martes, 22 de octubre de 2013

La dama del Nobel

La concesión del Premio Nobel de Literatura 2013 a la escritora canadiense Alice Munro, es una maravillosa oportunidad para acercarnos a una voz desconocida y deslumbrante de la narrativa contemporánea. No salgo de mi asombro -con lo poco que recién estoy leyendo de ella-, por la manera en que una autora de su trayectoria y de su calibre, haya permanecido ignorada y oculta para una masa de ávidos lectores de otras latitudes del planeta.
     Fugazmente pude leer hace unos meses unas notas referidas a su figura y a su obra en una página web de un diario español, lamentando que no se conociera en el ámbito hispano ningún título suyo, pues a tenor de lo dicho en dichos reportajes, estábamos ante una formidable creadora que, silenciosa y pacientemente, había tejido una obra sólida y descollante en el género del relato breve. Creo que fue allí que por primera vez tuve ocasión de conocer la repetida comparación que se le hace con el eximio cuentista ruso Antón Chéjov.
     Por la sutileza como va construyendo sus tramas narrativas, por la delicada urdimbre con que va penetrando en la psicología de sus personajes, por ese juego diestro con los espacios y los tiempos, por la magia verbal con que va desplegando sus historias para presentarnos situaciones cotidianas y hechos aparentemente prosaicos, pero que a través de los trazos maestros de su prosa, llenos de gracia y sensualidad, se van transformando en parábolas modernas de las vicisitudes existenciales del hombre contemporáneo, la obra de esta mujer excepcional ya merecía figurar en la palestra de la literatura mundial.
     Los elogios que se le han tributado nunca serán exagerados ni inmerecidos, pues honra con sus libros y su arte consumado, la unánime crítica que a su favor ha cosechado en los medios de comunicación y en los círculos académicos, esta venerable dama de níveos cabellos,  nacida hace 82 años en un pueblito de Ontario, que desde su serena y apacible vida de ama de casa, consagrada con fervor y devoción a sus hijos y a su familia, supo abrirle un espacio de magia y fantasía a sus días, para entregarse con no menos fervor y devoción a la creación artística.
     La Academia sueca no ha tenido más remedio que rendirse a sus pies, reconociendo con el máximo galardón de las letras mundiales a quien ha labrado, como la abeja diligente del famoso proverbio chino, una obra descollante por su calidad y sus alcances universales. Prueba de ello son sus magníficos cuentos que, como las grandes novelas, nos presentan mundos acabados de perfección formal y estilística, universos cerrados de una ficción escanciada hasta la perfección.
     Me basta haber leído, por ahora, el primer cuento de Las lunas de Júpiter, titulado “Los Chaddeley y los Fleming”, para testimoniar sobre la grandeza de la concepción narrativa de Munro y sobre las dimensiones de su talento inquisitivo y singular para captar todas las sutilezas y todos los matices de la condición humana.
     Pienso en los numerosos hombres y mujeres que en el mundo vienen creando obras formidables en el más silencioso anonimato, hasta que el azar, determinadas circunstancias o el favor de los hados los catapulte a los primeros planos de la opinión pública, previo juicio de ese puñado de lectores de la Academia Sueca que se encarga de revisar cada año la producción de los hombres de letras de los más diversos rincones del globo. Es una limitación quizá que ocurra así, pero por ahora es aparentemente la única forma de poder descubrir, cuando aciertan los académicos, autores de valía en el panorama de la literatura universal.
     Mientras tanto, regocijémonos que esta vez también hayan acertado los jueces de Estocolmo, pues la difusión de la obra de Munro, que seguirá al premio, sin duda enriquecerá el acervo de las letras en el mundo, así como el espíritu de sus agradecidos lectores en cualquier lugar del planeta, a través de las distintas lenguas a que se ha traducido o se traducirá.

Lima, 21 de octubre de 2013.

      

sábado, 19 de octubre de 2013

Una discreta novela

La publicación de El héroe discreto (Alfaguara, 2013), reciente novela del Nobel peruano Mario Vargas Llosa ha suscitado una larga lista de comentarios, reseñas y recensiones que más o menos coinciden en lo esencial, con ligeros matices en los juicios que los críticos asumen desde su particular punto de vista. Para algunos, los seguidores incondicionales del escritor, se trata de una obra que confirma la maestría narrativa de quien hace apenas unos años fuera reconocido internacionalmente con el máximo galardón de las letras. Para otros, sus acérrimos impugnadores, es la demostración palmaria de su crepúsculo creativo.
     Lo curioso es que ambas posturas muy bien pueden estar poseídas de razón, no excluirse necesariamente, pues la lectura de la misma nos seduce precisamente por esa destreza del narrador, adquirida con los años y la práctica, para entregarnos una historia, o unas historias mejor dicho, que nos mantienen en vilo, estrategia tomada de las que usan los productores de la radio y la televisión para sus creaciones -los afamados culebrones-, que tanto encandilan al público latinoamericano.
     Pero es consenso general que no estamos, claro está, frente a una de las grandes ficciones del novelista arequipeño, a esas portentosas arquitecturas verbales que nos ha dejado a lo largo de su trayectoria, como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, por mencionar sólo algunas. Es más bien una obra discreta y menor entre la vasta producción del autor que abarca, entre novelas, ensayos y piezas dramáticas, más de medio centenar de títulos. Pues lo cierto es que la discreción es una virtud cuando se trata de una cualidad de la persona, pero no cuando se trata de una obra de arte.
     En esa estructura binaria que ya ha usado numerosas veces, Vargas Llosa narra dos historias que corren paralelas hasta que en un punto se tocan, trenzándose luego para precipitarse en un final común. La azarosa peripecia vital del piurano Felícito Yanaqué, un exitoso empresario transportista, dueño de una flota de camiones y ómnibus, que no sucumbe al chantaje de la mafia, que quiere convencerlo de pagar un cupo para su seguridad, se cruza con la tortuosa existencia del empresario limeño Ismael Carrera, desilusionado de sus hijos que sólo buscan su fortuna, que termina casándose con su sirvienta Armida en un intento de arruinarles la codicia a sus ambiciosos descendientes.
     De por medio está, como es habitual en el mundo novelesco de Vargas Llosa, la presencia de pequeños guiños o golpes de efecto para atrapar el interés del lector, como el fallido aquel de las apariciones fantasmales que cuenta Fonchito, ante el desconcierto y la preocupación de don Rigoberto y de Lucrecia, la madrastra ya conocida de otras historias. Esto último marca también el retorno de conocidos personajes de la ficción vargasllosiana, como el sargento Lituma, la Chunga, los Inconquistables y los ya referidos Fonchito, Rigoberto y Lucrecia.
     Por lo demás, hay un aspecto de la novela que me subyugó desde que lo leí, y que me sigue rondando como uno de esos hallazgos que no por conocidos y cercanos a muchos de los mortales, dejan de ser reveladores cuando se los menciona en un contexto como el de una obra de ficción. Se trata del concepto aquel que utiliza don Rigoberto para separar su apacible vida doméstica del asalto externo de la barbarie: los “espacios de civilización”. En efecto, cada persona es capaz de erigir en su ámbito privado, alejado del mundanal ruido y de la prosaica vida de la urbe, una pequeña isla personal donde imperen el buen gusto, la calidad estética y la alta cultura, eligiendo con suma exquisitez desde la música que uno desee escuchar, los grabados o cuadros que apetece observar, las películas que elegimos por placer, las lecturas y los autores que nos placen frecuentar, hasta los silencios y las pausas entre una actividad y otra.
     Mucho me temo, sin embargo, que muy pocos serán los seres que están verdaderamente dotados para el pleno disfrute de momentos así, pues es de sobra sabido que en tiempos como éste, regido por una cultura que privilegia el entretenimiento barato, el gusto fácil y el aguachirle de los productos del arte contemporáneo, son escasos quienes pueden elevarse hacia las cumbres de las más excelsas creaciones del espíritu humano.
     En suma, el libro nos proporciona un agradable momento de divertida lectura, tampoco pretende más. Mas es posible, si uno aguza un poco la mirada, sacarle algunas perlas que motiven reflexiones más profundas sobre los más diversos aspectos de la aventura existencial del hombre.


Lima, 15 de octubre de 2013.

sábado, 12 de octubre de 2013

Álvaro Mutis, el gaviero

En un mundo en que declararse demócrata es lo políticamente correcto, él prefería decir que era monárquico; en una época en que la pleitesía y el fetichismo del fútbol ha calado en todos los sectores sociales, él despotricaba de ese deporte inglés que ha devenido en un mero negocio. Porque así era Álvaro Mutis, ese excéntrico y anacrónico escritor colombiano, cuya muerte el pasado 22 de septiembre ha enlutado una vez más las letras y la cultura de Latinoamérica.
     Gran amigo de Gabriel García Márquez, a quién habría entregado, según cuenta la leyenda, Pedro Páramo, el emblemático libro de Rulfo, en una actitud de franco desafío, siendo probablemente el culpable, o uno de los culpables, del prodigio narrativo que permitió al hijo de Aracataca, aguijoneado por esa alevosa provocación, acometer la descomunal empresa de escribir Cien años de soledad, la novela de las novelas del siglo XX hispanoamericano.
     Poeta y novelista por igual, integraba, junto con el mismo García Márquez, Fernando Botero, Fernando Vallejo, William Ospina, Sergio Jaramillo y Héctor Abad Faciolince, la plana mayor de los embajadores ante el mundo del arte y la cultura del eufónico país de los cafetales y los vallenatos.
     Lector incansable y hedónico, degustador exquisito de la obra de Cervantes, a quien lee y admira por sobre todos los escritores que son y han sido. Ponía como único requisito para emprender la lectura de un libro, que éste no bajara de las 1200 páginas; ello explica sus recurrentes lecturas de En busca del tiempo perdido,  la interminable novela de Proust, que lo realizaba de un tirón, como quien vuelve a un espacio entrañable y extenso, lleno de gratificaciones y bienaventuranzas.
     No he tenido la oportunidad de conocer la obra de Mutis, lo cual me pesa; es una deuda que la tendré pendiente, para, a la primera ocasión, solazarme recorriendo sus páginas, que, estoy seguro, le depararán a mi espíritu nuevas riquezas y desconocidos tesoros. Mientras tanto, me conformo recordando las innumerables anécdotas de las que estuvo ahíta su vida, una trayectoria fecunda y vasta que ha atravesado casi todo un siglo y más.
     Recuerdo por ejemplo la vez aquella en que acudió a recibir el Premio Cervantes, era el año 2001, circunstancia en que Mutis leyó un breve pero hermoso discurso donde incluyó un bellísimo soneto de Borges titulado “Un soldado de Urbina”, el mejor retrato poético que se haya hecho del genial Manco de Lepanto. 
     Vivía en México desde hacía un número abundante de años, país al que llegó casi huyendo de la persecución judicial de una compañía a quien tuvo la feliz ocurrencia de sacarle la vuelta a favor de los superiores intereses del espíritu y la humanidad. Allí se hizo amigo de toda esa pléyade de grandes creadores que ha dado el siglo XX mexicano a la cultura universal, como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y tantos otros, que compartieron con el colombiano los afanes y las búsquedas estéticas de una generación brillante y, sin duda, ya histórica.
     A su partida nos deja una obra diversa y valiosa, donde destaca un personaje que ya ha adquirido carta de ciudadanía en el orbe fabuloso de las ficciones y la narrativa de nuestra lengua. Maqroll, el gaviero, seguirá saciando con sus historias, esa sed de aventuras que poseemos todos quienes, no contentándonos con esta prosaica realidad, alimentamos nuestra fantasía con la presencia impagable de estos hijos entrañables de la imaginación y la palabra.
     Que Maqroll siga oteando el mundo y sus vicisitudes desde su gavia predilecta, pues Álvaro ha decidido emprender otros rumbos y hacer mutis.


Lima, 11 de octubre de 2013.   

domingo, 29 de septiembre de 2013

Vargas Llosa ensayista

     He devorado, aunque la palabra más precisa sería paladeado, en un largo tiempo de morosa y fecunda lectura, el primer volumen de Contra viento y marea (Seix Barral, 1983), un conjunto de artículos, cartas y ensayos que el Premio Nobel peruano escribió durante dos décadas, publicados en diversos medios del continente y de España, y que abarcan una gama heterogénea de temas y tópicos que van desde los políticos hasta los literarios, tratados como siempre con la puntillosa y versátil prosa de una de las mejores plumas de nuestro idioma.
     Los sucesos que conciernen al hombre y al ciudadano del siglo XX, tanto los políticos como los culturales en general, han sido desbrozados por Mario Vargas Llosa de una manera impecable, exhibiendo a cada paso su inmenso caudal de conocimientos como su vasta cultura, que se mueven con soltura y solvencia por los aspectos más disímiles del quehacer humano de dos décadas cruciales de la centuria pasada, aquellas que comprenden desde los años 1962 hasta 1982.
     Escritos con el fuego de la pasión crítica, como según el autor debe tratarse la literatura, destacan los ensayos dedicados a Sartre y Camus, esos dos monstruos sagrados de las letras francesas, que a mediados del siglo pasado se enfrascaron en una histórica polémica, cuyos ecos se han ido atenuando lentamente con los años, pero cuya estela en el orden de las ideas y el pensamiento no ha dejado de alimentar a generaciones enteras de intelectuales y escritores a ambos lados del Atlántico.
     Se trata de enjundiosos estudios de la vida y la obra de quienes protagonizaron en su momento la cumbre de la discusión ideológica en la Europa de la posguerra. Acometido por quien precisamente fue por esos años un fervoroso seguidor de uno de ellos, al punto de que sus amigos en el Perú lo bautizaron por aquella época con el gracioso diminutivo de ‘el sartrecillo valiente’, en alusión al portentoso filósofo de La náusea y El ser y la nada. Posteriormente experimentaría una profunda decepción que lo alejaría del radio de influencia del maestro, mas no sin ser tocado por el halo devastador de su genio.
     Destaco también el brillante alegato a favor de la libertad de información, el derecho de la crítica y el respeto por los derechos humanos, pronunciado en 1978 con ocasión de una charla en la sede del partido Acción Popular, y otro con motivo de la recepción de un premio que le fue concedido por el Congreso Judío Latinoamericano. Conmovedoras palabras donde ya despuntan los rasgos marcadamente liberales que el escritor abrazaría en los años siguientes luego de haber renegado de su juvenil militancia comunista.
     Otro texto bellísimo es el que le dedica a Sebastián Salazar Bondy, a propósito de unas reflexiones sobre la vocación de escritor en el Perú. Recorriendo estas páginas es que uno comprende la azarosa y quijotesca empresa que es para muchos seguir el llamado más auténtico de su destino, en medio de una realidad que pareciera estar edificada con el único objeto de sofocarla y aniquilarla.
     La crisis del sistema universitario es otro de los temas que trata en una formidable serie de seis artículos que aparecieron en la revista Caretas,  donde esboza el preciso diagnóstico de los males que aquejan a nuestras universidades y la manera como deben ser encaradas para que ella no languidezca y pueda, a pesar del pesimismo del autor -no en vano las titula “Reflexiones sobre una moribunda”- salir a flote para cumplir el elevado rol que la historia y la cultura le ha destinado. 
      Asimismo descollante es el ensayo que dedica al pensador letón Isaiah Berlin, del que me ha seducido particularmente la terrible comprobación de lo difícil que resulta conciliar, en el mundo de las realizaciones concretas, la libertad y la igualdad, esos dos valores que parecieran condenados a repelerse mutuamente, eternamente en entredicho a pesar de las buenas intenciones de los hombres por materializarlas a través de revueltas populares o revoluciones políticas. Es lo que se conoce como la teoría de las verdades contradictorias.
     Especialmente sugerentes son también la teoría de las dos libertades y la parábola de la zorra y el erizo, que el ensayista eximio que es Vargas Llosa desarrolla con gran conocimiento y singular maestría.
     Son, pues, muchos los asuntos que convoca el autor en esta selección de ensayos y artículos, que sirven como magnífico pretexto para el cotejo de ideas y la incursión en la fascinante aventura del pensamiento contemporáneo. Todo un desafío para el fervoroso lector interesado en sondear sus profundas y fructíferas aguas.


Lima, 28 de septiembre de 2013.  

viernes, 27 de septiembre de 2013

Siria: Hora cero

     El drama que padece Siria desde hace más de dos años, estuvo a punto de precipitarse en una conflagración que habría incendiado el Medio Oriente y puesto en serio peligro la paz en el mundo. La amenaza de un ataque norteamericano ha tenido en vilo a la humanidad, sabiendo que un hecho de esa magnitud hubiese desencadenado una reacción escalonada que hubiera convertido esa zona del planeta en el escenario de una prueba de fuerza de las grandes potencias.
     El panorama que presenta el conflicto en el país árabe es harto complejo y enmarañado, por cuanto los bandos enfrentados han formado alianzas inverosímiles y sorprendentes, producto sin duda de los intereses en juego, pues cada quien se ha involucrado en el mismo con el único propósito de defender aquello que le es más caro. No deja de llamar la atención que mientras el gobierno de Bachar el Asad recibe el apoyo de Hezbolá, además de Rusia e Irán obviamente, los rebeldes cuenten entre sus filas a militantes de Al Nusra, una rama regional de Al Qaeda, además del visto bueno del propio Estados Unidos y algunos otros países occidentales.
     La división al interior del islamismo se ha hecho más patente a raíz de esta guerra civil, enfrentando a suníes y chiíes en una versión musulmana de la bíblica rivalidad entre Caín y Abel. Pero lo que han conseguido provisionalmente el secretario de Estado del gobierno estadounidense John Kerry y el ministro de exteriores ruso Sergei Lavrov, tampoco es para cantar victoria. Las tensas relaciones entre el gobierno de Damasco y las fuerzas que combaten al régimen, están ocasionando que el histórico país del Medio Oriente se sitúe al borde del caos y la anarquía.
     Aunque no se ha podido demostrar fehacientemente quién usó el gas sarín, si el gobierno o los rebeldes, todos los informes de los inspectores de Naciones Unidas apuntan a que su uso es indubitable, pues los exámenes de los cadáveres de la matanza del barrio de Gutha en Damasco confirmaron las iniciales sospechas. Las fuerzas en contienda han negado sistemáticamente haber hecho uso de armas químicas, pero las evidencias de la realidad han desmentido esa suposición.
     La sagaz y oportuna intervención del presidente ruso Vladimir Putin, impidió a última hora que se materializara la cruel ironía, digna del más crudo humor negro, de que un Premio Nobel de la Paz desencadenara la guerra en el Medio Oriente. Desde el principio estuvo claro para la Casa Blanca que quienes emplearon el gas sarín fueron las fuerzas de Bachar el Asad, razón por la que el mandatario del país más poderoso del orbe solicitó la autorización respectiva al Congreso de la nación para castigar al hijo malcriado que se había portado mal.
     Pero la acusación hecha por Washington al gobierno sirio de haber usado armas químicas es una demostración más del doble rasero con que se mueve la Casa Blanca en la política internacional, pues para nadie es un secreto que durante todas las intervenciones norteamericanas en conflictos armados que se han dado en el siglo XX, como es el caso de la guerra de Vietnam, la guerra entre Irán e Irak -donde los estadounidenses colaboraron con el ejército de Sadam Hussein para exterminar con gas sarín a tropas iraníes-, o la invasión del mismo Irak y Afganistán recientemente, las fuerzas armadas de la nación imperial usaron sucesiva y metódicamente la bomba de napalm, el gas mostaza, el agente naranja y otras armas químicas prohibidas por la Convención de Ginebra de 1925. 
     Es pues expresión de una gran hipocresía señalar como reprobable en el otro lo que uno mismo ha cometido tantas veces en el pasado, y pretender erigirse de esta manera en el juez imparcial y severo de los demás, en la autoridad moral de la humanidad para dictar sus mandatos perentorios y sus amenazas terminantes para todo aquel que ose contravenir los deseos y los intereses del gran poder.
     Esto no justifica, por cierto, a Siria o a quien sea, de emplear armas vedadas por las leyes internacionales, pero sí dice mucho de la convenida doblez de ciertos gobiernos que dirigen sus relaciones exteriores en base a mentiras, cinismo y mala conciencia. Ahora queda cumplir con lo acordado, destruir los arsenales de armas químicas que se encuentren en territorio sirio; pero igualmente tendrían que destruirse los arsenales que poseen otros países vecinos, como Israel por ejemplo, para ser equitativos y neutrales. Puede sonar a utopía, mas ese debe ser el camino correcto si se quiere empezar a construir el precario equilibrio en una de las zonas más explosivas del planeta.


Lima, 21 de septiembre de 2013.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El camino de la sangre

Embarcarse en la lectura del teatro de Federico García Lorca es toda una experiencia estremecedora y exultante, por cuanto el eximio poeta granadino dejó en sus guiones dramáticos esa visión trágica de la vida que él mismo encarnó involuntariamente, al terminar fusilado por las huestes franquistas en los prolegómenos de esa barbarie sin nombre que fue la guerra civil española.
     Es lo que hice en un par de semanas,  imbuido en el encanto y la desazón de las historias que traza el autor en cuatro de las obras de su nutrida producción dramática: Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba, Yerma y Doña Rosita la soltera. No es el orden cronológico en el que fueron publicadas o estrenadas, por supuesto, sino el de mi arbitraria elección al momento de decidirme al regocijo asegurado de esta lectura lorquiana.
     Ambientadas en la España de comienzos del siglo XX, cuando Europa se preparaba para ese apocalipsis indescriptible que fue la llamada segunda guerra mundial, las piezas describen paisajes naturales y humanos donde se entrelazan la rusticidad de la vida campestre, la simplicidad de las costumbres pueblerinas y esa moral decimonónica que aún sobrevivía en las ciudades y pueblos de una España también próxima a vivir su propia hecatombe.
     Una rígida moral burguesa preside las costumbres y las conductas de unos seres que van a terminar rebelándose a su modo, a veces en términos radicales, cuando ya los parámetros de su vida y las circunstancias de su medio no les ofrecen otra salida diferente a la de la muerte. Es lo que sucede en Bodas de sangre, quizás la más conocida y representada obra teatral de García Lorca, donde la fuerza ciclónica de la pasión amorosa arrastra a los protagonistas del drama hasta los límites de la vida y la muerte.  
     La novia no es capaz de poder resistir esa fuerza que la sobrepasa cuando ve a Leonardo, con quien se fuga luego de celebrarse su boda con el novio que su padre y su suegra han consentido y arreglado. Tratando de explicar su conducta ante la madre del novio, habiéndose éste batido a cuchillo hasta la muerte con Leonardo, dirá: “¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!”
     El destino de las mujeres –“nacer mujer es el mayor castigo”, dirá Amelia- en una sociedad sometida a las leyes injustas e inicuas que dicta el varón, a una moral que las posterga y que apenas las tiene en cuenta,  muchas veces con la paradójica complicidad de las propias mujeres, es lo que lleva a ese final de sangre que también cierra La casa de Bernarda Alba, un drama de mujeres en los pueblos de España, como reza el título. La frase proferida por Bernarda ante sus hijas al comienzo del drama: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”, constituye el ucase lapidario que liquida de un plumazo las posibilidades vitales, perfectamente lícitas, de afirmarse y renovarse más allá y a pesar de la muerte.
     Es entonces que surge la negación, la rebelión explicable en las almas y los cuerpos llenos de vida de esas jóvenes que no desean dejarse morir, para quienes el cautiverio del tiempo y del espacio les parece un programa poco atractivo y estimulante, razón que las lleva a dejarse llevar por sus instintos, por ese camino de la sangre que es el común denominador en las historias del genial dramaturgo. La presencia de un hombre, prometido de la mayor de las hermanas, Angustias, desencadena esta tragedia con la muerte de Adela, la menor de ellas, quien se cuelga al conocer el final de Pepe el Romano. Celos, recelos, rivalidades y sordas rencillas de hermanas desembocan otra vez en una escena de sangre.
     Algo similar sucede en Yerma, el drama de una mujer a quien el azar o el destino le niegan la posibilidad de convertirse en madre, que hace lo posible y lo imposible para que el esposo le regale esa magnífica bienaventuranza que toda mujer, o casi toda,  ansía. Pero al ser consciente de que sus esperanzas son estériles, que nunca podrá ver realizados sus sueños de maternidad al lado de quien es el único ser que podría realizarlos, opta por una salida radical. Por pereza, por desidia, por incapacidad viril o por pertenecer a una progenie nada proclive a la generación y a la propagación de la especie, el tipo está condenado a terminar sus días sin colmar esas femeninas expectativas. Por lo tanto, Yerma, cuyo nombre ya es una profecía cumplida, decide matarlo.  Nuevamente, la sangre tratando de lavar los desarreglos insalvables de una vida signada por la insignificancia y el fracaso.
     La excepción a todos estos dramas que acaban en muerte violenta sería Doña Rosita la soltera, una pieza más ligera y anecdótica, donde el desengaño, la confianza traicionada, el desencanto amargo y la esperanza muerta son los reales protagonistas. El novio de Rosita debe alejarse del pueblo para reunirse con su familia, pero pasa el tiempo y al no poder regresar –ya se había casado y formado familia- envía una carta para casarse por poder con ella. No era más que una vil estratagema para seguir alimentando la ilusión de una jovencita que creyó la palabra de un simple bribón. El engaño se descubre después de ocho años, cuando ya el tío con quien vivía había fallecido, y la tía y el ama envejecían cuidando su rosal.
     Magníficas piezas que he disfrutado casi como si estuviera en un escenario, imaginando sus representaciones para el que fueron destinadas y aguardando la primera posibilidad que se presente para asistir al teatro que tenga la brillante idea de llevar estas inolvidables obras a las tablas.


Lima, 13 de septiembre de 2013. 

viernes, 30 de agosto de 2013

La rebelión de las masas

Desde hace un tiempo se vienen presentando, en diversas regiones del planeta, movilizaciones o manifestaciones de descontento, en que de una forma más espontánea que organizada, generalmente convocada a través de las redes sociales, los ciudadanos de países como Turquía, Brasil, España, Egipto o Perú, expresan su malestar y su rabia lanzándose a las calles, tomando las principales plazas públicas de sus ciudades y realizando las extendidas acampadas para resistir las embestidas de las fuerzas del orden.
     Sucedió en España cuando la crisis golpeó duramente los niveles de vida de una población que había vivido el crecimiento sostenido de las últimas décadas, así como por los casos de corrupción destapados al interior tanto de la mismísima monarquía como del Partido Popular (PP), agrupación política del presidente del gobierno Mariano Rajoy, uno de cuyos servidores está preso precisamente por estar involucrado en manejos sucios desde el poder.
     La ola rebelde también se paseó por Brasil, el coloso sudamericano que experimentaba su primer revés durante los sucesivos gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), cuya actual presidenta Dilma Roussef afrontó masivas marchas y protestas en diferentes ciudades del país a raíz de haberse elevado el precio de los pasajes en los medios de transporte, lo cual parece ser sólo un mero pretexto de una rabia largamente incubada a partir de otras tantas muestras de corruptela y actos indebidos de miembros del gobierno, felizmente ya separados de cargos públicos y juzgados como corresponde.
     También en Turquía se desataron las protestas cuando el gobierno de Ankara decidió construir un moderno centro comercial en el lugar que ocupaba una plaza pública. Fue el detonante de un malestar que igualmente hunde sus raíces en las expresiones de la crisis que afecta al viejo país del Bósforo desde que cundiera el pánico que recorre Europa, especialmente la zona meridional, arrastrando las economías más vulnerables del Viejo Continente.
     En el Perú también se vivieron intensas jornadas de marchas callejeras cuando el Congreso de la República eligió a los miembros de tres instituciones del Estado en medio de una nauseabunda componenda entre las principales agrupaciones políticas. Las masivas muestras de rechazo e indignación lograron hacer retroceder a las autoridades en su polémico designio.
     En todas estas expresiones contestatarias, el común denominador es una masa insatisfecha y molesta que se vuelca a los espacios públicos para proclamar a los cuatro vientos su cólera desbordada, en principio de forma pacífica, pero que al calor de los gritos y la rabia y, sobre todo, al empuje de las fuerzas de represión, se convierten muchas veces en violentos disturbios que son sofocados brutalmente por las fuerzas del orden.
     Se ha dicho que dichos movimientos de masas son inarticulados e inconexos, que no se prolongan en el tiempo constituyendo propuestas organizadas de ciudadanos que no buscan solo alborotar las calles y proferir sus gritos de desesperación e impotencia ante una autoridad cada vez más sorda y soberbia. Y que por esa razón las revueltas que promueven no pasan de ser episódicos sucesos de enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas del orden, con su secuela lamentable de muertos y heridos.
     Por lo mismo, se trataría de lo que alguna vez el filósofo español José Ortega y Gasset retratara con tanta fidelidad y precisión en uno de sus libros más difundidos y leídos del siglo pasado. Tal vez estemos viviendo una subida del nivel histórico, y el hecho de las aglomeraciones lo que quiera expresar sea el crecimiento de la vida en esta nueva altura de los tiempos. La violencia en la que deriva casi todo acto de masas, pone de manifiesto en primer lugar ese primitivismo y barbarie que caracteriza al comportamiento del hombre-masa, mas también revela esa faz peligrosa de un Estado convertido en gendarme de un orden de cosas que ya no se sostiene.
     En medio de esta especie de metafísica de la historia, tienen su puesta en escena las multitudes como actores protagónicos de este presente que ansía precipitarse en un futuro menos sombrío, pero al que le falta definirse a partir de una orientación más precisa, orgánicamente menos caótica, si quiere tener asegurado los cambios necesarios que deberá dar el mundo para ser ese lugar más justo, más libre y más igualitario que todos soñamos que sea.


Lima, 30 de agosto de 2013.