sábado, 25 de junio de 2011

Obama y Afganistán

El anuncio hecho por el presidente de los Estados Unidos, sobre el retiro gradual de las tropas norteamericanos del país asiático, no es sino el cumplimiento de una de las promesas de la campaña que lo llevó a la Casa Blanca, y que por diversas circunstancias no había podido aún realizarla.


No era fácil, al iniciar su gobierno en enero de 2009, poner en práctica un punto crucial de su plan de gobierno referido a temas internacionales, como tampoco lo eran una serie de asuntos que conciernen a la política interna de la unión. Poderosos intereses, enquistados durante largo tiempo en los entramados del poder, lo impedían; es por ello que también en este caso surgen voces discrepantes sobre la conveniencia del plan dado a conocer por Barak Obama.


Se sabe, por ejemplo, que desde el inicio de la guerra de Afganistán en el año 2001, cuando el movimiento talibán fue despojado del poder, al empuje de la intervención de las fuerzas occidentales encabezadas por los Estados Unidos, la industria militar no ha cesado de crecer y de alimentar artificialmente un conflicto a todas luces insensato y absurdo.


Cuando la empresa fue acometida por la administración del expresidente George Bush, con el claro propósito de escarmentar a quienes habían sido los autores de los atentados del 11 de septiembre, se pensó que bastaba una incursión militar de este tipo, para acabar con el peligro que entrañaba la presencia de las agrupaciones terroristas en las inhóspitas montañas que son su refugio, en la frontera entre Pakistán y Afganistán.


Diez años después, los resultados son más que decepcionantes, pues más allá de la muerte de Osama Bin Laden, perpetrada a comienzos de mayo pasado, el movimiento yihadista internacional sigue operando a sus anchas, ahora bajo el mando del médico egipcio Ayman Al Zawahiri, sucesor de Bin Laden e ideólogo primigenio de Al Qaeda. Lo mismo sucede con el movimiento talibán, cuyo accionar se mantiene en parecidos estándares a los que encontró el ejército invasor cuando su incursión de hace una década.


Los costos de tamaño despropósito son altísimos en todos los términos. Un billón de dólares le cuesta al erario nacional este jueguito de la guerra, amén de los 10 000 millones al mes para mantener a las tropas de ocupación; 1600 norteamericanos muertos y una cantidad incalculable de víctimas civiles y militares, a la par que la destrucción material y moral de una nación al borde mismo del colapso.


Es que los intereses económicos de los mercaderes de la muerte son invencibles, sus jugosas ganancias en la venta de armas no pueden perjudicarse por la sencilla razón de que una secta de locos pacifistas quiera edificar un mundo mejor para todos. Sus objetivos son otros, están al margen de las preocupaciones humanitarias de quienes se imaginan la existencia como una posibilidad de pensar y vivir los valores esenciales del hombre, y no como una mera ambición de lucrar con medios funestos.


Obama ha dicho que de aquí al otoño del 2012, cerca de 33 000 soldados regresarán a casa, y que el programa total del retiro norteamericano está fijado para 2014. Mientras tanto, quedarán en esas lejanas tierras alrededor de 70 000 efectivos, una cantidad todavía significativa de una presencia que ya se parece mucho a la que tuvo el país en Vietnam en el pasado reciente. Una analogía válida, pues así como les sucediera en aquella ocasión, ahora tendrán también que marcharse con tan magros resultados entre las manos. Además, si se tiene en cuenta que al llegar a la Casa Blanca, ya había en la zona un número igual de soldados, y que una de las primeras medidas de su mandato fue decretar el incremento de las tropas en 30 000, prácticamente lo que va hacer de primera intención es volver al statu quo de 2009, para después recién iniciar el verdadero retiro según lo prometido como candidato demócrata.


Otro aspecto dramático de esa presencia indebida de un ejército invasor, es la secuela terrible de auténticos asesinatos cometidos contra la población civil. Se han reportado numerosos casos en que los soldados norteamericanos han equivocado flagrantemente su objetivo, acabando con la vida de una cantidad desconocida de hombres, mujeres y niños absolutamente inocentes; víctimas a las que se califica utilizando un eufemismo -“daños colaterales”- tan criminal como su accionar. Como si las personas importaran menos que sus fines macabros.


Sin haber acabado, pues, con el terror, como pretendía, sin haber logrado neutralizar siquiera a la fuerzas extremistas que buscan su destrucción, el gobierno de Washington experimenta una derrota más frente a una realidad infinitamente más compleja de como la imaginan los hombres -diré más bien los halcones- del Pentágono. Pero lo cierto, igualmente, es que Afganistán, sin la tutela colonial de nadie, debe asumir soberanamente su propio destino, reconstruirse como país, independientemente de los propósitos y las metas de las potencias imperiales, que siempre han buscado inmiscuirse en su camino para satisfacer sus propios intereses y objetivos, que casi nunca coinciden, ni son los mismos, que los que mueven a esa desarticulada y precaria nación.



Lima, 25 de junio de 2011.

viernes, 17 de junio de 2011

Jorge Semprún

El fallecimiento del escritor y político franco-español Jorge Semprún, hace unos días atrás en París, ha servido para recordar la intensa trayectoria vital de una figura axial en el devenir histórico del siglo XX. Nacido en Madrid, pero afincado casi toda su vida en la ciudad Luz, adonde llegó tras el triunfo del franquismo en España en 1939, Semprún es un caso atípico en el mundo de la cultura contemporánea.


Le tocó vivir, a temprana edad, dos hechos que prefigurarían el rumbo posterior de sus pasos durante la segunda guerra mundial: la muerte de su madre cuando él era apenas un niño y el comienzo de la guerra civil en su país. El primero, sin duda, lo marcaría de una forma personal, que sólo él ha sabido sobrellevar a través de los años en esa peripecia espeluznante que el azar se encargó de asignarle. El segundo significó su pronta incursión en el mundo de la lucha política de la manera más encarnizada.


Su incipiente militancia en el lado republicano, aun cuando fuera de modo larval, le señaló el obligado camino del exilio. Se trasladaría con su padre -un importante funcionario diplomático del gobierno español- y sus hermanos a Francia, país que a su vez se aprestaba a vivir uno de los capítulos más negros de su historia. Así como en España se identificaría con la resistencia antifranquista, en Francia el reloj de la historia le marcaría la hora de la resistencia antinazi, despertando, muy joven aún, a la conciencia de los totalitarismos y los extremismos ideológicos que tanto daño implicaron para la humanidad en el siglo pasado.


Pero el destino le tendría reservado un capítulo especial, una verdadera prueba de fuego, a este “rojo español” -como le gustaba calificarse-, conduciéndolo, cual diligente Virgilio, a una de las experiencias límite más inauditas que ser humano pueda haber vivido: el descenso, por los dantescos círculos infernales de la barbarie nazi, al campo de concentración de Buchenwald; fidedigno asiento del hades en la tierra, tanto como lo fueron Auchswitz, Treblinka, y tantos otros nombres pavorosos que son el perfecto sinónimo de todo el horror desatado en Europa, a mediados del siglo XX, por un incurable psicópata como Hitler.


Tenía apenas veinte años cuando fue capturado por las tropas alemanas y enviado a ese reducto bestial de la demencia nazi, iniciando así una travesía horrísona que dejaría su impronta de fuego y ceniza, en el alma y la memoria de este joven naturalizado francés que arrastraría para siempre el estigma indeleble de haber padecido en carne propia lo que millones de seres humanos, especialmente judíos, padecieron en el llamado holocausto.


Cerca de dos años vivió en medio del horror, del cual recuerda sobre todo -según él mismo ha declarado- un olor que no se parece a ningún otro, pero que no todos están acostumbrados a sentir: el olor de la carne quemada. Ese olor lo ha acompañado toda su vida como un sello imborrable de su paso por ese infierno. Y cuando fue liberado por las tropas aliadas en 1945, junto con miles de cautivos, de los trabajos forzados que realizaban para sus verdugos, la memoria trae a su mente la imagen y el nombre de esos dos soldados que lo ayudaron en sus primeros pasos hacia la libertad. Curiosidad histórica: aquellos combatientes eran ambos judíos germanos pertenecientes al ejército de los Estados Unidos. Todo un simbolismo.


Su militancia comunista también le acarreó no pocos entredichos con la ortodoxia dominante. Esa fue la razón de su expulsión del Partido Comunista Español de Santiago Carrillo, con quien protagonizó una polémica muy esclarecedora, pues Semprún ya abominaba de todo aquello que tuviera un cierto atisbo de autoritarismo, de sectarismo obtuso y cerril; y así como antes se erigió en acérrimo enemigo del franquismo en su patria natal, ahora era el stalinismo el blanco predilecto de su posición crítica en medio de una época nublada por los extremismos más intransigentes.


De todo este maremágnum existencial surge una obra ejemplar y valiosa en muchos sentidos, especialmente el literario, el político y el ético; una obra escrita en su mayor parte en francés, que tiene en El largo viaje (1963) y en La escritura o la vida (1994), quizás los títulos más significativos. Pero no debemos olvidar también al Semprún guionista, aquellos textos que sirvieron para que cineastas de la talla de Costa-Gavras o de Alain Resnais, fraguaran unos filmes inolvidables en la segunda mitad del siglo que se fue.


Por último, su papel como ministro de Cultura en el gobierno del socialista Felipe González en España, estuvo envuelto por un espeso velo de odios gratuitos y resentimientos estériles. Como siempre, el espíritu provinciano de muchos que le achacaron que no viviera en España, que fuera francés o que simplemente fuera comunista, tuvo su cuota de participación. Pero más allá de esas pequeñas miserias, Federico Sánchez -el disfraz onomástico que siempre utilizó Jorge Semprún- quedará como la figura ejemplar del intelectual y el político que no sólo fue testigo de su tiempo, sino protagonista central. Un tiempo que él encarnó mejor que ninguno con la pasión y el fervor de su entrega.



Lima, 17 de junio de 2011.


sábado, 11 de junio de 2011

Alivio y esperanza

Luego del triunfo neto del candidato nacionalista Ollanta Humala en las elecciones del pasado 5 de junio y, por consiguiente, de la derrota convincente de la candidata del fujimorismo, así como de los gestos, actitudes y declaraciones del presidente electo, son dos los sentimientos que resumen mejor que ninguno la reacción de millones ante lo sucedido en nuestro país: alivio y esperanza.


El haber impedido por la vía democrática, con la fuerza moral de las urnas y la decisión consciente de millones de peruanos, el retorno de un grupo político con serios antecedentes antidemocráticos y con muchos de sus miembros en las cárceles o siendo buscados por la justicia, constituye por sí mismo un gran triunfo de los valores inmanentes del ser humano y de toda sociedad civilizada.


Si el solo hecho de haber pretendido regresar al poder, después de las tropelías y atrocidades perpetradas en el régimen del señor Alberto Fujimori y de su estrechísimo aliado Vladimiro Montesinos, era ya una osadía descabellada y una insolencia descomunal, el rechazo que ha expresado una mayoría de peruanos a tamaña desvergüenza no nos puede dejar sino reconfortados con ese fondo de reserva ética que ha obrado de manera contundente en la conducta de nuestros compatriotas.


Alivio porque no podía caber en nuestra cabeza la sola idea de que la hija de un expresidente condenado por delitos de corrupción y de violación de derechos humanos, la heredera moral y política de un gobierno nefasto y repudiable, se erigiera, en pocos años de transcurridos dichos crímenes y fechorías, en la presidenta de la República, como si nada hubiera pasado y pasando por encima de la memoria de miles de peruanos que sufrieron en carne propia las villanías de ese régimen, y de millones de ciudadanos que observamos con asco, indignación e impotencia cómo avasallaban la democracia con su prepotencia autoritaria y su indecencia bestial.


Mas luego de anunciarse los primeros resultados de la contienda, y de verse confirmados después conforme pasaban las horas, la calma y la serenidad aquietaron nuevamente el espíritu de quienes batallamos todos estos meses con las solas armas de la memoria, la ética, la razón y el más estricto sentido de justicia. Era el merecido premio para tantas horas y días de ansiedad y preocupación, de aguardar, premunidos de una secreta esperanza platónica, el veredicto del pueblo, que con su honda sabiduría nos ha evitado la vergüenza universal de la legitimación de una de las dictaduras más horrendas y putrefactas de nuestra historia.


Contra la horda de carroñeros de la prensa hipotecada a intereses subalternos, triunfó limpiamente la decencia y la honestidad, encarnadas en este joven líder de nombre inca y raíces andinas, lo cual compromete aún más su mensaje de inclusión social y de lucha contra la pobreza en la que viven por lo menos diez millones de peruanos. No puede subsistir más la cruel paradoja de un país que, según las cifras macroeconómicas, es el que más crece en la región, mientras un importante sector de su población malvive en condiciones de estrechez, abandono y olvido secular.


Y esperanza, pues lo que ahora se nos abre para todos los peruanos es la posibilidad, históricamente tan postergada, de que un gobierno auténticamente popular administre las riendas del Estado en provecho de esas inmensas mayorías que jamás sintieron que eran tomadas siquiera en cuenta, que nunca se beneficiaron ni gozaron de lo que una privilegiada minoría usufructuó durante cerca de doscientos años, si solamente nos referimos al periodo republicano de nuestra historia.


Ese porvenir, entrevisto con las ansias de lo desconocido pero con la firmeza de la fe, no puede ser desaprovechado ahora que legítimamente se ha alcanzado el derecho y el deber de ejercerlo en nombre del pueblo, con el pueblo y para el pueblo, según la vieja y sabia sentencia del gran Abraham Lincoln.


Mientras Europa se derechiza, América Latina avanza en la senda del progresismo, de la mano de gobiernos de izquierda a los que se suma ahora el de Ollanta Humala a partir del 28 de julio. El rumbo que tome, signado por una política de integración con los hermanos latinoamericanos, debe significar además asumir un rol protagónico en el desarrollo de una posición independiente frente a los grandes centros de poder, privilegiando los lazos fraternos que nos vinculan a quienes comparten con nosotros esta travesía histórica.



Lima 11 de junio de 2011.


sábado, 4 de junio de 2011

Críticos cítricos

La labor de la crítica es, indudablemente, fundamental en todos los niveles de la creación, sea esta artística, científica o humanística; pero ello trae aparejado también una carga de responsabilidades que el que la ejerce debe asumir con la seriedad y el sentido de la ética que conlleva -o debe conllevar- toda actividad humana.
Este es el tema de una obra de teatro escrita por Mario Vargas Llosa y publicada en 1996, que lleva por título Ojos bonitos, cuadros feos, y que aborda de forma ágil y con una buena dosis de tensión contenida, la historia de una joven pintora que acaba en el suicidio al no poder tolerar la frustración de verse descalificada para la pintura por el hombre que más admira: el crítico y profesor de arte Eduardo Zanelli, reputado columnista de un prestigioso diario de la ciudad, cuyas enteradas opiniones y agudas observaciones sobre el panorama artístico del medio son tomados como verdaderos apotegmas por muchos aficionados al arte y por una legión de lectores.
Zanelli es un crítico que en sus artículos periodísticos puede elevar y consagrar una obra artística y, por lo tanto, encumbrar a su autor; como sepultar para siempre vocaciones incipientes de expositores optimistas e ingenuos. Es lo que el gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante llamaría -con ese especial talento para los juegos paronomásticos- un “crítico cítrico”, un ser dotado para el punzante dardo que hiere de muerte -en el caso de Alicia Zúñiga la expresión llega a ser literal- a la infeliz víctima.
Es aquí donde aparece Rubén Zevallos, teniente de la Marina, el vengador, el hombre que pretenderá hacer justicia con sus propias manos a la novia reticente y enajenada que un día desapareció de su vida dejándole una dolorosa y dolorida carta de despedida. Decide entonces buscar a quien, está seguro, es el directo culpable de la muerte de la mujer que amó y, probablemente, todavía ama. Conoce el lugar donde podría hallarlo y no se equivoca; acude a un vernissage, de los pocos o muchos que acontecen en la ciudad, y que es la ocasión propicia para encontrarse con toda aquella gente ligada al mundillo del arte: artistas, críticos, curadores, coleccionistas y los infaltables esnobs.
Lo aguarda entre los asistentes y le tiende la trampa infalible: un gesto, un simple mohín que es el santo y seña del envite al encuentro que él sabe deseable para el profesor. No ignora los gustos e inclinaciones del susodicho por el amor uranista; finge interesarse por un lance nocturno, una aventura furtiva y fugaz que hará las delicias del veterano crítico. Éste cede y cae limpiamente en la celada, se acerca, intercambian impresiones y luego lo invita a su departamento. Salen discretamente de la galería y se encaminan al escenario de los hechos centrales del drama.
En el diálogo que sostienen en los prolegómenos, se alterna la conversación entre Rubén y Alicia en clave de recuerdo, como un telón de fondo que tiende la memoria para echar luces, desde el pasado reciente, a un presente a punto de precipitarse en un desenlace truculento. Paralelamente a los hechos, aquella trae al instante real los pormenores de una relación tortuosa e interrumpida, que desencadena la voluntad homicida del joven militar, que ve en el hombre de arte al odiado verdugo de su compañera.
Pero en el momento que Eduardo cree que ha llegado la hora de su dicha, salta la liebre: Rubén le espeta a bocajarro el verdadero motivo de su presencia en el departamento. Luego de un diálogo crispado, irisado de ironías y frases ambiguas, donde ambos descubren facetas ocultas de su personalidad, éste le revela su real intención: vengar la muerte de Alicia. Ha ido preparado para ello, sin dejarle a Zanelli el menor resquicio de escapatoria. Es la escena de máxima tensión de la trama; ante el intento de defensa que esgrime el crítico, el teniente lo encañona con un revólver sin silenciador. En medio de libros, cuadros, discos, un cartel de una exposición de Mondrián y la música de Mahler, se está a punto de asistir a un asesinato, al crimen o al ajusticiamiento de una persona que, muerta de miedo, implora clemencia a su atacante.
Pero el fin no puede ser administrado de modo tan expeditivo, que le ahorre al condenado el suplicio que debe ser acorde a su culpa, así como al tamaño del dolor y daño inferidos. Es por eso que Rubén lo mantiene en vilo, retrasando la ejecución mientras el otro se desvive en promesas de cambio, de expiación y de regeneración a cambio de su vida. Rubén dispara, pero el tiro no se produce; es el modo de castigo que ha ideado para ese ser al que desprecia por sobre todo. Entonces Eduardo, que había esperado ese momento lleno de pavor, se recompone lentamente mientras el joven teniente se despide no sin antes exhortarle a que nunca más proceda así con los jóvenes artistas. Le dice al salir: “Si por casualidad nos encontramos, no me saludes.”
Es el final de una magnífica pieza teatral que rompe los moldes formales del género, pero que la refresca de la mejor manera para entregarnos una obra de arte de gran calidad.

Lima, 4 de junio de 2011.

sábado, 28 de mayo de 2011

El otro rostro del fujimorismo

La primera vez que escuché mencionar, en los medios de comunicación, que la hija del dictador Alberto Fujimori pretendía postular a la Presidencia de la República, lo tomé como una humorada de mal gusto. Pero cuando esa pretensión fue tomando cuerpo y se hizo realidad, mi sonrisa escéptica se trocó en estupor. No cabía en mi pensamiento la sola idea de que quien ejerciera el decorativo cargo de Primera Dama, durante buena parte del gobierno de su padre, se creyera capaz de tentar un cargo para el que evidentemente se necesitan más credenciales democráticas que los de ser simplemente la hija de un ex presidente o la congresista más votada.


Y ahora que estamos ad portas de presenciar la mayor indecencia política del siglo XXI, el bochorno monumental que significaría el retorno al poder de esa gavilla de ladrones, corruptos y criminales que detentaron el poder entre el año 1990 y el 2000, mi asombro indignado se dispara a las nubes. Pues siguiendo la lógica monstruosa inaugurada en la primera vuelta, si, según es el consenso, en esa ocasión se eligieron a las dos opciones que poseían los más altos índices de rechazo entre la población, en esta ocasión correspondería votar por la peor de ellas.


La vuelta a Palacio de Gobierno de un régimen que se asentó en pilares de mugre, como el asistencialismo barato, la corrupción generalizada, la ausencia absoluta de ética, la violación sistemática de los derechos humanos, la esterilización forzosa de miles de campesinas en las zonas andinas, el auspicio de una banda paramilitar para cometer asesinatos selectivos, la compra impúdica de políticos, periodistas, empresarios, dueños de medios de comunicación, por parte del gemelo siniestro que purga sus delitos en la Base Naval, no puede producir sino el rechazo más enérgico de quienes, desde la dignidad, la decencia y la ética, se oponen tajantemente a ese despropósito.


Los mismos rostros y nombres de la década nefasta regresan -cual una versión tragicómica de los muertos vivientes-, empezando por el impresentable Rafael Rey, candidato a la vicepresidencia y vocero deslenguado del fujimorismo ramplón y cómplice de asesinos. Carente de principios y valores auténticamente democráticos, el camaleónico personaje se desliza entre la ciénaga de sus prejuicios y estereotipos ideológicos, y la matonería bravucona y grosera de sus desplantes a la prensa independiente. Posee la misma catadura moral de otro personajillo proveniente de las canteras de la prensa, que hoy actúa impunemente de mercenario privilegiado de los sectores más recalcitrantes de la derecha que temen perder sus privilegios y gollerías.


Desde su patético papel de bufón de la pantalla chica, ese señor Bayly cree que puede orientar el voto del elector peruano sumándose a la campaña de albañal que practica el fujimontesinismo.


La supuesta denuncia de Bayly no es sino una muy interesada y muy interesante -como decía Nietzsche- toma de posición a favor de quien es infinitamente peor para el pueblo peruano: la opción que encarna la hija del ladrón y asesino de la Diroes; la cómplice directa de la dictadura del tandem Fujimori-Montesinos; la mala hija que avaló todas las vejaciones y tropelías que sufrió su madre por parte del verdadero felón de nuestra historia: el japonés Alberto Kenya Fujimori. El real traidor sinvergüenza es el mismo que envía ahora a su hija para cumplir su cometido mayor: salir de la cárcel junto con toda la pandilla que saqueó el país en la década ignominiosa de los 90. Yo no me trago ese inmenso sapo que el señor Bayly va a engullir con gusto el próximo 5 de junio.


Otra figura medular de esa pandilla es el desbancado vocero Jorge Trelles, quien en un rapto de vocación confesional afirmó que ellos “habían matado menos” que otros. Esta manifestación del inconsciente colectivo de esa agrupación nefanda, se ha visto confirmada luego con la negativa, por parte del mismo Rey, de reconocer que Montesinos es un asesino. Dizque no le constan sus crímenes, lo que en buen romance quiere decir que presume su inocencia, a pesar de la condena del Poder Judicial, y que en un eventual gobierno de la hija del felón, bien podría ser revisado su caso -valiéndose de mil leguleyadas y triquiñuelas jurídicas, para lo que se pintan los fujimoristas- y salir libre de polvo y paja. Eso como corolario de la otra máxima pretensión del fujimorismo: la liberación del sentenciado por delitos contra el patrimonio del Estado y lesa humanidad y de todos sus compinches que hoy purgan prisión.


El fujimorismo es, pues, una recua de ganapanes sin principios ni valores democráticos, una horda de filisteos desprovistos de toda noción de cultura y decencia, una manga de forajidos que predican el pragmatismo más simplón y plebeyo. Tras el rostro dulcificado y la voz melosa de su candidata, se agazapa en verdad la bestia más feroz del autoritarismo y el oprobio como formas de gobierno. Alguien ha recordado a propósito lo que alguna vez dijera la propia Susana Higuchi: que su hija tenía la “cara de ángel” para la gente de afuera, y “cara de diablo” para ella. Elegir a la candidata del fujimorismo sería revivir a la dictadura putrefacta inaugurada por el cabecilla de la banda, la vuelta a escena de nombres archiconocidos como Jaime Yoshiyama, Martha Chávez, Luz Salgado y otros -además de los ya mencionados-, que en la última década del siglo XX convirtieron nuestro país en un auténtico chiquero moral.


En suma, la libertad, la justicia, la dignidad, la decencia y todos los valores democráticos que en ese régimen fueron pisoteados y escarnecidos, deben constituirse en los principales baluartes de nuestra conducta cívica este 5 de junio. No podemos pensar -como muchos lo hacen desde la alcantarilla-, sólo con los bolsillos, teniendo en cuenta únicamente mezquinos intereses materiales; una nación también posee alma y espíritu, que no podemos permitir que sean mancillados nunca más, dejándolos en manos de una caterva de pillos y bribones.



Lima, 28 de mayo de 2011.

sábado, 21 de mayo de 2011

El caso DSK

Una verdadera conmoción en los círculos políticos internacionales, y específicamente franceses, ha ocasionado la repentina detención en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York, del Director Gerente del FMI, el socialista galo Dominique Strauss-Kahn. Minutos antes de despegar el avión de Air France que lo llevaría a París, la policía estadounidense lo ha capturado por los cargos de agresión sexual e intento de violación.


Dominique Strauss-Kahn -o simplemente DSK, como es conocido en los ambientes políticos de su país- era el más serio aspirante a la candidatura del Partido Socialista para las próximas elecciones presidenciales de abril de 2012. Su voceada participación en las primarias del legendario partido del recordado Francois Mitterrand, para hacer frente a las pretensiones reeleccionistas del actual mandatario Nicolás Sarkozy, lo había situado en una posición expectante en el escenario de la renovación de la cúpula dirigencial de la nación francesa.


Los hechos, que al principio estaban rodeados de cierta ambigüedad y malos entendidos, se han ido aclarando poco a poco. Al parecer, DSK habría atacado a una camarera del elegante hotel Sofitel de Nueva York, en circunstancias en que esta se aprestaba a cumplir su servicio en la habitación que ocupaba el jerarca de las finanzas mundiales. Tras el forcejeo, la denunciante habría logrado huir de las manos de su agresor, no sin antes haber sufrido el humillante y condenable embate de quien se aprestaba a someterla por la fuerza.


Luego del fallido intento, el funcionario ha salido presuroso del hotel rumbo al aeropuerto, donde debía emprender el vuelo a Francia. Pero al abandonar el lugar del crimen, ha dejado su teléfono móvil en la suite en que se alojaba. Inmediatamente ha llamado a la administración del mismo para pedir que se lo remitieran al aeropuerto. Quizás fue su error más garrafal, pues le dio servida la pista de su fuga a la policía que le ha puesto el guante instantes previos al decolaje de la nave.


Los detalles de lo sucedido pertenecen tanto a la crónica policial como a los anales -nunca mejor utilizada esta palabra- de la psiquiatría. Lo que interesa dilucidar en primer lugar es el grado de culpabilidad -se habla incluso de un complot en su contra- de este economista y abogado que ocupaba uno de los cargos más altos de la burocracia del planeta, nada menos que jefe de un organismo que ha tenido en los últimos años un papel decisivo en el rescate de numerosas economías a raíz de la crisis del sistema capitalista del año 2008. Los abogados de ambas partes, el fiscal que ha planteado la denuncia y los jueces que evaluarán los delitos por los cuales está confinado en prisión, tendrán un papel protagónico en los próximos meses.


Pero el hecho, evidentemente, trasciende lo meramente judicial y adquiere la dimensión de un auténtico caso que concita el interés de diversos planos y ángulos de la realidad. Se sabe por ejemplo que el personaje es muy proclive al sexo opuesto, hasta el punto que su conducta ha sido calificada de “patología de tipo compulsiva”, lo cual le ha acarreado muchos problemas, de los que hasta ahora ha salido curiosamente librado. Por lo menos, posee dos denuncias serias que constituyen los antecedentes más graves de lo ocurrido en Nueva York. En ambas ocasiones, su comportamiento ha sido como la de un “chimpancé en celo”, según ha declarado una de las agraviadas. Se trata pues, a todas luces, de un serio problema de carácter, de una pulsión incontrolable que arrastra al individuo hacia actitudes muchas veces irracionales, de las cuales tal vez él mismo se asombra como enseguida arrepiente. Una fuerza superior que brota de los sustratos del inconsciente, que se posesiona por breves instantes de la persona más cuerda y racional, empujándola a cometer los actos más reprobables.


A ello se agrega ese elemento cultural que impregna a la sociedad estadounidense: el puritanismo, aspecto central de la ética protestante que, a diferencia de la ética católica que permea a las sociedades latinas, persigue la vida recta antes que la penitencia. Mas lo paradójico del asunto es que ello vale sobre todo para la vida sexual, mas no, verbi gratia, para el robo, ante el cual suelen ser más permisivos y laxos. Hablo del robo a gran escala, por supuesto.


Si la acusación sigue su curso y se llegan a probar los hechos, asistiremos a la incineración pública de un prominente personaje de la política francesa; al hundimiento de esta suerte de Titanic de la escena electoral del país de la Revolución Francesa y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Mientras tanto, surgen repotenciadas –unas más que otras- las aspiraciones presidenciales de otros líderes del socialismo francés, como es el caso de Martine Aubry, Sègolene Royal y Francois Hollande. Uno de ellos tendrá que lidiar con el actual presidente y con la candidata ultranacionalista Marine Le Pen, hija del tenebroso Jean Marie Le Pen, en las elecciones del año venidero.



Lima, 20 de mayo de 2011.


sábado, 14 de mayo de 2011

Operación Gerónimo

La cacería aparatosa y descomunal, en el poblado de Abbottabad, del líder de Al Qaeda por parte de un comando de élite de la Armada estadounidense, ha producido una serie de reacciones en el mundo entero, desde aquellas que en Occidente celebraron el hecho como una estricta acción de justicia -por lo de las Torres Gemelas-, hasta aquellas que en el mundo islámico se han levantado para amenazar con represalias por lo que consideran llanamente un crimen.


Lo que primero ha llamado la atención de los analistas y del público en general han sido las versiones contradictorias que ha emitido tanto la Casa Blanca como el Pentágono sobre los detalles de la operación, afirmando una cosa en un primer comunicado, y luego desdiciéndose y afirmando lo contrario en declaraciones posteriores. Si primero decían que Osama Bin Laden, al momento de su captura, poseía un arma y esa fue la razón por la que fue ultimado, después se han corregido reconociendo que el líder rebelde iba desarmado. Simultáneamente, se ha tratado de presentar una imagen caricaturesca y absolutamente desfavorable del personaje, cuando se ha dicho que habría utilizado a su propia mujer como escudo ante la incursión armada de estos campeones de la paz y los derechos humanos que, en son de justicieros, venían a tan lejanas e inhóspitas tierras sólo para cumplir con un designio sagrado.


Otro detalle interesante de la actuación ha sido la preparación de la misma, mantenida en secreto al más alto nivel y sin la participación ni de la policía ni del ejército paquistaní, un país formalmente aliado de los Estados Unidos en el Lejano Oriente en su cruzada contra lo que ellos llaman, de forma altisonante, el terrorismo internacional. Es decir, que el gobierno de Zardari, así como sus eficientísimos servicios de inteligencia, desconocían lo que cocinaba el gobierno norteamericano a sus espaldas. Ello quizá se deba a las crecientes suspicacias que experimenta la administración del presidente Obama ante la actuación del gobierno de Islamabad, pues para muchos funcionarios y personajes ligados a la Casa Blanca, es evidente la complicidad del mismo con los grupos alzados en armas.


Resulta igualmente curioso, desde una perspectiva histórica y hasta psicoanalítica, que la acción de los comandos haya sido bautizada como Operación Gerónimo, en alusión al nombre de uno de los últimos líderes indígenas que resistió en el Lejano Oeste la invasión y posterior consolidación de la presencia blanca en territorios que secularmente pertenecieron a una multitud de tribus y etnias aborígenes que poblaban lo que hoy es el territorio del país más poderoso del orbe. El escurridizo Gerónimo, efectivamente, fue un constante dolor de cabeza para los colonos yanquis que aspiraban al dominio total de unas tierras que no eran suyas.


Se sabe que Osama Bin Laden vivía a escasos metros de la principal escuela del ejército del país, a menos de cien kilómetros de la capital, y que su fortín era un complejo habitacional que estaba premunido de un sofisticado sistema de seguridad, aunque no contara con los servicios de telefonía y de internet. Hacían como cinco años que vivía en ese refugio, luego de que fugara de las montañas de Tora Bora y se convirtiera en un trashumante fugitivo por las hostiles fronteras de Afganistán y Pakistán, convirtiéndose así en el ermitaño de Waziristán, una leyenda que fue alimentada por su ubicuidad y por sus increíbles dotes de sobrevivencia.


Se equivocan y pecan de inocentes quienes creen, desde las altas esferas del poder en el gobierno de Washington, que la muerte del número uno de la organización terrorista más temible del planeta, va a significar que éste sea más seguro. Al revés; lo que va a propiciar esta ejecución del millonario saudí, es el revitalecimiento de la yihad en el mundo islámico, despertando con más ardor que nunca la rabia y la sed de venganza de los miles de muyahidines que, esparcidos en numerosos países árabes, van a tratar de aplacar su cólera atacando objetivos directamente relacionados con Estados Unidos y sus aliados.


Otro aspecto que resulta cuestionable desde el punto de vista del derecho internacional, es la forma cómo ha actuado el gobierno estadounidense, violando de manera flagrante el territorio de Pakistán, aún cuando se tratara de capturar al terrorista más sanguinario del mundo. ¿Cómo es posible que la nación que se considera la abanderada de la democracia y la civilización, pueda haber actuado con métodos que ella misma reprueba, en teoría? Al terror no se le combate con el terror, sino con las armas de la ley y del derecho, con la noción clara de lo que diferencia a la civilización de la barbarie. Expertos y juristas consultados al respecto consideran lo ocurrido como un acto de ejecución extrajudicial, pues lo correcto hubiese sido capturar a Bin Laden y someterlo a la justicia, tal como se hizo por ejemplo con Sadam Hussein y con Slobodan Milosevic, dos bestias negras para el mundo civilizado. Bestias negras que, paradójicamente, recibieron el apoyo, en algún momento, de los mismos que ahora los anatematizan, por lo menos en el caso del ex presidente iraquí y del asesinado cabecilla de Al Qaeda.


Por lo pronto ya el movimiento talibán ha iniciado las represalias en Pakistán, donde luchadores suicidas han hecho estallar artefactos explosivos en lugares neurálgicos de las fuerzas armadas paquistaníes. Las naciones de Occidente han tomado todas las precauciones ante eventuales respuestas por la muerte del máximo líder del terror mundial.


Es cuestionable desde todo punto de vista el proceder de la gran superpotencia para tratar de protegerse de aquello mismo que ellos sembraron, y sobre todo por comportarse al mismo nivel de lo que con tanto recelo recusan y condenan. Tal pareciera que los halcones que otrora campearon por los pasillos del Pentágono todavía dirigieran la política exterior y de defensa del país de las barras y las estrellas.



Lima, 14 de mayo de 2011.