domingo, 29 de diciembre de 2019

Indolencia


    Varios son los asuntos que motivan una reflexión, a modo de balance, del fin de un año que ha tenido muchos sobresaltos en nuestra vida política nacional. Son temas que pertenecen más al ámbito social, pero cuya incidencia también comprometen a las autoridades porque son las indicadas para liderar las acciones y los cambios que requerimos para construir una sociedad más empática y armónica. Y es curioso que se presenten por estas fechas, como si el azar o algún designio desconocido quisieran  mostrarnos en toda su crudeza esas lacras que todavía laceran el entramado de la convivencia ciudadana.
    A mediados de este mes un hecho lamentable conmocionó a la población. Un par de jóvenes trabajadores de una conocida cadena internacional de comida rápida, murieron electrocutados porque las condiciones en que laboraban en horas de la madrugada no eran para nada las más adecuadas. No tenían los implementos necesarios para cumplir su tarea, las instalaciones del local estaban en pésimas condiciones, y eran explotados en un régimen de trabajo que exigía más horas de las que la ley señala como máximo según las normas laborales reconocidas por la OIT. Además, al hecho en sí ya doloroso de que dos familias de origen humilde pierdan a sus seres queridos de esta manera, se suma la indiferencia, la indolencia de una empresa que jamás demostró una solidaridad y un acompañamiento efectivo en ese duro trance familiar. Asumieron un mínimo aporte para los gastos del sepelio, emitieron un desangelado comunicado público donde llamaban “colaboradores” a los fallecidos y jamás se acercaron a presentar sus condolencias a sus familiares. Las autoridades respectivas dispusieron el cierre del local, cuando lo lógico hubiera sido que, cumpliendo sus responsabilidades, verifiquen antes los ambientes donde funciona dicho restaurante, para detectar a tiempo cualquier irregularidad que ponga en peligro la vida de sus trabajadores y del público en general.
    Poco después, a pocos días  de la celebración de la Navidad, mientras la gente ultimaba sus preparativos para la fiesta cristiana –donde por cierto prevalece un afán de consumo desaforado, tema para otro artículo–, un espantoso crimen despierta a la ciudad la madrugada del domingo 22 con los detalles más espeluznantes que cualquier película de terror pueda exhibir. Un hombre de 28 años, Juan Huaripata Rosales, ataca con un cuchillo a la mujer que es madre de sus hijos, la emprende contra estos que salen a defenderla, los deja malheridos y prende fuego a la vivienda para emprender la fuga, mientras ellos agonizan en medio de una sangrienta y macabra escena de horror. Siendo las tres y cuarenta de la madrugada los vecinos habían advertido los gritos y las llamadas de auxilio desde el departamento, intentaron infructuosamente ayudar tratando de forzar la puerta, llamaron a la policía varias veces, y a pesar de que el puesto de la comisaría San Cayetano de El Agustino queda a apenas 150 metros de los hechos, los efectivos no llegaron sino después de una hora de lo sucedido, en un caso más de injustificable negligencia, de inexplicable y cruel indiferencia, de mortal indolencia. El asesino fue aprehendido por un grupo de muchachos que lo vieron corriendo a esas horas con un cuchillo en la mano. El ministro del Interior ha dispuesto el relevo de los 34 policías integrantes de la delegación para iniciar las investigaciones del caso; en tanto que la Fiscalía va a acusar a los seis oficiales a cargo del puesto por grave omisión a sus obligaciones de función, conducta contemplada como punible en la legislación vigente. Hay tres niños muertos, otro herido que se recupera en un hospital, y Jessica Tejeda Huayanay, la madre de 34 años, pasa a engrosar la trágica lista de las 165 víctimas de feminicidio de este año en el Perú, un triste e indignante récord.
    Finalmente, una mala costumbre instalada desde hace cierto tiempo en la población todavía se resiste a desaparecer entre los hábitos fiesteros de cada fin año. Se trata del uso indiscriminado y abusivo de los cohetes y juegos pirotécnicos, esos artefactos explosivos que proliferan hasta el espanto en todos los barrios de la ciudad, diversión favorita de gente de toda edad, especialmente de los más jóvenes, que no dudan un instante en adquirir los artilugios de marras para reventarlos en la ocasión que mejor les indique su capricho, adquiriendo dimensiones colosales en los minutos previos y posteriores a la medianoche del 24 y del 31 del mes, anunciando de esta manera estrepitosa la llegada de la Navidad y la del Año Nuevo, respectivamente. No sé en qué momento esto se hizo común a nivel nacional, a pesar de las serias advertencias de las autoridades sobre el peligro que ellas entrañan, sobre todo si son manipulados por los más pequeños, y a pesar también de las numerosas tragedias experimentadas a lo largo de estos años con voladuras de dedos, amputaciones de brazos y piernas, cegueras repentinas y otros accidentes sufridos por personas de toda edad, realidad que increíblemente no ha hecho desistir a sus pertinaces usuarios. Los mercadillos ilegales de pirotécnicos pululan a diestra y siniestra en diferentes puntos de la capital, multiplicando terriblemente su potencial amenaza a la salud y a la seguridad públicas. Y si a esto le agregamos el malestar inaudito que ocasionan a las personas con sensibilidad aguzada, a los animales en general –perros, gatos, aves y demás mascotas–, más el daño irreversible al medio ambiente, en un momento crucial para la humanidad en que fracasan cada año las cumbres ambientales por la falta de compromiso efectivo de los mayores contaminadores del planeta, la situación se torna verdaderamente dramática. 
    Así pues, un mismo hilo conductor atraviesa por todos estos motivos que marcan distintos signos de una actitud humana que le está haciendo muchísimo mal a las sociedades, la desidia como forma de enfrentar los conflictos cotidianos, la abulia elevada a la categoría de política general de la administración pública, la indolencia como suprema deidad que define una conducta que está socavando los principios fundamentales de la empatía, la solidaridad y el bien común que todos requerimos para edificar una auténtica comunidad civilizada.

Lima, 27 de diciembre de 2019.        

lunes, 9 de diciembre de 2019

Visión de Anáhuac


    Cuando el avión planea sobre el valle de México, aprestándose para el descenso, una punzada asalta al observador en forma de frase que don Alfonso Reyes usó como epígrafe de su icónico libro de título similar a este artículo: “Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.” Dichas hace quinientos años, cuando se produjo el histórico encuentro entre Moctezuma y Cortés, esas palabras reflejaban con gran realismo una geografía imponente e impoluta, que a través del tiempo se ha ido modificando por acción de los sucesos que sobrevinieron a causa de los cambios y transformaciones que fue imponiendo la invasión y conquista española a los territorios de nuestra América india.
    Después de medio milenio transcurrido, los estudios de medición ambiental nos dicen que ingresamos a una de la ciudades más contaminadas del mundo, con niveles alarmantes de saturación del aire que afectan directamente la salud de los millones de habitantes que se han establecido en lo que antiguamente fue la muy legendaria Tenochtitlan, la gran capital del imperio mexica. A lo largo y ancho del valle, una multicolor proliferación de casitas se recuesta sobre las faldas de los cerros que la circundan, trepando vigorosas hasta cubrir sus mismas cimas. Hemos llegado al mítico territorio que poblaron los aztecas, y que los mexicanos de hoy han convertido en un país pujante y próspero, con múltiples problemas sin duda, como sucede con todos los países latinoamericanos, pero expectantes y esperanzados de un presente y porvenir mejores.
    Curiosamente, esa admirable civilización germinó y creció sobre el lago Texcoco, fundada según la leyenda cuando el águila se posó sobre el nopal, símbolos ahora de ese momento germinal. Con los años, esas aguas lacustres sufrieron un lento pero irreversible proceso de desecación, a través de filtraciones y canales que fueron configurando lo que actualmente es la Ciudad de México, una urbe moderna y cosmopolita que se ubica entre las más pobladas del mundo, con un sistema de transporte colectivo –el metro– que acaba de cumplir cincuenta años: una intrincada red subterránea de caminos férreos, pasadizos, galerías y escalerillas por donde se desplazan diariamente millones de usuarios para ser  arrojados a la superficie por bocas de cemento apostadas en lugares estratégicos de la ciudad.
    Durante los quince días de permanencia, me fue dado conocer algunos de los lugares más emblemáticos del Estado de México, así como otros menos conocidos pero de igual belleza; todos, sin embargo, escondiendo una inusual revelación para el viajero primerizo cuya mirada se deslumbra ante lo novedoso y desconocido. La primera incursión fue en el centro histórico, caminando un domingo luminoso por las inmediaciones del Palacio de Bellas Artes, el Museo Militar y el Museo Nacional del Arte; para llegar luego a la Plaza de la Constitución, más conocido como el Zócalo, que alberga la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional y el Ayuntamiento. Por esta inmensa plaza, discurren miles de visitantes ansiosos de conocer y sacarse fotografías en los monumentos más visibles de la ciudad. Una abigarrada muchedumbre desemboca en la calle Madero, vía peatonal, así como todas las transversales, donde hierve el comercio en todos sus rubros. Los antiguos conventos de San Francisco y Santo Domingo son puntos obligatorios de parada.
    La visita a las pirámides de Teotihuacán es todo un desafío a la resistencia física y a la voluntad de escalar sus cumbres para divisar desde una óptica privilegiada el ampuloso valle que cobija portentos arquitectónicos como este. Sus cientos de peldaños de piedra nos permiten el acceso a un santuario de resonancias místicas, uno de los símbolos más imperecederos de una cultura del pasado que aún pervive en este presente en constante metamorfosis, al ritmo de crecimiento de los siglos vertiginosos que nos han puesto a las puertas del futuro. Sus amplias explanadas que conducen a las pirámides del Sol y de la Luna son recorridas por decenas de visitantes en flujo incesante. Todos los rostros de todas las sangres se dan cita en este mágico recinto para rendir tributo a la obra de aquellos hombres que erigieron estos formidables tabernáculos hacia sus dioses.
    El recorrido por algunos colegios, preparatorias, politécnicos y sedes universitarias de la UNAM, constituye una experiencia valiosa para tomarle el pulso a la marcha de la educación en un país que posee un sistema que brinda incentivos y ejerce protección a las actividades de la cultura en general. Pero al margen de ello, existen cientos de proyectos particulares de labor artística a través de centros culturales o asociaciones diseminadas en las numerosas colonias que integran los municipios del Estado. Como parte de una gira literaria y musical, he sido testigo de la gran disposición que muestran los centros de enseñanza para la difusión de expresiones como la poesía y la música entre sus estudiantes. Dedicada a la memoria de dos poetas mexicanos de diferentes épocas: Netzahualcóyotl y Sor Juana Inés de la Cruz, esta caravana de escritores y cantautores se ha presentado en un puñado de dichos centros, brindando lo mejor de su arte a esa juventud ávida de alternar con las voces y los mensajes de los hermanos de otros confines de Latinoamérica.
    Pero lo que verdaderamente me ha fascinado de este fugaz periplo por las tierras de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, de Frida Khalo y Diego Rivera, de Carlos Pellicer y Octavio Paz, de Silvestre Revueltas y José Alfredo Jiménez, y de tantos otros ilustres mexicanos, es la singular belleza de sus pueblitos de la periferia. En la travesía por los caminos del Estado, sembrados de nopal y maguey, hemos llegado a pueblos como Tenango del Aire, sede de un museo de ensueño como es la Casa de Madera, una colección inverosímil de objetos antiguos de la más diversa índole: juguetes de metal, máscaras, aparatos de radio, victrolas y gramófonos, televisores, botellas de gaseosa, cristalería, roperos, camastros, una botica completa, un bar bien provisto, una biblioteca, etcétera. Todo ello repartido en numerosas recámaras que conforman un fantástico muestrario del pasado que don Ricardo, su dueño y cicerone privilegiado, ha preservado para nuestro asombro y regocijo. Estando por la ruta de los volcanes, ese día el Popocatéptl se nos mostró esquivo, pues una cortina de niebla impedía verlo, por lo que sólo nos quedó adivinarlo allá a la distancia como una presencia temida y respetada por los mexicanos.            
    A unos minutos en auto de este hermoso paraje está el bellísimo pueblo de San Miguel de Nepantla, de casas encantadas y simpáticas callecitas enrevesadas. Allí está la casa donde nació Sor Juana Inés de la Cruz, convertida ahora en museo, lugar de peregrinaje para los cientos de admiradores de la gran poeta del siglo XVII mexicano, cuya obra ha irradiado su influencia al resto del país, del continente y del universo entero. Pasearse por los escenarios que fueron los de su infancia, sentir el aura poética de su presencia, aspirar el aire soleado de su terruño, transmiten una sensación de indescriptible ternura al visitante que se acerca al conjunto como si fuera el mismo templo de la décima musa.
    Otro lugar de atracción turística es indudablemente la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, emblema famoso del catolicismo de los mexicanos, una imagen que además es símbolo del sincretismo religioso que se produjo a la llegada de los españoles, superponiéndose en la efigie femenina la virgen cristiana y la diosa prehispánica: María y Tonantzin, dos deidades que confluyen para configurar el mestizaje cultural de la sociedad novohispana. Nuestro recorrido continúa con una visita fugaz a Coyoacán, el barrio antiguo que alberga las residencias de dos figuras reconocidas del México de mediados del siglo XX: la pintora Frida Khalo y el político y escritor ruso León Trotsky. Perderse entre el dédalo del mercado de artesanías, escuchando matices de lenguas y de acentos, es un pretexto para alguna pesquisa a modo de recuerdo que llevaremos para los seres queridos.
    En las diarias travesías por los cuatro puntos cardinales del Estado de México, bellos nombres extraños de origen náhuatl nos salían al paso en las carreteras, acompañados por multicolores restaurantes que a la entrada y a la salida de los pueblos anunciaban una rica y variada gastronomía, platillos que a lo largo de los días aprendimos a degustar, con alguna resistencia al principio, como es natural por la diferencia y el contraste con la comida peruana, pero con agrado después de ir conociendo y saboreando algunos potajes que se fueron incorporando al gusto nuestro. Era la demostración física de que la culinaria es eminentemente un producto cultural, pues uno crece al calor y al sabor de ciertos alimentos, condimentos y guisados que se hacen fruto de nuestro paladar, carne de nuestro apetito y que nos acompañan por toda la vida como parte incuestionable de nuestro ser.
    Recalamos en el último día en el famosísimo bosque de Chapultepec, verdadero pulmón salvador de la ciudad, un extenso campo verde de aproximadamente 680 hectáreas, el mayor de América Latina, sobre todo porque está situado en el mismo corazón de una urbe babilónica que no cesa de latir a toda hora del día, con avenidas atestadas de coches, el tráfico endemoniado y el incansable ir y venir de las gentes que han hecho de los espacios públicos la prolongación placentera de sus afanes privados. Y de allí, un taxi nos lleva a la no menos famosa Plaza Garibaldi, el centro por antonomasia del mariachi, esa expresión internacionalizada de la música mexicana, espacio al que confluyen los amantes, cultores y seguidores de las canciones desgarradas de un género que ha tenido grandes intérpretes y creadores. Es un viernes 22 de noviembre, Día del Músico, víspera del viaje de retorno y magnífico fin de fiesta de este encuentro fraterno con quienes fungieron de hospitalarios anfitriones en estas dos semanas de maravillosa estadía.

Lima, 7 de diciembre de 2019.



       

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Todos somos payasos


    Cuando las tristes noticias de Latinoamérica arreciaron a mediados de octubre pasado, con los luctuosos acontecimientos de Ecuador y Chile, principalmente, de inmediato pensé en la película Joker de Todd Philips, estrenada hacía apenas unas semanas antes, cinta ante la que la crítica se rendía casi de manera unánime. Más aún, cuando el polémico documentalista estadounidense Michael Moore señalaba las virtudes del filme, no escatimándole su condición de obra maestra, mi curiosidad por verla se hizo urgencia. Premura que he saldado con gran regocijo la última semana del pasado mes.
    Digo con regocijo pero también con una mezcla de impacto y perturbación, de golpe y mareo, que es casi como decir de la causa y su efecto; pues lo primero que debemos aceptar es la condición de enfermo mental de Arthur Fleck, una insania llevada al extremo por un medio que exacerba los males de las sociedades contemporáneas, sometidas a un ritmo de vida que privilegia el individualismo atroz y el pragmatismo más crudo. Muchos psicólogos y psiquiatras se preguntan quién no está de alguna manera enfermo en estos tiempos tan convulsos y hostiles, quién puede sustraerse a los efectos de una realidad que no hace sino poner a prueba, desafiar con tenacidad, los ínfimos restos de racionalidad que podemos conservar.
    Pero el personaje es de aquellos que están oficialmente reconocidos como tal, con un historial clínico y una medicación correspondiente, así como unos antecedentes familiares claramente visibles. A pesar de ello, aspira a llevar una vida como todos –estuve a punto de decir “normal”–, deseo que es violentamente destruido una y otra vez por esa espesa realidad a la que pretende integrarse. El primer episodio de este tipo no es sino la constatación deprimente de la adversidad a la que debe enfrentar, cuando un grupo de gamberros le arrebata el cartel de publicidad frente al local donde labora. En la persecución que emprende para recuperar su herramienta de trabajo, es atacado de forma brutal por estos mastuerzos, quedando malherido en un callejón desvencijado.
    Lo que sigue es una retahíla de afrentas y agresiones que distintos actores asumen cual si fueran los siniestros enviados de alguna deidad inmisericorde, que buscara ensañarse con el inocente payaso que vive su drama al filo mismo del abismo de la desesperación. Sería fácil decir que uno cae en la victimización al presentar los truculentos hechos donde estos agentes sin piedad se ceban en la incomprensible reacción que su risa produce en los demás, desde el todopoderoso hombre de éxito que lo descalifica por ser como es hasta los niños bien que emplea el capitalismo boyante que lo agreden en el metro y terminan convertidos en sus primeras víctimas sangrientas.
    No es mi intención jugar con el fuego peligroso de la reivindicación de un villano, más allá de simbolismo que pueda tener en el formato del cómic original y de esta versión intimista y humanizada que propone el trabajo del cineasta. No estamos juzgando los actos del personaje con el frío escalpelo de la ley o de la moral, sino que pretendemos profundizar en los pliegues más hondos de sus motivaciones personales, para encontrar la raíz de su mal en cuanto paciente psiquiátrico y de los males estructurales del sistema que lo cobija, que asumen la categoría de factores determinantes de su deriva criminal. No se trata tampoco de ir repartiendo dosis de culpa entre los agentes concurrentes del problema, sino de clarificar el escenario de un conflicto que pone en entredicho el mismo concepto de convivencia en su dimensión de virtud civilizadora en toda sociedad que anhele vivir con un mínimo de humana dignidad y decencia.
    La película es una llamada de atención al propio entramado de las relaciones político-sociales que mueven a las instituciones y los hombres, el espejo convexo que proyecta la imagen deformada de una realidad inicua y salvaje que lleva al extremo sus elementos de colisión, la cartografía de una injusta arquitectura diseñada para beneficiar a unos en detrimento de otros, la fábula siniestra de una inmensa asimetría cuya moraleja todos leemos con espanto.
    Estamos ante una obra de arte que ha logrado un retrato veraz y descarnado de nuestra condición humana, pues como rezaba uno de los cartelones de la revuelta de los payasos en una de las escenas finales del filme, todos llevamos latente ese impulso tanático que despierta ante ciertas circunstancias que sirven como detonantes para expulsar los imprevisibles demonios del resentimiento y de la rabia acumulada.
    Estupenda película con una actuación deslumbrante del actor Joaquin Phoenix, quien construye un Joker convincente, torturado, simpático y digno de una inocultable piedad.

Lima, 2 de noviembre de 2019.         

El nido de la bestia


    Un libro fundamental para entender el origen de uno de los movimientos políticos más letales y violentos de la historia del Perú es, qué duda cabe, El surgimiento de Sendero Luminoso (IEP, 1990) de Carlos Iván Degregori, un estudio que tiene como marco temporal la década que va entre el año 1969, cuando se suscitan los primeros alzamientos estudiantiles por la gratuidad de la enseñanza, hasta 1979, año previo al inicio de la llamada lucha armada por las huestes de Abimael Guzmán.
    Articulado en cuatro partes, el trabajo de investigación intenta responder por qué un grupo fundamentalista como SL, con las características que tuvo y en esa época, surgió precisamente en Ayacucho, una de las regiones más empobrecidas del país, inmersa aún en esa “estructura arcaica” que describe el autor. Entre otras causas, la Reforma Agraria vino a romper o quebrar esa estratificada e injusta estructura que separaba a indios y mistis en una relación muchas veces de monstruosa dependencia entre siervos y señores.
    Otro factor importante en la explicación de la violencia en Ayacucho, aparte de la pobreza, aunque ligada de alguna manera a ella, es la educación, con altos índices de analfabetismo en relación al promedio nacional. La conjunción de la élite intelectual provinciana y mestiza y la juventud estudiantil de similares características, reavivada con la reapertura de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga en 1959, constituyó el factor decisivo para impulsar una toma de conciencia entre el sector emergente de una ciudad que vivió en los años 60 su esplendor en cuanto a la vida universitaria.
    La eliminación de la gratuidad de la enseñanza para los alumnos que hayan desaprobado un curso, decretado por el gobierno militar en 1969, desata una serie de movilizaciones, protestas y huelgas por todo el país, agudizándose en las ciudades de Ayacucho y Huanta, donde se producen incluso muertos como consecuencia del enfrentamiento entre la policía y los estudiantes y los campesinos. La refriega recrudece con la intervención de los sinchis –un cuerpo de élite de la policía–, quienes penetran en Huanta atacando a los manifestantes, dejando la cifra oficial de 14 muertos. Varios testigos aseguran, sin embargo, que fueron muchos más. El PCP denuncia la presencia de miembros infiltrados del ala pro-china disidente en la incitación a los disturbios, mientras el gobierno recibe el respaldo de los principales actores económicos del país. El 24 de junio de ese año el gobierno deroga el DS 006 y promulga simultáneamente la Ley de Reforma Agraria, algunos creen que para ensombrecer su derrota ante el frente estudiantil.
    Los protagonistas de aquellas luchas fueron esencialmente el campesinado, los sectores urbanos-populares, las mujeres y los estudiantes secundarios. Luego de los trágicos sucesos del 21 de junio de 1969, donde perdieron la vida tres estudiantes, comienza a configurarse el escenario que daría origen a SL, conformado en base a la “fracción roja” del Partido Comunista de tendencia pekinesa. La escisión del PCP en 1964 –el partido había sido fundado como Partido Socialista por José Carlos Mariátegui en 1928– es el primer eslabón de una larga cadena de desgajamientos de esa agrupación que tendría en el PCP-SL su versión más cruenta. Esto último sucede en 1969, luego de los sucesos del 13 de junio, cuando el movimiento por la gratuidad de la enseñanza desborda a los grupos de izquierda como el propio SL, derivando  este a una línea dura a partir de lo que algunos han denominado “ocultismo”, esa tendencia a la clandestinización de la lucha.
    En los años setenta, cuando SL tuvo que rivalizar con otros grupos políticos como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y Vanguardia Revolucionaria (VR), su influencia decreciente en el movimiento popular y universitario no se manifestó, sin embargo, entre el sector educación, tanto a nivel de estudiantes como de docentes. Al perder contacto con las masas, se endureció ideológicamente, pasando a ser, como apunta el autor, un partido “de cuadros” antes que “de masas”.
    Ese alejamiento de las masas, dando la espalda al movimiento social marcaron su rumbo en el 70, derivando en una secta fundamentalista que preconizaba, en contra de sus alardes de vanguardia y revolución, una vuelta al pasado, es decir una reacción, lo cual terminaba por convertirlo en un movimiento retrógrado, postulando una especie de arcaización de la sociedad. En la historia oficial contada por SL, ellos aparecen liderando todas las luchas de los años 60, asumiendo una verdad que en el libro se cuestiona a través del simple recuento de los hechos.
    Es pues, una obra valiosa que ilumina un tema muchas veces tabú en la sociedad peruana, un fenómeno que bajo el genérico y temible nombre de “terrorismo” no es muy bien comprendido al nivel de sus orígenes, causas y factores determinantes, puesto que acentuando la mirada en el aspecto del método empleado por sus actores, se soslaya un grado de entendimiento que nos llevaría a explicarnos cómo ciertas condiciones sociales y económicas son capaces de desencadenar una fuerza insurgente de carácter subversivo que termina convirtiendo al país en un campo de batalla que estalla en un baño de sangre.

Lima, 31 de octubre de 2019.

sábado, 26 de octubre de 2019

Olla de presión


    Latinoamérica ha sido testigo, en las últimas semanas, de intensas jornadas de movilización ciudadana en protesta por impopulares medidas económicas dictadas por sendos gobiernos de la región, manifestaciones que han tenido una secuela trágica de muertes, heridos, detenidos y grandes daños a los bienes públicos.
    Dos países han sido los focos de atención más preocupantes, tanto por la envergadura de los acontecimientos como por lo que aquello significa desde el punto de vista de la imposición de un modelo económico que no ha hecho sino agravar las condiciones de vida de las grandes mayorías de la población.
    Ecuador ha sido uno de ellos, donde a partir del alza del precio de los combustibles, quitando el subsidio a los mismos, decretado por el gobierno del presidente Lenín Moreno, se ha desatado una reacción masiva en diversas ciudades del país, especialmente en Quito, la capital, contra una receta claramente inspirada en las recomendaciones del FMI. El primer mandatario se instaló inclusive en Guayaquil en los primeros días de la crisis, como tratando de huir de los hechos, para inmediatamente regresar a la capital cuando las protestas desbordaban lo previsible.
    Un periodista y presentador mediático peruano, que dirige un programa muy sintonizado de televisión desde Miami, ha tenido el desparpajo de preguntarse ante la teleaudiencia por qué reclaman los indígenas del Ecuador por el precio de la gasolina si ni siquiera tienen automóvil, citando irónicamente marcas lujosas como un Audi o un Jaguar. ¿Puede haber un comentario más cretino que este? ¿No sabe acaso este espécimen que la elevación del precio de los combustibles incide directamente en toda la economía de un país? ¿Lo ignora realmente, o quiere hacerse el desentendido para confundir a la opinión pública? Es un caso que pareciera ya linda con lo patológico.
    El otro país en cuestión es Chile, que ha sufrido uno de esos episodios extraños y paradojales de una sociedad que hasta ese momento era vista como un oasis en medio de este desierto caótico que es Sudamérica, un verdadero milagro del crecimiento económico que lo ha puesto a las puertas del primer mundo, un ejemplo envidiable de desarrollo que bien podía ser imitado por cualquiera de sus vecinos. Y, sin embargo, de pronto estalla esa burbuja de una manera descomunal. El gobierno decreta la subida de los pasajes en el metro y súbitamente los usuarios, donde han jugado un rol protagónico los estudiantes, reaccionan violentamente exigiendo su eliminación. Se suceden días caldeados de marchas, saqueos, enfrentamientos con la policía, incendios de vagones de metro y de centros comerciales, y al gobierno no se le ocurre mejor cosa que imponer el estado de emergencia y el toque de queda, reminiscencias funestas de los peores años de la dictadura pinochetista.
    Sin duda que el alza de los pasajes ha sido sólo el pretexto, el detonante de un malestar que se ha ido incubando mucho tiempo, algunos piensan que hasta treinta años; una tensión que ha llegado al punto de ebullición, que sólo esperaba una mínima grieta por donde explotar de la forma como lo ha hecho, asombrando al observador externo que creía que efectivamente Chile se encaminaba con pasos seguros a ser el primer país de Latinoamérica en alcanzar el tan ansiado desarrollo. ¡Vana ilusión! Lo que han desnudado esta crisis han sido las carencias de un modelo económico neoliberal que es la prolongación de aquél impuesto por el régimen de Pinochet, cuyas consecuencias han saltado por los aires en los sucesos de octubre, como son uno de los sistemas de transporte más caros del mundo, una economía privatizada, una educación de baja calidad, pensiones de hambre, los servicios de salud inalcanzables; es decir, el ensanchamiento de las desigualdades sociales, la brecha entre un puñado de ricos con los privilegios de siempre y una masa de pobres presa del hartazgo de una realidad que los margina, los excluye y termina por arrebatarles la dignidad como seres humanos.
    Esta respuesta inédita de una ciudadanía que cada vez es más consciente de sus aspiraciones y derechos, es un mensaje clarísimo que los más desfavorecidos lanzan a los cuatro vientos, un clamor que las clases dirigentes deben ser capaces de leer y aprehender, si quieren evitar la profundización de una flagrante injusticia social que concluya devorando el futuro y los sueños de millones de hombres y mujeres de nuestros países.
    Se ha destapado, pues, una gigantesca olla de presión, un conjunto de tensiones reprimidas durante años. Cuando el pueblo vive bajo estas condiciones y no se atienden sus expectativas, cuando se ignoran sus necesidades y se soslayan sus derechos, se crea una atmósfera altamente hostil que en algún momento va a producir una reacción, como justamente lo acaba de demostrar una película que es ampliamente comentada por estos días, Joker, el caso de un individuo, con ciertos visos de alguna enfermedad mental es cierto, asediado y agredido por el medio, que termina reaccionando de manera desaforada y demencial ante un sistema que no ha hecho otra cosa que pisotearlo y ningunearlo en todas sus formas.
    Este viernes 25 Chile ha sido escenario de la más multitudinaria marcha pacífica de su historia moderna, con cerca de un millón y medio de personas en las concentraciones en todo el país. Entonando cánticos alusivos a la exclusión, con pancartas elocuentes expresando las frustraciones y los abusos que han sufrido en todo este tiempo, la ciudadanía ha dejado sentir su amargo descontento. Grandes lecciones nos dejan estos hechos, que ojalá como sociedad podamos asimilarlas y aquilatarlas, para que se puedan ir corrigiendo esas taras que arrastramos como vestigios atávicos de una época que ya debió ser superada.

Lima, 25 de octubre de 2019.

martes, 15 de octubre de 2019

Ricardo Palma: cien años


    Este 6 de octubre se han cumplido los primeros cien años de la muerte del más importante escritor peruano del siglo XIX, autor de una obra valiosa en varios sentidos, tanto en el aspecto de creación literaria como en el de su rol como director de la Biblioteca Nacional durante los años aciagos de la Reconstrucción Nacional. Pero sobre todo es recordado por un libro memorable, que ya es un clásico de las letras peruanas y americanas: las Tradiciones Peruanas.
    Es reconocido en todo el continente por su heroica labor al frente de la Biblioteca Nacional, cuya reconstrucción después del desastre, saqueo incluido, de la guerra con Chile, emprendió con un denuedo inaudito. Tal demostración cabal de compromiso cívico y patriota le valieron la admiración y el agradecimiento –no sé si suficientes– de un país que nunca ha sido muy propenso al fervor de los libros y la cultura en general. Amigos de las tres Américas lo auxiliaron en esta vasta y titánica tarea que es otro de sus legados perdurables.
    Cuenta Octavio Paz que su abuelo, Ireneo Paz, que también era escritor, mantuvo alguna correspondencia con el tradicionista, de quien tenía en su biblioteca un retrato en una colección de tarjetas sostenidas en una especie de atril con su firma correspondiente, al lado de otras tantas figuras de las letras de la época, situación que lo sitúa en un lugar preponderante en la cultura de nuestra América.
    Leer el conjunto de sus tradiciones me ha deparado una de las experiencias más gratas y placenteras en mi vida de lector, desde aquella vez en que estando aún en el colegio leímos en la clase de literatura esas sabrosas historias que mezclaban ficción y realidad–, gozando de ese estilo lleno de gracejo y buen humor que traslucía tras la anécdota, llevándonos a los escenarios del pasado colonial–, hasta el presente en que releo gran parte de sus más de trescientas tradiciones, saboreando cada relato como un preciado obsequio de un hombre que después de cien años de su partida, sigue presente en este sorprendente y proteico siglo.
    Fue en aquella ocasión en que me atreví, siendo un simple mozuelo de quince años, a escribir mis primeras impresiones de la obra, que empezaba a conocer, de este limeño singular que tuvo la feliz intuición de crear un género nuevo en el que no ha podido ser superado. No recuerdo exactamente lo que decía yo esa vez, aunque no debía ser nada novedoso ni original, pues seguro que me limitaba a parafrasear lo que probablemente había leído en alguna reseña bibliográfica, en una publicación periodística o en una biografía escolar. Pero después emprendería una lectura sistemática y rigurosa de cada una de esas piezas maestras de ingenio, talento narrativo y gracia sin par.
    Además de esta obra mayor, don Ricardo Palma también es autor de otros libros que constituyen aportes valiosos a nuestra literatura, como es el caso de Anales de la Inquisición de Lima, cuya primera edición data de 1863, donde el autor realiza un estudio histórico de una institución que fue fundada por orden del Papa Sixto IV en 1483, siendo su primer Inquisidor General el siniestro Tomás de Torquemada, y que se estableció en la Ciudad de los Reyes el 7 de febrero de 1569 por Real Cédula emitida en Madrid por mandato del rey Felipe II, siendo virrey del Perú don Francisco de Toledo. El licenciado Serván de Cerezuela se encargó de la organización del Tribunal del Santo Oficio.
    El primer auto de fe se celebró el 15 de noviembre de 1573 en la Plaza Mayor: seis herejes fueron penitenciados y el francés Mateo Salade fue el primero que ardió en la hoguera. La obra es un registro minucioso de hechiceros, bígamos, blasfemos, judíos judaizantes, relajados, luteranos, etc., sometidos a penitencia por la Inquisición. El más feroz de los tribunales, según abundantes testimonios, usaba tres géneros de tormentos: la garrucha, el potro y el fuego. Las imágenes de procesiones con reos vistiendo sambenito, soga al cuello y vela verde fueron cosa corriente por aquellos años.
    El Santo Oficio penaba por leer a Voltaire, Rousseau, Diderot, algunos de los hombres más brillantes del siglo XVIII. Ello es sin duda expresión de la más reverenda estupidez, producto del fanatismo y del fundamentalismo más rancio y obtuso. La infernal institución se abolió por decreto expedido en Cádiz por las Cortes del reino, el 22 de febrero de 1813, que el virrey Abascal hizo promulgar por estas tierras recién el 23 de septiembre del mismo año.
    En mis años de estudiante visité el local donde funcionó el tenebroso Tribunal, ahora convertido en museo, sorprendiéndome toda esa parafernalia del horror increíblemente concebida por mente humana so capa de proteger los principios de una fe. Eran crímenes aparatosos y teatralizados llamados eufemísticamente autos de fe, infligidos por auténticos jueces del infierno.
    Se puede afirmar que don Ricardo Palma fue, sobre todo, el gran tradicionista de Lima, y que su obra cumbre debió llamarse con todo rigor “Tradiciones Limeñas”, pues amén de alguna que otra tradición ambientada en el Cuzco o Arequipa, la mayoría abrumadora de ellas tienen como escenario la antigua Ciudad de los Reyes. Su espíritu criollo y zumbón le sirve para dotar a sus narraciones de esa pátina de celebración y júbilo propios de una visión optimista y festiva de la vida, aun cuando muchos de los hechos narrados posean un carácter luctuoso y desdichado.
    La actividad lingüística fue también otra de sus preocupaciones constantes, recogiendo centenares de vocablos de estas tierras que tuvo ocasión de presentarlos, para su admisión, en la misma Real Academia de la Lengua Española, aporte que en su mayor parte le fue denegado, hecho que fue motivo de un ligero entredicho con la pomposamente llamada Docta Corporación Matritense. Producto de esta vena de sus intereses filológicos es el sabroso libro Papeletas lexicográficas, un estudio prolijo de un conjunto de palabras de origen peruano que han pasado a enriquecer con el tiempo la lengua castellana.
    Decenas de calles, avenidas y plazas del país llevan su nombre, así como instituciones de la más variada índole, amén de monumentos que le rinden homenaje, pero el verdadero tributo a la memoria de su egregia figura es definitivamente la lectura gozosa y agradecida de esa prosa singular donde están condensados todo ese carácter y espíritu juguetón de peruano ejemplar.        
   
Lima, 6 de octubre de 2019.
          

sábado, 5 de octubre de 2019

Nosotros el soberano


    Con inmenso estupor ha seguido la población peruana los insólitos sucesos del lunes 30 de septiembre último, que ya está inscrito como uno de esos días históricos que luego recordaremos porque en él se marcó un hito trascendental en nuestro devenir como nación. Fue el día clave en que se llegó al clímax de la confrontación de poderes que ya venía de muy atrás, todo ello debido a la prepotencia y la necedad de una mayoría congresal que se empeñó, desde el mismo inicio del régimen, en sabotear toda cuanta iniciativa emprendiera el Ejecutivo en materia de lucha contra la corrupción.
    Las motivaciones de tal proceder no son desconocidas por la ciudadanía, pues es ampliamente conocido el accionar de un grupo político –lo más parecido a una banda de cuatreros– que nunca abandonó su genética propensión al abuso y al autoritarismo, todo con el fin de apañar y proteger a sus miembros y cómplices envueltos en serias acusaciones por diversos delitos actualmente procesados en el Poder Judicial. Además, se prestaron para escudar hasta la náusea a pandillas de delincuentes que pretendían copar las más altas instancias de la judicatura.
    Ante ello, el Presidente de la República, en ejercicio de sus atribuciones constitucionales, planteó a través de sendos proyectos de ley reformas importantes en materia política y judicial, propuestas que el fujiaprismo  desestimó sistemáticamente. Sólo al verse acorralados por la cuestión de confianza –mecanismo que le faculta la ley al primer mandatario–, otorgaban ésta, pero de manera tramposa e hipócrita, pues ante lo que formalmente decían que sí, en el fondo y en la práctica era no. Se hizo esto varias veces, tomándole el pelo groseramente al gobierno y al pueblo en general. En vista de esta real negativa, el Ejecutivo propuso un adelanto de elecciones generales, discusión que se dilató mañosamente con la fantochada aquella de la invitación a la Comisión de Venecia, sesión que fue otra puesta en escena de la desvergüenza mayúscula del fujimorismo ramplón y del aprismo, sus secuaces de ocasión, que sin esperar siquiera la opinión del cuerpo consultivo invitado, archivó el proyecto mencionado.
    Mientras tanto, y en paralelo, se cocinaba la toma del Tribunal Constitucional vía una elección apresurada y amañada. Es por eso que el presidente Vizcarra, en clara sintonía con el hartazgo popular, decidió disolver constitucionalmente el Congreso, en razón de que su propuesta de reconsideración de la elección de miembros del TC, para hacerla de manera transparente, fue desestimada al iniciarse el proceso de elección, votando en contra de la cuestión previa planteada por la congresista Huilca, y elegirse al primero de ellos cuando el Primer Ministro ya había planteado la cuestión de confianza sobre dicho proyecto. Demás está comentar el comportamiento bochornoso de los congresistas ese día, que pretendieron impedir el ingreso del presidente del Consejo de Ministros al hemiciclo, estando expedito su derecho para hacerlo en virtud del art. 129 de la Constitución Política del Estado.
    Se ha procedido entonces a una delicada pero necesaria operación quirúrgica sobre el cuerpo de la República, extirpando el tumor canceroso que amenazaba devorar la precaria vida de nuestra democracia. La medida, enmarcada en el art. 134 de la Carta Magna, ha sido interpretada en diversos sentidos por esos señores que fungen de exégetas sacrosantos de la ley llamados constitucionalistas. Para unos, la decisión presidencial es anticonstitucional y estaríamos ante un “golpe de Estado”; para otros, en cambio, es perfectamente constitucional y se ciñe al estricto cumplimiento de la norma mayor. Es decir que, finalmente, el asunto es debatible, que se presta a la discusión y a la interpretación, en razón pues de que un documento así no puede ser perfecto y exhibe algunos vacíos o grietas que lo hacen falible. Si fuera así, la salida a este laberinto no puede quedar estrictamente y a rajatabla en el terreno jurídico, sino que se trata de encontrarle una salida política, y en este sentido no podemos seguir actuando como los fariseos, pretendiendo una observancia rigurosa y ortodoxa de la ley hasta llegar a límites del ridículo, pues de lo que se trata es de salvar una realidad urgente que evidentemente ha desbordado el marco legal. Sin embargo, creo que la resolución adoptada por el Presidente se ajusta a la Constitución y es respetuosa del Estado de Derecho.
    La respuesta de la mayoría parlamentaria ha sido propia de un circo de baja estofa, suspendiendo al presidente en sus funciones, amparados en una interpretación errada de la Constitución y desde su condición de flamantes fantasmas, juramentando a la vicepresidenta para el supuesto cargo vacante en una ceremonia grotesca que pasará a formar parte de los anales de la irrisión y de la estulticia. La pandilla de bribones y facinerosos sabe que se le acaba la inmunidad, que para ella siempre fue impunidad, y por eso sus miembros se aferran con uñas y dientes a sus cargos en disfuerzos inauditos de resistencia, en un triste espectáculo que más parece pataleta de niñatos engreídos y malcriados.  
    En el escenario internacional, diversos organismos, como la OEA, e instituciones que resguardan la democracia y los derechos humanos, se han pronunciado en el sentido de que corresponde al TC dirimir esta contienda, aconsejando de paso que la solución más acertada es acudir en consulta al pueblo, para que sea el soberano el que finalmente decida a través de las urnas. Y he aquí el punto en que la responsabilidad recae nuevamente en nosotros, los ciudadanos de esta república que debemos elegir esta vez con mucho cuidado, desplegando sagacidad, discreción y conocimiento, informándonos del historial mínimo de quienes van a convertirse en los nuevos integrantes del futuro Congreso, con el fin de evitarnos sorpresas desagradables como lamentablemente nos ha brindado el extinto Parlamento.
    Es de destacar la multitudinaria participación del pueblo, volcado a las calles y plazas de las principales ciudades del país desde el mismo instante del anuncio presidencial, respaldando con entusiasmo una medida que era un clamor mayoritario desde hace varios meses, hecho que desbarata cualquier acusación de “golpe de Estado” que han deslizado los miembros de la mafia, en una actitud que busca desacreditar una medida de profilaxis cívica, tratando de confundir a una opinión pública que ya no puede seguir creyendo las sandeces y bobadas que han soltado a granel durante tanto tiempo.   

Lima, 4 de octubre de 2019.