sábado, 30 de enero de 2016

La entrevista

     Uno de los géneros periodísticos más populares debe ser, indudablemente, la entrevista. Se hacen a diario en las diversas plataformas de los medios de comunicación, a los personajes más disímiles del momento, ya sean del mundo político, deportivo, cultural, religioso, etc. El intercambio de puntos de vista a que somete un periodista a su invitado, pautado por una serie de preguntas y repreguntas, suele ser las más de las veces entretenido, pues el diálogo vivo mantiene en vilo el interés de quien se preste a verlo, oírlo o leerlo.
     Según las preferencias de cada quien, las entrevistas atraen por ser ágiles, amenas –esto según la versatilidad del entrevistador– y muy informativas. Uno sale de ellas conociendo más al entrevistado, sabiendo mejor sobre sus opiniones e ideas, y haciéndose un esquemático perfil sobre su personalidad. Quizás sea, por eso mismo, el formato de más fácil seguimiento para quien se disponga a ser su gozoso seguidor.
     Eso sucedió con el que esto escribe, y estoy seguro que con muchas personas más, el pasado miércoles 16 de diciembre, cuando el canal del Estado presentó en el programa La función de la palabra, la entrevista realizada por el conductor del mismo, Marco Aurelio Denegri, al conocido periodista César Hildebrandt. Se venía anunciando en días anteriores el esperado encuentro, motivo por el que me dispuse a organizar de tal modo mis actividades para estar libre aquel día a la hora señalada.
     Aguardé con gran expectación el programa referido, así como, presumiblemente, aguardan los fanáticos del fútbol un encuentro entre el Real Madrid y el Barcelona, o alguna final de cualquiera de los campeonatos que existen en el mundo de ese deporte. Dicho y hecho; minutos antes de las diez de la noche ingresaba a mi casa con las ansias al tope, esperando el momento exacto para ser partícipe privilegiado de ese diálogo que prometía ser excepcional.
     La conversación se extendió por diversos temas, entre ellos la degradación de los programas de televisión, el deterioro de la prensa, la campaña política y los candidatos, el significado de un programa como ese en la perspectiva marrullera del rating y sus exigencias de mercado, que han terminado por presentarnos un panorama absolutamente indigente en cuanto a producción nacional, entre otros tópicos. En medio de citas de Cioran, Sartoris, Camus y otros, los interlocutores han discurrido largamente sobre el pesimismo y su dimensión filosófica, sostenidos por la famosa frase del pensador francés, autor de El mito de Sísifo, sobre la primerísima importancia del suicidio para la filosofía universal.
     El nivel alcanzado por ambos personajes difícilmente puede ser replicado en la televisión nacional, y a pesar de no gozar precisamente del favor de las benditas mediciones de sintonía, se pudo constatar que los índices de audiencia alcanzados ese día, superaron largamente a sus propios estándares, e incluso al de otros programas de las demás televisoras. Eso demostraría que cuando al pueblo se le da cultura, o se le ofrece algo con lo que no sólo pueda entretenerse sino también enriquecerse, la respuesta es positiva; pero como los mercachifles de la pantalla chica creen que sólo la basura vende, han acostumbrado, desgraciadamente, a la gente a consumir esos productos impasables y nauseabundos que se promocionan como los que gozan del favor mayoritario del público.
     El formato del mencionado programa es absolutamente inusual para estos tiempos, pues como reza su propio nombre, el protagonismo pleno lo tiene la palabra, en desmedro del gran fetiche de un medio como ese, que es la imagen; la palabra como vehículo de comunicación, como depositaria del conocimiento y como arcilla maravillosa para el engrandecimiento y solaz estético de los hombres.


Lima, 15 de enero de 2016. 

El zafarrancho electoral

     Ahora que ya tenemos casi completas las planchas electorales que aspiran a convertirse en alternativas de gobierno para las elecciones del 10 de abril, no podemos sorprendernos ante la conformación de las mismas, si tenemos en cuenta la enrevesada mescolanza que vemos en las llamadas alianzas o coaliciones, que se han formado con el único fin de salvar sus membretes políticos o de auparse al próximo gobierno desde las tablas de salvación de una asociación de conveniencia.
     Así nos vengan con el viejo cuento de la gobernabilidad, el bien del país y otras paporretas aprendidas en la interesada escuela del más burdo pragmatismo, no debemos perder de vista los reales intereses en juego, los verdaderos planes y objetivos que poseen los distintos grupos inscritos en el Jurado Nacional de Elecciones. Sobre todo de aquellos que, según las benditas encuestas, encabezan las preferencias políticas de los electores peruanos.
     Tal pareciera que a la gran mayoría les gusta oír la voz monocorde de cinco ventrílocuos que repiten, con algunas diferencias de tono y tesitura, el mismo discurso del rollo neoliberal que nos rige desde hace más de dos décadas, con los resultados que saltan a la vista. Por un lado, tenemos como candidata favorita a la hija de un expresidente preso por delitos graves contra el Estado y los derechos humanos. Su meta es clarísima, por más que por razones de estrategia realice algunos movimientos con el fin de impactar en sectores con escasa perspicacia política, como por ejemplo desbancar de la lista de candidatos al Congreso a tres figuras notorias del más rancio fujimorato.
     Por otro lado, un lobista profesional que trata de encandilar al ciudadano común, con sus poses efectistas de político cuajado y gran conocedor de las finanzas internacionales, que vende su imagen de relacionista público global como si fuera el perfecto aval de nuestro desarrollo y crecimiento. Nadie debe ignorar la trayectoria sinuosa de este personaje, desde aquella bochornosa actuación de los años sesenta, cuando siendo ya funcionario del primer gobierno del presidente Belaúnde, estuvo envuelto en sucios negociados que lesionaron la economía nacional, hasta su última participación como ministro de las grandes corporaciones enquistado en el gabinete del régimen de Alejandro Toledo.
     Luego viene un señor que ha surgido del dinero a raudales, que cree que un país se puede gobernar desde la petulancia de la riqueza material, desde el exhibicionismo ostentoso de los bienes fungibles que posee. Dueño de una cadena de universidades repartidas a nivel nacional, especialmente en la costa norte y Lima, ha ocupado cargos políticos de cierta relevancia, como la alcaldía de Trujillo y el gobierno regional de La Libertad. Gusta vanagloriarse de sus títulos y diplomas, pero cuando le toca pronunciar un discurso o una simple declaración periodística, desnuda toda su indigencia intelectual y su pretendida apuesta por la educación se viene por los suelos.
     Después tenemos a un expresidente que se libró de la justicia tan sólo por el vicioso expediente del tiempo transcurrido, es decir la famosa prescripción. Se ha aliado a un añoso partido conservador, de quien denostó en el pasado, con el único fin de salvarse ambos de la temida valla electoral. No es para nada nuevo este tipo de alianzas en un partido que a lo largo de su historia se ha caracterizado por los más promiscuos amarres con sus otrora enemigos o perseguidores. Aunque las ideología que representan, por lo menos formalmente, han actuado de manera similar en otros países del mundo, lo que aquí se observa es puro oportunismo y mero afán de sobrevivencia.
     Creo que hay poco que decir del quinto en cuestión, también expresidente, acusado seriamente por un caso de lavado de activos, y que hasta el presente sigue siendo ventilado su situación por la justicia nacional. Sin opción alguna, se ha dedicado a petardear a diestra y siniestra a sus adversarios de turno. Contrariamente, hay un joven contendiente, presentado por la prensa como el outsider de la presente campaña, con una buena formación académica y cierta experiencia en la administración pública, pero cuyas ideas navegan muy cercanas a lo que establece el orden imperante, y que más parece un tecnócrata, de aquellos que hemos tenido en las últimas décadas a montones, que un verdadero líder político que busca romper con lo tradicional y ofrecer alternativas interesantes de cambio, al estilo de un Pablo Iglesias en España, por ejemplo.  
     Me apena profundamente lo que ocurre con la izquierda, pues a pesar de los serios esfuerzos de un grupo de militantes de diferentes partidos o agrupaciones para armar una candidatura de consenso, no ha logrado sus propósitos que hubiesen podido servir para conseguir un resultado más o menos alentador. Aun así, me sigue pareciendo que la única manera decente de votar este 10 de abril es haciéndolo por Verónika Mendoza, la candidata del Frente Amplio, honesta representante de un sector político que merece tener una oportunidad para ejercer el poder. Podría serlo también en el caso de Alfredo Barnechea, quizá el mejor candidato de todos, mas el partido por el que va, Acción Popular, no es precisamente la mejor carta de presentación ni el más adecuado aparato partidario para una personalidad de su nivel.


Lima, 6 de enero de 2016.            

Telenovelas

     Asistía hace unos días al cumpleaños de un muchacho cercano a mi familia, como que es ahijado de mi esposa y, por ende, también mío, según las costumbres sociales, y mientras nos instalábamos en los sillones de la sala, unos invitados veían la televisión, alguna película de esas de acción como le suele gustar a la gente hoy en día, hasta que, llegada cierta hora, alguien sugirió poner determinado canal, pues comenzaba la consabida telenovela familiar. Asistí, entonces, a un espectáculo que muchos habrán ya presenciado numerosas veces, aunque quizás sin percatarse demasiado de su poderosa singularidad.
     A las primeras escenas del culebrón, la atención se hizo unánime, y el silencio invicto; mientras alguien comentaba que jamás volvería a caer en las garras del hechizo telenovelesco, pues ello significaba vivir enganchado con la historia, suspendido cada día en una parte del drama que necesariamente debía ser vista al día siguiente para conocer el desenlace, y así en el siguiente capítulo nuevamente el relato avanzaba hasta el suspense de rigor, con el fin de mantener cautivo al emocionado televidente para la siguiente jornada. Pero mientras afirmaba esto, iba cayendo como los demás en el magnetismo de la historia, hecha precisamente con ese fin.
     Conozco el fenómeno desde mucho antes, pues alguna vez también fui seducido por estos productos de la televisión, viviendo aquello que he descrito como cualquiera de estas personas que ahora contemplo con una mezcla de curiosidad y compasión. No me cabe ahora la idea de sentarme cada noche frente al televisor para seguir el hilo de una historia melodramática, que más o menos es la misma en todas las telenovelas que emiten los diversos canales. No niego que haya algunas que destaquen por su calidad –se dice que las brasileñas, principalmente, ostentan esta condición–, pero la gran mayoría se caracteriza por su simplismo, sus rasgos maniqueos y su puerilidad manifiesta.
     Cuando en mis clases de literatura pido a algún estudiante que me nombre alguna novela que conozca, inmediatamente me señalan una telenovela, motivo que yo aprovecho para hacerles la diferencia, pues comprendo que por fuerza de la costumbre, la denominación que sólo debería servir para referirse a las obras literarias, sea  con la que ellos conocen a aquel género televisivo. No los culpo, pero una vez hecha la aclaración, ya no perdono que en la siguiente oportunidad, vuelvan a repetirme el error.
     Entiendo el asunto del arrastre de sintonía que puede tener, y de hecho lo tiene, un producto como ese, mas ello revela también un aspecto bastante deplorable de la educación de una sociedad como la nuestra. Un público que se contenta con episodios banales presentados en grandes facturas de producción, con diálogos impostados y tramas previsibles y absurdas, actuaciones de ocasión, escenas edulcoradas y nada más, no puede en verdad erigirse en baluarte de una nación que sepa encarar sus problemas con la lucidez y la resolución de los pueblos informados y cultos de la humanidad.
     Habría, pues, que implementar un vasto programa nacional para educar a la población, y con el valioso concurso de los medios de comunicación –hoy pervertidos en empeños y objetivos de poca monta– lograr afianzar una ciudadanía formada e informada, embebida del conocimiento de los auténticos problemas que la acucian, y con la suficiente sagacidad para ser partícipe de la planificación de su porvenir y de la edificación de su futuro. Tarea que compete a quienes, ahora, aspiran a convertirse en autoridades políticas democráticamente elegidas en los próximos comicios generales. Puede sonar utópico, pero es lo que realmente nos queda por hacer.


Lima, 27 de diciembre de 2015.         

sábado, 21 de noviembre de 2015

Masacre en París

      Un grupo comando de yihadistas islámicos ha desatado una noche de terror en las calles de París. Como si la fecha, viernes 13, encerrara algún fatídico designio, el presagio demoníaco del peor de los infiernos, la Ciudad Luz ha vivido una de sus pesadillas más horripilantes de los últimos tiempos. Varias horas en vilo, 129 muertos y una secuela de pánico extendido, de tensión incontenible ante la inminencia de posibles nuevos atentados, es lo que ha dejado este acto demencial.
     La alarma ha sido mundial por haberse producido precisamente en París, que de alguna manera puede ser considerada la urbe más global del planeta, la que simboliza los valores de la libertad y la democracia como ninguna otra en Occidente, como que es la cuna de los principios republicanos y el emblema del laicismo en el mundo moderno, pues apenas unos días antes se habían producido otros hechos de sangre, como el ataque contra una manifestación kurda en Ankara, y dos atentados suicidas que han dejado 37 muertos en Beirut, también perpetrados por el Estado Islámico (EI).
      Al día siguiente de la masacre, el presidente francés proclamó, en un mensaje contundente y decidido, lo que constituye una tácita declaratoria de guerra a la organización culpable de la matanza. Algunos meses atrás, el papa Francisco ya había declarado que el mundo asistía a una Tercera Guerra Mundial por partes, es decir, focalizada en distintos puntos del orbe, pero que daban expresamente la fisonomía de una conflagración de ribetes universales. Será una guerra, en todo caso, no convencional, pues será el enfrentamiento de una coalición de países, encabezados curiosamente por los EE.UU. y Rusia, contra un grupo de fundamentalistas homicidas y bárbaros que pretenden instaurar un Califato entre Siria e Irak.
     Las causas de este dantesco ataque se pueden hurgar en la historia reciente de la problemática que vive el Medio Oriente, una región que se ha convertido en el tablero de ajedrez predilecto de los grandes conflictos de nuestros tiempos. A raíz de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, y de la consecuente invasión de Irak por las tropas norteamericanas, con la ejecución del propio Saddam Hussein como colofón macabro, se impuso un gobierno títere en Bagdad, un régimen digitado directamente desde Washington, que ha conducido los resortes del poder desde su óptica chiita, acarreando el resentimiento y el espíritu de venganza de los sunitas que se consideraban maltratados y marginados por el Estado.
     Es en ese panorama caótico y cargado de turbulencias donde se incuba la idea infernal del Estado Islámico, advertido en su momento por Saddam Hussein, un proyecto de tintes medievales que busca resucitar en esta era el llamado Califato, empresa que puesta en marcha ha significado hasta ahora el dominio de un importante territorio que va de la ciudad de Raqqa hasta Mosul, entre Siria e Irak, la decapitación sistemática de personas relacionadas a países de Occidente, especialmente periodistas y cooperantes, así como la destrucción de símbolos culturales e históricos de la región, como es el caso de esculturas milenarias de los principales museos y colecciones, y de valiosas construcciones como las ruinas de Palmira o de la ciudad asiria de Nimrod. Una verdadera atrocidad. Un crimen de lesa cultura.
     Estos combatientes de la guerra santa –como se hacen llamar– atacan en los lugares menos previsibles de Europa y África, donde pueden golpear centros neurálgicos de la cultura occidental. Están atrincherados en los mismos barrios y suburbios de las grandes ciudades del Viejo Mundo –al estilo del Molenbeek de Bruselas–, y nadie sabe en qué momento pueden convertirse en mártires, inmolándose forrados de explosivos, haciendo estallar  restaurantes, salas de conciertos o estadios. Allí radica la complejidad de hacerles frente, pues sus métodos para imponer el terror son inasibles y ubicuos, totalmente impredecibles.
     Cientos de jóvenes europeos han sido captados en los últimos años por los predicadores del integrismo más brutal. A través de las redes sociales, han ido vulnerando sus escasas resistencias, hasta lograr radicalizarlos en los centros urbanos de la civilizada Europa, para llevarlos a enrolarse en la insania inexplicable de sus propósitos de destrucción y muerte. El fundamentalismo barato de los cuchillos y las bombas, la retorcida  ideología de la violencia y el salvajismo de sus métodos, han calado peligrosamente en estos jóvenes que, como ha dicho el sociólogo Farhad Khosrokhavar, experto en estos asuntos, “tienen la sensación de que la sociedad les odia, así que ellos también la odian. A través del islam, creen convertir ese odio en sagrado y legítimo. A través de la radicalización, recuperan su dignidad”.  
     Un desafío enorme deben enfrentar los países que defienden la cultura de la libertad para salir airosos de esta lucha singular, pues no se trata sólo de acabar físicamente con los bastiones terroristas donde se encuentren, sino de asumir las causas profundas de esta eclosión del terror para atacar, con las armas que nos provee el derecho internacional y los valores de la democracia, las semillas y las raíces de este fenómeno que ha empezado a mostrar sus rostro monstruoso en las calles más concurridas de las sociedades abiertas. No debemos permitir que la intolerancia y la xenofobia se afirmen como respuestas viscerales,  pues ello habrá significado el triunfo de las fuerzas retrógradas que pretenden imponer sus condiciones de barbarie y violencia sin freno a la laboriosa civilización que proclamamos defender.


Lima, 21 de noviembre de 2015.

Sobre lo “churrupaco”

     La primera vez que oí mencionar el término “churrupaco” fue allá por los años finales de la década del 70 del siglo pasado, cuando aún cursaba los estudios secundarios, en ocasión de uno de esos imborrables almuerzos dominicales, el abuelo, que aprovechaba los minutos de sobremesa para narrarnos una serie de anécdotas y sucesos diversos, contó un incidente del día en que un tipo, que nosotros no conocíamos, había tenido un pequeño altercado con él, de cuyos detalles no guardo una memoria precisa, y que remató muy molesto calificándolo con la palabra de marras.
     Me quedó grabada la nueva palabra que escuchaba, pero no atiné a interrogarle al abuelo sobre su significado, tratando más bien de desentrañar el mismo a través de inferencias y asociaciones, como siempre he hecho cada vez que me enfrentaba a una situación similar. No soy muy dado a preguntar a las personas sobre algo que no sé, prefiero averiguarlo por mí mismo; tal vez sea un curioso modo de exhibir un orgullo personal en materia del conocimiento. Volvería el anciano a emplearla muchas veces más, en circunstancias parecidas, dejándome intrigado con mayor intensidad.
     Otra vez, pasados algunos años, volvería a escuchar la singular palabreja en boca de otra persona, quien también relataba una ocurrencia de aquel día y finalizaba calificando a la que había sido protagonista de la misma con el epíteto misterioso que reaparecía ante mis oídos después de un relativo olvido en que vivió enterrado durante ese tiempo. Pero ahora podía tener más claro lo que querían decir ambos con ese término, pues a la coincidencia de caracteres y rasgos que podía distinguir en ambos casos, se agregaba el bagaje de experiencias y conocimientos que había adquirido en el ínterin.
     Hasta ese momento, sin embargo, el encuentro con la palabra no había pasado de ser exclusivamente oral, es decir, nunca la había visto impresa, hasta que hará un par de años tuve la memorable ocasión de toparme con ella en una publicación local con todas sus letras. Aparecía la fotografía de la legendaria actriz estadounidense Marilyn Monroe, sosteniendo entre sus manos un libro abierto ante ella, y donde podía distinguirse el título y su autor, nada menos que el Ulises de James Joyce, y en la leyenda venía el comentario del periodista, que concluía afirmando que contra lo que todos se imaginaban sobre el talante intelectual de la belleza rubia, y teniendo la evidencia del testimonio gráfico de una de sus lecturas, no podía hacerse caer tan fácilmente sobre ella el juicio lapidario de haber sido cualquier “churrupaca”.
     En esporádicas ediciones volvía el mismo periodista a usar el vocablo para etiquetar actitudes, personas, comportamientos, modos de ser, naturalezas y contenidos. Lo sorprendente es que no exista un estudio riguroso, o por lo menos básico, sobre su origen y su inasible significado. Llama la atención que lingüistas y filólogos consagrados de nuestro país –porque debo suponer que la palabra viene a ser un peruanismo– no hayan advertido de su uso coloquial y relativamente frecuente. Tampoco en el internet se puede encontrar nada al respecto, situación que me fue comunicada por algunos alumnos que trataban de hacer sus propias indagaciones cuando yo solté un buen día en clase la vocecilla en cuestión.
     Razón de más para ensayar una aproximación conceptual a partir de todas las evidencias recogidas en años de convivencia con el sentido figurado del término. ¿Cómo podemos definir a un “churrupaco”? Creo que lo primero que destaca es su acusada ordinariez, seguida de una flagrante vulgaridad, tanto en los gestos como en las palabras; el “churrupaco” es el tipo sin brillos, anodino y común en su silvestre condición, poseedor de una ostentosa incultura que lo manifiesta a través de actitudes y preferencias que delatan su penosa inclinación por las cosas de mal gusto y visiblemente huachafas. Todo ello en medio de la más sórdida y banal grosería.
     El “churrupaco” puede desplazarse en auto de último modelo o vestir la llamada ropa de marca, pero nada de ello podrá esconder ni ocultar su radical “churrupaquería”; inversamente, un simple ciclista o modesto peatón muy bien pueden estar librados de esa condición por sus cualidades notorias de finura y nobleza. No interesa el color ni la condición socio-económica, pues los “churrupacos” están repartidos entre todos los segmentos sociales, y los hay blancos, negros, mestizos, cholos y demás expresiones de nuestra celebrada multietnicidad.

Lima, 14 de noviembre de 2015. 

Elecciones 2016: perspectivas

        A punto de iniciarse una de las campañas políticas más intensas, desabridas e inquietantes de los últimos tiempos -estando en la etapa oficial de las definiciones de las candidaturas a través de unas elecciones internas que tienen más de meros espectáculos de vodevil que de auténticos ejercicios democráticos de participación ciudadana, sobre todo a juzgar por lo sucedido en un partido tradicional y por lo que se avecina en las demás tiendas políticas, excepción hecha de un frente de la izquierda-, es bueno traer a la memoria del futuro elector algunos aspectos esenciales que puedan orientar mejor su elección.
     Me preguntaba hace unos meses, ante el panorama desolador de nuestra escena política, sobre quién podría encarnar una alternativa decente en las elecciones presidenciales del próximo año, y la respuesta no la encontraba por ninguna parte. Era sencillamente desconsoladora la sola idea de pensar que uno de los figurones que encabezan, dizque las encuestas de intención de voto, pudiera alzarse con el triunfo en las jornadas de abril del 2016.
     ¿No hay mejores opciones que éstas?, ¿es que no nos merecemos algo distinto?, ¿estamos condenados a sufrir gobiernos desastrosos que nosotros mismos elegimos cada cinco años?, eran algunas de las interrogantes que me acuciaban insistentemente, al contemplar cómo la hija de un expresidente sentenciado por ladrón y asesino, un exministro al servicio invariable de las grandes corporaciones, un exmandatario con serios cuestionamientos sobre su conducta en materia de política antinarcóticos, otro con graves acusaciones que aún se ventilan en la justicia, eran los nombres que sonaban con más fuerza en la opinión pública para el recambio presidencial del próximo año.
     En medio de este gris pesimismo y casi sin ningún atisbo de luz en el horizonte, se yergue de pronto la inmortal esperanza en la forma de una promesa que vuelve a despertar los ánimos deshechos por años y años de experiencias nefastas, sumido en decepciones y traiciones propinadas por esta impresentable clase política. Aunque racionalmente no hubiera cupo para la ilusión, una tendencia natural de lo humano nos lleva a veces a rendirnos a esa fuerza desconocida gobernada por el instinto y la intuición. Pues como decía el maestro Ernesto Sábato, si la angustia es la prueba ontológica de la nada, la esperanza lo es del sentido de la vida; en este caso, de nuestro futuro político.
     Se ha dicho que, así como ha sucedido en numerosos países latinoamericanos, ya es tiempo de que una mujer asuma la conducción política del Perú, más allá de si este argumento pueda considerarse sexista o no pase de la simple mención anecdótica, pues es verdad también que, independientemente del género, quien gobierne un país debe hacerlo basado en consideraciones programáticas e ideológicas que fundamenten su propuesta de gobierno, y que reciban el respaldo de una ciudadanía informada y conocedora de sus derechos.
     Si en el Perú ha llegado el momento en que una mujer sea elegida presidente de la República, ella tendría que ser, entre aquellas que figuran como candidatas, no alguien que exhiba un dudoso pasado como parte de un régimen que pisoteó los derechos humanos y convirtió nuestro país en un chiquero moral, que avaló con su silencio convenido o su abierta complicidad, todas las tropelías que se cometieron en contra de la frágil democracia que empezaba a construirse, la heredera de una década ignominiosa de la historia política reciente, aquella que por puro oportunismo electorero busca desmarcarse de sus reales principios autoritarios, lavarse la cara con un discurso insólito ante una universidad estadounidense, cuando vemos que tras su aparente fachada de demócrata ejemplar, se esconden y cobijan viejos dinosaurios de ideas trasnochadas y posturas anacrónicas. No podría serlo aquella que encarna una forma de gobernar basada en la confrontación y la imposición, en el desconocimiento de los errores cometidos en el régimen del que fue parte, y en la defensa de los peores aspectos de esa década infame en que su padre, ahora preso, transformó al Perú en una satrapía oriental, con los ingredientes más sórdidos y truculentos de una novela negra.
     Es verdad que no hay muchos motivos para ser optimistas a estas alturas, pero no darle cabida aunque sea a una pizca de esperanza, es abandonarse irremediablemente en brazos de la más oscura desesperanza, antesala del nihilismo y la muerte. ¿Hay alguien que puede devolvernos esa brizna de ilusión que logre salvarnos del caos en esta noche profunda que vive nuestra democracia?

Lima, 3 de noviembre de 2015.  

Vacaciones en Ica

     Como parte de las recientes vacaciones de medio año, se presentó un impensado destino turístico que inmediatamente tomamos en cuenta y de la noche a la mañana se convirtió en nuestro objetivo de viaje: la rumorosa y apacible ciudad de Ica, la tierra de Abraham Valdelomar y de Raúl Porras Barrenechea. El trayecto lo hicimos en autobús, que partió de Lima cerca de las tres de la tarde y llegó a eso de las ocho de la noche.
     Buena parte del camino está dominado por los desiertos costeros, dunas y médanos ondulantes a la orilla del mar, pueblitos diseminados entre el arenal, la neblina vespertina y el bramido de los oleajes marinos. La pista, que se extiende como una cinta gris de cemento y hormigón, es una línea vertical que se pierde en la perspectiva de la mirada, con pequeñas y suaves curvas que apenas disimulan su trazado rectilíneo hacia el sur.
     La invitación, largamente guardada en el cajón de la memoria, que nos hiciera alguna vez una pareja de buenos amigos, de llegar a su casa en la ciudad para pasar una temporada, encontró su mejor asidero esta vez que decidimos enrumbar hacia allá. Sonia y Carlos nos acogieron con una hospitalidad inmerecida esa noche que llegamos y nos instalamos en una cómoda habitación que nos brindaron en la segunda planta de su espaciosa vivienda.
     Ica es una ciudad acogedora, especialmente el centro, cuyas callecitas estrechas y su plaza principal, trazadas a cordel, conforman un núcleo de agitación humana constante a cualquier hora del día. En las zonas periféricas prevalece más bien cierto desorden y grisura productos del descuido y el abandono. Los pobladores se movilizan en taxis y mototaxis, cuyas unidades rebosan por todas las calles y avenidas. El sol es permanente y acompaña las actividades cotidianas del poblador, que repite aquella frase que es como el santo y seña de su identidad: Ica, la ciudad del eterno sol.
     En los escasos cuatro días que permanecimos en la ciudad, pudimos conocer los lugares más característicos de su atractivo turístico: la laguna de Huacachina, un oasis muy concurrido, con posibilidades de pasear en bote por sus aguas o de arriesgarse en los carros areneros por entre las dunas que la rodean; el centro ceremonial de las Brujas de Cachiche, lugar donde confluyen la superstición popular y las creencias ancestrales del lugareño; el árbol de las siete cabezas, caprichosa conformación de la naturaleza que exhibe, entre las ramas de un viejo algarrobo semienterrado, diversas figuras zoomorfas; el bosque de piedras, un paraje a algunos kilómetros del centro, donde se puede observar graciosas imágenes de animales en los bloques de piedra diseminados en el desierto.
     También estuvimos en el centro vitivinícola de la fábrica Tacama, una de las más representativas de la industria de la región. Milagros, la simpática y amable guía, nos hizo conocer las instalaciones de toda la planta, desde los extensos sembríos de la uva, hasta las inmensas maquinarias para su procesamiento y conversión en vino o pisco, pasando por la sede principal de la casa, que antaño fue un convento, y la sala de expendio de bebidas y demás souvenirs, donde fuimos convidados con diferentes versiones de sus productos emblemáticos.
     Visitamos asimismo el Museo, que alberga importantes colecciones del arte y la cultura de los Paracas y Nazcas, los vistosos mantos y los sarcófagos de los primeros, así como las vasijas cromáticas de los segundos; finalizando en el zoológico, el último día por la tarde, casi con las sombras de la noche a cuestas, por lo que tuvo que ser una visita fugaz y apresurada, quedando para una próxima vez un recorrido más acucioso y detallado. Recalamos nuevamente en el centro, para despedirnos de la ciudad que nos había acogido cálidamente en los pocos días que estuvimos; sentados en una banca de la plaza, gozamos unos minutos del frescor del clima y del espectáculo nocturno de una pequeña urbe costeña que se afana por conquistar una posición expectante en el desarrollo de una región clave del país.

Lima, 19 de octubre de 2015.