lunes, 9 de junio de 2014

El peligro fascista



     Un hombre compra un caramelo con los últimos billetes devaluados que le quedan, para compartirlo con todos los miembros de su familia que, arracimados en torno a él, esperan impacientes su única ración de alimento en muchas horas, tal vez días. El hombre extrae una pequeña navaja de bolsillo y corta el caramelo en tantas porciones como integrantes tiene su familia; obviamente, a cada quien le corresponde una ínfima parte del bocado.
     Esta imagen, dolorosa y conmovedora, pertenece a una de las secuencias más dramáticas de la célebre película El pianista de Roman Polanski, cuando los judíos empiezan a sufrir la implacable persecución de las hordas nazis durante la segunda guerra mundial. Y es la imagen que asocio inmediatamente, por la crudeza del peligro que entraña y la amenaza latente para la desvalida humanidad, al preocupante renacer de los movimientos de corte fascista en el escenario político europeo. Y pensar que aquello sólo fue el prolegómeno de los campos de concentración, los camiones de la muerte, las cámaras de gas y tantos otros métodos de exterminio ideados por las mentes homicidas de la jerarquía hitleriana que impuso el horror y la barbarie en el corazón del mundo civilizado.
     El avance significativo obtenido por las fuerzas xenófobas y racistas en las recientes elecciones parlamentarias europeas, dan la clarinada de alerta de lo que puede depararle al Viejo Continente el incierto futuro creado a partir del serio retroceso experimentado por los movimientos progresistas, acompañado por el embate de una crisis que está lejos aún de haber amainado.
     Se ha hablado de un verdadero sismo político al interior de la Unión Europea, amenazada por la acción de sabotaje y destrucción que ejercen algunos de sus miembros, donde fuerzas retrógradas cobran cada vez un protagonismo que antes no tenían. Los dos casos más importantes se han presentado en Francia y en el Reino Unido, donde el Frente Nacional de Marine Le Pen y el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), respectivamente, han logrado cosechar una votación considerable, fortaleciendo su presencia en el próximo Parlamento Europeo.
     Lo paradójico es que son partidos que descreen de los postulados y los principios del mayor experimento unionista que haya tenido lugar en la historia, que preconizan la vuelta a los nacionalismos y sus férreos controles fronterizos, las monedas propias y una política severa contra los inmigrantes. Socavan desde dentro los cimientos de una federación de países que ha funcionado exitosamente en las últimas décadas, petardean las posibilidades de afianzar un proyecto ejemplar que muchas regiones del mundo quisieran imitar.
     El crecimiento geométrico de los partidos de extrema derecha, frente al declive de las propuestas de los liberales y socialistas, es una consecuencia desvirtuada de factores que se sitúan tanto en el terreno económico como en el político. Es evidente que la catástrofe financiera del 2008 ha dejado una estela de descontento en todos los sectores sociales de las llamadas sociedades de bienestar, agudizándose con las políticas que las hicieron frente, pues sólo han logrado llevar hasta los límites de la previsión la situación de países como Grecia, España, Portugal y otros más del meridiano europeo.
     Bien vistas las cosas -el auge que tienen en Europa las ideas y posiciones más extremistas y retardatarias-, ello se debe al falso razonamiento de que la causa determinante de la debacle de la economía y su explosiva repercusión social, estaría en las permisivas políticas de fronteras abiertas que han hecho posible la llegada de oleadas de extranjeros buscando mejores oportunidades de vida en el Viejo Mundo; mas lo que ignoran esos apresurados analistas es el papel crucial que ha jugado un modelo de crecimiento que se ha estrellado contra sus propias narices.
     La cada vez mayor desigualdad entre una pequeña porción de personas que gozan de los privilegios del crecimiento y el desarrollo, y una masa mayoritaria que apenas sobrevive con angustias de todo tipo, como lo ha demostrado con cifras elocuentes el economista francés Thomas Piketty, es la consecuencia directa del sistema neoliberal que se ha impuesto en occidente desde hace aproximadamente tres décadas, con la anuencia de los gobiernos de todo tipo que han capitulado ante las poderosas razones de las grandes corporaciones y los influyentes conglomerados que llevan realmente la batuta del poder económico en el mundo.
     Llama la atención, finalmente, que los ciudadanos europeos, desesperados quizá por la situación que padecen, sucumban tan fácilmente a los cantos de sirena de estos grupos antediluvianos que pretenden el retorno de épocas ya superadas en la historia por la evolución natural de la civilización y la cultura. La lección del pasado no deja lugar a dudas, por lo que debemos estar alertas al desarrollo de los acontecimientos para impedir de alguna manera la insurgencia de la barbarie en pleno siglo XXI.

Lima, 8 de junio de 2014.   

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