domingo, 10 de julio de 2022

Hay futuro si hay verdad

 

Colombia ha sufrido los últimos sesenta años uno de los conflictos armados más prolongados y cruentos del hemisferio, con cerca de medio millón de muertos y otros tantos millones de desplazados y desaparecidos. Esta tragedia humanitaria parece estar llegando a su fin, ese es el anhelo de todos los colombianos y latinoamericanos, con la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad realizada el pasado martes 28 en Bogotá. Su presidente, el sacerdote jesuita Francisco de Roux, en una ceremonia acorde a las circunstancias, ha pronunciado un discurso muy sentido sobre las décadas de la violencia que ha padecido su país, incidiendo en la importancia del conocimiento de los hechos para no repetirlos. Se ha notado la ausencia en dicho acto del presidente Iván Duque, de visita en Europa, en un gesto bastante revelador, pues a lo largo de su mandato, que ya llega a su fin, poco o nada se hizo por apuntalar el trabajo de los comisionados y por implementar los acuerdos de paz firmados entre el gobierno y las Farc el año 2016.  

Quien sí estuvo presente es el presidente electo Gustavo Petro, quien asumirá las riendas del gobierno el próximo 7 de agosto. Esto da gratas esperanzas en medio de un clima de pesimismo por los años transcurridos sin ver materializados los puntos acordados en La Habana cuando el presidente de ese entonces, Juan Manuel Santos, llevó a cabo un encuentro positivo con los líderes de la guerrilla que habían decidido entregar las armas y encaminar a Colombia por un futuro de paz y reconciliación, arduo y saturado de obstáculos es cierto, pero fundamental para devolverle a toda la nación ese mínimo de tranquilidad y concordia que todo pueblo requiere para lograr su desarrollo y prosperidad.

Cerca de cuatro años ha trabajado la comisión bajo la batuta del padre Francisco de Roux, un hombre sumamente respetado por todos los sectores de la sociedad colombiana, filósofo, economista, sacerdote jesuita y voz dialogante de la comunidad religiosa. Durante ese tiempo han tenido la ocasión de visitar la mayor cantidad de poblados de las diversas regiones del territorio, escuchando los testimonios y dramas de miles de ciudadanos víctimas de una guerra demencial que ha transcurrido ante los ojos impasibles de un país jaqueado por los grupos guerrilleros, las fuerzas armadas, las bandas de paramilitares y los delincuentes del narcotráfico. Muchos de esos relatos son verdaderamente espeluznantes, tragedias que describen la vesania y bestialidad a la que puede descender el ser humano cuando es atrapado por la locura homicida del que piensa que el otro es sencillamente el enemigo.

Oyendo al padre Francisco, su elocuencia cauta y honesta, sus gestos mesurados y sabios, uno tiene la sensación de estar frente a un ser excepcional, alguien que a sus 79 años recién cumplidos ha forjado un espíritu poseedor de una agudeza tal que le permite entender en su cabal dimensión el laberinto inextricable de la condición humana, y que desde allí es capaz de proponer y preconizar salidas razonadas y justas a los increíbles callejones, en apariencia sin salida, en que cae el hombre cuando es jaloneado por las fuerzas oscuras del fanatismo, el odio, la venganza y la muerte. Esas ocho mil páginas de que se compone el informe son, como ha recordado el escritor Juan Gabriel Vásquez, el primer eslabón para pasar página a una era de horror y espanto que no debe repetirse jamás.  

Son tantos años en que el país entero vivió, como resume el padre Francisco, en “modo guerra”, sintiendo que la violencia que se apoderaba de todos los pueblos y ciudades era la forma única de la lucha política por el poder, un pueblo anestesiado por los sucesos que se iban precipitando arteros como si se tratara de una fatalidad inexorable. “¿Qué nos pasó a todos?”, es la pregunta que se hacen los comisionados, cuestionando la apatía o indiferencia de toda una sociedad que contemplaba con una mezcla de espanto y perplejidad, pero también paralizada por el miedo, lo que venía ocurriendo. Eran muy pocos los que levantaban sus voces demandando una acción frontal contra este enfrentamiento fratricida de los colombianos. Tal vez porque hacerlo les hubiese significado una segura condena a muerte de parte de alguno de los bandos enfrentados, tal vez porque confiaban que en algún momento iría a cesar la sinrazón desatada.

Es lo mismo que pasó en muchos de nuestros países, como el Perú, Argentina y Chile, donde después de duras épocas de terror llegó el momento de realizar el balance, para entender aquello que había pasado. Desde la memoria, desde la recuperación de lo vivido, se podría acceder posteriormente a la reconciliación y la reparación, con la promesa firme de no repetir jamás aquello que costó sangre, dolor y lágrimas para millones de ciudadanos. Lo terrible es que más del 80% de las víctimas fueron civiles, hombres y mujeres que no tenían ninguna razón de ser parte de la contienda, pero que sufrieron los peores castigos a manos de quienes se enzarzaron en aquella demencia cainita.

Celebro este logro la Comisión de la Verdad. Viene ahora un período de socialización de las conclusiones del informe, así como el seguimiento respectivo de su implementación en todo el cuerpo de la nación, con el fin de sanar heridas, restablecer la justicia, recuperar la paz y reconstruir la vida cotidiana bajo los cimientos del entendimiento, la armonía y el compromiso de edificar juntos el país que todos los colombianos merecen. He ahí la fe y la esperanza del padre Francisco de Roux, artífice de este magno instante en la historia del país de García Márquez, de la ubérrima tierra de las cumbias y los vallenatos, de la patria grande que soñó forjar alguna vez Simón Bolívar.

 

Lima, 9 de julio de 2022.


 

     

domingo, 3 de julio de 2022

La última noche es la primera noche

 

Uno de los grandes libros clásicos de todos los tiempos es, qué duda cabe, esa preciosa colección de cuentos persas, indios y árabes reunidos bajo el poético título de Las mil y una noches, fontana inagotable de un sinnúmero de episodios, aventuras y vicisitudes donde bulle la fantasía y el ingenio, la originalidad y la sorpresa, y cuya lectura mantiene en vilo al sagaz lector que tiene la dicha de internarse por sus meandros y vericuetos, gozando como un bendito ante las maravillosas historias que no son otra cosa, finalmente, que fieles retratos de nuestra real condición humana.

Es por eso gratificante que un escritor de nuestro tiempo haya tenido la feliz idea de cristalizar esos relatos en una presencia concreta a través de la escenificación teatral. No de todos, por supuesto, porque sería casi imposible, pero sí de una muestra representativa del genio y la desmesura que inspiraron a los contadores de historias del mundo antiguo. Así nace, pues, el proyecto concebido por Mario Vargas Llosa y llevado a la práctica por primera vez en el año 2008 en Madrid, con el concurso de un valioso contingente de hombres y mujeres que fueron quienes hicieron posible su realización, destacando sobre todo la figura de la actriz española Aitana Sánchez-Gijón, encarnando a la legendaria Sherezada, así como la presencia escénica del propio novelista en el papel principal del rey Sahrigar.

Dan cuenta de todo ello el libro que el autor publicó inmediatamente, Las mil noches y una noche (Alfaguara, 2008), y que he disfrutado en algunas noches y mañanas de este frío invierno limeño. El libro se lee prácticamente de un tirón, pero he tratado de prolongar un poco su lectura para retener en algo la sensación de donde parte toda la trama de la ficción. Pues, como es bien sabido, este rey sasánida ha experimentado la desventura de la traición, y no ha tenido mejor respuesta que saciar sus instintos de venganza, sacrificando cada noche a una muchacha de su pueblo, como pago por la afrenta recibida de su mujer y de sus servidores de palacio, quienes mientras su amo se iba de cacería, se entregaban a escandalosas orgías en los mismos aposentos de su señor.

Es así que decide desposar cada noche a una núbil súbdita del reino, para mandarla decapitar a la mañana siguiente. Ante tan cruel designio, los habitantes entran en pánico no sabiendo qué hacer para escamotear a sus hijas del cruento destino que les espera. Pero he ahí que insurge la salvadora figura de Sherezada, nada menos que la hija del visir, quien convence a su padre, el primer ministro, de que ella debe convertirse en la esposa de Sahrigar. El funcionario no puede negarse ante tan temeraria decisión, y se celebran las bodas en una fastuosa ceremonia que permanecerá en la memoria de las gentes por muchas generaciones. Lo insólito radica en que mientras las demás muchachas del pueblo eran llevadas a la fuerza a las garras del sátrapa, Sherezada lo haga por su propia voluntad, diferencia que al final notará el propio rey.

Sin embargo, en la primera noche después del enlace, Sherezada debe enfrentar su prueba de fuego. Para aplacar los deseos sanguinarios de su flamante esposo, concibe la idea de contarle una historia cada noche, con la audaz estratagema de dejar el final en suspenso por hallarse próximo el amanecer. Y como el rey, movido de su natural curiosidad, desea conocer el desenlace de la historia, va postergando la ejecución de la víctima manteniendo cada vez en su sitio la cimitarra del verdugo. Sherezada tiene la precaución de recordarle a Sahrigar de que la mañana ha llegado y debe marchar al sacrificio, pero éste le recuerda que es él quien tomará la final resolución. De esta manera, van pasando una, dos, tres… mil noches, y la ejecución se va aplazando. Los cuentos de la bella han obrado el milagro de ir amansando el carácter iracundo del monarca, devolviéndole su condición de hombre civil y sensible.

Es la literatura, a fin de cuentas, la que salva la vida de Sherezada, pues el rey en esa hora crucial percibe la auténtica belleza de su esposa y el poder seductor de sus historias. Se enamora de ella, reflexiona lo injusto que había sido hasta entonces, y a partir de esa noche celebran por fin su luna de miel y viven felices para siempre.

El cuento elegido por el autor para hacernos vivir todo el hechizo de las palabras es la historia del príncipe Camar Asamán, hijo de Sharimán, rey de Jalidán. Es una aventura prodigiosa, plagada de sucesos inesperados e inverosímiles, narrados por la diestra mano de un contador avezado, curtido en miles de páginas que ha dado a la imprenta para el solaz y admiración de sus incontables y agradecidos lectores. No he visto, desafortunadamente, la representación que se hizo en Lima en marzo del 2011 con la actuación de la hermosa y talentosa Vanessa Saba, pero ya puedo imaginarme en el teatro asistiendo a la puesta en escena de una vieja historia, rejuvenecida por la magia extraordinaria del dramaturgo y su exquisita parafernalia de parlamentos, actuación, vestuario y demás elementos que dan vida al arte dramático.

Como conclusión, a mí me queda claro que la literatura es un asunto de vida o muerte, que nos salva, como a Sherezada, de ser triturados por la pedestre realidad y sus prosaicos designios. Siempre podemos tener la esperanza de que antes de que llegue nuestro final, un caudal de fabulosas historias matizarán nuestras vidas de ilusiones y sueños que enriquecerán lo que de otra manera serían grises y aburridas existencias.

 

Lima, 2 de julio de 2022.




La muliza en el debate

 

A raíz del reconocimiento de la muliza, que se realizó el año 2014, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación, vía una resolución ministerial, se produjo todo un debate en los medios artísticos e intelectuales de la provincia de Jauja, por la razón de que dicho documento legal no mencionaba por ningún lado el aporte de esta ciudad en el proceso de creación, desarrollo y práctica de este género musical emblemático de la región central del Perú. El asunto no pudo ser más motivador para que un grupo de estudiosos y cultores del género trataran de desvirtuar los vacíos en que incurrió la instancia oficial al momento de otorgar el valor que ya merecía la muliza desde hacía un buen tiempo.

Se suscitaron entonces debates, mesas redondas, discusiones y ponencias donde se argumentaba con fundamento la presencia central de Jauja en todo este proceso de consolidación de uno de los ritmos más apreciados, selectos y exquisitos de nuestro cancionero nacional. De entre todo ese material llega a mis manos el libro La muliza jaujina, del profesor Nicolás Martínez Oviedo, compositor e intérprete reconocido de la provincia y uno de los más acuciosos investigadores de la materia. Es él justamente una de las voces más airadas que se alzaron cuando en dicho reconocimiento no se nombró a Jauja para nada, descubriendo que una de las causas para este olvido fue una clamorosa negligencia de las propias autoridades del Concejo Provincial, quienes no enviaron en su momento la información requerida por el Ministerio de Cultura. Lamentable dejadez de ciertos funcionarios para quienes probablemente la cultura es la quinta rueda del coche de la gestión edil.

Sin embargo, como señala el prologuista, el debate sobre el lugar de origen de la muliza se revela estéril, pues se trataría de todo un proceso cultural de integración e intercambio, en una región que posee singularidades propias. Lo novedoso, acaso, como apunta al finalizar su introducción, es que la muliza en Jauja se baila, especialmente en los carnavales; es más ligera y termina en huaino, a diferencia de las versiones que se cultivan en Tarma y Cerro de Pasco. Además, la cuna exacta de esta expresión musical sigue siendo un enigma, pues hasta ahora no se ha demostrado de manera fidedigna el punto preciso de su nacimiento, a pesar de los muy serios y considerables argumentos que sustentan unos y otros, si bien en el caso de la muliza jaujina existe el poderoso fundamento de la historia, al ser un territorio políticamente más antiguo y que en algún momento comprendió a las mencionadas provincias donde también se cultiva la muliza.

Este fenómeno no es único. El hecho adicional de que las áreas culturales casi nunca coincidan con las demarcaciones políticas, hace difícil establecer teorías o hipótesis concluyentes. Es lo que pasa también con el tango, sin ir muy lejos, pues es bien sabido que Uruguay y Argentina se disputan su primacía, cuando la verdad es que en la cuenca del río de La Plata se gestó y desarrolló esta expresión musical, teniendo además a uno de sus máximos cultores y exponentes, como es Carlos Gardel, en medio de una controversia sobre si su nacimiento fue en Francia, Uruguay o Argentina. En fin, esto es lo de menos, pues lo importante aquí es cómo se forjó uno de los géneros más significativos de Latinoamérica.

Volviendo a la muliza, se entiende el surgimiento del mismo al tener presente el factor histórico, al suprimirse el monopolio comercial por el rey Carlos III en el siglo XVIII, decretándose el libre comercio. Esto trajo como consecuencia que los puertos de Cádiz, Sevilla, Callao y Cartagena de Indias ya no serían los únicos habilitados para el tráfico de especies, sino que surgen otros como Montevideo y Buenos Aires, más accesibles al Viejo Continente y convirtiéndose en los principales centros del movimiento económico durante la colonia. Esto trajo aparejado el surgimiento de un intenso tráfico comercial entre el noroeste argentino y las regiones del altiplano boliviano, peruano y la sierra sur de nuestro país, teniendo su punto de llegada la región central, donde ya gravitaba Jauja como primera ciudad fundada por los españoles en dicha zona, y la concurrencia de ciudades como Tarma y Cerro de Pasco en cuanto a su significación agrícola, ganadera y minera en el caso de esta última. Por tanto, los arrieros o muleros que hacían el largo camino, se acompañaban en el trayecto de guitarras y cantos que iban surgiendo al calor de los trabajos y los días, las fatigas y las nostalgias. 

Todos coinciden en que la muliza posee la estructura poética del zéjel, composición árabe-andaluza traída por los conquistadores; y que, musicalmente, deriva de la vidala, género colonial originario del Perú, pero muy bien aclimatado por cierto en las provincias argentinas de Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago del Estero. Otros sugieren que un antecedente podría ser asimismo la chimaycha, especie de huaino cultivado en tierra tarmeña. Es decir, la muliza es el producto de un interesante mestizaje al que concurren distintas vertientes culturales que le dan su condición de expresión híbrida, creación que amalgama todas las corrientes que han forjado nuestra identidad nacional.

En el libro hay además testimonios de personalidades ligadas al mundo de la muliza, así como un cancionero que abarca más de la mitad del volumen. He leído con detenimiento las letras de las mulizas y recordaba mis primeros poemas de amor, malos poemas por supuesto, pues al ser de temática amorosa es muy difícil alcanzar la excelencia, que es la única condición de la poesía, como nos lo enseñó el gran Rainer María Rilke, que en sus Cartas a un joven poeta le recomienda que jamás escriba poemas de amor, por la razón ya apuntada. Se advierte por ello un prosaísmo demasiado evidente, una retórica al uso llena de lugares comunes, con una fraseología que ha echado mano a recursos muy manidos de la peor poesía “romántica”. Hay varias que empiezan bien, pierden brillo a medio camino y al final se enfangan en versos pueriles. Se pueden salvar algunas estrofas bien construidas y uno que otro destello lírico en ciertos versos de varias canciones. Es por ello que, después de un somero análisis de las letras, sinceramente, creo que carecemos de un gran letrista de mulizas. Tal vez pueda sonar muy lapidario lo que afirmo, pero mi juicio es apenas una visión subjetiva y relativa, pues no descarto la probabilidad de otras composiciones no insertas en el libro.

Hay aquí, en todo caso, un serio desafío para quienes van a continuar con el legado, para que puedan elevar la calidad poética de una melodía que es hermosísima, de una música entrañable que es representativa de nuestra tierra. El libro es, sin duda, una valiosa contribución al estudio y conocimiento de esta expresión artística del centro del Perú.

 

Lima, 25 de junio de 2022. 


 

sábado, 14 de mayo de 2022

Jauja en su historia

 

Un libro que ha aguardado por más de cuarenta años en mi biblioteca, y que apenas había hojeado ocasionalmente picoteando alguna información, lo he recorrido ahora sí de cabo a rabo. Los hallazgos son de gran interés, sobre todo para alguien que desee conocer un poco más de la historia de Jauja, y que por supuesto debiera serlo también para quien llamándose jaujino no puede desconocer aspectos centrales del devenir de su ciudad. El texto en mención es nada menos que Jauja Antigua (1964), del recordado periodista y poeta Clodoaldo Alberto Espinosa Bravo, testigo de buena parte de la historia de Jauja durante el siglo XX, habiendo nacido en el año 1900 y fallecido en 1969.

El libro es un compendio de artículos, notículas, relatos, reseñas, noticias y cartas que recogen los acontecimientos más relevantes de la provincia a través del anecdotario y la preocupación historiográfica del escritor, a lo largo de una vida fecunda, signada por la tragedia, a raíz del accidente ferroviario que sufrió en 1956, pero que nunca dejó que esa circunstancia desgraciada mermara un ápice su pasión por el saber y por difundir el conocimiento profundo de la ciudad que fue la materia central de toda su producción intelectual. El volumen que dormía en los anaqueles ha despertado para revelar todo el caudal de valiosa información que atesoraba, pues lo más importante de Jauja antigua es precisamente la cantidad de datos que aporta en cuanto a sus mitos, leyendas, sucesos políticos, sociales y culturales de la provincia y aledaños.

La dedicación a la historia por parte de Espinosa Bravo es notoria en muchos de los capítulos del libro, especialmente en aquellos donde revisa los hechos de la región desde épocas prehispánicas, cuando el origen y florecimiento de la civilización Wanka-Xauxa, o los episodios de la conquista a través de una lectura atenta de los cronistas. También figura el hecho trascendental del hallazgo del Acta de fundación de Jauja en los archivos peninsulares por el historiador Raúl Porras Barrenechea, quien tuvo el gesto de obsequiar una copia del mismo al autor, quien a su vez hizo todo lo posible porque fuera incorporado a los archivos de la Municipalidad de la provincia. Igualmente aparece el Acta de cancelación de la capitalidad de Jauja, cuando un grupo de vecinos notables, en reunión de noviembre de 1534, solicitó a Francisco Pizarro su traslado a la costa.

Detalles sobre la construcción de la Iglesia Matriz y el surgimiento del culto a la Virgen del Rosario; la fisonomía de la Plaza de Armas en los inicios de la presencia española; el nacimiento en la ciudad de Francisca Pizarro, la hija mestiza del conquistador; la configuración geográfica y política de Jauja durante la Colonia y la República; la participación de figuras heroicas, como fray Bruno Terreros, en los momentos álgidos de la patria; el encauzamiento del río Mantaro; el significado y trascendencia del Convento de Ocopa como foco civilizador en la zona central del país; el increíble episodio del abrazo de Maquinhuayo en los años aurorales de la independencia; la presencia de personajes importantes en la ciudad, como el expresidente Manuel Pardo, a raíz del Sanatorio para enfermos de tuberculosis; las fiestas tradicionales del pueblo, como el famoso Jala-pato; entre otros, dan cuenta de la diversidad de intereses de un autor cuya curiosidad y apasionamiento eran realmente admirables.

Sin embargo, quiero detenerme, en forma particular, en algunos datos que pueden ser de especial interés para un lector actual, sobre todo si es nacido en Jauja. Por ejemplo, saber que José Jacinto Ibarra, quien fuera diputado y senador, fue el principal gestor -junto a Manuel B. Cisneros- para la creación del legendario colegio “San José”, semillero de señeras personalidades de la provincia. Este centro de enseñanza nació como Colegio Municipal en febrero de 1858, siendo su primer rector don Antonio Díaz y Baca. Se nacionalizó en 1868, aprobándose la ley correspondiente el 20 de noviembre del mismo año. Se inauguró el 28 de julio de 1869, “siendo su primer rector don Manuel Mosquera, pedagogo huaracino”. El nombre del colegio tendría su origen en el del presidente de la República en cuya administración se puso en marcha su funcionamiento, José Balta, según costumbre de la época al crearse colegios, o en el propio nombre de su fautor, José Jacinto Ibarra, que por cierto es la denominación de la calle lateral del local actual del centenario recinto del saber.

Curiosamente sería el mismo Jacinto Ibarra quien presentó el proyecto de ley para la división de Jauja y por ende la creación de la provincia de Huancayo, hecho que se concretó en 1864. No faltará tal vez, por allí, un jaujino a rajatabla, que comience a mirar con otros ojos a este representante político y notable ciudadano, que tuvo la fortuna de estar tanto en un acontecimiento capital para el desarrollo educativo de la provincia, como en el controvertido nacimiento de una provincia que ahora ejerce la capitalidad de la región Junín. En fin, son los vaivenes de la historia, las muecas irónicas de un destino cuyos arcanos no podremos descifrar en su totalidad.

Otro dato interesante es aquel sobre la presencia en nuestra tierra del afamado compositor huanuqueño Daniel Alomía Robles, el archiconocido autor de “El cóndor pasa”, pieza notable de nuestra música nacional. Pero no sólo es eso, sino que estando en el distrito de Marco tuvo oportunidad de recoger la melodía de su “Himno al Sol”, otra de sus notables composiciones, de una belleza y ternura sin par. Escuchando tocar su quena a un indio de 117 años, el músico tuvo el convencimiento de que esos sones encerraban todo el drama y el misticismo del habitante del ande, sobrecogido por un sentimiento de hondo lirismo divino.

No sé si todos los jaujinos sabrán que en algún tiempo la ciudad tuvo su diario, como todo pueblo culto que posea el sentido de su trascendencia. Pues bien, el diario El Porvenir fue fundado en 1908 por Aníbal Motto Vivanco, otro hijo importante de la tierra, cuyo nombre ahora lleva la moderna avenida que nace en la Plaza de La Libertad y que enrumba hacia los distritos situados al este de la ciudad, como Julcán, Pancán y San Pedro de Chunán. Dicho periódico se publicó hasta 1963, donde por razones económicas dejó de salir, quedando Jauja huérfana de un medio de expresión fundamental para su propio desarrollo cultural.

De la misma manera, existieron en las primeras décadas del siglo pasado algunos clubes de renombre, de los cuales a duras penas subsisten algunos de ellos. Por ejemplo, el Hatun Xauxa Club, fundado el 6 de abril de 1928 por ciudadanos pertenecientes a familias conocidas de la ciudad, entre los cuales figuran nombres como Alfonso Ampuero Gutiérrez, Isaac Benavides Hurtado, Carlos Bonilla del Valle, Gabriel Bonilla Monge, Juan Pío Castro Fernandini, Ulises Castro Fernandini, Gerardo M. García Álvarez, Manuel Landa Vargas, Alejandro Palacios Castellanos, Sixto Monge Loli, Oswaldo Véliz Hinostroza, Juan A. Villanes Véliz, Artemio y Eduardo Villar Olivera. Por las informaciones orales que he recogido, este club dejó de existir alrededor de fines de la década del 60.

El emblemático Casino Jauja se fundó el 6 de abril de 1923. Se instaló el 29 de agosto del mismo año, teniendo como socios fundadores a José Manuel Noriega, Moisés Landa, Alejandro Yuli, César Méndez Ríos, Raúl Argüelles, Max E. Cordero, Alberto Castro Fernandini, Gregorio Suárez Galarza y otros. Su vigencia se prolongó por muchos años, funcionando en los altos del ala derecha del Concejo Provincial, por carecer de local propio. El objetivo de los socios fue justamente la construcción de su sede institucional, decisión que se fue postergando hasta quedar finalmente en el aire, sufriendo el desalojo del ambiente municipal que ocupaba hasta hace unos años. Este club fue centro neurálgico de la vida social de la ciudad, en cuyos salones se celebraban un sinnúmero de festividades de todo tipo: veladas culturales, fiestas de promoción, quinceañeros, etcétera. Casi no hay jaujino que frise la cuarentena que no se precie de haber sido partícipe de una de aquellas reuniones.

El Centro Social Jauja se fundó en Lima en 1954, instalándose la directiva el 31 de enero bajo la presidencia de Julio S. Morales Saravia. Reúne esta asociación a los jaujinos residentes en Lima, quienes en la actualidad ostentan un local propio en el distrito de San Miguel de la capital. Su amplio salón es escenario de diferentes actividades de corte festivo, cultural y patronal. Lo mismo se puede decir de la Sociedad Unión Artesanos, la más antigua institución de este tipo, fundada el 8 de mayo de 1890, cuya sede está en el céntrico Jr. Junín de la ciudad, y que también ha sido escenario de una variedad de actividades sociales de los habitantes de Jauja. Recuerdo haber asistido a presentaciones musicales, veladas literarias, fiestas promocionales y reuniones patronales en sus instalaciones. Tampoco olvido que allá por los años 80 mi madre accedió al cargo de presidenta de la institución, siendo, creo, la primera mujer en ocupar dicho sitial. Gracias a ella también pude conocer la biblioteca de la Sociedad, ubicada en el segundo piso del local.

Espinosa Bravo no era un estilista, su prosa posee ciertos rasgos retóricos y manieristas que resultan algo pomposos y altisonantes, pero ello no desmerece para nada su aporte historiográfico, por cuyas páginas uno puede pasearse con la placidez y la curiosidad de quien accede al pasado de una forma natural, encontrando siempre una información de primera mano sobre distintos tópicos relacionados con nuestra historia y sus protagonistas. Su lectura ha significado para mí un enorme servicio a mis propios intereses intelectuales, espoleando otras búsquedas y cotejando otros textos para tener una visión más precisa sobre Jauja y su historia.

 

Lima, 14 de mayo de 2022.


 

lunes, 9 de mayo de 2022

Una mujer ante el tirano

 Con el alma en vilo termino de leer Antígona, obra del autor griego Sófocles, una de las obras maestras del teatro universal. El destino de la hija de Edipo, rebelde e insumisa ciudadana de Tebas, que hace frente a una injusticia del rey Creonte, su propio tío, conmueve por su belleza trágica que atraviesa los siglos, para legarnos un mensaje que no ha cesado de alimentar tantas justas reivindicaciones de hombres y mujeres de todas las épocas y las latitudes.

Se puede hablar de protofeminismo en el caso de Antígona, una mujer que cuestiona y confronta el poder inhumano del rey, que le impide cumplir los rituales de la sangre. Su hermano Polinices yace insepulto luego de haber sucumbido con su hermano Etéocles en una lucha fratricida. Pero Creonte ordena que sólo se le rinda homenaje a Etéocles, acusando a Polinices de traidor y dejando su cadáver a merced de las aves y los perros. Antígona quiere darle sepultura, pasando por alto el edicto del rey, sabiendo que contravenir su autoridad le podría acarrear serias consecuencias. A pesar de ser consciente de este mandato, Antígona está dispuesta a cumplir el designio superior de los dioses. Busca el apoyo de su hermana Ismena, quien la conmina a acatar el dictamen de Creonte, consejo que aquella no tomará en cuenta.

Contraviniendo las leyes de la ciudad, la muchacha le rinde los honores funerarios a Polinices haciendo las libaciones respectivas ante su cuerpo sin vida, noticia que de inmediato llega a oídos del rey, quien ordena que Antígona sea aprehendida y llevada ante su autoridad. Estamos en el nudo de la tragedia, pues Creonte decreta sin miramientos su castigo que es la muerte. Ella acepta su sino con estoicismo, razonando que para ella emprender el viaje al Hades no es finalmente más que el motivo del reencuentro con sus padres y sus hermanos, pues su vida en este mundo ha perdido mucho de su sentido. Ella está comprometida con Hemón, hijo de Creonte, pero está dispuesta a renunciar al himeneo ante el llamado inexorable de su destino trazado por los dioses.

Los guardianes del rey llevan a Antígona al interior de una cueva, donde quedará encerrada con lo mínimo necesario, creyendo de este modo el rey que si muere su propia culpa quedará anulada. Entre tanto, Hemón ha tratado de convencer a su padre de la injusticia de su decisión, retirándose abatido al no obtener ningún resultado favorable. Creonte lo busca para requerir su obediencia, pero Hemón reacciona enfrentando a su padre. Éste logra esquivar la embestida, entonces Hemón dirige su espada hacia sí mismo, perdiendo la vida ante los ojos estupefactos del rey. Asimismo, el anciano Tiresias, ciego adivino de la ciudad, anuncia las desgracias que sobrevendrían si Creonte se empeña en mantener su cruel resolución. Pero el rey está cegado por la ira ante la desobediencia de Antígona, y no está dispuesto a retroceder por nada.

La noticia de la muerte de Hemón se desparrama por la ciudad, llegando por supuesto a oídos de su madre, Eurídice, quien en silencio se retira a su recámara y se quita la vida. Esta nueva desgracia hunde en la desesperación a Creonte, quien asume por fin su culpa, toma conciencia de que los sucesos desencadenados se deben exclusivamente a su terca voluntad y está dispuesto a repararla para evitar más desgracias. Promete liberar a Antígona y detener de este modo los presagios anunciados por Tiresias. Pero es demasiado tarde, pues cuando acude con sus guardias a la caverna donde está encerrada Antígona, ésta aparece colgada con el cinturón de su túnica. La tragedia se ha abatido contra este mortal que ha desafiado a los dioses, que ha pretendido hacer prevalecer las leyes humanas frente a las divinas, y que ahora deambula como un muerto que respira por los pasillos de su palacio, con la certeza de que los días que le quedan estarán signados por estos hechos que sólo han sido posibles por su envanecida y soberbia voluntad.

De las siete obras conservadas de Sófocles, ésta es probablemente, junto con Edipo rey, una de las joyas inmarcesibles de la dramaturgia mundial, la tragedia de una mujer que proclama su libertad y reta las inicuas leyes de una ciudad que el rey quiere hacer cumplir a cualquier precio, aun cuando ello entrañe una ofensa mayúscula a las leyes eternas de la vida, que manda cumplir los ritos tradicionales ante la muerte de un familiar, costumbre que es avalada hasta por los propios dioses. Antígona es el símbolo de la mujer que resiste con carácter indómito los abusos e iniquidades del poder de los hombres, que no retrocede aunque sea la misma muerte el final que le espera. También es quien encarna el destino trágico de una familia, señalada por los dioses para ser protagonista de las pasiones y los sucesos más terribles que se arrastran de generación en generación.    

                          

Lima, 8 de mayo de 2022.

 

Rostros bonitos, música fea

 

La dictadura de la moda debe ser una de las más brutales e inexorables que se ciernen sobre los hombres y las mujeres, pues somete a sus incautos esclavos a seguir una corriente por el sólo hecho de pertenecer al momento actual, exento por tanto de someterse al escrutinio saludable de la crítica y de estar sujeto a una apreciación justa bajo los elementales criterios del gusto y de una formación mínimamente regida por los juicios básicos de la estética. Sin embargo, uno puede ser indulgente si dicha dictadura recae por ejemplo en materias tan banales como la ropa y los calzados, pero ya resulta imperdonable si ello supone dejarse guiar por su férula en aspectos tan esenciales como el arte y la cultura, especialmente la música, una de las manifestaciones más excelsas del espíritu humano.

Es por ello que ver a jóvenes que comparten breves grabaciones de baile en las redes sociales como Instagram o Tik Tok, teniendo como sonido de fondo a la llamada música urbana, especialmente ese esperpento sonoro conocido como reggaetón, produce una sensación de especial desagrado por la incompatibilidad entre sus rostros lozanos, bellos y juveniles con esas supuestas canciones que son en verdad una argamasa impasable de voces espantosas, letras sórdidas y escabrosas, más el sonsonete insufrible de unos ruidos de instrumentos torturados por las manos implacables de individuos profiriendo chabacanerías que más que halagar los oídos los agreden de manera imperdonable.

Una de las formas del infierno debe ser viajar en transporte público, atestado de gente, las ventanas cerradas y encima al chofer no ocurrírsele mejor cosa que endilgarnos esa inmundicia auditiva que es el mismo golpeteo omnisciente que inunda toda la ciudad. Uno camina por cualquier avenida y de los comercios vecinos –restaurantes, barberías, zapaterías, etcétera– se vuelca a la calle el chorro insoportable de este tam-tam contemporáneo, la versión más burda y coprolálica de un arte que sinceramente no merece ser representado de esta manera. La música es la quintaesencia de la expresión artística, condición a la que aspiran todas las artes, el juego armonioso de melodía, ritmo y lenguaje universal, razón por la que todos quienes apreciamos grandemente su dimensión no podemos permitir que se le infiera una humillación de esta naturaleza, a manos de quienes haciéndose llamar músicos no poseen un ápice de ese sentido maravilloso de la creación de belleza a partir del sonido.

Alguna vez Vargas Llosa contaba que en un recorrido por un museo europeo había sido testigo de un suceso increíble. En medio de una multitud de curiosos, se exhibía una obra de arte que al parecer era la más apreciada por los ocasionales visitantes, y al acercarse para divisar aquello que concitaba la atención de manera excepcional, su sorpresa fue mayúscula al comprobar que se trataba de caca de elefante. Es decir, el arte ahora podía ser cualquier cosa, con tal de convocar el interés del espectador. Algo parecido quizás suceda ahora con este fenómeno del género en cuestión, presente en cuanta reunión festiva sea organizado por jóvenes y no tan jóvenes. Siempre me gustó hacer la analogía entre los sentidos del olfato y el oído, pues así como cuando uno transita por un lugar con cerros de basura y el olor inmediatamente nos suscita una repulsa hasta llevar a cubrirnos la nariz, de la misma manera cuando sentimos un sonido repulsivo quien se siente ofendido es el oído, no pudiendo a veces hacer lo propio ante tan inmundo sonido. Es lo que me pasa cuando oigo aquello que ni siquiera catalogo como música; la reacción es instantánea, no pudiendo tolerar un segundo su presencia mefítica.

Muchos críticos, artistas y melómanos están de acuerdo en que ese engendro contemporáneo que ha penetrado todas las capas de la sociedad, que incluso se ha impuesto en los grandes certámenes internacionales patrocinados por reconocidas organizaciones del espectáculo, no es música, será cualquier otra cosa menos música, pues de serlo ofendería la memoria de tantos grandes creadores que en esta materia han destacado tanto en la música académica o culta como en la popular, y cuyos nombres no podrían mezclarse con estos exponentes de la más vulgar manifestación de un arte como la música.

Tengo la certeza, sin embargo, que su fugaz apogeo tendrá pronto un ocaso gris y anodino, como todo aquello que no reúne la calidad suficiente para trascender en el tiempo, convencido de que es su transcurso el implacable juez que sabe poner cada cosa en su sitio. Mientras tanto seguiré combatiendo donde me encuentre contra su brutal intrusión, defendiendo los espacios que sean necesarios de su pérfida invasión, preservando los ambientes más personales de la contaminación auditiva que entraña su grosero atrevimiento.

 

Lima, 30 de abril de 2022.      

sábado, 19 de marzo de 2022

Vislumbres de Jauja

 

Estando hace poco en Jauja, como ya lo conté en dos relatos sobre las peripecias vividas en dicha ciudad, me encontré de golpe, una noche serena en un novísimo café, con un libro de Edgardo Rivera Martínez que no había tenido ocasión de leer. Se trata de Imagen de Jauja (UNCP, 1967), título que justamente tomé para mis dos textos ya mencionados. Al primer contacto con el libro, hojeando las primeras páginas, inmediatamente quedé fascinado con su contenido, prometiéndome conseguir un ejemplar para su plena lectura. Así fue que, al día siguiente, caminando por los principales puntos de venta de libros de la ciudad, tuve la suerte de que me ofrecieran obtenerlo en un par de días. Desde ese momento, ya pude adentrarme en el conocimiento de todas sus interesantísimas revelaciones.

El libro es un acucioso trabajo de investigación sobre las visiones que sobre Jauja han tenido los numerosos viajeros, cronistas, científicos e historiadores que alguna vez pisaron la legendaria tierra de los xauxas, ordenadas cronológicamente desde el año 1534, año de su fundación española, hasta el año 1880. Se inicia precisamente con una visión del paisaje de Jauja en el siglo XVI, a través de la mirada de los cronistas, así como la de sus primeros pobladores. El criterio de los cronistas es variable, pues mientras para algunos el paisaje y el clima eran agradables, tanto por su serenidad como por su feracidad, otros la pintan como fría y no apta para la cría de ganado.

Se dice que Jauja, según versión del historiador Waldemar Espinoza, fue fundada por los incas Cápac Yupanqui y Túpac Inca Yupanqui en 1465, es decir, casi ochenta años antes de la fundación española. Era, según todos los testimonios, la segunda ciudad más importante del Tahuantinsuyo, después del Cuzco. En ella Huayna Cápac mandó construir un palacio, un templo y una casa de vírgenes. Si la pregunta del lector es ¿dónde están los restos, los vestigios arqueológicos de esos magníficos edificios?, o ¿en qué lugar de la ciudad actual se encontraban?, pues habría que aclarar que dicha fundación incaica fue realizada en lo que actualmente es el distrito del Tambo, o Xauxa-Tambo, llamada en alguna época San Francisco de Tambo, en las proximidades del río Mantaro, según la costumbre de todas las culturas de erigir ciudades en la cercanía de una fuente de agua.

Siguiendo al mismo historiador, Jauja tuvo una tercera fundación en 1565, cuando el licenciado Lope García de Castro determinó la creación de corregimientos. El 3 de junio se creó, en consecuencia, el corregimiento de Jauja, siendo su primer corregidor Juan de Larreinaga Salazar. Todos sabemos que la segunda fundación sería aquella que realizó el conquistador Francisco Pizarro el 25 de abril de 1534, según el documento hallado en los archivos de Indias por el eminente historiador, hombre de letras y diplomático Raúl Porras Barrenechea. Esta fundación fue incoada en noviembre de 1533, cuando los españoles se dirigían de Cajamarca al Cuzco, a cuyo regreso Pizarro la finiquitó en la fecha indicada, naciendo la primera capital de la Nueva Castilla.

En las descripciones y testimonios de los viajeros de los siglos XVI, XVII y XVIII, destacan tres cualidades del valle de Jauja: la hermosura del paisaje, la riqueza y abundancia de bastimentos y lo agradable del clima. Todo lo cual lo podemos constatar hasta la actualidad, con una vista espléndida del valle, la producción ubérrima de la provincia y ese clima sano y seco que fue motivo de importantes migraciones desde mediados del siglo XIX, cuando arribaban a la ciudad enfermos de tuberculosis buscando una cura para su mal sólo respirando el aire bendito y medicinal de su clima.

En la época de la Independencia, confirman estas características los textos de José I. Arenales, John Miller, Robert Proctor, John Thomas (sobre las impresiones de Bernardo O’Higgins) y F. O’Connor D’Arloch, según los recuerdos de su abuelo Francisco Burdett O’Connor. Lo curioso es que habiendo abundantes muestras de una realidad incontrastable, los primeros habitantes avecindados en Jauja decidieran, en cabildo celebrado en la iglesia de la ciudad, su traspaso a la costa el 29 de noviembre de 1534, aduciendo la excesiva frialdad del clima y la dificultad para la crianza de ganado, razones que Pizarro validó enviando una comisión que se encargaría de ubicar el lugar ideal para la nueva y definitiva capital, hecho que se cristalizó al fundarse la Ciudad de los Reyes el 18 de enero de 1535 en el valle del Rímac, origen de la actual ciudad de Lima.

En la República tenemos más material testimonial, como el de Archibald Smith, publicado en Londres en 1839. Entre noviembre y diciembre de 1838 estuvo en Jauja el Vice-cónsul francés en Lima Leónce Angrand, quien ha dejado una serie de dibujos o vistas de la región, tanto de Jauja como de Mito, Concepción y Huancayo. Asimismo, los relatos del viajero suizo J.J. Tschudi son muy elocuentes sobre ciertas costumbres bárbaras de los indios de la zona entre los años 1839 y 1840 en que estuvo de visita. Su libro Reiseskizzen wuhrend der Jahre 1838-1842 (El Perú. Esbozos de viajes realizados entre 1838 y 1842) es de 1846.

Hay una cita que es fundamental repetirla, puesto que es indicativa hasta hoy del estado de cosas de la ciudad de Jauja. En el tomo I de su libro El Perú, el sabio Antonio Raimondi dice: «La población de Jauja, lejos de mejorar, va decayendo diariamente. Las familias parece que van desapareciendo y en la ciudad no se nota adelanto alguno». Es penoso constatar la veracidad de esta afirmación, hecha hace tantísimo tiempo; sin embargo, me gustaría hacer una excepción y ser un poco optimista esta vez, para afirmar que a pesar de esa primera impresión que es bastante desoladora, Jauja trata de afirmarse como una urbe en ebullición, a su propio ritmo y estilo, con la presencia de una nueva población que la va configurando, tal vez no como gustaría a muchos de sus hijos que emigraron, pero sí a la manera que su propio destino ha dictaminado según los tiempos que corren.

Otras vislumbres son las de Mateo Paz Soldán, autor del libro Geografía del Perú de 1862; de Manuel Pardo, expresidente que estuvo en Jauja entre 1860-61, para curarse de una tuberculosis pulmonar. Publicó un estudio en la Revista de Lima, que lleva por título «Estudios sobre la provincia de Jauja», donde pondera grandemente el clima, que tanto lo favoreció. Habría que agregar las contribuciones del viajero y explorador austríaco-francés Charles Wiener, quien dejó anotaciones importantes sobre el Perú prehispánico en general.

A mediados del siglo XIX se va imponiendo la imagen injusta, dice Rivera Martínez, de una ciudad de tísicos, de la muerte, por la presencia de una gran cantidad de enfermos de tuberculosis que llegaban a Jauja, como ya mencioné líneas arriba, buscando una cura para su mal. Tanto es así que se construye un sanatorio para albergar a una población de infectados con el bacilo de Koch, muy parecido al que en la novela La montaña mágica describe Thoman Mann en los Alpes suizos.

El estudio está premunido de una vasta bibliografía, que avala perfectamente las conclusiones del autor, además de dos apéndices que completan las visiones que sobre Jauja han tenido los ojos de quienes le han dedicado largas horas de observación y meditación. Valioso aporte de un autor canónico de la cultura jaujina, para deleite y conocimiento de quienes no podemos darnos el lujo de ignorar el pasado y el presente de una ciudad a la que estamos ligados entrañablemente.

 

Lima, 12 de marzo de 2022.