sábado, 28 de junio de 2014

El Medio Oriente en llamas



     Una nueva guerra civil, sectaria y religiosa, ha estallado en la región más explosiva del planeta. El grupo armado Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), ha emprendido una tenaz ofensiva por el norte y centro del país, con el fin de establecer una suerte de califato musulmán en territorios que comparten los estados de Siria e Irak.
     El EIIL es una rama disidente de Al Qaeda en esa zona del mundo, sus miembros pertenecen a la vertiente sunita del islam, y pretenden imponer la sharia en un país gobernado por la mayoría chiíta, cuyo presidente Nuri Al Maliki es acusado de posiciones sectarias y excluyentes por las comunidades sunita y kurda, las otras etnias que conviven en el seno de lo que históricamente fue el imperio persa.
     En enero de este año, los insurgentes tomaron las ciudades de Ramadi y de Faluya, y hace apenas unos días cayó en sus manos Mosul, la segunda ciudad más importante del país. Amenazan con llegar a la misma capital, Bagdad, pero antes vienen ocupando otras ciudades claves, ante lo cual han reaccionado las fuerzas oficiales, desplazando contingentes decisivos para detener el avance de los yihadistas. Se dice que ya controlan alrededor de una tercera parte del territorio iraquí.
     La rivalidad entre los sunitas y los chiítas es más que milenaria, una sorda guerra fratricida que se pierde en la noche oscura de los tiempos y que no tiene cuándo acabar. Ambos sostienen puntos de vista contrarios con respecto a la interpretación de las escrituras coránicas, y su manera de asumir la religión dista de ser un modelo de tolerancia y disposición para el diálogo, caracterizándose más bien por un fanatismo intransigente y cerrado que niega toda posibilidad de entendimiento con el otro.
     Los rebeldes han mostrado fotografías y videos donde se ve la forma cómo exterminan a soldados regulares, a quienes mantienen esposados en el suelo mientras un combatiente los ejecuta inmisericordemente. Habrían matado a más de mil setecientos hombres, según su propia versión, además de haber ocasionado un estado de tensión permanente en las poblaciones que se sitúan a su paso, muchas de las cuales han tenido que migrar a lugares de refugio, agregando un problema humanitario más a la necedad de la guerra: el drama de los desplazados, gente que tiene que abandonar sus hogares para vivir de forma precaria en territorios de tránsito.
     El Ayatollah Ali Husein Al Sistani, autoridad religiosa indiscutida en el Islam, ha llamado a una fetwa, para hacer frente a dicha amenaza, convocando a miles de iraquíes dispuestos a hacerle frente a una fuerza rebelde que entraña un peligro mayor para la integridad de aquel territorio que fuera establecido por las potencias coloniales. Ésta es quizá la razón por la que ahora muchos analistas ven la posibilidad de la partición del país en tres estados, pues al parecer la convivencia ya ha demostrado, lamentablemente, ser insostenible.
     Por su parte, el gobierno de Obama ha emprendido una ofensiva diplomática a través de su Secretario de Estado John Kerry, quien se encuentra por estos días visitando algunos países de la región moviendo las piezas políticas necesarias para desenredar el entuerto. Ha pedido a algunos de sus aliados, como Arabia Saudí, que le retiren cualquier apoyo a la milicia levantada en armas, así como estudia la posibilidad de secundar las operaciones de la guardia revolucionaria de Irán que ha sido enviada a Bagdad para respaldar al régimen jaqueado.
     La paradoja estriba en que mientras en el vasto conflicto que vive Siria, Estados Unidos e Irán se sitúan en bandos contrarios, en el reciente estallido de la violencia en Irak, ambos fungirán de increíbles aliados, pues el Estado Islámico de Irak y el Levante es enemigo contumaz tanto del régimen chiíta de Teherán como del gobierno de Washington. Son los vericuetos de la guerra, los enrevesados caminos de la política internacional que cada vez nos sorprende con este tipo de absurdos aparentes. Pero más allá de las curiosidades, el reto máximo que enfrenta la administración norteamericana es la de lidiar con una situación que entraña un peligroso retroceso, después de una odiosa presencia de cerca de diez años y una retirada conveniente de sus tropas de ocupación.

Lima, 24 de junio de 2014.

lunes, 9 de junio de 2014

El peligro fascista



     Un hombre compra un caramelo con los últimos billetes devaluados que le quedan, para compartirlo con todos los miembros de su familia que, arracimados en torno a él, esperan impacientes su única ración de alimento en muchas horas, tal vez días. El hombre extrae una pequeña navaja de bolsillo y corta el caramelo en tantas porciones como integrantes tiene su familia; obviamente, a cada quien le corresponde una ínfima parte del bocado.
     Esta imagen, dolorosa y conmovedora, pertenece a una de las secuencias más dramáticas de la célebre película El pianista de Roman Polanski, cuando los judíos empiezan a sufrir la implacable persecución de las hordas nazis durante la segunda guerra mundial. Y es la imagen que asocio inmediatamente, por la crudeza del peligro que entraña y la amenaza latente para la desvalida humanidad, al preocupante renacer de los movimientos de corte fascista en el escenario político europeo. Y pensar que aquello sólo fue el prolegómeno de los campos de concentración, los camiones de la muerte, las cámaras de gas y tantos otros métodos de exterminio ideados por las mentes homicidas de la jerarquía hitleriana que impuso el horror y la barbarie en el corazón del mundo civilizado.
     El avance significativo obtenido por las fuerzas xenófobas y racistas en las recientes elecciones parlamentarias europeas, dan la clarinada de alerta de lo que puede depararle al Viejo Continente el incierto futuro creado a partir del serio retroceso experimentado por los movimientos progresistas, acompañado por el embate de una crisis que está lejos aún de haber amainado.
     Se ha hablado de un verdadero sismo político al interior de la Unión Europea, amenazada por la acción de sabotaje y destrucción que ejercen algunos de sus miembros, donde fuerzas retrógradas cobran cada vez un protagonismo que antes no tenían. Los dos casos más importantes se han presentado en Francia y en el Reino Unido, donde el Frente Nacional de Marine Le Pen y el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), respectivamente, han logrado cosechar una votación considerable, fortaleciendo su presencia en el próximo Parlamento Europeo.
     Lo paradójico es que son partidos que descreen de los postulados y los principios del mayor experimento unionista que haya tenido lugar en la historia, que preconizan la vuelta a los nacionalismos y sus férreos controles fronterizos, las monedas propias y una política severa contra los inmigrantes. Socavan desde dentro los cimientos de una federación de países que ha funcionado exitosamente en las últimas décadas, petardean las posibilidades de afianzar un proyecto ejemplar que muchas regiones del mundo quisieran imitar.
     El crecimiento geométrico de los partidos de extrema derecha, frente al declive de las propuestas de los liberales y socialistas, es una consecuencia desvirtuada de factores que se sitúan tanto en el terreno económico como en el político. Es evidente que la catástrofe financiera del 2008 ha dejado una estela de descontento en todos los sectores sociales de las llamadas sociedades de bienestar, agudizándose con las políticas que las hicieron frente, pues sólo han logrado llevar hasta los límites de la previsión la situación de países como Grecia, España, Portugal y otros más del meridiano europeo.
     Bien vistas las cosas -el auge que tienen en Europa las ideas y posiciones más extremistas y retardatarias-, ello se debe al falso razonamiento de que la causa determinante de la debacle de la economía y su explosiva repercusión social, estaría en las permisivas políticas de fronteras abiertas que han hecho posible la llegada de oleadas de extranjeros buscando mejores oportunidades de vida en el Viejo Mundo; mas lo que ignoran esos apresurados analistas es el papel crucial que ha jugado un modelo de crecimiento que se ha estrellado contra sus propias narices.
     La cada vez mayor desigualdad entre una pequeña porción de personas que gozan de los privilegios del crecimiento y el desarrollo, y una masa mayoritaria que apenas sobrevive con angustias de todo tipo, como lo ha demostrado con cifras elocuentes el economista francés Thomas Piketty, es la consecuencia directa del sistema neoliberal que se ha impuesto en occidente desde hace aproximadamente tres décadas, con la anuencia de los gobiernos de todo tipo que han capitulado ante las poderosas razones de las grandes corporaciones y los influyentes conglomerados que llevan realmente la batuta del poder económico en el mundo.
     Llama la atención, finalmente, que los ciudadanos europeos, desesperados quizá por la situación que padecen, sucumban tan fácilmente a los cantos de sirena de estos grupos antediluvianos que pretenden el retorno de épocas ya superadas en la historia por la evolución natural de la civilización y la cultura. La lección del pasado no deja lugar a dudas, por lo que debemos estar alertas al desarrollo de los acontecimientos para impedir de alguna manera la insurgencia de la barbarie en pleno siglo XXI.

Lima, 8 de junio de 2014.   

lunes, 26 de mayo de 2014

El retrato de Oscar Wilde



     Jorge Luis Borges afirmaba que clásico era un libro que se leía con un fervor previo, pero nunca imaginé hasta qué punto El retrato de Dorian Gray habría de significar la materialización más cabal de esa definición, ahora que he terminado su lectura, saldando una vieja deuda literaria, sumido en un estado de excitación febril, siguiendo el hilo de esta cautivante novela del polémico escritor irlandés Oscar Wilde.
     La historia es conocida: Dorian Gray, joven apuesto y libertino, posa ante su amigo el pintor Basil Hallward, quien le hace un retrato perennizando las facciones frescas y juveniles de sus 20 años. Al ver la reproducción, el mancebo comenta con su mentor, el noble e influyente lord Henry Wotton, que lo que más desearía en este mundo es intercambiar su destino con el del cuadro, para que mientras él permanezca lozano e incorruptible, así pasen los años, fuera el lienzo el que tenga que sobrellevar las pesadumbres y los embates del envejecimiento y sus horrores.
     El anhelo se cumple desde luego, actualizando de otra manera el antiguo mito fáustico que sirviera para dar nacimiento a grandes creaciones del pasado, como la afamada obra del venerado J.W. Goethe. Mientras el joven se lanza a una vida de desenfrenos y extravíos, el retrato es el que sufre los rigores del vicio y del tiempo, en tanto Dorian Gray mantiene la apariencia rozagante que el pintor estampara a través de su arte.
     El relato de la decadencia moral y espiritual de un ser humano, hundiéndose gradualmente en la infamia y el crimen, mientras mantiene las apariencias de una vida civilizada y noble, son descritas por el autor con admirable maestría, llevándonos por los recovecos de la historia con una dosis exacta de expectación y suspenso, haciéndonos vivir la cautivante sensación de asistir a un conjunto de hechos que siempre nos deparan un giro sorprendente. Así, cuando nos enteramos, junto al protagonista, de la muerte de Sybil Vane, la novia de Dorian, no podemos sino reaccionar con estupor y tristeza.
     O cuando Basil visita a su joven amigo para pedirle ver el cuadro que ha pintado y éste se niega rotundamente, y ante la insistencia del artista Dorian no tiene más salida que tomar un cuchillo y asesinarlo por la espalda. Pero el momento más intenso es aquel que presenciamos en el muelle, cuando Dorian pasa de casualidad por una casa de placer y, ante una palabra que le dirige una de las chicas allí reunidas, James Vane lo reconoce y sale inmediatamente para matarlo, mas a quien logra atrapar en medio de las brumas de la noche es a un efebo que no puede ser el mismo que hacía 18 años había ocasionado el suicidio de su hermana. Dorian se sirve de esta estratagema para salvarse, estando a un pelo de ser ejecutado por el hermano enfurecido de la joven actriz que fue su prometida.
     La propia vida de Wilde estuvo marcada por el escándalo y la controversia, acusado de sodomía y condenado a dos años de trabajos forzados; sin embargo, su talento no sufrió mengua alguna, pues a raíz de esta ingrata experiencia, escribiría obras de gran calado reflexivo y espiritual, que han quedado como pruebas irrefutables de su genio y grandeza. Su leyenda ha sido alimentada además por la imagen que de él han dejado sus poses de dandy y su retórica inverosímil, así como sus frases ingeniosas y sus paradojas insuperables.
     La única novela que escribió a lo largo de su corta carrera de escritor se salda con la muerte del protagonista, que en un acto de gran ofuscación, y pretendiendo acabar con el motivo de su perdición, se lanza contra el lienzo blandiendo la misma arma con que había acabado con su amigo Basil, mas en el preciso momento en que el metal hunde su filo en el odiado objeto, un desgarrador grito estremece la vecindad, llamando la atención de los transeúntes y haciendo que un policía decida penetrar la morada del personaje con la ayuda de algunos operarios, encontrando el retrato descolgado tal como lo pintó Hallward hace cerca de dos décadas, y en el suelo los restos de un hombre que es más bien un despojo, al que cuesta reconocer si no es por las sortijas que lleva.
     El sueño de la eterna juventud terminaba convertido en una súbita pesadilla mortal, erigiéndose la historia en una aleccionadora parábola de los trasiegos de la vanidad humana y su pavoroso final.

Lima, 20 de mayo de 2014.

El mensaje de Javier Heraud



     La fulgurante carrera poética de un joven limeño que terminó en un río selvático teñido de sangre, es uno de los episodios más dramáticos de nuestra historia reciente. Un muchacho de la clase media más acomodada de la sociedad capitalina que, premunido de una aguda y delicada sensibilidad social, acabaría inmolando sus sueños en una inhóspita región de la patria: “Y aquí estoy yo, agonizando, pero / lleno de armas para empezar de nuevo.”
     La lectura de Javier Heraud. Poesías completas y cartas (PEISA, 1976), suscita estas impresiones sobre la vida y la obra de este singular caso de la literatura peruana, que sorprende por la asombrosa precocidad de su talento poético, aunado a su inquebrantable voluntad de asumir el compromiso social y político de la manera más radical, aunque fuera su propia vida la que estuviera en juego. Nunca se amilanó, sino que su coraje indesmayable, el fuego de su pasión por los demás lo empujó al martirio glorioso de una muerte trágica.
     Los críticos se han encargado de expurgar las características y los valores de su obra, destacando aquellos repliegues y claves que nos permitan conocer en profundidad la dimensión de su mensaje, destacando sus temas recurrentes para desentrañar el misterio de su decir poético, esa creación heroica y matinal que se apagó violentamente, pero que ha dejado notables muestras de su calidad y hondura. A la manera de un Rimbaud, quien abandonó la poesía deliberadamente, cuando ya había entregado lo mejor de sí, Heraud fue arrancado de este mundo por las balas asesinas de los poderes de siempre, cuando ya había dado muestras suficientes de su genio indiscutible.
      Hay una intuición certera en algunos de los versos del poeta peruano, cuando menciona de manera casi compulsiva el tema de la muerte en sus poemas, o cuando desliza la posible analogía con su par francés, en eso de dejar la poesía a edad tempranera. Se ha señalado insistentemente su vocación profética en las palabras en que se refiere a su propia muerte: “Yo nunca me río de la muerte. Sucede simplemente que no tengo miedo de morir entre pájaros y árboles”. Pero mucho más cercana a la realidad resultan estos versos premonitorios de su poema “Las moscas”, que uno no puede leer sin que se le crispe el alma: “Sólo espero no alimentarla / y no verla en mis entrañas, / el día que si acaso / me matan en el campo / y dejan mi cuerpo bajo el sol.”
     Sorprende la forma tan nítida en que le es revelada la realidad de la muerte, un final que él asumía de la manera más natural, dejando regados en sus versos mensajes transparentes y luminosos sobre un futuro que vislumbraba con los ojos clarividentes del vate, del adivino y vidente que siempre han estado asociados a la figura del poeta. Hasta cuando habla del viaje y del río, otras de sus constantes poéticas, uno no puede dejar de sentirlas como metáforas diversas de la misma muerte, de ese camino inexorable que conduce al acabamiento de los seres y las cosas.
     Merece destacarse igualmente el compromiso concreto y valiente del hombre con ideales y sueños, que luchó por ellos hasta donde le alcanzaron las fuerzas; equivocado o no, asumió la causa de los desheredados y olvidados de este mundo en pos de uno mejor. Nadie puede arrogarse el derecho de criticar la posición asumida por el poeta, cuyo romanticismo radical lo llevó hasta el sacrificio.
     Son conmovedoras las cartas que le escribe a su madre desde Cuba, adonde había ido para estudiar y formarse en el pleno sentido que él siempre quiso. La ternura, el afecto hondo, la nostalgia y un cierto tinte de melancolía tiñen esos textos íntimos donde vuelca sus pequeñas y grandes preocupaciones, palabras que retratan al ser humano maravilloso y extraordinario que fue, que sigue siendo cada vez que escuchamos la voz admirable de su mensaje, cada vez que leemos el signo imperecedero de su poesía.
                                                             
Lima, 10 de mayo de 2014.