sábado, 28 de julio de 2012

Edgardo Rivera Martínez: el jaujino universal


En el marco de la 17° Feria Internacional del Libro que se desarrolla en Lima, la Cámara Peruana del Libro ha tomado la justísima decisión de homenajear a uno de los escritores vivos más importantes del Perú contemporáneo. Se trata de un merecido reconocimiento a la figura y la obra de Edgardo Rivera Martínez, poeta y narrador nacido en Jauja, tierra aureolada por un nombre de claras resonancias legendarias y utópicas.
     Una mesa conformada por reconocidos investigadores y estudiosos de nuestra literatura, donde destacaba la presencia del poeta Marco Martos, presidente actual de la Academia Peruana de la Lengua, se ha expresado en términos elogiosos y afectivos de la trayectoria y el significado de la obra narrativa, signada por intensos trazos líricos, del novelista jaujino.
Un Edgardo al borde de los ochenta años, ha leído un texto de agradecimiento ante un público respetuoso y ávido por escuchar la voz y los silencios del entrañable maestro.
     Luego han seguido los abrazos y las palabras de saludo y felicitación de parte del numeroso público que asistió al Auditorio César Vallejo la noche del miércoles 26. Algunos de los representantes de las generaciones literarias más recientes han estado presentes en el homenaje, tributando su discreto y cálido fervor a una de las voces más notables de nuestras letras nacionales.
     La primera vez que supe de la existencia de Rivera Martínez se remonta al año 1978, cuando cursaba el segundo año de secundaria, en el mismo colegio en que estudió Edgardo: el centenario y glorioso “San José” de Jauja. La maestra de literatura nos mandó a leer uno de los libros del escritor; se trataba de Azurita, un enigmático volumen de cuentos que nos sorprendió por su temática y por su prosa. Sin embargo, era muy poco lo que se decía y hablaba de él en el medio académico de la provincia, aun en los pasillos escolares su nombre todavía no convocaba esa admiración que con los años ha ido adquiriendo.
     Yo lo veía caminar, en algunas ocasiones, por las calles de la ciudad con su paso raudo, su espesa barba de artista, su gorra característica y su multicolor bolsita artesanal. Casi pasaba desapercibido entre sus propios paisanos, pero a mí me dejaba intrigado el personaje heterogéneo y excepcional que ya era, preguntándome quién era ese señor tan distinto y extraño que se deslizaba entre la gente como obedeciendo al dictado de su propio mundo interior, con la mirada fija en un horizonte predeterminado de antemano. Tiempo después sabría que se trataba del escritor no sólo más importante de mi provincia, sino de la región y del país.
     Sería en los años 90 que tuve la portentosa ocasión de leer sus novelas emblemáticas, donde destaca nítidamente País de Jauja, obra sobre la cual se ha dicho mucho pero que quizás se ha leído menos, sobre todo entre sus coterráneos, quienes nos sentimos indudablemente orgullosos de tenerlo como paisano, mas deberíamos hacer justicia a ese sentimiento conociendo primero la obra de quien representa lo mejor del espíritu y el alma de una histórica ciudad como Jauja.
     Su contacto con la cultura universal, acentuada a través de sus diversos viajes por el Viejo Mundo, ha asentado en su obra ese diálogo fecundo que mantiene Occidente con el mundo andino, como cuando los mitos griegos establecen un contrapunto con los mitos del ande, o cuando la llamada música clásica alterna maravillosamente con los sones tiernos de nuestra música popular, un encuentro que se resuelve en un juego de espejos enriquecedor, de dos culturas que se miran y logran armonizarse en la prosa feliz de Rivera Martínez.
     Me ha conmovido saludar nuevamente a Edgardo después de algunos años, testimoniarle la rendida admiración y agradecimiento que experimentamos quienes apreciamos el auténtico valor de su legado, esa suma de elementos culturales que han hecho del nombre de Jauja un valor único en el concierto de las tierras míticas que los grandes creadores han forjado a lo largo del tiempo. El espacio novelesco que sirve de escenario a sus ficciones, es el querido terruño que los jaujinos compartimos en un destino que nos hermana y nos trasciende.

Lima, 28 de julio de 2012.
     

domingo, 22 de julio de 2012

El caballero oscuro de la muerte


     Otro caso de comportamiento sociopático estremece a la sociedad estadounidense. Un estudiante de neurociencias, disfrazado de antihéroe de cómic, irrumpe violentamente en una sala de cine y ataca con armas de fuego a una masa aterrorizada de espectadores que primero creían que se trataba de un espectáculo a propósito del estreno de la última película de la serie de superhéroes Batman, pero cuando vieron que las balas eran reales y que no se trataba de ningún juego inocente, muchos trataron de protegerse debajo de sus asientos, otros huían despavoridos, cuando han sido alcanzados por los proyectiles, dejando un reguero de 12 muertos y cerca de medio centenar de heridos, más una multitud presa del pánico y sorprendida por esa conducta intempestiva.
     Su nombre es James Holmes y ya ha sido identificado por la policía como el responsable de esta matanza en Denver (Colorado), que no es el primero por cierto, pues según las estadísticas, en veinte años se han cometido 24 actos similares a éste en el país más desarrollado del planeta. Todos los testimonios coinciden que se trata de un estudiante sobresaliente y solitario, que hacía un doctorado en la Universidad de California, que demostraba ser tímido y algo extraño. Había dejado los cursos del doctorado recientemente, y aprovechando la ocasión de la primera exhibición de un filme que le prestaba la oportunidad de actuar como un personaje de ficción, ha perpetrado este horrendo crimen y luego ha salido tranquilamente a la zona de aparcamiento donde ha sido arrestado por los agentes del orden.
     Tal pareciera que, con una regularidad cíclica, alguna ciudad de los Estados Unidos tiene que ser el escenario de un baño de sangre de estas características, cometida por algún joven desquiciado que, espoleado por  múltiples factores que desconocemos, se lanza al acto criminal de atacar sin causa aparente, disparando a diestra y siniestra sus modernas armas que ha podido adquirir legalmente en el único país que lo permite laxamente, y que posee una anacrónica y perversamente ridícula institución denominada Asociación Nacional del Rifle (NRA), una especie de club de cretinos y granujas voluntarios que tienen la delicada ocurrencia de recomendar a sus adeptos fines de semana fabulosos donde salir a disparar.
     También es el país que vende hasta el hartazgo la estúpida creencia en el poder de la fuerza, basado en el inmejorable ejemplo de sus fuerzas armadas que andan cometiendo tropelía y media en diversos rincones del orbe. Una sociedad enferma, que enaltece los valores dudosos del consumo y de la imposición del más fuerte, que alberga una de las industrias bélicas más lucrativas de este mundo, que ha hecho de la conquista y del sometimiento verdaderas políticas de estado, no puede producir sino especímenes traspasados por dosis peligrosas de instintos tanáticos.
     Infelizmente, no será quizás el último incidente de este tipo. Una nación es a veces un cuerpo social que engendra en su propio seno las semillas de su propia destrucción; es un organismo que cría los gérmenes de su lenta y gradual descomposición. Cuanto mayor es la riqueza material, muchas veces se descuida la salud espiritual de un pueblo, sus valores éticos y morales; pues curiosamente es en las sociedades opulentas, donde se ve con más asiduidad  la ocurrencia de fenómenos como el de Denver.
     Solo una labor de cura social a largo plazo, donde se reviertan los falsos valores vigentes en los países llamados desarrollados, con políticas pacientes y efectivas de tratamiento directo al tejido humano de su colectividad, hará posible tal vez que se eviten en el futuro sucesos como el presente, o que por lo menos se reduzcan al mínimo.

Lima, 22 de julio de 2012.       

domingo, 15 de julio de 2012

El ogro filantrópico


     Todo hace presumir que el paquidérmico Partido Revolucionario Institucional (PRI), que ya estuvo en el poder por el larguísimo periodo de 71 años, vuelve a tomar las riendas oficiales del estado mexicano, de la mano de su joven candidato Enrique Peña Nieto, mezcla de bon vivant y de yuppie latinoamericano, en un país sumido en el clima de violencia más feroz de los últimos tiempos.
     Las elecciones del domingo 1 de julio le han franqueado formalmente las puertas del Palacio de los Pinos, la sede del gobierno federal, en un triunfo que aún está envuelto en medio de una espesa niebla de acusaciones y denuncias, de lo que aparentemente se trataría del mayor fraude en la historia de los comicios electorales del país de Benito Juárez y Sor Juana Inés de la Cruz, de Agustín Lara y Diego Rivera, de Octavio Paz y Silvestre Revueltas.
     El candidato perdedor, el ya legendario Andrés Manuel López Obrador, más conocido simplemente como AMLO, ha decidido esperar los resultados oficiales, pero también está dispuesto a recurrir a todas las instancias jurisdiccionales para impedir que una vez más un hecho a todas luces ilícito y tramposo termine en calidad de hecho consumado.
     Según todas las denuncias que obran en poder del Instituto Federal Electoral (IFE), se habría comprado alrededor de 5 millones de votos, así como orquestado una perfecta maquinaria de propaganda e inducción al voto bajo presión, con la anuencia en algunos casos y la abierta complicidad en otros de muchas autoridades políticas que sobreviven del largo reinado priísta y de los medios de comunicación al servicio del sistema.
     El asunto es grave, tal vez en un grado mayor al que se presentó en las pasadas elecciones del año 2006, cuando el actual presidente y líder del centrista Partido de Avanzada Nacional (PAN), Felipe Calderón, obtuvo la victoria por una ínfima diferencia de sufragios, y en medio también de serios cuestionamientos de los partidos de la oposición, especialmente de aquellas que planteó AMLO, candidato derrotado, y su Partido de la Revolución Democrática (PRD), pero que nunca fueron evaluadas justa y adecuadamente y terminó imponiéndose al candidato del PAN como flamante presidente.
     Hay quienes han señalado con cierta mala fe y algo de ironía que AMLO es en realidad un mal perdedor, como lo ha afirmado sin tapujos, en reciente editorial, un prestigioso diario español. La verdad es que no sé cómo alguien puede allanarse a aceptar un resultado de lo que sea, cuando las evidencias arrojan sobre el mismo dudosas sombras, por decir lo menos. Nadie con un mínimo sentido de la ética y de la justicia, puede resignarse a que el embauque y la mentira, la estafa y el robo se instalen como conductas cívicas normales en cualquier país civilizado.
     Estamos pues ante la inminente vuelta del ogro filantrópico, como calificara Octavio Paz al poder en manos del PRI, con su negra secuela de corruptela y clientelaje, de arribismo y cerrada partidocracia. Pues a pesar de que todos sus miembros, empezando por el mismo Peña Nieto, han prometido que el nuevo régimen no será una vuelta al pasado, y que el casi centenario partido de la Revolución Mexicana se ha modernizado a la altura de los nuevos tiempos, existe el fundado temor en buena parte de la sociedad mexicana de que las viejas prácticas institucionales vuelvan a regir en el país.
     México vive probablemente su hora más crucial, cercado por la guerra del narco y con una carga ominosa de 50 000 muertos,  producto de ese absurdo y fratricida derramamiento de sangre que ha llevado al gobierno de Felipe Calderón a la derrota más estrepitosa. Ante ello, la propuesta de legalizar el comercio de la droga, lanzada por un grupo de voces lúcidas del continente, se abre paso a contrapelo de las medrosas posturas de algunos y del escándalo fingido de otros. Lo demuestra el reciente caso del Uruguay, cuyo gobierno acaba de aprobar un proyecto de ley en ese sentido.
     Es, por tanto, el momento de las definiciones. México tiene que salir de este atolladero político y social con inteligencia y firmeza, honestamente y libre de prejuicios, virtudes que han caracterizado a sus hijos más preclaros. Resolver con justicia un caso de flagrante delito y enfrentar un problema de enormes dimensiones; esa es la tarea pendiente en el corto y mediano plazo.

Lima, 15 de julio de 2012.   

sábado, 7 de julio de 2012

William Faulkner: el granjero que escribe


     A medio siglo de la muerte de uno de los más grandes escritores del siglo XX, su vida y su obra siguen siendo materia de estudios y discusiones, de análisis e investigaciones, lo cual no hace sino demostrar la fuerza de su presencia literaria y la influencia de su mundo narrativo en la literatura contemporánea. Cuando el 6 de julio de 1962 expiraba la apacible existencia del formidable demiurgo del Mississippi, su leyenda empezaba a crecer como el interés y la importancia de su legado.
     Se puede rastrear el influjo faulkneriano en las sagas novelescas de varios escritores latinoamericanos, como Gabriel García Márquez y Juan Carlos Onetti, así como en la capacidad fabuladora de otros como Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo y Carlos Fuentes. Pero sobre esto ya han abundado los críticos, y han corrido ríos de tinta en las reseñas, comentarios y conmemoraciones a propósito de estos cincuenta años sin William Faulkner.
     También se han recordado las anécdotas y curiosidades literarias a que dio lugar el hecho paradójico de que un hombre nacido en algún villorrio del sur de los Estados Unidos, que amaba el campo y sus caballos, se haya convertido en el máximo creador de las letras norteamericanas del siglo XX y en uno de los más geniales novelistas de todos los tiempos.
     Si Jorge Luis Borges se permitió ironizar alguna vez sobre el talento y el talante literarios de Faulkner, señalando su extrañeza por lo mucho que sabía este granjero sureño, no menos cierto es que tras sus declaraciones de que lo único que necesitaba en esta vida era un lápiz, papel, tabaco y un poco de whisky, se escondía la clave de esa energía arrolladora que produjo en relativo corto tiempo una cantidad de novelas, relatos y cuentos de una calidad y solidez sorprendentes.
      Sus copiosas lecturas de los clásicos, entre los cuales se pueden mencionar a Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Flaubert, la Biblia y un largo etcétera, suplieron con creces la casi carencia de formación escolar que padeció en sus años juveniles. Y a pesar de que muchos de sus críticos han señalado la oscuridad y complejidad de su prosa, ésta se yergue límpida como una de las más logradas y revolucionarias de nuestro tiempo, modelo indiscutible de sus aprovechados discípulos en todos los rincones del continente.
     Otro hecho notable es que este hombre, que alcanzara las cimas de la gloria cuando en 1949 la Academia Sueca le concediera el Premio Nobel de Literatura, se haya declarado siempre como un simple vagabundo. Dijo en alguna entrevista: “Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo”. Por lo demás, su discurso de recepción del premio es uno de los más bellos y concisos en la historia del galardón.
     Con mucho esfuerzo y algo de desafío, yo había leído en mis años universitarios algunas obras de Faulkner, como El sonido y la furia y Sartoris, y durante más de veinte años, algunas de sus novelas me han aguardado en los anaqueles de mi biblioteca, silenciosas, pacientes e incitadoras; hasta que sin pensar mucho en lo que ahora se recuerda, me decidí a retomar al viejo maestro para cumplir una deuda largamente postergada. Es así que he empezado a leer Luz de agosto, según los críticos una de sus cinco mejores novelas. Y ahora, estoy encantado y emocionado al reencontrarme con Faulkner después de tanto tiempo. Siento que algo asombroso y maravilloso ha irrumpido en mi rupestre cotidianidad, y he sido tocado por la magia y el hechizo del hacedor de Yoknapatawpha.
     Cuando termine, habrá un comentario en estas mismas páginas, y a la par me lanzaré a la caza de dos de sus novelas -de las cinco mencionadas- que no poseo: ¡Absalón, Absalón! y Las Palmeras salvajes. Sé que la traducción de esta última la hizo Borges, nada menos, y quizás, como Vargas Llosa, me decida finalmente a aprender inglés para leer al maestro en el original.

Lima, 7 de julio de 2012. 

sábado, 30 de junio de 2012

Un cantar Inca


     Premunida de una amplísima bibliografía, María Rostworowski acomete en Historia del Tahuantinsuyu (Lima, IEP, 1999, 2ª.ed.), la ardua tarea de reconstruir el pasado de lo que fue una de las grandes civilizaciones de la América precolombina. Dispone para ello de abundante información que le suministran los cronistas de ayer y los estudiosos de hoy, con los cuales nutre sus datos y enriquece sus referencias. Asombra el manejo de fuentes que la autora dispone para un trabajo de esta envergadura, haciendo acopio de publicaciones preexistentes así como de sus propias investigaciones.
     Comienza, en las aclaraciones previas, haciendo un deslinde con el término “imperio”, que tan profusamente se ha usado y se sigue usando para referirse a la sociedad inca en los estudios históricos. La palabra estaría lastrada de reminiscencias europeas que no se corresponden con una realidad radicalmente diferente a la que pretende nombrar.
     En la primera parte, el capítulo 1 está dedicado al estudio del Cusco primitivo, cuyo nombre originario, Acamama, serviría para conocer el futuro emplazamiento de lo que luego sería la capital inca. Igualmente aparece la mención al primer curacazgo del Cusco, Ayarmaca, denominación que deriva de las voces quechuas ayar, que significa quinua silvestre, y maca, raíz comestible.
     La infaltable referencia a los mitos de origen es el tema del capítulo 2, como la de los hermanos Ayar: Ayar Cachi queda tapiado en el cerro Tambotoco; Ayar Uchu es transformado en piedra; Ayar Auca se convierte en piedra al pisar el suelo del paraje que indicaba la vara fundacional y Ayar Manco es quien realiza la magna hazaña de crear e iniciar lo que con el tiempo sería una vasta y compleja civilización.
     En el tercer capítulo se ocupa de la expansión y desarrollo del Tahuantinsuyu, destacando el mito de la guerra contra los chancas, etnia indómita y belicosa que también habría sido la culpable de la desintegración del centro Wari. Revive la vieja discusión sobre quién venció a aquellos temibles guerreros, si Pachacutec o Viracocha. Según Rostworowski, Garcilaso se inclina por el segundo, trocando los hechos. Nos recuerda de paso que “algunos soberanos waris llevaron el apelativo Pachacutec”.
     Relieva la importancia de la reciprocidad en el mundo andino, como un mecanismo de gran sutileza para lograr vencer las resistencias naturales de las diversas macroetnías, señoríos y curacazgos que se encontraban diseminados a lo largo del avance y expansión de los cusqueños. Describe sus imponente construcciones y centros administrativos, como Huanuco Pampa y Tumibamba, símbolos representativos de la arquitectura inca.
     A la llegada del invasor, los incas no habían logrado consolidar una nación, por lo que rápidamente fueron avasallados por las huestes hispanas, que contaron para su dominio con la colaboración de muchos pueblos recientemente sometidos por los señores del Cusco. Tanto las conquistas pacíficas que realizaron los incas, como la de los chincha, y las que tuvieron feroces resistencias, como la de los guarco y los collec, no lograron afianzar una sólida alianza que les permitiera hacer frente a un enemigo superior en muchos sentidos. Las rebeliones tanto en el norte como en el sur fueron un permanente dolor de cabeza para el soberano y prefiguraron en cierta manera el fin del predominio inca.
     En el capítulo 5 encara el laborioso asunto de las sucesiones y el correinado en el mundo andino, motivo de esa querella bíblica entre los dos hijos de Huayna Capac que terminaría apurando el ocaso y fin del incario. Es más, los hábitos sucesorios eran distintos a los que regían en el mundo europeo, pues a quien le correspondía la herencia del poder era aquí al más hábil, al más capaz, al de buen entendimiento. Las luchas por ceñirse la mascapaycha eran frecuentes a la muerte del Inca. Lo sucedido entre Huascar y Atahualpa no fue sino el corolario de una inveterada costumbre entre los gobernantes cusqueños.
     Se detiene la autora en lo que llama las “equivocaciones” de Garcilaso, quien por pertenecer a la panaca de Capac Ayllu, la misma de Huascar, de quien fue “acérrimo partidario”, deforma la historia inca con el fin de acomodar su relato a los niveles de comprensión del lector europeo. La historiadora asume para ello la óptica andina para analizar las referencias que suministran las crónicas. Según ello, el alejamiento de Huascar de la elite cusqueña, sus continuos desatinos, precipitaron su caída.
     La captura de Atahualpa, el 16 de noviembre de 1532, es narrada con ligeros detalles de diferente matiz por los cronistas. La muerte del soberano ocurrió entre el 8 de junio y el 29 de julio de 1533. Los hispanos contaron con el apoyo de los señores de las diversas macroetnías andinas, que vieron la ocasión propicia para desatarse del yugo cusqueño. Ignoraban, inocentemente, lo que habría de sobrevenirles.
     En la segunda parte, aborda en tres capítulos los aspectos organizativos del incario, la composición social, los recursos rentables y los modelos económicos del Tahuantinsuyu. Comprende la elite conformada por los Hatun Curaca o grandes señores y por el Sapan Inca, soberano del Tahuantinsuyu; la existencia de dieciséis panaca y diez ayllus “custodios”; la dualidad en el ejercicio del poder y las divisiones cuatripartitas que fueron la base de todo el sistema. Por ejemplo, en el señorío de Lima, cogobernaban Taulichusco y Caxapaxa; pero mientras el primero lo hacía desde la ciudad costeña, el segundo tenía que trasladarse al Cusco, como una forma de garantía de la lealtad del señorío.
     En el mundo andino no se conocía la edad cronológica de los habitantes, tampoco existía la clasificación lineal de las edades, pues la más importante para ellos era la de mayor rendimiento humano, aproximadamente entre los 25 y los 50 años.
     La importancia de la tierra y la ganadería, que proporcionaron al Estado abundancia de recursos, está remarcada a través de una minuciosa organización que debía subvenir a las necesidades de un inmenso territorio y una economía primitiva basada en la reciprocidad, la redistribución y el trueque. Hay muchos detalles de interés en esta parte final que omito deliberadamente, tanto por razones del espacio que va ocupando mi columna, como por provocar la curiosidad del lector para adentrarse en este apasionante libro.

Lima, 30 de junio de 2012. 

sábado, 23 de junio de 2012

El léxico de la abuela


     Su nombre es Julia, pero nosotros, los nietos mayores, siempre le hemos llamado por el único nombre que aprendimos cuando niños: Juya, que sería como una versión íntima y tierna de su nombre oficial, además de original y único. Probablemente, la primera vez que escuchamos mencionar su nombre a nuestra madre, o ella nos lo dulcificó como suelen hacerlo los mayores, o uno de nosotros lo deformó con su incipiente léxico infantil y lo dejó estampado para siempre en el ámbito familiar.
     Lo cierto es que desde entonces, ese nombre nos ha acompañado y nos sigue acompañando como sinónimo de muchísimos gestos, actitudes, palabras y presencias que han signados nuestras existencias de una manera casi inconsciente, o subconsciente, pues muchas veces nos sorprendemos a nosotros mismos en ciertos ademanes que tenía, o usando aquellas expresiones con las que ella nombraba y calificaba su propio universo doméstico.
    Y es precisamente éste último aspecto el que ofrece un interés especial de su influjo verbal, pues son numerosas las palabras o frases que ella acuñaba para nuestros bisoños oídos, y que han quedado registradas como creaciones personales de su peculiar manera de referir el mundo que nos rodeaba.
    Cuando alguien,  temprano por la mañana, y especialmente si era mujer, se presentaba a la mesa del comedor para el desayuno, con los ojos adormilados y legañosos y los cabellos aún revueltos por el sueño, ella le espetaba con una pincelada que la describía de un tirón: ¡Pareces una umasapa, anda y péinate siquiera! Entonces, la aludida, regresaba sobre sus pasos, y después de arreglarse el cabello y peinarse correctamente, recién tenía derecho a tomar asiento en la mesa para la primera comida del día. Mucho tiempo después sabría, por mis curiosidades lingüísticas, que la palabra tenía neta raigambre quechua, y que significaba “cabeza grande” (de uma=cabeza, y sapa=grande), con lo cual quedaba en evidencia el genio descriptivo plástico de la adjetivación de la abuela.
    Y si alguno de nosotros demostraba una sistemática torpeza para acometer los quehaceres y las tareas caseras, llevándonos de encuentro las cosas o rompiendo descuidadamente objetos diversos, ella tenía en la punta de la boca una frase que de un brochazo nos pintaba de cuerpo entero: ¡tapla gallo!, expresión que fundía dos voces de distinto origen: el quechua tapla que quiere decir torpe, basto, y el español gallo que todos entendemos, es decir el ave de corral en sus nerviosos y ebrios movimientos de macho cumplidor.
    En alguna ocasión, a cualquiera de la familia se le ocurrió salir a la calle casi tal como se había levantado, quizás alguna compra urgente lo empujara a ese pequeño descuido, descuido grande para la abuela que, al percatarse de la mala facha del susodicho, de su ropa desaliñada y su aspecto descompuesto, le lanzó un virulento reproche: ¡Por qué sales a la calle hecho un panchucha! Parece que en el pueblo había un orate que era llamado de esa manera, que arrastraba sus andrajos por las calles, y cuya apariencia era emblemática de la suciedad y el mal vestir.
    En muchas ocasiones, todos los que éramos chicos, hemos enfrentado ese calificativo peculiar que tenía la abuela para designar a quien por haber  estado jugando en el suelo, entre el polvo y la tierra del patio de la casa o de la escuela, se presentaba ante ella exhibiendo las prendas sucias o ajadas, próximas a la rotura o sencillamente rotas: ¡Eres un ratapancho! No he podido rastrear el origen del término, pero igual su uso se ha extendido hasta las generaciones siguientes y todos en casa saben a qué se refiere.
    Otro término afín al anterior, y que Juya usaba para matizar su riquísimo léxico personal, era el que aparecía en ocasiones en que uno andaba con la ropa descompuesta, con la camisa sobrándole por el pantalón, o éste mismo desarreglado o cayéndose de pura falta de correa; entonces ella nos miraba de pies a cabeza y endilgaba su dardo: ¡Qué haces todo así descuajeringado! Era el momento en que tenías que salir de su presencia e irte a acomodar, y regresar lo mejor presentable posible. Es probable que la palabra guarde alguna relación con la voz cuajo, que es la panza de los mamíferos, y que aludiría a la apariencia que uno tenía cuando exhibía esa parte del cuerpo por causa de la ropa mal compuesta.
    Pero no se vaya a creer que el vocabulario de la abuela fuera sólo así de duro y descalificador. Había una palabra que la usaba cuando cariñaba o acariciaba con mucha ternura a un niño: ¡Achallau!, era la voz que se le escuchaba pronunciar con mucha dulzura, adelgazando el timbre sonoro y dándole a su rostro una expresión de embelesamiento y arrobo. Evidentemente la palabra proviene del quechua, que Juya solía hablar en ocasiones especiales, con las sirvientas de casa que venían del pueblo, y la empleaba sobre todo con sus nietos o los hijos de sus nietos, a quienes les regalaba con esta singular deferencia.
    Sin embargo las que nos interesan más, por su fuerza expresiva, son aquellas que profería en son de reproche, como cuando alguien cometía un despropósito o se presentaba en mal estado, ya sea bebido o con el ánimo alterado, y que arrancaba de ella un rayo verbal: ¡Éste grandísimo…! Lo cual significaba que lo que presenciaba la había sacado de sus casillas y se aprestaba a hacerle frente con el coraje imbatible de su carácter.
    Finalmente, en circunstancias en que cualquiera de nosotros perpetraba una tontería o decía un disparate, ella tenía ya preparada, desde el fondo de su acervo lexical, la sentencia adjetival que lapidaba el risible momento con la frase exacta: ¡Eres un cacaseno!, con la que dejaba al descubierto la cadena vergonzosa de nuestras taras o las caídas comprensibles en una acción ridícula que todo humano, demasiado humano, es proclive a cometer.
    Habrá una segunda parte de esta pequeña antología de términos usados por quien representó y representa una presencia axial para mi familia. 

sábado, 16 de junio de 2012

El profesor Nué


     No siempre nos es dado encontrar en este mundo a seres dotados de ciertas cualidades que los hacen singulares y únicos; la mayoría de quienes conocemos se desenvuelven dentro de cauces ciertamente previsibles o poseen características comunes que no los destacan del resto y que los hacen pasar por la vida con ese aire fantasmal que caracteriza a quien transita casi inadvertidamente.
     Conozco desde hace dieciocho años a uno de estos seres excepcionales en muchos sentidos; quizá no porque posea la inteligencia más preclara, pues muchos de sus colegas disfrutan igualmente de esa cualidad,  o porque sus conocimientos rebasen ampliamente el de muchos de su entorno, pero esa inteligencia y esa sabiduría se logran armonizar en su caso de un modo extraordinario.
     Es el profesor más carismático del colegio donde enseña; cada vez que ingresa a un aula, los alumnos prorrumpen en aplausos y vítores de alegría totalmente espontáneos. Es que sus clases del área que domina, las tan temidas y distantes matemáticas, él tiene la virtud de convertirlas en maravillosos pretextos para un diálogo amical y fraterno con los jóvenes que lo escuchan, donde a la par que van recibiendo sus lecciones específicas de los temas de esa ciencia, van escuchando una disertación simultánea de experiencias personales y de reflexiones muy sesudas sobre los variados aspectos de la existencia humana.
     Su parsimonia y dedicación le han granjeado el cariño y la admiración de sus pupilos, así como de todos quienes tienen la suerte de trabajar a su lado. Es servicial en grado sumo, siempre atento a las necesidades y aprietos de los otros y presto a acudir en su ayuda. Sus inflexiones de profeta laico, dirigiéndose a un ávido público, compuesto por alumnos y profesores, transmiten toda esa calidez humana que sus palabras encarnan de manera indubitable.
     Quién no ha oído de sus labios un consejo inteligente en sus horas más cruciales, o una palabra amiga para calmar alguna angustia, o una reflexión lúcida para paliar antiguas penas humanas, demasiado humanas. Quién no ha comparecido ante el altar de su generosidad para escuchar de su voz balsámica un lenitivo para los dolores de esta vida, para los sufrimientos y las desventuras que nos asaltan a cada paso por este valle de lágrimas.
     Hombre curtido en los avatares de este mundo, ha sabido afrontar, con la fortaleza y el temple de los estoicos, los rigores que a muchos abatirían inexorablemente. De esta su vasta experiencia y sabiduría en las lides de la condición humana, sabe sacar el diamante precioso de una filosofía escanciada en las vivencias y el entendimiento de nuestra presencia en el reino de este mundo.
     Su bonhomía y don de gentes le han permitido también hacer frente a todas aquellas circunstancias adversas en que algo o alguien quisieron cebarse en su extraño carácter hecho de firmeza y ternura, de convicciones profundas y de una fina sensibilidad.
     No es raro verlo en las horas libres de su magisterio formal, impartiendo lecciones de vida a todo quien lo necesite, como si fuera el agua fresca que todo sediento busca afanosamente. Se da tiempo para todos, a pesar de las múltiples cargas personales que debe sobrellevar y que han minado su salud en los últimos tiempos de forma preocupante. Pero como buen guerrero de las batallas de la vida, asume la lucha como una condición existencial ineludible, sabiendo que, como decía el poeta, la vida se paga viviendo.
     Su acendrado cristianismo lo asemeja a esos legendarios pastores de los tiempos bíblicos, derramando sus enseñanzas por los lugares más inusitados, a un ministro de Dios sin templo ni parroquia, pues le basta el lugar más sencillo y humilde para su prédica bienhechora.
     No conozco figura de padre más ejemplar, por eso en estas fechas en que se recuerda y celebra la imagen de aquel que también da la vida, he querido simbolizar en el caso concreto del profesor Nué este homenaje a la persona que, conjuntamente con la madre, es vital para el crecimiento y la sana evolución del ser humano. Pues aun quienes no son sus hijos en el sentido más estricto, sin embargo han sido tocados muchísimas veces por su cóncavo afecto paternal.

Lima, 16 de junio de 2012.