sábado, 22 de octubre de 2022

Eterno retorno

 

Con el triunfo de la extrema derecha en las últimas elecciones en Italia, se confirma en el mundo una escalada que se inició tímidamente hace algunos años: las fuerzas más oscuras y nefastas del espectro político están de vuelta, las masas caen encandiladas ante el discurso saturado de promesas demagógicas del neofascismo redivivo. Cuando se cumplen exactamente cien años de la marcha sobre Roma encabezada por Benito Mussolini, hecho que presagió el ascenso al poder de los totalitarismos más siniestros en la Europa del siglo pasado, la candidata del partido Hermanos de Italia, Georgia Meloni, consigue un respaldo inusitado entre el electorado italiano, lo que la convierte virtualmente en la próxima primera ministra del país mediterráneo.

Lo sucedido en la primera vuelta en Brasil recientemente, también acentúa el temor de las fuerzas democráticas ante la eventual reelección del peor presidente que ha tenido el país amazónico, pues ello significaría cuatro años más del desastre en varios frentes que ha signado el régimen de Bolsonaro, una mezcolanza inverosímil de trumpismo y putinismo de la peor factura. Las encuestas que daban un triunfo holgado al candidato del PT, se han visto desmentidas con la arremetida en la recta final del presidente en funciones. Apenas cinco puntos separan a quienes el próximo 30 se enfrentarán en una segunda vuelta que será encarnizada.

Y en el Perú, las elecciones regionales y municipales del domingo 2 de octubre, también la realidad ha sido desoladora. La preferencia por candidatos con serios cuestionamientos ha sido una constante a nivel nacional. Un portal web publicó días previos a la votación la relación de todos quienes están en esa condición. Más que una elección política parecía que estábamos ante la persecución de una lista de buscados por la justicia. Y en Lima, la capital del país, el escenario fue más decepcionante aún, con dos aspirantes al sillón edil que nunca fueron garantía de nada, disputándose hasta el último minuto la mayoría ciudadana. Por fin, el resultado ha sido más o menos previsible: el ganador es un señor con las peores credenciales morales y éticas que uno pueda imaginarse.

La pregunta que es lícito hacerse es por qué una mayoría relativa de la población que ha acudido a votar puede decantarse por un individuo que exhibe sin pudor las taras más reprobables de una persona a estas alturas de los tiempos. Ya hace un tiempo he rastreado y comentado todas las lindezas que acostumbra regurgitar este sujeto en numerosas declaraciones ante la opinión pública. Pero, para resumir, sólo habría que mencionar su misoginia y homofobia, su zafiedad, xenofobia y aporofobia, credenciales que lo descalifican de plano para pretender convertirse en autoridad de nada, mucho menos para encabezar la alcaldía de la ciudad más importante del país. Pero así estamos, a los electores parece que no les importara la personalidad ni la conducta de quienes buscan dirigir sus destinos. El solo hecho de que posea algunos títulos universitarios o alguna otra especialidad técnica no es suficiente para ello, pues se trata de un cargo con un contenido de ascendencia moral y vecinal considerable.

Además, y este es el elemento perturbador que lo hace temible, con su gestión al frente de la comuna capitalina podrá erigirse en abanderado de posturas cuestionables en materia de derechos humanos, protección de comunidades vulnerables y defensa de los intereses de la gente más humilde. Sus antecedentes inmediatos no son precisamente halagüeños en ese sentido, todo lo contrario, cada vez que puede, y cierta prensa se presta para ello, no hace otra cosa que demostrar su ordinariez y vulgaridad más hirsutas; todo su discurso está lastrado de un odio y un desprecio absolutos hacia quienes no piensan como él, con un argumento reduccionista y efectista donde todo gira alrededor de su bestia negra favorita: el “comunismo”, que supuestamente se quiere implantar en el Perú.

En fin, con sentido democrático debemos aceptar estos resultados, pero no puedo dejar de decir que me apena profundamente que la ciudad que elegí para vivir, o tal vez ella me eligió a mí, sea gobernada por un tipo que es el mal ejemplo rampante, la imagen viva de la intolerancia y la zafiedad. Y no es que las autoridades deban ser santas ni impolutas, pero hay límites que no está permitido cruzar cuando se quiere asumir un cargo público de estas características.

 

Lima, 9 de octubre de 2022.

sábado, 24 de septiembre de 2022

La ronda de la muerte

 

Hay ocasiones en que la partida de este mundo de personas que uno conoce se acota apretada en corto tiempo, segadas por la muerte una tras otra con apenas unos días de diferencia. Se trata generalmente de personajes públicos, pues aquellos del ámbito familiar merecen más bien reservarse al fuero privado. En el caso que comento, el disparador fue la mundial noticia del fallecimiento de la reina Isabel II de Inglaterra, hecho de gran repercusión en la prensa de todo el mundo por la relevancia política de una figura que por siete décadas estuvo al frente de una de las monarquías más tradicionales de Europa. Tenía 96 años, vividos intensamente como parte protagónica de las relaciones internacionales de buena parte del siglo XX y de las primeras décadas de éste. Digamos que su muerte era hasta cierto punto previsible, sobre todo por la extensa trayectoria de una existencia que siempre estuvo en el foco de la atención pública global.

El mismo día que se conocía el fallecimiento de la soberana inglesa, nos llega la dolorosa noticia de la muerte de Marciano Cantero, legendario músico argentino, líder emblemático de la banda de rock en castellano Los enanitos verdes, fundada allá por los inicios de los años 80 por un grupo de muchachos mendocinos y de la cual era vocalista, baterista y tecladista. Autor de numerosas composiciones del grupo y figura visible de la misma, lo ha sorprendido la parca en medio de una gira que realizaba por diversos países del continente. Aunque estaba afincado en México desde hace algunos años, había regresado a Mendoza para someterse a un tratamiento de una afección renal que ha terminado acabando con su vida. He sentido mucho esta muerte, la de un artista de una voz inconfundible y mejor persona, querida y admirada por tantísima gente por su natural bonhomía y don de gentes. Una muchedumbre ha acompañado su féretro en su natal Mendoza, como muestra de ese reconocimiento público hacia uno de los exponentes más sobresalientes de la música argentina y latinoamericana.

El tercer bandazo de la odiosa guadaña llegó el domingo 11, cuando revisaba por la noche la edición digital del diario El País de España. Sinceramente no podía creerlo, me sorprendió el anuncio de la muerte de Javier Marías, tal vez el escritor más importante en español de los últimos tiempos. Autor de un buen manojo de brillantes novelas, colaborador desde hace cerca de 20 años del suplemento del mismo diario, La Revista Semanal, articulista de fuste y polémico crítico de cuanto zafarrancho se armara en su país o en cualquier parte del planeta, por obra y gracia de la bendita clase política que no nos deja descansar un minuto. Detector privilegiado de la estupidez humana, se granjeó la enemistad de tanto mastuerzo que no le perdonaba su agudeza argumental, su punzante prosa siempre incisiva contra todos los entuertos y malandanzas de este mundo. En fin, un hombre singular que hará mucha falta en una realidad cada vez más signada por la necedad y la insidiosa mediocridad.

La cuarta estocada provino de Suiza, el martes 13, fecha por lo demás muy sospechosa. Lo cierto es que el cine está de luto, ha muerto Jean-Luc Godard, el abanderado de la Nouvelle Vague francesa, el hombre que revolucionó las pantallas del séptimo arte en los años 50 y 60 del siglo pasado. El suicidio asistido al que ha apelado significa que el gran maestro del cine no ha permitido que le corten la película, sino que, como todo un artista de la filmografía, ha decidido poner él mismo el punto final del guion del largometraje de su vida. Como ya no le veía posibilidades al personaje de la obra, lo ha retirado de la escena en el momento exacto y en el instante justo de una trayectoria de más de medio siglo dedicado a contar y reflexionar con la cámara la propia gesta y sentido de un arte joven del cual fue un indiscutido maestro.

Y para cerrar esta mala racha con que la pelona suele cebarse cada tanto, este sábado 17 ha despertado con el anuncio fatal de la partida de Carmina Cannavino, una extraordinaria intérprete y compositora de música peruana y latinoamericana. Hija de argentino y peruana, vivía en México desde hacía varios años, con un discreta pero importante carrera en el mundo del arte, donde exhibió todo el talento y la virtuosidad de que estaba dotaba, dueña de una voz exquisita que se prodigó sobre todo en la magistral ejecución del repertorio de nuestra queridísima Chabuca Granda, aparte de ser por supuesto pieza obligada en cuanto proyecto musical se embarcaran los músicos que formaban y forman esta pequeña legión de difusores del arte melódico de lo que con sentimiento abarcador llamamos la patria grande.

Todos ellos nos dejan un valioso legado, especialmente los artistas, pues la huella que dejan de su paso por este mundo será imperecedera, recordada por las generaciones sucesivas que tengan el privilegio de acercarse a una obra donde siga viviendo el alma y el genio de tan maravillosos seres que honran a la humanidad.

 

Lima, 17 de septiembre de 2022.

martes, 13 de septiembre de 2022

Werther o el amor romántico

 

Recuerdo la primera vez que leí Las desventuras del joven Werther, allá por los años mozos de la etapa universitaria, cuando la vivencia de lo que solemos llamar amor está a flor de piel, y las preguntas y dudas sobre aquella vivencia nos sumen en una perplejidad que ahonda los tantos misterios que atesora la existencia. Volver a recorrer la historia que narra esta exquisita novela de Goethe, me retrotrae a esos instantes en que, encerrado en mi habitáculo de estudiante, vivía de forma vicaria un drama común a tantos jóvenes de todos los tiempos. Narrada en forma epistolar, el protagonista le va contando a su amigo Guillermo el proceso de su pasión por Carlota, la joven que él conoce en Waldheim, una aldea a la que llega huyendo de la ciudad.


Werther es un muchacho amante del arte, sensible a los encantos y maravillas de la naturaleza, que se ha alejado de la ciudad para vivir en contacto con el campo, dedicado a pintar y a gozar de las delicias del medio natural. Pero al ser súbitamente herido por los dardos envenenados de Cupido, su vida sufre un trastorno que lo va a precipitar, gradualmente, en un fin prematuro. Lo que sucede es que Carlota está comprometida con Alberto, quien está de viaje para resolver algunos asuntos familiares. Lentamente Werther va cayendo bajo el hechizo de los encantos de Carlota, quien acaba de perder a su madre y ha quedado a cargo de seis hermanitos. Su padre es un funcionario que trabaja fuera y ella debe asumir el cuidado de los niños como si fuera su madre. Los dos jóvenes empiezan una amistad que los lleva a pasar muchas horas juntos, unas veces de paseo por los parajes del pueblo, otras por las calles bordeadas de árboles o, simplemente, en la humilde casa de Carlota jugando con los chiquillos que le han tomado cariño a Werther.

De pronto regresa Alberto y es presentado a Werther, ambos se hacen amigos y comparten los tres gratos momentos de alegría y camaradería a la luz vertiginosa de una pasión que va creciendo en el alma enamorada de Werther. Sabe desde el comienzo que su amor por Carlota es imposible, pero nada puede contra esa fuerza turbadora que lo arrastra todo. Lucha por controlar sus sentimientos, mas es evidente que la batalla para él está perdida, pues lo que siente es demasiado impetuoso como para ser sujetado con las frágiles cuerdas de la razón. A veces pierde la calma y se trasluce con nitidez su delirio. Esto ocasiona el distanciamiento gradual con Alberto y las inevitables reconvenciones de Carlota. Nuestro héroe está atrapado en una red de la que ya no podrá salir airoso. Es allí donde comienzan sus penurias, sus intensas tribulaciones que le hacen pensar en una única salida. Las confesiones a Guillermo dan muestras de ello. En la carta del 30 de agosto anuncia su propósito: “No veo para esta miserable vida más fin que la muerte”.

Una vez, Werther y Alberto sostuvieron una pequeña discusión sobre el suicidio. Werther va a salir a pasear por las montañas y pide prestadas sus pistolas a Alberto y, en un momento, casi como jugando, se lleva el cañón encima de los ojos. Alberto se sorprende y amonesta a Werther para que no vuelva a hacerlo. Se sucede un escarceo polémico donde uno sostiene el legítimo desenlace del fin de la vida, mientras el otro replica que eso sería un acto de cobardía, argumento que el joven enamorado rechaza con convicción.

Luego lo encontramos desempeñándose en un cargo con un embajador al que detesta, pero donde encuentra al conde C., quien compensa las odiosas nimiedades del primero. Pero sobre todo conoce a la señorita B., a quien ve un parecido con Carlota y puede contarle ciertos detalles de ella. Pero no son sino simples paliativos, nuestro amigo tiene su corazón y su mente fijos en un objetivo inalcanzable. Nada es capaz de sofocar la pasión que devora sus entrañas. Es conmovedora al respecto la carta del 3 de septiembre: “Muchas veces no alcanzo a comprender cómo puede amarla otro, cómo se atreve a hacerlo, ¡siendo mi amor por ella tan inmenso, profundo y único! ¡No conozco, no siento, no veo más que a ella!”. Y otro día: “Me es suficiente ver sus ojos negros para ser feliz”, exclama embelesado el 10 de octubre.

Quién no se ha estremecido con el roce de unas manos, con el fuego de una mirada o con el aliento aromado de una voz. Quién no ha sido gloriosa víctima de esa hoguera placentera en que arden nuestros sueños y deseos, en que desfallece nuestra voluntad consumida por ese volcán desatado, cuya lava nos sepulta en un vórtice de celestes ensoñaciones y de purpurinas emociones. A eso es a lo que nos convoca la lectura del Werther, la obra más representativa del romanticismo alemán, novela que según dicen fue prohibida al poco tiempo de ser publicada, pues cundió en Alemania una ola de suicidios. Decenas de cuerpos jóvenes aparecían en las riberas de los arroyos o en los lejanos bosques, imitando el trágico final del personaje literario.

La última vez que la ve leen a Ossián, un autor del siglo III según su divulgador, el poeta escocés James Macpherson, la mayor impostura de la historia de la literatura según los datos que se manejan hoy. Luego vendrá el adiós definitivo a Carlota, la solicitud que envía con su criado para que Alberto le preste su pistola, la cena frugal a la luz de un candil en su cuarto, el disparo cerca de la medianoche, el alboroto entre los vecinos y el hallazgo del cuerpo moribundo que a los pocos minutos expirará sacrificado en el altar de Afrodita, la diosa que bendice a algunos con los parabienes del amor y condena a otros con los sufrimientos del mal amor.

Una espléndida historia que se lee con agrado y con empático sufrimiento, compadecidos del arrobo inexorable del protagonista que muere consagrado al ideal supremo que los dioses le han negado, víctima inocente de sus propios delirios que lo consumen hasta la extenuación.

 

Lima, 11 de septiembre de 2022.

sábado, 27 de agosto de 2022

De pie con Salman

 

El criminal ataque a mano armada perpetrado hace unos días contra el escritor angloíndio Salman Rushdie, en un pueblo cercano a Nueva York, nos plantea ahora más que nunca el delicado problema de la libertad de expresión constantemente amenazada por los fundamentalismos y los fanatismos de todo tipo. Desde hace un buen tiempo ya, todos quienes ejercen la labor de comunicar y de pensar a través de los medios y del libro, están en la mira de los poderes siniestros del oscurantismo y del crimen organizado. Periodistas y escritores son el blanco preferido de aquellos que no aceptan un pensamiento ajeno a sus dogmas anquilosados o a sus inicuos planes delincuenciales.

Revisaba la prensa ese viernes 12 de agosto, cuando una noticia en primera plana de la edición digital del diario El País de España me acogotó. Cuando se aprestaba a dar una charla en un centro cultural de Chautauqua, a pocos kilómetros de la colosal urbe estadounidense, un joven de 24 años saltó al escenario y acuchilló repetidas veces al novelista. Heridas profundas en el cuello, el vientre y el rostro lo dejaron ensangrentado en medio del desconcierto general. Un par de guardias de seguridad subieron inmediatamente y sujetaron al atacante, mientras Rushdie era atendido por los organizadores. Un médico, que se encontraba entre los asistentes, le pudo brindar los primeros auxilios indispensables. Enseguida, un helicóptero trasladó al herido a un hospital de Pensilvania para recibir la atención necesaria.

Se sabe que el victimario tiene origen libanés y que habría militado en Hezbhollá, una organización radical islámica que se caracteriza por sus prácticas violentas. Pero la raíz de todo este embrollo viene de 1988, cuando Salman Rushdie publicó su polémica novela Los versos satánicos, donde según los censores musulmanes se ridiculiza y profana la figura de Mahoma, su máximo profeta. Es así que el Ayatholla Jomeini, extinto líder religioso iraní, lanzó una famosa fatwa condenando a muerte al autor del libro. Cualquier musulmán quedaba facultado para acabar con la vida de quien se había atrevido a tamaña blasfemia. Una jugosa recompensa, que al principio rondaba los 500 dólares, esperaba a quien ejecutara la sentencia. En la actualidad, se dice que dicha cifra bordeaba ya los 3000 dólares.

Desde ese momento, Salman Rushdie tuvo que contar con una escolta personal. Su vida pública se restringió notablemente, teniendo que desplazarse, viajar, vivir, en una palabra, con esa permanente protección que inevitablemente coactó su libertad y su tranquilidad. Aún así, se dio maña para seguir su actividad literaria que ya era reconocida internacionalmente. Sus conferencias y presentaciones no cesaron por completo, pero cada vez él sentía esa perturbadora incomodidad de quien no tiene la capacidad de gozar libremente de una existencia como la de todos, por lo que, en algún momento, sobre todo después de la muerte de Jomeini, su seguridad se relajó un poco, lo suficiente como para temer una embestida como la presente.

Lo cierto es que Salman estaba cansado de andar a todos lados con una guardia a su lado. Tal vez era lo natural, pero ante el peligro que corría, no había otra opción que someterse a esas limitaciones. Esa es la razón por la que se radicó en los Estados Unidos, el país que podía brindarle ese margen de libertad que tanto buscaba. Como gran paradoja, ese era justamente el tema de su charla de ese día aciago, en un local que pertenece a una organización que se dedica al cuidado y preservación de los asilados y refugiados. Treinta y tres años pudo burlar el asedio de la guadaña de la intolerancia y el dogmatismo. Cuando todo hacía pensar que la fatwa había sido revocada en la práctica, he aquí que la mano asesina surge inesperadamente y asesta de manera cobarde y alevosa este duro golpe a la integridad física de uno de los escritores más universales de estos tiempos, cuya obra ha sido premiada en numerosas ocasiones y cuya palabra posee el don de la clarividencia ante los males de este mundo.

Un elemento de suprema ironía ha sido conocer la identidad del victimario. Su nombre es Hadi Matar; pues, aunque ese nombre nada signifique en lengua árabe o inglesa, o quizás tenga un sentido muy diferente, en nuestro idioma posee una carga de terrible profecía, como si en su apellido estuviera cifrado el abominable designio de convertirse en el emisario perfecto de una odiosa fatalidad. En fin, un dato curioso de un hecho nimbado por la tragedia.

Una semana después de los hechos se han reunido, frente al local de la Biblioteca Pública de Nueva York, los amigos escritores del autor de Los hijos de la medianoche, para brindarle su apoyo moral y solidaridad frente al artero intento de acallarlo por parte de los esbirros de la sinrazón, de la tiranía y de la muerte. Desde estas páginas me adhiero a esta convocatoria colectiva para demostrar nuestra preocupación y empatía por, en primer lugar, un ser humano víctima de la insania terrorista; y, en segundo lugar, un artista de la palabra que con su creación honra a la especie. Estaremos pendientes de su recuperación, que sabemos será larga.

 

Lima, 23 de agosto de 2022.

sábado, 20 de agosto de 2022

Bogotá era una fiesta

 

Con motivo de la asunción al poder de Gustavo Petro en Colombia el pasado domingo 7 de agosto, surgen muchos símbolos que son importantes considerar para comprender la trascendencia de un hecho de esta naturaleza. Lo primero que debemos destacar es el triunfo, por primera vez en el país de Gabriel García Márquez, de un candidato de izquierda, que alcanza de esta manera la presidencia de la República después de 200 años de gobiernos en manos de las élites de siempre, como ocurre también en el resto de nuestros países de Latinoamérica. Otro rasgo inédito es que se trata de un exguerrillero, integrante del M-19, grupo armado que estuvo en actividad hasta fines del siglo pasado.

Si a esto le añadimos que en la vicepresidencia de la fórmula del Pacto Histórico figura una mujer como Francia Márquez -activista ambiental, feminista, afrodescendiente y natural de la región del Cauca-, el significado de dicho acontecimiento adquiere relieves de histórico, pues sólo ella encarna en toda su dimensión el gran salto adelante por la inclusión en una sociedad eminentemente conservadora como la colombiana. Poseedora de un poderoso mensaje de vitalidad, con un discurso que recoge las viejas aspiraciones de las clases menos favorecidas, con su apuesta rotunda y transparente por la igualdad y la justicia social, su presencia ahora en el poder es un primer ajuste de cuentas con la historia de su país, trajinada por la violencia y víctima de una estructura de exclusión y distanciamiento hacia las genuinas esperanzas de ese pueblo concreto que nombró el presidente en su discurso de investidura.

Desde muy temprano ese domingo las calles de Bogotá se prepararon para la fiesta, numerosos artistas tomaron las principales plazas de la ciudad para demostrar su regocijo y algarabía por la era de cambio que se inaugura con la llegada de Petro a la Casa de Nariño. Hombres y mujeres venidos de los distintos rincones de la patria, se agolparon en la Plaza de Bolívar para ser testigos e invitados de honor de esa jornada singular en que un presidente que representa la vuelta de página después de dos centurias de abandono, accede a la máxima magistratura de la nación para iniciar un período distinto en las vidas y los destinos de millones de colombianos y colombianas que siempre fueron sólo la comparsa anónima y olvidada de tantos gobiernos en todo este tiempo.

El gesto insólito de jurar el cargo y luego dirigir sus primeras palabras acompañado por la espada de Bolívar, traída por su expreso mandato ante la negativa inicial de su predecesor, reúne toda esa carga de gran simbolismo que mencionaba al inicio, pues entraña la presencia de una promesa: ella no podrá descansar en paz mientras subsista ese régimen de iniquidad y oprobio para millones de seres que después de 200 años aún no han podido vislumbrar las bondades de una real independencia y de una vida digna y justa para todos. La espada desenvainada seguirá siendo la imagen acusadora de una tarea incumplida.


Su discurso fue un sólido y rotundo alegato en defensa de los objetivos trazados en la campaña, como por ejemplo las imprescindibles reformas que reclama una población con grandes índices de desigualdad, una verdadera vergüenza y motivo de escándalo moral para cualquier sociedad que se precie de ser democrática, así como su firme propósito de brindar todo el apoyo que requiere la implementación de los acuerdos de paz, que implica tomar en cuenta las conclusiones y sugerencias de la Comisión de la Verdad, cuyo informe final fue entregado hace poco por su presidente, el padre Francisco de Roux.

Así como ocurrió con Chile en marzo, con motivo de la toma de posesión del presidente Gabriel Boric, la llegada de Petro a la presidencia despierta grandes expectativas en toda Latinoamérica, pues no sólo es la promesa de una campaña, sino un inmenso desafío para todo el equipo que llega con él a dirigir los destinos de un país asolado por décadas de guerra civil, por los cárteles de la droga y por una desigualdad clamorosa que es imprescindible restañar ya.

Abrigo firmes esperanzas en que este flamante gobierno pueda avanzar un trecho importante en favor de objetivos tan laudables. Es sin duda lo mejor que ha podido pasarle a Colombia, a despecho de quienes desde sectores retrógrados y reaccionarios de la sociedad siguen anclados en sus prejuicios ideológicos y sectarios que les impide vislumbrar horizontes más amplios y diversos para un país hermano que merece un futuro más justo y equitativo.

 

Lima, 13 de agosto de 2022.

jueves, 4 de agosto de 2022

Imagen del Perú


En 1963 la Universidad Nacional Mayor de San Marcos publicó la tesis doctoral del escritor jaujino Edgardo Rivera Martínez, intitulada El Perú en la literatura de viaje europea de los siglos XVI, XVII y XIII, reeditado el año 2011 por la Fundación Manuel J. Bustamante de la Fuente, libro que he tenido oportunidad de consultar con la avidez que siempre despierta en mí un texto del autor. Subtitulada «Relaciones de corsarios y filibusteros», son observaciones, impresiones e imágenes sobre el Perú de este segmento de viajeros según su ocupación, sobre todo franceses, ingleses y holandeses. El motivo principal de la investigación es, en palabras del propio Rivera Martínez «el estudio del Perú como tema y motivo en la literatura europea, con excepción de la española, en los siglos XVI, XVII y XVIII». La tarea le llevó varios meses de trabajo en las bibliotecas de París, donde realizó sus hallazgos más importantes. La amplia bibliografía que acompaña la publicación da fe de ello.

Lo primero que debemos hacer es distinguir entre pirata, corsario y filibustero, a partir de las motivaciones de cada uno de ellos, aun cuando compartan el denominador común de asaltantes de mar. Mientras el pirata es el bandido que actúa libremente por los mares a la pesquisa de alguna embarcación a la que desvalijar o tomar prisioneros para exigir el rescate, el corsario lo hace bajo la protección de una nación determinada, específicamente de un rey o reina, como fue el caso de Inglaterra durante los siglos mentados. En el caso del filibustero, nombre de origen holandés que significa «el cazador del botín», su acción se circunscribe a la zona del caribe y las Antillas, en la etapa posterior al crepúsculo de la piratería en el Mediterráneo y en las costas adyacentes. Sin embargo, en el libro El filibusterismo (FCE, 1957) de J. y F. Gall, la denominación alcanza a todo aquel que ejerce el dudoso oficio de ladrón de mar.

Un aspecto que sorprende de estas relaciones es que estos corsario, piratas y filibusteros, siendo hombres generalmente pragmáticos y de pocas letras, hayan tenido la voluntad de registrar por escrito sus aventuras, peripecias e incursiones. Esa impresión se atenúa un poco si consideramos que algunos de ellos pertenecieron a la aristocracia de sus países, fueron validos de la corte o caballeros de alguna orden, como es el caso de Francis Drake, el mítico corsario inglés que actuó bajo la protección directa de la soberana de Inglaterra. Otros nombres pueden ser los de Thomas Cavendish y Richard Hawkins, que junto a otros personajes de la misma estirpe aparecen en el libro, mejor dicho, los testimonios de sus viajes por los mares del Sur.

Los apuntes y anotaciones de varios de estos bucaneros recalan en observaciones sobre la geografía de las costas de Chile y el Perú, destacando su carácter yermo y neblinoso, además de las montañas que divisan en lontananza, concluyendo que son las más altas que hayan visto en sus muchas travesías, incluyendo el Pico de Tenerife, tenido en ese entonces como la cumbre más elevada de la Tierra conocida. El autor distingue el estilo seco y objetivo de la mayoría de los textos. Así describen el extenso litoral que va de Chile al Perú. Muestran especial curiosidad por las llamas, auquénidos de paso grácil que transportaban las cargas de los viajeros; las comparan a los carneros europeos, por su complexión y abundancia de lana, y a las mulas por su fortaleza para soportar los trayectos y el peso que llevaban.

Una planicie desolada y desértica, el clima templado y las imponentes montañas divisadas o entrevistas desde la costa, son las comunes impresiones de estos viajeros cuyo objetivo no era precisamente la contemplación estética del paisaje, ni el afán científico por el conocimiento de la geografía y las costumbres de los pueblos donde realizaban sus incursiones. Su avidez y codicia por el oro y la plata, por los tesoros en general, los hacía temibles en las costas por donde cruzaban. Los galeones españoles eran su presa favorita, así como los poblados que encontraban a su paso, los que eran saqueados sin misericordia ni contemplaciones. La ciudad peruana de Paita puede dar testimonio de ello. La leyenda de El Dorado subyacía en la imaginería de estos aventureros codiciosos que asolaban las costas del Pacífico.

Tal vez habría que precisar que las relaciones de los viajeros consignados, según lo reconoce el propio autor, carecían de un interés propiamente literario, siendo las más de las veces apenas notas de una bitácora de marinero, con algunos chispazos y aciertos descriptivos, apuntes de interés histórico para el registro de una época singular de estas tierras, signada por estos personajes más propios de una novela de aventuras, que fueron protagonistas y antagonistas de la historia del comercio marítimo internacional, y que estuvieron vigentes hasta el siglo XIX, cuando merced al desarrollo de la tecnología, entraron en una etapa de obsolescencia y pronto vieron su extinción. También es cierto que sus escritos no nos ofrecen una imagen completa del Perú, pues por razones obvias los piratas no tuvieron ocasión, ni quizás tampoco interés, por incursionar en la sierra y menos en la selva, por lo que sus visiones son parciales y focalizadas sólo a una de las llamadas regiones naturales del Perú. Más allá de ello, el libro se lee con agrado y vivo interés.

 

Lima, 2 de agosto de 2022.


sábado, 30 de julio de 2022

Una breve historia de la humanidad

 

Hace dos millones de años los humanos eran apenas unos animales insignificantes en África oriental. Varias especies humanas convivían en el mundo hasta hace aproximadamente 10 000 años, cuando una de ellas logró imponerse y dominar la Tierra como nadie lo había hecho hasta entonces. La historia de esta sorprendente travesía está narrada con gran precisión de datos y de una manera amena y documentada en Sapiens. De animales a dioses (Debate, 2013), del historiador israelí Yuval Noah Harari, profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor de numerosos libros de difusión masiva donde expone sus fascinantes investigaciones sobre la materia en la que es todo un experto.

Me ha llevado un buen par de meses en la gratísima compañía de este texto que considero fundamental para el conocimiento de cómo el hombre actual ha logrado alcanzar el grado de desarrollo que le ha permitido enseñorearse del planeta, a veces pasando por encima de las vidas de otras especies y sobre la misma naturaleza, causando estragos increíbles que nos ponen al borde de nuestra propia extinción. El autor aborda el tema a partir de tres grandes revoluciones que ha atravesado la peripecia humana: la cognitiva, la agrícola y la científica. Pasos importantes en ese devenir han sido indudablemente la domesticación del fuego y la cocción de los alimentos, así como el cerebro extremadamente grande de los sapiens y el coste de pensar.

Uno de los factores decisivos para el predominio del homo sapiens ha sido la existencia del mito, pues como señala Harari «un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes». Esta sería la explicación de por qué los humanos pueden formar imperios que gobiernan a millones de personas, cuando el umbral en el caso de los chimpancés es de 150 individuos. Contrasta para el caso la realidad objetiva y la realidad imaginada en la leyenda de Peugeot, la marca francesa que es un verdadero modelo de organización en la esfera de esta abstracción. Concluye el autor: «La verdadera diferencia entre nosotros y los chimpancés es el pegamento mítico que une a un gran número de individuos, familias y grupos. Este pegamento nos ha convertido en los dueños de la creación».

Un aspecto de la preocupación moderna con relación a la salud de la población mundial encuentra una explicación bastante atendible en el razonamiento de Harari. Se trata de la propensión del hombre contemporáneo al consumo de exageradas dosis de calorías, que ha traído aparejado el problema de la obesidad en grandes sectores de la población de los países especialmente occidentales. «El instinto de hartarnos de comida de alto contenido calórico está profundamente arraigado en nuestros genes», pues en los tiempos en que éramos cazadores y recolectores la idea era aprovechar al máximo la ración disponible de los alimentos que encontráramos a mano, porque no podíamos saber si más adelante tendríamos la misma suerte para hallarlos.

Se detiene también en algunas características de este período de nuestra evolución, donde los cazadores-recolectores eran animistas, o suponemos que lo eran. «El perro fue el primer animal en ser domesticado por Homo sapiens, y esto tuvo lugar antes de la revolución agrícola», sentencia el autor confirmando un dato que la historia ha registrado hace ya un tiempo. Asimismo, pone de relieve el rol de los sapiens en la extinción del 90% de la megafauna australiana, adonde llegaron hace 45 000 años. Califica a nuestra especie como la «más mortífera en los anales del planeta Tierra», y de forma más contundente aún lo define como «un asesino ecológico en serie».

El relato de que la revolución agrícola fue un gran salto adelante para la humanidad constituye, para Harari, una fantasía, el mayor fraude de la historia, porque «no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio». Sostiene que el trigo, el arroz y las papas domesticaron a Homo sapiens, pero este proceso duró miles de años, y al final fue una trampa de la que ya no pudimos salir. Diagnostica una contradicción entre el éxito evolutivo y el sufrimiento individual que se acentuó, o por lo menos permaneció inalterable. Con la agricultura surgió también la preocupación por el futuro. Insiste varias veces en que los mitos y los órdenes imaginados son los que permiten la existencia de redes de cooperación en masa.

Realiza un breve registro de las escrituras del mundo, iniciada entre los sumerios, en Mesopotamia, luego siguieron los egipcios, los chinos y la América central. Hay una importante mención al quipu inca como sistema de memoria para conservar datos que sirvieron para la administración de un imperio. Es importante recordar que los textos como la Biblia, La Ilíada, el Mahabharata y el Tipitika budista empezaron como obras orales. Agrega que los números que llamamos arábigos lo inventaron en realidad los hindúes, mientras que actualmente los árabes usan dígitos muy diferentes de los occidentales.

Una comprobación recorre estas elucubraciones del autor: las redes de cooperación que se fundan en ficciones, y también en la escritura, no reconocen que no son naturales, es por eso que persiste la injusticia en la historia. Una expresión de ello sería el mito creacionista hindú, según el cual el sol fue creado del ojo de Purusha; la luna, de su cerebro; los brahmanes, de su boca; los chatrias, de sus brazos; los vaishias, de sus muslos; los sudras, de sus piernas. Otra certeza que establece es que en realidad nada es antinatural desde la perspectiva de la biología. Los conceptos de natural y antinatural han sido tomados de la teología cristiana, no de la biología, así como la discusión sobre sexo y género, los mitos en los que se han fundado las sociedades patriarcales.

La flecha de la historia apunta en una sola dirección, los mundos humanos de los siglos pasados tienden a unificarse. La visión global se va imponiendo lentamente a través de tres órdenes fundamentales: el económico (monetario), el político (imperios) y el religioso. Por ello afirma categóricamente: «El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza que jamás se haya inventado». En el acápite «Visiones imperiales», desdemoniza el término «imperio»; enfatiza los lados positivos de su vigencia; hace un recuento de los principales imperios que han prosperado en la historia y los múltiples beneficios aportados al desarrollo de la humanidad. El mundo marcha hacia el establecimiento de un imperio global. Y en seguida abona con una reflexión no exenta de polémica: «Hoy en día se suele considerar que la religión es una fuente de discriminación, desacuerdo y desunión. Pero, en realidad, la religión ha sido la tercera gran unificadora de la humanidad, junto con el dinero y los imperios».

Figura también una interesante explicación del politeísmo, así como una aclaración histórica sobre la relación entre Roma y el cristianismo, teniendo en cuenta que primero fue una religión perseguida y sorprendentemente luego se convierte en religión oficial. Otro lado de este fenómeno es la posterior ruptura entre católicos y protestantes, una lucha encarnizada por la interpretación auténtica del mensaje cristiano. Es sorprendente el caso de que esta secta judía se haya apoderado de todo un imperio. El mundo pasó de ser politeísta a monoteísta al comenzar el siglo XVI. «El cristiano cree en el Dios monoteísta, pero también en el Diablo dualista, en santos politeístas y en espíritus animistas», observa el historiador. Esto se llama sincretismo, que, reconoce, «podría ser la gran y única religión del mundo».

El budismo es una religión que prescinde de los dioses, o que no los considera tan importantes. Siddharta Gautama, el Buda, «resumió sus enseñanzas en una única ley: el sufrimiento surge del deseo; la única manera de liberarse completamente del sufrimiento es liberarse completamente del deseo, y la única manera de liberarse del deseo es educar la mente para experimentar la realidad tal como es», apunta con perspicacia Harari, para quien hay religiones humanistas como el liberalismo, el capitalismo y el comunismo; así como el humanismo liberal, el humanismo socialista y el humanismo evolutivo.

Sobre el conocimiento de la historia posee una visión bastante particular: «Estudiamos historia no para conocer el futuro, sino para ampliar nuestros horizontes, para comprender que nuestra situación actual no es natural ni inevitable y que, en consecuencia, tenemos ante nosotros muchas más posibilidades de las que imaginamos». De la misma manera: «Al igual que la evolución, la historia hace caso omiso de la felicidad de los organismos individuales. Y los individuos humanos, por su parte, suelen ser demasiado ignorantes y débiles para influir sobre el curso de la historia para su propio beneficio». Estamos por una parte ante los destellos purísimos de la libertad, cuyas alas desplegadas nos pueden servir provechosamente para cambiar nuestro destino, pero también ante los designios implacables de la fatalidad, o de la voluntad como diría Schopenhauer, sobre todo por nuestra propia incapacidad para hacerle frente con la fuerza de la inteligencia. La historia sería como ese jardín de senderos que se bifurcan de la ficción borgiana.

Leyendo el capítulo titulado «El descubrimiento de la ignorancia», no pude evitar recordar las palabras de Sábato en uno de sus luminosos ensayos, donde afirmaba con gran sentido de la ironía y usando una de sus clásicas paradojas, que el porvenir de la ciencia era la ignorancia, pues cuanto más el ser humano había avanzado en su conocimiento del mundo, más se percataba de que la vastedad del saber humano era inabarcable. Más allá del sapere aude latino y del «saber es poder» de Bacon, lo cierto es que la parcela de nuestro dominio de la ciencia es infinitamente pequeña frente a la inmensidad de aquello que ignoramos. Aun así, el acto supremo de haber arrebatado el fuego del saber a los dioses, nos equipara al héroe mítico Prometeo, símbolo de esa innata aspiración humana por desentrañar las verdades de la existencia.

En esta perspectiva podemos entender mejor el maridaje entre ciencia, industria y tecnología, facilitado por la imposición del sistema capitalista a través de la revolución industrial, cuyo auge entre 1750 y 1850 significó un vuelco absoluto en las dimensiones del desarrollo moderno, que trajo consigo una serie de innovaciones que mejoraron de manera innegable la calidad de vida del hombre, aunque con la cuota injustificable de sufrimiento y degradación para importantes segmentos de la población, algo que tampoco debemos olvidar. Estos avances nos hicieron también contemporáneos de todos los hombres, aun cuando sujetos al molde cultural del Viejo Mundo. Harari lo demuestra de la siguiente manera: «En la actualidad, todos los humanos son, en mucha mayor medida de lo que en general quieren admitir, europeos por su manera de vestir, de pensar y por sus gustos. Pueden ser ferozmente antieuropeos en su retórica, pero casi todo el mundo en el planeta ve la política, la medicina, la guerra y la economía con ojos europeos, y escucha música escrita al modo europeo con letras en idiomas europeos». Una forma visible de ese «amor entre el imperialismo europeo y la ciencia moderna» que el autor ha rastreado en su estudio.   

En otro acápite aborda el tema de Colón, quien era todavía un hombre medieval, mientras que Américo Vespucci fue el primero moderno. Quizá ello explique el hecho de que el gran cartógrafo alemán Martin Waldseemüller le pusiera América al nuevo continente descubierto, creyendo que su descubridor era Vespucci. En fin, son los curiosos vaivenes de la historia y las decisiones muchas veces erradas que luego se prolongan por los siglos estableciendo verdades incontrastables. Por lo demás, así como las campañas napoleónicas permitieron que un estudioso francés descifrara la escritura jeroglífica, igualmente el oficial inglés Rawlinson, enviado a Persia en 1830, logró descifrar la escritura cuneiforme, tal vez la más antigua de la humanidad. Son conquistas surgidas del azar, consecuencias de hechos de armas muy concretos que terminan en aportes fundamentales para el acervo cultural mundial.

En otro orden de cosas, la extensión del crédito permitió el crecimiento de la economía, un acto de confianza en el futuro por parte del emprendedor. Pues el capitalismo consiste en esencia en invertir la riqueza obtenida, a través de dinero, bienes y recursos, en producción. Y a propósito del capitalismo intercala un dato histórico sorprendente. Resulta que la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (WIC) logró el dominio de la costa atlántica de América y fundó Nueva Amsterdam a orillas del río Hudson; sin embargo, los indios y los ingleses atacaron dichas posesiones movidos por causas disímiles, por lo que los holandeses decidieron construir una muralla para defenderla. Finalmente, los ingleses logran apoderarse de la zona y rebautizan la colonia como Nueva York. Actualmente la muralla yace bajo la principal arteria de la ciudad, Wall Street, la calle de la muralla.  

Un apunte más sobre economía: entre los trastornos que trajo la revolución industrial, uno de los más notables fue la imposición del tiempo de los relojes. Sobre el mismo tópico hay una reflexión muy sagaz de Ernesto Sábato en su libro Hombres y engranajes (Alianza Editorial, 1980). La vida natural se rige por el tiempo de las auroras y los crepúsculos, por la presencia del sol vertical al mediodía y por las necesidades espontáneas de los hombres, no por el tiempo simultáneo de las oficinas y los horarios laborales. El despuntar del alba y la puesta del sol están hoy velados por esas torres babilónicas que dominan las ciudades; la hora del comer y del dormir ya no están determinadas por el hambre ni por el sueño, sino por los requerimientos cronométricos de las jornadas unánimes del trabajo que dictan la industria y la vida moderna.

El Estado y el mercado han fortalecido así cada vez más al individuo, pero a un costo muy alto: su alienación. Según Harari, el Estado y el mercado han sustituido a la familia tradicional y a las comunidades. Ahora hay nacionalismo y consumismo, lo que él llama «comunidades imaginadas». Demuestra con cifras que nuestra época, en comparación con otras del pasado, es esencialmente pacífica, tanto por los costes de la guerra como por los beneficios del comercio en tiempos de paz. No obstante, reconoce que es arduo el problema de medir la felicidad, porque ésta no sería objetiva, pues no siempre el dinero, la salud y las relaciones sociales nos proporcionan la dicha a todos por igual, sino que más bien depende de las expectativas subjetivas de las personas. La conclusión es clarísima: la historia no se ha preocupado de saber de qué manera los acontecimientos del mundo influyen o no en la felicidad humana.

Finalmente, avizora lo que nos depara el porvenir a partir de lo que contemplamos en estos albores del siglo XXI, donde Homos sapiens ha rebasado los límites de la selección natural a través del diseño inteligente que ya empieza a tener un asombroso futuro. Entre la bioingeniería, los cíborgs y la vida inorgánica se desenvolverá la humanidad en las próximas décadas. No sabemos a dónde puede llevarnos todos esos cambios que se avecinan, pero no cabe duda de que se trata de una realidad que sobrepasa cualquier previsión. El libro del profesor Harari es una valiosa contribución para entender la marcha de nuestra especie desde sus orígenes hasta nuestros días, escrito con la lucidez y el conocimiento propios de alguien que ha hurgado con paciencia y dedicación en los entramados más profundos de esta insólita especie a la que pertenecemos.

 

Lima, 28 de julio de 2022.