sábado, 26 de octubre de 2024

Muerte de un dictador

 

La muerte del dictador Alberto Fujimori, cuyo gobierno autoritario aún es materia de acalorados debates, coincide en términos simbólicos con el de otro personaje siniestro de nuestra historia reciente: Abimael Guzmán. Ambos mueren en la misma fecha y a la misma edad. Extraña coincidencia que el azar ha querido entregarnos como una especie de mueca irónica.

Su legado no puede ser más nefasto: una caterva innoble de individuos de dudosa calaña, agrupados o apelotonados más bien, en lo que ellos creen que es un partido político, cuando la verdad es que no pasa de ser una pandilla de facinerosos, una facción turbia de arribistas y sobones de mala entraña. Empezando por la hija, una mujer fría y calculadora, de nulas credenciales democráticas, que no es capaz de reconocer siquiera una derrota electoral y cada que vez que esto sucede se empeña en petardear y boicotear hasta donde puede al contendor que la venció en limpia lid.

La “guardia de honor” del gobierno del deshonor que tenemos, rinde “honores de Estado” a los restos de un personaje que careció precisamente de ese valor esencial en todo hombre de bien. No llama la atención, por cierto, viniendo de un régimen que carga en su haber con la vida de 49 peruanos inocentes. Los parecidos son cada vez más evidentes entre la señora que ocupa palacio de gobierno y la otra señora que funge de cabecilla de la pandilla mafiosa.

Los adulones dicen que eso es “odio”, nada más falso. Es memoria y dignidad. Y así fuera odio, creo que es legítimo odiar toda conducta humana que daña y va en contra de un pueblo, de ciudadanos que ven arrasados sus derechos humanos. Es perfectamente sano odiar el crimen, la corrupción, el despotismo brutal y asesino de un gobernante que, con el pretexto de acabar con el terrorismo, secuestra, desaparece y mata a gente sin comprobar ningún delito, pues en tal caso está la justicia, están los tribunales para que puedan juzgarlos.

Dice otro expresidente que valora la “visión de país” que tuvo el dictador. Un presidente que arremete contra las instituciones, que hace tabla rasa de la separación de poderes, que destruye los más elementales mecanismos de una democracia, no puede decirse que tenga una visión de estadista, sino la de un autócrata, de un sátrapa que aspira a concentrar todo el poder en sus manos. Su herencia son cuarenta pillos y bribones que siguen destruyendo los pocos avances logrados en los últimos años en materia de derechos sociales.

La clásica pregunta de Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral, ya tiene respuesta: el Perú se jodió cuando el fujimorismo irrumpió en nuestra vida política, pues envileció la vida pública hasta niveles nunca vistos, enmugró la convivencia democrática a través de una red mafiosa de prebendas, sobornos y corruptela generalizada.

Entiendo a mucha gente que ha salido a manifestar su dolor ante la pérdida de su líder, pero el sentir individual de algunos o muchos no puede ser el juicio para evaluar la conducta de una autoridad que ha ocupado el cargo político más alto de la República. Que a ti te hayan regalado un saco de papas o un quintal de arroz, que te hayan beneficiado con algún cargo público o algún favor personal, no puede jamás servir de rasero para juzgar a un régimen que conculcó las libertades públicas, que destruyó la ciudadanía, que implementó un terrorismo de Estado para combatir el terrorismo sanguinario de Sendero Luminoso.

El balance es pues negativo, porque ni haber logrado la estabilidad económica -dicen que Pinochet también lo hizo en Chile-, ni haber exterminado los focos álgidos del terrorismo senderista, pueden justificar el asesinato de nueve estudiantes y un profesor en La Cantuta, de un niño de ocho años en Barrios Altos y de cientos de campesinos, hombres y mujeres, que en las regiones preferentemente de la sierra sur fueron abusados, torturados, aniquilados por agentes del Ejército o de la Policía.



Lima, 21 de septiembre de 2024.

Una afición Única

 

No puedo precisar exactamente en qué momento me convertí en un hincha de la U, en un seguidor del Universitario de Deportes, uno de los equipos de fútbol más emblemáticos de este país, un club que acaba de cumplir sus cien años de vida institucional este 7 de agosto pasado. Tal vez sería por la época en que, durante mi infancia en Jauja, oía por primera vez por la radio la transmisión de los partidos de fútbol, y en mi familia se debatía acaloradamente cuál era el mejor equipo del Perú, en medio de comentarios y argumentos de la más variada índole. Lo único que sé es que una pasión de este tipo no surge de manera racional, sino que es alimentada por impulsos instintivos que se graban con fuego en las venas del afecto.

Eran los años setenta del siglo pasado y en mi provincia se oía la radio Unión, con su sintonizado programa “Pregón deportivo”, dirigido por un uruguayo de voz inconfundible, Oscar Artacho, que relataba los encuentros futbolísticos como a nadie hasta ahora he oído hacerlo. Y sin duda eran los encuentros entre Universitario y Alianza Lima los que convocaban los debates más arduos entre los adultos, pues invariablemente unos se alineaban con el elenco crema y otros con el blanquiazul. Alguien por allí argüía con cierta socarronería que la U era el equipo de los blancos y el Alianza de los negros. Por supuesto que estaba muy mal apelar a ese tipo de razones, de claros tintes racistas, para avalar una apuesta deportiva, pero un niño como yo también estaba lejos de entender aquellos asuntos sociales que concernían a un tema de profunda raíz histórica en nuestro país.

Fueron por esos años también en que, con un muchachito que ayudaba en las labores de la casa, inventamos un juego que se distinguía por su originalidad, pues hasta ahora no he visto que nadie lo haya practicado, ni siquiera imaginado. Se trataba de un singular juego de fútbol con jugadores de plástico, que en las ferias de la ciudad vendían a granel. Cada uno debía conformar un equipo para luego realizar un pequeño campeonato en un campito especialmente acondicionado en el patio interior de la casa grande. Este muchachito, a quien llamábamos Tito, que era mayor por unos años que todos nosotros, de los niños quiero decir, se encargó de repartir los colores que cada quien debía defender. Él se quedó, por supuesto, con el Universitario de Deportes; a mí me asignó el Sporting Cristal; a mi hermana, el Defensor Lima; a mi hermano menor, el Sport Boys. Como era previsible, a nadie encargó el Alianza Lima, equipo vetado implícitamente por nuestra unánime militancia en las filas cremas.

Desde ese día todos nos empeñamos en conseguir los jugadores del color que nos había tocado. Cada miércoles y domingos, recorríamos la feria en busca de los ansiados futbolistas que nos representarían en las justas que se avecinaban. Pronto, la casa se llenó de pequeños hombrecitos ataviados de crema, celeste, granate y rosado. Aquí debo hacer la atingencia que, como no todos esos colores estaban disponibles en el mercado, la U eran blancos que luego Tito los pintó de crema, y el Defensor Lima verdes, que él mismo pintó de granate. El estadio fue diseñado a proporción enfrente de la cocina de la abuelita, colindando con el jardín por el lado opuesto y con el gallinero por el lado del fondo.

Los partidos eran intensamente disputados por las tardes, cuando Tito se desocupaba de sus labores. Las oncenas de cada quien ingresaban al campo y se enfrascaban en reñidos juegos que no estaban exentos de altercados por algún motivo menor. Lo original estaba en que cada uno de nosotros hacía rodar la pelota impulsándola con los pies del futbolista de juguete. Los arcos fueron confeccionados por Tito con pequeños listones de madera. Posteriormente se cambiaron a una sola pieza de alambre, con sus respectivas redes cosidas y sujetas a la tierra. El balón se extraía de algún jugador que ya no sirviera, ya sea porque estuviera quebrado, roto o porque no era funcional para el juego. Fue por esta época que tuve la gran ocasión de presenciar, en un viaje que realicé a la capital, un partido de fútbol entre Universitario y el Huracán de Arequipa, que supongo por esos años jugaba en primera división.

Y así, conforme pasaban los años y ya dejaba de ser un niño, mi afición se fue sedimentando a través del conocimiento de la historia del club, de sus ídolos, campeonatos, símbolos y demás signos de identidad. Es decir, por un interesante fenómeno, que los psicólogos llaman de racionalización, fue asentándose en mí una identificación plena con el equipo de Lolo Fernández, cuya efigie vi hace poco en su natal Cañete, en plena Plaza de Armas. Y se hizo más sólida cuando supe que los primeros integrantes del elenco habían surgido de las aulas de la Universidad de San Marcos, que en realidad el club había nacido allí, con estudiantes de mi Alma Mater. En fin, sé que son argumentos totalmente subjetivos, mas son los únicos que valen para una afición como ésta.

Lo curioso es que con el tiempo me he ido alejando del fútbol, deporte que ya no sigo ni veo por la televisión, menos asisto a los estadios. Sólo en ocasiones excepcionales, como por ejemplo un Mundial de Fútbol, puedo ver algunos partidos. Muchos encuentros me parecen tediosos y aburridos; ni siquiera la presencia de estrellas del balompié logran atraparme como antes. Sin embargo, eso no significa que no aprecie una buena jugada, un buen tiro libre, una precisa ejecución de penal o un magnífico gol. Por supuesto que admiro el lado estético del juego. Aparte de eso, mi distancia también se debe, creo yo, a la mediocridad que hoy campea en los campeonatos locales y, sobre todo, a la violenta incursión de las barras bravas que han terminado lumpenizando un deporte que es, hay que reconocerlo, el más masivo del mundo.

Igualmente, no puedo soslayar el aspecto mercantil del mismo, el hecho de que el fútbol se haya vuelto un gran negocio, hasta es posible que un gran negociado, orquestado por las mismas autoridades que llevan las riendas de la FIFA hasta los dirigentes de las asociaciones deportivas de los países y de los clubes, pasando por los árbitros y jueces que forman este gran tinglado que mueve de manera obscena millones de dólares, en un inmenso mercado que está distorsionado por la presencia de agentes de la más dudosa reputación.

 


Lima, 10 de agosto de 2024.

sábado, 31 de agosto de 2024

Micaela

 

Hace cinco años se publicó un libro más, de los muchos que existen, sobre un personaje controvertido y polémico del siglo XVIII, durante las postrimerías del virreinato del Perú. Se trata de La Perricholi. Reina de Lima (Penguin Random House, 2019), del escritor peruano Alonso Cueto, novela que ha sido pasto de mi insaciable curiosidad tanto histórica como literaria en las últimas dos semanas. El mismo autor confiesa que para escribirla, además de haberse sumergido durante ocho años en la lectura de todos los libros que pudo obtener sobre su personaje, ha establecido una especial relación amorosa con Micaela Villegas, la protagonista indiscutible de toda una época y de esta narración que fascina doblemente: tanto por la recreación notablemente lograda por el narrador, como por el contraste con los hechos de un tiempo que sigue interesando a quienes tenemos una particular relación con la historia de nuestro país.

La narración se inicia con la llegada del nuevo virrey del Perú, Manuel Amat y Junyent, en 1761. Viene procedente de Chile, donde ejerció la gobernación de esa posesión hispana que era parte del Virreinato del Perú. Ante el anuncio de su arribo se forma un alboroto entre los limeños, entre ellos el señor Joseph Villegas, que luego de desayunar esa mañana sus tazas de chocolate se encamina a la plaza de armar con su hija Micaela, a presenciar el ingreso del flamante representante del rey a la Ciudad de los Reyes. El día elegido es el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Desde el puerto del Callao, Amat hace el recorrido en dos días hasta la capital, transportado en carroza.

El terremoto que asoló la ciudad ocurrió en 1746, el señor Villegas enviudado y se posteriormente casado con Teresa de Mendoza. Vivían entonces en el barrio del Rímac, su hija Micaela tenía trece años. Existía una estrecha relación entre padre e hija, pues él alentaba en la niña su talento artístico, además de haberle enseñado a leer. Sin embargo, serían pocos años más que la acompañaría, y a su muerte Micaela quedó muy desolada. Un día acudió al Coliseo de Comedias y se entrevistó con el administrador, Bartolomé Maza, para decirle que quería bailar y cantar. Desde ese momento se convirtió en su empresario y andaba con ella por toda la ciudad.

Así fue creciendo Miquita, abrigando cada vez con más ímpetu el deseo de convertirse en una actriz. Los hombres la merodeaban, la miraban con codicia, su esbelta figura empezó a ser la comidilla de una ciudad envuelta en modelos cortesanos. Igualmente era objeto de las miradas oblicuas de las mujeres, sobre todo de aquellas que decían pertenecer a la nobleza criolla, damas que se daban ínfulas de superioridad, que las hacía despreciar la belleza mestiza de una mujer que iría a desafiar todo el engranaje colonial.

La primera vez que el virrey la vio de verdad fue un domingo de misa, en la iglesia catedral, adonde Micaela acudía con su madre. Preguntó por ella a su asistente Estancio. Luego, la invitaría a palacio conjuntamente con la Inesilla, otra actriz, rival de aquella. Era una treta tramada por el catalán, pues ya hace rato que estaba decidido a conquistarla. La recibió otra noche, que sería la previa al establecimiento definitivo de su relación. Era mediados de septiembre de 1767, el día 28 de ese mes la Perricholi cumplía diecinueve años. Manuel Amat ya andaba por los 63.

A los pocos años nacería el único hijo de ambos, Manuel Amat y Villegas, llamado familiarmente Manuelito o Manuchito. La narración transcurre en esos vaivenes de la vida virreinal, con sus reuniones en los salones de palacio, el ajetreo de la plaza en los días de fiesta, las funciones en el teatro donde Micaela es la estrella principal, mientras la Inesita, opacada por la fulgurante carrera de nuestra heroína, decide exiliarse al sur de la ciudad. Las misteriosas tapadas hacían furor en las calles de lo que se consideró la ciudad más importante de la corona en América.

Micaela tiene en su hermana Josefa a su mejor confidente y valedora, quien la entiende y apoya en todo. Los pretendientes siguen rondando a la Perricholi. Uno de ellos es Martín de Armendáriz, un militar casquivano que la seduce tras continuos asedios en el tiempo en que ella y el virrey estaban separados después de un episodio bochornoso en el teatro. Producto de esa relación Micaela queda embarazada, noticia que comunica al fulano, quien, al solo enterarse de su perspectiva de paternidad, desaparece como por arte de magia. Decide tener a la niña, pues su instinto de madre le dice que será mujer. La llamará Manuela, en un guiño irónico de su propia vida. Lástima que la pequeña morirá a la tierna edad de dos años.

Son los años de la Inquisición, a la que a veces el virrey se enfrenta, sobre todo por causa de Micaela, como la vez aquella en que Miquita se lanza a defender a una pobre mujer acusada injustamente de brujería. También es el tiempo de la expulsión de los jesuitas, decretada por el rey en 1767, decisión con la que el virrey no estaba de acuerdo, por los múltiples beneficios que aquellos habían aportado a la educación, entre ellas la de él mismo. Sin embargo, debe cumplirla a pesar de sus reparos.

Después de quince años de servicios a la corona, llega la orden del relevo del virrey, noticia que ya se comentaba por toda la ciudad. En 1775 sale Amat del Perú y Micaela queda con su hijo ya jovencito que poco a poco le dará más de un dolor de cabeza. Especialmente la vez en que se empecinó en casarse con Mariana Vergara, empleada costurera de su madre. Micaela hizo todo lo posible para impedir la boda, y simultáneamente tratar de que Margarita García Mancebo, conocida de la familia, fuera la elegida. Manda apresar a su propio hijo y envía a la joven para consolarlo. Gradualmente Manuchito va cediendo y termina casándose con ella en la iglesia de San Lázaro, mientras Mariana se aleja con su familia después de recibir un jugoso presente de Micaela.

Fermín de Echarri, un comerciante navarro, fue el hombre del último tramo de la vida de Micaela, con quien entabló una relación luego de la partida del virrey, a pesar de que en esos años ya la asediaba a las salidas del teatro. Ambos se asociaron para administrar el Coliseo de Comedias, actividad que les permitió gozar de una holgada situación económica, sobre todo por el empuje y el empeño de Miquita. Se casaron casi a fines de ese siglo XVIII y vivieron juntos hasta la muerte de Fermín acaecida en 1808. La Perricholi ya era poseedora además de muchos bienes, como la casa de la Quinta del Prado en Barrios Altos y de un molino en el Rímac, adjunto a la casa que el virrey había mandado construir para ella en una esquina de la Alameda de los Descalzos, emblemático lugar de concurrencia de la sociedad limeña junto con la no menos famosa pampa de Amancaes.

Personajes ilustres de nuestra historia van apareciendo en la novela, ya sea como parte del relato o mencionados por los protagonistas. Es el caso de Hipólito Unanue, con quien Micaela traba una intensa amistad cuando el prócer era aún un estudiante de medicina. O Mariano Melgar, de quien se enteran que se ha enrolado al ejército de Pumacahua en el Cuzco y luego ha sido capturado y ejecutado tras la derrota patriota en la batalla de Umachiri. De igual manera, es muy comentada la presencia en el Perú del barón Alexander von Humboldt, insigne naturalista alemán que recorría el territorio haciendo importantes investigaciones científicas.

Son numerosos los pasajes en que el narrador se sumerge en profundas reflexiones existenciales, meditaciones poético-metafísicas de un muy buen nivel literario. Es, sin duda, una obra de gran valor estilístico, fruto de la madurez como novelista de Alonso Cueto, escritor que nos entrega un fresco de época en esta novela histórica que hace vivir al lector la intensidad y la atmósfera de esos años cruciales que precedieron a los primeros levantamientos independentistas, que medio siglo después culminarían en la separación política definitiva de este territorio de la metrópoli.

 

Lima, 24 de agosto de 2024.


 

viernes, 7 de junio de 2024

La imaginación es fuego

 

En algunos meses de lectura sostenida y regular, con un pequeño hiato que sirvió más bien para avivar el interés por su contenido, he concluido El fuego de la imaginación I (Alfaguara, 2022), libro que recoge la primera parte de la producción periodística de Mario Vargas Llosa desde los años sesenta del siglo pasado hasta el año 2012 del presente. Es decir, son alrededor de seis décadas de una incesante labor periodística que el escritor peruano ha alternado con su creación literaria. Es bien sabido de las dotes que posee para el ensayo del Premio Nobel, así como sus comienzos en la prensa, es por ello que esta compilación de más de un centenar de artículos no hace sino corroborar la destreza en el oficio de un creador fructífero y polifacético.

El libro está dividido en seis apartados, donde aborda el arte de la ficción; los libros y escritores; las bibliotecas, librerías y universidades; escenarios; pantallas; y arte y arquitectura. Como podemos apreciar, es un recorrido inmenso de intereses y exploraciones intelectuales sobre los más diversos ámbitos de la creación artística, desde los más cercanos a sus actividades estrictamente literarias, hasta aquellos que sin duda enriquecen no sólo la mirada y la perspectiva de un escritor, sino las de cualquier ser humano. Y todos con la solvencia y la lucidez de alguien que siempre ha demostrado una vocación genuina por la cultura.

La mayoría de los textos pertenecen a su conocida columna periodística “Piedra de toque”, que empezó a publicar en los medios locales, y luego continuó por muchos años en el diario El País de España, periódico donde escribió hasta su retiro definitivo el año pasado. En el volumen podemos hallar el discurso que pronunció en Caracas el año 1967, con ocasión de recibir el Premio Rómulo Gallegos por su novela La casa verde. Luego continúan una serie de artículos donde sondea un tema que siempre lo ha obsesionado: por qué se escriben ficciones, cuál es la raíz metafísica de una actividad que para muchos lectores todavía es un misterio.

La parte más extensa del libro es la que dedica a los libros y los escritores que han sido objetos de su pesquisa, tanto desde su punto de vista de lector fruitivo, como desde su aguda mirada de autor de ficciones. Reseña así un conjunto variopinto de creadores latinoamericanos, franceses, anglosajones, españoles y de otras nacionalidades. Enseguida testimonia su visita a varias bibliotecas, que han sido los espacios predilectos de sus largos años de estudio e investigación; su paso por varias universidades en calidad de profesor visitante o de docente por horas; y sus plácidos recorridos por librerías, especialmente por las de París y Barcelona. En uno de ellos figura una confesión que suscribo plenamente, cuando afirma que comprar libros es tan placentero como leerlos. También coincido con su análisis de una institución tan venida a menos en los últimos tiempos, la universidad, y aquella conclusión irrebatible: su rol fundamental en la preservación, la creación y la difusión de la cultura.

Las incursiones en el teatro aparecen en otro acápite, pues de todos es sabido que el primer amor literario del novelista fue precisamente el género dramático, camino que debió abandonar debido al escaso interés que veía en el medio en la época que iniciaba su carrera, así como al nulo apoyo de las instituciones estatales. Su opinión sobre los montajes de algunas obras de Peter Weiss y de Bertolt Brecht son particularmente originales, además de permitirle deslindar con las propuestas de estos grandes dramaturgos, especialmente del último, pues sin dejar de reconocer el inmenso genio del autor de La ópera de tres centavos y de Madre coraje, toma distancia de su muy famosa y polémica concepción del arte de las cuatro tablas.

La afición por el cine, y algo menos por la televisión, también están presentes en un puñado de artículos que dan cuenta de su interés por las películas de autor y de vaqueros, del mismo modo que por las series televisivas que por su calidad y riqueza dramática y narrativa han cautivado su atenta visión del séptimo arte y sus derivados. Son una delicia los artículos que dedica por ejemplo a Bergman, Jean-Luc Godard y Buñuel. Y, en un lugar especial, a John Huston. No puedo sino compartir ese apego entrañable a un arte que ha dado magníficas obras maestras, en el poco tiempo de creación que tiene, si lo comparamos con sus hermanas mayores.

Finalmente están aquellos dedicados a las artes plásticas y la arquitectura. Recorrer galerías y museos, adentrarse en edificios concebidos como obras de arte, son otras tantas excursiones que rinden tributo a lo que el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz llamaba los placeres de la vista. Y de paso también del espíritu, habría que agregar, pues son otras maravillosas dimensiones del infinito afán creador de la especie humana. Sin embargo, Vargas Llosa se muestra crítico con ciertas propuestas del arte moderno, y señala sin tapujos sus imposturas y trampas, como podemos leer en ese formidable texto titulado “Caca de elefante”. Por lo demás, son apasionantes sus acercamientos a artistas como Picasso, Monet, Chillida y Piranesi, entre otros, que me han subyugado sobremanera. Gracias a ellos, he podido ampliar de modo fantástico mis horizontes sobre el arte universal.

El libro se lee con sumo gusto, hay en la prosa del autor una plasticidad y belleza que hechiza e imanta. La profusión de autores, obras, corrientes, movimientos, propuestas, ideas y logros estilísticos hacen de él una experiencia fructífera y altamente enriquecedora.

 


Lima, 19 de mayo de 2024.

domingo, 19 de mayo de 2024

Dina está dentro de su reloj

 

Un caso que debería merecer la atención de psicólogos y psiquiatras ha saltado a la palestra de nuestra actualidad política hace ya varias semanas. Se trata del hallazgo que ha realizado un grupo de periodistas mediante un trabajo prolijo y diligente de investigación. Observando cientos de fotografías de la persona que ocupa la presidencia de la República, detectaron signos evidentes de un cambio notorio de la imagen de la presidenta a través de las joyas que exhibía cada vez que asistía a un acto público, tanto en nuestro país como en el extranjero. El adminículo que más llamó la atención de los acuciosos investigadores fue un reloj de una exclusiva marca de lujo. La señora lucía el preciado objeto desde el mes de junio del año pasado, y lo llevaba muy oronda e inocente ante la indiferencia de la masa que asistía a cuanto evento era invitada, pero no ante el escrutinio de estos sabuesos de la información que se dieron a la tarea de rastrear este cambio visible de su presentación personal.

Resulta que el reloj fue presentado ante la opinión pública por este portal del periodismo para demostrar no solo la frivolidad que expresaba su portadora, sino algo más sucio e ilícito, como fue revelándose a continuación. En sucesivos careos espontáneos con los periodistas ella creía responder a los cuestionamientos, que ya crecían, apelando a un discurso que fue variando cada vez, enredándose en su propia madeja de mentiras. Primero dijo que lo había adquirido hace tiempo, con el producto de su esforzado trabajo de muchos años. Pero cuando fueron saliendo más detalles de la investigación, como el precio del reloj y el día y hora de su compra, más las declaraciones del dueño de la única casa importadora en el país de ese tipo de productos, la doña reculó, e inventó aquello del préstamo que le habría realizado su “hermano”, su Wayki el gobernador de Ayacucho, como afirmó en un evidente desconocimiento del runa simi, pues en el mundo andino los sistemas de parentesco no son similares a los que se manejan en la cultura occidental.

Y aquí entra a tallar lo inverosímil, lo pueril del argumento presidencial, pues ello implicaría que un hombre, por muy cercano a ella que fuera, se dedicara a comprar prendas femeninas de altísimo precio con el único fin de obsequiar o prestar a sus ocasionales amigas. Todavía no vamos a discutir cómo es que dicho ciudadano puede tener la capacidad de desembolsar como si tal cosa una cantidad considerable de dinero. Además, este señor, en una declaración para un programa de la televisión, muy suelto de huesos afirmó que él acostumbraba hacer regalos así a los miembros de su familia, y este reloj lo compró para un obsequio a una integrante especial de su familia, cuyo nombre no quiso revelar. Pero volviendo al reloj de marras, una vez desatado el escándalo en la prensa general, tanto escrita como televisada, como por arte de magia el reloj desapareció de la muñeca de la presidenta, quien declaró que ya lo había devuelto. Muy curioso todo, ¿no es verdad?

Lo cierto es que la justicia ya ha empezado su trabajo, tomando nota de todos los antecedentes y detalles del caso para iniciar una investigación judicial en forma por los delitos de presumible enriquecimiento indebido y lo que en jerga abogadil se llama cohecho pasivo, o sea soborno, pues al parecer esos costosos tráficos de piedras, brazaletes y collares tendrían como objetivo la transferencia de millones de soles para la región de la que es mandamás el oscuro personaje. Una carpeta fiscal con sus nombres ya hay abierta en el Ministerio Público.

Dina está atrapada en su reloj prestado o regalado, oyendo el odioso tic tac del martilleo de las horas que le restan para enfrentar a la justicia, no sólo por la ineptitud e incompetencia de su desmirriado gobierno, ni por las joyas de muchísimos dólares obsequiadas o prestadas generosamente por el muy zafio gobernador de Ayacucho, su amiguito Wilfredo Oscorima, sino sobre todo por las víctimas de la represión de diciembre del 2022 y enero del 2023, cuyos familiares siguen esperando justicia, alguna reparación por la pérdida de sus seres queridos.

Una justificación que utilizó Boluarte es que aceptó los préstamos porque así representaría mejor al país. La señora cree que una autoridad representa mejor exhibiendo en el cuerpo trapos, piedras y metales con alto valor en el mercado. ¿No sería mejor que lo hiciera demostrando idoneidad para el cargo, además de eficiencia, dignidad y decencia? Ella y su “hermano” de ocasión pretenden arropar con adminículos externos la inmensa miseria personal que los caracteriza, su indigencia moral. Son tal para cual, soberbios, vanidosos, zafios, sinvergüenzas y ridículos. Espero que la justicia ponga las cosas en su lugar, y este par de pillos no queden impunes.

 


Lima, 4 de mayo de 2024.

domingo, 24 de marzo de 2024

Noches en la isla

 

Se ha publicado el pasado 6 de marzo En agosto nos vemos (Penguin Random House, 2024), la obra que durmió diez años en los archivos de una universidad estadounidense. No recuerdo haber esperado antes un libro con tanta expectación como esta novela póstuma de Gabriel García Márquez. Las vicisitudes de su publicación, después de haber estado en las manos de su fabulador, haciéndose y deshaciéndose, en un afán de corrección que ya no pudo concretarla, ha sido narrada por sus hijos, quienes han decidido publicarla luego de intensos debates, pues en un momento Gabo les dijo que no funcionaba y debían destruirla. Rodrigo y Gonzalo, los únicos herederos, han debido sortear los escollos de las legítimas dudas de conciencia por estar traicionando la voluntad de su padre. Es por eso que entregarlo finalmente a sus millones de lectores, que el genial colombiano tuvo la dicha de granjearse en el mundo entero, debe ser visto como un acto de lealtad a la literatura y al arte, una concesión a la belleza que el Premio Nobel, estoy seguro, les va a perdonar desde su inmortalidad.

Bajo el liderazgo del editor Cristóbal Pera, que emprendió la ardua tarea de cotejar las cinco versiones de la novela que García Márquez no pudo concluir, los textos inéditos se dan ahora a la luz para beneplácito de nosotros, sus agradecidos lectores. El lanzamiento de la obra en Barcelona coincidió con el cumpleaños 97 del querido escritor de Aracataca. El hijo menor del novelista, Gonzalo, diseñador de la obra, acompañado de la editora Pilar Reyes, del periodista español Xavi Ayén y del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, presentaron el libro en la sede de la biblioteca Gabriel García Márquez de la ciudad catalana.

Algunas semanas antes de que saliera a la venta, ya había saboreado el primer bocadillo de este manjar, gracias a que la editorial compartió unos párrafos del primer capítulo por las redes sociales. Fue el primer y prometedor acercamiento a una historia que atrapa desde la primera línea.

Hay un hermoso contrapunto entre música y literatura en el relato. En su primera noche en la isla, Ana Magdalena Bach, el personaje central, lee Drácula de Bram Stoker y escucha boleros en el bar del hotel. El pianista ejecuta luego el Claro de luna de Claude Debussy en un arreglo para bolero. La música se cuela por todos los poros de la novela, como un mar imbatible. Pululan por sus páginas referencias que van desde Grieg, Chopin y Rajmáninov, hasta Agustín Lara, el bolero, el danzón cubano, la contradanza, el Charleston y el tango apache. Además, Doménico Amarís, el esposo de la protagonista, es director del Conservatorio provincial; el hijo es un cellista en una orquesta sinfónica y la hija, que aspira a ser monja, anda de amores con un trompetista de jazz.

Al avanzar en su lectura uno se da cuenta de inmediato que ahí está el Gabo de siempre, con su prosa embrujada, sus frases a ritmo de vallenato y su infinito encanto caribe. Naturalmente que no la he leído de una sentada, o de un tirón, como hacen otros, pues eso siempre me pareció una falta de respeto para con el autor y con el libro, sino que me he reservado siete noches para gozar como loco, en el reducto íntimo de mi soledad. Los buenos libros se leen como se beben los buenos vinos, degustándolos lentamente, paladeando su sabor, textura y aroma, para acceder mejor a la misteriosa esencia de su calidad.

Convengo, no es una obra maestra, es una historia muy bien escrita, en el estilo inconfundible de García Márquez, a pesar de algunas sombras que lógicamente obedecen a la condición de los últimos años de un autor que iba perdiendo la memoria. A pesar de ello, el lector se desliza por sus páginas como por un tobogán de dicha. Su lectura placentera perdura más allá de haber llegado al punto final. La trama es sencilla, una mujer, Ana Magdalena Bach, como se llamaba también la segunda esposa del gran músico alemán, acude el 16 de todos los años a una isla del caribe para depositar flores en la tumba de su madre. En cada viaje que realiza, una vez cumplido el ritual de siempre, tiene una aventura con un hombre desconocido. Las reflexiones que ello le suscita, así como las consecuencias sutiles que los demás van detectando en ella, en el marco de un despliegue imprevisto de libertad y exploración personales, es la materia deliciosa de esta novela inusitada.

 

Lima, 21 de marzo de 2024.



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sábado, 23 de marzo de 2024

La solución final

 

Próximos a cumplirse los cinco meses desde que Hamás atacó un asentamiento judío en la frontera sur de Israel, y de la sangrienta respuesta que ha desatado el gobierno israelí en la franja de Gaza, el mundo sigue contemplando cómo se perpetra en pleno siglo XXI, ante la vista y paciencia de toda la comunidad internacional, ante el silencio cómplice de las grandes potencias de la Tierra, ante la impotencia de quienes podemos hacer poco o nada por impedirlo, un genocidio en vivo y en directo, transmitido por la televisión y documentado todos los días por la prensa independiente. Es realmente bochornoso comprobar cómo es que esta proclamada “civilización”, de la que se ufanan los grandes jerarcas de Occidente, se muestra indiferente ante una de las masacres más horrorosas de los tiempos modernos.

Van más de 140 días que el ejército sionista bombardea día y noche el territorio gazatí, y con ello se acaban las vidas de alrededor de treinta mil palestinos, más de un tercio de ellos niños. Gaza es al día de hoy una auténtica escombrera, una tierra llena de cascotes esparcidos y edificios en ruinas, luego de la brutal destrucción cometida por la aviación israelí, la demolición sistemática de viviendas residenciales, hospitales, colegios, universidades, mezquitas y todo cuanto necesita como mínimo una colectividad para vivir. Con el pretexto de acabar con los “terroristas” de Hamás, cuyos crímenes evidentemente que son condenables, el designio es exterminar con todo rastro de vida que corresponda a la población palestina, una limpieza étnica tal cual ejercieron las hordas hitlerianas en el siglo pasado.

La alternativa que ha tomado el gobierno de Benjamín Netanyahu para acabar con los palestinos, copiada según el modelo que los nazis aplicaron a los mismos judíos hace más de ochenta años en plena guerra mundial, se puede también denominar como la “solución final” para acabar con Palestina. Se sabe que quienes diseñaron ese macabro plan en la Alemania de mediados del XX fueron Reinhard Heydrich y Adolf Eichmann. El primero era conocido en esa época como el cerebro de Himmler, la Bestia Rubia o el Carnicero de Praga, y el segundo fue el eficiente burócrata que se encargó del traslado de sus víctimas a los campos de concentración.

Ante la monstruosa masacre que se viene cometiendo contra los palestinos de Gaza, verdaderos crímenes de guerra de la que algún día tendrán que rendir cuentas ante la justicia, los abiertos y velados defensores del gobierno de Tel Aviv arguyen que se trata de una “legítima defensa”, o traen a colación el asunto del antisemitismo, para responder a quienes señalan sin ambages que se trata de un genocidio. Me ha sorprendido que un columnista peruano, entre tantos otros, le dedique varios de sus textos a recordarnos esa vieja práctica que, sin embargo, en el problema actual no tiene nada que hacer. Quienes condenamos sin medias tintas lo que los nazis hicieron con los judíos durante la llamada segunda guerra mundial, igualmente condenamos lo que hoy hacen, no todos los judíos, sino quienes ejercen el poder y representan al gobierno de esa nación en estos momentos.

La actitud del gobierno de Sudáfrica, la misma de Nelson Mandela, es hasta ahora la única que asume con dignidad lo que muchos quisiéramos para nuestros gobiernos, representando a millones en el mundo que pensamos que la justicia internacional debe intervenir ya para detener esta carnicería. La denuncia planteada por Pretoria ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), acusando de genocidio al Israel, es por lo menos un gesto de honor que nos salva de la plena barbarie. Los seis puntos de medida urgente que el tribunal ha planteado al gobierno israelí para evitar la consumación de la matanza, son descaradamente desacatados por las tropas invasoras. Los representantes israelíes se zurran en el Derecho Internacional. Tienen la desfachatez de llenar de improperios al mismo secretario general de las Naciones Unidas, por llamar al respeto por las vidas de miles de palestinos que padecen injustamente esta cruel embestida. La misma respuesta han recibido el presidente Petro de Colombia y el presidente Lula de Brasil. Las relaciones diplomáticas con esos países se tambalean sólo porque se atrevieron a ponerse del lado de las víctimas.

Por último, de los tantísimos ejemplos del exterminio colectivo que ejecuta impunemente el gobierno de Netanyahu, una noticia que revela por enésima la atroz incursión de las tropas sionistas en Gaza nos remece de ira por lo abominable del hecho: más de un centenar de palestinos son acribillados desde el aire cuando se acercaban a los convoyes para recabar la escasa alimentación que pueden recibir después que se les ha bloqueado hasta eso, en un gesto de grosera inhumanidad que pinta de cuerpo entero a los que ordenan tamaña bestialidad y a quienes fungen de sus protectores en el poder mundial. Varias resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas solicitando el alto el fuego han naufragado por el veto estadounidense. Es imposible concebir mayor ignominia.

 

Lima, 3 de marzo de 2024.


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