sábado, 7 de marzo de 2015

Sor Juana Inés de la Cruz: Señora de los signos


     En 1982, Octavio Paz publicó Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (FCE), su monumental ensayo dedicado a la poetisa mexicana del siglo XVII, considerada por unanimidad como la mayor exponente de la poesía castellana del barroco hispanoamericano, y como una de las cumbres de la historia de la literatura española y universal. Un querido amigo, lastimosamente fallecido en circunstancias trágicas, me comentó algunos años después que su hermana le había conseguido el libro. Ella laboraba, probablemente lo siga haciendo todavía, en la biblioteca del Convento de San Francisco, de donde el libro pasó a manos de este amigo que, muy entusiasmado, me relataba sus primeras impresiones del formidable ensayo del escritor mexicano.

     Yo hervía de curiosidad, prometiéndome que en mi próxima incursión por las librerías, cosa que hacía con relativa frecuencia, me haría con un ejemplar. Tuvieron que pasar otros años para que mi sueño fuera cumplido. Es así que a fines de diciembre de 1997, cuando ya el poeta había obtenido el Premio Nobel de Literatura, y coincidiendo con la fecha de mi cumpleaños, tuve la dicha de obsequiarme el valioso texto, cuya tercera edición de 1983 he vuelto a leer con la misma fruición y el mismo apasionamiento con que lo hice por primera vez hace ya 17 años.

     La vida y la obra de Juana Asbaje Ramírez se engarzan admirablemente en el enjundioso estudio que Octavio Paz ha escrito con una paciencia y una consagración únicas, como si acometiera la empresa mayor de su vasta producción ensayística. Su origen modesto en una familia provinciana, su condición de hija natural –como eufemísticamente se decía de la bastardía–, su traslado a la capital en busca de mejores oportunidades y su posterior ingreso a la Congregación de San Jerónimo, como monja de clausura, están relatados en paralelo a la aparición de sus primeros tanteos literarios, el descubrimiento de su vocación por el saber y su consagración final a las letras.

     El autor nos recuerda que las opciones de vida para una mujer en la sociedad colonial eran bastante estrechas: el matrimonio o el convento. Ante esta tajante disyuntiva, y en vista de su rechazo temprano por la vida conyugal y su natural inclinación por el estudio y los libros, la elección no le ofrecía mayores alternativas. Su ingreso a la vida monacal podía servirle mejor a sus propósitos, pues como dice Octavio Paz, “se encerró en un convento no para rezar y cantar con sus hermanas sino para vivir a solas con ella misma.” La decisión de tomar los hábitos sería el primer cambio fundamental en la vida de esta admirable mujer que daría luego tanto que hablar a los siglos venideros.

     Protegida por los virreyes de la Nueva España, teniendo una relación particularmente intensa con la virreina, amparada espiritualmente por prelados amigos que al principio le sirvieron de guía, Sor Juana pudo dedicarse libremente a sus quehaceres literarios en el sosiego que le permitía la vida en el convento. Los ruidos y los vaivenes de sus hermanas, ella lograba aplacarlas en el retiro silencioso de su celda, donde comenzaría a dar forma a sus primeras creaciones de envergadura, aquellas que le darían fama y prestigio, así como el reconocimiento admirado de sus lectores en diferentes rincones del continente y España.

     Fuertemente influida por el hermetismo neoplatónico del notable jesuita alemán Atanasio Kircher, y “la coloración ‘egipcia’ de sus lecturas y aficiones intelectuales”, Sor Juana desplegaría su vocación intelectual en las ciencias de la astronomía y la física, tanto como lo hacía magistralmente en la versificación, a través de una variada gama de formas poéticas, como fueron los romances, las silvas, las redondillas y los villancicos que compuso para diversas ocasiones. Estaba dotada por el cielo tanto para el saber como para el arte, pues reunía los dos requisitos esenciales, a decir de Octavio Paz, que debe poseer el intelectual: el amor por las ideas y la pasión por el conocimiento. Y en cuanto a la poesía, su gran destreza y versatilidad para la composición de versos, la admirable maestría en el dominio del idioma, hacen que su figura se pueda situar tranquilamente entre la de los grandes creadores del siglo de oro español, junto a un Góngora, un Lope y un Quevedo. Para confirmarlo están allí sus libros, especialmente el auto sacramental Divino Narciso y el poema filosófico Primero sueño, quizás lo más logrado de su producción. En palabras de Octavio Paz, Primero sueño es “uno de los textos más complejos, rigurosos e, intelectualmente, más ricos de la poesía de lengua española”. Su tema, el ascenso y caída del espíritu en sus ansias de conocimiento, es único en la poesía universal, hasta la aparición, dos siglos después, del poema más emblemático de Guillaume Apollinaire. Es decir, la monja mexicana cumplía a cabalidad las tres condiciones que señalaba Eliot para ser un gran poeta: excelencia, abundancia y diversidad.    

     Su suerte variaría de signo luego de algunos acontecimientos políticos y sociales que vivió la sociedad novohispana a finales del siglo XVII. Su estrella empezaría a declinar a partir de ciertos sucesos, como la partida de sus amigos los virreyes y la asonada popular que sacudió la ciudad de México a raíz de malos manejos en la administración colonial. Pero sobre todo, lo que terminaría precipitando su caída, fue la carta que escribió a su amigo y protector, el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz, donde se atrevía a discutir y poner en tela de juicio ciertas cuestiones teológicas sostenidas por el padre Vieyra, un reputado teólogo portugués que gozaba de gran ascendencia entre la jerarquía oficial. En dicho texto, y mucho más todavía en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, artificio literario de que se vale para dirigirse al mismo clérigo, Sor Juana hace una descarnada defensa de su vocación literaria y de los derechos de la mujer al estudio, hecho éste que la convierte en una especie de adelantada, o precursora si se quiere, del feminismo, movimiento impensable en su época. El autor explica la índole de la inquina eclesiástica contra Sor Juana: “La monja encarnaba una excepción doble e inoportuna: la de su sexo y la de su superioridad intelectual.”

     El escándalo que rodea este incidente, hace que su confesor, Antonio Núñez de Miranda, le retire sus auxilios y la palabra, pues entiende que el destinatario directo del provocador texto era nada menos que el todopoderoso Francisco de Aguiar y Seijas,  Arzobispo de México, conocido por su severidad y su misoginia. Sor Juana, perdidos el apoyo y la seguridad que le brindaban desde Palacio, es obligada a abjurar de las letras, en uno de los procesos más tristes y devastadores de la historia de las persecuciones de las ortodoxias hacia las voces siempre disidentes del arte y el pensamiento. Estamos en 1693, luego de lo cual sobrevendrá sobre la ciudad una peste que terminará diezmando a la población de la colonia; la madre Juana, reducida a las penitencias y las disciplinas del convento, sucumbirá a la plaga en medio de sus labores de asistencia y solidaridad con sus hermanas, falleciendo en 1695 a los 46 años de edad.

     En 1990, la cineasta argentina María Luisa Bemberg, llevó a la pantalla grande un guion basado en el libro del poeta mexicano, con el título de Yo, la peor de todas –así acostumbraba firmar sus cartas Sor Juana en los últimos años–, donde destaca la actuación de la actriz catalana Assumpta Serna, quien encarna de un modo convincente y conmovedor a Sor Juana. Pero más allá de esto, es imposible reflejar en el cine toda la riqueza conceptual, las discusiones filosóficas y teológicas, el cotejo de las ideas puestas en juego por el autor y toda una gama de cuestiones teóricas, doctrinarias e ideológicas que sólo el libro puede contener adecuadamente.   

     Por todo ello, resulta ejemplar la peripecia vital de una mujer que en muchos sentidos es un símbolo, una singularidad en el panorama de la cultura del siglo XVII novohispano, una figura que resume su significado en la imagen mitológica de Isis, la diosa egipcia de la sabiduría, la señora de los signos.

 

Lima, 6 de marzo de 2015.  

 

El caso Nisman


     El 18 de enero de este año apareció muerto, en el baño de su departamento en un exclusivo barrio de Buenos Aires, el cuerpo del fiscal Alberto Nisman, quien estaba a cargo de las investigaciones del horroroso atentado terrorista contra el local de la Asociación Mutualista Israelita Argentina (AMIA), perpetrado el 18 de julio de 1994 y que costó la vida de 85 personas, además de decenas de heridos y múltiples daños materiales de gran consideración.

     Había regresado intempestivamente de España, donde se encontraba de vacaciones con su hija y su ex esposa, para presentar una denuncia formal ante la justicia de su país contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Relaciones Exteriores Héctor Timerman, entre otros, por el supuesto delito de encubrimiento de los autores, la mayoría de ellos de nacionalidad iraní, que habrían cometido el reprobable crimen. Lo curioso es que lo hizo en plena temporada de feria judicial, que es como en aquel país llaman al receso de fin de año. Al día siguiente, es decir el lunes 19, debía presentarse ante el Congreso de los diputados para sustentar los puntos esenciales de su alegato.

     Es misteriosa la circunstancia de la muerte de Nisman, que algunos atribuyen a un caso típico de suicidio, pues se encontró el arma que habría usado a pocos centímetros del cuerpo, así como el orificio de entrada de bala en la sien disparada desde una distancia de menos de un centímetro, según los resultados de los peritos forenses; y, lo más importante, la ausencia de otras huellas en el escenario del crimen. El arma, una vieja pistola de poca envergadura, le fue facilitada días antes, y a instancias del propio Nisman, por Diego Lagomarsino, un técnico informático que laboraba a órdenes del fiscal.

     Según la acusación de 2006, Nisman señalaba como autor intelectual a Irán y al grupo extremista libanés Hezbolá como el ejecutor material. Al respecto, el poeta y periodista argentino Juan Gelman, siempre agudo y lúcido, señalaba -en un artículo publicado en el diario Página 12, el 20 de julio de 1994, a escasos días del atentado-, lo siguiente: “No creo en la teoría de la conspiración extranjera. En las entrañas del país, también inextricablemente unido a él, pasea el monstruoso animal de la supresión del otro.” No debemos olvidar que Gelman tenía origen judío y que lo decía alguien que padeció, tal vez como ninguno, la vesania del régimen militar de 1976.

     Pero en fin, las investigaciones siguieron otro camino y a pesar de las evidencias en contrario, el fiscal Nisman perseveró en su intento de involucrar a la mandataria argentina y a su ministro más importante. Basado en el Memorándum de Entendimiento que suscribieron los gobiernos de Argentina e Irán en el año 2013, abonó su tesis de que lo que buscaba la Casa Rosada era cubrir con el manto de la impunidad el hecho execrable, con el propósito de obtener beneficios económicos de índole comercial en relación con el país árabe.

     Apenas si es necesario señalar que los supuestos beneficios jamás se presentaron, pues nunca hubo evidencia de que los hipotéticos acuerdos entre Buenos Aires y Teherán se hayan convertido en palpable realidad. Esa es la razón por la que el juez Daniel Rafecas haya desestimado las imputaciones del fiscal asesinado y las que ha proseguido luego Gerardo Pollicita, su substituto en el cargo, quien por cierto tampoco ha querido presentarse ante el Congreso para sustentar los cargos que debió presentar en su momento el fiscal Nisman. Para el juez de la causa no hay ningún indicio probatorio de las acusaciones de éste. Tampoco se ha podido probar que Timerman se haya reunido con Noble, el Secretario General de la Interpol, para presionar que se den de baja las notificaciones rojas para detener a los implicados. El mismo Noble ha desmentido el hecho.

     Pero más allá de la polémica y la incertidumbre que reina en el ámbito estrictamente judicial, la muerte de Nisman tiene claras implicancias políticas, tanto por la labor que desempeñaba desde que el desaparecido presidente Néstor Kirchner lo nombró para el cargo, como por haber involucrado en el caso a nada menos que la primera mandataria de la nación en un momento particularmente álgido, estando a la vista las próximas elecciones generales de este año y ante el embate de sectores de la oposición que podrían aprovecharse de esta situación para debilitar aún más al gobierno que ingresa a la recta final de su periodo.

     Han aparecido en estos días una grabación de la cámara de seguridad del aeropuerto, siguiendo los pasos de Nisman a su regreso a Buenos Aires; una supuesta novia del fiscal, de apenas 25 años y que hasta ahora nadie conocía, excepto la empleada que laboraba para aquél; así como los resultados del equipo forense que la exesposa de Nisman contrató para el caso, que concluirían, según sus propias declaraciones, en que se trató de un homicidio. Son elementos, sin duda, que la justicia tendrá que aquilatar en las próximas semanas.

     Si fue un suicidio, un suicidio asistido o un asesinato, sólo podremos saberlo si la justicia hace su papel como es debido; no obstante, si tenemos en cuenta que después de dos décadas del atentado de la AMIA no hay un solo acusado ni menos condenado, poco aliciente quedará para el optimismo en un caso como éste que ha remecido a la sociedad argentina, y que lo único que pide –como si fuera poco– es justicia y acabar para siempre con la impunidad.

 

Lima, 2 de marzo de 2015.  

sábado, 28 de febrero de 2015

Prohibido leer


     En Fahrenheit 451, Ray Bradbury postula una sociedad del futuro en la que los libros, y por lo tanto leer, están prohibidos, realidad que pavorosamente no está alejada de nuestros días, pero no porque exista una especie de Tribunal del Santo Oficio que envíe a la hoguera los textos que considera herejes, o porque el avance de la tecnología los haya convertido en objetos prescindibles, sustituyéndolos para siempre del mercado editorial, sino porque esa prohibición provendría, y esto es lo más terrible, de nosotros mismos, es decir, que el propio ser humano habría abdicado para siempre de su capacidad de leer, reemplazándola por otras actividades ancilares que ciertamente nunca podrán superar a aquella actividad eminentemente espiritual que no admite paralelos.

     En esta sociedad distópica que pinta Bradbury, los libros han desaparecido de la existencia de los hombres por razones prácticas, incinerados por disposición de los poderes fácticos, debido a su comprensible inutilidad. Es un mundo dominado por la máquina, que ha terminado enseñoreándose en la vida común y corriente de la gente, a tal punto que basta apretar unos botones o accionar otros dispositivos electrónicos para obtener las comodidades que uno busca y sentirse servidos y contentos.

     El protagonista, Guy Montag, es un bombero que ejecuta su tarea de una manera inversa a como concebimos la labor de los hombres de rojo. Claro, no sólo él, todo el cuerpo de bomberos está abocado no a apagar incendios, sino a provocarlos –en vez de mangueras usan lanzallamas–, sobre todo si llega a enterarse que en determinada casa o departamento alguien alberga estos sedicentes y subversivos objetos, considerados peligrosos por el poder establecido. Es lo que le sucede a la mujer en los primeros capítulos de la novela, a quien le descubren, al parecer por una delación, una biblioteca entera en su departamento; llegan los bomberos y proceden a ejecutar su labor, ella se resiste y decide no abandonar su valiosa colección, entonces sucede lo inevitable: ella también sucumbe a la furia piromaniaca.

     Pero llega un momento en que Montag enferma y, reflexionando sobre su labor, se rebela, se cuestiona a sí mismo y decide no ir más a trabajar. Su mujer, Mildred, lo apoya y va más allá: le pide que abandone a los bomberos y deje de quemar libros. El capitán Beatty, su jefe, lo llama para indagar por su salud y luego visita a la pareja en su departamento para convencer a Montag de que tiene que reincorporarse al servicio. A regañadientes, vuelve a la compañía. Suena la alarma mientras Beatty y otros compañeros juegan a las cartas. Todos se preparan para el llamado, las salamandras rugen por las calles de la ciudad en medio del estrépito y el ulular de sirenas. Llegan a la casa y Montag descubre, con estupor, que es la suya.

     Previamente, Montag había conocido en la calle al profesor Faber, un temeroso defensor de los libros, obligado a prescindir de ellos, pero quien devuelve a nuestro héroe el respeto y la consideración que merecen. Quizá a instancias suyas, algunos ejemplares guardaba Guy en su casa, se los muestra a Mildred y en ese momento sienten una extraña presencia en la puerta: es el Sabueso Mecánico que olfatea en busca de infractores de la ley. Y un día que comete la imprudencia de recitar poemas en presencia de las descocadas amigas de Mildred, termina por delatarlo de modo indubitable.

     Montag es obligado por Beatty a quemar su propia casa, pero luego de proceder al infausto acto, quema también al capitán apuntándole con el lanzallamas, asimismo a dos bomberos y al Sabueso Mecánico que se le abalanzó para inyectarle su veneno en la pierna. Salva cuatro libros y se aleja cojeando. La policía emprende su persecución con helicópteros. Casi es arrollado por un auto conducido por irresponsables adolescentes, que lo insultan y vejan impúdicamente. Llega a la casa de Black –uno de los bomberos– y da la alarma; llegan las salamandras para incinerar la casa. Enseguida se presenta en la casa de Faber, donde se entera por la televisión que otro Sabueso Mecánico llegará para salir en su busca.

     El protagonista se refugia en el río, donde puede despistar al Sabueso, luego sale a un campo de heno donde se encuentra con una comunidad de hombres que preservan el conocimiento como si fueran libros. Ve con estupor cómo el Sabueso y la policía dan la caza a un supuesto Montag en la ciudad. Es un hombre cualquiera, evidentemente, a quien han ultimado como si fuera el verdadero.

     Empieza la guerra, que dura un instante, y la ciudad es destruida por las bombas que la convierten en un montón de polvo y cenizas. Un final apocalíptico se cierne sobre el mundo, mas Montag, Granger –el líder del grupo de sabios– y los suyos irán despertando lentamente de los efectos de la gran hecatombe. El mundo podrá volver a reconstruirse gracias a la presencia de estos hombres que han preservado en su memoria el saber de la humanidad. Quizás es una nota de esperanza al final de un mundo que ha llevado al extremo su sumisión por las cosas.

 

Lima, 19 de febrero de 2015.

 

Modelo griego


     El triunfo de Alexis Tsipras en las elecciones generales griegas, ha reavivado el debate en el mediodía europeo sobre la emergencia de los movimientos anti-sistema que buscan cambiarle no solo la cara a la vetusta y caduca política que encarnan en el Viejo Mundo nombres como Angela Merkel, David Cameron, Mariano Rajoy y otros oxidados representantes de la ortodoxia neoliberal.

     La Coalición de Izquierda Radical (Syriza), ha obtenido el mayor porcentaje de los votos, lo que la convierte en la primera fuerza política de Grecia, con el derecho político expedito para formar gobierno, en estas elecciones adelantadas que se han celebrado en el país más golpeado por la ola recesiva de la economía capitalista en la eurozona. Su cosecha electoral le permite obtener 149 representantes ante el parlamento de 300 miembros, motivo por el que acaba de sellar una alianza, polémica sin duda, con una agrupación populista de derecha, que sin embargo comparte algunos de los puntos básicos de la plataforma de la coalición: contra la austeridad, contra los recortes y por la renegociación de la deuda.

     El primer país europeo donde ha sido recibido con gran esperanza los resultados de los comicios griegos es España, país que se apresta también a ir a las urnas este año para la renovación del gobierno. El novísimo partido Podemos, se yergue en la primera alternativa para acceder al poder en las elecciones de noviembre, agrupación que guarda muchas similitudes ideológicas con Syriza, y cuyo líder, el joven profesor universitario Pablo Iglesias, se perfila como el próximo presidente del gobierno español.

     La analogía es válida: en ambos casos se busca acabar con el tradicional bipartidismo que ha dominado el escenario político en los dos países. En el caso griego, desde el fin de la dictadura militar, hace cuatro décadas atrás, el partido conservador Nueva Democracia (ND) y el socialdemócrata Partido Socialista Panhelénico Griego (PASOK), se han alternado en el gobierno; mientras que en España, desde la vuelta a la democracia en 1976, el derechista Partido Popular (PP), y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), también se han turnado en la conducción del poder.

     Ecos lejanos de esa insurgencia civil de indignados -que en el caso de España ha sido particularmente notorio en los últimos meses-, se han dejado sentir por estos lares con las revueltas juveniles, que en cinco contundentes manifestaciones callejeras han logrado la derogatoria de una ley de empleo que los discriminaba y conculcaba alevosamente sus derechos.

     Pero aún esta fuerza desatada de la cólera juvenil está en busca de su líder, la figura que encarne la expresión del descontento y el malestar, que debe traducirse en profundos cambios en la forma de hacer política en el porvenir inmediato. Esto no quiere decir, sin embargo, que deba caerse en prácticas caudillistas del pasado, sino en darle identidad concreta a un movimiento que debe consolidarse en los próximos meses, tomando como base las llamadas Zonas, que han jugado un papel protagónico en las jornadas de diciembre y enero pasados.

     Un mismo sentimiento recorre por las sociedades sometidas a los burdos experimentos de un modelo económico que ha llegado a sus límites, despertando el fervor dormido de una población, especialmente juvenil, que aspira a convertirse en el agente decisivo de su propio destino, rebelándose contra una clase, o casta como dicen en las tiendas de Podemos, que solo busca perpetuarse en el poder para mejor servir sus intereses, los de las grandes corporaciones que gran parte de los gobiernos de nuestros pueblos defienden fielmente como si fueran vasallos sumisos al servicio del señor feudal.

     Lo que haga de aquí en adelante el nuevo gobierno griego, será visto con gran interés por el conglomerado de activistas y partidarios del verdadero cambio en distintos rincones del planeta, especialmente españoles y latinoamericanos, pues será como el laboratorio privilegiado donde se forjarán las líneas directrices de la gran alternativa popular ante los inveterados modelos que han demostrado hasta la saciedad que jamás serán los caminos adecuados para una auténtica justicia social que por tantos siglos han luchado los movimientos revolucionarios de nuestros pueblos.

 

Lima, 4 de febrero de 2015.

    

domingo, 18 de enero de 2015

Lima: la ciudad que habla


     Lima cumple, este 18 de enero de 2015, 480 años de fundación española, acontecimiento propicio para acercarnos a uno de los tantos libros que se han escrito sobre ella en los siglos que han corrido. Se trata de Lima, tierra y mar (Ed. Juan Mejía Baca, 1958), del recordado periodista y escritor Aurelio Miró Quesada Sosa, breve ensayo histórico dedicado a describir la evolución en el tiempo de esta emblemática urbe sudamericana.

     Comienza rastreando los orígenes prehispánicos de la ciudad, que orbita entre los influjos de dos decisivas conformaciones culturales que el autor denomina, siguiendo la caracterización de algunos historiadores, como proto-Chimú y proto-Nazca. Identifica sus rasgos campesinos, su incipiente desarrollo cultural, que acusa también las influencias de otras dos poderosas civilizaciones andinas: Chavín y Tiahuanaco.

     Menciona enseguida las primeras migraciones al valle del Rímac, de pueblos como los collas, los huanchos y los huallas, identificables ahora por la huella que han dejado en los numerosos topónimos de la ciudad, así como la importancia de un centro de gravitación política y social: Cajamarquilla, y de la sede religiosa: Pachacámac. La referencia a las huacas de Limatambo, Maranga, Juliana o Pugliana, y al oráculo del Rímac,  completan parcialmente el paisaje cultural de esos primeros momentos de la que sería la capital del Perú.

     En cuanto al nombre de Lima, dice el autor: “Lima es la castellanización de Rímac (pronunciándolo a la manera indígena, no con ‘rr’ fuerte, sino con ‘r’ débil). Y Rímac, a su vez, es el participio presente activo del verbo quechua ‘rímay’, que significa ‘hablar’”. Y que por esa razón, “por su oráculo noble y prestigioso… a Lima hay que traducirla… como la ciudad ‘que habla’”.

     Luego vendría la conquista española y la consiguiente fundación de ciudades a lo largo del territorio de lo que fuera el Tahuantinsuyo. Miró Quesada afirma que Pizarro, cuyo “sentido político le hizo buscar, como nueva y efectiva capital, una ciudad equidistante entre el Cuzco y el lago sagrado de Titicaca por el sur y Cajamarca y San Miguel de Piura por el norte… pensó al principio en Jauja”, para luego decidirse por Lima. Habría que hacerle una pequeña corrección: Pizarro no solo lo “pensó”, sino que lo hizo efectivo cuando el 25 de abril de 1534 fundó la ciudad de Jauja, en el asentamiento prehispánico de Hatun-Xauxa, como la primera capital de estos reinos. Además, Lima se pobló con los habitantes traídos de Jauja y de San Gallán.

     Pasa después a debatir las razones del nombre de Ciudad de los Reyes, que bien podría deberse a los reyes Carlos y Juana o a los Reyes Magos que se celebra el 6 de enero. Lo que sí puede afirmarse sin temor a equívoco es que Lima fue la principal urbe de la América del Sur en el siglo XVI, la verdadera capital de esta región meridional del continente descubierto.

     Ya establecido el Virreinato, durante la colonia se desarrolló una intensa vida religiosa, con la fundación de conventos y el establecimiento de las numerosas congregaciones, clima que hace posible la presencia de los santos limeños, donde al lado de los muy conocidos Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres (sic), el autor quiere rescatar al olvidado indígena Nicolás de Dios Ayllón, “nacido en Chiclayo, pero avecindado en Lima.”

     Entre los cronistas, Bernabé Cobo y Pedro Cieza de León, pintaron una imagen idílica del paisaje limeño, pintura que quizá luego se repetiría con los viajeros que ensalzaron con calificativos encomiásticos a esta tres veces coronada villa. De esas impresiones surge la conocida afirmación de “ciudad-jardín” para tipificar un rasgo peculiar de la imagen de la ciudad; realidad que en unos cuantos siglos ha trocado en la dolorosa comprobación, para muchos, de habitar en una “ciudad-basural”, por los innumerables montículos de desperdicios y desechos que se acumulan en las calles, las avenidas y hasta los parques de la gran urbe, ante la ominosa desidia de las autoridades y la recusable negligencia de sus habitantes.

     El gran terremoto de 1746, que devastó Lima y el Callao, es recordado como el hecho más aciago que ha vivido la ciudad en toda su historia; hecho que desencadenó la admirable labor de reconstrucción emprendida por el gobierno del Virrey Joseph Manso de Velasco, llamado Conde de Superunda en razón, precisamente, de su triunfo alegórico sobre las olas del maremoto que azotaron el puerto y la ciudad como secuela del terrible movimiento sísmico.

     En el recuento del virreinato hay una frase que merece destacarse: “Lima, paraíso de mujeres; purgatorio de hombres, infierno de borricos”. Me parece que algo tienen que ver con estas palabras los amores indiscretos de la Perricholi y el virrey Manuel Amat, quienes se yerguen en personajes imprescindibles durante ese periodo cortesano de nuestra historia.

     Cuando aborda el período de la Independencia, no puede omitir la mención de quienes el autor llama los cronistas de la vida de Lima: Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Asencio Segura, así como el reconocimiento que le otorga al gran acuarelista mulato Pancho Fierro, a quien califica como “el autor de la primera revista ilustrada nacional.”

     Si a don Aurelio le parecía que el crecimiento poblacional de Lima se hacía a “una velocidad halagadora”, desde mediados del siglo XIX hasta aproximadamente 1955, en que la ciudad pasó de tener 90 000 habitantes a 1 millón, ahora nos parece ya preocupante la explosión demográfica que ha experimentado esta pujante y caótica urbe que ya frisa los 9 millones de habitantes.

     Al final traza un detenido estudio sobre el significado de la ciudad en el Perú, y rinde un homenaje al mar como personaje, una presencia que de tan ostentosa a veces pasa desapercibida para muchos peruanos. A este último respecto, una omisión clamorosa: olvidó mencionar a las importantes migraciones china y japonesa, que precisamente se llevaron a cabo por el mar.

     En suma, un libro ameno y simpático, que se lee con deleite e interés. La prosa de Aurelio Miró Quesada Sosa se despliega con la elegancia y la concisión de la mejor raigambre castellana.

 

Lima, 18 de enero de 2015.      

domingo, 11 de enero de 2015

Entre el fanatismo y la tolerancia


El ataque terrorista sufrido por el semanario francés Charlie Hebdo ha conmocionado a la opinión pública mundial, tanto por las dimensiones de la violencia con que han actuado los criminales, como por el significado que en los tiempos actuales puede tener un acto de esta naturaleza para la cultura de la libertad y para los valores de la democracia y la civilización que Francia, especialmente, encarna en el mundo occidental.

     El cruel asesinato a sangre fría de la plana mayor de la publicación satírica, entre los que figuraban cuatro de los mejores caricaturistas del periodismo gráfico francés, además de los otros periodistas y el policía que custodiaba el local del medio de prensa, ha sido perpetrado por tres integrantes, según todas las evidencias, de una agrupación yihadista que tiene conexiones con la rama yemení de Al Qaeda y el movimiento integrista islámico internacional. Un joven de 18 años y dos hermanos treintañeros han sido esta vez los brazos armados que el fanatismo ha elegido para infligir un golpe mortal a la libertad de expresión en el corazón mismo del país que fue la cuna de los derechos del hombre y del ciudadano.

     Los hechos tal vez se remontan a algunos años atrás, cuando Charlie Hebdo publicó caricaturas satíricas sobre Mahoma que hicieron delirar de rabia al grupo de extremistas musulmanes que enseguida amenazó de muerte al director del semanario. Desde entonces, Stéphane Charbonnier, más conocido como Charb, caminaba con vigilancia policial, así como el resto de dibujantes que se caracterizaban por su humor corrosivo y por su irreverencia.

     Todas las formas del fundamentalismo y de la intolerancia fueron objeto de su crítica mordaz, tanto las políticas como las religiosas, de la que no se salvaron ni el catolicismo ni el judaísmo y, por supuesto, el islamismo; todas las posturas extremas de los líderes religiosos de las principales comunidades eclesiales fueron sometidas al fuego ácido de la sátira y la burla a través de dibujos y caricaturas que exhibían sin tapujos sus prejuicios y sus mentalidades estrechas dominadas por la ortodoxia y el pensamiento único.

     Las imágenes del ataque son espeluznantes, lo que lleva a especular que fue cuidadosamente planificado por largo tiempo; los expertos incluso llegan a afirmar que se trataría de una típica actividad de comando. Los atacantes habrían sido entrenados en algún país donde los grupos radicales actúan en estos momentos. Teniendo la nacionalidad francesa, serían parte de los 1400 franceses, muchos de ellos de origen árabe, que combaten en Siria e Irak, y ahora están de regreso en su país natal para cumplir ciertas misiones que forman parte de la yihad que han emprendido a nivel mundial.

     La prensa europea ha respondido con un editorial conjunto publicado por sus más importantes medios, como El País de España, Le Monde de Francia, The Guardian del Reino Unido, Süddeutsche Zeitung de Alemania, La Stampa de Italia y Gazeta Wyborcza de Polonia, donde reafirman los valores de la libertad que sirven de fundamento a las sociedades democráticas, rechazando de la manera más enérgica las amenazas de los fundamentalismos que se quieren imponer a través del terror y la muerte.

     El difícil paseo por el desfiladero a que nos conduce el arduo dilema de los límites entre el fanatismo y la tolerancia, hace que muchos caigan en la trampa demagógica de la autocensura, haciéndoles el juego a quienes buscan silenciar a las voces más lúcidas del arte y del pensamiento. El supuesto respeto que deben inspirarnos las posiciones más lamentables de los grupos integristas, no debe traducirse en temor de expresar la crítica que ellas nos merecen, ni tampoco permitir que el miedo nos paralice cuando se trata de denunciar y de poner en evidencia sus actitudes intolerantes.

     Las sociedades libres no deberían jamás abdicar de su derecho a la crítica, conseguida en siglos de fatigosa lucha social y política, prerrogativa de la que es parte esencial el derecho a la irreverencia, puntal decisivo de la prensa de humor y de la libertad de expresión en su mejor sentido.

     La condena debería ser unánime; el mismo Imán de París ha deslindado con los criminales, además ello no debe significar la estigmatización de la comunidad musulmana de ningún país, por más que nuestras creencias e ideas no coincidan en el ámbito de la convivencia ciudadana. Asimismo, ya es tiempo de que el laicismo sirva de plataforma cívica para la coexistencia pacífica de las sociedades democráticas, confinando a las religiones al espacio privado e íntimo de la vida personal de los hombres y las mujeres. Suena utópico quizás, pero ese es el camino que debe tomar occidente como civilización para neutralizar el afán de las religiones de entrometerse en la vida pública de las sociedades. De lo contrario, seguiremos lamentando secuelas como la sufrida por Francia en esta semana del terror, que ha concluido con el abatimiento de los terroristas, la dolorosa pérdida de rehenes en un supermercado judío y el saldo trágico de 20 muertos en total. Debemos estar alertas, esto no es, infelizmente, el punto final.

 

Lima, 9 de enero de 2015.

martes, 30 de diciembre de 2014

Las peripecias de Juanito Rumi


     Paseando por una librería de viejo del centro me topé de buenas a primeras con un libro que durante mucho tiempo se había resistido a su hallazgo: El retoño (Casa de la Cultura del Perú, Lima, 1969), célebre novela del escritor jaujino Julián Huanay. Había oído mentarla en numerosas ocasiones en el colegio y también en los círculos académicos de la provincia, pero nunca tuve la ocasión de leerla hasta que el azar me llevó a ese encuentro que he celebrado con varias horas de entretenida lectura.

     Julián Huanay es un caso singular en la literatura peruana; fue chofer, dirigente sindical, escritor y periodista. Como sindicalista, fue uno de los fundadores de la Federación de Periodistas del Perú, delegado de la Federación Minera y de los trabajadores del Cusco ante la Confederación de Trabajadores del Perú. Dirigió la publicación “El Volante” y fue jefe de redacción de “La Voz del Chofer”. Estuvo preso en algunas cárceles del Perú por su actividad de luchador social. Ha escrito otros libros de temática sindical, pero su fama se lo debe, indudablemente, a El retoño.

     Esta novela relata las peripecias vitales de Juanito Rumi, un chiuche –así llaman en el valle del Mantaro a los muchachitos de entre ocho y doce años de edad– que, al quedar huérfano de padre y madre, vive un tiempo con su tía Concepción, pero luego le asalta la idea de irse a Lima. La travesía que realiza el día que finalmente huye de su casa en Ayla, una pequeña aldea serrana, no lo lleva muy lejos. Cansado de tanto caminar y llegada la noche, busca un refugio en el camino donde trata de dormir. Allí lo encuentran unos arrieros que volvían de la Feria de Huancayo, con quienes hace el trayecto hasta que ellos le indican que sus vías deben bifurcarse, debiendo seguir solo guiándose por la línea del tren. Así llega a La Oroya, ciudad minera donde conoce a Andrés, un obrero que le ayuda a encontrar cobijo y pan en los primeros momentos de su llegada. Lo recomienda a un tal señor Porras para que trabaje en la mina, pero no consigue su cometido.

     Surge entonces la propuesta de continuar rumbo a Morococha, en busca de mejores oportunidades de trabajo. Mientras espera su partida, conoce en el caño de una callejuela de la casa donde se aloja, a un muchachito muy locuaz y vivaracho, con quien iniciará una nueva aventura laboral en la estación de tren, acarreando las maletas de los viajeros por unos cuantos centavos. Así, con Pedro y Nico, otro niño que se ganaba sus reales en el mismo trajín, conoce los gajes del oficio y aprende lecciones fundamentales de vida en la ciudad. Entretanto, siendo su siguiente objetivo Morococha, ve la posibilidad de que alguien lo ayude a trasladarse a dicho centro minero del centro del Perú. Nico le sugiere hablar con Julio, el brequero, para que lo lleve de balde a su destino, mas para ello debe contarle una historia muy triste para conmoverlo. Al final, le cuenta verdad y emprende el viaje esperado.

     Se despiden tristemente los amigos. Juanito promete escribirles si encuentra una posibilidad de que ellos también consigan trabajo. Al llegar al asiento minero, va en busca de Pedro Huayta, para quien llevaba una encomienda de La Oroya. A través de él, prueba suerte de pallaquero y capachero en las minas, fracasando en ambos oficios por la rudeza del trabajo, que sobrepasan ampliamente la capacidad de un niño de su edad.

     Antes de terminar su experiencia minera, con relatos de muquis y otras historias fantásticas, asiste al terrible desafío que se lanzan el Tuco y el Vizcacha, dos jóvenes obreros expertos conocedores de los laberintos de la mina. La prueba consistía en subir a oscuras la escalera de un socavón peligroso que daba al fondo de una mina; cualquier paso en falso sería fatal. Se realiza la contienda, en medio del silencio y el pavor general todos aguardan el resultado, hasta que un grito desgarrador desde el fondo del boquerón le avisa a Juanito, y a todos quienes se han congregado para el evento, cuál ha sido el desenlace trágico de ella.

     Hasta que un día aparece Esteban, el chofer amigo de Pedro Huayta que ha ofrecido llevarse a Juanito para Lima. El viaje lo hace en compañía de varias personas de toda edad, que se dirigen como él al encuentro de un trabajo en la capital. Él va recomendado donde el maestro Otoya, que trabaja en una panadería de la Plaza Italia, pero un cambio de ofertas durante la travesía entre el chofer y el hombre que llevaba a los demás, termina con todos en las plantaciones de algodón de la hacienda Montesclaros, en algún valle de la costa, para trabajar en la paña, es decir, en la recolección del preciado producto.

     Juanito enferma de paludismo, como tantos otros, por las duras condiciones de trabajo, y es enviado al hospital para rehabilitarse. Cuando llega, un grupo de personas esperan su turno para la atención respectiva. Todos son atendidos expeditivamente. A Juanito le recetan un tónico y un purgante, pues lo encuentra muy débil el médico. Recoge sus medicinas en una ventanilla, y al trasponer el patio y la verja de hierro se quedó con muchas dudas y aprensiones en el umbral del hospital Dos de Mayo.

     La historia termina planteando interrogantes sobre el destino de Juanito Rumi, en un final abierto que no era muy usual en la novela de mediados del siglo pasado. Sin embargo, hay en la obra un hilo suelto que nunca se retoma: la aparición de Vicente Salas, un personaje que al comienzo de la novela es mencionado como llegando “a perturbar la paz de mi aldea” por el protagonista, no tiene luego continuidad, por lo que nunca nos enteramos de qué manera Ayla ha sufrido la alteración de su pacífica existencia con la vuelta de aquél. Pero no importa, al final nos conmovemos siguiendo los avatares de un niño huérfano de la serranía del Perú en busca de su destino, el mismo quizás de tantos otros que antes y ahora sufren las penalidades por alcanzar esa esquiva oportunidad en un país como el nuestro.

Lima, 28 de diciembre de 2014.