sábado, 30 de septiembre de 2017

Memoria, justicia y verdad

    A raíz de la conmemoración de los 25 años de la captura del líder máximo de la organización subversiva PCP-SL, se han puesto en la mesa de discusión pública varios hechos de resonancia mediática. El primero de ellos se refiere al significado que tuvo esa época de violencia demencial que vivió nuestro país cuando un grupo de extremistas radicalizados en la ideología maoísta polpotiana decidieron llevar a la acción lo que en el vocabulario marxista se denomina lucha armada, desatando el terror en los poblados centro andinos para luego propagarse como un incendio de sangre por el resto del territorio nacional.
    El segundo, quiere detenerse en la reacción que tuvieron el gobierno y las fuerzas del orden ante tamaño desafío, que primero fue minimizado, para luego convertirse en una feroz carnicería de los dos bandos, situándose al medio la inocente población de hombres y mujeres, en su mayoría de origen humilde, que sufrieron el embate homicida por ambos frentes, dejando como saldo trágico cerca de 70 000 muertos, miles de desaparecidos y otros tantos heridos, desplazados, huérfanos y víctimas en general de la cruenta guerra interna, según cifras aportadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR).
    El tercero, sobre el paciente trabajo de seguimiento que realizó el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) de la Policía Nacional, que en dos años de ardua búsqueda logró su objetivo con los métodos más racionales y científicos de que dispone un trabajo de esta naturaleza, a contrapelo de los medios utilizados por el régimen, que tuvo en el grupo Colina su epítome más siniestra y asesina. La caída del líder senderista demostró, pues, las enormes ventajas de una labor ajustada a los principios profesionales de la investigación, trayéndose abajo además el mito aquel de que el gobierno de Fujimori acabó con el terrorismo, estando demostrado hasta el hartazgo de que aquel ni su socio Montesinos no sabían nada de lo que estaba sucediendo, pretendiendo a última hora aprovecharse del acontecimiento.   
    El cuarto, la lamentable pasada renuncia del director del Lugar de la Memoria (LUM), Guillermo Nugent, motivado por presiones desde el Ministerio de Cultura a propósito de la muestra Resistencia Visual, que recoge un conjunto de obras de arte, entre fotografías, esculturas e instalaciones, sobre el año de 1992, emblemático en muchos sentidos, periodo en que se produjeron una serie de hechos de triste pero necesaria recordación, memoria que un grupo político, que avasalla desde el Congreso con sus invencibles gestos y burdos ademanes, pretende ocultar y acallar.
    Y por último, la reciente excarcelación de la bailarina Maritza Garrido Lecca, presa por terrorismo durante 25 años y ahora libre al haber cumplido su condena. Esto ha servido de pretexto para una grosera exhibición de periodismo barato a través de la televisión, principalmente, y de algunos comentarios no precisamente afortunados en la prensa escrita en momentos en que todos debemos contribuir a la sanación de las heridas que como país nos dejó la violencia. Las reacciones de un puritanismo destemplado, la chillandería de una turbamulta presta al linchamiento, la ignorancia y el odio en sus versiones más crudas, el torvo espectáculo de los buitres acechando en las redes sociales, los miedos exacerbados convenientemente de un vecindario que se niega a tener entre los suyos a quien han convertido en la apestada, la estigmatizada –la terruca, la llaman–, no son precisamente actitudes maduras de una sociedad que busca superar el trauma vivido.
    Quien ha cometido un delito, ha sido hallado culpable en un juicio cumpliendo todos los requisitos del debido proceso, y luego ha purgado su pena por el tiempo que los jueces han estimado ajustado a la ley, no puede convertirse por ello en un condenado de por vida, en una persona que merezca el repudio irracional de quienes se imaginan posibles víctimas de probables delitos que la prensa y cierta opinión pública azuzan con sus prejuicios y lapidaciones a priori. Eso no quiere decir que se deba descuidar el seguimiento de quienes infringieron la ley, labor que compete a las autoridades correspondientes. Por lo demás, en el caso de Garrido Lecca, ella fue sentenciada por complicidad al encubrir al jefe de la agrupación senderista, pero no mató ni asesinó a nadie, ni tampoco perpetró algún ataque con explosivos u otra barbaridad parecida, ni pertenece a la cúpula de Sendero Luminoso, como lo saben los entendidos; es cierto que su pensamiento sigue adhiriendo a los postulados del partido, y es por ello que justamente ha purgado esta larga carcelería, pagando con su encierro el tremendo error cometido. No es mi afán defender lo que hizo, sino explicarme las circunstancias en que incurrió en ello, tratando de entender el contexto que la empujó a actuar como una militante más de la organización violentista.
    En fin, todos queremos que la verdad y la justicia se impongan en el Perú como en todo país civilizado donde impera el estado de derecho, pero ello no será posible sin el socorro curativo y profiláctico de la memoria, pues olvidar lo que sucedió, desfigurar los hechos que pasaron, o más aún, ningunearlos, sólo puede llevarnos al reino de la impunidad o a instalarnos en el círculo perverso del eterno retorno, repitiendo ad infinitum aquello que ya debiéramos haber superado hace mucho tiempo.


Lima, 24 de septiembre de 2017.      

domingo, 24 de septiembre de 2017

Jauja: una historia visual

    Ha resultado todo un acontecimiento la reciente exhibición en la Galería Pancho Fierro de la Municipalidad de Lima de la muestra “Fotografía Indeleble”, del fotógrafo jaujino Teodoro Bullón Salazar, que retrató entre fines del siglo XIX y comienzos del XX el alma y el cuerpo de la sociedad provinciana de ese rincón del valle del Mantaro. El cuidado y la selección se lo debemos a la artista visual Sonia Cunliffe, quien ha tenido el acierto de rescatar para la posteridad este conjunto de piezas de la colección de Jorge Bustamante.
    Muy poco es lo que se sabe de Teodoro Bullón Salazar, aparte de que era dueño de un taller de relojería que simultáneamente funcionaba como estudio fotográfico, situado en la calle Grau a pocas cuadras de la plaza principal de la ciudad, en cuyos archivos se halló la preciosa colección que fue a parar a manos de su actual dueño.
    La muestra constituye una expresión valiosísima tanto por su valor histórico como por su calidad estética, pues a la par que nos presenta imágenes sorprendentes de la ciudad de Jauja de hace aproximadamente cien años, rincones que se pueden rastrear en la memoria de lugares hoy modificados por el tiempo; rostros que perduran en las siguientes  generaciones; atuendos que se usaron en aquella época, y expresiones que corresponden a un momento, el de sus primeros pasos, del arte de fotografiar; también revela una clara intención del artista por mostrarnos su visión personal de los paisajes, las situaciones y las personas, una narración que está en consonancia con ese imaginario que menciona el subtítulo de la exposición.
    Los negativos de vidrio, perfectamente acondicionados en una pared de adobes, poseen ese aire espectral que los dota de cierta dimensión fantástica, como si los seres y enseres de otro tiempo cobraran vida gracias a la magia del artista, en una época donde tal vez el fotógrafo no disfrutaba aún de esa condición. El visitante que se acerca a la luz de sus espacios en negativo establece un diálogo de sombras con esas figuras inmortalizadas por el relámpago de magnesio.
    He visitado el recinto de la galería el último día de la muestra, al filo de su cierre, preparándose para enrumbar a sus orígenes, allá donde su visión significará una inmersión en el pasado y un reconocimiento en el presente. Y lo que me ha devuelto el observar este conjunto de medio centenar de imágenes en blanco y negro, de una colección de más de trescientas piezas, es esa sensación de consanguinidad con sus ámbitos domésticos, una inquietante afinidad con esas fotos que todos guardamos en el álbum familiar, donde nos volvemos a encontrar con los antepasados y los seres entrañables que en algún momento poblaron de ternura y nostalgia nuestra infancia. Presencias que ya no son de este mundo, pero que han ingresado a ese universo inefable y misterioso del trasmundo, encantados para siempre por el arte hechicero de la fotografía.
    Es imposible no pensar en Martín Chambi, el paradigmático fotógrafo cusqueño, al mirar con detenimiento la composición de muchas de las fotografías, sobre todo aquellas realizadas en estudio, pues ambas miradas poseen una misma agudeza para captar el espíritu de las situaciones, el alma de los decorados y el secreto de sus múltiples mensajes expresados a través de ese juego de luces y sombras que proyecta la cámara en manos de tan diestro artesano, que es la forma popular y modesta de llamar al artista.
    Hombres y mujeres que nos hablan desde el pasado, mostrándonos su idiosincrasia a través de esas placas a veces erosionadas por el óxido y el olvido, desvelando ante estos ojos contemporáneos, heridos de modernidad, la flagrante sencillez y candorosa mansedumbre de una vida con ciertos acentos bucólicos y ribetes de utopía. Miradas petrificadas que nos interpelan desde su lejanía para hacernos vislumbrar un porvenir más comprometido con sus raíces, reconocidos en una identidad que jamás debe anclarse en un desdén por la diversidad.

Lima, 16 de septiembre de 2017.   

viernes, 25 de agosto de 2017

Arturo Corcuera: fábula y sueño

    Uno de los poetas más notables del Perú acaba de abordar su bíblica nave hacia mares ignotos, allá donde lo esperan aquellos que se fueron antes para habitar la tierra áurea de los inmortales, esos territorios de quimera que los dioses han destinado para el disfrute y  el descanso de los magos de la palabra, los hechiceros del verbo, demiurgos inconmensurables del verso, hijos de carne y sangre de la poesía.
    Nacido en un puerto de la costa norte del país, Salaverry, adonde llegó su padre juez de primera instancia, Arturo Corcuera vivió sus primeros años entre la arena, la playa y la fauna marina, que dejarían su impronta en los ojos curiosos e inocentes de ese niño que ya poseía el aura imborrable de la poesía. Su imaginación seguiría alimentándose cuando la familia dejó la costa y se instaló en los feraces valles andinos, donde encontró otros elementos que enriquecieron su vasta colección de animales que luego irían a poblar sus versos.
    Ganador de innumerables premios de poesía, aquí y en el extranjero, adquirió renombre con un libro que ya es todo un clásico de nuestras letras, Noé delirante, publicado en 1963 por la editorial La Rama Florida, dirigida otro magnífico poeta, Javier Sologuren, y que ha tenido más de una decena de ediciones. A lo largo de más de cincuenta años el libro ha ido creciendo, ensanchando sus dominios en el ámbito poético y consolidándose como la creación más afortunada de Arturo Corcuera.
    Recorrió el mundo invitado a diversos encuentros y recitales de poesía, donde tuvo ocasión de conocer a grandes poetas de otras latitudes, entre ellos al chileno Pablo Neruda, al español Vicente Aleixandre y al caribeño Derek Walcott, todos ellos premios Nobel de Literatura. Recuerda el poeta que cuando conoció a Aleixandre, a quien dio a leer su famoso libro, éste le dijo que era muy difícil escribir poemas breves, porque era como dar en el blanco con poco tiempo, pero que él lo había conseguido.
    Es que es difícil resistirse al encanto y a la maravilla de los poemas que integran Noé delirante, un auténtico fabulario lleno de insólitas metáforas, juegos verbales, sentido lúdico de la naturaleza y un finísimo humor, no sin dejar regado por uno y otro rincón, esa crítica social que también caracterizó al poeta liberteño. Fábulas que están impregnadas de felices connotaciones simbólicas y hallazgos sorprendentes que se solazan con el significado de las palabras y las cosas.
    Fácilmente reconocible en medio de una multitud, por su nívea melena y su aguda mirada, Arturo Corcuera vivía en su casa de Chaclacayo en medio de sus colecciones de libros, cuadros, grabados, fotografías, esculturas, medallas y diplomas, obtenidos a lo largo de una vida consagrada a las musas, a quienes debía servir día y noche, pues sino se iban con otro, según lo aclaró en una de sus últimas entrevistas. Rodeado además de un paisaje natural que hacía propicio el trabajo para el que su espíritu estaba dotado con creces.
    Siempre fue consciente Arturo Corcuera de que el poeta nace y se hace, pues no es suficiente el haber llegado a este mundo en la posesión de un don que te distingue del resto de los mortales, sino que había que leer mucho, conocer, investigar, experimentar lo humano, vivir, en una palabra, para tener el temple necesario de expresar a través de las palabras esa peripecia fantástica de nuestro estar en la Tierra, y sobre todo hacerlo con el talento y la destreza que logren cuajar en ese algo tan inasible pero tan concreto como es la belleza, para asombro y deleite de los privilegiados lectores que tengan la dicha de ser tocados por sus versos.
    La muerte de un poeta nos empobrece como especie, pues entraña la pérdida de una particular manera de sentir el universo, una sensibilidad única que nos abandona. Mas tenemos en compensación un valioso consuelo: su obra, el testimonio espléndido de su paso por la vida ataviado con esa mirada alucinada y lúcida, reflexiva y delirante, la expresión cabal de nuestra condición transmutada en esa sucesión de signos y sonidos melódicos, paródicos y míticos que los griegos llamaron poiesis, es decir, creación, invención, el paso del no-ser al ser.


Lima, 24 de agosto de 2017.        

sábado, 19 de agosto de 2017

Terror en Barcelona

     Otra vez el terror se ha vuelto a cebar en Europa; esta vez le ha tocado el turno, en esta rueda nefanda de la fortuna, a la bella y exótica Barcelona, una de las ciudades más emblemáticas de España y del continente. Un puñado de jóvenes de origen marroquí, saturados por la prédica de la muerte que alientan los líderes del Estado Islámico, han embestido con una furgoneta el tradicional paseo de las Ramblas, dejando un reguero de muerte y destrucción, vidas tronchadas de una manera tan absurda como execrable.
    El método empleado para el ataque no es nuevo, pues antes lo han ensayado estos guerreros de los infiernos, en ciudades como Niza, Berlín, Londres y Estocolmo, en los últimos años. Al llamado de los jerarcas de la organización terrorista, de usar las armas más diversas para golpear a los países de los infieles, los militantes han optado por esta criminal forma de acabar con quienes representan para ellos a los opresores de sus pueblos, aunque simplemente fueran inocentes viandantes que el inextricable azar colocara en medio de sus designios.
    Arrinconados por los ejércitos de la coalición en sus pretendidos feudos medievales, los yihadistas reaccionan de esta manera demencial para paliar en algo su inevitable derrota. Casi expulsados de Mosul, su bastión por más de dos años en Irak; amenazados en Raqa, la capital de su fementido Califato en Siria, estos combatientes anacrónicos surgen de improviso en las urbes representativas del Viejo Mundo, para desatar el miedo por el miedo, la sangre derramada inútilmente con el fin de justificar sus ininteligibles propósitos político-religiosos.
    El rechazo y la condena en España y Europa en general han sido unánimes, pues estas tragedias están más allá de banderías políticas, aparcadas ahora que la nación ha sufrido un atentado mortal, como no se había visto desde el luctuoso 11 de marzo de 2004. Cuando uno ve sencillamente los datos fríos de la masacre, los números que son lanzados al mundo por los medios de comunicación, tantos muertos, tantos heridos, no se imagina los terribles dramas singulares que familias concretas están viviendo en estos momentos. Familias destruidas, seres repentinamente arrebatados por la locura de una lucha sin explicación racional, vidas segadas por la demencia de un proyecto tirado de los cabellos.
    No hay duda de que el terrorismo internacional es la amenaza principal de las naciones europeas desde que se entronizara a mediados del 2014 el llamado Estado Islámico, una organización política teocrática de tintes extremistas, seguidora de la versión más ortodoxa y retrógrada del islam, el salafismo, con su interpretación cruda y violenta de aquella religión. Nada de eso comparten los religiosos islámicos asentados en las capitales occidentales, pues muchas de esas organizaciones en España han salido a condenar los sucesos de este jueves.
    Nunca se puede saber exactamente el instante en que va a actuar una célula terrorista, a pesar de los serios esfuerzos de las fuerzas policiales orientados a políticas férreas de prevención y seguridad; a lo sumo, han retrasado este ataque que en algún momento tenía que llegar, nada menos que en el centro neurálgico de una de las urbes más turísticas y visitadas de Occidente, a donde llegan por estas épocas –cuando el verano y las vacaciones se conjugan perfectamente– miles de viajeros procedentes de diferentes países del mundo, especialmente del continente, donde los ha pillado la muerte, transitando alegres y despreocupados por el paseo más concurrido de Cataluña, una vía como otras  similares en Europa, objetivo privilegiado para los jóvenes radicalizados en una fe que los invita a la inmolación y al crimen.
    También es tiempo de repensar las políticas y actitudes de Occidente en los territorios candentes del Oriente Medio, origen y causa de estas reacciones insanas de grupos fanatizados que sólo saben responder con la bestialidad y la fuerza, matando indiscriminadamente en su afán de contrarrestar lo que ellos creen es la presencia sistemáticamente abusiva de las potencias interesadas en las ingentes riquezas de aquella zona. Mientras subsistan los actuales patrones de juego en dichas comarcas, es muy poco lo que se puede hacer para sofocar o acabar con esta amenaza terrorista.
    Las alarmas se han situado casi a su máximo nivel, pues no sería extraño que más temprano que tarde, otra ciudad sea la elegida en esta ruleta siniestra que tiene en vilo a todo el mundo civilizado, en jaque perpetuo por la barbarie asesina de quienes desconocen los valores humanos de la libertad, la democracia y la vida.


Lima, 19 de agosto de 2017.   

sábado, 17 de junio de 2017

Novela negra

     Con la intensidad de una verdadera novela negra ha ingresado a su fase más emocionante el caso que mantiene en expectativa a la sociedad estadounidense: la posibilidad del impeachment que pende sobre el presidente Donald Trump por la denominada trama rusa, un complot urdido quizás en los mismos salones del Kremlin, la probable injerencia del gobierno del presidente Vladímir Putin en la campaña presidencial del año pasado que llevó a la Casa Blanca al magnate inmobiliario.
     En las semanas previas a la votación de noviembre, corría un fuerte rumor en los medios de prensa y en los corrillos políticos norteamericanos sobre la forma como un equipo de hackers rusos habría tenido acceso al correo electrónico de la candidata demócrata Hilary Clinton, con el fin de hurgar en los documentos que la comprometían en asuntos delicados de política internacional. El objetivo evidente era desacreditarla para favorecer la candidatura del republicano, cosa que surtió efecto por los resultados conocidos.
    Ante ello, una vez instalada la nueva administración en enero, la justicia tomó en sus manos el caso, pues se trataba a todas luces de un acto ilegal el que habría posibilitado el triunfo del candidato conservador, con el agravante de la intervención de un estado extranjero en calidad de cómplice. No bien puesta en marcha la acción judicial, e inclusive antes de asumir la presidencia, Trump inició una serie de reuniones y encuentros con el fin de impedir el desvelamiento del entramado. El más notorio es el que sostuvo con el jefe del FBI, James Comey, a quien citó numerosas veces para tratar de presionar y detener las investigaciones con una clara intención obstruccionista.
     Ya antes había caído el consejero de Seguridad Michael Flynn, involucrado también en la supuesta trama, mientras el fiscal general Jeff Sessions se apartaba del caso por sus vínculos con el embajador ruso durante la campaña. James Comey, mientras tanto, resistía las embestidas del inquilino de la Casa Blanca, que pretendía a toda costa limpiar a sus ex colaboradores, o por lo menos alejarlos de las pesquisas judiciales.
     Hace casi 45 años, un acontecimiento de similares características remeció los mismos cimientos de la Casa Blanca, trayéndose abajo al presidente Richard Nixon, forzando su renuncia en medio del escándalo de las escuchas al Partido Demócrata en el llamado caso Watergate. Fueron dos jóvenes periodistas del diario The Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, quienes desnudaron las maquinaciones del gobierno republicano para obstaculizar las investigaciones de un hecho que buscaba neutralizar la campaña del partido opositor.
     El 8 de junio último, Comey se presentó ante la comisión del Senado que investiga lo que los medios de prensa llaman el Rusiagate, ocasión en que ha narrado con lujo de detalles sus tres encuentros y las seis llamadas telefónicas sostenidas con el mandatario, en donde éste efectivamente trata de convencerlo para no proseguir las indagaciones que en ese momento se iniciaban sobre Michael Flynn, chantajeándolo sibilinamente con frases que aludían al mantenimiento en su puesto. El funcionario, conocido por su rectitud y sus sólidos principios religiosos, se mantuvo en sus trece, intercambiando miradas retadoras con el presidente. El resultado fue el esperado: Comey fue despedido.
     Al haberse recusado Sessions por los motivos ya mencionados, el vicesecretario Rod Rosenstein nombró como fiscal especial para el caso a Robert Mueller, exjefe del FBI y experimentado funcionario en la administración pública, reconocido también por su probidad y acendrada vocación de justicia. En manos de este severo juez está ahora el futuro del personaje más controvertido de la política norteamericana de los tiempos recientes, que puede correr la misma suerte de Nixon, aun cuando todavía hay mucho pan por rebanar.
     Deberá probarse fehacientemente la intención obstruccionista del jefe de Estado para iniciar al proceso de destitución, si antes no renuncia al cargo como su antecesor republicano y permite una salida constitucional al enredo. Empero, nada hace presagiar que el investigado vaya a dar ese paso así se demuestre jurídicamente que ha infringido la ley. Su proteica personalidad no permite adelantar alguna reacción previsible; lo que sí está garantizado es una trama novelesca que los ciudadanos vivirán como si se tratara de una auténtica ficción del género policial, con detectives y espías, actos fuera de la ley y metafóricos crímenes; como en una novela negra.

Lima, 17 de junio de 2017.       


sábado, 27 de mayo de 2017

Retrato de un anarquista

    El primer antepasado de don Manuel González Prada en pisar tierras americanas fue don Josef, hijo de don Francisco González de Prada y Calvo y de doña Antonia Falcón y Arroyo. Casó con la dama cochabambina doña Nicolasa de Marrón y Lombera, de cuya unión nació el 3 de enero de 1815 su hijo Francisco, quien se casaría con la arequipeña Josefa Álvarez de Ulloa, padres que serían de don Manuel. Con estos y otros interesantes datos se inicia el libro biográfico que le dedicara Luis Alberto Sánchez, titulado simplemente Don Manuel (Lima, 1930).
    Luego de algunos trasiegos personales la familia recala en Lima, la joven capital de la flamante república. El 6 de enero de 1848 tiene lugar el nacimiento de este personaje singular de la cultura peruana, bautizado católicamente bajo el aristocrático y sonoro nombre de Manuel González de Prada y Ulloa. Desde los primeros años ya se hacen visibles los rasgos que marcarían su carácter: callado, tímido, desdeñoso. El tercero de cuatro hermanos, Francisco y Cristina los mayores, e Isabel la última. Vivían en pleno centro de la ciudad, en la solariega casa de la familia frente a la puerta lateral del Teatro Municipal.
    Muy pequeño su padre lo sorprendió leyendo a Diderot en la biblioteca doméstica; se complacía con la lectura más que con los estudios. Al partir el padre para Chile exiliado por razones políticas, la familia se establece un tiempo en Valparaíso, donde el niño tiene ocasión de estudiar con un maestro inglés y uno alemán. Cuando cumplió trece años –de vuelta al Perú–, el niño es enviado por sus padres al Seminario de Santo Toribio, de donde fugaría al poco tiempo para recalar en el Colegio de San Carlos. Los incipientes rigores del monacato y de la vida conventual no se avenían con su natural rebeldía y espíritu cuestionador. Curiosamente detestaba la gramática, según el biógrafo, destacando más bien en química y matemáticas. Quiso ser ingeniero, pero su madre se opuso a que el hijo se alejara de ella, pues sólo podía estudiar la carrera en el extranjero. Se resignó a estudiar Derecho, a pesar de su invencible rechazo a los latines que tanto le recordaban al Seminario.
    Concluidos sus estudios universitarios, su vida da un giro radical al decidir establecerse en Mala, en la hacienda de la familia. Allí viviría ocho años, en el apartamiento campestre y bucólico de la comarca costeña, donde pasearía sus ensoñaciones y los versos irían saliendo de su fértil imaginación de fino poeta y eximio versificador. Hay un soneto dedicado al amor, escrito a sus juveniles 21 años, que dan muestra de su talento y destreza para la composición, los ritmos y las rimas. Hasta allí le llegaban también los periódicos y revistas en diversos idiomas, que lo mantenían en contacto con el mundo. Todo esto hacía de este solitario un campesino refinado, un poeta chacarero y hacendado. De tanto en tanto visitaba a su madre en la capital, llevándole los productos de sus campos.
    Al cumplir los 29, conoce entre las invitadas de sus hermanas, a una francesita de 14 años llamada Adriana de Verneuil, con quien al cabo de unos años llegaría a formalizar una relación que terminaría en el altar, pues don Manuel, ya conocido por entonces como  “hereje” y “agnóstico ermitaño”, era muy respetuoso de las creencias religiosas de los demás, aunque él mismo fuera siempre un pensador furiosamente anticlerical.
    Cuando los aciagos hechos de la guerra del 79, don Manuel se enroló al ejército patriota como oficial de reserva; sin embargo, luego de la derrota de la batalla de Miraflores, decidió refundirse en su indignada soledad y no salir hasta que la tropa invasora se haya retirado del suelo patrio. Aunque quizás no cumplió del todo su promesa íntima, el sólo saber que la soldadesca hacía de las suyas en la ciudad ocupada, ante la mirada atónita y cómplice de las autoridades y de los gobernantes de turno, lo llenaba de impotencia y santa ira; mas ello fue fermentando sus implacables catilinarias con que fustigó a la clase política que jamás estuvo a la altura de los funestos acontecimientos.
    En contraposición al Club Literario, una asociación de intelectuales y escritores de tendencia conservadora y elitista, el joven González Prada funda con un grupo de amigos el Círculo Literario, desde donde pretende insuflarle aires frescos y renovados a la anquilosada vida cultural limeña. Una serie de conferencias pronunciadas en distintos teatros de la época serían duramente comentadas en los corrillos políticos y literarios de una ciudad que aún desempolvaba su rostro de rancios vestigios coloniales. Resonaba con fuerza sobre todo la frase lapidaria con que buscaba enterrar el nefasto pasado: “Los jóvenes a la obra, los viejos a la tumba.” Así como otra, dicha al calor de una vieja rivalidad con un tótem de la literatura del novecientos, cuando llamó a la tradición “ese monstruo engendrado por las falsificaciones agridulces de la historia y la caricatura microscópica de la novela”, en velada alusión a Palma.
    En 1991 funda su partido radical denominado Unión Nacional, que nucleó a lo más granado de la intelectualidad de entonces –Abelardo Gamarra, Germán Leguía y Martínez, Carlos Germán Amézaga y otros–. Ese mismo año parte a Europa con Adriana esperando a su tercer hijo, pues los dos primeros murieron antes de cumplir el año. En París asiste a las lecciones que impartía Ernest Renán en el Colegio de Francia; asiduo concurrente que el filósofo, historiador y escritor reconocía con gestos elocuentes. Siete años permanece en el Viejo Mundo cuando decide regresar al Perú. Nuevamente a la agitación de la vida política menuda, entre elogios y denuestos, reconocimientos y envidias.
    Reemplaza a Palma en la dirección de la Biblioteca Nacional en 1912, lo cual crea otro escarceo de enfrentamiento entre los seguidores de estas dos figuras descollantes de nuestras letras. Es el último tramo de la fructífera existencia de don Manuel, habiendo publicado ya algunos libros de poesía y otros de ensayos y artículos. El 22 de julio de 1918 sufre un síncope cardiaco, relámpago fulminante que termina con la fecunda trayectoria del apóstol, del hereje, del anarquista indoblegable que alcanzaba así la cima de la gloria, el fuego eterno de la inmortalidad.
    Salgo gratamente refrescado de esta inmersión purificadora en la vida de uno de los hombres más preclaros y honestos que ha tenido el Perú, de un escritor imprescindible en las letras de cualquier país, de un luchador aristócrata e insobornable que consagró sus días a la noble tarea de edificar el templo espiritual y moral de la humanidad. ¡Cuánta falta nos hace don Manuel en estos tiempos tan parecidos a aquellos que provocaron su tempestuosa indignación! El látigo feroz de su pluma no se detendría, implacable, frente a los desmanes de los crápulas de siempre y a las trapacerías de los corruptos de toda la vida.


Lima, 27 de mayo de 2017.    

miércoles, 10 de mayo de 2017

Francia en marcha

    He aguardado con gran expectativa los resultados de la segunda vuelta electoral en Francia, donde finalmente ha obtenido la victoria el candidato social liberal Emmanuel Macrón, líder del movimiento En Marche!, fundado apenas hace un año y catapultado al palacio del Elíseo de la mano de este joven banquero de 39 años, ex ministro de economía y representante de la centro derecha francesa. No era, quizás, la mejor opción, pero era la única alternativa ante la amenaza retrógrada que significaba la agrupación neonazi rival.
    Los peores temores que abrigaba el mundo democrático, con los antecedentes del brexit en el Reino Unido y el ascenso a la Casa Blanca del inefable Donald Trump, se han disipado por ahora, pues no se puede decir que el Frente Nacional, el partido de la ultraderechista Marine Le Pen, haya sido totalmente derrotado, pues desde que su fundador y padre de la actual lideresa pasara a la segunda vuelta en las elecciones del 2002, obteniendo una votación cercana al 20%, el apoyo a sus propuestas no ha cesado de crecer, favorecido por una realidad social y económica que no ha hecho sino deteriorarse en los últimos años, cundiendo el descontento y la decepción con las políticas liberales en amplios sectores de la sociedad francesa.
    Aupada a una campaña basada en noticias falsas, apelando conscientemente al miedo y con posiciones claramente xenófobas, antiinmigracionistas y contrarias a la Unión Europea, Marine Le Pen ha conquistado un importante 33% del electorado, sin rozar, sin embargo, su gran objetivo político de alcanzar el 40% de votos. Mientras que Macrón, merced a un discurso europeísta, respetuoso de los valores republicanos y apelando constantemente al diálogo, ha obtenido un 66%, que lo sitúa como el flamante presidente de la V República.
    Es singular en varios sentidos el historial de quien será el sucesor del socialista Francois Hollande; pues aparte de que será el presidente más joven del país de Voltaire y Víctor Hugo, su vida parece el guion extraído de una novela. A los quince años, siendo todavía un estudiante secundario, se enamoró de su maestra de teatro y francés, 23 años mayor, de quien sus padres trataron de apartarla llevándolo desde su natal Amiens a estudiar a París, pero el joven ya había prometido algo que cumpliría con la puntual aquiescencia de un caballero: casarse con la mujer que había deslumbrado su corazón y sus sueños. Ella se divorció de su primer marido y se fue a vivir con este bisoño aprendiz de finanzas, una unión que ha perdurado a pesar de las diferencias de edad porque está hecha, sin duda, con la sólida materia del sincero afecto y la lealtad invulnerable.
    Por otra parte, encuentro un gran parecido con lo sucedido en el Perú el año pasado en las elecciones de la segunda vuelta, donde igualmente una candidata que concitaba profundo resquemor en los ámbitos democráticos fue impedida de llegar a la presidencia por un amplio abanico de fuerzas que haciendo un esfuerzo supremo evitaron que el Perú repitiera su historia a través de un régimen que hubiese encarnado las prácticas y los principios de la época más nefasta de su historia reciente. En Francia, el fascismo encubierto que representa Le Pen ha sido barrido por el electorado, poniéndose a salvo todo aquello que simboliza, mal que bien, el país de la bandera tricolor, y que después de superado este serio susto, debe encontrar su camino para convertirse en el otro gran pilar del proyecto comunitario, conjuntamente con Alemania.
    Es cierto, además, que en la insurgencia de estos movimientos de extrema derecha en muchos países del viejo continente tiene buena parte de culpa la propia clase política que ha estado al frente de la mayoría de gobiernos de corte liberal y socialdemócrata, que en la última década han enfrentado serios tropiezos para manejar una crisis que ha terminado reacomodando el tablero político preexistente. Ya sucedió en España, hace poco, y ahora en Francia los dos partidos que han usufructuado el poder desde la Segunda Guerra Mundial –los Republicanos y los Socialistas–, han sido desplazados a la condición de segundones en el escenario renovado que ha estrenado esta elección.
    Queda por verse, también, lo que sucederá de aquí a un mes cuando se celebren las elecciones legislativas, lo que significará la piedra de toque para la conformación del nuevo gobierno, estando en perspectiva diversas alternativas que en la tradición francesa se han ensayado en numerosas ocasiones. Pero lo mejor de todo es que, aunque sea por breve tiempo, el peligro fascista ha pasado, lo cual no debe significar que se deba bajar la guardia ante su arremetida en sociedades democráticas de gran solera como la que ostenta la patria de Jean Paul Sartre y Albert Camus, dos figuras representativas de la cultura gala del siglo XX.


Lima, 8 de mayo de 2017.