viernes, 9 de agosto de 2013

Los ángeles del infierno

Me zambullí en la lectura de Millennium, la oceánica novela del escritor sueco Stieg Larsson, precedido por el elogioso comentario que hizo de ella el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, en un artículo aparecido en el año 2009. El resultado no pudo haber sido más gratificante; he vivido los últimos meses en estado de expectación permanente, suspendido de la fascinante historia que el autor ha separado en tres volúmenes: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Yo sabía que en cuanto cogiera el libro, éste me iría a atrapar irremisiblemente, por ello no me sorprendió que fácilmente cayera rendido ante sus hechizos verbales.
     El primero de ellos está centrado en la desaparición de Harriet Vanger, la sobrina del industrial y ex directivo Henrik Vanger. Este hombre, cuyo sentido de vida está depositado en el hecho de hallar la verdad al largo misterio que rodea la desaparición de su sobrina favorita, promete al periodista Mikael Blomkvist un delicioso bocado, para convencerlo de hacer el último intento por saber lo que realmente pasó: entregarle en cabeza de plata la cabeza de Hans-Erik Wenneström, némesis absoluta del hombre de prensa, a quien a llevado a juicio por un caso de difamación y culpable de su próxima carcelería decretada en la sentencia.
     El segundo volumen de la trilogía gira en torno a los asesinatos del periodista Dag Svensson y de la investigadora Mía Bergman, achacados en un primer momento a Lisbeth Salander pero, luego de una tortuosa y burocrática marcha de esclarecimiento, atribuido a un tal Ronald Niedermann, mano ejecutora de un grupo de mafiosos, miembros de una secta al interior del propio Servicio General de Inteligencia, que actuaban al margen de la ley para proteger a un tal Alexander Zalachenko, espía y desertor ruso que trabaja para ellos y padre a su vez de Lisbeth Salander.
     En la tercera parte asistimos al desvelamiento de los entretelones de la actuación de la Säpo, como es denominado el SGI/seg., concretamente al grupo que se hacía conocer como la Sección, autor de una serie de asesinatos, secuestros y otros crímenes que tenían como razón de fondo la presencia de ese siniestro personaje que alguna vez engendró a nuestra heroína, que maltrató a su madre hasta dejarla inválida y que en venganza recibió su merecido cuando la niña, de 12 años aún, le roció de gasolina y le prendió una cerilla, dejándole secuelas imborrables en el cuerpo, pero unas ganas perversas de cobrarse la revancha con su propia hija.
     Lisbeth es una chica especial, poco comunicativa e insociable, que gusta de vestir provocativamente, usa piercings y lleva tatuajes, y se dedica al hacking, con el fin de coger con las manos en la masa a cuanto pillo, bribón o canalla ande suelto. Dotada de cualidades excepcionales para la investigación, posee una memoria fotográfica y una insuperable agilidad de reptil. Cualidades todas forjadas en medio de la lucha por la sobrevivencia que ha sido toda su vida, desde que nació y presenció los abusos de su padre, hasta que fue víctima de inescrupulosos jueces, policías y médicos que la internaron en un psiquiátrico calificándola de enferma mental.
     Se enfrentó a un grupo de matones y los venció increíblemente, pese a su condición menuda y endeble. Salió airosa de cuanto enfrentamiento tuvo con quienes la señalaban, sindicaban y denunciaban por diversos motivos, desplegando sus singulares habilidades para escurrirse como una serpiente, o apelando a su feroz instinto de conservación para encontrar la salida cuando aparentemente ya todo estaba perdido.
     Mikael, el otro protagonista, es un periodista incisivo y obsesivo con las materias de su investigación, que se embarca en aventuras fantásticas de búsqueda de la verdad, sumido hasta la médula en los casos más impresionantes, y que matiza su vida con una copiosa actividad sexual con las ocasionales acompañantes que se le cruzan por el camino. Erika Berger, Cecilia Vanger, Monica Figuerola y hasta la misma Lisbeth Salander, han pasado por los brazos, curtidos de lances amorosos, del perspicaz y proteico cronista de la revista Millennium.
     Abundan los personajes simpáticos y amigos de la justicia, como también los despreciables y ruines. Ejemplo de los primeros es Dragan Armanskij, director ejecutivo de Milton Security, la empresa para la que trabajó Lisbeth en sus primeros años. Y modelo paradigmático de los segundos es el abogado Nils Bjurman, nombrado administrador de los bienes de Lisbeth Salander ante la incapacidad física de Holger Palmgran, su primer tutor y amigo. Bjurman es un sujeto sin escrúpulos que se aprovecha de su condición para ultrajar a su protegida, quien en venganza le tatúa en el vientre una frase descriptiva y bastante certera.
     Desfilan por la novela una serie de otros personajes que completan el panorama total de la realidad de la ficción, seres que encarnan los más diversos valores y características de la humanidad, y que a veces nos llevan a pensar que por más desarrollada que sea una sociedad, también alberga en su seno a un sinfín de sujetos de baja estofa que actúan al margen de la ley y de la moral, atravesando por este mundo con el único objeto de satisfacer sus pérfidos deseos y sus inconfesables fines.
     Pero igualmente están para detenerlos, entorpeciendo sus jugarretas y marcándoles los límites, aquellos a quienes llamamos héroes, que revestidos de cualidades especiales salen a enfrentar las injusticias de este mundo como lo hicieron todos los héroes que han sido en la historia de la literatura. Reparar daños y desfacer entuertos es su oficio, y a ello se abocan con la energía que les provee la fuerza de su espíritu. De esta madera están hechos un Mikael Blomkvist y una Lisbeth Salander, quienes ya forman coro en el panteón de los justicieros juntos al Titant lo Blanc, al Quijote de la Mancha y al Amadís de Gaula.


Lima, 31 de julio de 2013.  

domingo, 28 de julio de 2013

La náusea

     Al mejor estilo de las más sucias componendas políticas de que se tenga memoria en nuestra historia republicana, se ha consumado la elección de los miembros del Tribunal Constitucional, del Banco Central de Reserva y de la Defensoría del Pueblo. Los grupos encaramados al poder y sus secuaces, se han repartido cual botín los cargos que estaban vacantes en esos organismos del Estado.
     La repartija en cuestión, ha sido posible gracias a un acuerdo bajo la mesa de cuatro agrupaciones políticas que han transado, del modo más evidente y descarado, para una designación que engrosará los anales de la historia universal de la infamia.
     Personajes impresentables, algunos de ellos cuestionados por severas razones de orden ético y moral, pasarán a ocupar los cargos que el Estado sólo debería reservar a personas intachables y de honestidad comprobada, además, claro está, de poseer las calidades académicas y profesionales del caso.
     Es un acto bochornoso, deplorable, indignante y nauseabundo, que la mayoría de los ciudadanos del país rechaza en los términos más enérgicos, pues entraña la consagración, a los más altos niveles de la gestión pública, del contubernio, la cuchipanda y el arreglo vicioso como formas de gobierno.
     Pensar que esos cargos fueron ocupados en un pasado reciente por magistrados de la talla de Manuel Aguirre Roca y Delia Revoredo de Mur, defenestrados a la sazón por el régimen putrefacto que asoló nuestra institucionalidad democrática en la década perdida de los noventa del siglo pasado, cuando una gavilla de asaltantes disfrazados de políticos, asesores y generales, coparon las más altas esferas del poder para medrar a sus anchas.
      Casi al instante de conocerse el arreglo concretado en el Congreso, una significativa presencia de ciudadanos en las calles expresaba su protesta, trasluciendo el sentir de la inmensa mayoría del país ante lo que a todas luces constituye un acto de repudiable atentado contra los valores democráticos, la ética y el sentido común.
     Al verse cuestionados, algunos miembros del TC y la Defensora del Pueblo, así como los líderes de los partidos políticos involucrados, han retrocedido arrinconados por la ola de indignación ciudadana. Reconsiderando su permanencia en los cargos, al cual fueron encumbrados en una negociación espuria, no les ha quedado otro camino que presentar su dimisión antes de verse envueltos en una crisis institucional de impredecibles consecuencias.
     Lo vergonzoso del caso ha sido tan evidente, la manera cómo se ha transado el reparto ha dejado traslucir los intereses particulares en juego de cada agrupación, los propios intereses del país han estado tan ajenos a todo este entripado, los personajes de esta opereta de tres centavos han desvelado sus almas con tal impudicia, que el espectáculo que la nación y el mundo han presenciado no pudo ser más deprimente y lamentable.
     Lo que queda ahora es volver a fojas cero y establecer un nuevo proceso de elección de los funcionarios de estos organismos fundamentales de la administración pública. Uno de los primeros requisitos debería pasar por la idoneidad moral y ética, el compromiso con la democracia y los derechos humanos y una honestidad y transparencia incuestionables. Esto debe hacer imposible que candidatos con un dudoso pasado, envueltos en casos flagrantes de apología a la corrupción y protección a quienes perpetraron gravísimos delitos de lesa humanidad, vuelvan a presentarse sin el menor rubor para un puesto de esta naturaleza.
     Lo que ha sucedido finalmente, la anulación por el Congreso, convocado en sesión extraordinaria, de los nombramientos de marras, es el triste colofón de lo que nunca debió haberse siquiera imaginado. Una muestra más de la terrible crisis política que nos agobia, manifestación visible de la ausencia de ética en el accionar de los personajes y grupos que pretenden gobernar nuestros pueblos.


Lima, 21 de julio de 2013.   

domingo, 21 de julio de 2013

Emociones inteligentes

     Cuando en 1995 Daniel Goleman  publicó su afamado libro Emotional Intelligence (La inteligencia emocional), ocasionó toda una revolución en el ámbito académico y en el mundo de la psicología, pues abría una riquísima veta para explorar el conocimiento de una faceta fundamental del ser humano, aquella constituida por sus emociones, y la manera como debían ser manejadas para alcanzar una vida plena.
     Desde el campo de las neurociencias, este doctor en filosofía, profesor de Harvard y responsable de la sección científica del New York Times, acomete la apasionante empresa de irnos revelando los misterios más recónditos del funcionamiento del cerebro, depositario de los más intrincados vericuetos de la conducta humana.
     Conocer el funcionamiento del cerebro es, sin duda, uno de los hechos más fascinantes de la aventura del saber, y mucho más si reconocemos que allí se producen las conexiones necesarias que impulsan nuestras acciones y las elaboraciones fisiológicas que deciden el curso de nuestras emociones. Es por ello que ese conocimiento debe ir parejo a su praxis, existiendo técnicas muy bien diseñadas que nos permiten lograr una adecuada canalización de todo ese causal de emociones naturales, a través de una inteligente y comprensiva labor de reconocimiento y consecuente accionar.
     Sabemos que el instinto en nuestra especie es un manantial increíble de las más diversas decisiones, tanto positivas como negativas, y cuya raíz última lo encontramos en el cerebro más antiguo que tenemos, el llamado reptiliano, aquel que por su velocidad y antigüedad termina muchas veces haciéndonos cometer torpezas y actos reprobables. Mientras que el cerebro racional, el neocórtex, necesita de un lento trabajo de adaptación y asimilación para hacer frente a los diferentes escenarios de la conflictividad humana.
     En una época en que eran sobrevalorados los cocientes de inteligencia que privilegiaban los aspectos cognitivos del lenguaje y las matemáticas, Goleman irrumpió con su novedosa teoría de que la inteligencia emocional puede, en muchos casos, ser definitivamente más importante que el mero dominio de dichas capacidades tradicionales, pues involucra el propio destino de la persona, a la vez que fortalece la base psíquica para potenciar las habilidades estrictamente intelectuales.
     Los tiempos han cambiado el modo como el ser humano tiene que adaptarse a su realidad, desarrollando sus posibilidades de empatía y solidaridad para superar esos rezagos de negación del otro que aún subyacen en el comportamiento de muchos, definiendo una personalidad acorde con las exigencias de la nueva era, pues como dice el mismo Goleman: “En resumen, con demasiada frecuencia nos enfrentamos a dilemas posmodernos con un repertorio emocional adaptado a las urgencias del pleistoceno”.
     Por medio de la presentación de casos particulares, que ha conocido a lo largo de su fructífera carrera como investigador, profesor y divulgador científico, Goleman nos muestra el papel esencial que juegan las emociones en la vida de una persona, ya sea en el matrimonio, en la escuela, en el trabajo o en cualquier otro ámbito, en donde se encuentre frente a una situación conflictiva con otra persona. La manera como salir airosamente del entuerto es lo que se conoce como inteligencia emocional, la clase de saber intuitivo que nos proporciona la clave para encontrar la salida al más entrampado laberinto.
     Si todos nos adiestráramos en su conocimiento y aplicación, es decir dejáramos de ser analfabetos emocionales, cuántos traumas, heridas morales, depresiones, ansiedades, iras y demás elementos tóxicos para nuestra alma  nos ahorraríamos, encaminando la convivencia humana por los auténticos senderos de la civilización y la plenitud vital.


Lima, 5 de julio de 2013.

miércoles, 3 de julio de 2013

Un héroe de nuestro tiempo

Edward Snowden era un ex técnico de la CIA que trabajaba hasta hace poco en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de los Estados Unidos, puesto al que renunció por razones estrictamente morales: su conciencia se rebelaba ante el hecho de que los servicios secretos de su país utilizaran la moderna tecnología de la información para inmiscuirse en las vidas privadas de miles de ciudadanos, con el fin de obtener datos para luchar, supuestamente, contra el terrorismo internacional y todo aquello que amenazara la seguridad de la superpotencia. 
     El joven experto en informática acaba de cumplir 30 años de edad, en medio de una persecución que ha emprendido contra él el gobierno de su país, acusándolo de traición y espionaje por haber filtrado a la prensa los documentos secretos de dos programas de intervención en las comunicaciones de personas sospechosas, según el gobierno norteamericano, de prácticas conspirativas, o de ser potenciales amenazas para la seguridad nacional.
     Los diarios The Guardian y The Washington Post fueron los que recibieron las sorprendentes revelaciones de Snowden sobre el masivo espionaje practicado por los Estados Unidos y el Reino Unido, quienes habrían solicitado a las compañías de internet Facebook, Google, Microsoft, Yahoo y otros, que les facilitaran información privada de alrededor de 50 mil personas, en una clara violación al derecho a la privacidad que protegen todas las legislaciones del mundo.
     La interceptación se habría realizado también en la Unión Europea, y contra funcionarios de los diversos gobiernos europeos, según la reciente revelación del diario Der Spiegel, lo que ha ocasionado una conmoción en los círculos políticos alemanes, especialmente, pues en volumen las intervenciones son las más importantes. Asimismo, las misiones extranjeras en las Naciones Unidas, la misma sede de la UE en Bruselas y otros países del resto del mundo, han estado sometidos al control y la vigilancia de los ubicuos servicios de inteligencia yanquis.
     Se encontraba Edward Snowden, por último, en Hawái,  laborando para la Empresa Booz Allen Hamilton, cuando ha decidido hacer públicas las intromisiones telefónicas y virtuales de la administración estadounidense, lo que ha significado tener que abandonar su centro de trabajo y la isla, para dirigirse a Hong Kong, primero, y luego a Moscú, donde se encuentra actualmente, habiendo burlado a la prensa al anunciar que se dirigiría a Cuba, para emprender viaje a su vez a Venezuela y Ecuador.
     Pues precisamente el gobierno de Rafael Correa estaría dispuesto a otorgarle el asilo diplomático, en la misma senda de la protección que brinda a Julian Assange, refugiado desde hace un año en la sede de la embajada del Ecuador en Londres. Razón por la que el gobierno de Washington ha reaccionado con cierta intemperancia, a través de un senador demócrata, amenazando con suspender los beneficios arancelarios que gozaba el país sudamericano en un tratado de comercio de pronto vencimiento.
     “El gobierno de Ecuador no va a aceptar amenazas de nadie. Nosotros no nos supeditamos a los intereses económicos”, le ha respondido, con gran coraje y dignidad, el Ministro de Comunicaciones, Fernando Alvarado, al susodicho representante y sus insolentes presiones y chantajes. Es la forma como tendrían que enfrentar todos nuestros países cuando la gran potencia imperial pretende avasallarnos con sus ucases y mandatos incontrovertibles.
     No es poca cosa desafiar al país que encarna el mayor poder sobre la Tierra, sabiendo que tu cabeza pende de un hilo, que todos tus movimientos está siendo seguidos y controlados por esa maquinaria pesadillesca emergida de la imaginación más febril de una ficción orwelliana. La inmensa osadía que entraña decidir plantarle cara a las actividades ilícitas del imperio, por más que el presidente Obama declare que son “legales” y “transparentes”, sólo merece un calificativo que se parece al que en el pasado otorgábamos a los héroes. Y aunque él haya señalado que no debe ser visto como héroe ni como villano, la verdad es que su actitud es poco común en un mundo dominado por la doblez, la cobardía y la componenda.
     La otra salida anunciada por su padre en la televisión norteamericana: su retorno negociado para ser juzgado con todas las garantías del debido proceso, se alza como la última pero riesgosa carta para un personaje que ya ha ingresado a la historia, esa historia que algunos buscan teñir de infamia al tomarse la deshonrosa prerrogativa de invadir el fuero íntimo del individuo para rastrear aviesamente sus menudas actividades cotidianas.


Lima, 29 de junio de 2013.

miércoles, 26 de junio de 2013

Madiba

Cuando cumplió noventa años, escribí el siguiente artículo en homenaje al gran Nelson Mandela. Ahora que se encuentra en trances difíciles y, al parecer, finales de su vida, lo publico como el pequeño tributo de un hombre de este tiempo a un gigante moral y ético de la humanidad.

El pasado 18 de julio cumplió noventa años de vida uno de los políticos más grandes que ha dado el siglo XX a la humanidad: Nelson Mandela; el primer presidente negro que ha tenido Sudáfrica, que llegó al poder democráticamente después de haber estado 27 años preso y cuya figura es respetada y admirada por las personalidades más diversas del mundo contemporáneo.
    Había nacido en la aldea de Qunu, en el pueblo de Umtata, de la provincia oriental del Cabo, por entonces capital del territorio del Transkei, donde tuvo una educación basada en los preceptos de la religión de los misioneros británicos que colonizaron el país. En medio de la pobreza reinante, su familia, perteneciente a la etnia de los Xhosa, le brindó lo necesario para ir perfilando en el futuro líder aquellas cualidades y valores que lo convertirían en el protagonista central de las luchas contra el régimen segregacionista del apartheid en Sudáfrica.
    Desde aquella época se le empezó a conocer con el nombre tribal de Madiba, tratamiento afectuoso que recibe hasta hoy entre sus más allegados. Estudió derecho en una universidad de Johannesburgo, la ciudad más poblada de Sudáfrica, y junto con Oliver Tambo, su compañero de luchas, se dedicaría a patrocinar la defensa de los derechos de los negros en medio de los atroces años de la política racista y abusiva del gobierno de Pretoria.
    Su ingreso al Congreso Nacional Africano, el partido que promovía la lucha contra el sistema del apartheid, le daría la posibilidad de liderar las jornadas de lucha más intensas en contra de una política que significaba la marginación más humillante de los hombres de su raza en el mismo suelo donde habían nacido. Obligados a visitar iglesias y escuelas para negros, a viajar en transportes para negros, a hacer todo separados de la minoría blanca que los gobernaba, los habitantes originarios del extremo sur del continente africano sentían el escarnio y la afrenta en cada acto público y privado de sus vidas. Para enfrentar ese orden de cosas inicuo y ominoso, Nelson Mandela se valió de las enseñanzas de Gandhi, ese otro gigante del siglo XX, de quien tomó la no violencia y la resistencia pacífica como métodos de lucha. Esto le valió varios procesos judiciales y otros tantos internamientos en prisión por el gobierno de los afrikáans.
    Pero sería en 1963 que comenzaría su más largo encierro en prisión, cuando fue confinado en la isla de Robben Island, asignándosele el número 46664, y donde viviría todos los horrores y las privaciones de una carcelería de 27 años, durante los cuales, sin embargo, Mandela nunca perdió la paciencia y la esperanza, pues sabía que finalmente su perseverancia triunfaría, y por ello se sometió a esa dura prueba de sacrificio con tenacidad y estoicismo.
    En los años siguientes, la presión internacional por la liberación de Mandela iría creciendo cada vez en distintos rincones del orbe, mientras el gobierno de Botha se negaba sistemáticamente a dar el paso, recrudeciendo las condiciones de su encierro al mismo tiempo que se agudizaba el enfrentamiento en las calles, como en el caso del famoso barrio de Sowetto, en Johannesburgo, símbolo de la resistencia por la libertad y la justicia.  
    Finalmente en 1990, bajo el gobierno de De Klerk, y ante la imposibilidad de resistir más el clamor mundial por la libertad del histórico líder, Mandela es liberado, e inmediatamente se incorpora a la lucha activa por la abolición del apartheid, proceso que gradualmente culmina en 1994 cuando es elegido abrumadoramente en las urnas como Presidente de Sudáfrica. El año anterior se le concedía el Premio Nobel de la Paz, así como recibiría otras decenas de premios a lo largo de su valiosa y combativa carrera de hombre público.
    Alguien ha dicho que si la humanidad tendría la posibilidad de tener un padre, ese sería sin duda Nelson Mandela; una figura donde se unen los valores y los principios más sagrados del hombre de estos tiempos. No han escaseado los elogios y las palabras de admiración para un gigante de la política mundial, uno de los pocos que quedan con la autenticidad y la pureza del querido Madiba.
    Después de haber dejado el poder y la política, en 1999, se ha consagrado con igual fervor al trabajo de su Fundación de lucha contra el SIDA, enfermedad que hace estragos en su país principalmente, así como en el África en general y el resto del mundo. Es considerado por muchos como un verdadero santo laico de nuestra época, un hombre sin igual que ha demostrado ante la historia su grandeza y humildad tanto en la cúspide del poder y la fama como en la adversidad de la persecución y la cárcel.

    ¡Feliz cumpleaños Madiba!       

Reclusión forzada y derechos humanos

La suspensión del sorteo que iba a realizarse para seleccionar a los nuevos reclutas, según la recientemente aprobada ley del servicio militar obligatorio, no ha hecho sino detener una medida a todas luces trasnochada y retrógrada. Gracias a la acción eficaz del Defensor del Pueblo, que recogiendo el clamor de la ciudadanía interpuso una acción de amparo seguida de la complementaria medida cautelar contra dicha pretensión, se ha impedido el abuso y el atentado contra una de las libertades básicas de ser humano.
     En una época en que la tendencia es hacia el gradual abandono de las acciones coercitivas que buscan someter de cualquier forma al ciudadano, la ley que reinstaura el llamado servicio militar obligatorio es evidentemente una norma anticonstitucional y violatoria de los convenios y tratados internacionales sobre derechos humanos. Así lo han entendido los más reputados juristas y expertos en la materia, respaldando un sentir colectivo de malestar frente a una ley que vulnera principios esenciales de los derechos de la persona.
     Lejos están ya esos tiempos en que los jóvenes de nuestro país eran levados a la fuerza por las tropas del ejército, en camiones que irrumpían repentinamente en los diversos poblados y ciudades, con el fin de reclutar contra su voluntad los soldados que supuestamente necesitaban. La acción era claramente vejatoria y abusiva, por más que se justificaba oficialmente apelando a los requerimientos de defensa de la patria en momentos álgidos de violencia armada que se vivió en las últimas décadas del siglo pasado.
     Sabido era, igualmente, el trato que recibían los reclutas en los diversos cuarteles del territorio nacional; un trato humillante, discriminatorio y bestial, donde primaban los instintos más primitivos para imponer lo que en las fuerzas armadas se estima como orden, disciplina y obediencia. Los numerosos testimonios que existen al respecto me eximen de ser más explícito en este sentido.
     Es falaz el argumento aquel de que sólo enrolándose en uno de los institutos armados se sirve a la patria; pues hay mil maneras distintas de hacerlo, desde las trincheras más inverosímiles de la acción social hasta las actividades más dispares en los frentes de batalla de una sociedad con muchos requerimientos y necesidades por suplir.
     Probablemente muchos jóvenes se sienten llamados a la vida militar de una manera natural, porque sus aptitudes y condiciones los predisponen a ello, pero eso no quiere decir que a todos se les debe imponer una forma de vida para la que no están personalmente inclinados, si no es violentando sus naturalezas y sometiéndolos a maltratos y crueldades reprobables.
     Existen otros argumentos más deleznables que apelan a conceptos equivocados de hombría, virilidad y de un machismo más desembozado. Mas no vale la pena detenerse a analizarlos, porque ya de por sí son indefendibles. Pero eso no debe hacernos olvidar que subsiste en el imaginario de mucha gente, la peregrina idea de que en el ejército uno se vuelve más hombre o cualquiera de esas sandeces al uso. Si duda que el concepto de hombre que manejan los susodichos, es diametralmente opuesto al que rige desde una perspectiva auténticamente humanista y filosófica.
     Es por ello que la ley de marras debe ser inmediatamente derogada, y buscar otras alternativas más inteligentes para convocar a quienes deseen ingresar a los cuarteles para cumplir una de las formas que existe, de muchísimas otras, de servir a la patria.


Lima, 22 de junio de 2013.

jueves, 20 de junio de 2013

G. Giacosa versus A. Mariátegui

Me ha causado cierta sorpresa, un asombro lleno de gracia e ironía, el encontrarme en la página central de un diario limeño, con dos columnas diametralmente opuestas; curiosamente ubicadas a izquierda y derecha, como revelando a través del símbolo las posturas ideológicas de sus respectivos autores; que condensan, a mi parecer, las posiciones más definidas del periodismo de opinión actual.
     Sus puntos de vista, sus miradas de las cosas y del mundo, sus perspectivas políticas no pueden ser más antagónicos, como si el escenario de la hoja de periódico se convirtiera, cotidianamente, en un campo de batalla donde se libraran los combates más férreos de la prensa de nuestros días. Ante cualquier acontecimiento o suceso analizado, si el primero dice a, el segundo dice b; si uno piensa así, el otro piensa asá. Es extraño, pero conviven respetuosamente en un mismo medio, que los alberga armónicamente.
     Demás está decir que la paradoja puede erigirse en una prueba irrefutable de las maravillas que puede obrar la libertad de expresión en una sociedad civilizada, de los altos grados de tolerancia y espíritu de apertura que pueden regir los destinos de la prensa en un país democrático. Mas también revela los bruscos niveles de encarnizamiento con que pueden debatirse los temas que más interesan a una ciudadanía ávida de información y análisis de la noticia.
     Guillermo Giacosa es un cazurro periodista argentino afincado en nuestro país desde hace más de tres décadas, que ha transitado con gran versatilidad y solvencia por la radio, la televisión y la prensa escrita, demostrando siempre su talante de hombre bien informado y poseedor de una vasta cultura, producto de una larga experiencia adquirida en su fructífero recorrido por diversas regiones y países del mundo. El hecho fortuito de haber recalado definitivamente en el Perú, lo ha hecho merecedor del cariño y el afecto de una legión de admiradores que lo siguen con devoción por el medio en que tenga ocasión de salir.
     De Aldo Mariátegui desconozco su trayectoria, sólo sé que fue director de un diario local, del cual fue defenestrado por misteriosas razones que muy pocos se han preocupado de hurgar. Tiene presencia igualmente en la radio y la televisión, donde aseguran los estudios de mercado que es uno de los periodistas más influyentes, lo cual francamente me asusta. Pero lo más irónico de su biografía, es que es nieto de José Carlos Mariátegui, el Amauta, dato que dispara mi estupor hasta la estratósfera. No me puedo imaginar al gran prensador socialista del Perú y Latinoamérica, al ícono de la izquierda en el continente, leyendo con placer los farragosos mamotretos reaccionarios de su descendiente.
     Porque en Aldo Mariátegui habla no el liberal que cree ser, sino la más rancia derecha retrógrada, que aún asoma sus belfos desde la caverna del pensamiento ultramontano. El fascismo embozado y militante esgrime sus argumentos de papirote desde cada palabra y cada frase de los artículos que escribe, con mucho sonido y furia, este aprendiz de Riva Agüero y de Luis E. Flores.
     Si Guillermo Giacosa es, a sus 73 años, un beligerante y juvenil contestatario del orden de cosas imperante, un rebelde lúcido y sagaz que busca los mejores rumbos para este planeta lacerado y para esta humanidad agónica -en el sentido unamuniano del término-; Aldo Mariátegui es, a sus cuatro décadas y pico, un viejo cascarrabias que despotrica de quienes encarnan, a su manera, las ideas de progreso y compromiso social con sus pueblos. Sus invectivas previsibles y marinas -pues tiene una fobia patológica por los que él llama “caviares”-, se vuelven pétalos de rosas cuando habla de quienes pisotearon y deshonraron la dignidad de la patria.
     Particularmente repugnante es leer una de sus últimas columnas anatemizando al expresidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, de visita por estos días en el Perú. Tratar de esa manera tan grosera y lumpenesca a una figura indiscutible de la política latinoamericana, revela el alma retorcida y de mala entraña de un pobre diablo que funge de periodista, pero que a veces parece ser sólo un vertedero de calumnias y difamaciones.
     Todo lo contrario sucede al leer las columnas de Guillermo Giacosa, siempre precisas, bien escritas y críticas de lo establecido. Cómo no estar de acuerdo con posiciones inteligentes, agudas y perfectamente coherentes con la realidad; mientras que al frente rezuman mal humor y negativismo un puñado de palabras salidas desde los fondos más miserables de la condición humana.

Lima, 9 de junio de 2013.