfrentan la fracción terrateniente y la burguesía limeña, conflicto que sería el germen a su vez de una larga disputa entre las provincias y la capital, entre el llamado Perú real y el Perú oficial. Son los tiempos también en que la penetración del capital norteamericano adquiere rasgos monopólicos. Cotler cita unas palabras pertinentes de Víctor Andrés Belaúnde, el pensador de la derecha peruana: «Nadie podrá negar las tendencias absentistas de nuestra oligarquía… Falta de ideales positivos, de aspiraciones elevadas y profundas, es corroída lentamente por intereses contradictorios». Simultáneamente se forman las primeras sociedades de artesanos y los primeros movimientos obreros después de la guerra con Chile y comienzos del siglo XX. Los anarquistas formaron los primeros sindicatos en 1906, mientras aparecen divisiones en la clase dominante, con los gobiernos de Pardo, Billinghurst, Leguía y el civilismo.

Ya en pleno siglo XX un nuevo sistema de clientelaje político empieza a prevalecer en los entramados del poder. El gobierno implementó gradualmente una política de total entreguismo al capital norteamericano. Aparecen las figuras de Haya y Mariátegui, los primeros partidos políticos de masas, las tesis políticas e ideológicas de estos pensadores combaten en su diagnóstico de nuestra realidad hasta la ruptura final entre ambos. La discrepancia brota de la pretensión del líder aprista de convertir en partido al frente denominado APRA. Igualmente, la disidencia de Mariátegui con respecto a la Tercera Internacional y su directiva de crear un Partido Comunista, del cual el Amauta discrepaba, lo lleva a la fundación del Partido Socialista Peruano (PSP) en 1928. Se consolida así la dominación imperialista a la par que emergen las fuerzas populares antioligárquicas.

En 1930 se presenta una nueva crisis frente al desarrollo orgánico de la lucha de clases, el protagonismo de Sánchez Cerro en el contexto de la insurgencia de las clases populares y de las tensiones entre el sector oligárquico de la clase dominante y los terratenientes y comerciantes provincianos. Se consolida el proyecto aprista que logra aglutinar a las clases medias y populares. En simultáneo, vemos un enfrentamiento entre el ejército y el APRA; Benavides como figura bisagra entre el militarismo y la clase dominante que desemboca en las elecciones de 1939 y el ascenso de Manuel Prado al poder en el contexto de la segunda guerra mundial y de la política del «buen vecino» de Roosevelt. Le seguiría el breve experimento democrático de Bustamante y Rivero y el reacomodo del APRA con su morigeración confrontacional frente a la burguesía.

Con el golpe de Estado de Odría de 1948, asonada militar que fue instigada por los exportadores, se repite «el proceso de concentración monopólica del capital extranjero» de las primeras décadas del siglo XX, lo que certifica “la afirmación de Mariátegui de que el desarrollo del capitalismo en el Perú suponía el fortalecimiento de la condición colonial del país”. Las migraciones serranas hacia la costa de mediados de los años 50 acentuaron el natural temor y desprecio de la población criolla –sectores medios y burguesía dominante– hacia los sectores populares. No es sorprendente en realidad por ello que un hombre como Bustamante diagnosticara en aquellos años la existencia de dos Perúes, el uno sometido al otro en condición colonial. El viraje en el pensamiento católico también se hace visible en cuanto significó un acercamiento a los intereses de los desprotegidos. Primero con el Concilio Vaticano II, impulsor de las comunidades de base y de los “cursillistas” que propagaban el nuevo ideario, y luego con la fundación del Partido Demócrata Cristiano, que jugó un rol relevante durante el gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas. Es justamente en el ejército que surgen voces propugnando su injerencia más directa en los problemas nacionales con el fin de evitar brotes subversivos.

Finalmente se produce la crisis del régimen de dominación oligárquica que pretende ser salvada a través de la coalición del APRA y la clase dominante y el llamado régimen de la “convivencia”. Es interesante de igual manera la irrupción de un Movimiento Social Progresista y su propuesta de un socialismo humanista con las cinco reformas básicas preconizadas por Augusto Salazar Bondy; así como el gobierno de Acción Popular con Fernando Belaúnde Terry, los focos guerrilleros de 1965 y el gradual debilitamiento de este gobierno al embate de odriístas y apristas que desde el Parlamento ejercieron un sabotaje permanente a un régimen de tintes reformistas que no pudo cuajar y terminó en el descalabro del golpe de Estado de 1968. La conducta de civiles y militares era la misma, y como dice Cotler «el sistema democrático era inservible para lograr la transformación del país. Es decir, no se podía transformar el carácter clasista del Estado a partir del mismo». El contrabando, los cubileteos políticos, el acuerdo con la IPC (Acta de Talara), el escándalo de la página 11, fueron los factores internos que conspiraron contra un gobierno que nació en medio de grandes expectativas populares.

En conclusión, la herencia colonial en sus dos facetas: carácter dependiente de la sociedad peruana respecto del capitalismo y la persistencia de las relaciones coloniales de la explotación indígena, han impedido la articulación de la sociedad, haciendo fracasar todo intento de desarrollo del país, sometido a la parálisis y la epilepsia en su vida política, según Basadre. Una línea de tiempo que enlaza un pasado de oprobio con un estigma que arrastramos hasta el presente, un Perú cuarteado por múltiples intereses en juego, evidenciado de forma dramática en la última campaña electoral de este 2021, escenario donde pudimos presenciar de forma descarnada esta tara colonial que ha lastrado nuestra evolución histórica desde hace casi quinientos años.

Indudablemente, Clases, Estado y Nación en el Perú es un gran libro, una formidable contribución al conocimiento de esta insondable realidad que llamamos Perú, páginas que he leído como si un médico observara la radiografía de un enfermo, comprobando a cada paso la terrible condición de un cuerpo con grandes padecimientos que tal vez algún día comiencen a remitir.

 

Lima, 02 de agosto de 2021.