domingo, 18 de enero de 2015

Lima: la ciudad que habla


     Lima cumple, este 18 de enero de 2015, 480 años de fundación española, acontecimiento propicio para acercarnos a uno de los tantos libros que se han escrito sobre ella en los siglos que han corrido. Se trata de Lima, tierra y mar (Ed. Juan Mejía Baca, 1958), del recordado periodista y escritor Aurelio Miró Quesada Sosa, breve ensayo histórico dedicado a describir la evolución en el tiempo de esta emblemática urbe sudamericana.

     Comienza rastreando los orígenes prehispánicos de la ciudad, que orbita entre los influjos de dos decisivas conformaciones culturales que el autor denomina, siguiendo la caracterización de algunos historiadores, como proto-Chimú y proto-Nazca. Identifica sus rasgos campesinos, su incipiente desarrollo cultural, que acusa también las influencias de otras dos poderosas civilizaciones andinas: Chavín y Tiahuanaco.

     Menciona enseguida las primeras migraciones al valle del Rímac, de pueblos como los collas, los huanchos y los huallas, identificables ahora por la huella que han dejado en los numerosos topónimos de la ciudad, así como la importancia de un centro de gravitación política y social: Cajamarquilla, y de la sede religiosa: Pachacámac. La referencia a las huacas de Limatambo, Maranga, Juliana o Pugliana, y al oráculo del Rímac,  completan parcialmente el paisaje cultural de esos primeros momentos de la que sería la capital del Perú.

     En cuanto al nombre de Lima, dice el autor: “Lima es la castellanización de Rímac (pronunciándolo a la manera indígena, no con ‘rr’ fuerte, sino con ‘r’ débil). Y Rímac, a su vez, es el participio presente activo del verbo quechua ‘rímay’, que significa ‘hablar’”. Y que por esa razón, “por su oráculo noble y prestigioso… a Lima hay que traducirla… como la ciudad ‘que habla’”.

     Luego vendría la conquista española y la consiguiente fundación de ciudades a lo largo del territorio de lo que fuera el Tahuantinsuyo. Miró Quesada afirma que Pizarro, cuyo “sentido político le hizo buscar, como nueva y efectiva capital, una ciudad equidistante entre el Cuzco y el lago sagrado de Titicaca por el sur y Cajamarca y San Miguel de Piura por el norte… pensó al principio en Jauja”, para luego decidirse por Lima. Habría que hacerle una pequeña corrección: Pizarro no solo lo “pensó”, sino que lo hizo efectivo cuando el 25 de abril de 1534 fundó la ciudad de Jauja, en el asentamiento prehispánico de Hatun-Xauxa, como la primera capital de estos reinos. Además, Lima se pobló con los habitantes traídos de Jauja y de San Gallán.

     Pasa después a debatir las razones del nombre de Ciudad de los Reyes, que bien podría deberse a los reyes Carlos y Juana o a los Reyes Magos que se celebra el 6 de enero. Lo que sí puede afirmarse sin temor a equívoco es que Lima fue la principal urbe de la América del Sur en el siglo XVI, la verdadera capital de esta región meridional del continente descubierto.

     Ya establecido el Virreinato, durante la colonia se desarrolló una intensa vida religiosa, con la fundación de conventos y el establecimiento de las numerosas congregaciones, clima que hace posible la presencia de los santos limeños, donde al lado de los muy conocidos Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres (sic), el autor quiere rescatar al olvidado indígena Nicolás de Dios Ayllón, “nacido en Chiclayo, pero avecindado en Lima.”

     Entre los cronistas, Bernabé Cobo y Pedro Cieza de León, pintaron una imagen idílica del paisaje limeño, pintura que quizá luego se repetiría con los viajeros que ensalzaron con calificativos encomiásticos a esta tres veces coronada villa. De esas impresiones surge la conocida afirmación de “ciudad-jardín” para tipificar un rasgo peculiar de la imagen de la ciudad; realidad que en unos cuantos siglos ha trocado en la dolorosa comprobación, para muchos, de habitar en una “ciudad-basural”, por los innumerables montículos de desperdicios y desechos que se acumulan en las calles, las avenidas y hasta los parques de la gran urbe, ante la ominosa desidia de las autoridades y la recusable negligencia de sus habitantes.

     El gran terremoto de 1746, que devastó Lima y el Callao, es recordado como el hecho más aciago que ha vivido la ciudad en toda su historia; hecho que desencadenó la admirable labor de reconstrucción emprendida por el gobierno del Virrey Joseph Manso de Velasco, llamado Conde de Superunda en razón, precisamente, de su triunfo alegórico sobre las olas del maremoto que azotaron el puerto y la ciudad como secuela del terrible movimiento sísmico.

     En el recuento del virreinato hay una frase que merece destacarse: “Lima, paraíso de mujeres; purgatorio de hombres, infierno de borricos”. Me parece que algo tienen que ver con estas palabras los amores indiscretos de la Perricholi y el virrey Manuel Amat, quienes se yerguen en personajes imprescindibles durante ese periodo cortesano de nuestra historia.

     Cuando aborda el período de la Independencia, no puede omitir la mención de quienes el autor llama los cronistas de la vida de Lima: Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Asencio Segura, así como el reconocimiento que le otorga al gran acuarelista mulato Pancho Fierro, a quien califica como “el autor de la primera revista ilustrada nacional.”

     Si a don Aurelio le parecía que el crecimiento poblacional de Lima se hacía a “una velocidad halagadora”, desde mediados del siglo XIX hasta aproximadamente 1955, en que la ciudad pasó de tener 90 000 habitantes a 1 millón, ahora nos parece ya preocupante la explosión demográfica que ha experimentado esta pujante y caótica urbe que ya frisa los 9 millones de habitantes.

     Al final traza un detenido estudio sobre el significado de la ciudad en el Perú, y rinde un homenaje al mar como personaje, una presencia que de tan ostentosa a veces pasa desapercibida para muchos peruanos. A este último respecto, una omisión clamorosa: olvidó mencionar a las importantes migraciones china y japonesa, que precisamente se llevaron a cabo por el mar.

     En suma, un libro ameno y simpático, que se lee con deleite e interés. La prosa de Aurelio Miró Quesada Sosa se despliega con la elegancia y la concisión de la mejor raigambre castellana.

 

Lima, 18 de enero de 2015.      

domingo, 11 de enero de 2015

Entre el fanatismo y la tolerancia


El ataque terrorista sufrido por el semanario francés Charlie Hebdo ha conmocionado a la opinión pública mundial, tanto por las dimensiones de la violencia con que han actuado los criminales, como por el significado que en los tiempos actuales puede tener un acto de esta naturaleza para la cultura de la libertad y para los valores de la democracia y la civilización que Francia, especialmente, encarna en el mundo occidental.

     El cruel asesinato a sangre fría de la plana mayor de la publicación satírica, entre los que figuraban cuatro de los mejores caricaturistas del periodismo gráfico francés, además de los otros periodistas y el policía que custodiaba el local del medio de prensa, ha sido perpetrado por tres integrantes, según todas las evidencias, de una agrupación yihadista que tiene conexiones con la rama yemení de Al Qaeda y el movimiento integrista islámico internacional. Un joven de 18 años y dos hermanos treintañeros han sido esta vez los brazos armados que el fanatismo ha elegido para infligir un golpe mortal a la libertad de expresión en el corazón mismo del país que fue la cuna de los derechos del hombre y del ciudadano.

     Los hechos tal vez se remontan a algunos años atrás, cuando Charlie Hebdo publicó caricaturas satíricas sobre Mahoma que hicieron delirar de rabia al grupo de extremistas musulmanes que enseguida amenazó de muerte al director del semanario. Desde entonces, Stéphane Charbonnier, más conocido como Charb, caminaba con vigilancia policial, así como el resto de dibujantes que se caracterizaban por su humor corrosivo y por su irreverencia.

     Todas las formas del fundamentalismo y de la intolerancia fueron objeto de su crítica mordaz, tanto las políticas como las religiosas, de la que no se salvaron ni el catolicismo ni el judaísmo y, por supuesto, el islamismo; todas las posturas extremas de los líderes religiosos de las principales comunidades eclesiales fueron sometidas al fuego ácido de la sátira y la burla a través de dibujos y caricaturas que exhibían sin tapujos sus prejuicios y sus mentalidades estrechas dominadas por la ortodoxia y el pensamiento único.

     Las imágenes del ataque son espeluznantes, lo que lleva a especular que fue cuidadosamente planificado por largo tiempo; los expertos incluso llegan a afirmar que se trataría de una típica actividad de comando. Los atacantes habrían sido entrenados en algún país donde los grupos radicales actúan en estos momentos. Teniendo la nacionalidad francesa, serían parte de los 1400 franceses, muchos de ellos de origen árabe, que combaten en Siria e Irak, y ahora están de regreso en su país natal para cumplir ciertas misiones que forman parte de la yihad que han emprendido a nivel mundial.

     La prensa europea ha respondido con un editorial conjunto publicado por sus más importantes medios, como El País de España, Le Monde de Francia, The Guardian del Reino Unido, Süddeutsche Zeitung de Alemania, La Stampa de Italia y Gazeta Wyborcza de Polonia, donde reafirman los valores de la libertad que sirven de fundamento a las sociedades democráticas, rechazando de la manera más enérgica las amenazas de los fundamentalismos que se quieren imponer a través del terror y la muerte.

     El difícil paseo por el desfiladero a que nos conduce el arduo dilema de los límites entre el fanatismo y la tolerancia, hace que muchos caigan en la trampa demagógica de la autocensura, haciéndoles el juego a quienes buscan silenciar a las voces más lúcidas del arte y del pensamiento. El supuesto respeto que deben inspirarnos las posiciones más lamentables de los grupos integristas, no debe traducirse en temor de expresar la crítica que ellas nos merecen, ni tampoco permitir que el miedo nos paralice cuando se trata de denunciar y de poner en evidencia sus actitudes intolerantes.

     Las sociedades libres no deberían jamás abdicar de su derecho a la crítica, conseguida en siglos de fatigosa lucha social y política, prerrogativa de la que es parte esencial el derecho a la irreverencia, puntal decisivo de la prensa de humor y de la libertad de expresión en su mejor sentido.

     La condena debería ser unánime; el mismo Imán de París ha deslindado con los criminales, además ello no debe significar la estigmatización de la comunidad musulmana de ningún país, por más que nuestras creencias e ideas no coincidan en el ámbito de la convivencia ciudadana. Asimismo, ya es tiempo de que el laicismo sirva de plataforma cívica para la coexistencia pacífica de las sociedades democráticas, confinando a las religiones al espacio privado e íntimo de la vida personal de los hombres y las mujeres. Suena utópico quizás, pero ese es el camino que debe tomar occidente como civilización para neutralizar el afán de las religiones de entrometerse en la vida pública de las sociedades. De lo contrario, seguiremos lamentando secuelas como la sufrida por Francia en esta semana del terror, que ha concluido con el abatimiento de los terroristas, la dolorosa pérdida de rehenes en un supermercado judío y el saldo trágico de 20 muertos en total. Debemos estar alertas, esto no es, infelizmente, el punto final.

 

Lima, 9 de enero de 2015.

martes, 30 de diciembre de 2014

Las peripecias de Juanito Rumi


     Paseando por una librería de viejo del centro me topé de buenas a primeras con un libro que durante mucho tiempo se había resistido a su hallazgo: El retoño (Casa de la Cultura del Perú, Lima, 1969), célebre novela del escritor jaujino Julián Huanay. Había oído mentarla en numerosas ocasiones en el colegio y también en los círculos académicos de la provincia, pero nunca tuve la ocasión de leerla hasta que el azar me llevó a ese encuentro que he celebrado con varias horas de entretenida lectura.

     Julián Huanay es un caso singular en la literatura peruana; fue chofer, dirigente sindical, escritor y periodista. Como sindicalista, fue uno de los fundadores de la Federación de Periodistas del Perú, delegado de la Federación Minera y de los trabajadores del Cusco ante la Confederación de Trabajadores del Perú. Dirigió la publicación “El Volante” y fue jefe de redacción de “La Voz del Chofer”. Estuvo preso en algunas cárceles del Perú por su actividad de luchador social. Ha escrito otros libros de temática sindical, pero su fama se lo debe, indudablemente, a El retoño.

     Esta novela relata las peripecias vitales de Juanito Rumi, un chiuche –así llaman en el valle del Mantaro a los muchachitos de entre ocho y doce años de edad– que, al quedar huérfano de padre y madre, vive un tiempo con su tía Concepción, pero luego le asalta la idea de irse a Lima. La travesía que realiza el día que finalmente huye de su casa en Ayla, una pequeña aldea serrana, no lo lleva muy lejos. Cansado de tanto caminar y llegada la noche, busca un refugio en el camino donde trata de dormir. Allí lo encuentran unos arrieros que volvían de la Feria de Huancayo, con quienes hace el trayecto hasta que ellos le indican que sus vías deben bifurcarse, debiendo seguir solo guiándose por la línea del tren. Así llega a La Oroya, ciudad minera donde conoce a Andrés, un obrero que le ayuda a encontrar cobijo y pan en los primeros momentos de su llegada. Lo recomienda a un tal señor Porras para que trabaje en la mina, pero no consigue su cometido.

     Surge entonces la propuesta de continuar rumbo a Morococha, en busca de mejores oportunidades de trabajo. Mientras espera su partida, conoce en el caño de una callejuela de la casa donde se aloja, a un muchachito muy locuaz y vivaracho, con quien iniciará una nueva aventura laboral en la estación de tren, acarreando las maletas de los viajeros por unos cuantos centavos. Así, con Pedro y Nico, otro niño que se ganaba sus reales en el mismo trajín, conoce los gajes del oficio y aprende lecciones fundamentales de vida en la ciudad. Entretanto, siendo su siguiente objetivo Morococha, ve la posibilidad de que alguien lo ayude a trasladarse a dicho centro minero del centro del Perú. Nico le sugiere hablar con Julio, el brequero, para que lo lleve de balde a su destino, mas para ello debe contarle una historia muy triste para conmoverlo. Al final, le cuenta verdad y emprende el viaje esperado.

     Se despiden tristemente los amigos. Juanito promete escribirles si encuentra una posibilidad de que ellos también consigan trabajo. Al llegar al asiento minero, va en busca de Pedro Huayta, para quien llevaba una encomienda de La Oroya. A través de él, prueba suerte de pallaquero y capachero en las minas, fracasando en ambos oficios por la rudeza del trabajo, que sobrepasan ampliamente la capacidad de un niño de su edad.

     Antes de terminar su experiencia minera, con relatos de muquis y otras historias fantásticas, asiste al terrible desafío que se lanzan el Tuco y el Vizcacha, dos jóvenes obreros expertos conocedores de los laberintos de la mina. La prueba consistía en subir a oscuras la escalera de un socavón peligroso que daba al fondo de una mina; cualquier paso en falso sería fatal. Se realiza la contienda, en medio del silencio y el pavor general todos aguardan el resultado, hasta que un grito desgarrador desde el fondo del boquerón le avisa a Juanito, y a todos quienes se han congregado para el evento, cuál ha sido el desenlace trágico de ella.

     Hasta que un día aparece Esteban, el chofer amigo de Pedro Huayta que ha ofrecido llevarse a Juanito para Lima. El viaje lo hace en compañía de varias personas de toda edad, que se dirigen como él al encuentro de un trabajo en la capital. Él va recomendado donde el maestro Otoya, que trabaja en una panadería de la Plaza Italia, pero un cambio de ofertas durante la travesía entre el chofer y el hombre que llevaba a los demás, termina con todos en las plantaciones de algodón de la hacienda Montesclaros, en algún valle de la costa, para trabajar en la paña, es decir, en la recolección del preciado producto.

     Juanito enferma de paludismo, como tantos otros, por las duras condiciones de trabajo, y es enviado al hospital para rehabilitarse. Cuando llega, un grupo de personas esperan su turno para la atención respectiva. Todos son atendidos expeditivamente. A Juanito le recetan un tónico y un purgante, pues lo encuentra muy débil el médico. Recoge sus medicinas en una ventanilla, y al trasponer el patio y la verja de hierro se quedó con muchas dudas y aprensiones en el umbral del hospital Dos de Mayo.

     La historia termina planteando interrogantes sobre el destino de Juanito Rumi, en un final abierto que no era muy usual en la novela de mediados del siglo pasado. Sin embargo, hay en la obra un hilo suelto que nunca se retoma: la aparición de Vicente Salas, un personaje que al comienzo de la novela es mencionado como llegando “a perturbar la paz de mi aldea” por el protagonista, no tiene luego continuidad, por lo que nunca nos enteramos de qué manera Ayla ha sufrido la alteración de su pacífica existencia con la vuelta de aquél. Pero no importa, al final nos conmovemos siguiendo los avatares de un niño huérfano de la serranía del Perú en busca de su destino, el mismo quizás de tantos otros que antes y ahora sufren las penalidades por alcanzar esa esquiva oportunidad en un país como el nuestro.

Lima, 28 de diciembre de 2014.

COP-20: Un fracaso más


     La reciente cumbre de la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (COP-20, por sus siglas en inglés), realizada en Lima, ha terminado, previsiblemente, en un mar de dudas, ambigüedades y reticencias como casi todas las celebradas en los años anteriores. Optimistamente, la versión oficial, respaldada por algunas declaraciones de funcionarios internacionales presentes en el evento, ha dicho que uno de sus logros ha sido incorporar a todos los países concurrentes en el compromiso de una lucha frontal contra los efectos del cambio climático.

     Es un tibio consuelo pensar que, al haberse llegado a un acuerdo, al filo de la madrugada del domingo 14, sobre el borrador que deberá ser llevado a la reunión clave de París el próximo año, ello pueda constituir un gran avance frente a los graves cuestionamientos que plantea un fenómeno que tiene plazos perentorios, pues, como han advertido los científicos, si no se establecen objetivos precisos y concretos en las fechas determinadas, de nada habrán servido estas anuales conferencias para atajar la marcha al despeñadero de una humanidad que parece no asumir todavía con verdadera consciencia el destino que le espera.

     Se trata de algo muy grave, pues en ella está comprometida la existencia misma del ser humano sobre la tierra. Las condiciones de destrucción del medio ambiente, impulsadas principalmente por los países superdesarrollados, no tienen marcha atrás, mientras tanto los directamente involucrados no asumen su delicada responsabilidad como debiera. Los grandes contaminantes, como EE.UU y China, acaban de firmar un acuerdo insuficiente en el marco de la APEC celebrada este año en Beijing, con objetivos tan a largo plazo y bajo condiciones poco exigentes.

     El objetivo vital es lograr que para el año 2100 los gases de efecto invernadero lleguen al nivel de cero. A ello se va con una reducción gradual en el uso de combustibles fósiles, que para el año 2050 debería estar entre el 40% y el 70%. Muchos países europeos, entre los que se cuentan también a los que más contaminan, están desarrollando alternativas válidas para el uso de energía limpia, como es el caso de Alemania y sus impresionantes granjas eólicas en el Mar del Norte, además del impulso que dan a las centrales nucleares y a la energía solar, situación que están en camino de imitar los demás países de la Unión Europea.

     El problema tiene su raíz en el modelo de desarrollo que siempre ha preconizado el sistema imperante, es decir, este neoliberalismo rampante que nos está llevando a la ruina, en términos humanitarios, donde prevalece el extractivismo como preferente actividad económica, sobre todo en los países en desarrollo; la explotación hasta límites inconcebibles de los recursos de la naturaleza, y el bendito aguijón del consumo, predicado como un catecismo por los principales medios de comunicación que defienden el statu quo.

     Tendrá que repensarse aquello del crecimiento como sinónimo de desarrollo sólo en términos económicos, devastando el planeta con la acumulación de más autos, más televisores, más tecnología, más todo, sin la más mínima consideración con la capacidad de sostenibilidad de un mundo que ya no da para más. El asunto es más dramático de lo que se cree, sobre todo si se tiene en cuenta que otras emergencias vitales saldrán a relucir dentro de poco, como el agua por ejemplo, lo cual planteará serios desafíos a los gobiernos y a las organizaciones internacionales que deben administrar con sabiduría los efectos de esta debacle ecológica inminente.

     Pensar que todavía hay bobos de capirote me llena de espanto, como alguno por ahí que ha dicho que lo mejor que podemos hacer frente al cambio climático es adaptarnos, que mientras tanto el mundo siga su curso, pues no podemos dejar de crecer. Sólo la miseria moral o la indigencia de espíritu pueden llevarnos a un pensamiento de esta naturaleza, que ya ni es pensamiento, sino un simple exabrupto dictado por la inconsciencia o por la estupidez.

Lima, 20 de diciembre de 2014.

1964


     En uno de los volúmenes de su extensa autobiografía, el escritor alemán Arthur Koestler recuerda haber indagado en una oscura hemeroteca europea los diarios que se publicaron el día siguiente al de su nacimiento, pues eso le brindaría, pensaba él, un material precioso para trazar las coordenadas de su imprevisible existencia y entender sus impenetrables arcanos. No estoy seguro que dicha labor lo habría llevado a buen puerto, pero me pareció curiosa la forma de abordar el misterio de una vida y pensé que alguna vez podría hacer algo similar, sin la pretensión positivista de encontrar la verdad de nada, por supuesto; solo con la intención de extender un pintoresco manto lúdico a algo que está más allá de nuestra racional comprensión cartesiana.

     El año en que yo nací, por ejemplo, Jean Paul Sartre rechazó el Premio Nobel de Literatura, en una carta muy bien detallada donde exponía las razones de su insólita decisión; Quino, el genial humorista argentino, dio nacimiento a Mafalda, esa niña contestataria y filósofa que se convertiría en todo un símbolo de la época; y en el Perú ocurrió la tragedia del Estadio Nacional, un aciago incidente en el que perdieron la vida un número indeterminado de personas debido a un error en el arbitraje que suscitó la reacción de las tribunas y la consiguiente represión policial.

     1964 también fue el año que se dio inicio a la lucha armada en Colombia, cuando nacen las FARC y desatan un conflicto que por estos días trata de ponerse fin a través de conversaciones auspiciadas por Cuba en La Habana; Joan Manuel Serrat, ese magnífico cantautor catalán, publica su primera producción musical, dando inicio a una brillante carrera de éxitos y reconocimientos en el mundo del arte; en Estados Unidos se dio la ley del fin de la segregación racial, que daba fin formalmente a una vil práctica que hasta el día de hoy, sin embargo, sigue lastrando a esa y a otras sociedades; y en México se publica Lima, la horrible, polémica obra del inolvidable Sebastián Salazar Bondy, donde desbarata el mito de la arcadia colonial de una ciudad que con los años ha sufrido muchas metamorfosis.

     Ahora, gracias al internet, puedo conocer una lista prolija, mes por mes, de los principales acontecimientos de ese año, que fue bisiesto, para comenzar. Pero sería una redundancia ponerme a copiar cada hecho que me parece destacable de esa larga relación; mas lo que sí me resulta relevante es subrayar los sucesos de los días previos al 14 de diciembre, la fecha que los hados determinaron que recalara en este mundo. Por ejemplo, la asunción, el primer día de diciembre, de Gustavo Díaz Ordaz como presidente de México, quien tendría un triste protagonismo a raíz de los acontecimientos luctuosos de 1968, cuando fueron reprimidos brutalmente cientos de manifestantes en la plaza de Tlatelolco, en uno de los tantos episodios de violencia política que han enlutado y siguen enlutando al admirable país de Octavio Paz y Diego Rivera, de Silvestre Revueltas y Sor Juana Inés de la Cruz; o lo ocurrido el día 3, cuando cientos de estudiantes de la Universidad de Berkeley, en California, fueron arrestados por manifestarse en contra de la Guerra de Vietnam, una de las tantas que el imperio acostumbra realizar en cualquier rincón del planeta; o la entrega del Premio Nobel de la Paz en Oslo al legendario líder de los derechos civiles Martin Luther King; o el discurso que pronunció el día 11 en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el ya mítico guerrillero argentino Ernesto Che Guevara, figura controvertida en el panorama político de Latinoamérica, especialmente en estos tiempos convulsos; o más precisamente, el hecho axial situado en el mismo 14 de diciembre, la orden dada por la Suprema Corte de los EE.UU. para que los hoteles no puedan negarles alojamiento a los negros, como parte de la campaña, al parecer inacabable, de exterminar para siempre con el racismo de la faz de la tierra.

     A nivel de política internacional, Lyndon Jhonson gobernaba el país del norte, habiendo reemplazado el año anterior al asesinado presidente John Kennedy; Charles de Gaulle, el general victorioso de la segunda guerra mundial, era el inquilino del Palacio del Elíseo; en la China, el presidente Mao se aprestaba a llevar a cabo la llamada Gran Revolución Cultural, uno de los fenómenos más ásperos y polémicos de la historia del país asiático; y en mi país, vivíamos los primeros años del gobierno democrático del arquitecto Fernando Belaúnde Terry, que acabaría abruptamente, como es lo frecuente en el Perú, el 3 de octubre de 1968, cuando se produjo el golpe de estado del general Juan Velasco Alvarado.

     En el campo cultural, eran los años del denominado boom de la literatura latinoamericana, un fenómeno editorial que disparó las ventas de los libros de nuestros escritores como nunca antes había sucedido, merced, claro está, a la eclosión milagrosa de una pléyade de grandes creadores que elevaron el nivel de las letras castellanas hasta alturas sólo comparables a las del Siglo de Oro español. Y en el terreno musical, el afamado grupo The Beatles hacían furor en el mundo, mientras se avecinaba el gran Festival de Woodstock, escenario privilegiado de la rebeldía y la contracultura en el mundo juvenil de occidente, signado además por la presencia del hippismo, la irrupción más crítica en el seno mismo de las sociedades capitalistas.

     ¿Todo eso habrá configurado, de alguna misteriosa manera, mi forma de ser, mi carácter, mi personalidad y mi destino? No lo sé. Tal vez se trate simplemente de una curiosidad lúdica, como ya lo dije, de un gracioso divertimento con las coincidencias y las encrucijadas. O quizás, subliminalmente, a un nivel de la consciencia que no somos capaces de procesar, toda esa amalgama de ocurrencias ha determinado las coordenadas de mi existencia de un modo que nunca seré capaz de abarcar, pero cuya huella está en cada acto, pensamiento o decisión que tomo, como si fuera el sello de la época estampada para siempre en la tela invisible de mi alma.

Lima, 8 de diciembre de 2014.  

domingo, 30 de noviembre de 2014

Un mundo sin cabeza


     Con la decapitación de Peter Kassig, un ex combatiente del ejército estadounidense en Irak y cooperante en Siria, se cierra al parecer, aunque sea momentáneamente, una cadena de ejecuciones atroces que ha perpetrado a lo largo de este año el Estado Islámico (EI) y alguna otra organización yihadista.

     Anteriormente habían perdido la cabeza otros cinco ciudadanos occidentales, dos estadounidenses, dos británicos y un francés, a manos de movimientos fundamentalistas islámicos, constituyéndose en una cruel parábola que exhibe el sinsentido por el que marcha el mundo en estos tiempos.

     Los periodistas norteamericanos James Foley y Steven Sotloff, los cooperantes británicos David Haines y Alan Henning, más el francés Hervé Gourdel, han perdido literalmente la parte más noble del cuerpo humano en medio de un paisaje lunar, vestidos con un traje naranja y arrodillados al costado de su verdugo, cubierto totalmente de negro y blandiendo una amenazadora cimitarra cual heraldo negro que anuncia la muerte.

     Todos ellos habían sido secuestrados meses antes, generalmente en Siria, en el marco del nacimiento del Califato que la agrupación Estado Islámico (ISIS, en sus inicios) decretó en parte de los territorios de Siria e Irak. La coincidencia de que todos los ejecutados pertenezcan a naciones protagónicas de Occidente, se debe justamente a que sus países han liderado las acciones bélicas para hacer frente a dicha pretensión política de los extremistas musulmanes. Estados Unidos, secundado especialmente por el Reino Unido, se embarcó en una campaña para acabar con la naciente entidad política que según su punto de vista constituye una seria amenaza para la paz en la región.

     Además, una forma de obtener recursos para sus objetivos políticos era precisamente a través del secuestro, pues así conseguían jugosos rescates de parte de las naciones a las que pertenecían las víctimas. Pero si ello fue posible con países europeos como Alemania, Francia o Países Bajos, Estados Unidos siempre fue reticente a prestarse a esos intercambios, lo mismo que ahora el Reino Unido, razón por la que sus ciudadanos en juego hayan tenido este triste final.

     Se sabe que entre los autores de estas bárbaras ejecuciones se encuentran jóvenes europeos, preferentemente franceses e ingleses, que habrían abrazado la causa de estas organizaciones radicales en los meses previos a su aparición en los videos, que luego han sido colgados en los portales de internet. Convertidos en luchadores de las guerras que promueven en el Medio Oriente, han sido detectados a través del acento con el que se dirigen en los mensajes que sirven de colofón a las vidas de estas inocentes víctimas.

     Todo hace pensar que Monsieur Guillotin ha entronizado su práctica en pleno siglo XXI, gracias a estos combatientes integristas con ínfulas de cruzados del medioevo. El paisaje es invariable: un paisaje desértico, dos hombres en posiciones diametralmente opuestas, uno en traje invariablemente naranja, y el otro siempre de negro, partícipes de un salvaje ritual que concluye con el feroz corte que el segundo le inflige al primero hasta desprenderle la cabeza del cuerpo y luego exhibirla sangrante a sus pies.

     No hay imagen más reveladora de lo que ha venido a significar el mundo en nuestros días, la cruel metáfora de una época que ha perdido todos los valores que alguna vez sirvieron para edificar estas civilizaciones, el espejo perfecto de una especie que ha abandonado la razón para rendirse al sangriento vasallaje de las ortodoxias y los fundamentalismos en todas sus formas, la demostración cabal de cuál ha de ser el destino de una humanidad que parece marchar aceleradamente a su declive fatal.

 

Lima, 29 de noviembre de 2014.  

Pandemia digital


Observando a los jóvenes de nuestro tiempo, y aun a los no tan jóvenes también, sumidos en sus juguetes electrónicos a toda hora y en todo lugar, no puedo menos que pensar que se trata de una verdadera pandemia universal, una afección altamente contagiosa y letal que hace divertidas y voluntarias víctimas a generaciones enteras de seres humanos, a millones de usuarios convertidos en auténticos zombis que viven enfrascados en sus rutilantes adminículos.

     Efectivamente, la adicción a los artilugios virtuales tiene todos los visos de una enfermedad generalizada, pues hasta en los lugares más inverosímiles se puede ver a estos dichosos ejemplares sometidos al cortejo irresistible de aquellas benditas maquinitas que los conectan a los vericuetos y laberintos de las más diversas aplicaciones, donde se mueven a sus anchas entre una sarta de insignificancias y naderías.

     Es lo que Milan Kundera llamaría “la fiesta de la insignificancia”, el reino de la banalidad transmutado en moda, el privilegiado territorio de la estulticia encumbrado a la categoría de actividad dominante y monopólica, donde millones de existencias sucumben roídas por la miseria de su dependencia a las cosas, a una en especial, aquella que les ofrece la posibilidad maravillosa de despojarse cada vez más de su humanidad y rendirse a la silenciosa y efectiva dictadura del silicio y la luz led.

     En los autobuses atestados de las grandes ciudades, en los trenes del metro, puede observarse a una mayoritaria legión de hombres y mujeres maniobrando sus hábiles digitales para encontrar al instante lo que con tanto ahínco buscan a cada momento: el mensaje esperado –o inesperado, da igual– de fulanito, la fotografía reciente de menganita, el comentario anodino de zutanito. Arriesgando las amenazas que se ciernen sobre el dueño de uno de estos aparatos en una ciudad con altos estándares de robos y arrebatos al paso, los urgidos usuarios no miden los peligros que su actividad entraña en estas condiciones. Muchos han perdido sus preciadas joyas por retar temerariamente a los tiempos violentos que corren.

     En las aulas de clase de los colegios secundarios y superiores, que son los que más conozco, todos quienes poseen uno de estos objetos electrónicos se ven compelidos a una servidumbre invencible, manipulando y maniobrando constante y compulsivamente sus imprescindibles compañeros virtuales. Hasta en la calle, se desplazan con la vista fija en su telefonito móvil, tecleando sin cesar y a una velocidad asombrosa, mientras casi se llevan por delante todo lo que se les interponga en su camino.

     No sé hasta qué límites se llegará en esta invasión todo terreno de la tecnología en los fueros cada más depreciados del ser humano, pues resulta cada vez más evidente que éste se está convirtiendo, si no es que ya lo ha hecho, en un simple apéndice de la máquina en cuestión –como en la recordada prosa de Cortázar sobre los relojes –, que no puede pasarse un momento del día sin acudir al traqueteo digital que lo devora. Hasta parece que fuera una manía de nuestro tiempo, una dependencia absoluta de las cosas que tanto había preocupado a los existencialistas hace medio siglo. Está probado que, hoy por hoy, la inmensa mayoría de individuos ya no puede vivir sin su aparatito de marras, conectado ad infinitum a un artefacto que ha terminado convirtiéndose en su amo tiránico.

Lima, 16 de noviembre de 2014.