miércoles, 25 de diciembre de 2013

El adiós de Mandela



La muerte del gigante líder sudafricano, el pasado jueves 5 de diciembre, cierra un capítulo de la historia de los tiempos modernos, una época signada por guerras devastadoras, inmensas catástrofes sociales y profundos cambios políticos y económicos. Uno de estos últimos fue precisamente el logrado por Nelson Mandela con el fin del régimen racista del Apartheid, que durante décadas mantuvo envilecida a una población por el simple motivo del color de su piel.
     La lucha librada por este coloso de los derechos humanos desde sus años mozos, cuando integraba las milicias armadas del Congreso Nacional Africano (CNA), siendo acusado de sabotaje y terrorismo y confinado en las mazmorras del gobierno de Pretoria, se yergue en la perspectiva del tiempo como una de esas hazañas épicas que sólo lograban los grandes héroes de los cantares de gesta o de los poemas homéricos.
     Cerca de tres décadas en la cárcel no mermaron su paciencia, su esperanza y su valor para afrontar uno de los objetivos más trascendentales de su existencia: acabar con un sistema inicuo e injusto que sojuzgaba a sus hermanos de raza, que los condenaba a una forma de vida que contradecía los grandes postulados contemporáneos de lo que los occidentales llamaban la democracia, la libertad y los derechos humanos, valores intrínsecos de una auténtica civilización.
     Había estado muy mal hace unos meses, cuando se pensó que ya era el momento de su partida, pero asombrosamente se recuperó y habitó entre los suyos algunos días más para acostumbrarlos a la ausencia a través de la ceremonia indolora del adiós, hasta que finalmente se ha ido, dejando sumida a la humanidad en una orfandad parecida a la que deja la ausencia del patriarca de la familia, el pater familias, el jefe de esta tribu global que es nuestro planeta con los adelantos de las comunicaciones y la tecnología.
     Sus restos han sido velados durante más de una semana, para que todos puedan rendirle el homenaje póstumo, y a la ceremonia de sus honras fúnebres han acudido cerca de un centenar de dignatarios del mundo entero, desde presidentes de la república hasta soberanos reales, pasando por primeros ministros, expresidentes y diversas figuras del mundo de la política, el arte y la cultura en general.
     Algunos milagros inesperados han ocurrido en el estadio de Johannesburgo donde se han realizado los oficios religiosos, como el apretón de manos entre el presidente Obama y su similar Raúl Castro, o la cercanía física de dos rivales enconados de la política francesa como el presidente Hollande y el expresidente Sarkozy, o la sorprendente familiaridad demostrada entre las dos últimas esposas de Nelson Mandela. Giros curiosos que se producen a partir de ese fenómeno inexorable que es la muerte, que logra borrar a veces todas las diferencias, que nos iguala ente su insondable misterio acercándonos en una extraña solidaridad que habitualmente no la tendríamos.
     No deja de tener sus luces y sombras la increíble vida de este hombre que fue acusado de terrorismo y que purgó una larga carcelería sin quebrantarse, arrostrando los años de encierro con un estoicismo y una valentía verdaderamente admirables. Si muchos de sus detractores lo acusaron de haber apuntalado la impunidad de sus victimarios, con el fin de obtener el gran objetivo de su lucha, deberían pensar solamente en lo que puede significar para una persona las condiciones en las que purgó un encierro tan injusto.
     Pues si logró transar con las autoridades blancas del régimen de Pretoria, para conseguir primero su liberación y luego el tránsito hacia un gobierno democrático, pasando por el trabajo de una Comisión de la Verdad y Reconciliación que tuvo que transigir en algunos puntos cruciales del proceso de transferencia, el resultado obtenido no pudo haber sino justificado de alguna manera los pasos dados. Allí están las palabras de Desmond Tutu, el obispo anglicano amigo de Mandela que presidió dicha Comisión, para corroborarlo: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón.”
     En esa línea del perdón es donde mejor se puede explicar y entender el significado de la obra de Mandela, a despecho de quienes pretenden regatearle méritos a su lucha y a lo obtenido con ella. Era quizá el único camino para allanar el fin de ese sistema supérstite de las viejas prácticas coloniales en pleno siglo XX. Ello constituye, pues, el legado más trascendente del líder sudafricano que acaba de ser despedido con los más altos honores por los representantes de una humanidad compungida por su partida.
                                                                                            
Lima, 24 de diciembre de 2013.
    

Mudanzas



     No deja de ser doloroso abandonar el lugar donde uno ha vivido por muchos años, ese espacio querido donde, con el tiempo, se han forjado alegrías y tristezas, momentos de intenso júbilo e instantes de profunda desolación. Toda una vida se ha escanciado entre aquellas paredes, que ya poseen mucho de lo que somos; repiten los ecos de voces acumuladas con el transcurrir de los días, tantos avatares y vicisitudes que hacen la existencia de todos los hombres.
     Por esa razón, marcharse no es cosa fácil, tan sencillo como empacar tus cosas y partir. Uno construye en una casa, otra casa, hecha con los singulares materiales de nuestras risas y llantos, murmullos y quejidos, esperas y ansiedades, exaltaciones y exclamaciones, gritos y silencios. Toda esa serie de vivencias se queda adherida para siempre a sus muros y a los ámbitos que la conforman, espacios que cobijan ese sinfín de circunstancias que constituye la vida humana.
     La decisión para abandonar definitivamente un lugar de varios años de residencia se puede tomar en un segundo, pero el hecho mismo de empezar la mudanza puede durar varias semanas, mientras el ánimo y el valor de hacerlo se van asentando lentamente en el alma. Como si el sentimiento se preparara trabajosa y pausadamente para acostumbrarse a la idea del abandono, construyendo en la imaginación y la memoria el futuro inmediato para hacerlo más asequible.
     Luego vendrá el traslado y el acarreo presuroso y tenso de los objetos que hacen nuestro cotidiano vivir, tarea ardua como la que más y que requiere el concurso indispensable de manos solidarias. Un pequeño ejército de hormigas zigzagueantes se deslizan raudas por el suelo de la casa a ser abandonada, recogiendo los menudos enseres que restan después de que los armatostes y el viejo mobiliario han sido arrastrados hasta el camión de las mudanzas.
     El ajetreo es parejo y atosigante, el momento tanto tiempo postergado ha llegado y no hay más remedio que proceder a desarmar las camas y los aparadores, las mesas y las vitrinas, previamente vaciadas de sus valiosas colecciones, que han sido colocadas en convenientes cajas, arropadas con papel periódico, para que el traqueteo del transporte no termine estropeándolas.
     Un caso especial lo constituyen los libros, el verdadero tesoro de toda casa que se respete, embalados diligentemente para acompañar a su dueño al flamante destino de un mejor espacio para la biblioteca. Igual suerte corren las revistas y los periódicos de colección, segmento donde destacan nítidamente los suplementos de todo tipo, reunidos a través de muchos años de paciente interés y cuidado.
     Los artefactos eléctricos requieren de un trato singular, pues su frágil y delicada naturaleza los hace vulnerables a cualquier descuido en su traslado. La menor desidia puede significar una seria avería que anule su funcionamiento. Felizmente todo ha sido trasladado con el mayor cuidado y dedicación, que al final ha llegado a su destino tal como lo imaginábamos o deseábamos.
     La siguiente tarea será la inversa, la de desempacar y desplegar todo en sus flamantes sitios, acomodando cada cosa donde previamente se le ha designado como lugar. Pueden tardar varios días o semanas, según sea el tiempo disponible para ello, para dejar la nueva casa en orden. Mientras tanto, cada objeto dejado abandonado clama silencioso por hallarle su propio espacio. Pronto cada quien estará en su lugar y la vida volverá a girar según su sempiterna rutina.
     Deberemos adaptarnos también al nuevo barrio, donde rostros desconocidos y fríos nos observan tratando de reconocer a los nuevos vecinos; tendremos que salir muchas veces en son de reconocimiento por las calles, los pasajes y las avenidas, buscando hallar nuevos referentes para nuestro despistado trajinar. Habrá que hacerse a la idea de tener otras bodegas, otras panaderías, otros centros de compra donde abastecernos cotidianamente.
     Es un vuelco radical toda mudanza, no precisamente como irse a otra ciudad o país, pero no les va a la zaga. Es un pequeño cataclismo emocional, un sismo cuya intensidad está en directa proporción a nuestra sensibilidad. El reacomodo es lento pero irrefrenable, y tardará el tiempo que sea necesario para decir con relativa certeza que ya estamos afincados en nuestro nuevo hogar.
                                                                                
Lima, 16 de diciembre de 2013.
    

sábado, 30 de noviembre de 2013

Morir en la playa



     Todavía resuenan en los medios de prensa del mundo los vestigios de la polémica y los debates que suscitaron los acontecimientos de Lampesuda hace poco más de un mes. Ese 3 de octubre, alrededor de 500 inmigrantes sin papeles viajaban en una barcaza por el Mediterráneo, que terminó incendiándose y naufragando cerca a las costas de la isla italiana, con el saldo trágico de 366 muertos, muchos heridos y desaparecidos, y un grupo de sobrevivientes que ahora se recuperan en hospitales del Estado italiano.
     El hecho ha reavivado en Europa y otras partes del planeta la vieja discusión sobre el problema de los inmigrantes, directamente ligado a los temas del racismo, la gitanofobia y la islamofobia. Pues en el caso que comentamos, ese contingente de desesperados que huían de sus países de origen, buscando mejores oportunidades en el continente europeo, han perecido víctimas de las odiosas políticas antiinmigratorias que sustentan las legislaciones de los principales gobiernos del Viejo Mundo.
     Ciudadanos provenientes de Eritrea y Somalia en el Cuerno de África, de Libia, Siria y otros Estados en el norte del continente negro, sometidos a condiciones infrahumanas de existencia, por la incapacidad de sus países de proveerles las satisfacciones a sus más elementales derechos que como seres humanos merecen, no han tenido más remedio que salir de sus territorios, abandonándolo todo, para tentar una vida diferente lejos de su tierra y de los suyos.
     Pero el drama se hace concreto y real cuando encarna en seres con nombre y apellido, identificables entre la masa anónima del número, visibles por la historia singular que protagonizan, como es el caso de los gemelos Yara y Joseph de tres años, rescatados del naufragio junto a su hermanito de 18 meses, Salvatore, bautizado así haciendo alusión al simbolismo. Han sobrevivido a la tragedia, pero tendrán que enfrentar la otra tragedia de tener que vivir y crecer sin sus padres, quienes están hasta ahora desaparecidos.
     Uno de los culpables de la desgracia de Lampedusa es la ley llamada “Bossi-Fini”, promulgada durante el gobierno del controvertido Silvio Berlusconi, que prohíbe rescatar de la muerte a los inmigrantes, so pena de ser acusado de complicidad. Es lo que lamentablemente ha impedido que embarcaciones cercanas al naufragio hayan podido acudir en su auxilio. La ley ha sido objeto de serios reparos y observaciones por agudos analistas italianos, calificándola sin medias tintas de racista, por ser francamente discriminatoria y desalmada.
     El papa Francisco ha terciado pertinentemente en el asunto, exhortando a una vuelta a los valores cristianos, que presiden teóricamente la civilización occidental, para comportarse con el prójimo con solidaridad y acogida en medio de situaciones de crisis como las que vivimos en estos tiempos. No es concebible que una sociedad que ha nacido bajo la tutela moral y ética de los principios del cristianismo, demuestre su desprecio y su indiferencia hacia el otro simplemente por ser diferente y provenir de lugares que están en la periferia de la tan cacareada civilización europea.
     Hace diez años sucedió algo parecido en la Bahía de Cádiz, conocido como el naufragio de Rota, donde murieron 37 personas. Se calcula que desde 1990 ha habido 8000 muertos, una cifra que cada vez se incrementa y se seguirá incrementando merced a las políticas inhumanamente protecciones que implementan los regímenes de las democracias occidentales, tanto de derecha como de izquierda, pues el signo ideológico es lo que menos importa a la hora de erigirse en supuestos gendarmes de las fronteras nacionales, un concepto tan estrecho de miras como reduccionista y reaccionario, a contrapelo de la voceada globalización que se esgrime para los asuntos del comercio y la economía en general.
     Curiosamente, hace unos años el escritor sueco Henning Mankell, publicó una obra de teatro titulada precisamente Lampedusa, donde abordaba los problemas que acarrea la inmigración y la definía como el “centro de Europa”, pues es en la isla italiana donde literal y metafóricamente se representan los más conmovedores dramas de un fenómeno que no ha hecho sino crecer y agudizarse en los tiempos actuales.

Lima, 5 de noviembre de 2013.    

martes, 22 de octubre de 2013

La dama del Nobel

La concesión del Premio Nobel de Literatura 2013 a la escritora canadiense Alice Munro, es una maravillosa oportunidad para acercarnos a una voz desconocida y deslumbrante de la narrativa contemporánea. No salgo de mi asombro -con lo poco que recién estoy leyendo de ella-, por la manera en que una autora de su trayectoria y de su calibre, haya permanecido ignorada y oculta para una masa de ávidos lectores de otras latitudes del planeta.
     Fugazmente pude leer hace unos meses unas notas referidas a su figura y a su obra en una página web de un diario español, lamentando que no se conociera en el ámbito hispano ningún título suyo, pues a tenor de lo dicho en dichos reportajes, estábamos ante una formidable creadora que, silenciosa y pacientemente, había tejido una obra sólida y descollante en el género del relato breve. Creo que fue allí que por primera vez tuve ocasión de conocer la repetida comparación que se le hace con el eximio cuentista ruso Antón Chéjov.
     Por la sutileza como va construyendo sus tramas narrativas, por la delicada urdimbre con que va penetrando en la psicología de sus personajes, por ese juego diestro con los espacios y los tiempos, por la magia verbal con que va desplegando sus historias para presentarnos situaciones cotidianas y hechos aparentemente prosaicos, pero que a través de los trazos maestros de su prosa, llenos de gracia y sensualidad, se van transformando en parábolas modernas de las vicisitudes existenciales del hombre contemporáneo, la obra de esta mujer excepcional ya merecía figurar en la palestra de la literatura mundial.
     Los elogios que se le han tributado nunca serán exagerados ni inmerecidos, pues honra con sus libros y su arte consumado, la unánime crítica que a su favor ha cosechado en los medios de comunicación y en los círculos académicos, esta venerable dama de níveos cabellos,  nacida hace 82 años en un pueblito de Ontario, que desde su serena y apacible vida de ama de casa, consagrada con fervor y devoción a sus hijos y a su familia, supo abrirle un espacio de magia y fantasía a sus días, para entregarse con no menos fervor y devoción a la creación artística.
     La Academia sueca no ha tenido más remedio que rendirse a sus pies, reconociendo con el máximo galardón de las letras mundiales a quien ha labrado, como la abeja diligente del famoso proverbio chino, una obra descollante por su calidad y sus alcances universales. Prueba de ello son sus magníficos cuentos que, como las grandes novelas, nos presentan mundos acabados de perfección formal y estilística, universos cerrados de una ficción escanciada hasta la perfección.
     Me basta haber leído, por ahora, el primer cuento de Las lunas de Júpiter, titulado “Los Chaddeley y los Fleming”, para testimoniar sobre la grandeza de la concepción narrativa de Munro y sobre las dimensiones de su talento inquisitivo y singular para captar todas las sutilezas y todos los matices de la condición humana.
     Pienso en los numerosos hombres y mujeres que en el mundo vienen creando obras formidables en el más silencioso anonimato, hasta que el azar, determinadas circunstancias o el favor de los hados los catapulte a los primeros planos de la opinión pública, previo juicio de ese puñado de lectores de la Academia Sueca que se encarga de revisar cada año la producción de los hombres de letras de los más diversos rincones del globo. Es una limitación quizá que ocurra así, pero por ahora es aparentemente la única forma de poder descubrir, cuando aciertan los académicos, autores de valía en el panorama de la literatura universal.
     Mientras tanto, regocijémonos que esta vez también hayan acertado los jueces de Estocolmo, pues la difusión de la obra de Munro, que seguirá al premio, sin duda enriquecerá el acervo de las letras en el mundo, así como el espíritu de sus agradecidos lectores en cualquier lugar del planeta, a través de las distintas lenguas a que se ha traducido o se traducirá.

Lima, 21 de octubre de 2013.

      

sábado, 19 de octubre de 2013

Una discreta novela

La publicación de El héroe discreto (Alfaguara, 2013), reciente novela del Nobel peruano Mario Vargas Llosa ha suscitado una larga lista de comentarios, reseñas y recensiones que más o menos coinciden en lo esencial, con ligeros matices en los juicios que los críticos asumen desde su particular punto de vista. Para algunos, los seguidores incondicionales del escritor, se trata de una obra que confirma la maestría narrativa de quien hace apenas unos años fuera reconocido internacionalmente con el máximo galardón de las letras. Para otros, sus acérrimos impugnadores, es la demostración palmaria de su crepúsculo creativo.
     Lo curioso es que ambas posturas muy bien pueden estar poseídas de razón, no excluirse necesariamente, pues la lectura de la misma nos seduce precisamente por esa destreza del narrador, adquirida con los años y la práctica, para entregarnos una historia, o unas historias mejor dicho, que nos mantienen en vilo, estrategia tomada de las que usan los productores de la radio y la televisión para sus creaciones -los afamados culebrones-, que tanto encandilan al público latinoamericano.
     Pero es consenso general que no estamos, claro está, frente a una de las grandes ficciones del novelista arequipeño, a esas portentosas arquitecturas verbales que nos ha dejado a lo largo de su trayectoria, como Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, por mencionar sólo algunas. Es más bien una obra discreta y menor entre la vasta producción del autor que abarca, entre novelas, ensayos y piezas dramáticas, más de medio centenar de títulos. Pues lo cierto es que la discreción es una virtud cuando se trata de una cualidad de la persona, pero no cuando se trata de una obra de arte.
     En esa estructura binaria que ya ha usado numerosas veces, Vargas Llosa narra dos historias que corren paralelas hasta que en un punto se tocan, trenzándose luego para precipitarse en un final común. La azarosa peripecia vital del piurano Felícito Yanaqué, un exitoso empresario transportista, dueño de una flota de camiones y ómnibus, que no sucumbe al chantaje de la mafia, que quiere convencerlo de pagar un cupo para su seguridad, se cruza con la tortuosa existencia del empresario limeño Ismael Carrera, desilusionado de sus hijos que sólo buscan su fortuna, que termina casándose con su sirvienta Armida en un intento de arruinarles la codicia a sus ambiciosos descendientes.
     De por medio está, como es habitual en el mundo novelesco de Vargas Llosa, la presencia de pequeños guiños o golpes de efecto para atrapar el interés del lector, como el fallido aquel de las apariciones fantasmales que cuenta Fonchito, ante el desconcierto y la preocupación de don Rigoberto y de Lucrecia, la madrastra ya conocida de otras historias. Esto último marca también el retorno de conocidos personajes de la ficción vargasllosiana, como el sargento Lituma, la Chunga, los Inconquistables y los ya referidos Fonchito, Rigoberto y Lucrecia.
     Por lo demás, hay un aspecto de la novela que me subyugó desde que lo leí, y que me sigue rondando como uno de esos hallazgos que no por conocidos y cercanos a muchos de los mortales, dejan de ser reveladores cuando se los menciona en un contexto como el de una obra de ficción. Se trata del concepto aquel que utiliza don Rigoberto para separar su apacible vida doméstica del asalto externo de la barbarie: los “espacios de civilización”. En efecto, cada persona es capaz de erigir en su ámbito privado, alejado del mundanal ruido y de la prosaica vida de la urbe, una pequeña isla personal donde imperen el buen gusto, la calidad estética y la alta cultura, eligiendo con suma exquisitez desde la música que uno desee escuchar, los grabados o cuadros que apetece observar, las películas que elegimos por placer, las lecturas y los autores que nos placen frecuentar, hasta los silencios y las pausas entre una actividad y otra.
     Mucho me temo, sin embargo, que muy pocos serán los seres que están verdaderamente dotados para el pleno disfrute de momentos así, pues es de sobra sabido que en tiempos como éste, regido por una cultura que privilegia el entretenimiento barato, el gusto fácil y el aguachirle de los productos del arte contemporáneo, son escasos quienes pueden elevarse hacia las cumbres de las más excelsas creaciones del espíritu humano.
     En suma, el libro nos proporciona un agradable momento de divertida lectura, tampoco pretende más. Mas es posible, si uno aguza un poco la mirada, sacarle algunas perlas que motiven reflexiones más profundas sobre los más diversos aspectos de la aventura existencial del hombre.


Lima, 15 de octubre de 2013.

sábado, 12 de octubre de 2013

Álvaro Mutis, el gaviero

En un mundo en que declararse demócrata es lo políticamente correcto, él prefería decir que era monárquico; en una época en que la pleitesía y el fetichismo del fútbol ha calado en todos los sectores sociales, él despotricaba de ese deporte inglés que ha devenido en un mero negocio. Porque así era Álvaro Mutis, ese excéntrico y anacrónico escritor colombiano, cuya muerte el pasado 22 de septiembre ha enlutado una vez más las letras y la cultura de Latinoamérica.
     Gran amigo de Gabriel García Márquez, a quién habría entregado, según cuenta la leyenda, Pedro Páramo, el emblemático libro de Rulfo, en una actitud de franco desafío, siendo probablemente el culpable, o uno de los culpables, del prodigio narrativo que permitió al hijo de Aracataca, aguijoneado por esa alevosa provocación, acometer la descomunal empresa de escribir Cien años de soledad, la novela de las novelas del siglo XX hispanoamericano.
     Poeta y novelista por igual, integraba, junto con el mismo García Márquez, Fernando Botero, Fernando Vallejo, William Ospina, Sergio Jaramillo y Héctor Abad Faciolince, la plana mayor de los embajadores ante el mundo del arte y la cultura del eufónico país de los cafetales y los vallenatos.
     Lector incansable y hedónico, degustador exquisito de la obra de Cervantes, a quien lee y admira por sobre todos los escritores que son y han sido. Ponía como único requisito para emprender la lectura de un libro, que éste no bajara de las 1200 páginas; ello explica sus recurrentes lecturas de En busca del tiempo perdido,  la interminable novela de Proust, que lo realizaba de un tirón, como quien vuelve a un espacio entrañable y extenso, lleno de gratificaciones y bienaventuranzas.
     No he tenido la oportunidad de conocer la obra de Mutis, lo cual me pesa; es una deuda que la tendré pendiente, para, a la primera ocasión, solazarme recorriendo sus páginas, que, estoy seguro, le depararán a mi espíritu nuevas riquezas y desconocidos tesoros. Mientras tanto, me conformo recordando las innumerables anécdotas de las que estuvo ahíta su vida, una trayectoria fecunda y vasta que ha atravesado casi todo un siglo y más.
     Recuerdo por ejemplo la vez aquella en que acudió a recibir el Premio Cervantes, era el año 2001, circunstancia en que Mutis leyó un breve pero hermoso discurso donde incluyó un bellísimo soneto de Borges titulado “Un soldado de Urbina”, el mejor retrato poético que se haya hecho del genial Manco de Lepanto. 
     Vivía en México desde hacía un número abundante de años, país al que llegó casi huyendo de la persecución judicial de una compañía a quien tuvo la feliz ocurrencia de sacarle la vuelta a favor de los superiores intereses del espíritu y la humanidad. Allí se hizo amigo de toda esa pléyade de grandes creadores que ha dado el siglo XX mexicano a la cultura universal, como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco y tantos otros, que compartieron con el colombiano los afanes y las búsquedas estéticas de una generación brillante y, sin duda, ya histórica.
     A su partida nos deja una obra diversa y valiosa, donde destaca un personaje que ya ha adquirido carta de ciudadanía en el orbe fabuloso de las ficciones y la narrativa de nuestra lengua. Maqroll, el gaviero, seguirá saciando con sus historias, esa sed de aventuras que poseemos todos quienes, no contentándonos con esta prosaica realidad, alimentamos nuestra fantasía con la presencia impagable de estos hijos entrañables de la imaginación y la palabra.
     Que Maqroll siga oteando el mundo y sus vicisitudes desde su gavia predilecta, pues Álvaro ha decidido emprender otros rumbos y hacer mutis.


Lima, 11 de octubre de 2013.   

domingo, 29 de septiembre de 2013

Vargas Llosa ensayista

     He devorado, aunque la palabra más precisa sería paladeado, en un largo tiempo de morosa y fecunda lectura, el primer volumen de Contra viento y marea (Seix Barral, 1983), un conjunto de artículos, cartas y ensayos que el Premio Nobel peruano escribió durante dos décadas, publicados en diversos medios del continente y de España, y que abarcan una gama heterogénea de temas y tópicos que van desde los políticos hasta los literarios, tratados como siempre con la puntillosa y versátil prosa de una de las mejores plumas de nuestro idioma.
     Los sucesos que conciernen al hombre y al ciudadano del siglo XX, tanto los políticos como los culturales en general, han sido desbrozados por Mario Vargas Llosa de una manera impecable, exhibiendo a cada paso su inmenso caudal de conocimientos como su vasta cultura, que se mueven con soltura y solvencia por los aspectos más disímiles del quehacer humano de dos décadas cruciales de la centuria pasada, aquellas que comprenden desde los años 1962 hasta 1982.
     Escritos con el fuego de la pasión crítica, como según el autor debe tratarse la literatura, destacan los ensayos dedicados a Sartre y Camus, esos dos monstruos sagrados de las letras francesas, que a mediados del siglo pasado se enfrascaron en una histórica polémica, cuyos ecos se han ido atenuando lentamente con los años, pero cuya estela en el orden de las ideas y el pensamiento no ha dejado de alimentar a generaciones enteras de intelectuales y escritores a ambos lados del Atlántico.
     Se trata de enjundiosos estudios de la vida y la obra de quienes protagonizaron en su momento la cumbre de la discusión ideológica en la Europa de la posguerra. Acometido por quien precisamente fue por esos años un fervoroso seguidor de uno de ellos, al punto de que sus amigos en el Perú lo bautizaron por aquella época con el gracioso diminutivo de ‘el sartrecillo valiente’, en alusión al portentoso filósofo de La náusea y El ser y la nada. Posteriormente experimentaría una profunda decepción que lo alejaría del radio de influencia del maestro, mas no sin ser tocado por el halo devastador de su genio.
     Destaco también el brillante alegato a favor de la libertad de información, el derecho de la crítica y el respeto por los derechos humanos, pronunciado en 1978 con ocasión de una charla en la sede del partido Acción Popular, y otro con motivo de la recepción de un premio que le fue concedido por el Congreso Judío Latinoamericano. Conmovedoras palabras donde ya despuntan los rasgos marcadamente liberales que el escritor abrazaría en los años siguientes luego de haber renegado de su juvenil militancia comunista.
     Otro texto bellísimo es el que le dedica a Sebastián Salazar Bondy, a propósito de unas reflexiones sobre la vocación de escritor en el Perú. Recorriendo estas páginas es que uno comprende la azarosa y quijotesca empresa que es para muchos seguir el llamado más auténtico de su destino, en medio de una realidad que pareciera estar edificada con el único objeto de sofocarla y aniquilarla.
     La crisis del sistema universitario es otro de los temas que trata en una formidable serie de seis artículos que aparecieron en la revista Caretas,  donde esboza el preciso diagnóstico de los males que aquejan a nuestras universidades y la manera como deben ser encaradas para que ella no languidezca y pueda, a pesar del pesimismo del autor -no en vano las titula “Reflexiones sobre una moribunda”- salir a flote para cumplir el elevado rol que la historia y la cultura le ha destinado. 
      Asimismo descollante es el ensayo que dedica al pensador letón Isaiah Berlin, del que me ha seducido particularmente la terrible comprobación de lo difícil que resulta conciliar, en el mundo de las realizaciones concretas, la libertad y la igualdad, esos dos valores que parecieran condenados a repelerse mutuamente, eternamente en entredicho a pesar de las buenas intenciones de los hombres por materializarlas a través de revueltas populares o revoluciones políticas. Es lo que se conoce como la teoría de las verdades contradictorias.
     Especialmente sugerentes son también la teoría de las dos libertades y la parábola de la zorra y el erizo, que el ensayista eximio que es Vargas Llosa desarrolla con gran conocimiento y singular maestría.
     Son, pues, muchos los asuntos que convoca el autor en esta selección de ensayos y artículos, que sirven como magnífico pretexto para el cotejo de ideas y la incursión en la fascinante aventura del pensamiento contemporáneo. Todo un desafío para el fervoroso lector interesado en sondear sus profundas y fructíferas aguas.


Lima, 28 de septiembre de 2013.