miércoles, 2 de octubre de 2019

Joyas absolutas


    Tengo pensado escribir un artículo, o un conjunto de artículos, para mencionar todas aquellas producciones musicales que a lo largo de mi vida he sentido que constituyen lo más alto, lo más selecto y elaborado que se ha podido realizar en materia de creación artística, tanto de la música popular como de la llamada música clásica o académica. Mientras voy recopilando todo ese material, en una paciente labor de audición que es a la vez de goce fruitivo, pues pienso como Nietzsche que la vida sin la música sería un error, quiero comentar mis impresiones de un disco que acaba de lanzarse al mercado y que perfectamente podría formar parte de esa privilegiada antología, de ese exclusivo club digamos, y que ha venido a incorporarse de pleno derecho a la lista querida de mis preferencias y de mis muy personales gustos musicales.
    Se trata del volumen A Chabuca dos, la segunda entrega de versiones originales y personalísimas de canciones escritas y musicalizadas por la notable compositora peruana Isabel Granda Larco (Apurímac, 1920 – Lima, 1983), bajo la producción de Mabela Martínez y Susana Roca Rey, responsables ambas también del primer disco, lanzado el año 2017. Esta vez, ha contado con la participación de Armando Manzanero, Pablo Milanés, Juan Diego Flórez, Soledad Pastorutti, Rosario Flores, Carlos Vives, Chabuco, Antonio Zambujo y otros grandes exponentes del cancionero latinoamericano.
    El disco va en un increscendo, desde la apertura con Armando Manzanero y su buena, pero previsible, interpretación del tema “Bello durmiente”, canción que la autora dedicó al Perú, hasta la apoteósica y deslumbrante versión de Carlos Vives de la canción “Me he de guardar”, todo un logro de la fusión con esos aires de cumbia y vallenato que el colombiano le sabe insuflar al ritmo afroperuano de Chabuca.
    La cantante Ile está muy bien con su “María Landó”, bajo el molde establecido por el canon de la gran Susana Baca. Juan Diego, como siempre, magnífico con su soberbia interpretación de “Callecita encendida”, un hermoso vals de tonos melancólicos. “La torre de marfil” calza precisa en el estilo melódico y trovadoresco de Pablo Milanés. Ecos de fado se sienten en la voz de Antonio Zambujo, con el prodigioso sonido de la guitarra portuguesa, en la pista correspondiente a “Amor viajero”.
    Tonadas de flamenco es el aporte de la voz de la española Rosario para “Gracia”, un vals que la autora dedicó a su madre. El latin jazz se hace presente en la intervención de Chabuco para “El barco ciego”, bello tema. Soledad de Argentina nos regala su intensa versión de la hermosa zamacueca titulada “Una larga noche”. La inconfundible guitarra de Luis Salinas acompañando a la estupenda Sandra Mihanovich nos obsequian la pieza “Pobre voz”, otro poema, como son todas las canciones de Chabuca Granda.
    “En la grama”, en la voz de Zizi Possi, posee resonancias más internacionales, sin duda un hallazgo adicional de la versátil inspiración de la cantautora nuestra. “La vals creole” es una curiosa composición que Chabuca escribió en francés y que Nancy Vieira ejecuta con gran belleza y solvencia. Por último, como ya dije antes, la descollante e insuperable recreación de Carlos Vives, el número más logrado, rítmico y espléndido del volumen.
    Son doce piezas musicales de gran factura, plenas de virtuosismo y de una entrega sin límites al arte maravilloso de la música. Da gusto saber que en una época en que esta parece tiranizada por el chisporroteo de los llamados géneros urbanos, ante cuyos fuegos fatuos caen increíblemente rendidos con alarmante facilidad intérpretes jóvenes y no tan jóvenes de la actualidad artística, hay un grupo de personas que hacen posible tener en nuestras manos, para el deleite infinito de nuestros oídos y el goce perpetuo de nuestras almas, una auténtica joya de la música de siempre, un divino canto al arte con mayúscula. Gaudeamus.

Lima, 28 de septiembre de 2019.

La batalla por el clima


    La semana de protestas y manifestaciones contra el cambio climático iniciadas el pasado 20 de septiembre en Nueva York, se ha cerrado este viernes 27 con una huelga mundial por el clima: desde Montreal –donde ha estado Greta Thunberg encabezando la marcha pacífica– hasta Wellington, desde Barcelona hasta Hanoi, desde Milán hasta Estocolmo, miles de activistas, sobre todo jóvenes como la adolescente sueca líder de esta campaña, han dejado sentir su voz de alerta y reclamo ante la inacción de los dirigentes mundiales frente al problema número uno que amenaza la existencia humana en el planeta. Se podría decir que el rostro de las movilizaciones ha sido esencialmente juvenil.
    El poderoso, contundente y diáfano discurso pronunciado por la activista sueca Greta Thunberg en el marco de la Cumbre de las Naciones Unidas en su sesión del lunes, no puede haber sido más elocuente. En su mensaje, ha desnudado las carencias y los vacíos que las autoridades y gobernantes de los principales países concernidos en esta problemática han exhibido ante uno de los retos más cruciales de nuestros tiempos. Les ha espetado que están robándole sus sueños, que constituye algo insólito que una chica de su edad tenga que haber hecho esta travesía por el océano Atlántico en velero para asistir a ese encuentro cuando tendría que estar en su colegio recibiendo sus clases como cualquier otra estudiante del mundo.
    Esas marchas y protestas impulsadas a nivel global a través de la campaña Fridays for Future, con el decisivo protagonismo de las generaciones más jóvenes, aquellas que vivirán con mayor encarnizamiento ese mañana tan lúgubre que se ha vaticinado si no se hace nada al respecto, han servido de clarinada para que los políticos y los mayores comiencen a tomar conciencia y asumir el rol que les cabe en una lucha que debe corresponder a toda la humanidad.
    Las evidencias científicas del cambio climático son tan incontrastables, así como la responsabilidad humana en su generación, que pretender rebatirlas o negarlas, como hacen algunos con afanes inconfesables, sólo puede obedecer a una dosis de enorme irresponsabilidad, a intereses económicos en juego o sencillamente a una supina ignorancia. Nadie puede ignorar la estrecha relación de los negacionistas con los dueños de las grandes corporaciones de empresas ligadas al uso de combustibles fósiles, ni tampoco su cercanía con grupos de fanáticos y fundamentalistas que arguyen motivaciones insostenibles para desconocer una realidad tan patente y clamorosa.
    El grupo de expertos que asesoran a las Naciones Unidad –IPCC por sus siglas en inglés– han demostrado con suficientes pruebas de carácter científico las causales de desaparición de los glaciares, del aumento del nivel de los océanos, así como de la lenta erosión del permafrost, el hielo permanente de los suelos que permite concentrar los gases de efecto invernadero que al ser liberados contribuyen a la elevación de la temperatura. Todo ello a su vez factor desencadenante de importantes alteraciones de los fenómenos meteorológicos, como huracanes y tifones, que sumados a los incendios forestales como el de Brasil, Paraguay y Bolivia de hace unas semanas, poseen un peligroso potencial destructivo que dañan irremisiblemente las condiciones del clima en la Tierra.
    Dos figuras visibles de la cerrazón y la necedad ante un problema de esta magnitud son, lastimosamente, presidentes de países gravitantes en el contexto internacional. El primero es el mandatario estadounidense Donald Trump, caracterizado por sus desplantes infantiles y por asumir posiciones retrógradas en muchos aspectos de la política mundial, llegando a declarar sin un ápice de rubor que los verdaderos demócratas no son aquellos que asumen posturas globales sino los patriotas, en una demostración más de su anquilosado aislacionismo y de su concepción reduccionista y ególatra de las relaciones internacionales. Prueba de ello es el haber retirado a EE UU del Acuerdo de París, el único foro mundial que podía comprometer a las potencias del orbe en la lucha contra el calentamiento global. El otro es el presidente brasileño Jair Bolsonaro, émulo del primero y su versión tercermundista, quien ha llegado al despropósito de decir que la Amazonía no es el pulmón de la humanidad, ni que la soberanía de ella concierna a otro país que no sea el suyo, cuando lo que está sobre el tapete de la preocupación mundial no es el tema de la soberanía, sino la protección y preservación de la más grande e importante selva tropical del planeta.
    A ambos pequeños hombres, zafios e insulsos, una adolescente de 16 años –casi una niña– les ha dado una valiosa lección de madurez y sabiduría, erigiéndose en representante y símbolo de toda una generación que por primera vez en la historia llama la atención a los adultos sobre su responsabilidad de un futuro que parecen no entender, un futuro que ya es un hoy para millones de esos jóvenes que sienten que los plazos se terminan, que ya no es tiempo de discursos sino de acciones, y que el desafío del cambio climático es la más dramática encrucijada a que se enfrenta la humanidad.

Lima, 27 de septiembre de 2019.
     

domingo, 15 de septiembre de 2019

La redención de Judas


    Esperé el libro con mucho fervor por cinco años, desde cuando supe que se había publicado en su idioma original, el hebreo, para tenerlo ahora en mis manos en la impecable traducción al español que ha realizado Raquel García Lozano de la espléndida novela Judas (Siruela, 2017) del entrañable escritor israelí, fallecido lamentablemente en diciembre del año pasado, Amos Oz. En una rutinaria visita a la Feria del Libro, recorriendo los stands me topé con gran sorpresa y regocijo con este ejemplar que me ha acompañado durante tres semanas exactas en una lectura que ha superado, increíblemente, mis expectativas, para convertirse –puedo aventurar sin temor a equivocarme–, en la lectura más importante de este año.
    En cuanto me interno por sus primeras páginas, voy cayendo rendido ante la magia narrativa de Amos Oz, embriagado con el primer sorbo de esa otra aventura que es la promesa de un buen libro, en este caso una ficción novelesca sobre las vicisitudes existenciales de Shmuel Ash, el personaje principal, a quien el narrador describe como un joven robusto, tímido, emotivo y asmático. El negocio de su padre quiebra, su novia Yardena lo deja para casarse con un ingeniero y él debe dejar la universidad, donde había emprendido para su máster un estudio sobre Jesús desde la mirada de los judíos, porque su padre ya no puede costearle la carrera.
    Un día encuentra un aviso donde un hombre mayor solicita la compañía de un estudiante de historia. Se dirige a la dirección señalada, en las afueras de Jerusalén, donde conoce a Wald, el inválido que lo recibe mientras conversa por teléfono. Le dice que se siente y espere; entre tanto, el anciano se acomoda en un sillón para dormir. Al rato aparece una mujer de unos cuarenta y cinco años, Atalia Abravanel, la encargada del hombre de setenta años, quien luego de algunas preguntas de rigor, le explica en qué consiste el trabajo, enumerándole todo aquello que tiene que hacer entre las cinco y las diez u once de la noche, que es básicamente conversar con Wald y atenderlo. Shmuel acepta y se instala en la buhardilla de la casa, donde acomoda las pocas cosas que tiene.
    En sus discursos, Gershom Wald pretende desagraviar al pueblo judío a través de la desmitificación de la figura del judío errante que ha alimentado por generaciones enteras la imaginación de los cristianos. De forma simultánea, el narrador nos va contando los resultados de las investigaciones que ha realizado el joven estudiante para su tesis, sumergiéndose en las versiones antiguas de historiadores judíos, árabes y cristianos sobre Jesús de Nazareth. El debate que se produce entre ambos es altamente enriquecedor para Shmuel, quien así puede cotejar sus avances con diferentes perspectivas sobre el tema.
    En sus escasos encuentros con Atalia, hay una extraña pulsión de sensaciones y sentimientos que se ponen en juego, pero que sirven a Shmuel para intentar desentrañar el misterio que envuelve a esta mujer que gradualmente lo va imantando con su sola presencia y su extraña sonrisa. Los capítulos se van alternando entre aquellos que narran los aspectos domésticos de la nueva vida de Shmuel, y los que describen los diálogos en la biblioteca entre el joven estudiante y el viejo erudito, sobre temas que generalmente se refieren a la historia de Jesús y cómo es juzgado por diversos autores musulmanes y judíos. También discuten sobre David Ben Gurión y el establecimiento del Estado judío en territorios árabes, basado en el extraño argumento de lo que afirman unos libros llamados sagrados.
    La novela va discurriendo como un potente relato que provoca no dejar, como si fuera un seductor y glorioso abismo que atrajera con una fuerza desconocida. Sin embargo, el lector debe saber graduar esta poderosa seducción, para gozar así de una lenta y placentera vivencia que nos regala la ficción.
    Shmuel recuerda el único momento dulce de su infancia, cuando fue picado por un escorpión, pues ello le permitió disfrutar durante dos o tres días del afecto de sus padres y de su hermana Miri. Nunca antes ni jamás después recibiría esa bendición. Es uno de los motivos por los que deja su casa y Haifa, yéndose lejos para hacer su vida independiente y en soledad. Pero estando en la casa de Shaltiel Abravanel, padre de Atalia y suegro por lo tanto de Mija, el hijo muerto de Gershom Wald en la guerra de independencia, siente que esos seres con quienes ha llegado a vivir constituyen de alguna manera su nueva familia, así sepa que lo serán por un tiempo efímero, el que dure ese invierno de fines de los años cincuenta, aspirando en la atmósfera los recuerdos del anciano y el silencio de la mujer, ambos llevando un luto que impregna hasta las paredes de la casa.
    Shmuel y Atalia salen juntos varias veces; van al cine, al restaurante o a pasear por la ciudad, en una cercanía que el muchacho experimenta con una mezcla de estupor y desesperanza, de perturbación y ansiedad, de temor y temblor. Le resulta particularmente desazonador, descorazonador quizá, el aura de fría calidez que despide el talante de esta viuda que ha perdido totalmente la fe en los hombres, a quienes ve como eternos adolescentes, seres inferiores debatiéndose en una carencia que jamás podrá ser curada. Precisamente, en uno de los diálogos con Wald, hablando del amor, dice este: “No hemos nacido para amar a más de un puñado de personas. El amor es algo íntimo, extraño y lleno de contradicciones, pues muchas veces amamos a alguien por amor propio, por egoísmo, por codicia, por deseo físico, por deseo de dominar al amado y esclavizarlo, o al contrario, por el placer de ser esclavizados por el objeto de nuestro amor, y además, el amor se parece mucho al odio y está más cerca de él de lo que la mayoría de las personas imaginan.”
    El capítulo 32 constituye el momento medular de la novela, donde emerge la figura de Yehuda Ben Simon Ish Cariot, más conocido como Judas, en las anotaciones que realiza Shmuel para su trabajo de investigación. Se trata de la icónica figura del traidor en la imaginaría occidental y cristiana, que a su vez sirve al autor para trasladar el símbolo a dos personajes de la ficción: el mismo Shmuel, quien habría traicionado a su familia abandonando los estudios y alejándose de ella, y Shaltiel Abravanel, un importante dirigente de la Agencia Judía y de la Ejecutiva Sionista, de las cuales es expulsado al conocerse su posición sobre el viejo litigio árabe-judío. Fue considerado un traidor y se encerró en su casa hasta su muerte.
    Por la época en que Jesús predicaba, pululaban por la región de Galilea decenas de profetas, predicadores y milagreros pueblerinos. El hijo de José y de María era uno más, probablemente el más interesante y el más talentoso, pero igualmente inocuo para la autoridad política y eclesial, es decir para Roma y los Sumos Sacerdotes, respectivamente. Judas habría sido el enviado de estos últimos para seguir de cerca el discurso de aquellos iluminados e informar si alguno de ellos constituía un peligro. Sin embargo, contra todo pronóstico, este hijo venido de Judea, de familia acomodada y pudiente, se siente sobrecogido por el mensaje del Mesías, de quien se va a convertir a partir de ese momento no sólo en uno de sus apóstoles, sino en su más fiel discípulo, o, como afirma el autor, en el primer cristiano, en el último cristiano, en el único cristiano, sin el cual no habría crucifixión ni iglesia ni nada. Él cree plenamente en la divinidad de Jesús, está convencido además de que su doctrina debe propagarse a otras regiones y llegar a Jerusalén, para lo cual empieza a concebir el plan que terminará en la cruz. Jesús tiene dudas sobre ello y a regañadientes acepta el consejo de su discípulo. Judas está seguro de que el hijo de Dios demostrará ante todos su verdadera condición, probada con creces en los numerosos y asombrosos milagros realizados hasta ahora. Es por eso que no duda en preparar pacientemente la escena de la crucifixión, para lo que convence al Sanedrín y el proceso se pone en marcha.
    Aquí es donde el autor desmonta algunos de los viejos tópicos respecto a Judas, como aquel de las treinta monedas con que habría vendido a su maestro,  o aquel otro del beso delator para lograr su aprehensión. Falso, dice el narrador. Como ya dije, Judas provenía de una familia de grandes comerciantes y banqueros de Judea, por tanto, qué podría significar para él esas treinta monedas que apenas alcanzaban para comprar un esclavo; y en cuanto al beso, Jesús era muy conocido en la tierra en que predicaba, razón demás para pensar que no se necesitara ningún signo especial de identificación para ubicarlo. Además, Judas era el más culto de los doce apóstoles que seguían a Jesús, casi todos ellos pescadores y hombres humildes y analfabetos. En fin, lo cierto es que ya estando Jesús en el Gólgota, al pie de la cruz se hallaban tres mujeres que lloraban su tormento, y a un costado Judas observando con detenimiento,  esperando el momento supremo, el milagro mayúsculo en que el hijo de Dios se desprenda de la cruz y baje anunciando su triunfo sobre sus perseguidores. Jesús agoniza, llama a su madre todo el tiempo en son de lamento, no a su padre. En el instante final, cuando siente que ha llegado su hora, clama a su padre increpándole su abandono. En el momento en que Jesús pronuncia esta frase desgarradora, Judas se da cuenta de la verdad, no soporta la decepción, se aleja del escenario, pierde la fe junto con el sentido de la vida y se cuelga de una higuera.
    La obra es una muy interesante revisión de la figura de Judas, tan denostada en la tradición cristiana y sinónimo cabal de la traición; es también una vindicación del papel que le cupo en la historia de Cristo, desde su condición de aventajado discípulo, seguidor fiel de su doctrina y firme creyente en su divinidad, hasta la profunda desilusión que siguió a la crucifixión y muerte del profeta. El autor postula una reinterpretación del personaje, tender una nueva mirada a los hechos que rodearon este cruento y crucial pasaje de la historia del cristianismo, sopesando las dos perspectivas en juego.
    Después de esos tres meses de exilio invernal, viviendo en la casa del callejón Rabbi Elbaz, Shmuel Ash sabe que tiene que marcharse, así que, luego de recuperarse de un accidente casero que le mantuvo con el pie escayolado, Atalia le ayuda a preparar su equipaje, y en los primeros días de la primavera abandona su refugio y de paso Jerusalén, con destino a Haifa, donde viven sus padres, llevándose también en su equipaje emocional el agridulce recuerdo de ese par de encuentros, no sé si llamarlos amorosos, que Atalia le brinda para su mayor azoro, así como los intensos diálogos sostenidos con Gershom Wald en esas tardes y noches frías del invierno jerosolimitano.  
    Aletea en la novela, finalmente, un tema que ningún escritor israelí, independientemente de su credo político o religioso, puede soslayar: el conflicto árabe-judío, ese absurdo enfrentamiento de dos colectividades semitas que se disputan unas tierras comunes, enemistad que el mito y la historia han atizado obedeciendo a exclusivos intereses políticos y ambiciones de facción, postergando para las calendas griegas aquella solución razonable que todo ser humano, amén de las Naciones Unidas, espera: un territorio, dos estados.
    Bellísima novela, que merece una y más relecturas. Una auténtica obra maestra, una fascinante historia de este estupendo escritor israelí con nombre bíblico de profeta, del profeta de la justicia social: Amós. Si habría que calificarla con la notación numérica escolar, yo le pondría veinte de nota.

Lima, 14 de septiembre de 2019.            
    

miércoles, 4 de septiembre de 2019

La familia Bennet


    Una de las novelas más memorables de la literatura inglesa, se la debemos a la destreza narrativa de Jane Austen (1775-1817), una escritora que llevó una existencia en apariencia bastante apacible, pero que en Orgullo y prejuicio nos presenta las vicisitudes de una prototípica familia pequeñoburguesa del sur de Inglaterra de fines del siglo XVIII, haciendo gala de una gran penetración psicológica para trazar los caracteres de los personajes y describir las situaciones en que se ven envueltos, en medio de los enredos amorosos de las hijas que ya han alcanzado la edad en que los padres, antaño, solían destinarlas al matrimonio.
    El señor y la señora Bennet constituyen un sólido matrimonio de veintitrés años, cuyas  cinco hijas en orden cronológico son: Jane, Elisabeth, Mary, Kitty y Lydia; todas ellas muy distintas entre sí, oscilando entre la sensatez y parquedad de la mayor, Jane, y la frivolidad y desaprensión de Lydia, la menor. Elisabeth destaca por lo juiciosa y rebelde, con una mirada muy crítica de su entorno e indómita ante los fáciles halagos masculinos. Tal vez sea uno de los personajes más interesantes de la historia, pues es en torno a ella donde se desarrollan los principales acontecimientos.
    La trama empieza a correr cuando un joven procedente del norte del país, soltero y poseedor de una fortuna de cuatro o cinco mil libras al año, alquila la hacienda de Netherfield Park, lugar muy cerca de Longbourn, donde viven los Bennet. Al enterarse de la noticia, la madre, deseosa ya de casar a sus hijas, exige al marido que vaya a presentarse donde el nuevo vecino, el señor Charles Bingley, con el fin de empezar a tejer ya la maraña que debe terminar en el compromiso de alguna de sus herederas.
    Días después de su llegada tiene lugar en Meryton el primer baile al que concurren las dos hermanas mayores, ocasión en la que Jane recibe muchas atenciones del señor Bingley, así como de las hermanas de este que acuden a la fiesta en compañía del esposo de la mayor y de Darcy, un caballero simpático y distinguido, pero que deja la impresión de ser orgulloso y petulante. Elisabeth observa con gran perspicacia la sutil escena de la representación que los jóvenes ofrecen durante la fiesta.
    Los vaivenes sentimentales de las hijas mayores de los Bennet ocupan los primeros capítulos, con las esperanzas fallidas de Jane de consolidar su unión con el señor Bingley a causa de ciertas intrigas y maniobras de las hermanas, y el rechazo de Elisabeth a las pretensiones matrimoniales de su primo William Collins, quien visita Longbourn con el único propósito de obtener su mano. Ante este primer fracaso y sin pérdida de tiempo, Collins traslada su oferta a Charlotte Lucas, la amiga más cercana de Lizzy, quien acepta sin pensarlo demasiado y se realiza la boda.
    Este retrato veraz y realista de una clase social, la burguesía rural y sus diversos estratos –los potentados como Bingley o Collins, y los que aguardan un golpe de suerte para escalar socialmente como los Bennet, esperanzados en que las uniones conyugales de sus descendientes los ayuden a conservar sus pequeños privilegios–, constituye uno de los cuadros más logrados de la novela, llevándonos a ser testigos de unas formas y costumbres que el tiempo ha sepultado en el desván de las curiosidades de la historia.
    La evolución de un personaje como Elisabeth Bennet, cuya versátil psicología la convierte en una privilegiada observadora de esa pequeña comedia humana provinciana, la coloca en situaciones de verse en la necesidad de ir variando sus apreciaciones y puntos de vista de las personas que frecuentan su entorno. Es el caso de Darcy, el amigo cercano de Bingley, quien la primera vez que lo conoce le parece orgulloso y despreciable, entre otras razones porque lo cree culpable de la separación de su hermana y este último. Por ese motivo, la vez en que Darcy le declara su amor y le ofrece matrimonio, ella lo rechaza sin más.
    Entre tanto, Elisabeth conoce a Wickman, de quien se ilusiona en un primer momento, para terminar decepcionándose al conocer la verdadera historia entre él y el señor Darcy, que reaparece en su vida en ocasión de un viaje de vacaciones que realiza con sus tíos. Un verdadero quiebre en la historia es, por eso mismo, la fuga de Lydia, su hermana menor, con Wickman, causa de angustia y preocupación para la familia, especialmente para la nerviosa e hipocondríaca señora Bennet. Después de quince días de mantener en la zozobra a sus familiares, que van en su búsqueda de manera infructuosa, es su tío y el señor Darcy quienes interceden para lograr un acuerdo de boda, la que finalmente se lleva a cabo. Luego de visitar a sus familiares en Longbourn, Lydia y Wickman parten rumbo al norte donde está el regimiento al que éste debe incorporarse.
    Mientras tanto, se produce la vuelta del señor Bingley a Netherfield y enseguida su visita a los Bennet. Después de algunos días de tensa espera para la madre, finalmente se comprometen Bingley y Jane. Se sucede luego el pasaje más memorable del relato, por su carácter rebelde y contestatario, protagonizado por Elisabeth. La insolente y antipática lady Catherine de Bourgh, tía de Darcy, llega a casa de los Bennet para hablar con nuestra heroína, para prevenirla contra sus planes de casarse con su sobrino. Lizzy, con gran aplomo y valentía le responde con precisos argumentos y contundentes y justas palabras. La dama se retira encolerizada y totalmente decepcionada.
    A pesar de esta escena desagradable para Elisabeth, que sin embargo trata de disimular ante su familia, a los pocos días vería confirmada sus esperanzas cuando Darcy visita Longbourn y formaliza su compromiso con ella, lo cual ocasiona el desborde emotivo de su madre, diluyendo sus reticencias iniciales y sus comentarios negativos hacia el pretendiente de su hija. El padre también da su aprobación luego de un íntimo diálogo con ambos jóvenes por separado.
    El destino más acariciado para una mujer en aquella época era sin duda un buen matrimonio, afán en que se prodigaba toda la familia, pues constituía el secreto de un porvenir seguro y sin sobresaltos para todos. El tiempo, que muda las costumbres y los ritos, nos ha dejado esa curiosidad de una época relativamente reciente, trayéndonos nuevos aires y nuevas formas de vivir ese eterno universal de las relaciones entre los sexos, sus propósitos y sus variantes, su problemática y su drama.

Lima, 29 de agosto de 2019.
       

viernes, 30 de agosto de 2019

Hostia sin consagrar


    Hay una tradición de Ricardo Palma que narra la anécdota de un virrey que ante una real cédula emanada de la metrópoli prohibiendo los impuestos abusivos que se cobraban a los indios, y por no perjudicar a los aviesos intereses de sus amigos los corregidores, respondía con una fórmula que le servía para burlar la orden haciendo ver que la aceptaba: la acato pero no la cumplo. Espero que don Ricardo no se moleste, donde quiera que se encuentre, por haberle hurtado el nombre de su tradición para encabezar este artículo, pues me sirve como anillo al dedo para ilustrar un hecho que ha desencadenado una nueva crisis política en el país.
    Se trata del adelanto de elecciones propuesta por el Presidente de la República en su reciente mensaje de Fiestas Patrias, ante el entrampamiento generado por la actitud del Congreso de desvirtuar las reformas políticas impulsadas por el Ejecutivo merced a la aprobación que mayoritariamente le brindó la población en el referéndum de diciembre pasado, y al pedido de una cuestión de confianza que el Congreso aprobó en teoría, pero que, haciendo el símil con la tradición de Palma, denegó en la práctica. Frente a la tozudez de una mayoría parlamentaria irracional e irascible, que se ha dedicado desde el inicio de este período de gobierno a torpedear cuanta iniciativa hubiera en favor de la lucha contra la corrupción, blindando a cuanto pícaro y bribón apareciera en la función pública, y cuyo epílogo vergonzoso ha sido el mantenimiento del levantamiento de la inmunidad en manos del Poder Legislativo, ha juzgado el primer mandatario que la única salida estriba en una renovación completa de la representación nacional, incluido él mismo.
    No han faltado voces exaltadas que han reaccionado como si esto fuera el fin del mundo, fingiendo defender paradójicamente lo que antes pisotearon a mansalva. Una cohorte de fariseos y leguleyos han salido a despotricar de la decisión presidencial amparándose en motivaciones que a lo único que apuntan es a defender intereses de facción y no  lo que el país necesita en estos tiempos de urgencia. Es cierto que ingresamos a un espacio de incertidumbre, que es atípico el escenario surgido y tal vez imprevisto el desenlace que puede acarrear una medida de esta naturaleza, pero es el terreno al que han empujado las mismas fuerzas de la reacción, el fujiaprismo pernicioso que ha prevalecido torpemente durante estos años. La nación tiene el deber de arrancarse esa gangrena si quiere pensar en términos positivos hacia el futuro, de otro modo seguiremos chapoteando en el estercolero en que han convertido el país estas dos pandillas de facinerosos.
    Un personaje de la televisión, que oscila entre el periodismo y la farándula, espécimen bastante común últimamente, se hace el sorprendido cuando detecta el gran apoyo que ha recibido la decisión presidencial de parte de buena parte de la población, de los comentaristas,  periodistas y analistas políticos. Se permite deslizar adjetivos nada elegantes para calificar a quienes han demostrado en público su respaldo no precisamente al presidente –que en muchas otras cosas puede ser, y de hecho lo es, abiertamente criticado–, sino a una posición de franco combate a quienes han exhibido y exhiben sin el menor pudor su complicidad, contubernio o connivencia con la corrupción, llámese caso Lava Jato, Cuellos Blancos del Puerto u otros. En el colmo de la audacia, pide que le nombren una obra, una sola obra –dice el muy ladino– de Vizcarra, cuando es evidente que aquella no puede ser otra que su frontal desafío a las huestes aprofujimoristas. ¿Acaso no basta y sobra con una obra de esta índole? ¿Una obra de orden moral en la que nuestra patria se está jugando el honor? ¿No son nada, para ese señor, la decencia y el desprendimiento de un jefe de Estado frente a las ínfulas de poder de aquellos que pretenden seguir mangoneando como representantes mayoritarios del Poder Legislativo?
    La realidad que afrontamos no está para andarnos con remilgos, pues entre tanto siguen revelándose los nombres de quienes en el Perú fungieron de asesores y colaboradores de la corruptora Odebrecht, principalmente periodistas, lo cual aclara totalmente su comportamiento de los últimos años, tratando en cada momento de traerse abajo los acuerdos de colaboración eficaz firmado entre el Equipo de Fiscales y la susodicha empresa brasileña. Ahora sí podemos explicarnos perfectamente sus actitudes tan extrañas, tan a contrapelo de lo que se conocía del pasado de algunos de ellos.
    El fujimorismo se ha recompuesto y prepara un ataque letal en contra del Ejecutivo; de ello dan muestras la elección del nuevo presidente del Congreso y las recientes conformaciones de las comisiones parlamentarias, hechos que, aparte de exhibir la estolidez de representantes de esa agrupación al frente de importantes comisiones, no hace sino confirmar que se avecinan para el Perú unas semanas y meses de gran agitación y crispación política, razón demás para tomar una medida que zanje definitivamente con una situación en verdad deplorable.
    El hartazgo y la náusea presiden los sentimientos de la gran mayoría de los peruanos cuando se menciona la palabra “Congreso”, voz que ha terminado enmugrada por una cáfila de mastuerzos que la han deshonrado, que ya no representan a nadie y que lo único que hacen es fregar y fregar hasta límites inconcebibles. Y en vista de que el gobierno prácticamente se ha quedado sin bancada, para no mencionar ya al partido, son las calles el próximo escenario de lucha. Los ciudadanos tenemos el deber de asumir esta tarea de saneamiento y limpieza, cuando vemos que la podre amenaza con devorar el organismo entero de la nación. Es una cuestión, pues, de vida o muerte. Una gran movilización ciudadana se impone como un deber moral insoslayable. ¡Todos a las calles para salvar al país!, es la consigna de estos tiempos.

Lima, 15 de agosto de 2019.

jueves, 15 de agosto de 2019

Hostia sin consagrar


    Hay una tradición de Ricardo Palma que narra la anécdota de un virrey que, ante una real cédula emanada de la metrópoli prohibiendo los impuestos abusivos que se cobraban a los indios, y por no perjudicar a los aviesos intereses de sus amigos los corregidores, respondía con una fórmula que le servía para burlar la orden haciendo ver que la aceptaba: la acato pero no la cumplo. Espero que don Ricardo no se moleste, donde quiera que se encuentre, por haberle hurtado el nombre de su tradición para encabezar este artículo, pues me sirve como anillo al dedo para ilustrar un hecho que ha desencadenado una nueva crisis política en el país.
    Se trata del adelanto de elecciones propuesta por el Presidente de la República en su reciente mensaje de Fiestas Patrias, ante el entrampamiento generado por la actitud del Congreso de desvirtuar las reformas políticas impulsadas por el Ejecutivo merced a la aprobación que mayoritariamente le brindó la población en el referéndum de diciembre pasado, y al pedido de una cuestión de confianza que el Congreso aprobó en teoría, pero que, haciendo el símil con la tradición de Palma, denegó en la práctica. Frente a la tozudez de una mayoría parlamentaria irracional e irascible, que se ha dedicado desde el inicio de este período de gobierno a torpedear cuanta iniciativa hubiera en favor de la lucha contra la corrupción, blindando a cuanto pícaro y bribón apareciera en la función pública, y cuyo epílogo vergonzoso ha sido el mantenimiento del levantamiento de la inmunidad en manos del Poder Legislativo, ha juzgado el primer mandatario que la única salida estriba en una renovación completa de la representación nacional, incluido él mismo.
    No han faltado voces exaltadas que han reaccionado como si esto fuera el fin del mundo, fingiendo defender paradójicamente lo que antes pisotearon a mansalva. Una cohorte de fariseos y leguleyos han salido a despotricar de la decisión presidencial amparándose en motivaciones que a lo único que apuntan es a defender intereses de facción y no  lo que el país necesita en estos tiempos de urgencia. Es cierto que ingresamos a un espacio de incertidumbre, que es atípico el escenario surgido y tal vez imprevisto el desenlace que puede acarrear una medida de esta naturaleza, pero es el terreno al que han empujado las mismas fuerzas de la reacción, el fujiaprismo pernicioso que ha prevalecido torpemente durante estos años. La nación tiene el deber de arrancarse esa gangrena si quiere pensar en términos positivos hacia el futuro, de otro modo seguiremos chapoteando en el estercolero en que han convertido el país estas dos pandillas de facinerosos.
    Un personaje de la televisión, que oscila entre el periodismo y la farándula, espécimen bastante común últimamente, se hace el sorprendido cuando detecta el gran apoyo que ha recibido la decisión presidencial de parte de buena parte de los comentaristas,  periodistas y analistas políticos. Se permite deslizar adjetivos nada elegantes para calificar a quienes han demostrado en público su respaldo no precisamente al presidente –que en muchas otras cosas puede ser, y de hecho es abiertamente criticado–, sino a una posición de franco combate a quienes han exhibido y exhiben sin el menor pudor su complicidad, contubernio o connivencia con la corrupción, llámese caso Lava Jato, Cuellos Blancos del Puerto u otros. En el colmo de la audacia, pide que le nombren una obra, una sola obra –dice el muy ladino– de Vizcarra, cuando es evidente que aquella no puede ser otra que su frontal desafío a las huestes aprofujimoristas. ¿Acaso no basta y sobra con una obra de esta índole? ¿Una obra de orden moral en la que nuestra patria se está jugando el honor? ¿No son nada, para ese señor, la decencia y el desprendimiento de un jefe de Estado frente a las ínfulas de poder de aquellos que pretenden seguir mangoneando como representantes mayoritarios del Poder Legislativo?
    La realidad que afrontamos no está para andarnos con remilgos, pues entre tanto siguen revelándose los nombres de quienes en el Perú fungieron de asesores y colaboradores de la corruptora Odebrecht, principalmente periodistas, lo cual aclara totalmente su comportamiento de los últimos años, tratando en cada momento de traerse abajo los acuerdos de colaboración eficaz firmado entre el Equipo de Fiscales y la susodicha empresa brasileña. Ahora sí podemos explicarnos perfectamente sus actitudes tan extrañas, tan a contrapelo de lo que se conocía del pasado de algunos de ellos.
    El fujimorismo se ha recompuesto y prepara un ataque letal en contra del Ejecutivo; de ello dan muestras la elección del nuevo presidente del Congreso y las recientes conformaciones de las comisiones parlamentarias, hechos que, aparte de exhibir la estolidez de representantes de esa agrupación al frente de importantes comisiones, no hace sino confirmar que se avecinan para el Perú unas semanas y meses de gran agitación y crispación política, razón demás para tomar una medida que zanje definitivamente con una situación en verdad deplorable.
    El hartazgo y la náusea presiden los sentimientos de la gran mayoría de los peruanos cuando se menciona la palabra “Congreso”, voz que ha terminado enmugrada por una cáfila de mastuerzos que la han deshonrado, que ya no representan a nadie y que lo único que hacen es fregar y fregar hasta límites inconcebibles. Y en vista de que el gobierno prácticamente se ha quedado sin bancada, para no mencionar ya al partido, son las calles el próximo escenario de lucha. Los ciudadanos tenemos el deber de asumir esta tarea de saneamiento y limpieza, cuando vemos que la podre amenaza con devorar el organismo entero de la nación. Es una cuestión, pues, de vida o muerte. ¡Todos a las calles para salvar al país!, es la consigna de estos tiempos.

Lima, 15 de agosto de 2019.
        

Javier Marías, articulista


    Hace más de año y medio que sigo con regularidad las publicaciones semanales del escritor madrileño Javier Marías en el diario El País de España, artículos que cada domingo abordan temas disímiles, relacionados al comportamiento humano y a la vida en sociedad, desde una perspectiva siempre novedosa, en un estilo fresco y directo que conecta inmediatamente con el lector, como si se tratara de una conversación de café en la que el autor expone sus peculiares puntos de vista y el receptor se queda con varias ideas que lo obligan a repensar en los aspectos que trata.
    El conjunto de artículos que ha publicado entre febrero del 2017 y enero del 2019 se han reunido en un volumen de reciente salida, bajo el título de Cuando la sociedad es el tirano (Alfaguara, 2019), encabezado de una de sus columnas que puede considerarse el núcleo central de sus razonamientos, pues es una constante en el pensamiento del autor aquella tendencia muy en boga hoy en día de querer dar siempre la razón a lo que exige, quiere o aspira la masa, esa montonera mayoritaria o minoritaria, según el caso, que busca imponer sus dictados a partir de lo que se considera como propio del sentido común o de lo políticamente correcto. La idea aparece en un ensayo del filósofo inglés John Stuart Mill de mediados del siglo XIX, que el articulista retrotrae a los tiempos actuales.
    Ágil, ameno, incisivo y sin contemplaciones se muestra el autor cuando desmenuza el asunto que tiene entre manos, sea sobre fútbol, libros, autores, el independentismo catalán, la infantilización del mundo, los extremos del feminismo, el franquismo, la entronización de tiranuelos populistas, etcétera. Se trata de enfocar la realidad desde lo no pensado, como señala el propio Javier Marías, desde un ángulo de mira que generalmente se soslaya porque se prefiere el cómodo lugar común de lo convencional, de lo ya establecido, de aquello impuesto por la tiranía de los medios y sus agentes sociales que actúan como cajas de resonancia, especialmente las denominadas redes sociales y su cohorte de esclavos virtuales.
    Los artículos de Javier Marías son una constante invitación a la reflexión y a la crítica, por lo controversial de sus juicios, con los cuales podemos estar de acuerdo o no, pero seguramente nunca nos dejarán indiferentes. De hecho, muchas veces no teme nadar contra la corriente, cuando pone por encima de todo el soberano derecho a la libertad, como sucede al tratar asuntos aparentemente zanjados como la prohibición de las corridas de toros, del consumo del tabaco, la lucha ecologista y otros. Son temas indudablemente polémicos que el autor recorre desde la otra cara de la luna, haciéndonos ver los trasiegos de impostura que pueden mostrar hasta los temas considerados indiscutibles por la sociedad hoy en día.
    Es particularmente duro y punzante al llamar la atención sobre una de las derivas más nefastas de las sociedades democráticas en muchos países del mundo, especialmente de Occidente, como es el caso de Estados Unidos, que ha tenido la desdicha de elegir a un presidente notoriamente ignorante, bruto y fanfarrón, modelo que han copiado con ligeras variantes la Italia de Salvini, el Brasil de Bolsonaro y la Inglaterra del Brexit. Con lo terrible que ya era el mundo con un Putin en Rusia, un Orbán en Hungría o un Duterte en Filipinas, la ola populista no se ha contentado hasta entronizar en los grandes países la necedad y la zafiedad como formas de gobierno. En el lado español, especialmente sensible para el escritor, no pasa desapercibido el engorroso caso del procés, la pretendida y pretenciosa lucha por conseguir la independencia de Cataluña, impulsada por nombres no menos odiosos que los anteriores: Puigdemont, Torrá, Forcadell.
    Como buen observador de la condición humana, desmenuza sin miramientos sus miserias y desatinos, sus bajezas y embustes, pero también sus grandezas y logros, especialmente en el terreno artístico. Interpreta y disecciona el accionar del ser humano en su relación con el poder y el de la sociedad como agente de movilización y de factor decisivo en los cambios que el mundo ha experimentado en los últimos tiempos. Su mirada escéptica, irónica y muchas veces corrosiva, desmitifica ciertos estereotipos instalados en el inconsciente colectivo, dejándonos elementos conceptuales valiosos para la comprensión y el entendimiento de la dinámica social de este animal complejo que es el hombre.

Lima, 5 de agosto de 2019.