domingo, 1 de diciembre de 2024

Viajes de palabras

 

Hace exactamente treinta años fallecía en Lima el entrañable escritor Julio Ramón Ribeyro, después de su retorno definitivo al Perú, luego de haber residido largos años en París, donde ocupó importantes cargos diplomáticos en la Unesco como representante del país. Autor de una valiosa colección de cuentos agrupados bajo el título de La palabra del mudo, de tres novelas inquietantes -Los geniecillos dominicales, Crónica de San Gabriel y Cambio de guardia- y de inclasificables textos de aforismos reunidos en los volúmenes Prosas apátridas y Dichos de Luder, así como agudos análisis de crítica literaria en La caza sutil y de un voluminoso libro de memorias que ha denominado de modo insólito como La tentación del fracaso, aparte de un par de obras de teatro -Santiago, el pajarero y Atusparia-, ha cimentado su prestigio literario con una trayectoria insobornable y una vocación plena volcada a la escritura con una modestia y una discreción admirables.

Sin embargo, cuando ya todos pensábamos que todo lo publicado por el autor era lo que figuraba en los catálogos de librerías y bibliotecas, nos sorprende este año el lanzamiento de un volumen que recoge cinco cuentos inéditos hallados por el acucioso investigador, y su biógrafo casi oficial, Jorge Coaguila, hallados entre los papeles de su casa de París, resguardados celosamente por su viuda hasta ahora. Con el título de Invitación al viaje y otros cuentos inéditos (Alfaguara, 2024), se completaría la obra total del eximio cuentista. Si bien los relatos mantienen el estilo y el sello característicos del autor, siempre es una novedad recorrer otros paisajes y otras circunstancias nacidas de la pluma maestra de este creador formidable. Veamos cada uno de los relatos.

En el primero de ellos, que da título al volumen, predomina una atmósfera similar al de su novela Los geniecillos dominicales, un ambiente urbano con ciertos atisbos de campo. Lucho, el personaje central, es un muchacho que abandona su casa por un día para tener una aventura por la ciudad. Va acompañado por Teodoro, quien lo abandona después de un incidente conflictivo entre ambos. Una incursión al fin de la noche, una experiencia que no por fallida dejaría de aportarle lecciones profundas de vida, pues cuando retorna al hogar, es su madre quien lo recibe angustiada, una vuelta que es la búsqueda del refugio seguro ante las amenazas y las tentaciones del mundo.

En “La celada”, el misterio se instala en el cuento al seguir las peripecias del narrador con una vieja amiga, Gladys, con quien se ve sucesivas veces en el departamento de ella en Lima. El protagonista busca cumplir su antiguo cometido de conquistarla, pero el comportamiento de la mujer es extraño, pues unas veces lo recibe de manera efusiva y amable y otras se muestra fría y distante. Además, el visitante siempre vacila cada vez que llega al edificio y en el quinto piso debe decidir qué puerta tocar entre dos departamentos contiguos, si el de la derecha o el de la izquierda. Es como si el eterno femenino flotara en el ambiente, dejando al personaje siempre confundido debatiéndose en un mar de dudas.

El tercer cuento, “Monerías. Solicitud al Presidente”, aborda la situación de un comerciante peruano, Américo Diosdado, que ha iniciado el negocio de la exportación de monos a Estados Unidos, para lo cual ha reunido, con la ayuda de cazadores regnícolas, la cifra escalofriante de mil doscientos simios en una granja en Surco. Los ha traído desde las selvas de Huánuco, San Martín, Amazonas y Loreto. Ha contratado un barco para su transporte a San Francisco, sin embargo, trámites burocráticos le han denegado el permiso, aduciendo que los animales son peruanos, parte de nuestra riqueza natural, y que no pueden ser traficados de esa manera. Es entonces que el hombre le escribe una solicitud al mismo Presidente abogando por su caso. Le pide que se haga cargo de ellos, que siguen llegando desde la Amazonía, acaso atraídos por la sangre, pues de lo contrario no tendrá más remedio que abrir todas las jaulas y dejar que los macacos arrasen la ciudad.

Pierluca es un artista que pasa sus vacaciones frente al mar de Cadaqués, en medio de otros conocidos que va encontrando en la playa, a medida que nada buscando piedras extrañas en el fondo marino. Esa noche tiene una cena en casa de Emilio, un pintor que merodea también por la zona y que debate brevemente con Pierluca sobre las conveniencias o no de un trato con Stanfield, un marchante que debe llegar ese día. En este ambiente relajado, mas teñido de incertidumbres, transcurre el relato “Laceraciones de Pierluca”. Este escultor se apresta a exponer en París y Nueva York, y por eso aguarda al agente norteamericano. Al final, ante la mirada de Iria, su mujer, y sus hijos, desde el peñasco más alto se zambulle en el mar. Enzo, Carlo, lo celebran y aplauden, esperando que emerja por la roca del fondo, pero es en vano, mientras Iria sólo esboza una mirada silente.

En el último cuento, “Espíritus”, se escenifica una extraña sesión de espiritismo, con la aparición de un objeto metálico como signo misterioso de la supuesta invocación que Pedro, uno de los amigos del narrador, realiza a su abuelo para averiguar la ubicación de un tesoro familiar, producto de una herencia que no se dio. Un día, en una reunión de amigos en París, uno de los invitados, que era folclorista y etnólogo, ante la vista del objeto olvidado en una mesa, le ayuda a salir del enigma.

Siempre es refrescante hallarse ante la vigencia y actualidad de un artista que se ha ganado un lugar especial en el panteón de la literatura nacional. Más allá de estos nuevos textos, cuyo atractivo es innegable, está la figura de un hombre que después de tres décadas de su partida, sigue estando con nosotros merced a su virtuosismo narrativo y a su talante de escritor de raza.

 


Lima, 1 de diciembre de 2024.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Gustavo Gutiérrez

 

El teólogo más eminente que ha dado el Perú en la última centuria, con una contribución originalísima a ese pensar singular que se ha definido como la inteligencia de la fe, ha muerto el pasado mes a los 96 años de su edad, después de una larga trayectoria vital, intelectual y espiritual en favor de un compromiso auténticamente cristiano. Despedida de este mundo que nos interpela a quienes vivimos en América Latina especialmente, una región marcada por una injusticia secular, y cuyas víctimas son precisamente esos pobres por los cuales Gustavo Gutiérrez siempre ha abogado como su opción preferencial.

Lo leí hace cuarenta años, cuando me sentí muy entusiasmado por la teología de la liberación, la corriente que impulsó justamente a partir de la publicación de su libro capital: Teología de la Liberación. Perspectivas (cep, 1971). La contribución teológica del padre Gutiérrez lo fui asimilando con mis juveniles ímpetus inclinados hacia los problemas sociales de este continente. En los corrillos universitarios me convertí en un difusor ardoroso de los postulados y los aportes del formidable teólogo, a pesar de mi deriva agnóstica cada vez más acentuada.

A contrapelo de la posición oficial de la iglesia Católica, con una postura cada más acentuada hacia posiciones conservadoras, la obra de Gustavo Gutiérrez se inscribe en esa ola de renovación al interior de la propia institución por sectores progresistas, entre ellas la del mismo papa Juan XXIII, bajo cuyo pontificado se llevó a cabo el Concilio Vaticano II, primera apertura del clero hacia la realidad social y económica de un mundo sujeto a grandes cambios y en medio de convulsiones políticas de todo tipo: guerras, revoluciones, movimientos civiles, guerrillas y luchas de liberación en general.

Atesoro como una auténtica joya bibliográfica el libro del sacerdote dominico, que ya tengo otra vez en mis manos después de exactamente cuatro décadas para una obligada y gustosa relectura. Recuerdo que por esos años mi conversación estaba trufada de términos teológicos debido a la apasionada lectura de la obra. Mis amigos me oían pacientes e impávidos en los pasadizos de la Facultad de Derecho de San Marcos después de clases o en un intermedio.

La imagen que despide el padre Gutiérrez es la de un hombre bueno, un ser humano cabal que ha alcanzado ese estadio de humanidad que muy pocos realmente alcanzan en la vida, y no sólo por su condición de religioso, sino porque elevándose por encima de su propio sufrimiento y de las miserias de este mundo, asumió un compromiso que trasciende la mera pertenencia a una congregación religiosa. Una voluntad fidedigna de servicio a los más vulnerables, a los descartables de la sociedad, distingue ese apostolado de largas décadas consagradas a la reflexión crítica y a una pastoral humilde de praxis cristiana.

Pasó largos años vetado por la propia jerarquía eclesial, sobre todo durante el papado de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Impedido de oficiar el rito religioso, fue confinado a una modesta parroquia en un barrio del distrito del Rímac en Lima, desde donde sin embargo siguió su propia batalla silenciosa en favor de los más necesitados. Ninguneado por la élite académica del Vaticano, su doctrina se fue labrando un lugar en la memoria y los corazones de miles de creyentes que escuchaban su palabra renovadora y fresca alzada siempre en pro de quienes el sistema de cosas establecido arroja a la periferia de la sociedad.

Reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y las Humanidades en el año 2003, rescatado poco a poco del olvido oficial impuesto por el clero, su figura se fue asentando en el horizonte de nuestro tiempo hasta adquirir visos de leyenda, siendo respetado en todos los rincones del mundo como uno de los pensadores más destacados de un cristianismo original volcado a una misión de verdadera vocación de caridad, fe y liberación para aquellos que por siglos han padecido la opresión estructural de un sistema injusto y violento que los ha arrojado a condiciones intolerables para la condición humana.

Su legado debe ser retomado por todos quienes somos testigos de una realidad que no ha cambiado gran cosa en los últimos cincuenta años, y que por el contrario parece que ha virado en retroceso. Se impone una relectura de su obra -que ya comentaré próximamente- a la luz de estos signos de los tiempos que no anuncian precisamente mejoras significativas para los eternos olvidados del mundo.

 


Lima, 9 de noviembre de 2024.

sábado, 26 de octubre de 2024

Lejano Oeste

 

Desde hace un tiempo a esta parte Lima se ha convertido en un lugar donde reinan la inseguridad y el crimen en su punto más alto, el hampa desatada y las organizaciones criminales hacen de las suyas ante la impotencia, inacción e impasibilidad de las autoridades de todos los niveles, empezando por los señores del gobierno, la presidenta y sus ministros, y los señores del Congreso que, salvo honrosas excepciones, trabajan día y noche para favorecer sus propios intereses, ligados precisamente al actuar delictivo. Todos los estudios sociológicos, las encuestas de opinión, arrojan el mismo resultado desolador: el poblador común y corriente de esta vasta y desalada urbe, se siente amenazado en su día a día, vive a salto de mata, temeroso de caminar por las calles, de subirse a los vehículos de transporte público, pues las bandas de delincuentes andan al acecho por todos los rincones asaltando, robando, disparando y extorsionando a sus anchas.

La otrora Ciudad de los Reyes, la linajuda capital de lo que fue el Virreinato y luego de la flamante República, ha trocado su condición por esta de ser una tierra de nadie, el escenario donde los bandidos y pillos de todas las categorías han tomado el control de nuestras vidas y se pasean como Pedro por su casa. No contentos con sus tropelías de toda la vida, que ya nos ocasionaban un dolor de cabeza, ahora han adoptados una modalidad canalla para lucrar y vivir a cuerpo de reyes: imponer un cupo a cada dueño de una bodega, vendedor callejero, empresa de transporte, o quien se les venga en gana, bajo la amenaza de atentar contra sus vidas o las de sus seres queridos. A través de llamadas telefónicas, mensajes de texto o simples papeles escritos que dejan en las casas de sus víctimas, las intiman a entregarles cierta cantidad de dinero, pues de lo contrario sencillamente atentarían contra sus vidas o las de sus familiares cercanos. Es decir, el horror instalado en la vida cotidiana de ciudadanos como cualquiera de nosotros, la pesadilla de no poder hacer una vida normal jaqueados por estos facinerosos que han colocado una auténtica espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas.

El otro día en el Callao, una combi con pasajeros se desplazaba por su ruta habitual, cuando un pasajero encañonó al chofer y a tres personas que viajaban con él y les disparó sin piedad. Cuatro muertos en un instante, que engrosan la lista de gente asesinada casi a diario en los últimos meses. Los extorsionadores actúan impunemente, mientras la policía brilla por su ausencia o no sabe qué hacer, pues los oficiales y el ministro del Interior no tienen la estrategia necesaria para enfrentarlos. La presidenta no se atreve a declarar nada al respecto, sólo balbucea acusaciones a la prensa por informar de esta espantosa realidad que para ella tal vez no sea muy importante. Es su método conocido, culpar al mensajero para tener la coartada de no asumir el verdadero rol que le compete como máxima autoridad del país. Es evidente que el cargo le queda muy grande, limitándose a fungir de mucama servicial de las decisiones y exigencias de esas otras pandillas de bribones que actúan en el Poder Legislativo.

Ante todo este desbarajuste, el gremio de transportistas ha decidido responder con un paro de sus actividades. Primero fue un día, luego fueron dos en que la ciudad amaneció sin servicio de transporte público, por lo menos en un gran porcentaje, afectando naturalmente el normal desenvolvimiento de las labores de la clase trabajadora. Han anunciado que se viene una paralización más prolongada, exigiendo la derogatoria de una ley que favorece al crimen organizado dictaminado en el Congreso, así como aquella que bajo la denominación de “terrorismo urbano”, en realidad lo que busca es criminalizar las protestas y poseer una herramienta eficaz para encarcelar a todo quien se atreva a mostrar su desacuerdo con las medidas inútiles del gobierno. Esta gente cree que bautizando con otro nombre los delitos ya conocidos se los va a combatir mejor. Son tan necios que insisten en algo a todas luces absurdo.

Vivimos pues en esta especie de Lejano Oeste del siglo XXI, una tierra sin ley donde la vida no vale nada. Cuadrillas de cuatreros nos esperan a la vuelta de cualquier esquina, ya nadie sabe qué le podrá pasar cuando cada día sale a realizar sus labores habituales, la muerte nos sopla tras la nuca a cualquier hora del día o de la noche. En este Far West de pacotilla, lumpenizado por la gentuza tanto en el poder como en las calles, nadie está seguro de nada, la población vive aterrorizada porque no tiene nadie quien la defienda, no hay forma de encontrar salvación en estas praderas de cemento tomadas por el crimen organizado.


Lima, 12 de octubre de 2024.

Las tres mitades de Afrodita

Mucho tiempo había postergado la lectura de la obra de ficción del escritor español Javier Marías, quien falleciera hace casi exactamente dos años. He comenzado a resarcirme de aquel olvido con la novela El hombre sentimental (1986), que narra una historia de pasiones al filo de las cornisas de la razón. He pasado noches espléndidas leyendo a este formidable autor contemporáneo, demorándome en su escritura tan envolvente, llena de meandros, muy próxima a la de Proust, semejanza que evidentemente extrañaría si no fuera porque el francés es uno de sus autores favoritos. Es difícil, al leer a Javier Marías, no evocar al autor de En busca del tiempo perdido, sobre todo en lo de sus largas sucesiones de oraciones subordinadas.

Narrado en primera persona, su protagonista es un cantante de ópera llamado el León de Nápoles. Ha tenido un sueño esa mañana y, antes de desayunar, pues cree que si lo hace ya no recordará los detalles del sueño, se propone contarlo a la luz de lo que ha sido su vida en los últimos cuatro años. Su prosa es seductora, de una plasticidad excepcional, que se mueve por vericuetos introspectivos de gran calado. El narrador va mostrando todos sus pliegues interiores, sus rincones ocultos, sus preferencias, sus gustos, sus deseos, que va contrastando con los de la heterogénea muchedumbre que lo rodea. Desde un presente evanescente, nos va contando las peripecias de su ajetreada vida, hecha de continuos desplazamientos, viajes, presentaciones en ciudades diversas, aeropuertos, aviones, hoteles, calles distintas e iguales, gente del mundillo de la música y del arte en general.

Viajando en un tren de París a Madrid, donde debe hacer el Otello de Verdi, se pone a observar a sus tres acompañantes en el camarote. Los describe minuciosamente y se pone a conjeturar sobre sus identidades. Coincidentemente, los tres se van a hospedar en el mismo hotel que él. Es así que se producirá el primer encuentro con el tipo que no dejaba de mirar por la ventanilla del tren. Su nombre es Dato, de ocupación acompañante, dos cosas que deben admirar a cualquier mortal. Por su intermedio conoce a Natalia Manur, la misteriosa mujer que dormía en aquella ocasión, quien será el fruto de la discordia en este trepidante triángulo de pasiones encontradas. Ella está casada con un rico banquero belga de nombre Hieronimo Manur. Dato tiene la misión de acompañar a la dama mientras el marido se ocupa en sus infinitas labores financieras.

De esta manera, lentamente, el afamado tenor se va rindiendo a los encantos de la bella señora. Sus encuentros siempre serán, sin embargo, en presencia de Dato, cuando juntos se reúnen a desayunar o almorzar. Una idea va surgiendo en la mente del artista: aniquilar o desaparecer al banquero, para así estar él solo con Natalia Manur, por quien se siente poderosamente atraído. Mientras tanto, otros recuerdos van surgiendo en la mente del protagonista, como por ejemplo su breve relación con Berta Viella, con quien ha vivido una corta temporada, que ahora recuerda sin pesar. Ha recibido la noticia de su muerte y la sorprendente oferta del viudo flamante de devolverle sus libros dejados cuando vivió con ella.

El autor escarba, hurga en el alma de sus personajes, a través de sus gestos y sus palabras, de sus insinuaciones y sus equívocos, descubriéndonos los entresijos laberínticos de un típico triángulo amoroso, tan común entre los seres humanos, subrayados por la excelencia literaria de su factura, como bien lo dice Juan Benet en el epílogo.

He estado pensando en un aire de familia con la forma de narrar de Ernesto Sábato, esa misma prolijidad en la descripción psicológica, esa misma inclinación por las suposiciones, las especulaciones, las divagaciones y la introspección del narrador, así como las pinceladas existenciales -o existencialistas-, que tiñen el conjunto de la historia.

En el desenlace se sugiere el intento de suicidio del hombre de negocios, cuando comprueba que su mujer lo ha abandonado. La desesperación del cantante también será notoria al perder la pista de quien ha sido el vértice intrincado de esta enigmática geometría del amor. Se ha deshecho la figura más enrevesada de la historia de las pasiones humanas, sus tres mitades yacen separadas tal vez para siempre, cortadas por el imprevisible destino que se complace trazando caminos desconocidos para la diminuta comprensión humana.

 

Lima, 29 de septiembre de 2024. 


Muerte de un dictador

 

La muerte del dictador Alberto Fujimori, cuyo gobierno autoritario aún es materia de acalorados debates, coincide en términos simbólicos con el de otro personaje siniestro de nuestra historia reciente: Abimael Guzmán. Ambos mueren en la misma fecha y a la misma edad. Extraña coincidencia que el azar ha querido entregarnos como una especie de mueca irónica.

Su legado no puede ser más nefasto: una caterva innoble de individuos de dudosa calaña, agrupados o apelotonados más bien, en lo que ellos creen que es un partido político, cuando la verdad es que no pasa de ser una pandilla de facinerosos, una facción turbia de arribistas y sobones de mala entraña. Empezando por la hija, una mujer fría y calculadora, de nulas credenciales democráticas, que no es capaz de reconocer siquiera una derrota electoral y cada que vez que esto sucede se empeña en petardear y boicotear hasta donde puede al contendor que la venció en limpia lid.

La “guardia de honor” del gobierno del deshonor que tenemos, rinde “honores de Estado” a los restos de un personaje que careció precisamente de ese valor esencial en todo hombre de bien. No llama la atención, por cierto, viniendo de un régimen que carga en su haber con la vida de 49 peruanos inocentes. Los parecidos son cada vez más evidentes entre la señora que ocupa palacio de gobierno y la otra señora que funge de cabecilla de la pandilla mafiosa.

Los adulones dicen que eso es “odio”, nada más falso. Es memoria y dignidad. Y así fuera odio, creo que es legítimo odiar toda conducta humana que daña y va en contra de un pueblo, de ciudadanos que ven arrasados sus derechos humanos. Es perfectamente sano odiar el crimen, la corrupción, el despotismo brutal y asesino de un gobernante que, con el pretexto de acabar con el terrorismo, secuestra, desaparece y mata a gente sin comprobar ningún delito, pues en tal caso está la justicia, están los tribunales para que puedan juzgarlos.

Dice otro expresidente que valora la “visión de país” que tuvo el dictador. Un presidente que arremete contra las instituciones, que hace tabla rasa de la separación de poderes, que destruye los más elementales mecanismos de una democracia, no puede decirse que tenga una visión de estadista, sino la de un autócrata, de un sátrapa que aspira a concentrar todo el poder en sus manos. Su herencia son cuarenta pillos y bribones que siguen destruyendo los pocos avances logrados en los últimos años en materia de derechos sociales.

La clásica pregunta de Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral, ya tiene respuesta: el Perú se jodió cuando el fujimorismo irrumpió en nuestra vida política, pues envileció la vida pública hasta niveles nunca vistos, enmugró la convivencia democrática a través de una red mafiosa de prebendas, sobornos y corruptela generalizada.

Entiendo a mucha gente que ha salido a manifestar su dolor ante la pérdida de su líder, pero el sentir individual de algunos o muchos no puede ser el juicio para evaluar la conducta de una autoridad que ha ocupado el cargo político más alto de la República. Que a ti te hayan regalado un saco de papas o un quintal de arroz, que te hayan beneficiado con algún cargo público o algún favor personal, no puede jamás servir de rasero para juzgar a un régimen que conculcó las libertades públicas, que destruyó la ciudadanía, que implementó un terrorismo de Estado para combatir el terrorismo sanguinario de Sendero Luminoso.

El balance es pues negativo, porque ni haber logrado la estabilidad económica -dicen que Pinochet también lo hizo en Chile-, ni haber exterminado los focos álgidos del terrorismo senderista, pueden justificar el asesinato de nueve estudiantes y un profesor en La Cantuta, de un niño de ocho años en Barrios Altos y de cientos de campesinos, hombres y mujeres, que en las regiones preferentemente de la sierra sur fueron abusados, torturados, aniquilados por agentes del Ejército o de la Policía.



Lima, 21 de septiembre de 2024.

Una afición Única

 

No puedo precisar exactamente en qué momento me convertí en un hincha de la U, en un seguidor del Universitario de Deportes, uno de los equipos de fútbol más emblemáticos de este país, un club que acaba de cumplir sus cien años de vida institucional este 7 de agosto pasado. Tal vez sería por la época en que, durante mi infancia en Jauja, oía por primera vez por la radio la transmisión de los partidos de fútbol, y en mi familia se debatía acaloradamente cuál era el mejor equipo del Perú, en medio de comentarios y argumentos de la más variada índole. Lo único que sé es que una pasión de este tipo no surge de manera racional, sino que es alimentada por impulsos instintivos que se graban con fuego en las venas del afecto.

Eran los años setenta del siglo pasado y en mi provincia se oía la radio Unión, con su sintonizado programa “Pregón deportivo”, dirigido por un uruguayo de voz inconfundible, Oscar Artacho, que relataba los encuentros futbolísticos como a nadie hasta ahora he oído hacerlo. Y sin duda eran los encuentros entre Universitario y Alianza Lima los que convocaban los debates más arduos entre los adultos, pues invariablemente unos se alineaban con el elenco crema y otros con el blanquiazul. Alguien por allí argüía con cierta socarronería que la U era el equipo de los blancos y el Alianza de los negros. Por supuesto que estaba muy mal apelar a ese tipo de razones, de claros tintes racistas, para avalar una apuesta deportiva, pero un niño como yo también estaba lejos de entender aquellos asuntos sociales que concernían a un tema de profunda raíz histórica en nuestro país.

Fueron por esos años también en que, con un muchachito que ayudaba en las labores de la casa, inventamos un juego que se distinguía por su originalidad, pues hasta ahora no he visto que nadie lo haya practicado, ni siquiera imaginado. Se trataba de un singular juego de fútbol con jugadores de plástico, que en las ferias de la ciudad vendían a granel. Cada uno debía conformar un equipo para luego realizar un pequeño campeonato en un campito especialmente acondicionado en el patio interior de la casa grande. Este muchachito, a quien llamábamos Tito, que era mayor por unos años que todos nosotros, de los niños quiero decir, se encargó de repartir los colores que cada quien debía defender. Él se quedó, por supuesto, con el Universitario de Deportes; a mí me asignó el Sporting Cristal; a mi hermana, el Defensor Lima; a mi hermano menor, el Sport Boys. Como era previsible, a nadie encargó el Alianza Lima, equipo vetado implícitamente por nuestra unánime militancia en las filas cremas.

Desde ese día todos nos empeñamos en conseguir los jugadores del color que nos había tocado. Cada miércoles y domingos, recorríamos la feria en busca de los ansiados futbolistas que nos representarían en las justas que se avecinaban. Pronto, la casa se llenó de pequeños hombrecitos ataviados de crema, celeste, granate y rosado. Aquí debo hacer la atingencia que, como no todos esos colores estaban disponibles en el mercado, la U eran blancos que luego Tito los pintó de crema, y el Defensor Lima verdes, que él mismo pintó de granate. El estadio fue diseñado a proporción enfrente de la cocina de la abuelita, colindando con el jardín por el lado opuesto y con el gallinero por el lado del fondo.

Los partidos eran intensamente disputados por las tardes, cuando Tito se desocupaba de sus labores. Las oncenas de cada quien ingresaban al campo y se enfrascaban en reñidos juegos que no estaban exentos de altercados por algún motivo menor. Lo original estaba en que cada uno de nosotros hacía rodar la pelota impulsándola con los pies del futbolista de juguete. Los arcos fueron confeccionados por Tito con pequeños listones de madera. Posteriormente se cambiaron a una sola pieza de alambre, con sus respectivas redes cosidas y sujetas a la tierra. El balón se extraía de algún jugador que ya no sirviera, ya sea porque estuviera quebrado, roto o porque no era funcional para el juego. Fue por esta época que tuve la gran ocasión de presenciar, en un viaje que realicé a la capital, un partido de fútbol entre Universitario y el Huracán de Arequipa, que supongo por esos años jugaba en primera división.

Y así, conforme pasaban los años y ya dejaba de ser un niño, mi afición se fue sedimentando a través del conocimiento de la historia del club, de sus ídolos, campeonatos, símbolos y demás signos de identidad. Es decir, por un interesante fenómeno, que los psicólogos llaman de racionalización, fue asentándose en mí una identificación plena con el equipo de Lolo Fernández, cuya efigie vi hace poco en su natal Cañete, en plena Plaza de Armas. Y se hizo más sólida cuando supe que los primeros integrantes del elenco habían surgido de las aulas de la Universidad de San Marcos, que en realidad el club había nacido allí, con estudiantes de mi Alma Mater. En fin, sé que son argumentos totalmente subjetivos, mas son los únicos que valen para una afición como ésta.

Lo curioso es que con el tiempo me he ido alejando del fútbol, deporte que ya no sigo ni veo por la televisión, menos asisto a los estadios. Sólo en ocasiones excepcionales, como por ejemplo un Mundial de Fútbol, puedo ver algunos partidos. Muchos encuentros me parecen tediosos y aburridos; ni siquiera la presencia de estrellas del balompié logran atraparme como antes. Sin embargo, eso no significa que no aprecie una buena jugada, un buen tiro libre, una precisa ejecución de penal o un magnífico gol. Por supuesto que admiro el lado estético del juego. Aparte de eso, mi distancia también se debe, creo yo, a la mediocridad que hoy campea en los campeonatos locales y, sobre todo, a la violenta incursión de las barras bravas que han terminado lumpenizando un deporte que es, hay que reconocerlo, el más masivo del mundo.

Igualmente, no puedo soslayar el aspecto mercantil del mismo, el hecho de que el fútbol se haya vuelto un gran negocio, hasta es posible que un gran negociado, orquestado por las mismas autoridades que llevan las riendas de la FIFA hasta los dirigentes de las asociaciones deportivas de los países y de los clubes, pasando por los árbitros y jueces que forman este gran tinglado que mueve de manera obscena millones de dólares, en un inmenso mercado que está distorsionado por la presencia de agentes de la más dudosa reputación.

 


Lima, 10 de agosto de 2024.

sábado, 31 de agosto de 2024

Micaela

 

Hace cinco años se publicó un libro más, de los muchos que existen, sobre un personaje controvertido y polémico del siglo XVIII, durante las postrimerías del virreinato del Perú. Se trata de La Perricholi. Reina de Lima (Penguin Random House, 2019), del escritor peruano Alonso Cueto, novela que ha sido pasto de mi insaciable curiosidad tanto histórica como literaria en las últimas dos semanas. El mismo autor confiesa que para escribirla, además de haberse sumergido durante ocho años en la lectura de todos los libros que pudo obtener sobre su personaje, ha establecido una especial relación amorosa con Micaela Villegas, la protagonista indiscutible de toda una época y de esta narración que fascina doblemente: tanto por la recreación notablemente lograda por el narrador, como por el contraste con los hechos de un tiempo que sigue interesando a quienes tenemos una particular relación con la historia de nuestro país.

La narración se inicia con la llegada del nuevo virrey del Perú, Manuel Amat y Junyent, en 1761. Viene procedente de Chile, donde ejerció la gobernación de esa posesión hispana que era parte del Virreinato del Perú. Ante el anuncio de su arribo se forma un alboroto entre los limeños, entre ellos el señor Joseph Villegas, que luego de desayunar esa mañana sus tazas de chocolate se encamina a la plaza de armar con su hija Micaela, a presenciar el ingreso del flamante representante del rey a la Ciudad de los Reyes. El día elegido es el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Desde el puerto del Callao, Amat hace el recorrido en dos días hasta la capital, transportado en carroza.

El terremoto que asoló la ciudad ocurrió en 1746, el señor Villegas enviudado y se posteriormente casado con Teresa de Mendoza. Vivían entonces en el barrio del Rímac, su hija Micaela tenía trece años. Existía una estrecha relación entre padre e hija, pues él alentaba en la niña su talento artístico, además de haberle enseñado a leer. Sin embargo, serían pocos años más que la acompañaría, y a su muerte Micaela quedó muy desolada. Un día acudió al Coliseo de Comedias y se entrevistó con el administrador, Bartolomé Maza, para decirle que quería bailar y cantar. Desde ese momento se convirtió en su empresario y andaba con ella por toda la ciudad.

Así fue creciendo Miquita, abrigando cada vez con más ímpetu el deseo de convertirse en una actriz. Los hombres la merodeaban, la miraban con codicia, su esbelta figura empezó a ser la comidilla de una ciudad envuelta en modelos cortesanos. Igualmente era objeto de las miradas oblicuas de las mujeres, sobre todo de aquellas que decían pertenecer a la nobleza criolla, damas que se daban ínfulas de superioridad, que las hacía despreciar la belleza mestiza de una mujer que iría a desafiar todo el engranaje colonial.

La primera vez que el virrey la vio de verdad fue un domingo de misa, en la iglesia catedral, adonde Micaela acudía con su madre. Preguntó por ella a su asistente Estancio. Luego, la invitaría a palacio conjuntamente con la Inesilla, otra actriz, rival de aquella. Era una treta tramada por el catalán, pues ya hace rato que estaba decidido a conquistarla. La recibió otra noche, que sería la previa al establecimiento definitivo de su relación. Era mediados de septiembre de 1767, el día 28 de ese mes la Perricholi cumplía diecinueve años. Manuel Amat ya andaba por los 63.

A los pocos años nacería el único hijo de ambos, Manuel Amat y Villegas, llamado familiarmente Manuelito o Manuchito. La narración transcurre en esos vaivenes de la vida virreinal, con sus reuniones en los salones de palacio, el ajetreo de la plaza en los días de fiesta, las funciones en el teatro donde Micaela es la estrella principal, mientras la Inesita, opacada por la fulgurante carrera de nuestra heroína, decide exiliarse al sur de la ciudad. Las misteriosas tapadas hacían furor en las calles de lo que se consideró la ciudad más importante de la corona en América.

Micaela tiene en su hermana Josefa a su mejor confidente y valedora, quien la entiende y apoya en todo. Los pretendientes siguen rondando a la Perricholi. Uno de ellos es Martín de Armendáriz, un militar casquivano que la seduce tras continuos asedios en el tiempo en que ella y el virrey estaban separados después de un episodio bochornoso en el teatro. Producto de esa relación Micaela queda embarazada, noticia que comunica al fulano, quien, al solo enterarse de su perspectiva de paternidad, desaparece como por arte de magia. Decide tener a la niña, pues su instinto de madre le dice que será mujer. La llamará Manuela, en un guiño irónico de su propia vida. Lástima que la pequeña morirá a la tierna edad de dos años.

Son los años de la Inquisición, a la que a veces el virrey se enfrenta, sobre todo por causa de Micaela, como la vez aquella en que Miquita se lanza a defender a una pobre mujer acusada injustamente de brujería. También es el tiempo de la expulsión de los jesuitas, decretada por el rey en 1767, decisión con la que el virrey no estaba de acuerdo, por los múltiples beneficios que aquellos habían aportado a la educación, entre ellas la de él mismo. Sin embargo, debe cumplirla a pesar de sus reparos.

Después de quince años de servicios a la corona, llega la orden del relevo del virrey, noticia que ya se comentaba por toda la ciudad. En 1775 sale Amat del Perú y Micaela queda con su hijo ya jovencito que poco a poco le dará más de un dolor de cabeza. Especialmente la vez en que se empecinó en casarse con Mariana Vergara, empleada costurera de su madre. Micaela hizo todo lo posible para impedir la boda, y simultáneamente tratar de que Margarita García Mancebo, conocida de la familia, fuera la elegida. Manda apresar a su propio hijo y envía a la joven para consolarlo. Gradualmente Manuchito va cediendo y termina casándose con ella en la iglesia de San Lázaro, mientras Mariana se aleja con su familia después de recibir un jugoso presente de Micaela.

Fermín de Echarri, un comerciante navarro, fue el hombre del último tramo de la vida de Micaela, con quien entabló una relación luego de la partida del virrey, a pesar de que en esos años ya la asediaba a las salidas del teatro. Ambos se asociaron para administrar el Coliseo de Comedias, actividad que les permitió gozar de una holgada situación económica, sobre todo por el empuje y el empeño de Miquita. Se casaron casi a fines de ese siglo XVIII y vivieron juntos hasta la muerte de Fermín acaecida en 1808. La Perricholi ya era poseedora además de muchos bienes, como la casa de la Quinta del Prado en Barrios Altos y de un molino en el Rímac, adjunto a la casa que el virrey había mandado construir para ella en una esquina de la Alameda de los Descalzos, emblemático lugar de concurrencia de la sociedad limeña junto con la no menos famosa pampa de Amancaes.

Personajes ilustres de nuestra historia van apareciendo en la novela, ya sea como parte del relato o mencionados por los protagonistas. Es el caso de Hipólito Unanue, con quien Micaela traba una intensa amistad cuando el prócer era aún un estudiante de medicina. O Mariano Melgar, de quien se enteran que se ha enrolado al ejército de Pumacahua en el Cuzco y luego ha sido capturado y ejecutado tras la derrota patriota en la batalla de Umachiri. De igual manera, es muy comentada la presencia en el Perú del barón Alexander von Humboldt, insigne naturalista alemán que recorría el territorio haciendo importantes investigaciones científicas.

Son numerosos los pasajes en que el narrador se sumerge en profundas reflexiones existenciales, meditaciones poético-metafísicas de un muy buen nivel literario. Es, sin duda, una obra de gran valor estilístico, fruto de la madurez como novelista de Alonso Cueto, escritor que nos entrega un fresco de época en esta novela histórica que hace vivir al lector la intensidad y la atmósfera de esos años cruciales que precedieron a los primeros levantamientos independentistas, que medio siglo después culminarían en la separación política definitiva de este territorio de la metrópoli.

 

Lima, 24 de agosto de 2024.